{"id":24651,"date":"2020-07-11T06:33:15","date_gmt":"2020-07-11T06:33:15","guid":{"rendered":""},"modified":"2020-07-11T06:33:15","modified_gmt":"2020-07-11T06:33:15","slug":"alejandro-el-blanquito","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/alejandro-el-blanquito\/","title":{"rendered":"Alejandro, el blanquito"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"24651\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 9<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>Tercera parte de una novela, que empez&oacute; con &quot;Mamani el boliviano&quot; y sigui&oacute; con &quot;Irina la rusa&quot;. Que voy desarrollando de a poco.<\/p>\n<p>Mamani, estaba fascinado por la estrafalaria apariencia de Alejandro &ndash;el blanquito&ndash;, desde que se lo cruz&oacute; por primera vez cuando estaba caminando con su hija Lesya, cerca del puente Nueve de Octubre un domingo h&uacute;medo y nublado de oto&ntilde;o. Era la primera persona con albinismo que hab&iacute;a visto tan de cerca y le pareci&oacute; algo muy curioso. Hasta se dio la vuelta para seguir vi&eacute;ndolo y su hija, que era un peque&ntilde;o bicho de cabello rubio &ndash;mi luci&eacute;rnaga de la vida&ndash;, hab&iacute;a hecho lo mismo. Curiosidad innata. Tambi&eacute;n se lo ha cruzado cerca del Palacio del Marqu&eacute;s de Dos Aguas un mi&eacute;rcoles fr&iacute;o y soleado de invierno, mientras estaba con otros miembros de la comunidad boliviana yendo a un restaurante. En otra ocasi&oacute;n fue igual pero en los alrededores del Teatro Principal de Valencia, un viernes ventoso de primavera. Siempre que lo ve&iacute;a le produc&iacute;a la misma sensaci&oacute;n. Le parec&iacute;a alguien de apariencia simp&aacute;tica. Simp&aacute;tica, pero tambi&eacute;n triste, la mirada del muchacho era muy parecida a la triste mirada que apenas dejaba de dar el argentino Ernesto S&aacute;bato, en una entrevista que le hicieron en un programa llamado Hora Clave con Mariano Grondona, all&iacute; por la &uacute;ltima d&eacute;cada anterior al a&ntilde;o dos mil.<\/p>\n<p>No lo quer&iacute;a admitir al principio, pero el chaval le inspiraba compasi&oacute;n. Una compasi&oacute;n que se comportaba como una bola de nieve de lenta ca&iacute;da, dentro de la conciencia del amerindio. El viejo de ojos peque&ntilde;os y cejas arqueadas hab&iacute;a llegado a una edad, y a un nivel de sensibilidad tal, en la que se fijaba mucho en ciertos detalles en las personas que ve&iacute;a al caminar, sobre todo los aquellos relacionados al estado de &aacute;nimo que expresaban, sin decirlo, en el tono de voz y en su forma de mirar.<\/p>\n<p>A partir de la cuarta coincidencia, durante un caluroso s&aacute;bado veraniego a cuadras del complejo de Ciudad de las Artes y las Ciencias, empez&oacute; a toparse con &eacute;l con m&aacute;s frecuencia, y casi siempre cerca de all&iacute;. El biso&ntilde;o debi&oacute; haber conseguido un trabajo en aquellos alrededores, pens&oacute; el hombre, que gustaba de vestir la mayor&iacute;a de las veces una camisa blanca con las mangas arremangadas. Y hubo un d&iacute;a, en que a Mamani se le ocurri&oacute; seguirlo, solo y a dos metros de distancia &eacute;l, sin que &eacute;ste se diera cuenta. Quiera saber a d&oacute;nde hac&iacute;a sus paradas. El s&oacute;lo hecho de verlo le daba nuevas ideas para escribir una nueva obra de ficci&oacute;n, justo cuando pensaba que ya estaba seco de ellas. Su intenci&oacute;n era hacerle una entrevista, y estaba dispuesto a pagarle algo de dinero por ello.<\/p>\n<p>Una de las paradas del joven rioplatense era el edificio en donde viv&iacute;a, pero Mamani no se quiso apurar en entrar y presentarse, no quer&iacute;a parecer un tipo raro o molesto como un testigo de Jehov&aacute;, ni mucho menos intimidarlo. Pero quer&iacute;a conocerlo, y estuvo d&iacute;as pensando en alguna estrategia viable. Otra de las paradas del emblanquecido joven era precisamente el lugar en donde se iba a ganar el pan, lugar que el amerindio termin&oacute; eligiendo para pagar sus facturas, a pesar de que quedaba algo lejos de donde viv&iacute;a. Y adem&aacute;s de eso tambi&eacute;n busc&oacute; una forma simple de alargar y hacer m&aacute;s frecuentes sus cortos encuentros con &eacute;l, yendo por cada factura que ten&iacute;a que pagar, a pesar de que todas le llegaban m&aacute;s o menos en la misma fecha. Eso no le cost&oacute; mucho esfuerzo, lo que s&iacute; le fue m&aacute;s dif&iacute;cil fue tratar de entablar una conversaci&oacute;n fluida con &eacute;ste, la gran brecha generacional no le ayudaba mucho. Pero al final se llev&oacute; una sorpresa. Una agradable sorpresa.<\/p>\n<p>Al albino le causaba algo de gracia, y de nostalgia, el peinado tipo copete miniatura que llevaba el amerindio. Le hac&iacute;a acordar al peinado que ten&iacute;a su abuelo adoptivo, que era due&ntilde;o de una ferreter&iacute;a, y que ya no est&aacute; en este mundo porque muri&oacute; hace tiempo de un infarto agudo de miocardio, la misma semana en que Alejandro se fue del Sur hispano en un avi&oacute;n. Una de las principales razones por la que ten&iacute;a un semblante tan melanc&oacute;lico, muy parecido al de In&eacute;s. Y aunque no era muy conversador, pod&iacute;a llegar a soltarse un poco si alguien le daba algunos empujones. A Mamani no le provocaba ninguna verg&uuml;enza decir algo fuera de lugar de vez en cuando para hacer re&iacute;r. La incomodidad de quien se incomode, ese detalle a &eacute;l no le quitaba el sue&ntilde;o y se le escurr&iacute;a como el agua.<\/p>\n<p>&ldquo;Che pibe, s&iacute; que eres lindo vos, &iquest;eh?&rdquo;, le dijo &eacute;ste una vez, antes de lanzar una sonada carcajada, aprovechando que no hab&iacute;a fila atr&aacute;s suyo. &ldquo;No, perd&oacute;name, es una pavada que a veces digo para romper un poco el Glaciar Perito Moreno. No me hagas caso. Cambiando de tema, &iquest;no me dices la hora? A mi reloj de mano se le acabaron las pilas&rdquo;. Alejandro no pudo evitar re&iacute;rse. &ldquo;No es cierto, desde ac&aacute; veo que la aguja se mueve. No subestime mi vista&rdquo;, le responde.<\/p>\n<p>&ldquo;No, ahora no la ves&rdquo;, le suelta &eacute;ste, escondiendo el reloj colocado en su mu&ntilde;eca derecha detr&aacute;s de su espalda, y con una sonrisa traviesa colocada en su rostro. Alejandro se sigue riendo. &ldquo;Qu&eacute; personaje. Bueno, ah&iacute; le digo la hora. Son casi las cinco y cuarto de la tarde, le queda tiempo para hacerse una escapada por ah&iacute; antes de la cena&rdquo;.<\/p>\n<p>&ldquo;&iquest;Y a d&oacute;nde voy a ir yo?&rdquo;, pregunta el amerindio, mencionando el &ldquo;yo&rdquo; como s&oacute;lo lo har&iacute;a otro compatriota nacido o naturalizado. &ldquo;Mi mujer me va a esperar con la bazuca cargada si llego tarde. Es a m&iacute; a quien le toca cocinar esta noche. Tengo pensado hacer unas empanadas salte&ntilde;as bolivianas&rdquo;.<\/p>\n<p>Mentira. Pero fue una mentira que a &eacute;ste le funcion&oacute; bien.<\/p>\n<p>Y ah&iacute; vino la pregunta, que Alejandro le hizo de forma t&iacute;mida, casi avergonzado. &ldquo;&iquest;Es usted boliviano, se&ntilde;or?&rdquo;. Curiosidad innata. &ldquo;&iexcl;Un bolita! &iexcl;Yo soy un bolita! O un boliguayo, como dicen algunos all&aacute; en tu pa&iacute;s de origen&rdquo;, le responde &eacute;ste de forma irreverente. Demasiada confianza. Al albino el rostro se le puso rojo como un tomate de pera. &ldquo;No quise decir eso&rdquo;, musit&oacute; como queriendo disculparse. Bien que se notaba cuando &eacute;ste se avergonzaba.<\/p>\n<p>&ldquo;&iexcl;No! Ya s&eacute; que no. Estoy seguro que no, mirando c&oacute;mo te pusiste. De ac&aacute; a doscientos metros se nota que eres un pibe bueno&rdquo;, le dice Mamani queriendo tranquilizarle la conciencia. &ldquo;Te lo dice alguien sufri&oacute; en cuerpo y alma la espesa niebla contaminante del racismo, y el colmillo envenenado de la xenofobia&rdquo;, terminando la oraci&oacute;n haci&eacute;ndose el poeta.<\/p>\n<p>Esa &uacute;ltima frase lo despert&oacute; un poco a Alejandro, a quien le gustaba y estaba acostumbrado al lenguaje figurado, o a cualquier cosa que sonara a poes&iacute;a, y quiso cerrar el tema que &eacute;ste hab&iacute;a tocado con broche de oro. Y lo hizo.<\/p>\n<p>&ldquo;El odio es a la madurez social, lo mismo que el mazo y el cincel son al ladrillo&rdquo;.<\/p>\n<p>&ldquo;&iexcl;Exacto! &iexcl;Exacto, muchach&oacute;n!&rdquo;, exclam&oacute; Mamani, reafirmando su postura moviendo la cabeza, sonriendo forzosamente para no querer aparentar estar demasiado serio por escuchar aquella frase. Y ese, es uno de los primeros ejemplos de c&oacute;mo Mamani fue marcando territorio en el terreno de la confianza de Alejandro. Una cercan&iacute;a por parte del amerindio que al principio fue interesada, pero el tiempo y las circunstancias terminaron haciendo que &eacute;ste empiece a quererlo casi como otro de sus hijos.<\/p>\n<p>Era una realidad que el albino era, adem&aacute;s de ser poco conversador, alguien tambi&eacute;n de sonrisa cansada, como la que sol&iacute;a expresar Irina normalmente, incluso estando en su mejor estado de &aacute;nimo, desde que qued&oacute; hu&eacute;rfana de madre por causas naturales, cuando &eacute;sta s&oacute;lo era una criatura de seis a&ntilde;os. A Mamani le era imposible evitar hacer esa comparaci&oacute;n al principio. Era muy raro verlo re&iacute;rse a las carcajadas. Su mirada, por la naturaleza que ten&iacute;an sus ojos, tambi&eacute;n era llamativa, y su personalidad a simple vista, era serena la mayor parte de tiempo. Un aburrido, provocador de efectos somn&iacute;feros, llegaba a opinar sobre s&iacute; mismo, y el amerindio le daba la raz&oacute;n pero a medias, haciendo una broma en referencia a su carencia de pigmentaci&oacute;n en la piel. Otras veces le restaba importancia al asunto dici&eacute;ndole &ldquo;&iexcl;est&aacute; bien!&rdquo;.<\/p>\n<p>Hab&iacute;an pasado entre dos y tres meses desde su primer encuentro, entre charlas y conversaciones que algunas eran triviales pero otras eran m&aacute;s profundas. Hab&iacute;a pasado un tiempo en que al hombre, cuya voz era sobria y atractiva en lo formal y hasta graciosa en lo informal, le fue m&aacute;s que suficiente para empezar a mostrarle al albino peque&ntilde;as fotograf&iacute;as de su primera familia que ten&iacute;a en su billetera, y algunas fotos que ten&iacute;a en su tel&eacute;fono m&oacute;vil de su actual familia, y de su hijo biol&oacute;gico, un profesor de literatura general, cuyo nombre completo era Luriel Yaguat&iacute; Guyray&uacute; Mamani.<\/p>\n<p>Alejandro, ni bien observ&oacute; las primeras im&aacute;genes, se sorprendi&oacute;. Su vista estaba m&aacute;s abierta de lo normal, y sonriendo traviesamente, lanz&oacute; un comentario ir&oacute;nico. &ldquo;Se parecen mucho a usted. Todos ellos est&aacute;n calcados salvo por el hombre m&aacute;s joven&rdquo;, dijo justo antes de hacer su primera risa fuerte en mucho tiempo, achinando sus ojos. Mamani le sigui&oacute; el juego. &ldquo;&iexcl;S&iacute;! Es m&aacute;s, siempre hay alguno que me pregunta, Mauricio, &iexcl;&iquest;est&aacute;s seguro de que es tu hijo?! Yo les respondo que no s&eacute;, que no estoy del todo seguro&rdquo;. Y el albino rio, rio y rio como nunca lo hizo desde que puso sus pies en su nuevo pa&iacute;s. Ese comentario le caus&oacute; tanta gracia, que su carcajada se escuch&oacute; por todo el local. Parec&iacute;a un ni&ntilde;o. Se escuch&oacute; a tal punto que el due&ntilde;o del lugar, un anciano a quien no le gustaban los ruidos estridentes, se baj&oacute; del piso de arriba preguntando qu&eacute; estaba pasando. El amerindio habl&oacute; por &eacute;l.<\/p>\n<p>&ldquo;Tranquilo hombre, estamos entre amigos&rdquo;.<\/p>\n<p>Como bien se dijo en un principio, Alejandro segu&iacute;a teniendo presencia en la vida de In&eacute;s, pero no era una presencia comparable a una luz apenas perceptible, &eacute;l y ella segu&iacute;an en contacto casi a diario por correo electr&oacute;nico o por mensajer&iacute;a m&oacute;vil. Y no era que conversaban de asuntos solamente banales. &Eacute;sta le hablaba de sus problemas de convivencia con Sebasti&aacute;n, de las dificultades que todav&iacute;a tiene para adaptarse a la vida en pareja, e incluso de sus a veces fuertes deseos de querer terminar su relaci&oacute;n con &eacute;l, y de mandarlo al diablo. No era inofensivo ni tampoco inocente lo que hac&iacute;a, y lo sab&iacute;a bien. Ella quer&iacute;a que el albino reaccionara. No quer&iacute;a sus condolencias, menos su condescendencia. Quer&iacute;a que le dijera lo que realmente pensaba de todo ello, y lo m&aacute;s importante, quer&iacute;a que le dijera lo que realmente pensaba de ella. Incluso no vacilaba nunca al decirle lo mucho que extra&ntilde;aba su cercan&iacute;a o las palabras bonitas que le dec&iacute;a delante de quien fue su amigo desde los seis a&ntilde;os, y de lo mucho que ha llorado cuando se fue.<\/p>\n<p>&ldquo;Te extra&ntilde;o, mi bicho&rdquo;, es lo que sol&iacute;a decirle In&eacute;s por tel&eacute;fono, durante sus quince minutos de descanso en la panader&iacute;a, que casi siempre tiene clientela. Entre varias llamadas, hubo un d&iacute;a Alejandro fue m&aacute;s all&aacute; de sus propias l&iacute;neas de auto-censura, hacia donde &eacute;sta quer&iacute;a que llegara, y le dijo, titubeante, algo mucho m&aacute;s contundente al otro lado del m&oacute;vil, que ya ven&iacute;a d&iacute;as preparando en su cabeza:<\/p>\n<p>&ldquo;No me gusta decirte que te extra&ntilde;o In&eacute;s. No me gusta nada, es una de las cosas que m&aacute;s detesto hacer. Porque extra&ntilde;arte me duele, me duele mucho. En lugar de eso preferir&iacute;a tenerte cerca de m&iacute;o para juntar tu boca con mi boca, entrelazar tu lengua con mi lengua, que tiene ganas reales de pecar contigo, pensando que estoy haciendo uno de los mejores viajes de mi vida. Poner mi mejilla contra la tuya y coquetear con la idea de que estoy realizando uno de los viajes m&aacute;s lindos de mi vida. Recorrer tu tibio cuello con mis labios e imaginar que estoy haciendo uno de los viajes m&aacute;s inolvidables de mi vida. Meterme en tu cabello con mi nariz a ojos cerrados, usando la misma calma con que tarda en fundirse la miel en una taza de t&eacute; de lim&oacute;n, y sentir que estoy realizando uno de los m&aacute;s hermosos viajes de mi vida. Explorar tus piernas rutilantes con mis besos, descubrir tu espalda a trav&eacute;s de mis besos, y fantasear con la idea de que estoy haciendo uno de los viajes m&aacute;s memorables de mi vida&rdquo;.<\/p>\n<p>In&eacute;s no dijo nada, su garganta parec&iacute;a tapada, y al principio se qued&oacute; muda, pero despu&eacute;s se escuchaba que su respiraci&oacute;n se hab&iacute;a acelerado m&aacute;s. La llamada termin&oacute; abruptamente con un sollozo de mujer. In&eacute;s empez&oacute; a dudar de si realmente eso era lo que quer&iacute;a escuchar. Le dijo a su empleadora que se sent&iacute;a mal, y esa tarde se fue temprano a su casa de paredes interiores sin revocar.<\/p>\n<p>Despu&eacute;s de haber pasado un tiempo desde aquella llamada, entre disculpas, reproches, silencios inc&oacute;modos y otras conversaciones de naturaleza po&eacute;tica y rom&aacute;ntica, In&eacute;s empez&oacute; a seguirle el juego, y fue ella quien despu&eacute;s empez&oacute; a saltarse sus propios l&iacute;mites, ense&ntilde;&aacute;ndole a &eacute;ste el cobre de sus m&aacute;s hondos sentimientos y deseos por &eacute;l, sobre todo en los d&iacute;as en los que acababa de tener alguno de los disgustos, que ya eran normales, de la convivencia con Sebasti&aacute;n.<\/p>\n<p>&ldquo;Te quiero dentro de m&iacute;, Alejandrito, te quiero dentro de m&iacute; mientras mis piernas est&aacute;n igual que un abanico ocupando el mayor espacio posible, y encerrando tambi&eacute;n uno de mis hinchados pezones con tu boca h&uacute;meda y caliente, mim&aacute;ndome una de mis aureolas hasta hervirla&rdquo;, era uno de sus mensajes escritos por celular. En otros hasta le mandaba por correo electr&oacute;nico fotos suyas sugerentes, cuya contrase&ntilde;a guardaba celosamente. A veces, estando vestida solamente por el aire, con el acompa&ntilde;amiento de una angelical sonrisa y una dedicatoria.<\/p>\n<p>&ldquo;Alejandrito, quiero que saborees mi mariposa, que est&aacute; inquieta por recibir tu atenci&oacute;n. Que tomes aire y la saborees de nuevo, repetidamente hasta que est&eacute; absorbida por el momento. Quiero que la alegres, la diviertas, la complazcas y la dejes contenta. Subiendo y bajando por su centro, subiendo y bajando. Sorprenderla enrollando tu lengua para entrar y salir de ella de forma majestuosa. Quiero que sea tu ambici&oacute;n encari&ntilde;arla con tus delgados dedos dentro de ella, sac&aacute;ndolos y meti&eacute;ndolos a un ritmo constante, suave y relajadamente al principio, y luego de manera fren&eacute;tica, enriqueci&eacute;ndomela siempre de cosquillas, buscando mis gemidos y mis gritos. Con un dedo, dos, quiz&aacute;s sean tres, trabajando en ese peque&ntilde;o valle. Todos esos dedos, queriendo unirse a su fiesta&rdquo;, fue una de aquellas dedicatorias.<\/p>\n<p>Estuvieron los dos as&iacute; durante la mayor parte del a&ntilde;o anterior a la publicaci&oacute;n del nuevo libro de Mamani. De ah&iacute; el gran porqu&eacute; de lo furiosa que se puso cuando lo ley&oacute;. Una novela que, para dicha suya y desdicha del amerindio y sobre todo de su editor, no tuvo muy buenas ventas en Espa&ntilde;a, a pesar de que pasaron ya varios meses.<\/p>\n<p>La mayor parte de la furia que ten&iacute;a In&eacute;s era m&aacute;s para Alejandro que para el otro hombre que no ten&iacute;a ni la m&aacute;s remota idea de qui&eacute;n se trataba y qu&eacute; tipo de relaci&oacute;n ten&iacute;a con el albino. La jovencita de labios gruesos y ca&iacute;dos segu&iacute;a amando al muchacho, y se hab&iacute;a vuelto a enamorar de &eacute;l, pero despu&eacute;s de ello casi todas sus ilusiones se hab&iacute;an diluido como el caf&eacute; y la espuma, sinti&eacute;ndose traicionada. Pero no le dijo nada al respecto sobre esa publicaci&oacute;n, y definitivamente dej&oacute; de contestarle todos sus mensajes. Al menos as&iacute; fue hasta que &eacute;ste le dijo que era cuesti&oacute;n de semanas en que iba a volver a Mar del Plata a hacerle una visita, despu&eacute;s de no haber pisado esa ciudad durante casi 4 a&ntilde;os. &ldquo;Cuando vengas quiero tener una larga y muy seria conversaci&oacute;n contigo&rdquo;, es lo &uacute;nico que le contest&oacute; despu&eacute;s de un mes sin hablarle.<\/p>\n<p>Alejandro, que estaba algo inquieto por ello, m&aacute;s o menos sab&iacute;a lo que estaba pasando con ella y por qu&eacute;. &ldquo;Ya debe saber de la existencia del libro&rdquo;, pens&oacute; dentro de s&iacute;. Un libro del que In&eacute;s se opuso decididamente a su creaci&oacute;n, m&aacute;s a&uacute;n a su posible impresi&oacute;n y publicaci&oacute;n. La sola idea de que un viejo extra&ntilde;o escriba sobre ella la espantaba, ya que era de personalidad t&iacute;mida y retra&iacute;da, y prefer&iacute;a el anonimato. Pero para el albino era imposible escribir sobre &eacute;l sin hablar de ella o de Sebasti&aacute;n, como de su madre, una m&eacute;dica pediatra que fue una de las profesionales de salud que le salv&oacute; la vida el mismo d&iacute;a en que naci&oacute; y fue abandonado en una bolsa de consorcio, y que incluso fue capaz de casarse por conveniencia para acelerar los tr&aacute;mites de su adopci&oacute;n. Cuando el amerindio le dijo de su propuesta, no s&oacute;lo le gust&oacute; la idea sino que lo emocion&oacute;, y su posibilidad de concreci&oacute;n le quit&oacute; por varias noches el sue&ntilde;o. Su alma se removi&oacute; como un cocinero remueve una sopera de caldo con una cuchara.<\/p>\n<p>&ldquo;Tienes muchas cosas interesantes que contar, pibe. Todos los ingredientes para convertirte en un personaje entra&ntilde;able a los ojos de los dem&aacute;s, y yo puedo ayudarte un poco en su magnificaci&oacute;n&rdquo;, le dijo el hombre de brazos altos y delgados al muchacho de hombros ca&iacute;dos, despu&eacute;s de haber o&iacute;do casi toda su historia de vida. Pero hab&iacute;a un gran detalle. A diferencia de In&eacute;s, Alejandro no hab&iacute;a le&iacute;do la obra &iacute;ntegramente sino hasta mucho despu&eacute;s. No le vio la necesidad, era sobre &eacute;l y no le causar&iacute;a ninguna sorpresa, pens&oacute;.<\/p>\n<p>Pens&oacute; mal, aunque Mamani tampoco era tonto. Acostumbrado a trabajar m&aacute;s con la m&aacute;quina de escribir que con la computadora, nunca tuvo la ingenuidad de mostrarle los borradores en los que se contaran detalles o cosas vergonzosas sobre &eacute;l, In&eacute;s, Sebasti&aacute;n u otras personas que aparecen en tal novela. En lugar de eso le mostr&oacute; los borradores que no pod&iacute;an llegar a serle censurables. El amerindio ya estaba decidido a publicar lo que ser&iacute;a uno de sus trabajos m&aacute;s ambiciosos, so&ntilde;ando con que sus posibles lectores y la cr&iacute;tica especializada le den la raz&oacute;n.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 9<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>Tercera parte de una novela, que empez&oacute; con &quot;Mamani el boliviano&quot; y sigui&oacute; con &quot;Irina la rusa&quot;. Que voy desarrollando de a poco. 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