{"id":22282,"date":"2019-12-22T04:25:40","date_gmt":"2019-12-22T04:25:40","guid":{"rendered":""},"modified":"2019-12-22T04:25:40","modified_gmt":"2019-12-22T04:25:40","slug":"tres-relatos-feministas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/tres-relatos-feministas\/","title":{"rendered":"Tres relatos feministas"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"22282\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">1<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p style=\"text-align:center\"><strong>Reuni&oacute;n de amigos<\/strong>.<\/p>\n<p>&ndash; Todo bien con lo del feminismo, pero ya aburren quej&aacute;ndose de cualquier cosa. &ndash; Dijo Franco.<\/p>\n<p>Sabrina, una mu&ntilde;equita rubia, perfectamente maquillada, quien era novia del muchacho, asinti&oacute;.<\/p>\n<p>Estaban en una cervecer&iacute;a de Palermo. Eran cuatro. En frente de Franco y Sabrina se encontraban Camila, y Juan Carlos. Ambos eran amigos de Franco, y conoc&iacute;an a su novia desde hac&iacute;a unos meses. Y por supuesto, tambi&eacute;n eran pareja.<\/p>\n<p>Camila lament&oacute; el comentario de Franco. Pero m&aacute;s a&uacute;n se molest&oacute; con la actitud condescendiente de Sabrina. Mir&oacute; a la chica, y pens&oacute; que era todo lo que ella odiaba. Una nena de papi, que pasaba m&aacute;s tiempo arregl&aacute;ndose que leyendo. Una Barbie que siempre tuvo el mundo a su disposici&oacute;n s&oacute;lo por su belleza.<\/p>\n<p>Pero no le intimidaba en absoluto la belleza estereotipada de aquella ins&iacute;pida. Camila se reconoc&iacute;a igual de bella, y con su actitud segura, su lenguaje amplio y su conversaci&oacute;n inteligente sab&iacute;a llamar la atenci&oacute;n tanto como con su boca amplia y sensual, y sus tetas generosas, que parec&iacute;an gigantes en su cuerpo menudo.<\/p>\n<p>&ndash; Y a qu&eacute; le llam&aacute;s &ldquo;quejarse de cualquier cosa&rdquo;. &ndash; Desafi&oacute; Camila a Franco, sosteni&eacute;ndole la mirada. Sinti&oacute; c&oacute;mo Juan Carlos apoyaba la mano en su pierna, como dici&eacute;ndole que no contin&uacute;e con esa discusi&oacute;n. Camila sab&iacute;a lo que su novio pensaba. Siempre dec&iacute;a que esos debates no llevaban a nada, ya que rara vez alguno de los involucrados cambiaba de opini&oacute;n. Seg&uacute;n &eacute;l, hablar de esas cosas era como hablar de pol&iacute;tica o religi&oacute;n, s&oacute;lo serv&iacute;a para generar conflictos innecesarios. Sin embargo no pensaba hacerle caso.<\/p>\n<p>&ndash; Por ejemplo, lo de los piropos callejeros. Es totalmente rid&iacute;culo tratar de acosadores a tipos que le dicen cosas lindas a una chica.<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;&iquest;Cosas lindas?! &ndash; Estall&oacute; Camila. El bar estaba muy concurrido, y a pesar de que hab&iacute;a muchas personas conversando, y que la m&uacute;sica ten&iacute;a el volumen muy alto, su voz se alz&oacute; sobre todos los sonidos, y muchos se dieron vuelta a mirarla. Ella, sin embargo, no les prest&oacute; la menor atenci&oacute;n, y mirando con indignaci&oacute;n a Franco, dijo. &ndash; &iquest;Te parecer&iacute;a lindo que cuando tu novia ande sola por la calle, le digan cosas como &ldquo;qu&eacute; lindo culo mamita&rdquo;?<\/p>\n<p>Camila sinti&oacute; que la mano de Juan Carlos se apretaba con m&aacute;s fuerza en su pierna. Lo mir&oacute;, y en su mirada pudo leer sus pensamientos: &ldquo;No personalices las discusiones, argument&aacute; con datos concretos, no te dejes llevar por el enojo&rdquo;, le dec&iacute;an los ojos de su novio. Pero ya era muy tarde. Mir&oacute; de nuevo al frente, donde estaba la otra pareja. Franco intentaba disimular su sonrisa. Sus dientes perfectos se dejaban entrever entre sus labios sensuales, aunque un tanto femeninos. Si llegaba a mostrar su sonrisa odiosa, Camila no lo soportar&iacute;a. Luego mir&oacute; a Sabrina, que parec&iacute;a impasible. Le chica le sostuvo la mirada, y como desafi&aacute;ndola, dijo.<\/p>\n<p>&ndash; Est&aacute;s metiendo a todos en la misma bolsa. Algunos tipos dicen cosas lindas. Otros solo miran. Y los que te dicen guarangadas&hellip; bueno, no hay que darles bola y listo.<\/p>\n<p>Clara sinti&oacute; c&oacute;mo el calor le sub&iacute;a al rostro. Realmente comenzaba a odiar a esa chica. Si hab&iacute;a algo peor que un hombre machista, como el idiota de Franco, era una mujer machista. Estuvo a punto de decirles que el acoso callejero no es ninguna pavada. Que las mujeres lo sufr&iacute;an desde ni&ntilde;as, y que eso s&oacute;lo era una de las tantas caras del patriarcado. Pero, cuando se dispon&iacute;a a hacerlo, Franco la interrumpi&oacute;.<\/p>\n<p>&ndash; Mir&aacute; si fuese ilegal decirle piropos a las chicas que no conocemos&hellip; &ndash; dijo, mirando a su novia &ndash; En ese caso nosotros no estar&iacute;amos juntos.<\/p>\n<p>Ambos estallaron en carcajadas y luego se dieron un beso apasionado. Se ve&iacute;an verdaderamente enamorados. Camila sinti&oacute; nauseas.<\/p>\n<p>Juan Carlos decidi&oacute; cambiar de tema. No sab&iacute;a si odiarlo o amarlo por eso. Ten&iacute;a muchas cosas para decirle a ese par de idiotas. Sin embargo, la discusi&oacute;n qued&oacute; de lado, y pronto parecieron olvidarse de ella. La velada sigui&oacute; durante un par de horas, en las que se discutieron cosas m&aacute;s banales, pero menos conflictivas. A las dos de la madrugada decidieron dar por terminada esa cita doble. Los cuatro eran muy j&oacute;venes, pero la adolescencia hab&iacute;a quedado muy atr&aacute;s y todos ten&iacute;an alg&uacute;n compromiso al d&iacute;a siguiente.<\/p>\n<p>&ndash; Mi amor, &iquest;te molesta si me bajo en mi departamento? &ndash; le dijo Juan Carlos a Camila, susurrando, mientras los cuatro se dirig&iacute;an al estacionamiento donde estaba el auto de Franco, quien se hab&iacute;a ofrecido a llevarlos. &ndash; Es que ma&ntilde;ana me tengo que levantar temprano, y mientras antes duerma, mejor.<\/p>\n<p>&ndash; No me molesta mi amor, no pasa nada. El domingo veinte a ver una peli, si quer&eacute;s.<\/p>\n<p>Camila subi&oacute; con su novio al asiento de atr&aacute;s. La casa de Juan Carlos quedaba a s&oacute;lo veinte cuadras, as&iacute; que enseguida los dej&oacute;. El plan era acompa&ntilde;ar a Camila hasta su departamento, pero Sabrina sinti&oacute; la imperiosa necesidad de ir al ba&ntilde;o, as&iacute; que fueron primero al edificio donde viv&iacute;a la pareja.<\/p>\n<p>&ndash; Fran, hac&eacute; una cosa. &ndash; Dijo la rubia, cuando se baj&oacute; del veh&iacute;culo. &ndash; llevala hasta su casa, y yo te espero arriba.<\/p>\n<p>&ndash; No hace falta. &ndash; Dijo Camila. &ndash; igual yo estoy ac&aacute; nom&aacute;s. Me tomo el colectivo en la esquina y en veinte minutos llego.<\/p>\n<p>&ndash; No seas tontis. &ndash; Le dijo Sabrina, en un intento de simpatizar con ella. &ndash; Este pibe vive en el piso veinte. As&iacute; que hasta que suba y vuelva a bajar, voy a tardar mucho, por eso no los acompa&ntilde;o. Dale Fran, llevala a su casa, no dejes que se niegue.<\/p>\n<p>Sabrina se fue casi corriendo hasta el edificio. A Camila le dio gracia la idea de que la chica no pueda aguantar el pis hasta el piso veinte. Pobrecita.<\/p>\n<p>&ndash; Subite adelante. &ndash; Dijo Franco. Camila as&iacute; lo hizo. &ndash; Vamos nom&aacute;s.<\/p>\n<p>Hubo un silencio tenso durante la primera parte del viaje. Camila lo observaba mientras conduc&iacute;a. Esta vez su sonrisa de dientes perfectos se dejaba ver sin disimulo. Sus mand&iacute;bulas fuertes, y marcadas incrementaban el efecto del gesto socarr&oacute;n. Con ese pelo ondulado, bien corto, y con su piel bronceada, parec&iacute;a una especie de dios griego a punto de estallar en carcajadas. Camila sab&iacute;a que estaba recordando la discusi&oacute;n que hab&iacute;an tenido unas horas atr&aacute;s, y le dio mucha bronca compartir el mismo espacio con una persona tan machista, y m&aacute;s bronca le dio que se tratara de alguien a quien concia hacia tanto, y que adem&aacute;s quer&iacute;a mucho.<\/p>\n<p>&ndash; As&iacute; que te molestan los piropos. &ndash; dijo.<\/p>\n<p>&ndash; No. Lo que me molesta mucho son los maleducados, y los acosadores que te gritan guarangadas por la calle. Pero me parece que vos no sab&eacute;s la diferencia entre una agresi&oacute;n y un piropo.<\/p>\n<p>&ndash; No seas tonta. Obvio que lo s&eacute;. Solo te quer&iacute;a hacer enojar.<\/p>\n<p>&ndash; Sos un idiota.<\/p>\n<p>&ndash; Y vos sos una feminazi, pero igual te quiero.<\/p>\n<p>El auto par&oacute; frente al edificio donde viv&iacute;a Camila. Ella le quiso dar el beso de despedida, pero Franco desvi&oacute; la cara y bes&oacute; sus labios, y quiso meterle la lengua en la boca.<\/p>\n<p>Camila, indignada, le dio un cachetazo que son&oacute; incre&iacute;blemente fuerte dentro del auto.<\/p>\n<p>&ndash; No lo vuelvas a hacer.<\/p>\n<p>Franco inclin&oacute; su torso, para llegar al otro asiento, donde estaba ella. La agarr&oacute; con fuerza del rostro.<\/p>\n<p>&ndash; Soltame. &ndash; dijo Camila. Pero el otro ya la estaba besando de nuevo. &ndash; Soltame. &ndash; repiti&oacute;. Le dol&iacute;a la mand&iacute;bula por la presi&oacute;n que le hac&iacute;a Franco mientras su lengua se met&iacute;a adentro suyo. &ndash; Soltame. Te odio. &ndash; dijo, jadeante.<\/p>\n<p>Franco agarr&oacute; una de sus tetas. La palma de la mano no le bastaba para semejantes atributos.<\/p>\n<p>&ndash; &iquest;Por qu&eacute; no volv&eacute;s con tu novia? &iexcl;Hijo de puta!<\/p>\n<p>A pesar del odio con el que pronunci&oacute; esas palabras, Franco sigui&oacute; masajeando su teta, mientras la otra mano se met&iacute;a entre sus piernas.<\/p>\n<p>&ndash; No. &ndash; dijo Camila. Mientras sent&iacute;a las manos meterse sin permiso en su cuerpo, y las respiraciones entrecortadas de franco, mientras la besaban, le daban cosquillas deliciosas en el cuello. &ndash; No. Ac&aacute; no. Nos puede ver alguien.<\/p>\n<p>Cuando se aseguraron de que no hab&iacute;a nadie alrededor del edificio, ingresaron, sigilosos, como dos convictos. Se metieron en el ascensor.<\/p>\n<p>&ndash; Pero no tenemos tiempo. Sabrina te est&aacute; esperando. &ndash; Dijo Camila, recordando, de repente, ese detalle.<\/p>\n<p>&ndash; No importa. Con quince minutos nos alcanza.<\/p>\n<p>Se metieron en el ascensor. Franco lo cerr&oacute; y presion&oacute; el bot&oacute;n para dejarlo fuera de servicio.<\/p>\n<p>&ndash; Nunca cog&iacute; en un ascensor. Pero seguro con Juan Carlos tampoco lo hiciste.<\/p>\n<p>&ndash; No lo nombres. Odio hacerle esto.<\/p>\n<p>&ndash; Ahora es tarde para sentir remordimientos. &ndash; Dijo Franco. La ayud&oacute; a desnudarse. En los tres espejos del ascensor, los dos cuerpos desnudos se reflejaban, y se multiplicaban. Franco la abraz&oacute; por detr&aacute;s. Estruj&oacute; sus tetas. Ella abri&oacute; las piernas y sinti&oacute; el sexo del otro hundirse en ella. Observ&oacute; su propia expresi&oacute;n en el espejo. Un rictus de goce perverso que se multiplicaba tanto en el tiempo como en el espacio, hasta el infinito.<\/p>\n<p style=\"text-align:center\"><strong>Alquiler pagado en especies<\/strong>.<\/p>\n<p>Lleg&oacute; a su casa cansada. Hab&iacute;a llevado a Lucas al jard&iacute;n de infantes, y la directora le dijo que el nene se portaba mal, y le pegaba a sus compa&ntilde;eritos. Se fue a su cuarto, se tir&oacute; a la cama, y sin poder evitarlo se larg&oacute; a llorar.<\/p>\n<p>No era por lo de su hijo. O mejor dicho, eso s&oacute;lo fue la gota que rebals&oacute; el vaso. Vanesa se hab&iacute;a separado hac&iacute;a seis meses. Estaba harta de los maltratos psicol&oacute;gicos de Esteban. Desde hac&iacute;a un par de a&ntilde;os que hab&iacute;a surgido un cambio profundo en el pa&iacute;s, y en el mundo. Ella lo ve&iacute;a todo en su televisor. Las mujeres ya no toleraban los maltratos de los hombres. Ya no tem&iacute;an denunciar violaciones, ni cualquier otro tipo de abusos y maltratos. Los hombres estaban en la mira, y muchos de ellos ya comenzaban a cambiar, o por lo menos a fingir que cambiaban. La propia Vanesa notaba que ya no la acosaban tanto como antes por la calle. Y para una chica de veintid&oacute;s a&ntilde;os, con rostro bonito, piernas largas, y culo parado, era imposible no notar ese cambio.<\/p>\n<p>Pero Esteban no cambiaba. De hecho, todo lo referente al feminismo lo pon&iacute;a de mal humor, y cuando notaba un atisbo de rebeld&iacute;a por parte de Vanesa, la humillaba con palabras venenosas.<\/p>\n<p>Pero Vanesa lo abandon&oacute;. Hab&iacute;a cosas que ya pertenec&iacute;an al siglo pasado, y no hab&iacute;a que permitir que sigan sucediendo en pleno dos mil diecinueve. As&iacute; que agarr&oacute; todas sus cosas, y a Lucas, y se fue a lo de sus padres.<\/p>\n<p>Pero la verdad era que, en el fondo, esperaba que Esteban le suplique que regrese, y le prometa que iba a cambiar. Sin embargo, &eacute;l acept&oacute; la separaci&oacute;n con sorpresiva apat&iacute;a. Vanesa comprendi&oacute; todo unas semanas despu&eacute;s, cuando una ex vecina le dijo que Esteban hab&iacute;a metido a su casa a la peluquera del barrio.<\/p>\n<p>Y por eso Vanesa lloraba amargada. Porque le sal&iacute;a todo mal. Su pareja la maltrataba, y la cambi&oacute; por otra, que ni siquiera estaba m&aacute;s buena que ella, pero seguro era m&aacute;s puta. Y Lucas se hab&iacute;a vuelto imposible desde la separaci&oacute;n. No le hac&iacute;a caso, y hac&iacute;a berrinches por todo, y ahora resulta que golpeaba a sus compa&ntilde;eritos. Y como frutilla de torta, deb&iacute;a tres meses de alquiler. No soportaba tantos fracasos.<\/p>\n<p>Sus padres s&oacute;lo la albergaron unas semanas, y no los culpaba, apenas ten&iacute;an espacio para ellos mismos. Vanesa, todav&iacute;a confiada, gracias a su emergente empoderamiento, hab&iacute;a usado sus ahorros para pagar los primeros meses de alquiler, convencida de que pronto encontrar&iacute;a trabajo. Grave error. Enseguida se dio cuenta de que la voluntad no bastaba para alcanzar los objetivos.<\/p>\n<p>Son&oacute; el tel&eacute;fono, y Vanesa vio que se trataba del due&ntilde;o del d&uacute;plex. Se limpi&oacute; las l&aacute;grimas y se son&oacute; la nariz. &iquest;Qu&eacute; iba a decirle? Ni siquiera ten&iacute;a programada una entrevista laboral. No iba a conseguir empleo pronto, y adem&aacute;s, la situaci&oacute;n econ&oacute;mica del pa&iacute;s estaba cada vez peor. Tampoco hab&iacute;a posibilidades de volver con Esteban. &Eacute;l ya conviv&iacute;a con la puta de la peluquera. Vanesa pens&oacute; que si fuese igual de puta, seguramente le ir&iacute;a mejor en la vida. Y mientras esa idea perniciosa envenenaba su mente, tambi&eacute;n pensaba que todo lo que crey&oacute; durante los &uacute;ltimos tiempos era una mentira. &iquest;D&oacute;nde estaba la solidaridad de las mujeres cuando realmente se las necesitaba? En la mayor&iacute;a de las entrevistas de trabajo fue recibida por cong&eacute;neres, as&iacute; que eran las propias mujeres quienes no le tend&iacute;an una mano, y decid&iacute;an no contratarla por carecer de experiencia, o por cualquier otro pretexto &iquest;De qu&eacute; le serv&iacute;a sentirse empoderada si no pod&iacute;a convertir ese empoderamiento en un beneficio real? Ni siquiera pod&iacute;a pagar el alquiler.<\/p>\n<p>Vanesa se convenci&oacute; de que no serv&iacute;a para nada, y que lo &uacute;nico que le quedaba, era su juventud y su belleza. El tel&eacute;fono hab&iacute;a dejado de sonar, pero el hombre que le alquilaba la casa ya la estaba llamando de nuevo. Vanesa atendi&oacute;. El hombre le pregunt&oacute; lo obvio. &iquest;Cu&aacute;ndo le iba a pagar?<\/p>\n<p>&ndash; No tengo trabajo, y no creo que consiga por ahora. &ndash; Le contest&oacute; ella, con sinceridad.<\/p>\n<p>Se oy&oacute; un profundo suspiro del otro lado del tel&eacute;fono.<\/p>\n<p>&ndash; Entonces vas a tener que ir buscando otro lugar.<\/p>\n<p>&ndash; &iquest;Y si pasas por ac&aacute; y vemos como lo solucionamos?<\/p>\n<p>El hombre pareci&oacute; confundido, al menos durante unos segundos, ya que se mantuvo en silencio.<\/p>\n<p>&ndash; Voy para all&aacute;. &ndash; dijo, al fin.<\/p>\n<p>Mario lleg&oacute; a su complejo de D&uacute;plex. Era su peque&ntilde;o imperio. Ocho casas alineadas en un mismo terreno. Fue hasta el fondo, donde viv&iacute;a Vanesa. Golpe&oacute; la puerta, y la chica lo hizo pasar.<\/p>\n<p>Se hab&iacute;a puesto un vestidito azul, un poco viejo, pero a una pendeja linda como ella, le quedaba bien cualquier cosa. &ldquo;Qu&eacute; linda piba&rdquo;. Pensaba Mario, mir&aacute;ndola de arriba abajo &ldquo;rubiecita, carita linda, culo precioso&rdquo;. Alguien como Mario, a sus cincuenta y cinco a&ntilde;os, y sus cien kilos, s&oacute;lo pod&iacute;a estar con una chica como ella, pagando.<\/p>\n<p>&ndash; No te voy a poder pagar el alquiler. &ndash; Le dijo ella.<\/p>\n<p>&ndash; Eso ya me lo dijiste por tel&eacute;fono. Me imagino que no me hiciste venir hasta ac&aacute; para repetirme lo mismo.<\/p>\n<p>Vanesa call&oacute; unos segundos. Hizo el gesto de pesadumbre que hab&iacute;a ensayado. Se cruz&oacute; de brazos, y cuando apret&oacute; su cuerpo, por debajo de sus tetas, estas se movieron y levantaron. Sus labios dibujaron una sonrisa triste pero p&iacute;cara, como el de una nena siendo rega&ntilde;ada. Y su pierna derecha se flexion&oacute;, y sac&oacute; culo.<\/p>\n<p>&ndash; La verdad es que no tengo manera de solucionar este problema, pero tampoco puedo irme a la calle con un nene de cuatro a&ntilde;os. &ndash; dijo Vanesa, y agach&oacute; la cabeza.<\/p>\n<p>&ndash; As&iacute; que quer&eacute;s apelar a mi solidaridad&hellip; &ndash; dijo Mario.<\/p>\n<p>&ndash; S&iacute;. Quer&iacute;a pedirte por favor que me esperes unos meses m&aacute;s.<\/p>\n<p>&ndash; Mir&aacute; pendeja&hellip; &ndash; Dijo Mario, cosa que hizo exaltar a Vanesa. &ndash; Decime para qu&eacute; me hiciste venir, sino me voy, y te rajo a vos, y a tu nene.<\/p>\n<p>Vanesa no dijo nada. Le dio la espalada, y camin&oacute; despacio. &Eacute;l la sigui&oacute;. La pendeja meneaba la cadera, y Mario ten&iacute;a los ojos clavados en su culo. Vanesa se perdi&oacute; cuando atraves&oacute; una puerta. La sigui&oacute;. Era la habitaci&oacute;n. Ella estaba sobre la cama, de costado, d&aacute;ndole la espalda. Mario apoy&oacute; la mano en las piernas de la chica. Ella solo miraba la pared, con ojos resignados y tristes. Mario desliz&oacute; sus dedos, y comenz&oacute; a disfrutar de la piel con mucha paciencia. La mano se meti&oacute; por debajo del vestido. Vanesa enmudecida, sent&iacute;a c&oacute;mo ese veterano empezaba a manosearle el culo. Luego Mario le quit&oacute; la bombacha, y se baj&oacute; los pantalones.<\/p>\n<p>Mientras sent&iacute;a c&oacute;mo Mario rozaba sus piernas con su verga dura, buscando su sexo, Vanesa se preguntaba cu&aacute;ntas veces iba a tener que dejarse coger para que le perdone todos los meses de alquiler.<\/p>\n<p style=\"text-align:center\"><strong>Y la culpa no era m&iacute;a&hellip;<\/strong><\/p>\n<p>Bah&iacute;a lleg&oacute; temprano a Constituci&oacute;n. Deb&iacute;a tomar el subte hasta Diagonal Norte. No le gustaba el microcentro porte&ntilde;o, pero se hab&iacute;a comprometido con su hermanita a comprarle un unicornio de peluche, el cual, hasta donde sab&iacute;a, s&oacute;lo se consegu&iacute;a en una jugueter&iacute;a de Capital.<\/p>\n<p>Era hora pico, y constituci&oacute;n estaba atestada de gente que iba a sus respectivos trabajos; cirujas que ped&iacute;an monedas en las esquinas; Vendedores que ofrec&iacute;an chip&aacute;, churros, y tortas fritas, y cuya higiene de sus peque&ntilde;os puestos era dudosa; y los ladrones de siempre, que observaban todo con sus ojos astutos, esperando encontrar una v&iacute;ctima.<\/p>\n<p>Bah&iacute;a sent&iacute;a con cierto regocijo, como atra&iacute;a las miradas de personas de distintas edades y sexos. Hac&iacute;a unas semanas se hab&iacute;a animado a te&ntilde;irse el pelo de lila. Era largo y estaba suelto, as&iacute; que era imposible que pasara desapercibida. Adem&aacute;s, ten&iacute;a un septum en la nariz, que junto con el tatuaje de mariposa en el cuello, y los ojos verdes, hac&iacute;a que su rostro bello de veintea&ntilde;era pareciera una obra de arte.<\/p>\n<p>Hac&iacute;a calor, y por eso vest&iacute;a una linda pollera roja, con botones blancos en la parte de adelante, y un top negro. Esto hac&iacute;a que las miradas de algunos hombres se desviaran a sus piernas blancas y desnudas, a sus pechos peque&ntilde;os y tersos, y una vez que les daba la espalda, m&aacute;s de uno torc&iacute;a el cuello para mirarle su trasero carnoso y prieto. A esos &ldquo;pajeros&rdquo; Bah&iacute;a les devolv&iacute;a una mirada mordaz, y algunos reculaban.<\/p>\n<p>Se sent&iacute;a fant&aacute;stica recorriendo esas calles grises, d&aacute;ndole color y gracia con su presencia. Y estaba orgullosa de que su est&eacute;tica evidencie su feminismo incipiente. Su pelo lila, su pa&ntilde;uelo verde atado a su cartera, su andar seguro, y su mirada asesina dirigida a los machirulos que se atrev&iacute;an a mirarla con excesiva lascivia, eran una combinaci&oacute;n que no dejaban dudas: era una chica decidida a hacer su parte para derribar al patriarcado.<\/p>\n<p>Lleg&oacute; a la estaci&oacute;n de subte. Pas&oacute; la tarjeta y atraves&oacute; el molinete. Baj&oacute; las escaleras, y se encontr&oacute; con que hab&iacute;a una formaci&oacute;n a punto de salir. Se meti&oacute; en el vag&oacute;n justo cuando las puertas corredizas se cerraban. El vag&oacute;n estaba lleno. Se meti&oacute; entre los peque&ntilde;os espacios que hab&iacute;a entre una persona y otra, y se hizo lugar en el medio, agarr&aacute;ndose de un fierro plateado que estaba entre los asientos. En la siguiente estaci&oacute;n subi&oacute; m&aacute;s gente, y en la siguiente a&uacute;n m&aacute;s personas se metieron, a pesar de que ya no cab&iacute;a un alfiler.<\/p>\n<p>Bah&iacute;a estaba apretad&iacute;sima, hasta le estaba costando respirar. Pero s&oacute;lo faltaban cuatro estaciones m&aacute;s. Deb&iacute;a aguantar.<\/p>\n<p>El continuo roce con los otros cuerpos no le molestaba en absoluto, porque sab&iacute;a que esos contactos eran involuntarios. Pero de repente sinti&oacute; algo duro apretarse con sus nalgas. Bah&iacute;a se sinti&oacute; inc&oacute;moda, pero no se quiso adelantar a los hechos, quiz&aacute; era un celular, o cualquier otra cosa. Algo r&iacute;gido y muy resistente. Intent&oacute; darse vuelta para ver de qu&eacute; se trataba, o al menos ver qui&eacute;n estaba a su espalda, pero era imposible hacer movimiento alguno. Estaban viajando como sardinas.<\/p>\n<p>En un momento el tren hizo una curva pronunciada, y aquel objeto misterioso que se posaba sobre sus nalgas, se alej&oacute; unos mil&iacute;metros, y por unos segundos dej&oacute; de sentirlo. Sin embargo, cuando el tren volvi&oacute; a su camino recto, Bah&iacute;a sinti&oacute; de nuevo aquella dureza, y esta vez pareci&oacute; que era hincada con la punta de aquel objeto. Ahora la chica ya comenzaba a sospechar que realmente ese contacto era malintencionado. Adem&aacute;s, esa forma f&aacute;lica que sent&iacute;a sobre su cuerpo, y a esa altura&hellip; Ya no ten&iacute;a muchas dudas con respecto a la naturaleza de aquel instrumento. Alguien no hab&iacute;a podido controlar su excitaci&oacute;n, cuando vio que frente a &eacute;l hab&iacute;a una chica extremadamente joven, con un culo precioso cubierto por una minifalda.<\/p>\n<p>Bah&iacute;a hab&iacute;a participado de incontables charlas, donde, con sus diferentes grupos de amigas, debat&iacute;an sobre qu&eacute; hacer en situaciones as&iacute;. La mayor&iacute;a de la chicas coincid&iacute;a: Ya no hab&iacute;a que tolerar esos comportamientos machistas, y abusivos. Si alguien se propasaba de esa manera, hab&iacute;a que exponerlo, gritarle delante de todo el mundo, que pase la verg&uuml;enza de su vida.<\/p>\n<p>Ella estaba de acuerdo con cada una de esas afirmaciones, pero ahora, mientras sent&iacute;a esa verga erecta frotarse con sus gl&uacute;teos con mayor vehemencia, se encontraba petrificada. Sus neuronas parec&iacute;an haberse muerto. No le nac&iacute;a la voluntad de resistirse a ese hombre libidinoso y arriesgado. Solo se limit&oacute; a removerse de un lado a otro, sin poder alejarse m&aacute;s que unos cent&iacute;metros de donde estaba. Y cuando lo hac&iacute;a, el hombre que ten&iacute;a a sus espaldas disfrutaba con mayor placer la fricci&oacute;n de su sexo con las nalgas turgentes de Bah&iacute;a.<\/p>\n<p>La chica busc&oacute; con la mirada a las personas que la rodeaban. Quiz&aacute; alguno se dar&iacute;a cuenta de lo que estaba pasando, y se animar&iacute;a a terminar con esa escena retorcida. Pero solo encontr&oacute; miradas vac&iacute;as dirigidas a celulares y al suelo. S&oacute;lo un hombre elegante de traje y corbata le devolvi&oacute; la mirada, pero ella se dio cuenta de que ese tipo la observaba con lujuria, as&iacute; que no podr&iacute;a contar con &eacute;l.<\/p>\n<p>Ahora el hombre a su espalda se apoyaba a ella sin el menor disimulo. De hecho, no ten&iacute;a por qu&eacute; preocuparse. Estaban todos tan pegados unos a otros, que ser&iacute;a casi imposible que alguien notara lo que suced&iacute;a, excepto que alguno de los que estuviesen muy cerca de &eacute;l bajara la mirada. La tom&oacute; de la cintura, y realiz&oacute; un movimiento p&eacute;lvico hac&iacute;a adelante. Era como si se la estuviese cogiendo a trav&eacute;s de la ropa. Luego empez&oacute; a acariciarla con la yema de sus dedos. Dibujaba c&iacute;rculos sobre el culo de Bah&iacute;a, y ella, en silencio, s&oacute;lo esperaba que todo termine.<\/p>\n<p>Luego sucedi&oacute; lo impensable. El hombre elegante que estaba frente a ella, le puso la mano encima del muslo, y fue subiendo lentamente.<\/p>\n<p>Por un momento Bah&iacute;a crey&oacute; que estaba so&ntilde;ando. Deb&iacute;a tratarse de una pesadilla, se dec&iacute;a. Se imagin&oacute; que todos los de ese vag&oacute;n eran c&oacute;mplices, y que pronto ser&iacute;a violada por cada uno de ellos.<\/p>\n<p>Sin embargo la realidad no era tan violenta, aunque quiz&aacute; s&iacute;, m&aacute;s triste. Porque mientras era manoseada por los dos hombres, el resto de pasajeros no se enteraba, ni se quer&iacute;a enterar de nada de lo que suced&iacute;a. Bah&iacute;a ten&iacute;a la pollera cada vez m&aacute;s levantada, debido a los masajes que el hombre de traje le propinaba a sus muslos. Uno de los botones se hab&iacute;a desabrochado, y ahora la mano se deslizaba lentamente hac&iacute;a su sexo. El hombre de atr&aacute;s, por su parte, tambi&eacute;n se hab&iacute;a atrevido a meterse por debajo de la pollera, y ahora estrujaba las nalgas de bah&iacute;a con fruici&oacute;n.<\/p>\n<p>Cuando el subte se acercaba a la estaci&oacute;n Diagonal norte, las manos se alejaron de su cuerpo. Bah&iacute;a observ&oacute;, mientras se acomodaba la pollera, la sonrisa perversa del hombre de traje. Quiso devolverle la mirada mordaz que la caracterizaba, pero no pudo sostenerle la mirada. Al llegar a la estaci&oacute;n, la mayor&iacute;a de los pasajeros bajaron, incluido Bah&iacute;a y el hombre de traje. El tipo que estaba a sus espaldas, sin embargo, sigui&oacute; su ruta. Pero ella no se anim&oacute; a mirarlo. No quer&iacute;a saber c&oacute;mo era. No quer&iacute;a tener pesadillas con su siniestro rostro. Le bastaba con el recuerdo de ese falo erguido frot&aacute;ndose con ella, y de esas manos patriarcales y malignas, hurgando en sus partes &iacute;ntimas, con total impunidad.<\/p>\n<p>El hombre de traje, por suerte, se perdi&oacute; de su vista. Bah&iacute;a se qued&oacute; unos minutos en el and&eacute;n hasta que qued&oacute; sola. Record&oacute; el estribillo de una canci&oacute;n feminista &ldquo;Y la culpa no era m&iacute;a, ni d&oacute;nde estaba, ni c&oacute;mo vest&iacute;a&rdquo;. Se supon&iacute;a que al repetirse esta letra deber&iacute;a recordar que no estaba sola, que hab&iacute;a otras como ella, y que sufrieron cosas similares. &ldquo;y la culpa no era m&iacute;a, ni d&oacute;nde estaba, ni c&oacute;mo vest&iacute;a&rdquo;, se repet&iacute;a en su cabeza, pero ese himno no daba resultado. Bah&iacute;a se sent&iacute;a sola, indefensa, usada como un objeto, y totalmente impotente. &ldquo;Y la culpa no era m&iacute;a&hellip;&rdquo;<\/p>\n<p>Se sent&oacute; sobre el banco de metal, se tap&oacute; la cara con verg&uuml;enza, y se larg&oacute; a llorar como una ni&ntilde;a.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>1 Reuni&oacute;n de amigos. &ndash; Todo bien con lo del feminismo, pero ya aburren quej&aacute;ndose de cualquier cosa. &ndash; Dijo Franco. Sabrina, una mu&ntilde;equita rubia, perfectamente maquillada, quien era novia del muchacho, asinti&oacute;. Estaban en una cervecer&iacute;a de Palermo. Eran cuatro. En frente de Franco y Sabrina se encontraban Camila, y Juan Carlos. 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