{"id":22804,"date":"2020-03-05T23:00:00","date_gmt":"2020-03-05T23:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"2020-03-05T23:00:00","modified_gmt":"2020-03-05T23:00:00","slug":"el-oscuro-encanto-de-la-sumision-1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-oscuro-encanto-de-la-sumision-1\/","title":{"rendered":"El oscuro encanto de la sumisi\u00f3n (1)"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"22804\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 4<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>En un silencio casi ritual, Silvio y Orestes terminaron de ajustar los grilletes alrededor de sus mu&ntilde;ecas. Con la mejilla derecha pegada a la tarima, Emilia miraba hacer al primero de los sirvientes e imaginaba la misma acci&oacute;n en el segundo intuyendo en ambos las miradas cargadas de silenciosa lascivia al espiar su cuerpo desnudo como un jugoso pedazo de carne blanca en una gran fuente de madera. Se removi&oacute; al percibir detr&aacute;s el suspiro de impaciencia, las manos seguras verificando las abrazaderas que le inmovilizaban las rodillas y que la obligaban a ofrecer su trasero abierto de par en par.<\/p>\n<p>&ndash;Pensaste que esto iba a quedar as&iacute;, &iquest;no?<\/p>\n<p>&ndash;Me merezco el castigo, amo &ndash;musit&oacute; Emilia.<\/p>\n<p>&ndash;&iexcl;C&oacute;mo si no lo supiera! La pregunta es si vali&oacute; la pena el desliz.<\/p>\n<p>No contest&oacute; enseguida. Esa ma&ntilde;ana hab&iacute;a ido al pueblo por algunos v&iacute;veres y se meti&oacute; en un bar para escapar del calor agobiante. Orden&oacute; una cerveza bien helada y, mientras contemplaba el perezoso ir y venir de la gente, como peces nadando en alquitr&aacute;n, se iba poniendo cachonda. Quiz&aacute;s fuera el cosquilleo de las burbujas o el hecho de que tuviera el est&oacute;mago vac&iacute;o pero lo cierto era que le hab&iacute;an entrado ganas locas de un polvo. Un fugaz y rico polvito vainilla como los que le gustaba echarse de vez en cuando, a escondidas de Martiniano. Entonces, como si su genio privado la hubiera escuchado, lo que necesitaba entr&oacute; empujado por ese calor infernal. Cruzaron la primera mirada a dos mesas de distancia. La segunda, solo a dos jarras de cerveza. En el hotel de mala muerte de la esquina, se desnudaron sin siquiera presentarse. &Eacute;l hab&iacute;a intentado ser todo lo tierno que pod&iacute;a ser un hombre en el primer encuentro sexual con una mujer, pero la sed de Emilia lo desat&oacute;&hellip;<\/p>\n<p>&ndash;&iexcl;Ay!<\/p>\n<p>El primer azote le mordi&oacute; la carne blanca de las nalgas, era el precalentamiento pero la tom&oacute; desprevenida. Desde la inc&oacute;moda posici&oacute;n en la que se hallaba, pod&iacute;a ver a los sirvientes sob&aacute;ndose los miembros semierectos con las miradas absortas en el trasero redondo de Emilia que un nuevo latigazo marcaba con otra l&iacute;nea roja. Mientras la misma pregunta se replicaba en sus o&iacute;dos como un campanazo seco: &iquest;hab&iacute;a valido la pena?<\/p>\n<p>S&iacute;. Un ventilador de techo revolv&iacute;a el aire caliente de la habitaci&oacute;n y el sol entrando a trav&eacute;s de la ventana la convert&iacute;a en lo m&aacute;s cercano a la antesala del infierno. Sin dejar de besarse, el hombre la desnud&oacute; y ella le desabroch&oacute; el pantal&oacute;n y le acarici&oacute; la verga muy dura. &iexcl;Dios, como le gustaban de ese tama&ntilde;o! Rebot&oacute; sobre el colch&oacute;n y &eacute;l le sob&oacute; las tetas, le lami&oacute; los pezones, los mordisque&oacute;, jug&oacute; con ellos como con dos peque&ntilde;os botones. Se enloqueci&oacute; cuando sinti&oacute; dos dedos suaves escurri&eacute;ndose en su vagina empapada, entrando y saliendo, movi&eacute;ndose dentro en ondas excitantes. Se retorc&iacute;a, un tercer dedo presion&oacute; contra su ano, empuj&oacute;, se abri&oacute; paso. La barba incipiente le punz&oacute; el vientre siguiendo el rastro descendente de saliva. La lengua reconoci&oacute; el ombligo, la suave elevaci&oacute;n de su bajo vientre y se intern&oacute; entre sus piernas. Le bes&oacute; con suavidad la cara interna de sus muslos antes de que su lengua pincelase la vulva caliente. Una lengua que m&aacute;s parec&iacute;a un estilete, que se introduc&iacute;a como un pez por cada rinc&oacute;n de su concha mojada, jugaba con el cl&iacute;toris erecto, lo succionaba, lo frotaba con dos dedos suaves antes de introducirlos en la vagina y de que ella gritara como pose&iacute;da por el diablo&hellip;<\/p>\n<p>Sentados a un costado, los sirvientes continuaban masturb&aacute;ndose en silencio, sus vergas estaban ahora completamente r&iacute;gidas. Era la primera vez que se las ve&iacute;a, se sorprendi&oacute; del tama&ntilde;o del miembro de Orestes y tomaba nota cuando un nuevo latigazo estall&oacute; contra las nalgas enrojecidas. Emilia cerr&oacute; los ojos y apret&oacute; los labios para sofocar el dolor.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Sos una puta?<\/p>\n<p>&ndash;S&iacute;, amo. S&iacute;. Soy una puta. Muy puta, eso es lo que soy. S&iacute;, una puta.<\/p>\n<p>Nuevo latigazo que le surc&oacute; caliente las nalgas.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Le entregaste este culo? Quiero saberlo todo, zorra.<\/p>\n<p>&ndash;No, no. Le juro que no.<\/p>\n<p>&ndash;&iexcl;Est&aacute;s mintiendo! &ndash;rugi&oacute; Martiniano dejando caer un nuevo y furioso azote.<\/p>\n<p>Hab&iacute;a rogado, implorado porque se la metiera antes de que alcanzase el orgasmo a puras lamidas. Sinti&oacute; el glande duro abri&eacute;ndole los labios mayores, jugando sin terminar de entrar mientras las pupilas ard&iacute;an de deseo. Aquello era un suplicio delicioso y cuando finalmente se desliz&oacute; dentro de ella, se desarm&oacute; como hecha de gelatina. Exhal&oacute; un prolongado gemido de placer, cada embestida la elevaba un poco m&aacute;s hacia el cielo del &eacute;xtasis&hellip; &iexcl;Dios, hab&iacute;a sido un polvo de campeonato!<\/p>\n<p>Dej&oacute; escapar un breve gemido al sentir el extremo de la lengua de Martiniano rozando su ano, introduci&eacute;ndose juguetona, el dedo col&aacute;ndose r&iacute;gido, movi&eacute;ndose en c&iacute;rculos en su interior, una escupida caliente desliz&aacute;ndose por sus entra&ntilde;as.<\/p>\n<p>&ndash;Sab&eacute;s bien que este culo es solo m&iacute;o. Dec&iacute;selo a ellos tambi&eacute;n, perra.<\/p>\n<p>Emilia volte&oacute; hacia los dos sirvientes un rostro donde comenzaban a asomar los primeros atisbos de placer. Las manos sub&iacute;an y bajaban por las pijas duras como estalactitas mientras los ojos la recorr&iacute;an &aacute;vidos.<\/p>\n<p>&ndash;MI culo es solo de mi ammm&hellip;<\/p>\n<p>Apret&oacute; los labios cuando el glande se col&oacute; entre sus nalgas muy separadas. El recto se dilat&oacute; para recibir a un Martiniano que ingresaba lentamente, como el due&ntilde;o indiscutible y omnipotente de una heredad. Exhal&oacute; un gemido cuando los huevos golpearon la vulva y la cabalgata comenz&oacute;. El roce violento de la tela que forraba la tarima contra la mejilla y en las rodillas le calentaba la piel y las cachetadas le dejaban marcas rojas en las nalgas.<\/p>\n<p>&ndash;Estoy seguro de que quer&eacute;s cogerte tambi&eacute;n a estos dos, &iquest;no, puta?<\/p>\n<p>&ndash;No, amo. &iexcl;Ahhh! As&iacute;, m&aacute;s. M&aacute;s. Llename toda con esa pija rica. Culeame, papi.<\/p>\n<p>&ndash;Veo c&oacute;mo mir&aacute;s a Orestes. La tiene grande, &iquest;no? &iexcl;Habl&aacute;, hija de puta!<\/p>\n<p>&ndash;S&iacute;, amo. La tiene grande. Muy grande.<\/p>\n<p>Las arremetidas eran feroces, de modo que Emilia no pod&iacute;a detenerse a verificar aquello. El culo se le part&iacute;a al medio de tanto como Martiniano la barrenaba. Con las manos asidas con fuerza a la cintura, parec&iacute;a querer perforarla o partirla al medio como en un mal truco de magia. Las mu&ntilde;ecas enrojecidas forzaban en vano los grilletes mientras desde el costado llegaban los gemidos sofocados de los sirvientes.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Te gustar&iacute;a que te la metiera, que te reventara este culo de puta viciosa?<\/p>\n<p>&ndash;M&aacute;s, amo. Por favor. M&aacute;s, as&iacute;. Quiero todo, mi culo es todo suyo.<\/p>\n<p>&ndash;&iexcl;Vos sos toda m&iacute;a!<\/p>\n<p>Un rugido triunfal llen&oacute; el recinto y Emilia recibi&oacute; con sonrisa satisfecha toda la lecha caliente. Sin moverse, sinti&oacute; a Martiniano retirarse y a los sirvientes liberarla de los grilletes. A&uacute;n permaneci&oacute; un largo minuto en esa posici&oacute;n, sintiendo la tibieza del semen resbalando por su interior. Y sonri&oacute;. Era una chica mala y se hab&iacute;a ganado el castigo, pens&oacute; mientras recordaba c&oacute;mo aqu&eacute;l desconocido esa misma tarde hab&iacute;a jugado de la manera m&aacute;s exquisita con su culo.<\/p>\n<p>La melod&iacute;a del timbre la devolvi&oacute; a la realidad de las visitas que, con tanta agitaci&oacute;n, hab&iacute;a olvidado por completo. Mientras se incorporaba despacio y se frotaba las rodillas, se preguntaba c&oacute;mo ser&iacute;a ese famoso Isa&iacute;as del que tantas cosas hab&iacute;a escuchado.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. 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