{"id":24249,"date":"2020-06-13T23:04:42","date_gmt":"2020-06-13T23:04:42","guid":{"rendered":""},"modified":"2020-06-13T23:04:42","modified_gmt":"2020-06-13T23:04:42","slug":"el-dolor-de-una-viuda","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-dolor-de-una-viuda\/","title":{"rendered":"El dolor de una viuda"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"24249\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">3<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 8<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>Do&ntilde;a Elsa hac&iacute;a esfuerzos para recordar el tiempo que tendr&iacute;a su humedal sin recibir el afluente que rociaba su reseca y desolada cuenca.&nbsp; La presencia de Alberto, el apuesto y joven doctor que examinaba su vientre, hab&iacute;a despertado el durmiente deseo que otrora le hab&iacute;a acompa&ntilde;ado en su juvenil y sombr&iacute;o pasado. Desde la muerte de su esposo, se encerr&oacute; herm&eacute;ticamente en un armario de cedro macizo, infranqueable e inviolable por todas las cosas mundanas que le rodeaban. Hab&iacute;an pasado veinte largos a&ntilde;os desde la tr&aacute;gica e inesperada partida de su compa&ntilde;ero de vida.<\/p>\n<p>Con sus cuarenta a&ntilde;os, dedicados casi exclusivamente al sufrimiento, la temerosa dama, tendida sobre aquella camilla fr&iacute;a e inanimada, trataba afanosamente de desviar sus pensamientos de aquella sedosa mano que la auscultaba con absoluta devoci&oacute;n profesional.<\/p>\n<p>A pesar de sus a&ntilde;os y de los golpes recibidos por la vida, se conservaba excelentemente bien. Cuando caminaba, no era ajena a las miradas furtivas que traspasaban sus vestimentas negras al trasladarse d&iacute;a tras d&iacute;a a su trabajo. De tanto subir escaleras y de mucho trajinar por los salones de la biblioteca donde laboraba, sus refinadas piernas se labraban y fortalec&iacute;an cual obra maestra esculpida por los buriles de un ebanista diestro y esmerado. A pesar de su viudez bien llevada y cumpliendo los mandamientos m&aacute;s estrictos del celibato, Elsa luc&iacute;a como una diosa rociada con los aceites m&aacute;s ex&oacute;ticos del ajuar de una reina. Apenas hab&iacute;a conocido los placeres carnales, a tan solo d&iacute;as de su uni&oacute;n conyugal, tras lo cual lleg&oacute; libre de los pecados carnales, su reciente compa&ntilde;ero fue v&iacute;ctima de un accidente que lo separ&oacute; dr&aacute;sticamente de su compa&ntilde;&iacute;a.<\/p>\n<p>Su abuela y su madre, mentoras y criadas bajo los m&aacute;s estrictos mandamientos religiosos, vigilaban diariamente su transitar por la viudez. Lo m&aacute;s valioso de una dama es su honor y su fidelidad al recuerdo de su finado esposo, le repet&iacute;an a cada instante.<\/p>\n<p>Elsa sinti&oacute; el frio del instrumento que recorr&iacute;a su abdomen y percibi&oacute; en su entrepierna una descarga el&eacute;ctrica inusual. Estaba nerviosa, descompuesta. Lo que sus sentidos expresaban era nuevo para ella. Sinti&oacute; su coraz&oacute;n acelerarse a un ritmo indescriptible. &iexcl;Qu&eacute; verg&uuml;enza! Pens&oacute;. Imaginar que el joven galeno pudiera detectar su perceptible arritmia, le produc&iacute;a un rubor que quemaba sus blancas mejillas. El estetoscopio se posaba indistintamente en su sonrojada piel, cual ara&ntilde;a que pasea distra&iacute;da por su red. La mano del doctor hund&iacute;a sus fuertes dedos con destreza, pero tambi&eacute;n con movimientos circulares que asemejaban bailarines danzando sobre una alfombra hambrienta de ser hurgada. Respir&oacute; sutilmente cuando el galeno le pregunt&oacute; distra&iacute;damente: &iquest;D&iacute;game donde le duele m&aacute;s?<\/p>\n<p>La realidad era que ya no sent&iacute;a dolor alguno. Los movimientos de aquella mano y la presencia cercana de aquel guapo m&eacute;dico, alejaron dr&aacute;sticamente la molestia que la hab&iacute;an hecho acudir a la consulta.<\/p>\n<p>Tuvo que mentir. Coloc&oacute; su mano debajo de sus erguidas pir&aacute;mides y le indic&oacute; que ah&iacute; era donde sent&iacute;a el malestar.<\/p>\n<p>Alberto, con un movimiento sutil pero preciso, coloc&oacute; su mano a escasos cent&iacute;metros de sus delicados melones y le pregunt&oacute;: &iquest;Ah&iacute;, duele?<\/p>\n<p>Sigui&oacute; mintiendo. La proximidad de aquella presi&oacute;n bajo sus senos, deton&oacute; un sinf&iacute;n de sensaciones que eran imposibles de controlar.<\/p>\n<p>Si, ah&iacute; doctor, ah&iacute;.<\/p>\n<p>El m&eacute;dico retir&oacute; su mano y camin&oacute; a su armario de instrumentos y tom&oacute; una tolla blanca desechable y la extendi&oacute; a su hermosa y alterada paciente.<\/p>\n<p>Tom&eacute;, por favor, retire su brasier y col&oacute;quese esta toalla encima &ndash; le dijo.<\/p>\n<p>Elsa sostuvo entre sus manos aquel papel transparente y arrop&oacute; sus firmes y desafiantes promontorios luego de haberlos expuesto sin que el doctor pudiera verlos. Se recost&oacute; nuevamente sobre la camilla a la espera del pr&oacute;ximo paso del joven m&eacute;dico.<\/p>\n<p>Me preocupa ese dolor, se&ntilde;ora. Voy a revisarla con detenimiento, ojal&aacute; no sea lo que estoy pensando- exclam&oacute;.<\/p>\n<p>Que imprudencia. Hacerle perder el tiempo a este joven por la curiosidad y el deseo impropio de ser hurgada. Sinti&oacute; el impulso de decirle que el dolor se hab&iacute;a ido pero m&aacute;s pudieron sus hormonas y le permiti&oacute; seguir tocando.<\/p>\n<p>D&eacute;jeme tocar aqu&iacute;. Respire hondo y mantenga el aire en sus pulmones-prosigui&oacute; el doctor.<\/p>\n<p>Elsa sinti&oacute; cuando el joven acerc&oacute; su mano tibia a los pies de sus vulnerables monta&ntilde;as y con el aire retenido en su diafragma exclam&oacute; un gemido de placer. &iexcl;Dios m&iacute;o! Ojal&aacute; crea que es dolor lo que siento- pens&oacute;.<\/p>\n<p>&iquest;Le duele? Pregunt&oacute; el joven galeno.<\/p>\n<p>Si, si, ah&iacute;.<\/p>\n<p>Las manos del joven siguieron auscultando aquellas laderas donde se erig&iacute;an las dos monta&ntilde;as cubiertas por una capa blanca de nieve a punto de caer como una avalancha producida por una explosi&oacute;n.<\/p>\n<p>Elsa tom&oacute; su mano y la guio cual alpinista decidido a conquistar la m&aacute;s alta de las monta&ntilde;as. El rostro del doctor se sonroj&oacute; al mirar aquel espect&aacute;culo invernal, se dej&oacute; llevar por el h&aacute;bil sherpa que le acompa&ntilde;aba en la conquista de la cima de tan voluptuosos picos.<\/p>\n<p>&iexcl;Ah&iacute;, doctor, ah&iacute;. Si. Me duele mucho doctor! Exclam&oacute;.<\/p>\n<p>Elsa, Agarr&oacute; con mayor fuerza aquella mano exploradora que se dejaba guiar a su c&uacute;spide abotonada. Ya no pensaba. Su conducta era producto de a&ntilde;os reprimidos. El contacto con aquellos dedos, desbordaba toda conciencia para ella conocida. Cuando sus botones, a punto de explotar, fueron tocados por los dedos de Alberto, el entramado de conexiones nerviosas que electrificaban su exquisito cuerpo, se activaron en una danza de innumerables destellos que recorrieron cada cent&iacute;metro de su vulnerable humanidad. Con cada espasmo incontrolado, le exig&iacute;a m&aacute;s fuerza a los apretones que se infring&iacute;a con la mano del joven y que ella misma arrastraba hasta sus reductos.<\/p>\n<p>El doctor, ante tan sorpresivo espect&aacute;culo, sent&iacute;a que su ajustado pantal&oacute;n ya no estaba preparado para contener su abultado miembro. Con la otra mano desat&oacute; su hebilla y destrab&oacute; el bot&oacute;n de su prenda y dej&oacute; un poco de libertad a su bien dotado armamento.<\/p>\n<p>Elsa respiraba entrecortada. Frotaba sin descanso sus pezones erizados y con la otra mano buscaba a tientas alg&uacute;n objeto con que apoyarse para no caerse de la camilla.<\/p>\n<p>El joven, viendo aquella b&uacute;squeda incesante, acerc&oacute; su miembro diestramente y lo puso al alcance de su angelical paciente. Al sentir la mano de Elsa cubrir su desproporcional le&ntilde;o, olvido por completo su juramento hipocr&aacute;tico. Agarr&oacute; la mano exploradora y le ayudo a masajear con ritmo su lubricado y cada vez m&aacute;s grande espad&oacute;n.<\/p>\n<p>Pocos minutos pasaron, tal vez segundos. El polvor&iacute;n en que se hab&iacute;a convertido la viuda, reprimido por a&ntilde;os de abstenci&oacute;n, amenazaba con explotar todo el consultorio. Por momentos exclamaba que se hab&iacute;a vuelto loca. Le susurraba al doctor que le perdonara aquella actitud tan impropia de ella.<\/p>\n<p>&iquest;No doctor, esto no puede ser, qu&eacute; estoy haciendo? Le dec&iacute;a con l&aacute;grimas en sus mejillas.<\/p>\n<p>Le llevaba quince a&ntilde;os. Aquel joven estaba impactado por lo que estaba viviendo. La se&ntilde;ora Elsa, quien lo dir&iacute;a, pens&oacute;.<\/p>\n<p>La irreconocible viuda, tuvo su momento de lucidez y se par&oacute; abruptamente de la camilla dejando sus preciosos y firmes pechos al aire. Apart&oacute; al doctor y le dijo que se marchaba, aquello era una locura.<\/p>\n<p>Pero Elsa no contaba con el animal que hab&iacute;a despertado en aquel joven. Albero salt&oacute; a la puerta y con los pantalones abajo puso el seguro y una silla atravesada para que su preciada enferma no pudiese escapar.<\/p>\n<p>Como un luchador de las huestes romanas, se abalanz&oacute; sobre ella y le obsequi&oacute; el m&aacute;s lujurioso y l&uacute;dico beso que hab&iacute;a dado en su vida. Elsa se quebr&oacute;. Veinte a&ntilde;os que no hab&iacute;a sido besada y manoseada por un hombre. Se dej&oacute; llevar por la lujuria y el instinto carnal encarcelado por tanto tiempo. Cuando percibi&oacute; la bayoneta que le apuntaba a quemarropa, sinti&oacute; la necesidad de verlo. Su asombro no tuvo l&iacute;mites. Solo hab&iacute;a conocido fugazmente, el miembro normal y com&uacute;n de su difunto marido. El pistol&oacute;n del doctor doblaba en magnitud y calibre lo que aun recordaba de las pocas noches que disfrut&oacute; junt&oacute; a su esposo. Era casi virgen.<\/p>\n<p>El joven se desvisti&oacute; y al un&iacute;sono retiro con nerviosismo la poca ropa que cubr&iacute;a a despampanante viuda. Qued&oacute; at&oacute;nito. Jam&aacute;s se imagin&oacute; que la descuidada e ins&iacute;pida se&ntilde;ora que lleg&oacute; a su consulta, fuera portadora de tanta hermosura. Sus piernas bien torneadas, culminaban en dos adorables nalgas que ser&iacute;an la envidia de muchas concursantes de belleza. Sus firmes muslos, custodiaban esplendidos el camino que llevaba a la m&aacute;s apetecida de las cavernas. All&iacute;, sin lugar a dudas, se escond&iacute;a el tesoro m&aacute;s preciado que explorador alguno podr&iacute;a imaginar.<\/p>\n<p>La abraz&oacute; con fuerza y frot&oacute; su miembro desbocado contra la humanidad quebrantada de su casual compa&ntilde;era. Agarr&oacute; sus nalgas tersas y bien esculpidas y las masajeo con lujuria desbordada. Lentamente, fue bajando con su lengua juguetona y se pase&oacute; por los m&aacute;s rec&oacute;nditos lugares de aquel campo in&eacute;dito cual tierra prometida. En el jard&iacute;n finamente desmalezado de Elsa, percibi&oacute; los aromas m&aacute;s exquisitos que hab&iacute;a sentido en su corta vida. Mientras, Ella se sum&iacute;a en un estado catal&eacute;ptico. Los olores que emanaban de aquel imponente miembro, aunado a la torneada torreta que albergaba una fresa a punto de estallar, hicieron que Elsa se abalanzara sin remilgos sobre aquella fruta apetecible. Sin mucha destreza, pero con el deseo que todo lo puede y todo lo derrumba, introdujo aquel instrumento carnoso en su despierta y hambrienta boca. Con su lengua, juguete&oacute; con el melocot&oacute;n carnoso que chocaba su cavidad bucal. Lo mordisqueaba y sent&iacute;a como aquel falo omnipresente, cobraba vida y crec&iacute;a a cada lamido de su l&uacute;dico &oacute;rgano gustativo.<\/p>\n<p>Mientras, Alberto casi se derramaba en mieles y tuvo que contener sus torrentes con t&eacute;cnicas que hab&iacute;a aprendido en la facultad. Sin dejar que su adorada viuda soltara su presa, le dio un giro y la tumb&oacute; en la alfombra azul que decoraba su consultorio. Su boca, busc&oacute; con desespero el juguete h&uacute;medo que yac&iacute;a custodiado por las hermosas piernas. Elsa abri&oacute; sus muslos y arque&oacute; sus caderas para que aquel joven pudiera conquistar su refugi&oacute; mojado por tantas lluvias desatadas. Alberto sinti&oacute; el m&iacute;stico aroma de la flor que se presentaba ante s&iacute; y pos&oacute; su ap&eacute;ndice lingual sobre el capullo rub&iacute; que palpitaba y cobraba vida a cada lamida que le propiciaba. Sinti&oacute; las u&ntilde;as de la exquisita dama que se clavaban en su espalda como dos espuelas que incitaban a su pura sangre a ganar la carrera.<\/p>\n<p>Elsa no sal&iacute;a de su asombro. Sinti&oacute; un miedo bien infundado al pensar que har&iacute;a con aquel desafiante ca&ntilde;&oacute;n cuando intentara franquear su fortaleza. Su deseo inquebrantable de ser penetrada por semejante instrumento, vencieron sus temores e instintivamente lo sac&oacute; de su boca y lo tomo con ambas manos para detallar minuciosamente contra quien se enfrentar&iacute;a. Desde el pie hasta la cabeza, cont&oacute; todos sus dedos y aun le faltar&iacute;an como cinco m&aacute;s para cubrirlo completamente. Con sus hermosos ojos aceitunados, recorri&oacute; aquel trofeo de extremo a extremo y con inusual valor pens&oacute;: Dios, dame fortaleza para dominarlo y vencerlo.<\/p>\n<p>El doctor no aguantaba m&aacute;s. Por mucha t&eacute;cnica que aplicara, estaba a punto de sucumbir ante las caricias linguales de la viuda. Seguidamente, con un movimiento digno del mejor contorsionista, volte&oacute; a la desenfrenada mujer y con su cuerpo de espaldas al piso, la coloc&oacute; encima de &eacute;l y comenz&oacute; a frotarla con su endemoniado bast&oacute;n.<\/p>\n<p>Elsa, por muy valiente que tratara de ser, al sentir aquel palpitante miembro cerca de su capullo, sinti&oacute; un escalofr&iacute;o que la hizo retroceder.<\/p>\n<p>&iexcl;No, por dios, como recibo este Goliat! Pens&oacute; desesperada ante el posible ataque que se avecinaba. Eso s&iacute;, morir&iacute;a en el intento. El deseo ciego que ten&iacute;a de ser crucificada por aquel mazo de roble americano, le brindaba la fuerza y el arrojo que necesitaba para tan magna cruzada.<\/p>\n<p>El gigante que la atacaba en su parte m&aacute;s &iacute;ntima, intentaba colocar la punta de su ariete en su intimidad y dispuesto a derrumbar sin pre&aacute;mbulos la puerta de su h&uacute;meda morada. Estando arriba, al menos tendr&iacute;a la ventaja de poder administrar los embates de aquel portento. Pens&oacute;. Instintivamente, arque&oacute; su cintura y coloc&oacute; el melocot&oacute;n que coronaba el m&aacute;stil de aquel velero apetecido, en la entrada de su carnosa gruta. Sinti&oacute; una descarga que invitaba a la emancipaci&oacute;n de sus glamorosos dominios.<\/p>\n<p>Suave, por favor, suave. Dijo sollozando<\/p>\n<p>&iquest;Si quieres nos limitamos a frotar nuestros genitales? Insinu&oacute; sin mucha convicci&oacute;n el joven doctor.<\/p>\n<p>No, no, por favor. Siento dolor, pero no abandonemos esta batalla. Empuja suavemente, as&iacute;, as&iacute;. Susurraba la viuda.<\/p>\n<p>El miembro desproporcional y humedecido de Alberto, ganaba terreno a cada movimiento r&iacute;tmico de Elsa. El cuerpo de la espectacular paciente, lloraba y rociaba con sus l&aacute;grimas el pecho del desquiciado y novel doctor. Ver el rostro de la viuda implorando piedad y a su vez castigo, hac&iacute;an bombear cantidades ingentes de sangre al miembro libertario de Alberto.<\/p>\n<p>Elsa pens&oacute; que ya hab&iacute;a ganado la batalla, al sentir que el maz&oacute; del galeno la fustigaba y por un momento crey&oacute; que ya lo tendr&iacute;a todo dentro de sus entra&ntilde;as. Se anim&oacute; ante tal perspectiva y se movi&oacute; a un ritmo enervante que jam&aacute;s hab&iacute;a experimentado. Sentirse ensartada por aquel poderoso volc&aacute;n, desinhibi&oacute; todos sus sentidos y el dolor desapareci&oacute; convirti&eacute;ndose en un placer inefable que nunca habr&iacute;a podido imaginar.<\/p>\n<p>Alberto arreciaba en sus ataques. Su miembro hendido hasta la mitad de su presa, luchaba por ganar espacios dentro de aquella estrecha y h&uacute;meda trinchera. Sigui&oacute; empujando y ganando terreno. Elsa no pod&iacute;a creer que a&uacute;n no hab&iacute;a albergado todo su trofeo. Entre el deseo y el miedo ante lo que present&iacute;a que faltaba, se arm&oacute; de valor y le susurr&oacute; que la penetrara hasta el final. No sab&iacute;a si lo que imploraba era por arrojo o por la imperiosa necesidad de ser empalmada hasta lo m&aacute;s rec&oacute;ndito de sus entra&ntilde;as. Al sentir el choque de la pelvis del doctor contra la suya, ah&iacute;, en ese momento, se convenci&oacute; que hab&iacute;a dominado a la bestia. Su ritmo aument&oacute; con &iacute;mpetu y se entreg&oacute; a los placeres que le prodigaba aquel m&aacute;gico m&uacute;sculo que hac&iacute;a mucho tiempo no sent&iacute;a.<\/p>\n<p>El doctor se acopl&oacute; f&aacute;cilmente en aquella hambrienta y apretada jungla del deseo. Los dos se sincronizaron en una danza que se asemejaba a un ritual de juegos del placer. El miembro de Alberto se adentraba hasta los confines de la hembra dominada, y esta lo reten&iacute;a con el entusiasmo de quien no quiere ser abandonada en un mar infestado por hambrientos tiburones. As&iacute; siguieron. Elsa sinti&oacute; que desmallaba y un torrente de centellas recorri&oacute; su cuerpo ante la llegada del final nunca antes sentido. En ese mismo instante, Alberto no pudo contenerse m&aacute;s y dej&oacute; que su torrente de miel lechosa inundara el &aacute;nfora sagrada de aquel &aacute;ngel que se hab&iacute;a presentado en su consulta.<\/p>\n<p>Sudorosos los dos, escucharon el llamado a la puerta de su secretar&iacute;a que les dec&iacute;a con voz imperante: Doctor, doctor, la consulta est&aacute; full&hellip;<\/p>\n<p style=\"text-align:right\">Cr&oacute;nicas de Alcoba por Alphonso Estevens<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. 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