Irene terminó el bocadillo y se limpió algunas migas de la blusa, que se fueron a depositar en la negra falda corta. El tono pálido de la piel de sus bien torneadas rodillas contrastaba llamativamente con la línea recta y negra del tejido. Estábamos parados a un centenar de metros de la carretera y nos quedaba mucho camino para llegar a la casa solariega en Soria, donde nos encontraríamos con mi padre, Paulita y los niños. Ella y yo tuvimos que ir a la notaría para firmar un contrato, así que tuvimos que quedarnos un par de días.
—Dichosas migas… —maldijo y abrió la puerta del coche y salió con un giro de su trasero. Se inclinó y repasó la tela de la falda con la mano. Su cabello rubio platino se balanceaba sobre la blusa azul claro— Quiero llegar presentable.
—Estás bien, descuida —dije.
Se puso derecha y detuvo su mirada en la mía.
—¿Tú crees?
Sonrió de forma indescriptible con aquel encanto de la mujer que se sabe atractiva y segura; acostumbrada a ser admirada. Abrió los brazos y giró sobre sí misma pasando ambas manos por sus caderas. Volvió a mirarme fijamente y se echó a reír.
—Julio, tengo que hacer pis.
—Vale. —Busqué alrededor. A la derecha había unos matorrales altos; desde la distancia no se veía la carretera; tampoco ninguna vivienda cercana o alguna figura humana—. Allí, puedes.
Ella se alejó y a los pocos minutos la vi regresar con paso ágil.
—¡Ufff…, qué gusto! ¿Tú estás bien; no necesitas…?
Sentí la vejiga algo prieta.
—Ahora vengo.
Salí del coche y me acerqué a los hierbajos. La tarde empezaba a refrescar. El arco caliente comenzó a disminuir y las últimas gotas ambarinas cayeron espaciadas y sacudí la picha dos o tres veces.
Estaba detrás de mí. Me sobresalté y sin darme cuenta me volví.
—También tenías ganas… Estás sano; se ve por el color de la orina. Además…, eres un hombre entero… —La miré cubriendo mi miembro. Ya me comprendes.
Estaba quieta, serena; como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Yo…, Irene…, lo siento —balbuceé.
—No pasa nada. Vine a buscar un botón de la blusa —señaló el lugar donde faltaba. Las circunferencias de sus pechos grandes se veían por el espacio abierto—. Además…, aquí no hay nadie. —Apartó la mirada y dio unos pasos mirando el suelo. Cuando estuvo a mi lado dirigió la mano a mi bragueta y separó mi mano—. ¿Te la sacudo. Te vas a mojar por dentro? —Agarró mi miembro y lo agitó a modo de un látigo. Mi boca se llenó de saliva. Bajé la cabeza y vi sus dedos agarrando mi falo.
—¿Está bien así? —Recorrió mi polla de arriba abajo, deslizando el prepucio hasta llegar a los testículo, los separó y recogió uno en el cazo de la palma de su manos; la otra se posó rápidamente sobre mi capullo. Mi mango ya estaba tieso, duro y caliente.
—No podemos…
—¿Qué no podemos…? Somos adultos. Nadie nos ve. A mí me apetece y, por lo que veo, a ti no menos. —Soltó mi pija y se abrió la blusa, desabrochó el sostén y sus tetas brincaron al aire; grandes, blancas; con dos bellos pezones abotonados y rosados, juveniles, apetitosos—. ¡Mamámelas, apriétalas…, mordisquéalos!
Como hipnotizado, obedecí. Me moría de ganas. Las cogí entre los dedos y las besé; llevé a mí boca los guisantes carnosos y los saboreé ávidamente. Irene sujetó mi polla y comenzó a hacerme una paja con plácida lentitud. Sus dedos recorrían mi carne erecta. La seda de mi capullo se estremecía entre las yemas expertas de sus dedos. Apreté las tetas y chupé los pezones. Empecé a notar la vibración del orgasmo.
—¿Estás cerca? —preguntó.
Entre jadeos reconocí que estaba a punto de correrme. Entonces ella apretó la tranca y los huevos.
—No, todavía.
Me soltó. Vi mi polla completamente erguida, con el glande colorado, deseoso de expulsar líquido. Se bajó la falda y se dio la vuelta. Me ofreció su culo precioso abundante y esférico. Se inclinó y abrió las piernas.
—Ahora; ahora, la quiero toda dentro. Lléname el coño. Llevo deseando esto hace muchos meses. ¡Fóllame! Me gusta tu polla rica.
Entré de un solo golpe. Mi verga se hundió hasta el fondo y sujetándome a las anchas caderas, entre y salí al galope de aquel coño hambriento; cabalgué aquel coño abierto y suave, lleno de flujos. Los dos jadeábamos como dos animales jóvenes arrastrados en un mar de celo sexual. Sin poder contenerme, gemí al sentir el espasmo inicial y me hundí dentro de la vagina hasta que un chorro ardiente salió e inundó las paredes del chocho hasta llegar al útero fogoso de Irene. Ella estaba masturbándose frenéticamente mientras yo la llenaba de leche espesa, a golpes. Mis cojones se descargaban y llegaba hasta a doler en cada embestida soltando esperma.
Irene emitió un grito agudo cuando el orgasmo le vino brutal. Jadeaba y se movía circularmente con mi polla dentro. Cuando se aflojó la saqué goteante y exhausta. Los dos respirábamos como atletas tras una competición. Por los cachetes se vertían unos pequeños goterones de mi semen, bajaban por sus muslos. Irene los recogió con los dedos y los llevó a su boca, dándose la vuelta para sacar hasta el final la voluptuosidad de nuestra jodienda. Y sin dejar más tiempo, se agachó y me agarró la polla nuevamente.
—¿Te queda algo?
Se la metió en la boca y la chupó hasta que se me volvió a poner dura. Lamió y sorbió hasta que me vine en su boca sabia con un áspero ronquido. Volvió a manar el líquido lácteo de mis cojones y ella tragó el néctar de mi semen. Se la sacó de los labios ya flácida. Los dos nos recompusimos la ropa y regresamos al coche.
Ya sentados, Irene me acarició el cuello.
—Creo que vamos a tener que idear un plan tú y yo…, ¿no crees?
Lo cierto es que mi mente ya estaba buscando estratagemas para los días de vuelta a la ciudad; aunque ahora que había ptubado el sexo sin tapujos, me iba a ser difícil esperar las tres semanas de vacaciones.
La pareja de mi padre puso su mano en mi entrepierna y dijo:
—No te preocupes; ya lo tengo todo pensado. Nos vamos a divertir muy a menudo.
Arranqué el coche y parsimoniosamente Irene sacó de la guantera el botón perdido entre los matorrales.
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