{"id":18147,"date":"2018-06-21T01:55:52","date_gmt":"2018-06-21T01:55:52","guid":{"rendered":""},"modified":"2018-06-21T01:55:52","modified_gmt":"2018-06-21T01:55:52","slug":"18147-costa-del-sol","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/18147-costa-del-sol\/","title":{"rendered":"Costa del Sol"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"18147\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>&quot;Este hombre me est&aacute; follando, y apenas lo conozco, me folla duro, como si le fuese la vida en ello, siento su polla abri&eacute;ndose paso dentro de m&iacute;, y el placer que me da, pero, al principio yo no quer&iacute;a que me follase, no, me dej&eacute; ir, comenz&oacute; a chuparme las tetas, a masajearme el cl&iacute;toris con su lengua, y me fui abriendo, poco a poco, de mente y de piernas, hasta estar como estamos, &eacute;l encima m&iacute;a, rebotando sobre mi cuerpo, yo debajo de &eacute;l, sosteniendo sus embestidas con mis brazos enlazados en su espalda, ah, y qu&eacute; placer me da&quot;, hablaba conmigo misma ante la visi&oacute;n de ese vibrante cuerpo masculino saci&aacute;ndose en m&iacute;.<\/p>\n<p>&quot;&iexcl;Ah, ah!&quot;, grit&eacute;, &quot;&iexcl;sigue, sigue, sigue!&quot;, le anim&eacute;; &quot;&iexcl;Sof&iacute;a, Sofi-a, oh, oh, qu&eacute; buena es-t&aacute;s, uohgrr!&quot;, rugi&oacute; al correrse.<\/p>\n<p>Alfredo retir&oacute; su hermosa polla h&uacute;meda de mi co&ntilde;o, descabalg&oacute; de su montura, que era yo misma, y se tumb&oacute; de espaldas sobre las s&aacute;banas de raso azul. &quot;&iexcl;Qu&eacute; polvo!&quot;, exclam&oacute;,&quot; &iquest;y t&uacute;?&quot;, pregunt&oacute;; &quot;&iquest;Yo?, muy bien, me ha gustado mucho, la verdad&#8230;, me mola como follas&quot;, coment&eacute;; &quot;Gracias&quot;, dijo &eacute;l apoyando un codo sobre el colch&oacute;n y acercando sus labios a los m&iacute;os para plantarme un suave beso.<\/p>\n<p>Pero&#8230; deber&iacute;a empezar esta historia desde el principio:<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de los ex&aacute;menes de finales de curso de la universidad, mi amiga Alexandra y yo decidimos irnos de fin de semana a la Costa Del Sol, en Andaluc&iacute;a. Era un buen destino: no demasiado caro, buen clima sin fallas y mucho turismo extranjero. Mi padre ten&iacute;a un piso en una urbanizaci&oacute;n a pocos metros del mar que us&aacute;bamos poco, si acaso en alguno de los meses estivales, as&iacute; que le ped&iacute; permiso para ir, y me prest&oacute; las llaves. &Eacute;l accedi&oacute; no sin antes reclamarme que le diera detalles de nuestra escapada mediante llamadas telef&oacute;nicas frecuentes y advertirme de los peligros de andar sola por ah&iacute;, con la &uacute;nica compa&ntilde;&iacute;a de una mujer, Alexandra, mi amiga; me dijo que la costa, y m&aacute;s la de M&aacute;laga, era un lugar inseguro, que ocurr&iacute;an sucesos violentos a menudo; y a&ntilde;adi&oacute; esta frase: &quot;Y desconf&iacute;a de los malague&ntilde;os, son gente que se abren con facilidad a los visitantes con el &uacute;nico objeto de obtener beneficios de toda &iacute;ndole&quot;; eso me dijo. Y m&aacute;s adelante pude comprobarlo, como ver&eacute;is.<\/p>\n<p>Llegamos en coche a nuestro destino en cuesti&oacute;n de seis horas: salimos por la tarde del viernes y llegamos poco antes de la media noche. Aparcamos con facilidad, pues todav&iacute;a no era temporada alta. A&uacute;n as&iacute;, descubrimos que pasaba mucha gente por la calle, gente joven, como nosotras, vestida con ropas ligeras, sobre todo las chicas, que mostraban sus espl&eacute;ndidas figuras semidesnudas, y calzada con chanclas playeras. Entramos por la cancela que daba a la puerta del edificio, que estaba rodeado de un jard&iacute;n con c&eacute;sped abundante, y vimos a una pareja haciendo el amor en un rinc&oacute;n oscuro del jard&iacute;n, bajo unas palmeras: ella estaba a horcajadas sobre &eacute;l. Los vimos en escorzo: la espalda desnuda de ella, el bikini desplazado unos cent&iacute;metros de la raja de su culo, supongo que apartado lo suficiente para que la polla del amante entrase en su co&ntilde;o, las palmas de sus manos sobre la hierba para impulsarse mejor; balanceaba sus cintura de arriba a abajo y, de vez en cuando, hacia derecha e izquierda; pudimos o&iacute;r d&eacute;bilmente sus gemidos agudos. &quot;Alexandra, &iquest;has visto?, esto es&#8230; esto es&#8230;&quot;; &quot;&iexcl;Esto es el Para&iacute;so!&quot;, me interrumpi&oacute; Alexandra con una sonrisa de oreja a oreja.<\/p>\n<p>Abrimos la puerta del piso y una sensaci&oacute;n alegre, de apertura, de esperanza, hacia un futuro mejor, como la de aquel que ve su objetivo cumplido, nos invadi&oacute;. Dejamos nuestras maletas con ruedas en el vest&iacute;bulo, encendimos las luces y contemplamos satisfechas el que iba a ser nuestro cuartel general, y hogar, durante dos d&iacute;as. Luego nos recostamos sobre el chaise lounge cu&aacute;n largas &eacute;ramos, hechas un revoltijo la una sobre la otra. Pronto, Alexandra comenz&oacute; a desabrocharme la camisa. Yo no llevaba sujetador, ya que, al ser la que conduc&iacute;a, me lo hab&iacute;a quitado para estar m&aacute;s c&oacute;moda en esa funci&oacute;n, y mis tetas emergieron de entre la abotonadura, francamente liberadas, y Alexandra, nada m&aacute;s verlas florecer entre las telas, inclin&oacute; su cabeza sobre ellas para besarlas, mordisquearlas, succionarlas. &quot;Ah, Alexandra, qu&eacute; bien lo vamos a pasar aqu&iacute;&quot;, musit&eacute; acariciando su cabello suave y rubio, &quot;sin conocer a nadie&quot;; &quot;S&iacute;, Sof&iacute;a&quot;, aleg&oacute; ella mientras introduc&iacute;a una mano bajo mi falda; &quot;&iexcl;Ooohh!&quot;, suspir&eacute;. M&aacute;s tarde nos acostamos desnudas en la cama de matrimonio; mis tetas aplastadas en la espalda de ella, la pr&oacute;tesis, fija en mi cintura, dentro de su culo, mis manos sobre sus lindas tetas; mi boca, jadeante, en su nuca.<\/p>\n<p>Bueno, s&iacute;, qu&eacute; os digo, empiezo el relato con un hombre y, a estas alturas, estoy con una mujer. Es que&#8230;, en fin, &iexcl;me gusta tanto Alexandra! Los padres de ella son de origen eslavo, y ella ha heredado esos genes que a m&iacute; tanto me atraen sexualmente, hasta hace poco. Alexandra tiene la piel blanqu&iacute;sima; sus ojos son azules, su cabello es rubio, largo y fino; tiene en sus tetas un tesoro, pues est&aacute;n perfectamente moldeadas y son grandes, floridas dir&iacute;a yo, con unas anchas areolas sonrosadas y unos pezones muy redondos, apetecibles como caramelos; su cintura es fina, sus caderas anchas, sus piernas fuertes, su culo prieto y su chocho&#8230; su chocho es un dibujo precioso. Ah, Alexandra. &iexcl;Pero a ella lo que le gusta es ser penetrada por cualquier agujero de su cuerpo, os lo aseguro!<\/p>\n<p>Sigamos con el relato.<\/p>\n<p>Por la ma&ntilde;ana, a eso de las nueve, nos despertamos:<\/p>\n<p>&quot;Oh, buenos d&iacute;as, Alexandra, &iquest;qu&eacute; tal has dormido!&quot;; &quot;Oh, buenos d&iacute;as, Sof&iacute;a, muy bien, &iquest;y t&uacute;?&quot;; &quot;Tambi&eacute;n&#8230;, bien, &iexcl;qu&eacute; hambre tengo!, me comer&iacute;a, me comer&iacute;a&#8230;&quot;; &quot;Yo tambi&eacute;n, me comer&iacute;a&#8230;&quot;. Ambas nos echamos a re&iacute;r.<\/p>\n<p>Yo hab&iacute;a guardado unas galletas y unos minitetrabriks de zumo. Eso fue lo que desayunamos. Sintonizamos Canal Fiesta en la radio y, a ritmo del pop que o&iacute;amos, deshicimos el breve equipaje, separando las toallas y ropas de ba&ntilde;o con rapidez: nos esperaba un grato d&iacute;a de playa. Nos pusimos nuestros bikinis bajo la ropa; agarramos nuestras toallas bien dobladas y salimos a la calle. Hacen bien llamando a esta tierra la Costa del Sol, porque aqu&iacute; es el verdadero protagonista. Su luz sin igual, su envolvente calor, que parece acariciar la piel, invita a vivir, a disfrutar&#8230;, al placer.<\/p>\n<p>Recorrimos un trozo de calle de la urbanizaci&oacute;n. Salimos a un paseo peatonal en perpendicular y vimos el mar reluciente bajo el sol; su color turquesa y celeste nos atra&iacute;a tanto&#8230;<\/p>\n<p>Llegamos a la arena y desplegamos nuestras toallas, y sobre ellas nos tumbamos. Pronto, tuvimos calor y decidimos darnos un ba&ntilde;o salado; as&iacute; pues nos levantamos. Dentro del agua se estaba a gusto: el frescor se apoder&oacute; de nosotras. Nos zambullimos y nadamos. Nos dimos cuenta que unos hombres muy morenos, m&aacute;s bien maduros, nos estaban mirando con detenimiento desde la orilla. &quot;&iquest;Has visto a esos, Alexandra?&quot;; mi amiga asinti&oacute; mientras, a su vez, los miraba. Uno de ellos se meti&oacute; en el agua y nad&oacute; hacia nosotras. &quot;Hola, ni&ntilde;as&quot;, dijo, con la respiraci&oacute;n agitada por el esfuerzo, &quot;no os alej&eacute;is tanto, despu&eacute;s hay que volver&quot;, esto lo dijo con una sincera sonrisa, &quot;&iquest;de d&oacute;nde sois?&quot;, continu&oacute;; &quot;&iquest;C&oacute;mo sabes que no somos de aqu&iacute;?&quot;, pregunt&eacute;. Su risa fue tan sonora que creo que fue o&iacute;da desde el paseo mar&iacute;timo.<\/p>\n<p>&quot;Sof&iacute;a, me voy a las toallas, me ha dado fr&iacute;o&quot;, dijo Alexandra, y se alej&oacute;; &quot;Tu amiga es muy blanca, t&uacute;, en cambio&#8230;&quot;, dijo el hombre, &quot;por cierto, me llamo Paco&quot;, se present&oacute;; &quot;Sof&iacute;a&quot;;&quot;&iexcl;Como la reina!&quot;, rio. Nadamos en paralelo a la costa.<\/p>\n<p>&quot;Oye&quot;, dijo, &quot;s&eacute; de una calita solitaria&#8230; en la que t&uacute;&#8230; y yo&#8230; podemos&quot;. Ces&eacute; de bracear; &eacute;l, tambi&eacute;n: nos miramos: lo evalu&eacute;, a ver: &quot;M&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os, fuerte, moreno, ojos verdes, rostro curtido, pelo ondulado, no est&aacute; mal&quot;. &quot;Y, &iquest;por qu&eacute; no aqu&iacute; mismo?&quot;, solt&eacute;, y me quit&eacute; el sost&eacute;n del bikini. Al ver mis tetas, Paco se peg&oacute; a mi cuerpo y me abraz&oacute; fuerte. No hac&iacute;amos pie, as&iacute; que &eacute;l deshizo su abrazo y me hizo ponerme flotando de espaldas sobre la superficie, con mis muslos apretando su cintura y mi pubis expuesto entre dos aguas. Paco se sac&oacute; su polla erecta del ba&ntilde;ador y, apartando la tira del m&iacute;o, que ocultaba mi co&ntilde;o, me la meti&oacute;. &iexcl;Oh, me gust&oacute;!. Mantuve mis ojos cerrados mientras dur&oacute;, cinco, diez minutos, no s&eacute;, fueron maravillosos. Yo flotaba como una boya sometida al oleaje sobre el mar; las manos &aacute;speras de Paco, posadas en mis caderas, me procuraban un bienestar&#8230;, como estar protegida por un dios de los mares. &quot;Dale, Paco, dale&quot;, fui diciendo l&aacute;nguidamente a media voz, &quot;m&aacute;s, m&aacute;s, m&aacute;s&quot;, hasta que sent&iacute; el chorro de su semen, hasta que o&iacute; su orgasmo.<\/p>\n<p>Salimos a la orilla, Paco y yo. &Eacute;l me propuso quedar por la noche: &quot;Los s&aacute;bados por la noche en la Costa del Sol se pasa de miedo&quot;. Yo rehus&eacute; su amable invitaci&oacute;n y regres&eacute; a las toallas en busca de Alexandra, pero &iexcl;no estaba!, &iquest;d&oacute;nde se habr&iacute;a metido? Ech&eacute; un vistazo en derredor hasta que vi algo sospechoso. Encima de unas rocas que lindaban con la orilla divis&eacute; a dos hombres que miraban fijamente hacia abajo frot&aacute;ndose las manos; me acerqu&eacute; hasta all&iacute;. Hab&iacute;a perdido el sost&eacute;n durante mi aventura acu&aacute;tica y mis tetas se balanceaban a cada paso dado en la arena, lo que atrajo a alg&uacute;n curioso. Llegu&eacute;. Silenciosa, sin llamar la atenci&oacute;n, me arrastr&eacute; por la orilla mojada hasta situarme frente al peque&ntilde;o habit&aacute;culo que delimitaban las rocas; y ah&iacute;, con la cabeza semisumergida, el agua cubri&eacute;ndome hasta la boca, vi la escena: Alexandra, completamente desnuda, a gatas, le chupaba la polla a un hombre de barriga prominente, muy peludo, que se manten&iacute;a de pie, entre tanto que otro la follaba por el culo, y otro, tumbado de espaldas sobre la arena, con la cabeza entre las piernas del que estaba de pie, subiendo y bajando sus caderas, la iba follando por el co&ntilde;o. La sinfon&iacute;a de gemidos, suspiros, resuellos y gritos era refractada por las rocas, como un altavoz, y la pude o&iacute;r en toda su belleza. A Alexandra se la ve&iacute;a motivada. Lleg&oacute; un momento en que comenz&oacute; a recibir semen por todo su cuerpo: en la cara, de aquel al que se la mamaba; en la espalda, del que le daba por atr&aacute;s; en la barriga y entre sus muslos, del de abajo; en su cabello, de los que estaban arriba, que se hab&iacute;an pajeado a gusto. En cuanto todos terminaron, Alexandra, dignamente, se puso su bikini, se despidi&oacute; de todos con un ligero gesto de una mano y se meti&oacute; en el mar, donde se top&oacute; conmigo.<\/p>\n<p>Regresamos juntas hasta donde estaban nuestras toallas extendidas. Pusimos nuestros cuerpos bajo los rayos solares, no sin antes aplicarnos un poco de crema de protecci&oacute;n. Dos malague&ntilde;os j&oacute;venes, de nuestra edad, se pararon frente a nosotras, ofreci&eacute;ndose a extendernos la pomada por la espalda, y le dijimos que s&iacute;; son gente abierta la de aqu&iacute;: hablamos de casi todo durante el tiempo que nos hicieron compa&ntilde;&iacute;a. Luego nos dieron sus n&uacute;meros de tel&eacute;fono y se marcharon.<\/p>\n<p>Empezaba a apretar el sol y, adem&aacute;s, empezamos a tener hambre con tanto ajetreo. As&iacute; que pensamos en ir a alg&uacute;n merendero cercano a saborear los famosos espetos de sardinas, que son la especialidad de la tierra: se trata de vulgares sardinas asadas a la brasa, s&oacute;lo que las hacen ensart&aacute;ndolas, de cinco en cinco o de seis en seis, en una ca&ntilde;a. Llegamos y nos sentamos. Enseguida fuimos atendidas: pedimos dos cervezas y cuatro espetos. &quot;&iexcl;Pepe!&quot;, grit&oacute; el camarero en direcci&oacute;n a donde estaban las brasas, &quot;&iexcl;que sean cuatro!&quot;; &quot;&iexcl;Va, Miguel!&quot;, respondi&oacute; el espetero. Este era un treinta&ntilde;ero, guapo, musculoso y peludo, que, por cierto, no me quitaba ojo. &quot;Alexandra, voy a ver c&oacute;mo asan las sardinas&quot;, dije a mi amiga; &quot;Te espero, Sof&iacute;a&quot;. Y me levant&eacute;.<\/p>\n<p>Pepe estaba empalando sardinas cuando llegu&eacute;. Lo hac&iacute;a de manera habilidosa y r&aacute;pida. &quot;Oye, &iexcl;qu&eacute; bien se te da!&quot;, solt&eacute;. Me mir&oacute; sorprendido. Seguramente no esperaba que me acercase hasta all&iacute;, tan cerca del fuego. &quot;S&iacute;, llevo a&ntilde;os haciendo esto&quot;, dijo; &quot;&iquest;Me ense&ntilde;as?&quot;, le pregunt&eacute;; &quot;S&iacute;, claro, ven&quot;. Tuve que rodear la peque&ntilde;a barca llena de arena donde ard&iacute;an las brasas e hincaban las ca&ntilde;as con el pescado. &quot;Es f&aacute;cil&quot;, dijo Pepe; &quot;Para ti, que empalas bien, probablemente hasta a m&iacute; me empalar&iacute;as si hiciera falta&quot;, esto lo provoc&oacute;; &quot;A ti, ni&ntilde;a, no parar&iacute;a de empalarte&quot;. Y dicho esto, me tom&oacute; del brazo y me llev&oacute; frente al borde de la barquita, poni&eacute;ndose &eacute;l detr&aacute;s de m&iacute;. &quot;Ahora, disimula&quot;, dijo; y me subi&oacute; la faldita por detr&aacute;s hasta mi cintura para bajarme el ba&ntilde;ador hasta los muslos. Not&eacute; su dureza en mis nalgas; despu&eacute;s sent&iacute; su carne caliente que, entrando por la abertura de mi culo, se alojaba en mi interior, vibrante. &quot;&iexcl;Ooohg!&quot;, solt&eacute;. &quot;&iexcl;Pepe, esos espetos, &iquest;van o no?&quot;, llam&oacute; Miguel, el camarero; &quot;&iexcl;Van, van!&quot;, grit&oacute; Pepe, &quot;&iexcl;estoy ense&ntilde;ando a la se&ntilde;orita!&quot;; &quot;&iexcl;Bah!&quot;, exclam&oacute; Miguel.<\/p>\n<p>Yo ah&iacute; segu&iacute;a, atrapada por el espetero, que me clavaba su ca&ntilde;a y &iexcl;me gustaba, tanto! &quot;Ay, Pepe, ay, c&oacute;mo la clavas, oh&quot;; &quot;Ni&ntilde;a, me encanta tu cu-lo, oh, disimula que ya, ah, acabo&quot;; &quot;&iexcl;Pepe, los espetos!; &quot;&iexcl;Van, van, Miguel!, oh, me corro, qu&eacute; polvo, oh, oohg&quot;. Sac&oacute; su polla goteante de mi culo y el tibio semen me moj&oacute;. &quot;Dame una servilleta, Pepe&quot;, le dije mientras segu&iacute;a disimulando. Me la dio de las que ten&iacute;an para su uso y me sequ&eacute; el culo antes de subirme el ba&ntilde;ador. Luego me gir&eacute;, le di un beso en los labios y me encamin&eacute; a la mesa que compart&iacute;a con Alexandra, pero esta, de nuevo, no estaba.<\/p>\n<p>Ote&eacute; alrededor y entonces vi que la puerta del servicio de se&ntilde;oras, que daba al exterior del merendero, aun estando cerrada, parec&iacute;a moverse a intervalos, como si alguien intentara abrirla desde dentro con infructuosos resultados. &quot;Ah&iacute; est&aacute; Alexandra&quot;, me dije, y me acerqu&eacute;. &quot;&iexcl;Alexandra!&quot;, llam&eacute;; &quot;Sof&iacute;a, estoy aqu&iacute;, es-pe-ra, ya, ah, oh, ya sal-go, oh&quot;. Se abri&oacute; la puerta: primero sali&oacute; un magreb&iacute; alto y robusto subi&eacute;ndose la porta&ntilde;uela del pantal&oacute;n, detr&aacute;s mi amiga con varios bolsos colgados de los brazos, que fue devolviendo uno a uno a su propietario, el magreb&iacute;, que los vend&iacute;a; luego este se despidi&oacute; de nosotras y sigui&oacute; vendiendo mesa por mesa. &quot;&iexcl;Te has tirado al vendedor de bolsos!&quot;, recrimin&eacute; a Alexandra; &quot;No sabes que polla gastaba&quot;, rio Alexandra.<\/p>\n<p>Quiz&aacute; a alguien no le haya quedado claro todav&iacute;a, pero nosotras vinimos a la Costa del Sol a relajarnos y a divertirnos, y esto es lo hicimos.<\/p>\n<p>Regresamos a la urbanizaci&oacute;n a eso de las tres de la tarde. Cuando subimos al piso nos dimos una ducha y nos acostamos desnudas en la cama de matrimonio con la idea de echarnos una siesta antes que fuese de noche y volvi&eacute;semos a salir. Alexandra, en la cama, fue muy cari&ntilde;osa conmigo; me bes&oacute; y acarici&oacute; el cuerpo hasta que se qued&oacute; dormida; yo met&iacute; mi cabeza en su regazo y pas&eacute; mi lengua reiteradas veces por su chocho: s&eacute; que dormida se corri&oacute;.<\/p>\n<p>Por la noche, cogimos el coche y fuimos a una discoteca; y fue al volver, a punto de entrar en la urbanizaci&oacute;n, eran m&aacute;s de las cinco de la ma&ntilde;ana y el espl&eacute;ndido sol de esta tierra empezaba a asomar su cara, cuando conoc&iacute; a Alfredo. Jam&aacute;s podr&iacute;a imaginar que me fuese a ocurrir algo as&iacute;.<\/p>\n<p>&quot;Oye&quot;, avis&oacute; Alfredo, &quot;&iquest;no crees que ese coche hace muchas eses?&quot;; &quot;Es verdad, acelera, le daremos el alto, &iquest;tenemos el alcohol&iacute;metro?&quot;, pregunt&oacute; Sergio; &quot;S&iacute;, lo guard&eacute;, debe estar en la guantera&quot;, respondi&oacute; Alfredo; &quot;Vamos, pon la sirena.&quot;<\/p>\n<p>Alfredo y Sergio, dos polic&iacute;as locales, patrullaban de madrugada. Hab&iacute;an visto de todo durante m&aacute;s de diez a&ntilde;os de servicio. Estaban acostumbrados a situaciones violentas o comprometidas; incluso, en alguna ocasi&oacute;n, tuvieron que hacer uso de sus armas. Aunque lo que m&aacute;s les gustaba era patrullar por el barrio de prostitutas: siempre que les apetec&iacute;a, algunas de aquellas mujeres les hac&iacute;a una mamada; o bien las invitaban a subir al asiento de atr&aacute;s y se las follaban entre ambos. Pero esa noche a&uacute;n no hab&iacute;an ido, no estaban, como ellos dec&iacute;an, orde&ntilde;ados, as&iacute; que la vista de aquellas dos j&oacute;venes beodas con escasa ropa les alegr&oacute;. Dieron se&ntilde;ales luminosas y el turismo con las dos chicas se detuvo. Abrieron las portezuelas y se apearon del coche patrulla:<\/p>\n<p>&quot;Buenos d&iacute;as, &iquest;no creen que conducen peligrosamente invadiendo el carril contrario constantemente?, a ver, ens&eacute;&ntilde;enme la documentaci&oacute;n, las suyas y la del coche, hagan el favor&quot;, orden&oacute; Alfredo. Las dos j&oacute;venes, sin pronunciar palabra, obedecieron. &quot;Bueno, veamos, Sergio, toma la documentaci&oacute;n, ponte en contacto con la central y haz las comprobaciones&quot;. Sergio tom&oacute; los papeles y entr&oacute; en el coche patrulla. El sonido de la radio crepit&oacute; y borr&oacute; el silencio de la calle.<\/p>\n<p>&quot;Agente&quot;, susurr&oacute; la copiloto, &quot;&iquest;puedo salir a orinar?, estoy que reviento&quot;; &quot;Ande, salga&quot;, acept&oacute; Alfredo. Bajo la tenue luz de las farolas, la seductora figura de la muchacha se hizo visible: su melena rubia, su cintura torneada, sus tetas esculturales medio asomadas de perfil por entre los pliegues de su veraniego vestido de tirantes. Alfredo se turb&oacute;; la sigui&oacute; con la vista y la vio de espaldas subirse la falda del vestido hasta el ombligo, bajarse las braguitas y acuclillarse; &quot;Sshh&quot;, oy&oacute; que le siseaba la conductora, &quot;pr&eacute;stame atenci&oacute;n, &iquest;me vas a hacer soplar?, lo hago de maravilla, soplar, o tragar, depende de lo que me des&quot;. Aquello era una provocaci&oacute;n en toda regla; Alfredo la observ&oacute; fijamente: &quot;&iquest;Vais bebidas, verdad?&quot;, pregunt&oacute;; &quot;&iquest;T&uacute; qu&eacute; crees?&quot;<\/p>\n<p>Sergio volvi&oacute; de hacer las comprobaciones: &quot;Est&aacute;n limpias, Alfredo, son del norte, habr&aacute;n venido, supongo, unos d&iacute;as a divertirse&quot;, dijo Sergio a Alfredo haciendo un aparte; &quot;Ya veo, &iquest;nos las tiramos?&quot;; &quot;&iquest;D&oacute;nde?&quot;; &quot;Donde se est&eacute;n quedando a dormir, les diremos que las escoltamos por seguridad y despu&eacute;s&#8230;&quot; Mientras, la copiloto ya hab&iacute;a vuelto de mear y apoyaba sus brazos desnudos sobre el cap&oacute; del coche esbozando una l&aacute;nguida sonrisa.<\/p>\n<p>&quot;As&iacute; que&#8230; os llam&aacute;is Sof&iacute;a&quot;, dijo Alfredo se&ntilde;alando hac&iacute;a abajo, a la conductora, &quot;y Alexandra&quot;, dijo alzando su mirada hacia la otra, &quot;bien, bien, bien, arrancad el coche, os escoltaremos para que pod&aacute;is so&ntilde;ar con los angelitos, v&aacute;monos.&quot;<\/p>\n<p>Era ya de d&iacute;a, la ma&ntilde;ana de un esplendoroso domingo de esta tierra magn&iacute;fica, de esta Costa del Sol, cuando regresamos a casa escoltadas, en su coche, por los dos amables polic&iacute;as que nos hab&iacute;an parado cuando Alexandra todav&iacute;a ten&iacute;a introducidos sus dedos coraz&oacute;n e &iacute;ndice en mi co&ntilde;o, no habiendo podido evitar yo dar unos cuantos volantazos, al venirme un orgasmo repentino.<\/p>\n<p>Nos bajamos los cuatro a la vez despu&eacute;s de aparcar. Estaba claro que esos dos quer&iacute;an algo m&aacute;s que darnos protecci&oacute;n. Alexandra se acerc&oacute; a uno de ellos, creo que se llamaba Sergio, porque estuve atenta a sus conversaciones; el otro, Alfredo: el que me ha follado hace cosa de una hora.<\/p>\n<p>Vi que Alexandra hablaba bajito algo con el tal Sergio, y como se dirig&iacute;an hasta la zona m&aacute;s oculta del jard&iacute;n, tras una crecida buganvilla adherida a un muro, tras cuyo tronco se adivinaba un espacio amplio, acolchado por flores y hojas secas, en el que se pod&iacute;a practicar algo de sexo con cierta intimidad; conociendo a Alexandra, no ser&iacute;a de extra&ntilde;ar que se deleitara dej&aacute;ndose penetrar, primero por la boca, luego por el co&ntilde;o, para terminar con el culo lleno de semen; yo no lo ten&iacute;a tan claro. De todas maneras, por cortes&iacute;a, invit&eacute; a Alfredo a subir al piso.<\/p>\n<p>Entramos y tuve que tumbarme en el sof&aacute;, ya que me encontraba cansada. Alfredo se qued&oacute; de pie, mir&aacute;ndome. Yo iba vestida con unos pantalones cortos por encima de las rodillas, una blusa ancha sin remeter y unas sandalias de suela baja con dos breves tiras: una que sujetaba mi dedo pulgar; la otra, el tal&oacute;n. &quot;T&oacute;mate lo que quieras, oye, en la cocina, en la nevera hay&#8230;; &quot;Me llamo Alfredo, Sof&iacute;a&quot;; &quot;&iexcl;C&oacute;mo!&quot;, exclam&eacute;; &quot;Que me llamo Alfredo&quot;. Dicho esto, pas&oacute; sus fuertes brazos entre el sof&aacute; y mi cuerpo y me llev&oacute; en volandas al dormitorio, deposit&aacute;ndome suavemente sobre el colch&oacute;n. Entrecerr&eacute; mis ojos, y o&iacute; con claridad el roce y los crujidos de su uniforme al caer sobre el respaldo de una silla. &quot;Se ha desnudado&quot;, pens&eacute;. &quot;Alfredo, si quieres te la chupo, pero no tengo ganas de&#8230;&quot;; &quot;No vas a hacer nada, mi reina, s&oacute;lo d&eacute;jate ir&quot;. Alfredo desabroch&oacute; mi blusa y me la quit&oacute;; mis tetas quedaron sin sujeci&oacute;n, y &eacute;l me las estuvo chupando, como una gran bola de helado que estuviese a punto de caerse del hueco de un cucurucho; luego, desanud&oacute; mi cinto y sac&oacute; mis pantaloncitos y mis braguitas por los pies; se arrodill&oacute; entre mis muslos y puso su boca en mi co&ntilde;o para sorberlo y lamerlo: irgui&eacute;ndome unos cent&iacute;metros, pod&iacute;a ver su coronilla subiendo y bajando sobre mi regazo: le sujet&eacute; la cabeza por la nuca, no se me escapara. &quot;Ooh, ooh, ooh, Alfredo, ay, ah, no pares, ooh.&quot; Mi orgasmo culmin&oacute; con un alarido selv&aacute;tico: &quot;Aaaaahhh, aaaaahhh&quot;.<\/p>\n<p>&quot;Mi turno&quot;, dijo Alfredo, y se subi&oacute; sobre mi. Su polla entre mis muslos buscaba mi calor, mi cofre, y lo encontr&oacute;. Rugi&oacute; Alfredo al meterse en m&iacute;, &quot;Ouugghh&quot;, y comenz&oacute; a follarme. Alfredo abundaba en sus caricias: mi cabello, mi cuello, mi cintura, mis muslos, me acariciaba mientras met&iacute;a y sacaba su polla; me besaba: los labios, las tetas, los hombros; me gustaba tanto&#8230; S&uacute;bitamente, aceler&oacute; el ritmo; como hab&iacute;a escrito anteriormente, le anim&eacute; a correrse, y se vaci&oacute; y se desplom&oacute; sobre m&iacute; pronunciando mi nombre, y alabando mi figura de mujer: su semen se esparci&oacute; en el interior de mis muslos.<\/p>\n<p>Alfredo y yo, nos quedamos tumbados y desnudos en la cama de matrimonio. Est&aacute;bamos exhaustos; se pod&iacute;a decir que nuestras respiraciones acompasadas y reposadas eran una se&ntilde;al clara de la satisfacci&oacute;n obtenida tras el acto sexual bien realizado, tras haber follado y habernos corrido ambos a gusto. Alfredo estaba muy estirado. Su polla hab&iacute;a encogido, y el amoratado glande sobresal&iacute;a recostado c&oacute;modamente sobre el comienzo de su muslo derecho; yo, acostada a su derecha, con las plantas de los pies apoyadas sobre las s&aacute;banas, mis piernas en &aacute;ngulo, alargaba mi brazo para toc&aacute;rsela: se la masajeaba, pues, de alguna manera, estaba agradecida a ese generoso ap&eacute;ndice cavernoso, duro como una piedra a momentos, por haberme proporcionado mi orgasmo sensacional. Ya empezaba a notar en mis dedos que su polla volv&iacute;a a despertar: ten&iacute;a tantas ganas de mam&aacute;rsela. As&iacute; que no me lo pens&eacute; e, incorpor&aacute;ndome, inclin&eacute; mi cintura hacia su pubis y me met&iacute; su polla en mi boca. A&uacute;n estaba algo fl&aacute;cida, no obstante sent&iacute; como la temperatura del capullo iba aumentando conforme mi lengua la iba rodeando, jugando con su frenillo y la fr&aacute;gil piel que la recubr&iacute;a. O&iacute; gemir a Alfredo y eso me anim&oacute; a cabecear sobre su regazo con m&aacute;s energ&iacute;a. Y, de pronto, escuch&eacute; el sonido.<\/p>\n<p>Proven&iacute;a de la cerradura de la puerta de la entrada: era un sonido de llaves; la puerta se abri&oacute; y se cerr&oacute;. Escup&iacute; la polla de Alfredo e, inmediatamente, llam&eacute;: &quot;&iexcl;&iquest;Alexandra!?&quot;; pero record&eacute; que Alexandra no ten&iacute;a llaves.<\/p>\n<p>&quot;&iquest;Sof&iacute;a?, &iexcl;somos nosotros, pap&aacute; y mam&aacute;!, &iexcl;hemos venido a pasar unos d&iacute;as!, &iexcl;ah, Costa del Sol, cu&aacute;nto te hemos echado de menos!, &iquest;os hemos despertado?&quot;, dijo el padre; &quot;&iexcl;Hija, c&oacute;mo ten&eacute;is esto, y eso que no llev&aacute;is aqu&iacute; ni dos d&iacute;as, qu&eacute; desorden!&quot;, dijo la madre; &quot;&iexcl;Mecachis, mis padres!&quot;, exclam&oacute; Sof&iacute;a en sordina; &quot;Tus padres&quot;, murmur&oacute; Alfredo, que, raudo, se levant&oacute; a vestirse con el uniforme.<\/p>\n<p>&iquest;Qu&eacute; dir&aacute;n los padres de Sof&iacute;a al ver a un polic&iacute;a salir del dormitorio de matrimonio?, &iquest;qu&eacute; les explicar&aacute; Alfredo, y Sof&iacute;a?, &iquest;fingir&aacute; haber sido violada por &eacute;l o dir&aacute; que es su amor de verano secreto y que con &eacute;l se casar&aacute;?; &iquest;y Alexandra, por qu&eacute; tarda tanto en volver?<\/p>\n<p>&quot;Ah, Costa del Sol&quot;, dec&iacute;a Alexandra exponiendo su hermoso culo a la intemperie mientras el jardinero se bajaba los pantalones.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. 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