Íncubo

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T. Lectura: 5 min.

Las noches en los veranos de mi casa en Lagunilla

eran como el moho, pastosas, y calientes como el día.

Por eso mi cama estaba junto a la ventana. Abría

de par en par las dos hojas y el frescor me adormecía.

Esa noche estaba viendo la tela de las cortinas

que brillaban, vaporosas, con el roce de la brisa

y con los rayos de luna suavemente se mecían.

Entró al cuarto, despistada, una suave palomilla,

que tenía dos ojos negros tatuados en las alitas.

Yo pensé: “Ya quiero irme de esta tierra tan lasciva.

Parece que hasta los bichos nos quieren espiar dormidas”.

 

Dos semanas cada año mi vida se interrumpía,

abandonaba el colegio, la ciudad y a mis amigas,

y regresaba a la casa de mis padres y a su vida:

recibir al capataz, al cura y al policía…

Todos, al ver a mi padre, siempre, siempre le decían:

“¿cómo amaneció el señor?”; “yo hago lo que usté me pida”,

“tómelo, es solo un regalo”, “¡qué preciosa está su hija!…

¿ya dieciocho? ¡Dios la guarde! ¿Y estudia la señorita?…

Claro, claro…pero piense… ya que es ella tan bonita,

no sería tal vez momento…” Y, desde mi cuarto, oía

a mi padre hablar de mí como de una yegua arisca.

 

A las cinco el jardinero de mi madre —ya dormida—

entraba por nuestra reja con guantes y sin camisa

para arreglar los rosales, el limón, las margaritas,

la marchita nochebuena… Yo… Yo solo lo veía…

Con descaro, sí, quizá. ¿Y cómo más lo vería?

Era un hombre muy cogible —yo, esos meses, no cogía.

No es gran cosa. Me gustaba verlo hacer jardinería:

los músculos de sus hombros se hinchaban y contraían

cuando, con la hoz, separaba mala hierba y margarita.

¡Pero nunca le di entrada! A lo mucho, quizá un día

me mordí un labio ante él, solo por la picardía

de saberme inalcanzable, de pensar que me querría

estrechar entre sus brazos, fuertes de labor y vida,

para acariciarme toda… y pensar que no podía:

él, abajo en jardín, y yo, tan tranquila, arriba,

viéndolo por la ventana junto a la que yo dormía.

 

Dos días antes me había dicho, «¡pos qué me miras, chiquilla!»

«Veo lo que a mí se me antoje. Tú trabaja.» «¡No me digas!

Pa la próxima mejor me voy a traer camisa.

¡Desde aquí huelo las ganas que me traes, niñita rica!»

Y se carcajeó, el pendejo, haciendo señas lascivas.

Ay, ¡por qué son tan idiotas los hombres de Lagunilla!

 

II

 

Esa noche estaba viendo la tela de la cortina

en la que se había parado la indiscreta palomilla.

«Mucha luz» yo me quejaba; «mucha luna», me decía.

Cuando ya quería dormir, me acosté con la mejilla

doblada contra la almohada y aplastadas las tetitas.

 

Y una, incómoda y torcida, siente más su anatomía.

Recuerda «tengo pezones» y los pechos se le avivan.

La noche, te digo, es muy caliente en Lagunilla…

y me vino por la noche mi jardinero del día.

Vi los músculos macizos, sus pómulos, su barbilla

sudorosos de trabajo y entibiados por la brisa,

cruzar por la puerta —¿abierta?—, subir por la escalerita

que da a las habitaciones donde duerme mi familia,

identificar mi puerta y tantearle la perilla.

«¿Quién?» le digo, mientras entra. Sé que es él, pero entre risas

le pregunto muy molesta —con seria coquetería:

«¿Quién abre a tan altas horas la recia puerta de encina

tras la que duerme una dulce y honorable señorita?».

 

En mi fantasía, me paro justo como estoy: vestida

con un tenue camisón, por el que bien se adivina,

sin calzón y sin brasier, el rojo de mis tetillas

y el castaño enmarañado que corona mi vagina.

Sí, pero en la realidad, torcida de la mejilla,

acostada boca abajo, con los brazos me servía:

un brazo tocaba el pecho y otro al pubis descendía.

 

En la fantasía, de nuevo, mi jardinero se inclina

y me dice «dulce Pura, ¿cuánto más quieres, mi vida,

que solo a lo lejos mire los ojos que me lastiman

y a la vez me reconfortan? Déjame, Pura querida,

pasar una sola noche sobre tus pechos de ninfa,

y mañana, cuando vuelva a trabajar bajo tu vista,

ya no veré a tu ventana, porque, aunque sé que me miras,

yo sólo veré mi alma, donde te tendré prendida».

 

III

 

«Una noche entre mis pechos tiene un precio, jardinero.

Mira, me subo un poquito este camisón. Me siento.

Puedes ver mis muslos suaves. ¿Qué quieres hacer con ellos?

¿Quieres estar en mi cama? Bueno, puede ser. Primero,

vas a hincarte y a besarme la piel de los muslos. Luego,

si me gustan las caricias de tus labios y tus dedos

puede que te deje erguirte… pararte… ¡qué digo! Bueno…

Me refiero a todo-tú, pero si hay algo ya erecto…

quizá… no lo sé. El camino ya nos dirá lo que haremos.»

 

Así yo le respondí a mi hermoso jardinero

—ya no sé si fantaseando o completamente en sueños.

Él ya no dijo palabra: se puso rodilla en suelo

y llenó mis tiernos muslos de caricias y de besos.

Y yo, ya medio dormida, me iba tocando en el cuerpo

cada punto que soñaba que tocaba el jardinero.

 

De pronto él quiere besar esta rosa que en mi sexo

abre pétalos de sal como un durazno sin hueso.

Y me lame desde afuera, ay mis labios más externos,

—claro que, en la realidad, las lamidas son dos dedos

que, mojados de saliva, quieren simular sus besos.

«¡Ay, empleado de mi madre, sátiro de jardinero!

Sábete que sí me corro por lo que me estás haciendo,

te hundiré estos cortos rizos en la rosa de mi sexo.»

 

Pero de pronto me digo “qué bien aceité mis dedos”.

¡Esta sensación parece un lengüetazo verdadero,

como los que mis amigas (o sus novios, cuando puedo),

cuando estoy en la ciudad, me ofrecen con gran secreto!

Ay, ¿yo me metí “la lengua” en la entrada? ¿En este centro

que conduce a lo profundo de mi ser? Ya me detengo.

Aquí hay una cosa rara. Me destapo. ¿Qué fue eso?

Pero… no hay nada en mi cama… todo el cuarto está desierto.

 

Bueno, igual, medio dormida, soñando en mi jardinero,

mi mente quiso jugarme algún truco muy siniestro.

¡Qué más da! Estoy muy caliente. Vamos a seguir lo nuestro.

Regreso a la fantasía. Él, allí, me está comiendo.

Su hermoso color cobrizo tiene tonos de deseo.

Respirando los perfumes que fluyen desde mi sexo,

me agarra fuerte las nalgas, y hay algo que está latiendo

en la dura secrecía de sus pantalones viejos.

«Aunque soy un poco estricta, tengo piedad, Jardinero,

de la pequeña culebra que en tu pantalón voy viendo.

Sácala, para que vea si es de verdad ese cuento

de que la cuerda que cargas es la más linda del pueblo.»

Me la imagino muy gruesa… ¿grande? La de aquel maestro

era compacta y venosa, y cuando ya estaba adentro

me hacía sentir sus salidas… así sueño al jardinero.

Un poquito lo masturbo… sé que quiere ver mis pechos,

y me bajo los tirantes del camisón. Los ofrezco.

Él los toca. Yo lo toco. Una mano está en mi sexo,

masturbándome quedito, y otra me presiona el seno…

el izquierdo, me refiero. Pero ¿quién toca el derecho?

Otra vez hay algo raro. Hay otra mano en el juego.

Ahora sí no estoy dormida. O si sí, este es el sueño

más exacto y más caliente… más real que yo recuerdo.

Abro los ojos. No hay nada. Todo el cuarto está desierto.

La presión que antes sentía sobre mi seno derecho

de pronto es sólo la colcha. ¡Pero qué está sucediendo!

 

A ver, Pura, no hagas dramas. Todo bien. Es sólo el pueblo,

este calor asfixiante, esta luna, el cachondeo

que has jugado dos semanas con el pobre jardinero

y el pendejo de tu padre que a todos les va diciendo

que no te quieres casar… porque eres “muy pura”. ¡Cuernos!

Esta noche es para mí. Mañana me largo y vuelvo

a mi vida de verdad. Pero ahora, «Jardinero…

no me hagas suplicarte. Ven. Ya estoy. Tus dulces besos

me han dejado humedecida para recibirte adentro.»

Y cuando me iba a tocar —con tres dedos sobre el sexo,

el dulce botón arriba y abajo los labios tiernos—

sentí cómo en mí se hundía, con un cariño modesto,

una dura verga erguida, más larga que la del sueño.

«¿Estás bien?», él me pregunta; «¡putamadre!», le contesto,

porque —sin prisa y sin pausa— muy profundo me está abriendo.

«Voy a acelerar un poco» me dice y besa mis pechos,

mis clavículas, mis labios. ¿De dónde salió este beso?

No deja de acelerar. Ay, me llega tan adentro,

que me duele sin doler, y es confuso y placentero,

Su verga se clava entera, pero no se clava recto,

cuando entra hace una curva y me toca por adentro,

el punto que yo me toco si me quiero correr presto.

Él se sabrosea mis pechos, y entre manos y entre alientos

trata mis duros pezones como suaves caramelos.

 

Horas pasan en el acto. Horas pasan en el sueño.

Un orgasmo y otro y otro. Ya la cuenta ni la llevo.

Entre sombras veo una sombra, casi luna, casi velo,

y, entre las blancas cortinas, dos profundos ojos negros.

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