{"id":31675,"date":"2021-09-29T22:00:00","date_gmt":"2021-09-29T22:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"2021-09-29T22:00:00","modified_gmt":"2021-09-29T22:00:00","slug":"mas-azucar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/mas-azucar\/","title":{"rendered":"M\u00e1s az\u00facar"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"31675\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 5<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>No es que yo sea un semental; de hecho, no lo soy: no tengo edad para eso. Ya en mi madurez, si de algo presumo, es de tener s&oacute;lo una bala en mi revolver, eso s&iacute;, una certera bala: nunca falla. Pero aquel d&iacute;a, en fin&#8230;, tuve un buen d&iacute;a. Siempre me levanto m&aacute;s all&aacute; de las once de la ma&ntilde;ana. Me ducho, desayuno, reviso las poes&iacute;as que escrib&iacute; de madrugada&#8230;, s&iacute;, soy poeta. A lo que iba; aquel d&iacute;a de oto&ntilde;o me sent&iacute;a plet&oacute;rico, dispuesto a darlo todo de m&iacute;. Quiz&aacute; fue el exceso de az&uacute;car que consum&iacute;: una tarta de manzana, un tocino de cielo, un tiramis&uacute; y las cinco cucharadas que a&ntilde;ado al caf&eacute;. A eso de las doce, mediod&iacute;a, me telefone&oacute; Cristina, una mujer que hab&iacute;a conocido durante una exposici&oacute;n de mi amigo Pel&aacute;ez, el pintor. Hablamos en esa ocasi&oacute;n de arte, y salieron a colaci&oacute;n mis poes&iacute;as. Se mostr&oacute; muy interesada; tambi&eacute;n s&eacute; que le agrad&eacute;, y ya sab&iacute;a de antemano, por mi amigo Pel&aacute;ez, que era una alegre viuda. As&iacute; que, como, entre otras cosas, es decir, algunas frases que revelaban su carencia, y por tanto necesidad de polla, me dijo su direcci&oacute;n, baj&eacute; a la calle, tom&eacute; un autob&uacute;s y me dirig&iacute; a su casa.<\/p>\n<p>Toqu&eacute; al timbre de Cristina. Hab&iacute;amos quedado para hablar: ella quer&iacute;a saber m&aacute;s acerca de escribir poes&iacute;as y, yo deb&iacute;a aconsejarla. No s&eacute; qu&eacute; consejos podr&iacute;a darle: en definitiva, la l&iacute;rica se caracteriza por la libertad que otorga al creador. En fin, supuse que era una excusa, como cualquier otra, para estar a solas conmigo. Por descontado, a m&iacute; Cristina me gustaba mucho, por eso no dud&eacute; en aceptar su invitaci&oacute;n. Cristina era una mujer madura, ya en la cincuentena, sin embargo conservaba una bonita figura, y, desde luego, sus perfectas tetas, su apretado culo eran toda una tentaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Cristina abri&oacute; la puerta: &quot;Hola, Carlos&quot;, me salud&oacute;, &quot;entra, entra&quot;. Entr&eacute;. La casa de Cristina era grande y elegante, se notaba que gozaba de un buen nivel de vida; no como yo: poeta bohemio. &quot;Hola, Cristina&quot;, dije, y le plant&eacute; un beso en los labios. &quot;Ay, qu&eacute; haces, atrevido&quot;, Cristina rio. Fuimos a un saloncito, sencillo, donde hab&iacute;a un sof&aacute; chaise longue, una tele, y una estanter&iacute;a con libros. &quot;Esp&eacute;rame aqu&iacute;, me pondr&eacute; c&oacute;moda&quot;, me pidi&oacute; Cristina. Me hab&iacute;a recibido vestida con un pantal&oacute;n vaquero y una blusa, seguramente lo que usar&iacute;a en su oficina, aunque calzaba chanclas playeras. Me sent&eacute; en el sof&aacute;. Encend&iacute; un cigarrillo: entend&iacute; que ah&iacute; se fumaba a ver en un anaquel un cenicero con colillas.<\/p>\n<p>A los pocos minutos, Cristina volvi&oacute; vestida con un estampado kimono playero semitransparente, que iba cerrado con un nudo a la altura de su ombligo. &iquest;Llevaba ropa interior? Las braguitas. Cristina se sent&oacute; a mi lado. Me pregunt&oacute; por las d&eacute;cimas, mi especialidad. Yo habl&eacute;, habl&eacute;. Ella oy&oacute;, oy&oacute;. Hasta que, en fin, me hart&eacute; de hablar y met&iacute; una mano por el escote de su kimono y le agarr&eacute; una teta. &quot;Carlos&quot;, dijo ella antes de sujetarme la cabeza por la nuca y abrazarse a m&iacute;. La bes&eacute;. Mord&iacute; sus labios. Acarici&eacute; su lengua con mi lengua. Ella respiraba fuerte, excitada. Me empuj&oacute;, me tumb&oacute; de espaldas en el sof&aacute;. Se sac&oacute; el kimono por los brazos. Me sac&oacute; la polla del pantal&oacute;n por la porta&ntilde;uela. Apart&oacute; unos cent&iacute;metros la telita de sus braguitas, y se meti&oacute; mi polla en su co&ntilde;o. &quot;Ah&quot;, suspir&oacute;. Cristina comenz&oacute; a botar sobre m&iacute;, mont&aacute;ndome. Sus pezones tocaban mi cara en un continuo vaiv&eacute;n; a veces, consegu&iacute;a atrapar uno entre mis labios y lo chupaba. &quot;A-ah, Carlos, muerde, mu&eacute;rdeme las tetas&quot;, me orden&oacute; Cristina. Yo la atraje hacia mi, abrazando su espalda, y met&iacute; mi cara en la canal, salivando, chupando. Me corr&iacute; dentro de su co&ntilde;o mientras ella gritaba de placer.<\/p>\n<p>F&oacute;llame alegre viuda;<\/p>\n<p>h&aacute;blame, sed&uacute;ceme, rompe el hielo;<\/p>\n<p>ll&aacute;mame que yo acuda<\/p>\n<p>para ser tu consuelo.<\/p>\n<p>M&eacute;tete mi polla, m&oacute;ntame a pelo.<\/p>\n<p>Cuando sal&iacute; de casa de Cristina era casi la hora de almorzar. Par&eacute; frente un italiano y mir&eacute; el atril donde se expon&iacute;a su carta. Me llam&oacute; la atenci&oacute;n una pizza que preparaban a base de tomate natural; adem&aacute;s era econ&oacute;mico, as&iacute; que entr&eacute;. Una camarera jovenc&iacute;sima, alta, morena, de piernas largas y fuertes como columnas, cintura fina, tetas grandes y firmes y mirada aterciopelada, me acomod&oacute; en una mesa para dos personas. Le dije que no se molestase en traerme la carta pues ya sab&iacute;a lo que quer&iacute;a. &quot;&iquest;Y de beber?&quot;, me pregunt&oacute; con su melodiosa voz, plena del esp&iacute;ritu de una tierra mitad selv&aacute;tica mitad monta&ntilde;osa. Ped&iacute; mi bebida: coca cola: m&aacute;s az&uacute;car.<\/p>\n<p>Cuando termin&eacute; de devorar la pizza, ped&iacute; caf&eacute;, solo, con hielo&#8230;. y dos sobrecillos de az&uacute;car. M&aacute;s. Entre tanto ven&iacute;a el caf&eacute;, tom&eacute; una servilleta y comenc&eacute; a escribir. Vino la camarera. Vio mi escritura cuando posaba el platillo en la mesa. &quot;Escribes&quot;, dijo; &quot;S&iacute;&quot;, dije alzando el rostro; &quot;Poes&iacute;a&quot;, dijo; &quot;S&iacute;&quot;, repet&iacute;. Se fue. Ped&iacute; la cuenta. La camarera la trajo. Me mir&oacute;. Mir&oacute; a su jefe, que vigilaba. Se inclin&oacute;, y junto a m&iacute; oreja dijo: &quot;Me pirran los poetas&quot;. &quot;&iexcl;Roc&iacute;o!&quot;, avis&oacute; en alta voz el jefe. Pero antes de irse me dijo: &quot;Salgo en veinte minutos&quot;. La esper&eacute;. Fuimos a su habitaci&oacute;n, en un piso que compart&iacute;a con otros compatriotas suyos, pero que no estaban pues hab&iacute;an partido a la vendimia.<\/p>\n<p>Roc&iacute;o se quit&oacute; el uniforme. Despu&eacute;s, el sujetador. Luego, las bragas. Nos acostamos, desnudos. Nos besamos, nos acariciamos. &quot;Carlos, tengo ganas de tu polla&quot;, me dijo. Y se sumergi&oacute; bajo la s&aacute;bana. Yo sent&iacute; la humedad de su boca primero en mi prepucio, luego en el glande. Mi polla se hinch&oacute;. Roc&iacute;o termin&oacute; por met&eacute;rsela en la boca entera, su lengua acariciaba mi tronco. Mi placer iba creciendo a cada vaiv&eacute;n de su cabeza. Iba a explotar. &quot;Roc&iacute;o, me voy a correr&quot;, avis&eacute;. Ella alz&oacute; sus ojos, dej&oacute; libre su boca y dijo: &quot;C&oacute;rrete&quot;. Despu&eacute;s sigui&oacute; mamando. &quot;Oh, oh, Roc&iacute;o, oh&quot;. Me sent&iacute;a bien, confiado en que mi corrida la satisfar&iacute;a: ser&iacute;a de campeonato. Retard&eacute; mi cl&iacute;max todo lo posible, mirando mi polla entrando y saliendo de los dulces labios de Roc&iacute;o, c&oacute;mo algo tan rudo conquistaba un espacio tan bello. &quot;Ya viene, Roc&iacute;o&quot;, ronqu&eacute;. Ella gimi&oacute;. Un borbot&oacute;n de semen inund&oacute; su boca. Pero mi &eacute;xtasis no termin&oacute; hasta que Roc&iacute;o no termin&oacute; de lamer todo lo sobrante que hab&iacute;a quedado pegado al tronco, al vello p&uacute;bico, a los huevos. &quot;Ooh, Roc&iacute;o, qu&eacute; me haces, oohh&quot;, susurr&eacute; de placer. Ella levant&oacute; su cabeza y me mir&oacute; con ojos tiernos: mi semen le manchaba la comisura de los labios, la barbilla. &quot;&iexcl;Te ha gustado, eh!, hazme una poes&iacute;a&quot;, pidi&oacute; mientras se relam&iacute;a como una ni&ntilde;a tras sorber un helado.<\/p>\n<p>Hazme una gran mamada;<\/p>\n<p>saborea, paladea el grueso cipote;<\/p>\n<p>que suene tu chupada,<\/p>\n<p>mi mano en tu cogote.<\/p>\n<p>As&iacute; as&iacute;, no te pares, date un lote.<\/p>\n<p>Regres&eacute; a mi casa. Entr&eacute;. Dije: &quot;Hola&quot;.<\/p>\n<p>Mar&iacute;a se puso a caminar delante de m&iacute;. Iba de un lado a otro del saloncito, con los brazos cruzados sobre sus tetas. Sus chanclas negras; el chancleteo, ese palmear de la planta de sus desnudos pies contra la goma, me excitaba. La falda de su vestido largo barr&iacute;a el suelo sin fregar. Yo la miraba, embobado, de pie, frente al televisor apagado: era de noche y hab&iacute;a poco que ver. Mar&iacute;a. Tan juvenil, tan llena de vitalidad. Su cuerpo, voluptuosamente tierno, limpio, suave, como si nunca hubiese sufrido ese desgaste que a todos nos acontece con la edad; y eso que ella estaba en la treintena. Por eso la eleg&iacute; a ella entre muchas, por eso.<\/p>\n<p>Y yo, casi dobl&aacute;ndole la edad&#8230; &quot;Carlos&quot;, me dijo, &quot;vengo de trabajar y no est&aacute;s&quot;. Solt&oacute; un bufido: &quot;Uff&quot;. &quot;Carlos&quot;, continu&oacute;, &quot;&iquest;lo has hecho con otras, antes de ahora, hoy?, dime la verdad&quot;; &quot;Te juro que no&quot;, ment&iacute;. Yo la deseaba, quer&iacute;a follarla. Me acerqu&eacute; y la sujet&eacute; por la cintura con ambas manos. La bes&eacute;. Ella suspir&oacute;. Entonces fue ella la que me bes&oacute;, meti&eacute;ndome la lengua en la boca, salvaje. Pas&eacute; la palma de la mano sobre su falda, palpando la tela: le acarici&eacute; el co&ntilde;o. Ella volvi&oacute; a suspirar. La levant&eacute; del suelo con mis brazos, pas&eacute; mi brazo por debajo de sus rodillas y, en volandas, acunada, apoyada su cabeza en mi pecho, la transport&eacute; al dormitorio, a nuestra cama. Le di un sonoro beso en la frente, alc&eacute; la falda de su vestido hasta el ombligo, le saqu&eacute; las bragas por los pies y la penetr&eacute; totalmente empalmado. Ah, Mar&iacute;a, mi esposa.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 5<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>No es que yo sea un semental; de hecho, no lo soy: no tengo edad para eso. Ya en mi madurez, si de algo presumo, es de tener s&oacute;lo una bala en mi revolver, eso s&iacute;, una certera bala: nunca falla. Pero aquel d&iacute;a, en fin&#8230;, tuve un buen d&iacute;a. 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