{"id":30679,"date":"2021-08-03T06:02:56","date_gmt":"2021-08-03T06:02:56","guid":{"rendered":""},"modified":"2021-08-03T06:02:56","modified_gmt":"2021-08-03T06:02:56","slug":"reina-por-un-dia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/reina-por-un-dia\/","title":{"rendered":"Reina por un d\u00eda"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"30679\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>Ana se abraza a m&iacute; en la cama, mientras yo le besaba el cuerpo en la oscuridad de su habitaci&oacute;n. La hab&iacute;a conocido aquella misma noche en un bar. Iba vestida de forma m&aacute;s modesta que el resto de sus amigas, y daba una impresi&oacute;n de timidez. Al principio rechaz&oacute; mis avances, dici&eacute;ndome que no estaba interesada en ligoteos en estos momentos. Entonces le dije: &ldquo;eso es porque nunca te han tratado como a una Reina&rdquo;. Solt&oacute; una risa, pero algo pic&oacute; su curiosidad porque sigui&oacute; hablando conmigo.<\/p>\n<p>Seguramente fue el tono natural con que lo dije, porque lo pensaba de verdad. Aquella chica me parec&iacute;a m&aacute;s linda que todas sus amigas, pero nadie m&aacute;s parec&iacute;a verlo, pues su comportamiento recatado lo ocultaba. Las horas fueron pasando aquella noche de viernes a s&aacute;bado y, quiz&aacute; con demasiado alcohol encima, acab&oacute; invit&aacute;ndome a su apartamento.<\/p>\n<p>Nos desnudamos y nos sumergimos en la cama. Al principio nos bes&aacute;bamos y toc&aacute;bamos, pero poco a poco ella dej&oacute; de hacerlo a medida que besaba y acariciaba todo su cuerpo, limit&aacute;ndose a abrazarme. Yo estaba enteramente centrado en ella, y buscaba la mejor manera de darle placer. Ella se iba dejando hacer, y poco a poco fui rodeando su cl&iacute;toris, hasta que acab&oacute; pidi&eacute;ndome que la lamiera. Comenc&eacute; a darle placer oral, y ella gem&iacute;a suavemente. Tuvo un orgasmo, pero no me detuve. Me pidi&oacute; que la penetrara, pero le dije que todav&iacute;a no. Segu&iacute; a ello, toc&aacute;ndole tambi&eacute;n los pechos y el cuerpo entero, buscando llevarla al &eacute;xtasis; cada vez gem&iacute;a m&aacute;s. Volvi&oacute; a pedir que la penetrara, y le dije que s&iacute;, en un ratito; pero segu&iacute; d&aacute;ndole placer oral. Ella empez&oacute; a agarrar las s&aacute;banas con fuerza, llena de tensi&oacute;n y, de forma natural y seguramente inconsciente, me enganch&oacute; el cuello entre sus piernas, forz&aacute;ndome contra su vagina, como diciendo: &ldquo;&iexcl;Sigue! &iexcl;sigue! &iexcl;No se te ocurra parar!&rdquo;. Al final, como en una explosi&oacute;n, tuvo varios orgasmos seguidos, gimiendo de forma primitiva y hasta violenta, y en aquel instante me apret&oacute; tanto entre sus piernas que no pude respirar. Finalmente me solt&oacute;, exhausta, y qued&oacute; tendida en la cama, sin prestarme atenci&oacute;n. Yo me puse junto a ella y segu&iacute; acarici&aacute;ndola.<\/p>\n<p>Al cabo de un rato, se puso de lado, mir&aacute;ndome con curiosidad, y en la oscuridad pude ver que los gestos con los que se mov&iacute;a hablaban de una mujer m&aacute;s segura de s&iacute; misma que la que hab&iacute;a conocido hac&iacute;a unas horas, y su pose, apoyando un codo sobre la cama y su cabeza sobre la mano como una reina egipcia o una patricia romana, era tan sensual y femenina que nadie habr&iacute;a podido ver en ella otra cosa que una codiciada y atractiva mujer, la mujer que yo intu&iacute; en aquel bar. Ella, por supuesto, no se daba cuenta: estaba siendo simplemente ella, igual que en el bar. Me espet&oacute; de repente, curiosa: &ldquo;oye, al final no me penetraste. &iquest;Por qu&eacute; no? Te lo ped&iacute; varias veces&rdquo;, acarici&aacute;ndome el pelo con una sonrisa coqueta y atrevida, a&ntilde;adi&oacute;: &ldquo;ten&iacute;a muchas ganas de tu pene. Quer&iacute;a sentirlo ah&iacute; abajo. Es mucho mejor que una lengua, amiguito&rdquo;. Yo le contest&eacute;, con un tono que no dejaba entrever en qu&eacute; grado hablaba en serio o en broma: &ldquo;&iquest;Recuerdas que te dije que te tratar&iacute;a como a una Reina? Bueno, pues eso pienso hacer todo el s&aacute;bado, y ver&aacute;s: los hombres perdemos el inter&eacute;s y las ganas cuando nos corremos. Si mi pene no queda contento, tu s&uacute;bdito seguir&aacute; ador&aacute;ndote con gusto todo el d&iacute;a&rdquo;. Ella se sorprendi&oacute;, y se rio de nuevo. &ldquo;&iexcl;Madre m&iacute;a! &iexcl;Esa contestaci&oacute;n no me la esperaba! Pero hombre, as&iacute; te quedas insatisfecho ah&iacute;, me da un poco de cosa, me hace sentir ego&iacute;sta. &iquest;Seguro que est&aacute;s bien conque las cosas acaben as&iacute; hoy?&rdquo;. Le contest&eacute;: &ldquo;mi satisfacci&oacute;n est&aacute; en tu placer&rdquo;. Se rio de nuevo, incr&eacute;dula pero divertida por la situaci&oacute;n. &ldquo;Claro, claro&rdquo;, dijo; &ldquo;y mis deseos son &oacute;rdenes tambi&eacute;n, &iquest;no?&rdquo;. Le contest&eacute;, un poco teatralmente: &ldquo;solo si no son ofensivos a su divina condici&oacute;n, Su Majestad. Comprender&aacute; que no puedo permitir que se rebaje a ser penetrada por un humilde siervo como yo, o a ensuciar sus manos cocinando&rdquo;. Ella no quiso hablar m&aacute;s, demasiado extra&ntilde;ada ya por todo aquello. Se despidi&oacute; entre risas y, d&aacute;ndome la espalda, se acost&oacute;; no sin antes darme, a&uacute;n incr&eacute;dula, una palmadita en mi pene erecto. &ldquo;Pues nada, hasta ma&ntilde;ana, &ldquo;s&uacute;bdito&rdquo;&rdquo;. Ella no sab&iacute;a c&oacute;mo tomarse todo aquello, pero yo sab&iacute;a algo que ella no: que el sexo es algo m&aacute;gico y misterioso, capaz de transformarnos; que la penetraci&oacute;n empodera al que penetra, y que el sexo oral empodera a quien lo recibe. Ella no se daba cuenta, pero poco a poco, la Diosa que habitaba en su interior sal&iacute;a a la luz e, imperceptiblemente, ya se sent&iacute;a m&aacute;s femenina y m&aacute;s feliz.<\/p>\n<p>****<\/p>\n<p>Ana se despert&oacute; al d&iacute;a siguiente con su largo pelo hecho un laberinto, bostezando y rasc&aacute;ndose a trav&eacute;s del pijama, con una muy ligera resaca. Se sorprendi&oacute; al ver que yo no estaba en la cama, y sonri&oacute;. &ldquo;Menuda Reina estoy hecha&rdquo;, pens&oacute;, &ldquo;que me despierto y parezco m&aacute;s un troll que una mujer&rdquo;. Yo la hab&iacute;a o&iacute;do despertar, y entr&eacute; en la habitaci&oacute;n con una gran bandeja de desayuno. &ldquo;Con su permiso, mi Se&ntilde;ora&rdquo; le dije, depositando la bandeja sobre su cama y haciendo una reverencia. Ella me mir&oacute; con la boca abierta. Hab&iacute;a pastas de calidad y fruta pelada y cortada, entre otras cosas. &ldquo;&iquest;Y esto?&rdquo; me pregunt&oacute;. &ldquo;Bueno&rdquo;, le dije, &ldquo;desconoc&iacute;a Sus gustos, as&iacute; que lo he preparado con variedad&rdquo;. &ldquo;No me refer&iacute;a a eso. Yo estas cosas no las ten&iacute;a, y la bandeja tampoco. &iquest;Y cu&aacute;nto tiempo llevas despierto?&rdquo;. &ldquo;Har&aacute; un par de horas que me despert&eacute;. He bajado al supermercado y he estado preparando el desayuno. &iquest;Caf&eacute;?&rdquo;. Mientras le serv&iacute;a una taza, me pregunt&oacute; si hab&iacute;a desayunado; le dije que hab&iacute;a tomado fruta para tener energ&iacute;a, y que no necesitaba m&aacute;s. Ella, muy contenta, se coloc&oacute; bien en la cama, y disfrut&oacute; de un buen desayuno sin necesidad de levantarse. Su rostro irradiaba luz, y no se apreciaban ya signos de que acabase de levantarse. Yo permanec&iacute; en pie a su lado, como un mayordomo; en no mucho tiempo, ella se hab&iacute;a recostado como en un div&aacute;n romano, y yo le serv&iacute;a la comida directamente a su boca. Observ&eacute; que ya estaba de nuevo movi&eacute;ndose tan femenina y poderosamente como la noche anterior, tras su &eacute;xtasis. &ldquo;La verdad es que esto de tener un servidor es algo a lo que una se puede acostumbrar&rdquo;, dijo divertida.<\/p>\n<p>Cuando hubo terminado, recog&iacute; la bandeja y, al regresar, me encontr&eacute; con que se hab&iacute;a puesto en pie con intenci&oacute;n de darse una ducha. &ldquo;Ver&aacute;, mi Se&ntilde;ora; en antelaci&oacute;n, ya le he preparado un ba&ntilde;o. Perm&iacute;tame&rdquo;. Me postr&eacute; ante ella y, comprendiendo, se sent&oacute; sobre mi espalda. Camin&eacute; a cuatro patas, llev&aacute;ndola al ba&ntilde;o sin que sus pies tuvieran que tocar el suelo. Una vez all&iacute;, pudo observar que hab&iacute;a comprado productos especiales, por lo que la ba&ntilde;era ol&iacute;a a perfume y rebosaba espuma. Proced&iacute; a desnudarla, desnud&aacute;ndome yo tambi&eacute;n. Cogi&eacute;ndola en brazos, la introduje en la ba&ntilde;era, y ella emiti&oacute; un suspiro de placer y satisfacci&oacute;n. Le lav&eacute; los cabellos masaje&aacute;ndole el cr&aacute;neo, frot&eacute; sus brazos con agua perfumada asegur&aacute;ndome de que fueran caricias placenteras; cuando llegu&eacute; a sus piernas, repentinamente las sac&oacute; del agua y, apoy&aacute;ndolas sobre el borde de la ba&ntilde;era, dijo casualmente: &ldquo;besa mis pies&rdquo;. Obedec&iacute;, y sonri&oacute;. Vi en su rostro que empezaba a sentirse muy c&oacute;moda en la situaci&oacute;n, y que le gustaba cada vez m&aacute;s. Si alguien la pintase en un cuadro en ese instante, podr&iacute;a afirmarse honestamente que se trataba de una princesa griega acostumbrada a tal trato. Cuando hube terminado, se sent&iacute;a tan a gusto en la ba&ntilde;era que me orden&oacute; que me fuera, para estar un rato disfrut&aacute;ndolo a solas. Fui a preparar otros asuntos, hasta que o&iacute; su voz, que me llamaba desde el ba&ntilde;o. Fui a atenderla estando yo a&uacute;n desnudo, y as&iacute; permanecer&iacute;a el resto del d&iacute;a. Para evitar ser brusco con su piel, us&eacute; Su secador, y envolv&iacute; su cuerpo en una toalla y el pelo en otra. Postr&aacute;ndome de nuevo a cuatro patas, se sent&oacute; de nuevo sobre m&iacute;, y la llev&eacute; de nuevo a la habitaci&oacute;n.<\/p>\n<p>All&iacute;, sobre la cama, hab&iacute;a dispuesto varias toallas para evitar la humedad, y la tumb&eacute; boca abajo. Hab&iacute;a comprado aceites aquella ma&ntilde;ana, y comenc&eacute; a darle un masaje de cuerpo entero. Le masaje&eacute; los pies, el cuello, los brazos y las piernas, el culo; besaba su cuerpo entero al pasar, y le dije lo hermosa que era. Luego le di un masaje facial, y descend&iacute; por toda la parte frontal de su cuerpo. Cuando llegu&eacute; abajo, le di un final feliz con placer oral. Estaba tan relajada que ni se movi&oacute;, indicando simplemente un satisfecho &ldquo;ya&rdquo; cuando quiso que parase. Despu&eacute;s de unos minutos, exclam&oacute;: &ldquo;Esta S&Iacute; es manera de empezar el d&iacute;a&rdquo;, pero su tono ya no sonaba jocoso y divertido, sino satisfecho, sensual e, incluso, algo autoritario. Su rostro y sus movimientos eran m&aacute;s femeninos que nunca y, a la vez, su sonrisa y su mirada empezaban a resultar intimidantes. &ldquo;V&iacute;steme&rdquo;, orden&oacute;, &ldquo;que con lo tarde que me he levantado son casi las cuatro, y esta tarde tengo trabajo que hacer&rdquo;. Sus palabras eran las de una mujer moderna estresada por el mundo corporativo que, cigarrillo en boca y con pantalones vaqueros, se deslomaba para intentar ascender mientras pagaba el alquiler de un peque&ntilde;o apartamento; pero su tono y gestos eran los de una patricia romana, a la que no le espera otra cosa que una agradable charla con sus amigas y alg&uacute;n senador. En el tiempo que hab&iacute;a estado en el ba&ntilde;o, hab&iacute;a inspeccionado el armario buscando la ropa m&aacute;s adecuada, y la encontr&eacute;. Le puse su mejor vestido: un vestido blanco y elegante, que ca&iacute;a hasta poco m&aacute;s all&aacute; de las rodillas, dejando al descubierto uno de sus hombros e insinuando el pecho de dicho lado. Se cerraba con broches brillantes y, en torno a su cintura, un cintur&oacute;n plateado. Era un vestido que hab&iacute;a comprado para la boda de su hermana, seg&uacute;n me dijo; se lo compr&oacute; porque le hac&iacute;a parecer una princesa. Esta confesi&oacute;n confirm&oacute; lo que ya sab&iacute;a: que una Diosa habitaba en su interior. Sent&aacute;ndola en un taburete frente a la cama, comenc&eacute; a peinarla con varias trenzas que se un&iacute;an en una sola, al modo de las clases altas medievales; mientras mis dedos se deslizaban por sus pelos, ella suspir&oacute; con placer. &ldquo;Sabes&rdquo;, me dijo, &ldquo;las mujeres ricas del Imperio Romano llegaban a tener a una multitud de esclavas atendiendo a sus necesidades personales. Pod&iacute;an tirarse ma&ntilde;anas enteras siendo acicaladas&rdquo;. El hecho de que supiera cosas as&iacute; y las retuviera en la memoria, me confirmaba nuevamente lo que ya sab&iacute;a; pero notaba que ella misma estaba, por primera vez, dando rienda suelta a su fantas&iacute;a. &ldquo;Aquellas mujeres deb&iacute;an ser esplendorosamente bellas&rdquo;.<\/p>\n<p>Cuando termin&eacute; de peinarla, iba a preguntarle si ten&iacute;a joyas, y donde las guardaba; pero, para mi sorpresa, antes de que pudiera decir nada me dijo: &ldquo;ve al caj&oacute;n de debajo de la izquierda del primer armario: all&iacute; guardo las joyas de mi madre. Tr&aacute;emelas&rdquo;. Obedec&iacute; y, al abrir la caja, se puso unos largos pendientes de falsa plata, y tres collares (suntuosos, pero no muy caros) uno sobre el otro. Adem&aacute;s, ten&iacute;a cuatro brazaletes de oro, que puso dos en sus brazos y dos en sus piernas, a la altura de los tobillos. &ldquo;Estos son de oro de verdad, herencia de mi abuela&rdquo;. Finalmente, le puse dos elegantes zapatos al estilo sandalia, y march&eacute; a por un espejo. Arrodill&aacute;ndome, le ense&ntilde;&eacute; su aspecto. &ldquo;Ahora&rdquo;, dijo, &ldquo;s&iacute; que soy una Reina&rdquo;.<\/p>\n<p>***<\/p>\n<p>Ella se hab&iacute;a sentado en el sof&aacute; del sal&oacute;n, cuya mesa le hac&iacute;a las veces de estudio. All&iacute; hab&iacute;a encendido el ordenador y ten&iacute;a una enorme cantidad de ventanas abiertas, as&iacute; como una pila de papeles sobre la mesa. La mujer que hac&iacute;a apenas una hora se hab&iacute;a sentado en aquel sof&aacute; con la delicadeza de una princesa y el orgullo de una reina hab&iacute;a desaparecido: lo que quedaba era una pobre chica estresada, m&aacute;s t&iacute;mida si cabe que la noche anterior en el bar, y el vestido y las joyas que llevaba provocaban un contraste que resultaba grotesco. Yo hab&iacute;a estado preparando la comida que me orden&oacute; y, cuando volv&iacute; y vi aquella triste situaci&oacute;n, no pude contenerme. &ldquo;Ana&rdquo;, le dije, con un tono que la hizo dar un respingo, tanto por lo grave y masculino que son&oacute; como por el hecho de que la hab&iacute;a llamado por su nombre, cosa que no hab&iacute;a hecho en todo el d&iacute;a. &ldquo;No puede ser que te degrades de esta manera&rdquo;. &ldquo;&iexcl;Bah!&rdquo; exclam&oacute;, con un tono enfadado y despreciativo, pero d&eacute;bil; &ldquo;no me vengas con fantas&iacute;as ahora. Ha estado muy bien todo lo que has hecho por m&iacute;, pero ahora tengo que trabajar. Si no trabajo hoy, no voy a tener estos informes listos para el lunes. As&iacute; que como reina que dices que soy, te ordeno que te calles, comas y me dejes trabajar. Si no, puedes irte&rdquo;. Su tono pretend&iacute;a ser m&aacute;s autoritario y cruel que nunca y, sin embargo, resonaba en el alma como d&eacute;bil y sumiso. Es el tono que muchas mujeres depresivas usan para rega&ntilde;ar a sus maridos e hijos, que no le hacen ni caso, un tono que se vuelve pesado y desagradable para todos y que, cuanto m&aacute;s pretende imponerse, menos lo consigue. Al final esas mujeres, que buscaban empoderarse mediante su carrera profesional, acaban siendo impotentes, sometidas al jefe, el marido y los ni&ntilde;os, y acaban medic&aacute;ndose. Hab&iacute;a, sin duda, mujeres para las que ese camino era el mejor; pero Ana no era una de ellas, y el mundo en el que viv&iacute;a le estaba robando su poder femenino natural. &ldquo;Eres una reina, MI reina, y como tal no puedo dejar que te hagas esto. Venga, d&eacute;jame ver de qu&eacute; va el asunto. Soy inteligente y aprendo r&aacute;pido: seguro que te puedo ayudar&rdquo;.<\/p>\n<p>Me sent&eacute; a su lado, y comenc&eacute; a inspeccionar los papeles. Entonces comenz&oacute; a reprenderme a rega&ntilde;adientes, diciendo que era todo muy complicado, que no lo iba a poder entender, que era su trabajo y bien que le hab&iacute;a costado tenerlo, que no pod&iacute;a asumir que iba a saber hacerlo, que todo esto era muy machista, que bla, bla, bla; como no ten&iacute;a otra intenci&oacute;n que ayudar, estos prejuicios eran muy irritantes, y me hac&iacute;an perderle el respeto. Al final estall&eacute;, y me abalanc&eacute; sobre ella en el sof&aacute;, agarr&aacute;ndola de las mu&ntilde;ecas, mir&aacute;ndole a los ojos y poniendo mi rostro sobre el suyo. Mi pene rozaba su vestido, y ella se hab&iacute;a quedado s&uacute;bitamente callada, expectante. Pod&iacute;a ver en sus ojos que, aunque algo asustada por el gesto repentino, la situaci&oacute;n le atra&iacute;a. &ldquo;Cuando te comportas as&iacute;, no eres reina de nada&rdquo;, le dije con violencia serena y controlada; &ldquo;como mucho, podr&iacute;a dejarte ser mi puta. &iquest;Eso quieres? &iquest;Qu&eacute; te ponga una argolla, y haga de ti mi voluntad?&rdquo;. Me retir&oacute; la mirada a un lado, incapaz de manten&eacute;rmela; y con tono sarc&aacute;stico y er&oacute;tico, dijo: &ldquo;bueno, no estar&iacute;a tan mal. Ya te dije que me apetece tu pene&rdquo;. &ldquo;Oh, te gustar&iacute;a sin duda; pero no es lo que en verdad quieres&rdquo;, le dije, con autoridad; &ldquo;yo he visto un cambio hoy. Yo he visto hoy a la chica m&aacute;s guapa de aquel bar, a la luz. Yo he visto a la mujer que siempre quisiste ser. D&eacute;jame que te devuelva ese poder&rdquo;. Ella sigui&oacute; sin poder mirarme a los ojos, pero vi que se daba cuenta de que era verdad, de que ella lo deseaba. Por eso sigui&oacute; hablando conmigo en el bar, por eso no cort&oacute; el ambiente en ning&uacute;n momento; inconscientemente, quiz&aacute;, sin saberlo del todo, quiz&aacute;, pero lo hab&iacute;a estado buscando; quer&iacute;a sentirse como una gran mujer, y la &uacute;nica raz&oacute;n por la que hab&iacute;a traicionado ese deseo era porque le aplast&oacute; la presi&oacute;n de &ldquo;la vuelta a la normalidad&rdquo;, y hab&iacute;a preferido reprimirlo. Con un t&iacute;mido &ldquo;est&aacute; bien, vale&rdquo; de su boca, nos incorporamos, y empec&eacute; a preguntarle por lo que estaba haciendo, por los procedimientos y, con su colaboraci&oacute;n, empec&eacute; a ayudarle.<\/p>\n<p>Poco a poco fui mecanizando los procesos, y qued&oacute; impresionada ante el hecho de que, verdaderamente, no ment&iacute; cuando dije que ten&iacute;a una gran facilidad para estas cosas. Pronto est&aacute;bamos trabajando a medias y, en menos de una hora desde que hab&iacute;amos empezado, se retir&oacute; con una sonrisa de satisfacci&oacute;n, tumb&aacute;ndose en el sof&aacute; y encendiendo la tele para ver su serie favorita, dej&aacute;ndome con todo el trabajo. La mir&eacute;, y vi, para mi satisfacci&oacute;n, que se mov&iacute;a libremente, y hab&iacute;a vuelto a ser la reina que fue apenas unas horas antes. Estuvimos as&iacute; varias horas, yo trabajando en sus negocios, ella divirti&eacute;ndose; de vez en cuando, me met&iacute;a sus pies, zapatos incluidos, en la boca; otras veces me acariciaba los m&uacute;sculos.<\/p>\n<p>Cuando hube terminado, se levant&oacute; de repente, y me mir&oacute; desde arriba. Me sonri&oacute; sensual y seductoramente. &ldquo;Buen trabajo, me has ahorrado mucho tiempo. Me siento muy satisfecha&rdquo;, me dijo; pero inmediatamente su sonrisa se torn&oacute; enfado, y su aspecto se volvi&oacute; verdaderamente intimidante, digno de una emperatriz. &ldquo;Pero&hellip; &iquest;se puede saber qu&eacute; fue lo de antes? &iquest;Esa forma de abalanzarse sobre m&iacute;&hellip; de TOCARME de semejante manera? &iquest;C&oacute;mo te has atrevido?&rdquo; su furia era doble, pues no estaba reaccionando solo al hecho, sino que suced&iacute;a que la rabia no expresada antes hab&iacute;a vuelto con resentimiento como condimento. &ldquo;Eres un esclavo, eres MI esclavo; es completamente inaceptable&rdquo;. Intuyendo lo que ven&iacute;a, decid&iacute; postrarme para evitar lo peor. Con la cabeza contra el suelo, intent&eacute; defenderme: &ldquo;no vi otra salida&rdquo;, dije; &ldquo;era la &uacute;nica manera que vi para salvar a Su Majestad de seguir degrad&aacute;ndose&rdquo;. &ldquo;Oh, hiciste bien, hiciste bien; no digo lo contrario. Pero aun as&iacute;, aun no pudiendo haber hecho otra cosa, sigue siendo inaceptable. Para evitar que me degradara, me degradaste; me violentaste con tus sucias manos de esclavo. &iexcl;Disc&uacute;lpate! &iexcl;Besa mis pies!&rdquo;. &ldquo;Perd&oacute;neme, mi Se&ntilde;ora, perd&oacute;neme&rdquo; suplicaba, bes&aacute;ndola. Finalmente, me agarr&oacute; de las mejillas con su mano derecha y me levant&oacute;, atraves&aacute;ndome con sus ojos. &ldquo;Esc&uacute;chame bien: hasta ahora, me has servido libremente porque necesit&aacute;bamos que me guiaras hacia mi ser, pero ahora ya has despertado a la Diosa en m&iacute;: a partir de ahora, no puedes volver siquiera a tocarme sin mi permiso, o habr&aacute; consecuencias. &iquest;Entiendes?&rdquo;. &ldquo;S&iacute;, Se&ntilde;ora&rdquo;. &ldquo;Tampoco podr&aacute;s dirigirme la palabra, ni mirarme a los ojos, ni mucho menos como lo hiciste en ese horrible momento, salvo que te conceda permiso; y no me digas S&iacute;, Se&ntilde;ora; me hace sentir vieja. Di: S&iacute;, Ama. Soy Se&ntilde;ora de todo s&uacute;bdito de mi reino, pero de ti, soy Ama&rdquo;. &ldquo;S&iacute;, Ama&rdquo;. &ldquo;Bien&rdquo;, dijo, y me solt&oacute;. Sent&aacute;ndose de nuevo en el sof&aacute;, dijo: &ldquo;ahora, ponte a cuatro patas ante m&iacute;: quiero reposar los pies en alto&rdquo;. As&iacute; lo hice, y as&iacute; estuve hasta que termin&oacute; de ver su serie. Lo poco que quedaba de tarde lo pas&eacute; abanic&aacute;ndola, preparando una cena que me oblig&oacute; a comer sentado en el suelo, y d&aacute;ndole placer de diversas maneras.<\/p>\n<p>Finalmente, cay&oacute; la noche, y toc&oacute; despedirse. Su rabia hab&iacute;a desaparecido ya por completo, y se la ve&iacute;a satisfecha y feliz. Yo, por mi parte, me hab&iacute;a vestido de nuevo, y ninguna diferencia parec&iacute;a haber con el hombre que fui al entrar por aquella puerta. Sin embargo, ella brillaba. &ldquo;Ha sido genial. Realmente&hellip; realmente me has hecho sentir como una reina&rdquo;, me dijo, con un tono dulce y amable. &ldquo;Oye, perdona si te sentiste mal antes. Fue cruel, y muy humillante. No quiero que pienses mal de m&iacute;&rdquo;. &ldquo;Descuida. Era necesario&rdquo; contest&eacute;, sonriendo. &ldquo;M&iacute;rate ahora. Me siento muy feliz. Ha sido un gran d&iacute;a&rdquo;. Hubo un silencio, y entonces ella habl&oacute;, algo confusa: &ldquo;Bueno&hellip; oye&hellip; la verdad, me gustar&iacute;a repetir. O bueno, me gustar&iacute;a que esto no quedase en nada, en cosa de un d&iacute;a. Lo que pasa es que&hellip; bueno, no s&eacute; como seguir a partir de aqu&iacute;. &iquest;Qu&eacute; leches se supone que hacemos? &iquest;Quedamos otro d&iacute;a en el bar? &iquest;Salimos? &iquest;Somos novios, o qu&eacute;? &iquest;Te encierro en un s&oacute;tano y no te dejo salir?&rdquo;. Se rio, y yo tambi&eacute;n. &ldquo;La verdad es que soy pesimista con estas cosas. No creo que funcionen. Un d&iacute;a est&aacute; bien, pero&hellip; no se puede ser novio en una relaci&oacute;n tan desigual. No satisface. Al final, echar&aacute;s de menos tener un hombre que no solo te penetre, sino que te cuide de igual a igual, un Rey para tu Reinado; y me tendr&aacute;s que dejar. Y no puedo convertirme en tu esclavo de verdad, ello exigir&iacute;a renunciar a mi vida entera y solo servirte, y no quiero eso. Tengo familia, amigos, sue&ntilde;os&hellip; una vida que amo, y el sexo solo es una parte de ella. Solo puedo hacer esto: conocer a una chica especial, y hacerla sentir especial una buena noche&rdquo;. &ldquo;Bueno&rdquo;, dijo ella, &ldquo;&iquest;y por qu&eacute; no lo dejamos como est&aacute;, y simplemente repetimos? El s&aacute;bado que viene, o dentro de un mes, como mejor te venga. En vez de buscar chicas por ah&iacute;&hellip; ven a visitarme. Hazme sentir divina de nuevo, y yo te har&eacute; sentir que me perteneces&rdquo;. Me qued&eacute; pensativo. &ldquo;S&iacute;. Eso podr&iacute;amos hacerlo&rdquo;. Entonces, con el mismo tono con que le hab&iacute;a hablado la noche anterior en el bar, le dije: &ldquo;oye, &iquest;por qu&eacute; no me acompa&ntilde;as a dar una vuelta a la manzana? Quiero que veas una cosa antes de que me vaya&rdquo;. Con curiosidad, acept&oacute;.<\/p>\n<p>Bajamos a la calle, ella a&uacute;n vestida como una reina, y la cog&iacute; del brazo, y ella se agarr&oacute; al m&iacute;o. Lo mejor era fingir que &eacute;ramos dos novios, para evitar incidencias. Al momento de comenzar a caminar por la calle, sucedi&oacute; lo que esperaba: cada hombre que nos cruz&aacute;bamos se quedaba mir&aacute;ndola, y su rostro se quedaba d&eacute;bil y embobado. Cada mujer que nos cruz&aacute;bamos se quedaba mir&aacute;ndola, sin saber que pensar. Lo que todos sent&iacute;amos, Ana qui&eacute;n m&aacute;s, es que aquella mujer era la Belleza en persona, y que lo que paseaba entre los humanos aquel d&iacute;a nunca lo hab&iacute;an visto ninguno de ellos; y sin embargo, era la misma chica que la misma noche anterior pasaba desapercibida.<\/p>\n<p>Cuando completamos la vuelta y la dej&eacute; de nuevo en su casa, ten&iacute;a l&aacute;grimas en los ojos, y estaba callada, sumergida en sus pensamientos. No sab&iacute;a qu&eacute; decir. &ldquo;Bueno&hellip;&rdquo; intent&eacute; comenzar, &ldquo;ahora debo irme&hellip;&rdquo;. Entonces, de improviso, se abalanz&oacute; sobre m&iacute;, me abraz&oacute; y me dio un largo e intenso beso en la boca. Me tir&oacute; contra el sof&aacute;, me baj&oacute; los pantalones, y comenz&oacute; a cabalgar sobre m&iacute;, gimiendo y bes&aacute;ndome. Yo, que hab&iacute;a estado en tensi&oacute;n todo el d&iacute;a, me corr&iacute; antes que ella, pero ella sigui&oacute; cabalgando hasta tener un breve pero intenso orgasmo, ara&ntilde;&aacute;ndome con fuerza todo el cuerpo, lo que me hizo gritar. Se tumb&oacute; sobre m&iacute; y, susurr&aacute;ndome al o&iacute;do, me dijo divertida: &ldquo;&iquest;ves? Te dije que quer&iacute;a tu pene&rdquo;.<\/p>\n<p>Nos quedamos acarici&aacute;ndonos en el sof&aacute;. Yo ten&iacute;a que irme, pero, la verdad, ya estaba pensando en volver.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>Ana se abraza a m&iacute; en la cama, mientras yo le besaba el cuerpo en la oscuridad de su habitaci&oacute;n. La hab&iacute;a conocido aquella misma noche en un bar. Iba vestida de forma m&aacute;s modesta que el resto de sus amigas, y daba una impresi&oacute;n de timidez. 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