{"id":27555,"date":"2021-01-14T03:59:12","date_gmt":"2021-01-14T03:59:12","guid":{"rendered":""},"modified":"2021-01-14T03:59:12","modified_gmt":"2021-01-14T03:59:12","slug":"la-profesora-melisa-y-su-sombra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/la-profesora-melisa-y-su-sombra\/","title":{"rendered":"La profesora Melisa y su sombra"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"27555\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">1<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 19<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>El fin del cuatrimestre estaba llegando a su fin. La profesora Melisa Gimeno estaba contenta de que su sufrimiento terminase al menos por unos meses. No es que no le gustara su trabajo, al contrario, amaba la docencia. Pero su otra mitad, esa otra Melisa, desde hac&iacute;a a&ntilde;os que no la dejaba vivir en paz.<\/p>\n<p>Eran incontables las p&eacute;rdidas que hab&iacute;a sufrido a causa de su otro yo: Trabajos, parejas, amigas&hellip; Cada vez que esa otra Melisa, esa sombra, tomaba el mando, dejaba un desastre a su paso. Pero tras algunos a&ntilde;os de terapia y con la ayuda de algunos medicamentos, logr&oacute; mantenerla en silencio durante casi un a&ntilde;o. No obstante, el miedo a quedar encerrada en esa profundidad oscura, siendo s&oacute;lo una espectadora de su propia vida, mientras esa otra tomaba el control, solo para hacer todo lo que ella jam&aacute;s har&iacute;a, la atormentaba d&iacute;a a d&iacute;a,<\/p>\n<p>Melisa lleg&oacute; al aula muy acalorada. Como se trataba de una universidad p&uacute;blica, el presupuesto no alcanzaba para instalar equipos de aire acondicionado, por lo que en d&iacute;as tan bochornosos como ese, se ve&iacute;a obligada a usar ciertas prendas que no deb&iacute;an usarse en un sal&oacute;n de altos estudios como ese. En este caso usaba un vestido floreado suelto, por donde se filtraba una brisa que se levantaba cada tanto, y se colaba por entre las aberturas de su prenda para refrescar su cuerpo h&uacute;medo.<\/p>\n<p>En el aula hab&iacute;a pocos alumnos, pues s&oacute;lo asistieron quienes hab&iacute;an rendido el recuperatorio. Los dem&aacute;s ya hab&iacute;an aprobado la materia.<\/p>\n<p>Todav&iacute;a le causaba cierta contrariedad pararse frente a la clase. El hecho de que muchos de ellos fueran incluso mayores que ella, la intimidaba. Apenas contaba con veinticinco a&ntilde;os y hab&iacute;a conseguido el puesto gracias a la ayuda de su severo padre, quien era el jefe de c&aacute;tedra. Muchas veces se hab&iacute;a dicho que jam&aacute;s terminar&iacute;a bajo las alas sobreprotectoras de su progenitor. Ahora que era adulta, no ten&iacute;a por qu&eacute; depender de &eacute;l. Sin embargo, sus fracasos en trabajos anteriores la obligaron a tragarse el orgullo y aceptar el puesto de profesora asistente en la c&aacute;tedra de sociolog&iacute;a.<\/p>\n<p>&mdash;Buenas tardes, chicos &mdash;salud&oacute;. Al inclinarse para apoyar su carpeta en el escritorio, sus bustos se asomaron. Not&oacute; la mirada de algunos de los chicos, en especial la de Mateo, un rubiecito delgado de veinte a&ntilde;os, quien desde hac&iacute;a rato la miraba con cara de enamorado, aunque Melisa sospechaba que lo que sent&iacute;a el muchacho no era precisamente amor&mdash;. Bueno, hoy vamos a estar s&oacute;lo un rato. Les digo las notas y damos por finalizado este cuatrimestre.<\/p>\n<p>La profesora tom&oacute; el listado con las notas. Hab&iacute;a aprobado a todos. Algunos no se lo merec&iacute;an, pero no quer&iacute;a lidiar con ex&aacute;menes finales, as&iacute; que regal&oacute; un punto extra a m&aacute;s de uno. Adem&aacute;s, no era que la materia sociolog&iacute;a fuera esencial para futuros licenciados en econom&iacute;a como ellos. Los alumnos se mostraron sumamente contentos cuando supieron que se acababan de sacar de encima a esa materia tediosa.<\/p>\n<p>Mientras Melisa se quedaba haciendo algunas anotaciones, los chicos iban pasando a su lado y la saludaban. Sin embargo, tres de ellos se quedaron parados frente a ella.<\/p>\n<p>&mdash; Profe, nosotros vamos a ir a tomar unas cervezas para festejar &iquest;No quiere venir con nosotros?<\/p>\n<p>El que la hab&iacute;a invitado era Carlos, un hombre de treinta a&ntilde;os, uno de los mayores del curso. Detr&aacute;s de &eacute;l, expectantes, estaban Lautaro, un chico que se peinaba de manera rebuscada y usaba gel, con un cuerpo delgado que sin embargo era musculoso; y su gran admirador, Mateo, que esperaba la respuesta de la profesora con las mejillas sonrosadas.<\/p>\n<p>&mdash; Claro, vamos. Pero no vayamos a los bares que est&aacute;n frente a la universidad, ll&eacute;venme a un lugar m&aacute;s alejado.<\/p>\n<p>Mientras se sub&iacute;a al auto de Carlos, quien llevar&iacute;a a los cuatro, a Melisa la asalt&oacute; la duda. &iquest;Por qu&eacute; dije que s&iacute;? Ciertamente durante un segundo se sinti&oacute; empujada hacia un abismo infinito, y las palabras que hab&iacute;a pronunciado las recordaba apenas como si se tratara de un sue&ntilde;o.<\/p>\n<p>Pens&oacute; que quiz&aacute;s era mejor disculparse y bajarse del auto. La otra Melisa acechaba desde muy cerca, y ella nunca pretend&iacute;a nada bueno. Sin embargo, se dijo que su sombra estaba muy debilitada. Si realmente pudiese tomar el control como lo hac&iacute;a antes, no lo hubiese hecho durante un tiempo tan corto. La medicina har&iacute;a su efecto, como siempre. El hecho de haber perdido el control durante unos segundos, seguramente se deb&iacute;a a que se encontraba paranoica por ser el &uacute;ltimo d&iacute;a de clases. Estaba obsesionada con que todo saliera bien. Deb&iacute;a mantener la calma. Adem&aacute;s, si actuaba de manera tan contradictoria y se arrepent&iacute;a de ir con sus alumnos, corr&iacute;a el riesgo de que descubrieran que hab&iacute;a algo raro en ella.<\/p>\n<p>Llegaron a un bar que quedaba a dos kil&oacute;metros de la universidad. Era un tugurio peque&ntilde;o y oscuro. Melisa se sinti&oacute; a gusto al no encontrarse con ning&uacute;n conocido, pero no cre&iacute;a buena idea que sus tres alumnos pensaran que ella avalaba una reuni&oacute;n tan &iacute;ntima con ellos.<\/p>\n<p>&mdash; Y cu&aacute;nto les falta para recibirse&hellip; de qu&eacute; piensan trabajar cuando lo hagan &mdash;inquiri&oacute; Melisa, dejando en claro que los tres, incluso Carlos quien era mayor que ella, eran alumnos y ella su profesora. Les gustara o no, no hab&iacute;a una relaci&oacute;n de igualdad entre ellos, y eso deb&iacute;an entenderlo.<\/p>\n<p>Mientras Melisa escuchaba las respuestas de los alumnos, sinti&oacute; como si una pastilla de clonazepam comenzara a hacer efecto en ella. Se sinti&oacute; dormirse. Crey&oacute; que se desplomar&iacute;a frente a ellos. Intent&oacute; decir algo, pero no pudo articular palabra, y los chicos no parecieron notar nada raro.<\/p>\n<p>Se despert&oacute;, agitada, escuchando una m&uacute;sica movida. Crey&oacute; que estar&iacute;a tirada en el suelo, o con la cabeza apoyada en la mesa, mientras los vasos de cerveza, volcados, derramaban el l&iacute;quido en el piso. Sin embargo, se encontr&oacute; bailando en medio del bar. Carlos la tomaba de la cintura, y su mano era tan grande que alcanzaba a rozarle el inicio de la nalga. Melisa se apart&oacute; de &eacute;l.<\/p>\n<p>&mdash; Mejor volvamos a la mesa, me agarr&oacute; sed.<\/p>\n<p>As&iacute; lo hicieron. Mateo parec&iacute;a molesto por la situaci&oacute;n. Probablemente se hab&iacute;a puesto celoso, pens&oacute; Melisa. Lautaro, en cambio, la miraba con una sonrisa de admiraci&oacute;n. &iquest;Hab&iacute;a hecho alg&uacute;n movimiento sensual mientras estaba dormida?<\/p>\n<p>Decidi&oacute; que deb&iacute;a salir de ah&iacute; cuanto antes. Si hab&iacute;a algo peor que quedar de espectadora mientras esa otra Melisa hac&iacute;a de las suyas, era quedarse dormida sin siquiera saber qu&eacute; suced&iacute;a. Eso pasaba muy de vez en cuando, y la &uacute;ltima vez que hab&iacute;a sucedido, la otra Melisa le hab&iacute;a dicho cosas tan horribles a su mejor amiga Karina, que ya no se volvieron a hablarse.<\/p>\n<p>Dej&oacute; pasar apenas unos minutos. Despu&eacute;s de vaciar el vaso de cerveza les dir&iacute;a que gracias por invitarla, pero deb&iacute;a volver a casa. Cuando estuvo a punto de hacerlo, su mente se sumergi&oacute; en una penumbra absoluta. Al volver en s&iacute;, se encontr&oacute; con el vaso de nuevo lleno. Los tres chicos la observaban, prestando suma atenci&oacute;n a lo que estaba diciendo.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;En qu&eacute; me hab&iacute;a quedado? &mdash;pregunt&oacute; Melisa.<\/p>\n<p>&mdash; Nos estabas hablando de la noche de a&ntilde;o nuevo &mdash;dijo Mateo, con su rostro ya no sonrosado, sino rojo.<\/p>\n<p>Melisa tambi&eacute;n enrojeci&oacute;. La noche de a&ntilde;o nuevo hab&iacute;a sido una de las &uacute;ltimas veces en que hab&iacute;a perdido el control de su cuerpo. El primero de enero hab&iacute;a amanecido en una cama desconocida, con dos vecinos que hab&iacute;an intentado seducirla incontables veces cuando eran m&aacute;s j&oacute;venes. Le hab&iacute;a costado mucho convencerlos de que s&oacute;lo fue una cosa del momento, y que el alcohol hab&iacute;a hecho su parte. De ah&iacute; que hab&iacute;a tomado la decisi&oacute;n de pedir ayuda profesional. &iquest;Hasta d&oacute;nde les hab&iacute;a contado? A juzgar por las miradas libidinosas, la historia hab&iacute;a avanzado mucho. Aquella noche, la otra Melisa la hab&iacute;a obligado a hacer cosas que nunca hab&iacute;a hecho. El que lo hiciera con dos hombres, s&oacute;lo era un detalle m&aacute;s. Al d&iacute;a siguiente le cost&oacute; sentarse, pues su trasero estaba muy adolorido. Y tuvo que ducharse muchas veces hasta que dej&oacute; de sentir el olor a semen impregnado en su piel.<\/p>\n<p>&mdash;Creo que esto est&aacute; haciendo m&aacute;s efecto del que imagin&eacute; &mdash;dijo Melisa, se&ntilde;alando la cerveza, con una sonrisa forzada&mdash;. Eso me pasa por no tomar casi nunca. Un vasito de birra y ya me hace efecto. Me van a disculpar caballeros, pero me voy a tener que retirar&mdash; agreg&oacute; la profesora, ya convencida de que deb&iacute;a huir de ese lugar. El hecho de generar una escena extra&ntilde;a ya no importaba. Lo esencial era escapar antes de que la otra Melisa tomase el control nuevamente.<\/p>\n<p>&mdash; Bueno profe, la llevo &mdash;se apresur&oacute; a decir Carlos.<\/p>\n<p>&mdash; No hace falta&hellip;<\/p>\n<p>De nuevo la oscuridad. Pero ahora pod&iacute;a ver a la otra Melisa hablando con los chicos. Sent&iacute;a su propia sonrisa traviesa en los labios, ve&iacute;a c&oacute;mo Mateo la miraba embelesado y confundido, a la vez que Carlos le hablaba. Finalmente se metieron los cuatro en el auto. Cuando Melisa recuper&oacute; el control, se hab&iacute;an internado en la ruta. Al menos en verdad iban en direcci&oacute;n a su casa.<\/p>\n<p>Carlos manejaba. Por alg&uacute;n motivo los otros dos chicos, Mateo y Lautaro, iban detr&aacute;s, junto a ella, uno a cada lado. Veinte minutos m&aacute;s y todo terminar&iacute;a. &iquest;C&oacute;mo evitar que la otra se apodere de nuevo de su voluntad? Melisa nunca supo c&oacute;mo hacerlo. La otra, la sombra, parec&iacute;a poder imponerse cuando le apetec&iacute;a. Tal vez el &uacute;nico motivo por el que no tomaba el control absoluto era porque ten&iacute;a un tiempo limitado para hacer de las suyas. Quiz&aacute;s esa alma oscura se agotaba con facilidad.<\/p>\n<p>&mdash; Por favor, d&eacute;jenme en mi casa, no quiero hacer ninguna estupidez &mdash;rog&oacute; Melisa. Pero enseguida se dio cuenta de que sus palabras no salieron de sus labios, s&oacute;lo se quedaron en su cabeza.<\/p>\n<p>Sin darse cuenta, ya hab&iacute;a perdido el control de nuevo. Pod&iacute;a escuchar el motor del auto y las bocinas de los otros veh&iacute;culos; pod&iacute;a percibir el olor a cerveza y a perfume de sus alumnos; pod&iacute;a sentir el viento fresco soplando sobre su piel; pero no pod&iacute;a decir nada, y su cuerpo ya no le respond&iacute;a. Sus piernas se descruzaron sin que ella lo haya querido hacer.<\/p>\n<p>Sinti&oacute; c&oacute;mo la otra Melisa giraba su rostro y miraba fijamente a Lautaro. Sus labios se acercaron a los del muchacho. Se unieron. La otra Melisa abri&oacute; la boca, y la verdadera Melisa sinti&oacute; la lengua torpe con sabor a menta de su alumno, que masajeaba la suya.<\/p>\n<p>Mateo se hab&iacute;a quedado petrificado viendo la escena, muerto de envidia.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;Te vas a quedar mirando o vas a hacer algo? &mdash; Le dijo la otra Melisa.<\/p>\n<p>Mateo la tom&oacute; de la cintura y la atrajo hac&iacute;a &eacute;l. Todo rastro del enamoramiento inmaduro que sent&iacute;a hasta hac&iacute;a algunos minutos hab&iacute;a desaparecido, para dar paso a la lujuria exacerbada. Estruj&oacute; los pechos de la profesora, mientras besaba sus labios con pasi&oacute;n. Melisa sent&iacute;a c&oacute;mo, contra su voluntad, sus pechos se hinchaban. Enseguida sinti&oacute; tambi&eacute;n la mano de Lautaro meti&eacute;ndose entre sus piernas. El chico masaje&oacute; la vulva por encima de la ropa &iacute;ntima, mientras el otro ahora le corr&iacute;a la hombrera del vestido y hac&iacute;a lo propio con el corpi&ntilde;o para empezar a chuparle los pezones. Carlos observaba con deleite desde el espejo retrovisor.<\/p>\n<p>La otra Melisa no dec&iacute;a nada, y no era mucho lo que deb&iacute;a hacer, s&oacute;lo dejaba que los chicos hicieran lo que quisieran con el cuerpo de la verdadera Melisa. Lautaro no tard&oacute; en correr la bombacha a un lado para meter un dedo en su sexo, el cual encontr&oacute; incre&iacute;blemente mojado.<\/p>\n<p>A la derecha se abr&iacute;a un extenso terreno descampado. Carlos gir&oacute; y se intern&oacute; en la oscuridad de ese campo de pasto alto. Melisa, resignada, se dio cuenta de que en cuesti&oacute;n de minutos seria violada por esos tres hombres. Un miedo la asalt&oacute; &iquest;Y si en la universidad se enteraban lo que estaba sucediendo? Si se tratara de un solo alumno, quiz&aacute; podr&iacute;a contar con su discreci&oacute;n, pero siendo tres&hellip; Era imposible que eso quedara ah&iacute;. La otra Melisa por fin lograr&iacute;a arruinarla de nuevo. S&oacute;lo bastaba con que uno de los tres le contara a alg&uacute;n amigo lo que hab&iacute;a pasado, y el chisme se desparramar&iacute;a como un virus. &iquest;Y si le sacaban una foto o la grababan mientras estaba de espectadora? La otra Melisa aceptar&iacute;a gustosa inmortalizar ese encuentro. Su padre jam&aacute;s la perdonar&iacute;a. El intachable profesor Gimeno, el sabio, la despreciar&iacute;a hasta el fin de los tiempos de s&oacute;lo enterarse de lo que estaba haciendo.<\/p>\n<p>El auto se detuvo a varios metros de la ruta. Mateo la hab&iacute;a despojado del corpi&ntilde;o y Lautaro le sac&oacute; la ropa interior. Ahora solo contaba con su vestido. La otra Melisa extendi&oacute; el cuerpo sobre el asiento trasero. En la oscuridad, sinti&oacute; el delgado cuerpo de Lautaro acomod&aacute;ndose encima de ella. Abri&oacute; las piernas.<\/p>\n<p>&mdash; Por favor no me cojan &mdash; se escuch&oacute; decir. Pero no fue ella la que habl&oacute;. Fue la otra Melisa, la sombra, que le hac&iacute;a una de sus bromas pesadas. A esas alturas no hab&iacute;a s&uacute;plica que valga, y ella lo sab&iacute;a. Era imposible refrenar a tres hombres ardientes, dos de ellos casi adolescentes con todas las hormonas alborotadas. Su pedido, contrario a su actitud, y m&aacute;s a&uacute;n, opuesto al movimiento que hac&iacute;a ahora, abriendo m&aacute;s las piernas, s&oacute;lo servir&iacute;an para enloquecer m&aacute;s a los chicos.<\/p>\n<p>En efecto, Lautaro hizo o&iacute;dos sordos y la penetr&oacute;. La otra Melisa gimi&oacute; como gata en celo, y la verdadera Melisa sinti&oacute;, desde su oscuridad infinita, el falo largo y tieso que se introduc&iacute;a en su sexo empapado.<\/p>\n<p>Mateo pareci&oacute; indeciso, pero a la tercera penetraci&oacute;n de su amigo, seguida de los desaforados gemidos, se decidi&oacute;. Arrim&oacute; la verga a los labios de la profesora. Ella, impotente, sinti&oacute; c&oacute;mo su mand&iacute;bula se abr&iacute;a. El falo corto y grueso entr&oacute; con timidez; el tronco se frot&oacute; con los labios, mientras se introduc&iacute;a lentamente. La lengua de la profesora comenz&oacute; a masajear el glande mientras el otro muchacho la penetraba, cada vez con mayor vehemencia. Sinti&oacute; en su paladar la textura del prepucio. La piel estaba corrida hacia abajo y el glande aparec&iacute;a totalmente desnudo. En su boca hab&iacute;a abundante saliva, por lo que Melisa sinti&oacute; c&oacute;mo un hilo de baba ca&iacute;a pat&eacute;ticamente y se estrellaba en el asiento del auto. Mateo gimi&oacute; debido a los h&aacute;biles masajes linguales que le propinaba la otra Melisa.<\/p>\n<p>&mdash; Tragala toda, puta &mdash;gru&ntilde;&oacute; el chico, quien ya le hab&iacute;a perdido todo el respeto a su preciada profesora.<\/p>\n<p>Hizo un movimiento p&eacute;lvico y le meti&oacute; el sexo por completo en la boca. Melisa sinti&oacute; un cosquilleo en su ment&oacute;n y su nariz cuando los abundantes vellos de su alumno hicieron contacto con su cara. Tambi&eacute;n sinti&oacute; los test&iacute;culos del muchacho bambolearse mientras la follaba por la boca.<\/p>\n<p>De repente, un flash.<\/p>\n<p>El temor de Melisa se hab&iacute;a hecho realidad. Carlos, quien se masturbaba en la penumbra, hab&iacute;a sacado el celular y le hab&iacute;a hecho una foto. La profesora saldr&iacute;a con su vestido corrido y arrugado, recostada sensualmente, mientras dos de sus alumnos la violaban sin darse cuenta.<\/p>\n<p>Sin embargo a su sombra no pod&iacute;a importarle menos el asunto. Segu&iacute;a comi&eacute;ndose a gusto la verga de Mateo, mientras sent&iacute;a los m&uacute;sculos contra&iacute;dos de Lautaro en su propio cuerpo. El muchacho comenz&oacute; a temblar y no tard&oacute; en eyacular sobre los muslos de su profesora. La otra Melisa agarr&oacute; la bombacha que estaba tirada en el suelo, y con ella se limpi&oacute; el semen del muchacho.<\/p>\n<p>Ahora se concentr&oacute; en Mateo. Agarr&oacute; el tronco del chico y comenz&oacute; a masajearlo fren&eacute;ticamente. Cerr&oacute; los ojos, al tiempo que su lengua se concentraba en la cabeza del pene. El l&iacute;quido preseminal ya sal&iacute;a en abundancia. Mateo profiri&oacute; un gemido ahogado. La tom&oacute; del cabello con violencia y escupi&oacute; toda la lujuria acumulada en su cara. Fue una eyaculaci&oacute;n abundante. El semen tibio se deslizaba por su rostro de piel clara. Melisa sinti&oacute; c&oacute;mo aquella viscosidad se met&iacute;a en su boca, cuando la otra Melisa comenz&oacute; a rejuntar todo el semen de su rostro para beber hasta la &uacute;ltima gota.<\/p>\n<p>Los muchachos bajaron del auto e intercambiaron lugares con Carlos. Era su turno. Melisa vio, impotente, c&oacute;mo su sombra se pon&iacute;a boca abajo. &ldquo;&iexcl;Por ah&iacute; no!&rdquo;, quiso gritar, pero la otra Melisa ya estaba flexionando las rodillas, ofreciendo el culo a su alumno.<\/p>\n<p>Carlos lo comprendi&oacute; a la perfecci&oacute;n. No pod&iacute;a esperar menos de una profesora tan guarra que no dudaba en acostarse con tres hombres, y para m&aacute;s esc&aacute;ndalo, todos ellos alumnos suyos. Le dio un beso negro con el que sabore&oacute; la perfecta y delicada piel. La lengua se frot&oacute; con fruici&oacute;n en el anillo de carne que hace de antesala al ano. Lo llen&oacute; de saliva. Luego le meti&oacute; un dedo.<\/p>\n<p>A Melisa no le doli&oacute;. De hecho se sorprendi&oacute; por la facilidad con que le entraron dos falanges. Sin embargo el sexo de Carlos no se asemejaba a un dedo. Melisa sinti&oacute; el glande arrimarse, y crey&oacute; imposible que eso se hiciera lugar para meterse adentro. Pero Carlos no ten&iacute;a treinta a&ntilde;os en vano. Sab&iacute;a tener paciencia y cuidado. Empuj&oacute; apenas. El sexo no entr&oacute; ni un poco, Melisa apenas sinti&oacute; su ano dilatarse. Empuj&oacute; de nuevo, y de nuevo. Su sombra gimi&oacute;, y Melisa sinti&oacute; c&oacute;mo unos mil&iacute;metros de dureza profanaban su culo.<\/p>\n<p>Lautaro y Mateo, sentados en los asientos delanteros, hab&iacute;an prendido las linternas de sus celulares para no perderse detalle de la escena. Carlos agarr&oacute; las nalgas de la profesora, y las estruj&oacute; con violencia mientras hac&iacute;a cortos movimientos p&eacute;lvicos, y su verga, lentamente, se introduc&iacute;a cada vez m&aacute;s.<\/p>\n<p>Melisa sinti&oacute; como si estuviese defecando, sin embargo, si bien era una sensaci&oacute;n un tanto dolorosa, le resultaba agradable.<\/p>\n<p>A esas alturas ya se hab&iacute;a rendido. No ten&iacute;a sentido luchar contra su sombra. Lo mejor era dejar que pase el momento. Sus alumnos har&iacute;an con su cuerpo lo que quisieran, y su sombra no pondr&iacute;a reparos en ello.<\/p>\n<p>Melisa escuchaba la respiraci&oacute;n agitada de Carlos, y los sonidos de la masturbaci&oacute;n fren&eacute;tica de los otros dos.<\/p>\n<p>De repente la otra Melisa hizo una jugada que jam&aacute;s hab&iacute;a hecho. Devolvi&oacute; el control de su cuerpo a Melisa. La profesora se encontr&oacute; ahora con la vista clavada en la ruta, desde donde se ve&iacute;an autos que circulaban, sin imaginar la escena que suced&iacute;a dentro de ese veh&iacute;culo. Carlos le daba sus &uacute;ltimas embestidas. Ella gimi&oacute;, y esta vez no pod&iacute;a echarle la culpa a su sombra, eran gemidos que sal&iacute;an de sus labios y de su alma. La verga de su alumno escarbando en su trasero la excitaban sobremanera. Melisa comenz&oacute; a masturbarse, se masajeaba el cl&iacute;toris mientras el hombre hac&iacute;a un esfuerzo por no acabar.<\/p>\n<p>Finalmente lleg&oacute; al orgasmo. Un &eacute;xtasis desquiciante atraves&oacute; su cuerpo como un rayo. La profesora explot&oacute; en un grito salvaje con el que exterioriz&oacute; el placer que sent&iacute;a. Carlos todav&iacute;a estaba adentro suyo, pero viendo que Melisa ya hab&iacute;a acabado, se sinti&oacute; libre. Retir&oacute; su verga con cuidado y eyacul&oacute; en las carnosas nalgas de la profesora.<\/p>\n<p>Ella recogi&oacute; su corpi&ntilde;o y se lo puso. La bombacha, que estaba manchada de semen, la tir&oacute; por la ventanilla. Alguien la encontrar&iacute;a y se preguntar&iacute;a qu&eacute; historia hab&iacute;a detr&aacute;s de esa prenda blanca de algod&oacute;n.<\/p>\n<p>Se acomod&oacute; el vestido. Estaba muy agitada.<\/p>\n<p>&mdash; Si les digo que nunca hice esto, quiz&aacute;s no me creer&iacute;an &mdash;dijo.<\/p>\n<p>&mdash; No ten&eacute;s que explicarnos nada &mdash;contest&oacute; Carlos, que se acomodaba frente al volante.<\/p>\n<p>Los otros chicos se sentaron a su lado nuevamente. Melisa se preguntaba si querr&iacute;an m&aacute;s.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;Pod&eacute;s borrar la foto por favor?<\/p>\n<p>&mdash; Claro, solo la saqu&eacute; por puro morbo &mdash;dijo Carlos.<\/p>\n<p>Le mostr&oacute; c&oacute;mo eliminaba la foto, pero Melisa sab&iacute;a que podr&iacute;a estar guardada en la nube.<\/p>\n<p>Carlos arranc&oacute; el auto. Se hizo un silencio un&aacute;nime. Mateo y Lautaro, ya crey&eacute;ndose con total impunidad, la manosearon durante todo el trayecto. Sus manos no paraban de meterse por adentro de su vestido.<\/p>\n<p>Cuando llegaron a su casa, ya estaban al palo de nuevo.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;Nos invit&aacute;s un caf&eacute;? &mdash;aventur&oacute; Mateo.<\/p>\n<p>&mdash; No puedo dejar que nadie me vea entrando con tres alumnos. Pap&aacute; vive cerca y los vecinos son muy chismosos &mdash;dijo Melisa.<\/p>\n<p>&mdash; Entonces podemos ir a otra parte &mdash;dijo Lautaro,<\/p>\n<p>&mdash; D&eacute;jenme ir, por favor.<\/p>\n<p>Los chicos, quiz&aacute;s intuyendo el estado bipolar en el que se encontraba la profesora, le abrieron la puerta y la dejaron ir.<\/p>\n<p>Ella entr&oacute; a su casa. Se dio una ducha y se acost&oacute;, sin poder dormir durante las siguientes horas. Su cabeza especulaba sobre las consecuencias de lo que la hab&iacute;a obligado a hacer la otra Melisa. Extra&ntilde;amente no pod&iacute;a odiarla, jam&aacute;s pudo hacerlo. Era una criatura solitaria que necesitaba liberarse cada cierto tiempo, y parec&iacute;a conformarse con eso; como un perro que viv&iacute;a confinado en el patio trasero de una casa y se pon&iacute;a contento cuando el due&ntilde;o lo sacaba a pasear una vez por d&iacute;a.<\/p>\n<p>Por m&aacute;s que diera mil vueltas sobre el tema, la conclusi&oacute;n siempre era la misma: Era imposible que los tres guardasen el secreto. Alguno iba a abrir la boca. Adem&aacute;s, todos conoc&iacute;an a muchos otros estudiantes de la universidad, de los cuales una buena cantidad ser&iacute;an alumnos suyos. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a pararse frente a la clase sospechando que todos conocer&iacute;an lo que sucedi&oacute; esa noche? La profesora Melisa enfiestada con tres alumnos. Vaya imagen que dejar&iacute;a en esa instituci&oacute;n donde su padre ten&iacute;a una reputaci&oacute;n intachable. &iquest;Y c&oacute;mo reaccionar&iacute;a &eacute;l al entrarse? De s&oacute;lo pensarlo, le dio escalofr&iacute;os.<\/p>\n<p>Vaya puta en la que me convertiste, le dijo a su sombra. No obstante el recuerdo de aquella org&iacute;a hizo que se llevara la mano a la entrepierna. &iquest;Era la otra Melisa la que hab&iacute;a movido el brazo? Se pregunt&oacute;. Pero sab&iacute;a que no era as&iacute;. Era ella misma, la profesora, la obediente, la recatada, la que ahora frotaba su cl&iacute;toris, mientras su sexo manaba abundante fluido al recordar la incre&iacute;ble culeada que le hab&iacute;a dado Carlos, y las manos ansiosas de los otros dos, que se met&iacute;an por todos lados.<\/p>\n<p>Melisa gimi&oacute;, y por una vez entendi&oacute; a la otra Melisa. Entendi&oacute; su desenfreno, su rabia, su lujuria. Entendi&oacute; que la felicidad no se encontraba en la autorrepresi&oacute;n, sino en el instinto. Siempre se sinti&oacute; atra&iacute;da por la voz gruesa y la mirada potente de Carlos. Siempre se sinti&oacute; tentada de complacer al mocoso de Mateo. Muchas veces se imagin&oacute; siendo pose&iacute;da y dominada por muchos hombres. La sumisi&oacute;n sexual le liberaba el alma. Melisa se humedeci&oacute; la mano con la lengua, sintiendo el sabor de sus propios fluidos. Llev&oacute; de nuevo la mano a su cl&iacute;toris. Las piernas se contrajeron; los muslos apretaron la mano; la espalda se arque&oacute;. Se sacudi&oacute; sobre la cama cuando alcanz&oacute; el &eacute;xtasis, con un grito org&aacute;smico que sonrojar&iacute;a a la puta m&aacute;s experta.<\/p>\n<p>&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;<\/p>\n<p>Pasaron cuatro d&iacute;as. Carlos le hab&iacute;a enviado varios mensajes, pero no contest&oacute; ninguno. Si bien le resultaba tentador un nuevo encuentro, necesitar&iacute;a de la espontaneidad de la otra Melisa para aceptarlo.<\/p>\n<p>Adem&aacute;s, el miedo segu&iacute;a acos&aacute;ndola. Estaba segura de que la &uacute;nica manera de convencer a los tres alumnos de que guardase el secreto, era sobornarlos con su propio cuerpo. Sin embargo, ella nunca lo har&iacute;a por su cuenta.<\/p>\n<p>Se hab&iacute;a levantado tarde, cerca del mediod&iacute;a. Como eran vacaciones no deb&iacute;a madrugar. Vest&iacute;a un diminuto short deportivo y una remera musculosa vieja, prendas que usaba de pijama.<\/p>\n<p>Se sorprendi&oacute; al ver a su padre en la sala de estar. El miedo la atraves&oacute; como una corriente el&eacute;ctrica. &iquest;Tan r&aacute;pido hab&iacute;a corrido el rumor? Ni si quiera hab&iacute;a clases. &iquest;Tan resentido estaba Carlos por no responder sus mensajes, que ya hab&iacute;a contado lo que sucedi&oacute;?<\/p>\n<p>Sin embargo, si bien el rostro de su padre reflejaba un enorme disgusto, no se ve&iacute;a lo horrorizado que deber&iacute;a verse al saber que su hija se hab&iacute;a entregado a tres alumnos.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;De verdad pensaste que no me iba a enterar? &mdash;le dijo el profesor Gimeno, jefe de c&aacute;tedra y eminencia universitaria.<\/p>\n<p>El hombre estaba sentado, con las piernas muy separadas, como era su costumbre. Ten&iacute;a algunos kilos de m&aacute;s y era enorme. Una barba candado y el par de ojos azules, lo hac&iacute;an lo suficientemente atractivo como para poder seducir a mujeres m&aacute;s j&oacute;venes. Aunque su fama de erudito tambi&eacute;n ayudaban.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;Qu&eacute; pas&oacute; pa? &mdash;pregunt&oacute; Melisa.<\/p>\n<p>El profesor Gimeno agarr&oacute; una carpeta llena de papeles que estaba sobre la mesa ratona.<\/p>\n<p>&mdash; Benitez, siete; Aristimu&ntilde;o, siete; Russo, siete&hellip; &mdash;ley&oacute; su padre&mdash; Estos ex&aacute;menes ni siquiera merecen un cuatro. &iquest;En qu&eacute; carajos estabas pensando? &mdash;le recrimin&oacute;. Cuando estaba con ella sol&iacute;a tomarse la libertad de despojarse de su lenguaje culto, y cuando se enojaba, no reparaba en usas palabras vulgares.<\/p>\n<p>&mdash; Pap&aacute;, yo&hellip;<\/p>\n<p>&mdash; &iexcl;Silencio! Ven&iacute; ac&aacute;. &mdash;le orden&oacute; &eacute;l.<\/p>\n<p>Melisa, temblorosa, fue a sentarse al lado de su padre. El profesor Gimeno acarici&oacute; su cabello. En su gesto se mezclaban el amor y la decepci&oacute;n. Y hab&iacute;a algo m&aacute;s. Algo aterrador que Melisa no se anim&oacute; a definir.<\/p>\n<p>&mdash; Siempre termin&aacute;s por decepcionarme.<\/p>\n<p>&mdash; No pap&aacute;, yo&hellip;<\/p>\n<p>&mdash; Ahora voy a tener que castigarte. No me gusta hacerlo, pero es lo que hay que hacer con las nenas que se portan mal.<\/p>\n<p>&mdash; Pero pap&aacute;, ya soy una mujer &mdash;Trat&oacute; de defenderse ella, con la voz temblorosa.<\/p>\n<p>&mdash; Aprobando a todos s&oacute;lo para no tener que trabajar en febrero&hellip; qu&eacute; verg&uuml;enza &mdash;dijo el profesor Gimeno&mdash;. Y lo peor es que de verdad pensaste que te pod&iacute;as salir con la tuya.<\/p>\n<p>La agarr&oacute; del brazo y la trajo hacia &eacute;l.<\/p>\n<p>&mdash; Pap&aacute;, me est&aacute;s lastimando &mdash;susurr&oacute; ella, confundida.<\/p>\n<p>&Eacute;l hizo o&iacute;dos sordos. Ahora apoy&oacute; su otra mano en la espalda de Melisa y empuj&oacute; hacia adelante. Melisa cay&oacute; encima de su padre. Su cuerpo qued&oacute; sobre el regazo del profesor.<\/p>\n<p>De repente una fuerte nalgada azot&oacute; su gl&uacute;teo.<\/p>\n<p>&mdash; &iquest;&iexcl;Qu&eacute; hac&eacute;s pap&aacute;!?<\/p>\n<p>Por toda respuesta el profesor Gimeno le dio otra nalgada.<\/p>\n<p>&mdash; Vas a aprender a comportarte.<\/p>\n<p>La situaci&oacute;n era una locura. &iquest;De verdad su pap&aacute; hab&iacute;a enloquecido y pensaba que a&uacute;n era una ni&ntilde;a? Por primera vez en su vida dese&oacute; que la otra Melisa ocupara su lugar. La situaci&oacute;n era demasiado bizarra y vergonzosa. Melisa dedujo, horrorizada, que su mentalidad desequilibrada era hereditaria.<\/p>\n<p>Pero la cosa apenas hab&iacute;a empezado. El profesor Gimeno baj&oacute; el short de Melisa, al mismo tiempo que su ropa interior. Su pomposo culo qued&oacute; completamente desnudo.<\/p>\n<p>&mdash; &iexcl;Pero pap&aacute; qu&eacute; hac&eacute;s! &mdash;exclam&oacute;. Pero no hab&iacute;a pronunciado las palabras. Sus s&uacute;plicas hab&iacute;an sido escuchadas. La otra Melisa, la sombra, hab&iacute;a tomado su lugar, y ella observaba todo desde un espacio on&iacute;rico.<\/p>\n<p>El padre azot&oacute; nuevamente sobre el culo desnudo. La otra Melisa, ap&aacute;tica y silenciosa, recib&iacute;a el castigo por ambas. Sin embargo Melisa tambi&eacute;n sent&iacute;a el ardor en la nalga.<\/p>\n<p>El padre le dio otra nalgada, y otra, y otra. Melisa pudo ver c&oacute;mo la monstruosa verga del profesor Gimeno se endurec&iacute;a debajo del pantal&oacute;n. Entonces el profesor, viendo que su hija estaba totalmente resignada a recibir el castigo que merec&iacute;a, absolutamente inm&oacute;vil, con el rostro escondido, decidi&oacute; aumentar el suplicio de la chica d&iacute;scola.<\/p>\n<p>La agarr&oacute; del cabello, oblig&aacute;ndola a levantar la cabeza. Le meti&oacute; un dedo en la boca y este se impregn&oacute; de la saliva de la chica. Acto seguido, apunt&oacute; el dedo al peque&ntilde;o hueco oscuro y lo meti&oacute; adentro.<\/p>\n<p>Melisa, desde las sombras, sinti&oacute; el ardor de su ano al recibir el &aacute;spero dedo, que se meti&oacute; casi por completo de un solo movimiento.<\/p>\n<p>Por fin empezaba a entender todo. La existencia de la otra Melisa no era casual. Horribles recuerdos reprimidos hab&iacute;an desencadenado la creaci&oacute;n de su otro yo, esa sombra que hac&iacute;a lo que ella no se animaba a hacer, y que ocupaba su lugar en los momentos m&aacute;s dif&iacute;ciles.<\/p>\n<p>Ahora pod&iacute;a ver todo desde una perspectiva m&aacute;s amplia. La otra Melisa no era su enemiga. Era quien la libraba de trabajos que detestaba, era quien la liberaba de la represi&oacute;n sexual que se autoimpon&iacute;a, era la que le sacaba de encima las malas amistades y los noviazgos t&oacute;xicos, era la que recib&iacute;a los castigos y guardaba los malos recuerdos, s&oacute;lo para ella.<\/p>\n<p>Su progenitor sac&oacute; el dedo del ano de la joven profesora, y se lo volvi&oacute; a meter. Sus otros dedos, cerrados en un semipu&ntilde;o, chocaron con violencia contra la nalga.<\/p>\n<p>&iquest;Hac&iacute;a cu&aacute;nto que pasaba eso? Se preguntaba Melisa, mientras su padre segu&iacute;a sometiendo a su sombra, quien largaba involuntarios gemidos. La otra Melisa hab&iacute;a aparecido hac&iacute;a ya siete a&ntilde;os. Hubo &eacute;pocas en que tomaba el control muy de seguido, y otras, como el &uacute;ltimo a&ntilde;o, donde apenas aparec&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a pasado hac&iacute;a siete a&ntilde;os? Su mam&aacute; hab&iacute;a muerto y se hab&iacute;a visto obligada a vivir con su controlador padre. A sus dieciocho a&ntilde;os Melisa ya era toda una se&ntilde;orita. Sus pechos, peque&ntilde;os pero erguidos, su piel tersa y suave, sus nalgas pulposas y de una redondez perfecta. El profesor Gimeno se hab&iacute;a encontrado no s&oacute;lo con su hija, sino con una mujer.<\/p>\n<p>Melisa record&oacute; todas las veces en que &eacute;l le dijo que ella, su dulce ni&ntilde;a, era incluso m&aacute;s bella que su madre cuando ten&iacute;a su edad. &ldquo;Sos su versi&oacute;n mejorada&rdquo; le hab&iacute;a dicho una vez. Un asco rabioso se apoder&oacute; de ella.<\/p>\n<p>Ahora el profesor Gimeno se despojaba de su ropa. De su gruesa verga venosa colgaban dos test&iacute;culos inmensos, que explicaban por qu&eacute; siempre se sentaba con las piernas exageradamente abiertas.<\/p>\n<p>Su sombra, esa que hac&iacute;a unos d&iacute;as hab&iacute;a tomado la iniciativa de acostarse con tres alumnos, ahora estaba inm&oacute;vil y sumisa, mientras su padre la agarraba de la cintura y la levantaba por el aire con una facilidad pasmosa.<\/p>\n<p>&iquest;Hab&iacute;a un pacto entre ambas Melisas que ella, la verdadera, no recordaba? &iquest;Su sombra se hac&iacute;a cargo de los sucesos m&aacute;s traum&aacute;ticos y como recompensa se tomaba la libertad de vivir una vida llena de lujuria? &iquest;O simplemente, ante cualquier tipo de acto sexual, la verdadera Melisa era empujada a las tinieblas?<\/p>\n<p>El profesor ten&iacute;a el cuerpo lleno de abundante vello negro. No solo el pecho y la pelvis. El brazo, las piernas, la espalda&hellip; todo en &eacute;l estaba cubierto de un enmara&ntilde;ado vello. El cuerpo de Melisa, en cambio, era blanco, fr&aacute;gil, y peque&ntilde;o. En cuanto a peso y a contextura f&iacute;sica no era ni la mitad de lo que era su padre. Por lo que mientras &eacute;l la sosten&iacute;a en el aire, y apuntaba su apabullante miembro al orificio de la vagina de Melisa, parec&iacute;a un gorila apunto de violar una gacela.<\/p>\n<p>Los brazos del profesor Gimeno Hicieron un movimiento hacia abajo, atrayendo el cuerpo de la chica hacia su sexo. Las piernas de ella estaban abiertas, sin oponer resistencia alguna. El falo se introdujo en ella, sin miramientos. Melisa sinti&oacute; la verga de su propio padre hundirse en ella. Era demasiado grande para ella, pero su sexo h&uacute;medo se dilat&oacute; con facilidad, disminuyendo considerablemente el dolor que deber&iacute;a sentir el sexo de una chica tan casta como pretend&iacute;a ser Melisa.<\/p>\n<p>El hombre, la bestia, copul&oacute; con su hija, cogi&eacute;ndosela de parado durante largos minutos. Cuando se agot&oacute;, la tir&oacute; sobre el sof&aacute;. Se arrodill&oacute;, y sabore&oacute; la concha de Melisa. Cuando la lengua se frot&oacute; con insistencia en el cl&iacute;toris, el cuerpo de la chica no tuvo m&aacute;s opci&oacute;n que sentirse excitado. Su alma sent&iacute;a repugnancia, pero un gemido se escap&oacute; de sus labios.<\/p>\n<p>Entonces Melisa se dio cuenta que ahora era ella la que estaba en el sof&aacute;, con la piernas abiertas, y el rostro de su pap&aacute; hundido entre ellas. Pero no, no era ella sola, ahora estaban las dos, y eran una misma persona despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os. Los recuerdos resucitaron todos juntos, y le dio una terrible jaqueca cuando atravesaron se cabeza a la vez.<\/p>\n<p>Ahora recordaba aquella primera irrupci&oacute;n nocturna. Su padre crey&oacute; que estaba dormida. Le corri&oacute; las s&aacute;banas a un costado, acarici&oacute; su cuerpo y se masturb&oacute; frente a su cara. Ella no pod&iacute;a tolerar una verdad tan repulsiva, por lo que enterr&oacute; ese recuerdo, y as&iacute; naci&oacute; la otra Melisa, la sombra.<\/p>\n<p>La segunda, vez, apenas unos d&iacute;as de esa primera violaci&oacute;n, el profesor Gimeno no se hab&iacute;a podido contener las ganas de hacer algo m&aacute;s que rozar la sueva piel de su hija y masturbarse a unos cent&iacute;metros. Ahora el profesor, dominado por la lujuria m&aacute;s primitiva, en medio de la madruga, mientras Melisa dorm&iacute;a boca abajo, corri&oacute; la tanga de su hija a un costado y la penetr&oacute; suavemente. Sin embargo, con tremendo instrumento era imposible no despertarla. Melisa, quien casualmente estaba inmersa en un sue&ntilde;o lujurioso, crey&oacute; continuar en ese mundo on&iacute;rico mientras sent&iacute;a la verga meterse en su cavidad empapada de fluidos. Reci&eacute;n cuando el hombre estuvo a punto de acabar se dio cuenta de la verdad. Sin embargo, ya no era ella, era su sombra la que comenzaba a entender todo. La otra Melisa no se dio vuelta a mirar cuando el profesor Gimeno comenz&oacute; a jadear mientras eyaculaba. Qued&oacute; boca abajo mientras su padre volv&iacute;a a su cuarto.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente Melisa no recordaba nada. El profesor Gimeno, al ver la actitud normal de su hija, se convenci&oacute; de que aquellas noches eran una especie de tiempo sagrado, donde pod&iacute;a romper las barreras de la moral y las convenciones sociales. Sus encuentros se repitieron una y otra vez. El profesor Gimeno la visitaba, bajo el abrigo de la oscuridad, la pose&iacute;a, volv&iacute;a a su cama, al otro d&iacute;a todo era como si nada hubiese pasado, y a la noche volv&iacute;a a violarla.<\/p>\n<p>Pero el profesor rompi&oacute; la regla que &eacute;l mismo se hab&iacute;a inventado en su cabeza. No conforme con adue&ntilde;arse de sus noches, ahora empez&oacute; a poseerla en otras circunstancias. Lo que m&aacute;s lo excitaba era verla llena de miedo.<\/p>\n<p>En una ocasi&oacute;n, cuando la despidieron de un trabajo de recepcionista en una concesionaria de autos, el profesor Gimeno hirvi&oacute; de ira. Lo cierto era que la otra Melisa se hab&iacute;a encargado de mandar a la mierda a su jefe, pues era un explotador y un acosador. Pero eso &eacute;l no lo sab&iacute;a. Hab&iacute;a agarrado a Melisa del brazo y la hab&iacute;a puesto contra la pared. &ldquo;Ahora te voy a tener que castigar&rdquo; le hab&iacute;a dicho. La Melisa de veinte a&ntilde;os llevaba una pollera de jean y una tanga blanca. Por lo que al profesor no le cost&oacute; mucho trabajo meter su mano por debajo de la pollera y arrancarle la tanga de un tir&oacute;n, para luego violarla a su gusto.<\/p>\n<p>Ahora Melisa, mientras sent&iacute;a su sexo siendo devorado por la lengua del profesor, la cual parec&iacute;a una enorme babosa que la llenaba de saliva, se preguntaba por qu&eacute; su sombra jam&aacute;s la hab&iacute;a protegido de su padre. &iquest;Acaso &eacute;l era su punto d&eacute;bil? Hab&iacute;a una extra&ntilde;a fidelidad a ese ser siniestro. O tal vez era el miedo, a que la verdadera Melisa se viera obligada a asimilar la realidad y caer, esta vez enserio, en la completa locura.<\/p>\n<p>El profesor Gimeno se puso de pie. La agarr&oacute; con violencia del cabello y atrajo a Melisa hacia su verga. Vi&eacute;ndola de cerca parec&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s grande. La pelvis estaba cubierta por una abundante mata de vello, e incluso en la parte inferior del tronco hab&iacute;a alg&uacute;n que otro pelo. Melisa se lo llev&oacute; a la boca. Sinti&oacute;, en lo m&aacute;s profundo de su alma, c&oacute;mo la otra Melisa lloraba. El doctor Gimeno retir&oacute; su miembro, y, para m&aacute;s humillaci&oacute;n, empez&oacute; a usarlo para darle golpes en el rostro. Era una versi&oacute;n sexualizada de los azotes que recib&iacute;an los esclavos anta&ntilde;o. Luego volvi&oacute; a meter la verga en la boca de su hija.<\/p>\n<p>Entonces Melisa decidi&oacute; que esa retorcida historia deb&iacute;a llegar a su fin. El profesor Gimeno met&iacute;a su instrumento m&aacute;s y m&aacute;s adentro. Los test&iacute;culos colgaban a cent&iacute;metros del ment&oacute;n de Melisa. Con una mano, agarr&oacute; el tronco. El profesor Gimeno, extasiado, ve&iacute;a c&oacute;mo por primera vez su hija tomaba una actitud activa en la relaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Entonces Melisa extendi&oacute; su otra mano. Us&oacute; las yemas de los dedos para acariciar con ternura las bolas peludas. El profesor se estremeci&oacute; de placer. Luego Melisa cubri&oacute; uno de los test&iacute;culos con su mano. Era tan grande que sus peque&ntilde;os dedos apenas alcanzaban a rodear tosa su circunferencia. El profesor Gimeno, embriagado de placer, no sospechaba lo que estaba a punto de suceder. Melisa cerr&oacute; su mano, convirti&eacute;ndola casi en un pu&ntilde;o. El enorme test&iacute;culo se hab&iacute;a hecho muy peque&ntilde;o dentro de la mano. Lo sent&iacute;a blanduzco. El profesor profiri&oacute; un grito de animal herido, de animal torturado. Melisa temi&oacute; que su enorme cuerpo cayera sobre ella, pero el acad&eacute;mico se desplom&oacute; hacia un costado.<\/p>\n<p>Melisa corri&oacute; hacia la cocina, agarr&oacute; el cuchillo m&aacute;s grande que encontr&oacute;. Comprob&oacute; que el dolor en los test&iacute;culos era tan terrible como sol&iacute;an decir. El profesor Gimeno a&uacute;n estaba tirado con las manos entre las piernas. Ahora hac&iacute;a un esfuerzo descomunal por ponerse de pie, sin poder lograrlo. Parec&iacute;a un oso que hab&iacute;a pisado una trampa en el bosque.<\/p>\n<p>Melisa se acerc&oacute; a &eacute;l. El miedo, la confusi&oacute;n, y la rabia se mezclaron en un gesto repulsivo.<\/p>\n<p>Melisa, de repente, vio todo rojo. Todo a su alrededor no era m&aacute;s que un gran manto escarlata. En medio de esa ceguera oy&oacute; gritos, s&uacute;plicas, insultos. Sinti&oacute; c&oacute;mo, por primera vez, era ella quien penetraba a su padre, una y otra vez. La mano le dol&iacute;a, y todo su cuerpo temblaba. Luego se desmay&oacute;.<\/p>\n<p>&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;&hellip;<\/p>\n<p>Se despert&oacute; sinti&eacute;ndose a&uacute;n con sue&ntilde;o. Lo que ten&iacute;a de bueno de estar en ese lugar era que pod&iacute;a dormir cuanto quisiera, o casi. El medicamento que le daban &uacute;ltimamente era muy potente, y la dejaban atontada la mayor parte del d&iacute;a. Estaba bien el hecho de pensar lo justo y necesario, pero a veces quisiera estar l&uacute;cida.<\/p>\n<p>Busc&oacute; debajo de su colch&oacute;n. Ah&iacute; estaban las cartas que les enviaban Mateo y Carlos. Las del primero sol&iacute;an ser escuetas, pero cargadas de sentimientos. Las de Carlos, siempre recordando aquel encuentro en el auto, y fantaseando con nuevas experiencias. Todas le serv&iacute;an para sobrellevar de la mejor manera posible su confinamiento. No ten&iacute;a mucho m&aacute;s que eso. Sus madre hab&iacute;a muerto hac&iacute;a mucho; su padre hab&iacute;a sufrido la justicia divina en sus propias manos; sus amigas eran pocas y sus lazos muy d&eacute;biles. Su &uacute;ltima pareja la hab&iacute;a traicionado con la que en ese momento era su mejor amiga, Karina, otro recuerdo que hab&iacute;a sido sellado por la otra Melisa. Ahora todo le cerraba. Ahora, con sus tortuosos recuerdos, encerrada entre esas cuatro paredes, estaba convencida de que se encontraba mejor que antes, con la verdad oculta en su interior como si fuese un c&aacute;ncer. Ya no necesitaba a la otra Melisa, porque ahora eran una sola. Su sombra ya no necesitaba esconderse. Quiz&aacute;s alg&uacute;n d&iacute;a, podr&iacute;an ser libres de nuevo.<\/p>\n<p>Fin<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. 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