Pasión sobre la nieve (6): El límite de lo invisible

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Al cruzar el umbral del Lodge, el aroma a café y pan tostado los recibió como un bálsamo de normalidad. Sofía y Julián encontraron una mesa pequeña cerca de un ventanal y apenas se estaban acomodando cuando la pareja que habían visto ayer, Marcos y Elena, se acercaron con una sonrisa.

—¡Pero miren a quiénes tenemos aquí! —exclamó Elena—Los vimos ayer en el hielo. Parecían sacados de una postal.

—Fue un día increíble —respondió Sofía, forzando una ligereza que no sentía.

—Se nota que están en esa etapa donde el cansancio no importa —rio Marcos—¿Cuánto llevan juntos? Se les ve esa chispa de los que todavía están descubriéndose.

La pregunta flotó en el aire. Sofía miró a Julián de reojo, pero él estaba extrañamente relajado.

—No llevamos tanto —respondió Julián, y por debajo de la mesa, su pierna rozó la de Sofía de forma deliberada—Pero el tiempo es relativo cuando encuentras a la persona adecuada, ¿no creen?

—¡Qué romántico! —suspiró Elena—Tienes un buen hombre ahí, Sofía. Escuchen, iremos a las termas naturales esta tarde. ¿Por qué no nos vemos allá a las cinco? Nos encantaría conocer más de su historia.

A pesar de los nervios de Sofía, Julián aceptó con una naturalidad pasmosa. Cuando la pareja se alejó y se quedaron solos, ella se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—¿Las cinco? ¿En las termas? Julián, ¡van a hacernos mil preguntas! —lo reprendió en un susurro tenso—No vamos a poder sostener esta mentira de la “pareja ideal” en un lugar así. Nos van a acorralar.

Julián terminó de dar un sorbo a su café, sosteniéndole la mirada con una calma que a ella le resultó exasperante.

—Solo tenemos que seguirles la corriente, Sofi. Ayer en la laguna no fingimos que nos divertíamos, ¿o sí? —le restó importancia con un encogimiento de hombros—Si preguntan, no digas nada que no sientas. Deja que ellos saquen sus propias conclusiones. Al final, solo somos dos personas disfrutando del viaje.

Sofía se quedó callada, mirando el vapor de su taza. La seguridad de él la desarmaba porque no sabía si Julián estaba siendo muy buen actor o si, simplemente, ya no le importaba ocultar lo que estaba pasando entre ellos.

Julián se terminó el café y se puso en pie, dándole un apretón suave en el hombro antes de alejarse para encontrarse con el guía por unos temas del equipo de nieve. Sofía lo vio cruzar el salón, notando cómo se movía con una confianza que antes le pasaba desapercibida, y solo cuando la puerta se cerró tras él, se permitió soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Mientras Julián no estaba, Sofía observaba la nieve desde el salón. Inconscientemente, empezó a comparar. Con Raúl, ella siempre había sido un satélite, un adorno. Julián era distinto; su protección era silenciosa y absoluta. «Es solo un juego», se repitió, pero la mano de él en su cadera esa madrugada no era la de un familiar, sino la de un hombre reclamando su espacio. Se sentía culpable y, sobre todo, asustada de lo mucho que deseaba volver a sentir ese calor.

Las horas pasaron entre silencios compartidos y miradas que se evitaban, hasta que la luz comenzó a flaquear.

Llegaron a la zona de las termas naturales justo cuando el sol empezaba a teñir la nieve de un naranja encendido. El complejo era una estructura de piedra y madera que parecía brotar de la misma montaña. El vapor subía en columnas densas, creando una atmósfera de ensueño y ocultando a medias a las parejas que ya se relajaban en el agua humeante.

Marcos y Elena los esperaban en la entrada de los vestuarios, ya envueltos en albornoces blancos.

—¡Llegaron! —exclamó Elena, radiante—Estábamos a punto de entrar.

Sofía se aclaró la garganta, sintiéndose fuera de lugar con su ropa de lana.

—Elena, tenemos un pequeño problema… No empacamos los trajes de baño. No pensamos que terminaríamos en un lugar así.

—¡Ay, por favor! —Elena soltó una carcajada y le restó importancia con un gesto—Eso se soluciona en un segundo. Yo soy una compradora compulsiva, tengo una maleta llena de cosas nuevas que ni he estrenado. Marcos, tú tienes ese short que te quedó chico, ¿verdad? Préstaselo a Julián. Sofía, ven conmigo, yo tengo el conjunto perfecto para ti.

Sofía cruzó una mirada rápida con Julián. Él parecía tan incómodo como ella, pero antes de que pudieran protestar, Elena ya la arrastraba hacia los vestuarios privados.

Dentro del vestidor, Elena sacó de una bolsa de boutique un bikini de un rojo carmín, casi sangriento.

—Es de una marca italiana —dijo Elena, extendiéndolo—Marcos dice que es muy osado para mí, así que mejor úsalo tú. Te va a quedar pintado.

Cuando Sofía se quedó sola, se desvistió con movimientos torpes. Al quedar desnuda frente al espejo empañado, sintió que el frío del ambiente le erizaba la piel. Se puso el bikini y el impacto fue inmediato. La parte superior eran dos triángulos mínimos de seda que apenas lograban contener el arco de sus senos, dejando que la curva inferior se asomara con cada respiración. Las finas tiras se amarraban detrás del cuello, obligándola a mantener la espalda erguida, resaltando la delicadeza de sus hombros y la blancura de su escote.

La braga era de talle bajo, con lazos a los costados que descansaban justo sobre el hueso de sus caderas, acentuando la curva de su vientre y la longitud de sus piernas. Sofía se sintió expuesta, casi obscena. Era una prenda diseñada para ser mirada, para ser deseada. Se soltó el cabello, dejando que las ondas oscuras cayeran sobre su espalda desnuda para intentar cubrirse un poco, pero el efecto era el contrario: se veía como una mujer en pleno despertar.

Respiró hondo antes de descorrer la cortina del vestidor y salir al área de las pozas. El vapor denso la envolvió de inmediato, humedeciendo su piel. A unos metros, Julián la esperaba de espaldas, vistiendo solo el short oscuro que le había prestado Marcos.

Sofía se detuvo en seco. Aunque ya lo había visto sin camiseta esa mañana, la luz del atardecer filtrándose entre el vapor hacía que su presencia fuera mucho más imponente. Sus hombros parecían más anchos contra el blanco de la nieve exterior y la línea de su columna se perdía en el elástico del short con una claridad que la hizo tragar saliva.

Cuando él escuchó sus pasos y se giró, el aire entre los dos pareció desaparecer.

Julián se quedó mudo. Sus ojos recorrieron cada centímetro de la piel de Sofía, desde el rojo encendido del bikini hasta la curva de sus piernas. El deseo en su mirada fue tan evidente que Sofía sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el clima.

—Sofía… —el nombre salió de su boca como un suspiro pesado, casi un lamento.

—Elena tiene gustos… llamativos —logró decir ella, cubriéndose instintivamente con los brazos, aunque sabía que era inútil.

Julián dio un paso hacia ella, acortando la distancia. El calor que emanaba de su cuerpo era casi tan intenso como el del vapor de las termas.

—Te ves increíble —dijo él, con una voz ronca que la hizo vibrar—Demasiado increíble para estar aquí con extraños.

Sofía sintió que el calor le subía a las mejillas, y no era por el vapor. La forma en que él la miraba, como si quisiera envolverla y esconderla del resto del mundo, la dejó sin aliento. Julián dio un paso hacia ella y, por un segundo, ella pensó que la tocaría ahí mismo, frente a todos. Sin embargo, él solo extendió la mano para guiarla por los peldaños de piedra resbaladizos, un gesto caballeroso que escondía una tensión eléctrica.

Descendieron juntos hacia el calor sofocante del manantial. Entraron a la poza de piedra natural; el agua caliente les subió por el cuerpo, relajando los músculos pero tensando los nervios. Marcos y Elena ya estaban allí, con copas de vino en la mano y una mirada de complicidad que a Sofía le resultó difícil de sostener.

—¡Vaya pareja! —exclamó Marcos, silbando bajito—Se nota que el aire de montaña les sienta de maravilla. Vengan, acérquense. Estábamos justo por preguntarles… ¿cómo fue que este hombre convenció a una mujer como tú de que él era el indicado? Queremos la historia completa del flechazo.

Bajo el agua, Julián buscó la mano de Sofía. Sus dedos se entrelazaron con una fuerza que ella interpretó como un “apóyate en mí”.

—Bueno —empezó Julián, mirando a Sofía a los ojos con una intensidad que la hizo dudar de si seguía actuando—la verdad es que yo siempre supe que ella era la indicada. Solo tuve que esperar a que ella se diera cuenta de que yo ya no era el que ella recordaba.

El silencio que siguió fue solo interrumpido por el borboteo del agua termal. Sofía sintió un nudo en la garganta; la presión de la mano de Julián bajo el agua era firme, casi posesiva, recordándole que cada palabra que acababa de decir era real. No era parte del guion para Marcos y Elena; era un mensaje directo para ella.

—¡Eso es lo más romántico que he oído en años! —exclamó Elena, llevándose una mano al pecho—La paciencia siempre tiene su recompensa, ¿verdad?

Sofía forzó una sonrisa, aunque por dentro temblaba. El agua caliente, que debería ser relajante, empezaba a sentirse sofocante ante la mirada fija de Julián, que no la había soltado ni un segundo. Se dio cuenta de que ya no estaba jugando a ser la pareja de su sobrino; estaba entrando en un terreno donde las etiquetas familiares se estaban disolviendo en el vapor.

El vapor se volvía más espeso, transformando la poza en un refugio privado donde las voces de Marcos y Elena parecían llegar desde otra dimensión. Sofía intentó desviar la atención de sí misma observando a la otra pareja. Elena, con una confianza que Sofía envidiaba secretamente, se movía en el agua con una elegancia madura. A sus cuarenta y tantos, Elena poseía una belleza plena: sus hombros eran firmes, y el escote de su traje de baño negro realzaba una piel cuidada y elástica que no pedía disculpas por el paso del tiempo.

Lo que más impactaba a Sofía era cómo Marcos la trataba. Mientras hablaban, él no dejaba de acariciar el brazo de su esposa bajo el agua, o de acercarse para susurrarle algo al oído que la hacía reír con ganas. Era una atención devota, una conexión física y emocional que Sofía nunca había experimentado en sus relaciones pasadas, siempre marcadas por la distancia o la falta de compromiso. Al verlos, una punzada de tristeza y anhelo le atravesó el pecho. «Así es como debería sentirse», pensó, sintiéndose más sola que nunca a pesar de estar rodeada de gente.

Como si leyera su mente, Julián acortó el espacio que los separaba. Bajo el agua, su mano subió desde sus dedos entrelazados hasta su antebrazo, deteniéndose en su cintura. El contacto era firme, cálido y cargado de una intención que la hizo estremecer. Julián la atrajo hacia sí con una suavidad posesiva, protegiéndola del frío que empezaba a bajar de la montaña. En ese momento, él le estaba dando exactamente la misma calidez y exclusividad que Marcos le daba a Elena, pero para Sofía, el placer venía manchado de confusión. ¿Era real? ¿O Julián era simplemente un maestro en imitar la devoción de un hombre enamorado?

—Te quedaste callada, Sofi —le dijo él en voz baja, tan cerca que su aliento húmedo le rozó la oreja.

—Solo… estaba pensando en lo afortunados que son ellos —admitió ella en un susurro, mirando a la otra pareja.

—Nosotros también lo somos —respondió Julián, y por un segundo, su mirada bajó hacia el rojo carmín de su bikini, que bajo el agua parecía brillar con una intensidad prohibida.

Cuando finalmente decidieron salir, el agotamiento físico los golpeó de golpe. El contraste del frío exterior con el calor de la sangre los dejó en un estado de letargo sensorial. Como los vestuarios estaban abarrotados de gente y el vapor allí dentro era asfixiante, prefirieron simplemente envolverse en los albornoces gruesos que les prestó el Lodge y emprender el camino de regreso. No les importó caminar con el cabello empapado y los trajes de baño húmedos bajo la tela blanca; el frío de la noche calaba los huesos, pero el calor residual de las termas les permitía avanzar con movimientos lentos, casi mecánicos. Caminaron en un silencio absoluto de regreso a la cabaña, bajo un cielo ya cuajado de estrellas que parecía observar su farsa.

Al entrar, el silencio de la habitación se sintió como una presión física. Sofía se quitó el albornoz, quedando de nuevo expuesta en ese mínimo conjunto rojo, pero ya no tenía fuerzas para cubrirse. Se sentó en el borde de la cama, con el cabello goteando y los hombros caídos, sintiéndose vulnerable no por su desnudez, sino por la soledad que le había devuelto el espejo de Elena.

Julián se detuvo frente a ella, todavía con el torso descubierto y la piel encendida por el baño térmico. La observó durante un largo minuto, notando el temblor en sus labios y el brillo de una lágrima que amenazaba con caer.

—Nunca nadie me ha mirado como Marcos mira a Elena —confesó ella, con la voz quebrada—He pasado toda mi vida esperando una conexión así, y es patético que tenga que fingirla contigo para saber lo que se siente.

Julián dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una determinación que la dejó sin aliento. Se arrodilló entre sus piernas, obligándola a mirarlo de frente, y le tomó las manos con una fuerza que no tenía nada de familiar.

—Deja de compararnos con ellos —dijo él, con una voz profunda que vibraba en el aire estancado de la cabaña—Y deja de decir que esto es una actuación.

Julián se acercó un paso más, acortando la distancia hasta que sus rodillas rozaron las de ella. Su mirada era oscura, cargada de una honestidad que no conocía de protocolos familiares.

—No sé qué me pasó en este viaje, Sofía —confesó, y su voz bajó un octavo, volviéndose más ronca—No sé en qué momento el frío de la nieve hizo que necesitara tu calor de esta manera, o por qué verte en ese lago ayer cambió todo lo que creía saber de nosotros. Pero si crees que lo que viste en las termas fue una mentira, es que no tienes ni idea de cuánto me está costando no romper este juego ahora mismo. No estoy actuando; estoy intentando no perder la cabeza desde que entramos en esta cabaña.

Sofía sintió un escalofrío que la recorrió de arriba abajo. El cansancio emocional se quebró ante la confesión de que él estaba tan perdido y sobrepasado como ella. La tristeza por la soledad que sentía se mezcló con un hambre nueva, una que había nacido entre caminatas por el hielo y silencios compartidos frente al fuego.

En un impulso de rendición absoluta, Sofía soltó un suspiro tembloroso y acortó los últimos centímetros que los separaban, buscando el refugio de sus brazos. Ya no era la tía protegiendo a un sobrino; era una mujer respondiendo a la intensidad de un hombre que la hacía sentir viva por primera vez en años.

Julián la recibió con una urgencia que le cortó el aliento. Sus manos, todavía calientes por el agua de las termas, se cerraron sobre la espalda desnuda de Sofía, atrayéndola contra su pecho con una fuerza que buscaba borrar cualquier rastro de duda. El primer beso no fue lento; fue un choque desesperado de labios y lenguas, una explosión de todo lo que habían estado reprimiendo desde la primera noche. Sofía enredó sus dedos en el cabello húmedo de Julián, soltando un gemido que se perdió en su boca, mientras sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El beso no rompió. Se transformó. La urgencia desesperada del primer contacto se fundió en una profundidad exploratoria. Julián la levantó del suelo como si no pesara nada, y Sofía enroscó sus piernas alrededor de su cintura con una facilidad que la sobresaltó. Sus brazos se anclaron en su cuello, y él la llevó hacia la cama, sus pasos seguros y dominantes a pesar de que no se separaban sus labios.

La dejó caer suavemente sobre las mantas, pero él no la siguió de inmediato. Se arrodilló a los pies de la cama, sus ojos recorriendo su cuerpo con una lentitud que la hizo arder. Sus manos, que habían estado en su espalda, ahora subían por sus piernas, desde los tobillos hasta las rodillas, empujándolas suavemente para abrirlas. La posición era de rendición total. La luz de la luna a través del ventanal le dibujaba el contorno de su sexo, ya hinchado y oscuro por el deseo.

—Julián… —susurró su nombre, no como una pregunta, sino como una confirmación.

Él no respondió con palabras. Bajó la cabeza y el primer contacto de su lengua en su entrepierna fue una reverencia. No fue un ataque, sino un bautismo. La lamio desde la base hasta el clítoris, un movimiento largo y lento que la hizo arquearse con un gemido largo y tembloroso. Sus manos, ahora con más libertad, se deslizaron bajo su espalda, deshaciendo el único nudo que quedaba de su bikini. La tela se deslizó y quedó completamente desnuda bajo su mirada y su boca.

Julián se aferró a sus caderas, sus dedos hundiéndose en su carne, y comenzó a devorarla en serio. Su boca era voraz, su lengua ágil y precisa. La chupaba, la mordisqueaba con los labios, introducía la lengua tan profundo como podía. Sofía perdió todo control. Sus caderas se movían con un ritmo propio, grinding contra su cara, buscando más, siempre más. Un sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos cada vez más agudos.

—Dios, sí… así… —sollozaba, sus manos aferradas a las sábanas—No pares, te lo ruego…

Él introdujo un dedo, luego dos. Sentía sus paredes apretándose, calientes y elásticas. Los movía al ritmo de su lengua, encontrando ese punto dentro de ella que hizo que sus ojos se giraran hacia atrás. El orgasmo la golpeó como una ola gigantesca. Un grito puro y salvaje escapó de su garganta mientras su cuerpo se convulsionaba en un temblor incontrolable. Él no se detuvo, lamiéndola suavemente a través de las contracciones, prolongando su placer hasta que se derritió sobre las sábanas, jadeante y temblando.

Cuando finalmente subió, su rostro brillaba por ella. Se quitó el pantalón del albornoz y su erección, dura y poderosa, se liberó. La cabeza era de un color rojo oscuro, goteando anticipación. Se colocó sobre ella, pero no entró de inmediato. Se apoyó sobre los antebrazos a ambos lados de su cabeza y simplemente la miró.

Entonces, entró. Fue lento, increíblemente lento. Se deslizó hacia adentro centímetro a centímetro, dándole tiempo a su cuerpo a estirarse, a acomodarlo. El estiramiento era intenso, una plenitud tan abrumadora que le arrancó un sollozo. Cuando estuvo completamente dentro, ambos soltaron un largo y tembloroso suspiro. Era como si dos piezas rotas finalmente hubieran encontrado su lugar.

El movimiento comenzó. No fue salvaje al principio. Fue profundo, rítmico, casi meditativo. Cada embestida era una pregunta, y cada respuesta de ella, un gemido, una afirmación. Julián se movía con una precisión brutal, golpeando ese punto dentro de ella que hacía que viera estrellas. Sus manos se enredaron, sus dedos se entrelazaron sobre la almohada.

“En la mente de Julián:” “Es más perfecto de lo que imaginé. Aprieta, se mueve conmigo… Es un fuego que me consume. No quiero que esto termine nunca. Quiero vivir dentro de ella.”

El ritmo se aceleró. La necesidad se impuso a la paciencia. Los golpes se hicieron más fuertes, más profundos. La cama golpeaba la pared, marcando el compás de su unión. Él le besó la boca, una vez más, y esta vez el beso fue diferente. Era de posesión, de pertenencia.

Sofía sintió que otra ola de placer se acercaba, más poderosa que la anterior. Desenvolvió sus manos de las de él y las clavó en su espalda, arañándola, marcándolo.

—Mírame —le susurró al oído, repitiendo sus palabras de antes—Vente conmigo, Julián. Vente conmigo ahora.

Él la miró a los ojos, y en ese instante, todo explotó. El orgasmo de él fue un rugido contra su cuello, una pulsación caliente que la llenó por completo. El de ella fue un grito silencioso, una convulsión que la dejó sin aliento, ciega y sorda a todo lo que no fuera él.

Se derrumbaron sobre las mantas, un sudoroso y tembloroso enredo de extremidades. El silencio que siguió fue profundo, sagrado. El silencio que solo llega después de haberlo entregado todo.

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