{"id":24597,"date":"2020-07-06T23:30:43","date_gmt":"2020-07-06T23:30:43","guid":{"rendered":""},"modified":"2020-07-06T23:30:43","modified_gmt":"2020-07-06T23:30:43","slug":"mamani-el-boliviano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/mamani-el-boliviano\/","title":{"rendered":"Mamani, el boliviano"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"24597\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 10<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>Pobre In&eacute;s. Pobrecita y hermosa In&eacute;s. Melanc&oacute;lica, angelical y desdichada In&eacute;s. Preciosa y buena chiquilla. Su cara joven y p&aacute;lida estaba enrojecida de la verg&uuml;enza y la furia. Sus ojos estaban hechos de sorpresa y espanto, s&oacute;lo le faltaba lanzar un grito ensordecedor, y es porque estaba leyendo un libro, o una novela m&aacute;s bien, que fue publicada meses atr&aacute;s al otro lado del oc&eacute;ano atl&aacute;ntico de donde vive y que en parte, en buena parte, habla de ella. En el libro, ella est&aacute; diciendo y haciendo, palabras y acciones fuertes que, algunas de ellas s&iacute; son verdad y hay otras que nunca sucedieron en realidad, que nunca dijo o hizo, con cierto joven que ya no est&aacute; cerca de ella f&iacute;sicamente, pero s&iacute; sigue estando en su vida, y no s&oacute;lo en sus recuerdos.<\/p>\n<p>Cosas muy comprometedoras, y muy &iacute;ntimas, con un joven que ella alguna vez quiso mucho, m&aacute;s que a su propia piel, con quien tuvo una s&oacute;lida amistad pero nunca lleg&oacute; a formalizar pareja. Las circunstancias del pasado lo imped&iacute;an, y las circunstancias del presente lo impiden tambi&eacute;n. Ella est&aacute;, desde los diecisiete a&ntilde;os, en pareja y ahora comprometida con otro muchacho, un chico afro de origen venezolano, un tal Sebasti&aacute;n Motumbo, que trabaja haciendo oficios de gasista y electricista matriculado, y de alba&ntilde;iler&iacute;a y carpinter&iacute;a. En estos momentos est&aacute; haciendo tambi&eacute;n un curso anual de torner&iacute;a en un centro de formaci&oacute;n profesional.<\/p>\n<p>En tal novela tambi&eacute;n hay referencias a su apariencia f&iacute;sica, a sus tatuajes, a su forma de vestir y de llevar el cabello. A su personalidad, a su fecha de nacimiento y a su actual trabajo en una panader&iacute;a. A su triste infancia, con un padre biol&oacute;gico que la abandon&oacute; ni bien se enter&oacute; de su futura existencia, una madre alcoh&oacute;lica, violenta y depresiva que termin&oacute; suicid&aacute;ndose cuando era una ni&ntilde;a, y un padrastro que la maltrataba psicol&oacute;gicamente hasta que poco despu&eacute;s lo enjuiciaron y lo metieron preso por ense&ntilde;arle los genitales a una ni&ntilde;a de cinco a&ntilde;os. Un hombre, si es que se le puede llamar hombre, que siempre fue de un perpetuo sentimiento derrotista.<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n habla de su intento de suicidio a los doce a&ntilde;os en una playa en apariencia vac&iacute;a, intentando ahogarse nadando hasta el fondo, y que se habr&iacute;a consumado el hecho de no haber sido porque la salv&oacute; un inmigrante senegal&eacute;s que justo estaba all&iacute; de paso. Un inmigrante ilegal africano, que ni bien la sac&oacute; con todas sus fuerzas de las aguas, empez&oacute; a sermonearle sobre el valor que tiene la vida a pesar de todas sus porquer&iacute;as, recalc&aacute;ndole lo joven que era para tomar una decisi&oacute;n tan funesta y lamentable, en un idioma totalmente extra&ntilde;o que ning&uacute;n hispano podr&iacute;a entender sin haberlo estudiado antes. Ella lo &uacute;nico que quer&iacute;a hacer en una situaci&oacute;n embarazosa como esa, y que termin&oacute; haciendo, era alejarse de all&iacute; y de &eacute;l, pidi&eacute;ndole repetidamente que la dejara en paz, estando empapada hasta el inconsciente.<\/p>\n<p>Vi&eacute;ndolo ya desde la distancia, fue una verdadera l&aacute;stima que ella no le hubiera entendido nada. Ella en el fondo de su conciencia, le hubiera gustado entender lo que le estaba diciendo. Al menos hab&iacute;a alguien, cre&iacute;a ella, en apariencia adulto, que se estaba interesando realmente en ella y en su hondo y pesado dolor. Jam&aacute;s lo volvi&oacute; a ver. O quiz&aacute;s s&iacute; lo volvi&oacute; a ver una segunda vez, vendiendo bisuter&iacute;a de fantas&iacute;a en una de las vastas arenas de una ciudad &ldquo;feliz&rdquo;, pero puede que no lo haya reconocido o distinguido bien. Para ella todos los inmigrantes de ese pa&iacute;s le parec&iacute;an iguales.<\/p>\n<p>Buena parte de todos esos detalles que se mencionan, s&oacute;lo los sab&iacute;a ella y ese muchacho misterioso del que se est&aacute; mencionando. Ese joven misterioso del que estamos hablando se llama Alejandro C&eacute;sar Biondini, y es de su misma edad, igual que su novio. Actualmente vive en un apartamento con una familia de tres personas en Espa&ntilde;a. No en Madrid o en Barcelona, no en Sevilla ni en Zaragoza, tampoco en M&aacute;laga o en Murcia, vive m&aacute;s precisamente en alg&uacute;n lugar de la ciudad de Valencia. Trabaja cobrando facturas de servicios p&uacute;blicos y privados e impuestos, en un local de cobranza extra-bancario cerca de donde est&aacute; alojado. Un trabajo bastante aburrido por decirlo de alguna manera, considerando que una de sus mayores aficiones es leer cuentos y novelas, y escribir frases y poes&iacute;as. Pero mal no le va, y es mejor eso que estar en el paro.<\/p>\n<p>Pero no nos confundamos, Alejandro no escribi&oacute; esa novela, primero porque no tiene las intenciones, segundo porque no tiene la t&eacute;cnica y menos la experiencia, y tercero porque no tiene el dinero suficiente para pagar una edici&oacute;n de varias miles de copias impresas. En el campo de la escritura s&oacute;lo sabe escribir poemas y frases cortas, y tiene en sus planes estudiar alguna carrera relacionada a ello cuando, alg&uacute;n d&iacute;a, cambiaran los horarios de atenci&oacute;n del local, o en su defecto, cuando lo despidieran de ah&iacute;. Pero &eacute;l no hac&iacute;a mal su trabajo, y trataba de no hacerlo mal nunca. Vino desde Argentina, m&aacute;s precisamente de la ciudad de Mar del Plata, porque su vida corr&iacute;a peligro, y porque no ten&iacute;a parientes o conocidos de otras ciudades de aqu&eacute;l pa&iacute;s para poder alojarse. Los &uacute;nicos conocidos que ten&iacute;a fuera de aquella ciudad balnearia, estaban aqu&iacute; en Valencia. Era obvio que no quer&iacute;a ser una carga para ellos, y aparte de ello, estaba agradecido de que alguien se ofreciera en darle trabajo a un joven sin experiencia laboral previa, y encima con su condici&oacute;n adicional de albino. Alejandro era delgado, de estatura media, mirada inteligente y una piel que era blanca como la leche, al igual que su cabello lacio y algo despeinado. Sus ojos eran de un celeste opalescente, que de no ser albino seguramente no los tendr&iacute;a as&iacute;, y casi siempre iba vestido de camisa, traje, corbata, zapatos de cuero y llevaba unos anteojos rojos que usaba para proteger su complicada vista del Sol.<\/p>\n<p>La gente que no lo conoc&iacute;a lo miraba y lo miraba. Los ni&ntilde;os y las ni&ntilde;as, y sus madres, lo miraban y lo miraban, algunos de ellos, los m&aacute;s peque&ntilde;os, lo se&ntilde;alaban con el dedo. &Eacute;l s&oacute;lo sonre&iacute;a un poco y bajaba a&uacute;n m&aacute;s la mirada. Los ancianos sentados en la plaza tambi&eacute;n lo miraban y lo miraban, algunos de ellos se mor&iacute;an de risa al verlo. &Eacute;l s&oacute;lo llegaba a lanzar un insulto al aire por lo bajo y aceleraba el paso.<\/p>\n<p>Quien escribi&oacute; esa novela y pag&oacute; para publicarla, es en realidad un reciente conocido suyo, un profesor universitario de literatura latinoamericana, de origen boliviano. Un hombre ya mayor cuya edad roza entre los sesenta y los setenta a&ntilde;os y que naci&oacute; en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Vivi&oacute; varias d&eacute;cadas en Argentina, y eso se nota de forma casi calcada en su manera de hablar. Se licenci&oacute; en periodismo y en literatura all&iacute;, tambi&eacute;n se cas&oacute; y se divorci&oacute; all&iacute; de su primera esposa. Tiene un hijo biol&oacute;gico, y que lo conoci&oacute; ya de grande, de una relaci&oacute;n sentimental de breve duraci&oacute;n que tuvo en su juventud con una muchacha de origen paraguayo, convertida actualmente en una se&ntilde;ora de marcado fanatismo religioso.<\/p>\n<p>All&iacute; tambi&eacute;n tiene una hija adoptiva que lleva uno de sus apellidos, que son de origen amerindio, m&aacute;s precisamente quechua y aimara. Aunque f&iacute;sicamente esta ni&ntilde;a, que actualmente est&aacute; hecha una mujer profesional de mediana edad, era de aspecto eslavo oriental y no se parec&iacute;a en nada a &eacute;l. Pero al fin al cabo eran padre e hija, &eacute;ste la cri&oacute; a ella desde que era una beba junto a su madre. Ella lo mira a &eacute;l con ojos de hija, y &eacute;l la mira a ella con ojos de padre. &Eacute;l la admiraba y la respetaba a ella por su inteligencia precoz, entre otras grandes razones. Y ella lo admiraba y respetaba a &eacute;l por su dram&aacute;tica historia de superaci&oacute;n personal, a pesar de lo irreverente que pod&iacute;a llegar a ser.<\/p>\n<p>El hombre de quien estamos hablando, se llama Mauricio Manuel Quispe Mamani, un hombre cuyo mayor sue&ntilde;o es, obstinadamente, convertirse en el escritor de origen boliviano con m&aacute;s proyecci&oacute;n internacional a largo plazo. Una ambici&oacute;n que a simple vista se ve&iacute;a muy poco viable, aunque sus &uacute;ltimos tres libros se vendieron a una cifra considerable o al menos respetable, y tuvieron la suficiente repercusi&oacute;n como para que lo llamaran varios medios de comunicaci&oacute;n digitales para entrevistarlo. Pero todos ellos, eran solamente ensayos anti-acad&eacute;micos. Pol&eacute;micos, controvertidos y olvidables ensayos. Ninguno de ellos era una obra maestra. Ninguno de sus tres anteriores trabajos le hac&iacute;a siquiera sombra a esas obras de aquellos autores eternos que &eacute;l admiraba y envidiaba tanto, sana e insanamente. Desde el punto de vista econ&oacute;mico se alegraba por haber escrito y publicado esos ensayos, pero vi&eacute;ndolo desde el punto de vista creativo y literario, se sent&iacute;a muy frustrado. Sus otros anteriores libros, ninguno de ellos logr&oacute; venderse con &eacute;xito. Public&oacute; dos libros de poes&iacute;a, un libro de prosa, tres libros de cuentos infantiles, una novela fant&aacute;stica juvenil, una novela policial, dos novelas hist&oacute;ricas, y todos fueron un fracaso estrepitoso de ventas. Es m&aacute;s, hubo una peque&ntilde;a editorial que quebr&oacute; al apostar por &eacute;l publicando su &uacute;ltima novela hist&oacute;rica poco despu&eacute;s de haber nacido el siglo XXI, que estaba ambientada en la Bolivia de la dictadura militar de Hugo Banzer Su&aacute;rez. Los due&ntilde;os de tal editorial que se fundi&oacute; no lo pod&iacute;an ni lo quer&iacute;an ver.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de aquello, no volvi&oacute; a publicar m&aacute;s nada en Argentina, se hart&oacute;. Se divorci&oacute; de su primera esposa, ya cuando el matrimonio con ella estaba bastante desgastado, agarr&oacute; sus maletas, y se fue a Espa&ntilde;a con lo puesto y algunos ahorros, lo hizo poco despu&eacute;s de la masacre de Plaza de Mayo. Su hija, su primera hija, ya era mayor de edad, se hab&iacute;a licenciado en una carrera y no viv&iacute;a con ellos sino con quien fue en su momento su primer concubino. Ahora est&aacute; separada definitivamente y no est&aacute; en sus planes, al menos en el corto plazo, formar pareja de nuevo.<\/p>\n<p>&ldquo;&iquest;Te vas a vivir a otro lado del oc&eacute;ano, s&oacute;lo para satisfacer uno de tus m&aacute;s delirantes caprichos?&rdquo;, le espet&oacute; reiteradamente, y muy visiblemente enojada, su hija, de nombre Yelena. &Eacute;l, pocos d&iacute;as antes de tomar el avi&oacute;n a Europa, le respondi&oacute;:<\/p>\n<p>&ldquo;No estoy seguro de lo hago, y tampoco s&eacute; si valdr&aacute; la pena, puede que a lo sumo me termine volviendo totalmente desencantado. Y puede que sea verdad lo que dices, que es una estupidez muy infantil lo que hago, pero a decir verdad, no espero y no esperar&eacute; a que me entiendas. T&uacute; no tienes este rostro que tengo yo, no eres una amerindia. A ti te persigue medio pa&iacute;s de lo bonita que eres, y te puedes dar el dudoso lujo de comportarte vanidosamente muchas veces por tus or&iacute;genes rusos. T&uacute; no te despertaste durante varios d&iacute;as y varias noches odiando con todas tus fuerzas el reflejo de tu apariencia en el espejo. A ti nunca te golpearon, te insultaron, te escupieron o te menospreciaron por tu color de piel, por tu forma de hablar o por tener un pasaporte extranjero que delataba tu verdadero lugar de nacimiento. Nunca te hicieron sentir que eras inferior y que merec&iacute;as morir porque estabas a un mill&oacute;n de kil&oacute;metros de distancia de cualquier canon estandarizado de belleza humana. Nunca te derrumbaste, en el suelo, en soledad y en posici&oacute;n fetal, implorando no haber nacido. Jam&aacute;s de los jamases deseaste, hasta la &uacute;ltima gota de m&eacute;dula de tus huesos, mandar al infierno m&aacute;s rojo a todos aquellos que te humillaron por eso, y a sus infelices prejuicios, a trav&eacute;s de tus propios logros personales&rdquo;.<\/p>\n<p>Pobre Yelena, se qued&oacute; muda y avergonzada al escuchar eso. Creo que no hac&iacute;a falta dispararle con una respuesta de ese calibre tan pesado. Su padre continu&oacute; hablando:<\/p>\n<p>&ldquo;Y aparte de ello, el talento no me falta, ni mucho menos las ideas, para escribir otro buen libro. En Espa&ntilde;a existe una gran di&aacute;spora de inmigrantes latinoamericanos que estar&iacute;an encantados de poder leerme. Tambi&eacute;n existe la posibilidad de poder atraer a una buena cantidad de lectores espa&ntilde;oles que gustan de consumir a autores latinoamericanos como yo, con el mismo entusiasmo con que yo leo a varios de sus autores. Quiero probar a ver si tengo un poco suerte, y te pido por favor, que me des tiempo, a ver si logro hacer que gente, varias personas, muchos individuos que se parecen a m&iacute; y que nacieron con esta cara, lean uno de mis libros, y los ayude a quererse un poco m&aacute;s. S&eacute; que no eres tan obstinada como tu madre. Ni bien le cont&eacute; de mis intenciones, me cerr&oacute; todos los grifos de una comunicaci&oacute;n adulta con ella&rdquo;.<\/p>\n<p>Al hombre, de cabello antes color azabache y ahora casi completamente canoso, se le empa&ntilde;aba la mirada al recordar esas palabras. Mamani era un hombre que por varias d&eacute;cadas reneg&oacute; de sus or&iacute;genes amerindios, y sobre todo de sus or&iacute;genes bolivianos, aunque siempre que publicaba una obra lo hac&iacute;a con su nombre completo, y era principalmente porque nunca le gustaron los pseud&oacute;nimos. Cada vez que alg&uacute;n curioso o curiosa le preguntaba, sin ninguna maldad y por ejemplo, si era aimara, o chorote, o colla, o guaran&iacute;, o mapuche, o quechua, o tehuelche, o toba, o lo que fuere que le pareciera, sol&iacute;a responder con una sola oraci&oacute;n: &ldquo;Yo soy argentino y solamente argentino&rdquo;. Como si en aquella gran naci&oacute;n no hubiera nadie aut&oacute;ctono que perteneciera a las ya mencionadas etnias. Otras veces sol&iacute;a responderles a estos curiosos con una oraci&oacute;n en la que se refer&iacute;a a s&iacute; mismo como un ciudadano del mundo, cosa que era verdad, pero no daba ninguna especificaci&oacute;n. Siempre le incomodaba que le hiciesen ese tipo de pregunta.<\/p>\n<p>Aunque despu&eacute;s, hace poco tiempo de hecho, empez&oacute; a tener un renovado y algo energizado aprecio por su pa&iacute;s de origen, aunque nunca lleg&oacute;, ni llegar&aacute; nunca, a tocar esas aguas turbias de tal nacionalismo que es asesino de toda objetividad y serenidad. Quiz&aacute;s porque mientras m&aacute;s viejo se hac&iacute;a, y mientras m&aacute;s cuenta se daba de lo lejos que ha llegado, viniendo desde los subsuelos del desamparo y la desesperanza afectiva, m&aacute;s verg&uuml;enza le daba darse ese lujo, esa insolencia o ese escudo psicol&oacute;gico, dependiendo de las circunstancias o del contexto.<\/p>\n<p>Y en parte quiz&aacute;s tambi&eacute;n fue porque ten&iacute;a, y tiene, una muy buena y afable relaci&oacute;n con algunos miembros de la comunidad boliviana en Espa&ntilde;a, que a veces lo invitan a algunas de sus reuniones o vienen de otras ciudades de aquel pa&iacute;s a regalarle unos libros de escritores conocidos y desconocidos, j&oacute;venes o longevos, de aquella peque&ntilde;a naci&oacute;n sin mar y sin playas. Pero no lo convenc&iacute;an, ninguno de aquellos autores lo terminaban de convencer, si los le&iacute;a era para buscar met&aacute;foras o cualquier descripci&oacute;n que sonara a lenguaje simb&oacute;lico o figurado. Peor era el trato que le daba a las obras de Carlos Mesa, que lo aburr&iacute;an soberanamente. Autom&aacute;ticamente los tiraba al tacho de basura. Los &uacute;nicos literatos de Bolivia que le llegaban a gustar eran Adela Zamudio, &Oacute;scar Alfaro y Franz Tamayo, cuyos trabajos le&iacute;a en internet.<\/p>\n<p>Y s&iacute;, Mauricio Mamani en algo se parec&iacute;a a la p&aacute;lida In&eacute;s. Los dos tuvieron una infancia triste, y los dos tambi&eacute;n ten&iacute;an, o tuvieron en su tiempo, en unos de los peores momentos de sus vidas, un enorme poder de resiliencia. Quiz&aacute;s sea por ello la gran fascinaci&oacute;n que sent&iacute;a &eacute;ste por ella y su historia, a pesar de la corta adultez de &eacute;sta.<\/p>\n<p>Pero volviendo a lo de In&eacute;s, hab&iacute;a en cierta novela, que todav&iacute;a no sab&iacute;a si era del g&eacute;nero biogr&aacute;fico, rom&aacute;ntico o er&oacute;tico, unos p&aacute;rrafos muy descriptivos que la molestaban m&aacute;s que cualquier otro, y eso que reci&eacute;n iba por la p&aacute;gina veinte. Cito:<\/p>\n<p>&ldquo;La boca de In&eacute;s era una boca viciosa, muy generosa a la hora de hacer el amor con Alejandro, m&aacute;s generosa con &eacute;l que con el bueno pero sopor&iacute;fero de Sebasti&aacute;n, que estaba m&aacute;s ocupado en trabajar y en enfrentar a sus propios demonios internos que en atender emocional y sexualmente a su novia. Una boca que se mov&iacute;a l&iacute;nea por l&iacute;nea y que contaba historias con cada beso, que llegar&iacute;an a conmover a cualquier var&oacute;n enamorado con algunas de ellas. Era una boca suave y dulzona que, al momento de jugar con las debilidades carnales de un hombre, o de otro, era capaz de adormecerle las nociones de espacio y tiempo por un rato, no una sino varias veces, y as&iacute; hasta que le empezara a doler la mand&iacute;bula.<\/p>\n<p>La lengua de In&eacute;s era una lengua atrayente y seductora. Una lengua simp&aacute;tica, alegre, risue&ntilde;a y graciosa hasta en los momentos m&aacute;s infartantes. Sus mejillas eran de miel, deliciosas, e impregnaban ternura. Su cuello era demandante de cari&ntilde;o. Sus ojos centelleaban y echaban chispas de sentimiento con mucha facilidad. Si su novio Sebasti&aacute;n le dec&iacute;a unas modestas palabras bonitas, y enseguida &eacute;stos se humedec&iacute;an, y si Alejandro le recitaba una de sus frases o uno de sus poemas dedicados a ella, y los ojos de &eacute;sta al medio minuto rebalsaban de l&aacute;grimas. Sus pechos eran blandos y frondosos, atrapantes y de mirada alta. Sublimes y divinos casi como un &aacute;ngel, con un surco que era ideal para dormirse una larga siesta. Sus piernas eran vibrantes, rutilantes e imploraban una buena compa&ntilde;&iacute;a. Sus pies eran espl&eacute;ndidos y sedosos. Sus posaderas eran apetecibles y parec&iacute;an sacadas de un molde por la forma que ten&iacute;an, que era insolente. Su entrepierna, era un r&iacute;o caliente de temperatura exaltante cuando se trataba de intimar con alguien que quer&iacute;a tanto como su propia respiraci&oacute;n.<\/p>\n<p>Su desnudez, &iexcl;ay Jesucristo, su desnudez! Qu&eacute; bien se llevaba &eacute;sta con la libertad. Su desnudez era imponente, radiante, efervescente, y una real invitaci&oacute;n al &eacute;xtasis. A la fascinaci&oacute;n. Al embelesamiento. Al arrobamiento incontenible.<\/p>\n<p>In&eacute;s; aquella encantadora In&eacute;s; aquella preciosa y cautivante In&eacute;s; aquella satisfactoria, complaciente y afectuosa In&eacute;s; aquella cari&ntilde;osa, afable, adorable y vulnerable In&eacute;s; esa hermosa jovencita de ojos color almendra, era, mir&aacute;ndolo desde un punto de vista psicol&oacute;gico, como un peque&ntilde;o cachorro desesperado porque le quieran con intensidad. &iquest;Pero c&oacute;mo no quererla? &iquest;C&oacute;mo no abrazarla? &iquest;C&oacute;mo no acariciarla o consolarla en su tristeza? Si ten&iacute;a, y tiene, todos los atributos para hacerse amar y no odiar. &iquest;Es un ser entra&ntilde;able? Darle una respuesta obvia a esa pregunta ser&iacute;a redundante, e incluso podr&iacute;a insultar la inteligencia de cualquier hombre aut&eacute;nticamente sensible&rdquo;.<\/p>\n<p>In&eacute;s, enjaulada por un espeso sedimento de ira, ni bien asimil&oacute; la &uacute;ltima letra del &uacute;ltimo p&aacute;rrafo, tir&oacute; el gordo libro con toda la fuerza de uno de sus brazos hacia una de las ventanas de su casa prefabricada que da a un improvisado patio trasero. Despu&eacute;s se sent&oacute; en una de las sillas de pl&aacute;stico, cerr&oacute; los ojos y contuvo la respiraci&oacute;n varias veces, buscando trepar hacia la calma, hasta que consigui&oacute; lograr llegar a esa necesaria cima, pero reci&eacute;n despu&eacute;s de una hora.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. 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