Conocer, experimentar, debriefing (1)

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T. Lectura: 12 min.

Marta siempre había disfrutado del sexo desde la espontaneidad del amor, del deseo y de los sentidos, así que recibir de mí, invitaciones a explorar y ser partícipe de mis fantasías, la desestabilizó: las interpretó primero como una crítica indirecta a su desempeño sexual, un señalamiento, un juicio. Nadie antes, le había hecho sentir que no daba la talla.

Varias veces, desde el principio de nuestra relación habíamos conversado acerca de fantasías. Ella decía tener pocas o ninguna. Las mías que iba compartiendo a cuenta gotas no despertaban en ella ni excitación ni tentación, apenas una curiosidad y sobre todo una incomprensión: yo lo recibía como un rechazo producto de prejuicios.

Siempre he tenido muchas fantasías y siempre he necesitado romper la soledad que impone la culpa.

Decía no haber tenido ni buscado experiencias fuera de lo normal: nunca lo había hecho con otra mujer, menos en un trío con una pareja o dos hombres, decía que solamente una vez un hombre la había cogido por el culo, como por accidente, sin asociarlo a un tema de dolor. Mencionaba el excesivo tamaño de mi sexo como uno de los motivos para rechazar esta práctica. Siempre se negó, sin ambigüedad, cuando se lo solicité.

Su rechazo a la sodomía que le solicitaba, estableció un límite, generó una zona gris, una pequeña turbulencia entre nosotros. Hice lo posible para no ponerlo más sobre el tapete, pero nunca lo logré del todo, tampoco conseguí cogerla por el culo.

Es un tema difícil de plantear a una mujer si no nace espontáneamente. Si yo había tenido varias experiencias exitosas, también había recibido varios rechazos. Quería hacerlo con ella y siempre se negó por falta de erotización y placer.

Un día me pilló viendo porno, su asombro fue tal que pude medir la distancia que nos separaba, me miró como a un extraño, un perverso. Poco a poco, el tema sexual fue contaminando nuestra relación. El desencuentro dejó semillas de desconfianza, ciertos rencores que derrumbaron los cimientos de una pareja que parecía invencible.

Me perdí por varios años en una aventura por la que me separé de Marta.

Puedo decir que experimenté todas mis fantasías, incluidas muchas que ignoraba. Aquella nueva aventura generaba, por el nivel de desenfreno total en la que se definía, un crescendo de retos lanzados al otro y desafíos compartidos por los dos.

Terminamos haciéndonos mucho daño y esa expedición por la selva del sexo culminó en heridas profundas, rencores y rupturas hasta la que finalmente fue definitiva.

Después de unos años me acerqué nuevamente a Marta y poco a poco empezamos una nueva etapa en nuestra relación.

Después de enfrentar la historia de nuestra ruptura a través de mis confesiones, nuestra disposición para definir nuevos territorios, nos atrevimos a ignorar las amenazas del pasado. Yo tenía que asumir los hechos, pero más allá de la culpa, no me quedaba otro camino que presentarme ante ella con la verdad, con lo que antes había reprimido para seguir con ella, pero que seguía habitándome.

Empecé con capturas de pantalla clandestinas cuando durante algún viaje, una videoconferencia con ella se ponía caliente. Luego la fotografié desnuda, algunas veces con mi sexo en la boca, otras masturbándose. No fue espontáneo de parte de ella. Simplemente ignoraba que pudiera existir adentro de ella algún espacio de un placer propio que pudiera hacer eco a estas nuevas solicitudes mías. Yo quería jugar, quería invitarla a mis fantasías.

Cuando por fin, me animé a decirle que quería fotografiarla en ropa interior, le hizo gracia. Era un eco de varias conversaciones que habíamos tenido acerca de los arquetipos de la imagen femenina, de los clichés de la seducción, de la pornografía. También quería retarla a descubrir lo sexualmente fotogénica que ella no aceptaba ser. Por mucho tiempo había considerado lo de la ropa interior como un lugar común, algo propio de una sexualidad ajena a ella, un arquetipo machista que le recordaba a su madre.

Una noche le presenté una colección de ropa interior para las fotos, me miró de manera ambigua. Lucía divertida y al mismo tiempo sus ojos me retaban. Tal vez quería una explicación, una descripción, un guion de lo que esperaba de ella.

Las prendas que le presenté ese día estaban cargadas para mí, de imágenes, de deseos en riesgo de abandono ante un eventual rechazo de su parte. Las había escogido con cuidado para que salieran de los clichés. No cualquiera podría lucirse con ellas, retaban un cuerpo que tuviera argumentos propios.

Las descubrió una por una, las midió, las extendía ante ella, sus brazos tendidos las sostenían formando una pantalla entre nosotros. Se había preparado para algo más previsible y algo traicionaba su sorpresa, algo inadvertido. Si mi selección parecía tener éxito, sus ojos, su silencio, alguna crispación de su boca evidenciaban su inseguridad.

Mi ansiedad era muy grande, sentía que en cuestión de instantes todo podía desembocar en un irremediable desencuentro.

Le dije:

“Probalas”

“En el orden que te parezca, si te parece” precisé.

Entonces agarró algunas, no todas, y desapareció hacia el fondo de la casa.

Me quedé sentado, no dije nada. Le otorgué con mi silencio, el tiempo que necesitaba para tomar decisiones. Podía escuchar sus desplazamientos de un lugar a otro, sabía que enfrentaba la imagen del espejo con cada una de las opciones. Me fijé en las que había dejado sobre la mesa. Trataba de entender el motivo de su selección. Había descartado una especie de corsé rojo, tal vez una propuesta muy trillada.

Se presentó con un vestido que consistía en una especie de red, mínima, negra y corta. Sólo tenía puesto por debajo unos calzones de encaje negro, sus pezones habían encontrado el lugar para quedar expuestos y sostenidos a la vez.

Le expresé mi satisfacción de la forma más entusiasta que me salió: una sonrisa y algún suspiro de aprobación. Le pedí que caminara, diera vueltas sobre si misma para disfrutar de su presentación.

Esa noche hicimos muchas fotos, varias nos gustaron. A ella porque eran buenas fotos, a mí porque me excitaban.

Luego de esa primera noche, compré más ropa interior. Si viajaba tomé la costumbre de traerle alguna prenda nueva. Ella fue descubriendo un nuevo lenguaje y un placer propio a vestirse para nuestros encuentros, disfrutaba esperarme. Sabía el efecto instantáneo que producía en mí cuando abría la puerta de su apartamento y descubría la combinación que había escogido. Encontraba su lugar en mis gustos algo estereotipados de medias negras, ligueros y corpiños, empezó para completar esos rituales a usar zapatos de tacón, algo totalmente nuevo en ella. Simplemente porque había asimilado por primera vez el poder erótico de la combinación de esos clichés y la sensación de poder que le producía mi estado alterado e incontrolable cuando la descubría.

Hicimos varias filmaciones, cogiendo delante de la computadora. La calidad, aunque desigual cumplía a cabalidad con los propósitos de recordar y encender mucha excitación a los dos. Me dediqué a extraer tomas fijas de los videos, seleccionando imágenes cuya aparición súbita en medio de un chat podían despertar una excitación inmediata.

Le pedí que me acompañara a comprar juguetes para ampliar nuestros juegos. Le pedí que escogiera una verga de látex, muy realista, se incomodó un poco, marcando así el momento en que una frontera se atravesaba. Me decía que no le hacía gracia penetrar su sexo con juguetes, que no sólo la penetración era importante, que eran muchos los recursos.

Insistí para que escogiera una de un tamaño mayor al de mi sexo. En casa, le pedí que lo introdujera en su coño o que lo chupara mientras la cogía. Se prestaba sin mucha dificultad a esas solicitudes. Le hacía gracia la excitación que provocaba en mí. Mejoré las puestas en escena cuando la fotografiaba.

Esta nueva disposición a jugar, el nacimiento de esas nuevas sensaciones, sus repetidas declaraciones de que todo era posible, de que se sentía segura, fuera de peligro despertaron mis viejas fantasías de exploraciones sexuales.

No se trataba de poner a prueba sus límites sino de compartir con ella unas experiencias que sólo una sólida y transparente complicidad hacían posibles.

A Marta le encanta la felación y me produce mucho placer. Le dije que debería experimentar el placer que tengo a chupar una vulva. Me dijo que no le provocaba, pero que, en cambio, tal vez la pericia de una mujer podría darle placer. Precisé que no necesariamente yo tendría que ser participe para que no lo entendiera como una sugerencia solapada de un trío. Ella mencionó que podría suceder en alguna situación espontánea, así que no debería armar una trama para llevar a cabo algo que su nueva disposición a jugar le permitiría recibir un evento así con sensaciones placenteras.

Lo del trio, lo habíamos hablado antes, de forma retórica. Me había aclarado entonces que no estaba en sus planes, aunque había considerado, sorpresivamente para ella, la posibilidad de experimentar la situación conmigo.

Aclaró inmediatamente que no querría verme coger a otra mujer y se inclinaría más por una geometría con dos hombres.

Si bien le sugerí llevar a cabo, sin mí, en modo experimento, un encuentro sexual sáfico, compartir con ella un tercero, hombre o mujer me gustaría mucho. De forma hipotética mencioné que esta clase de situación sería más simple con desconocidos para evitar complicaciones emocionales. A lo que me contestó que opinaba lo contrario: se sentiría más segura con alguien muy cercano.

El casting no sería fácil.

No sé por qué me excitaba la idea de compartir mi mujer con alguien, la idea de verla dar y recibir placer de otra persona en mi presencia. Ya mi mente estaba llena de imágenes que quería domar para evitar de someterla a una check-list solamente mía. Un trio de cómplices, podía instrumentalizar al tercero para alimentar la complicidad, Es una situación contradictoria, llena de trampas.

Animado por la ausencia de un rechazo tajante, volví una noche, a poner sobre el tapete, la posibilidad de materializar un evento. Ante el rechazo que había manifestado a invitar desconocidos, me atreví a preguntarle: “¿Con quién de nuestros cercanos podrías imaginar un trio?” Como era de esperarse, le resultaba difícil enfrentar la posible realidad del acontecimiento con algún nombre.

Le sugerí algunos nombres con la idea de que aceptara que la opción de desconocidos fuera la más segura. Le mencionaba tanto a mujeres como a hombres. Hasta que, en una oportunidad, no descartó de inmediato el nombre de un amigo nuestro. Dijo que con él sería posible un encuentro sin que hubiera una amenaza de peligro. Nada de lo anterior se acercaba a una opción real, seguía siendo una idea abstracta, una fantasía verbalizada que me hacía sentir menos culpable.

No volví a hablar del tema por mucho tiempo, ni hablé del tema con el amigo en cuestión las veces en que lo vía.

Una noche fuimos a una fiesta y nos encontramos con él. Yo tenía claro el recuerdo la conversación con Marta en la que, sin elegirlo, no lo había rechazado. No habíamos vuelto a hablar del tema e ignoraba si ella recordaba la conversación. No fue sino hasta el final de la fiesta, en estado de ebriedad indiscutible que Diego nos invitó a su casa para un zarpe. Vive cerca del lugar de la fiesta, siendo sábado el día siguiente podíamos alargar la noche.

Si tenía en mente la “posibilidad de Diego” nada me aclaraba la perspectiva de Marta hasta que nos montamos al carro. Ella me dijo:

-¿Te acordás de una conversación que tuvimos hace un par de meses?

-¿Acerca de…?

-De un trio. Y te dije que con Diego… podría ser. ¿Te acordás?

-Aja. Nunca dijiste que podía ser, simplemente no lo rechazaste de tajo.

-Es que bailé con él y se puso un poco pícaro. Lo tranquilicé, pero sin ofuscarme demasiado. Le propuse que fuéramos los tres a nuestra casa para un after. Dijo que mejor en la suya, que había traído un mezcal buenísimo de su último viaje a México. Ahora vos lo manejás.

Necesitaba que me precisara sus intenciones:

-O sea que algo puede pasar y que te apuntás…

-No sé, ¿por qué no? ¿Me vas a cuidar, verdad? ¿Pase lo que pase?

-Por supuesto. Bueno a ver que sucede. Con sólo pensar en la ropa interior que andás puesta…Por favor, no nos precipitemos.

Marta había encendido una bomba de tiempo que de pronto requería mucho cuidado de mi parte. Ya no se trataba de una fantasía masturbatoria, retórica e hipotética, estábamos frente a la pared, o más bien delante de un abismo.

La ebriedad simplificó las cosas, el mezcal era extraordinario. Por alguna razón que no tiene que ver con el azar sino con una tensión sexual implícita la conversación cayó repentinamente sobre el tema de la pornografía, las fantasías y, no recuerdo cómo, la cuestión de la seducción por medio de los ligueros, las medias aparecieron.

Le pregunté a Diego:

-¿A vos no te cuadra ver a una mujer con una ropa interior así? ¿Te parece cursi?

-Bueno no. Lo que pasa es que ahora son pocas las mujeres que quieren jugar con eso. Hace mucho que no veo una mujer así.

Marta casi no hablaba, pero me miraba fijamente con una leve sonrisa.

-¿Te gustaría ver una mujer así?

-Claro.

-Marta. Paráte un segundo.

Mi plan era levantarle la enagua para revelar su liguero y sus diminutos calzones. Marta no me dio chance, se levantó y levantó su enagua. No tenía ningún calzón, cosa que ignoraba, y presentó su sexo recién depilado a la vista de nuestro anfitrión. Este no pudo retener un “wow” de admiración, se dio vuelta para enseñar sus nalgas y se volvió a sentar a la par mía. Seguía sosteniendo su enagua y ofrecía el espectáculo de su sexo a la mirada de Diego. Le dije en tono jocoso, con una amplia sonrisa:

-La pulseaste, ahora que bailaste con ella ¿verdad? Te entiendo, esta mujer es lo máximo.

-Mae perdón. Y ni siquiera me imaginaba lo que nos acaba de enseñar ahora.

Marta se levantó nuevamente y se fue hasta el baño. Diego hizo ademán de levantarse, pero le dije que se quedara sentado. Me preguntó:

-¿Mae qué pasa?

-Nada, la vida es bella. Nos gusta disfrutarla.

Ya estaba regresando Marta, se había quitado el vestido y sólo vestía el corpiño de encajes negros, sus medias y sus tacones altos. Se sentó a la par de Diego.

Luego de un largo instante, se acercó y empezó a acariciarse con las piernas abiertas mirándome a los ojos. Su mano se acercó al entrepiernas de Diego y empezó a frotar la manifiesta erección que deformaba su pantalón.

El cuadro generó en mí una ola, una tempestad. La mirada de Marta se amarraba a la mía y su sonrisa borraba el asomo de cualquiera amenaza. Diego los brazos en cruz, la cabeza hacía atrás se dejó abrir el pantalón. Marta liberó su verga, la palpaba y frotaba con su mano. Pronto empezó a engullir ese miembro erguido y emitió unos gemidos.

Ya me estaba masturbando y esperé unos instantes antes de acercarme a ellos para lamer el sexo de Marta que estaba de cuatro patas al lado de Diego sobre el sofá. Él seguía sin reaccionar más allá de pequeñas convulsiones que acompañaban la succión de Marta y de unos suspiros prolongados. Me presenté detrás de ella y después de lamer su sexo, la penetré lentamente. Sentí su ritmo modificarse por un leve sobresalto de sus caderas acompañado de un estremecimiento de sus nalgas.

Ella iba encontrado intuitivamente una conjugación de su cuerpo con los dos sexos que la penetraban. No sé si por el abandono de su mente o por un control absoluto en ella. Marta, anticipando la inminencia del orgasmo de Diego, interrumpió su felación y se enderezó. Diego pareció despertar de golpe y le agarró la cabeza suavemente para besarla en la boca.

Me detuve también, me sumé a la pausa y me levanté para recobrar el aliento. Me serví un trago. Mi mente recibía oleajes contradictorios: de excitación, avisos de peligro, sentimientos de culpa. Intentaba escapar de la embriaguez buscando la ebriedad. Me terminé de desnudar y me serví otro trago. Los miraba, miraba a Marta. Su furia me desconcertaba por completo, no entendía de dónde provenía, cuál era ese misterio que se desvelaba ante mí, ese secreto que necesitaba descifrar.

Diego, ahora, se entregaba por completo a una conversación casi susurrada, un tú a tú al que Marta respondía con su completa atención. No podía escuchar lo que se decían, aun así, no me sentía olvidado, ni abandonado ni rechazado por ella, tenía la certeza de su regreso.

Se sentó encima de Diego. frente a él, guiando su sexo todavía erecto hacia sus adentros. Rápidamente extendió su brazo derecho para invitarme a acercarme. Hacía grandes gestos horizontales hacia atrás, a ciegas hasta que hizo contacto conmigo. Volvió la cabeza hacía mí, me sonrió y atrapó mi verga con su mano después de humectarla con su lengua y empezó a frotarla.

A pesar de mis dudas, nada en Marta sugería una actuación forzada: parecía disfrutar de todo lo que hacía, había tomado el poder desde el momento en que se había adueñado del reto. Aun así, nunca me excluyó ni traicionó nuestro pacto implícito de cómplices.

Con mi mano izquierda acaricié su espalda y bajé hacia sus nalgas. Acompañé sus vaivenes mientras había empezado a chuparme. Bajé la mano hasta acariciar su ano en el que introduje un dedo que usaba para levantarla en sus empujes ascendentes.

Ya no tenía vínculo con agenda alguna. En realidad, en algún momento dejé de tener contacto con los conflictos en mi cabeza. No sé cómo, me entregué a un presente despojado de intenciones maduradas, abrí la jaula en la que confino el fauno que me habita. Acepté el riesgo de los errores, me entregué al poder de las misteriosas pulsiones que ya no trataba de domar.

Y ya eran dos dedos que iban y venían en el culo de Marta. Una imagen había germinado en mi mente: que él se la cogiera por el culo.

Me había dado cuenta rápidamente de que el sexo de Diego era de menor tamaño que el mío. La sodomía tendría el valor simbólico de una segunda perdida de virginidad anal, una eventual ruptura de tabú o de frontera, al reducir la importancia del tamaño de mi pene a un detalle técnico. Siempre necesité justificar su rechazo por un motivo anatómico. Explicaba el tema del dolor por una falta de preparación adecuada. Ni me pasaba por la cabeza contemplar su falta de placer, prefería responsabilizar algún prejuicio cómodo y oportuno. Seguía habitado por los recuerdos de las amantes que pedían, exigían o apostaban a la experiencia; siempre me habían manifestado una constante complicidad, un diálogo ininterrumpido conmigo.

Con tres de mis dedos adentro de su ano, por fin marcó un acuse de recibo con un suave maullido que me invitaba implícitamente a no seguir con un cuarto invitado. Había recibido y aceptado esa nueva penetración sin que interrumpiera su dedicación. Había asimilado mi progresiva invasión, tercer foco de atención, sin que fuera una distracción. Me retiré, Diego alzó suavemente a Marta para ponerla de cuatro patas y la penetró nuevamente. Marta me miraba intensamente, pero algo nuevo pasaba por sus ojos.

Sentía que el fuego de la locura y del juego se había apagado. Marta parecía perdida en una dimensión desconocida, desconectada de su cuerpo pasivo ante los asaltos de Diego. Me dejó totalmente desconcertado cuando Diego salió de su coño y sin transición, entró en el culo de Marta, con un lento empuje, sin que ella hiciera el menor intento de impedirlo. Estaba presenciando lo que ella nunca me había concedido, veía la picha de Diego que iba y venía entre las nalgas de Marta.

De repente, se me hizo claro, esa no era Marta. Era otra y me asustaba la perspectiva de lidiar después de esa noche con esta nueva persona.

Mi preocupación no duró mucho y pronto le expresé a Diego que tenía que cederme su lugar para que por primera vez pudiera penetrar a Marta por el culo.

Marta, de cuatro patas, movió su cabeza hacia atrás y me miro por encima de su hombro. Leí un insondable vacío en su mirada, un caos que no podía expresar en palabras.

Sentí una especie de descarga interior, un apagón del fauno que había tomado el poder. Abracé a Marta desde atrás para ponerla de pie y significarle a Diego el final del momento.

La senté en el sofá del frente y fui por su ropa. Diego estaba semi dormido y seguía tomando de un trago de whisky. Logré vestir, sin resistencia ni explicaciones a Marta que colaboraba mecánicamente, un poco perdida, sonriente, parecía habitada al mismo tiempo por el espectador y el actor de la escena.

Apenas hubo despedida, salimos y acompañé a Marta, sosteniéndola del brazo hasta el carro, la senté y manejé hasta nuestra casa. Parecía consciente, se notaba que intentaba empezar un frase, no lo lograba. Lo intentaba otra vez y las palabras se atoraban en su pecho, luego llegaban a la garganta, pero no salían. Mantenía la mirada fija hacia el camino. inclinaba el cuerpo hacia delante. El cinturón de seguridad la sostenía.

Detuve el carro. Le pregunté, buscando su mirada, esa seguía anclada hacia delante.

¿Estás bien? ¿Querés hablar?

Se volvió hacia mí. Sus ojos me preguntaban. Finalmente dijo:

¿Te das cuenta de lo que acaba de pasar esta noche?

Era imposible de contestar a su pregunta. Estaba invadido por una culpa incontrolable. Me preparaba a enfrentar cualquier merecido castigo por haber sometido a Marta a una experiencia egocéntrica y abusiva de mi parte.

¿Por qué esa fantasía? ¿Por qué pedirle a Marta que ocupara ese papel? Me había engañado sobre su cambio, confundiendo su prueba de amor con una apuesta a la lujuria.

Diego me cogió por el culo.

Sí, lo sé.

No le pregunté. Quería salir de un eventual tribunal.

¿Querés saber si me gustó?

¿Te gustó?

Coger por el culo es coger con la cabeza. El culo no tiene clítoris.

¿Me estás cobrando mi fantasía, a la que acabas de participar?

No me forzaste, quise entender, enfrentar, tal vez descubrir.

¿Y? ¿Fue horrible?

No, fue como un sueño. Estaba sin estar. El juego, la seducción, la provocación, eso fue lo mejor. Después, menos. Se volvió como la lista de las compras.

Te agradezco la complicidad, el riesgo de pasar los límites juntos en busca del placer. ¿Estás bien? ¿Lamentas haberlo hecho?

No.

¿Entonces?

Habrá consecuencias. No sé cuáles, pero habrá. Siento una amenaza.

Vamos a respirar, nos podemos callar ahora y hablamos cuando haya pasado un tiempo, unos días tal vez. Hablaremos.

El silencio que siguió hasta llegar a la casa, luego cuando Marta finalmente llegó a acostarse después de una larga ducha durante la cual hice varios intentos de hablar con ella. Ella no me contestaba. Ante la firmeza de su silencio preferí ir a dormir a otro cuarto. Los días siguientes sentía una culpa profunda, un miedo infantil por haber causado un daño probablemente irreparable.

Durante la semana siguiente, esperé el momento, sin propiciarlo, en el que ella rompiera un silencio que se me hacía más pesado cada día. No habíamos tenido relaciones desde entonces y la amenaza de interpretarlo como definitivo me generaba un pánico que no lograba manejar.

Hasta que durante la cena, después de tomarnos una botella de vino, ella dijo:

Entonces. ¿Estás satisfecho de lo que pasó la otra noche donde Diego?

Duré un momento antes de contestar. Tenía toda la intención de minimizar el acontecimiento, culpando al alcohol y las drogas y sugerir un pacto de olvido entre los dos. Cuando mis ideas se iban a transformar en palabras, dije:

Pues fijate que me sorprendió mucho lo que pasó y quiero decirte que en el momento estuviste fantástica.

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