{"id":39408,"date":"2022-10-23T04:41:23","date_gmt":"2022-10-23T04:41:23","guid":{"rendered":""},"modified":"2022-10-23T04:41:23","modified_gmt":"2022-10-23T04:41:23","slug":"el-pozo-del-diablo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-pozo-del-diablo\/","title":{"rendered":"El pozo del diablo"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"39408\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 15<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>La abuela Helene, c&oacute;moda en su mecedora, observa a lo lejos a su nieta, a las orillas de los sembrad&iacute;os de ma&iacute;z.<\/p>\n<p>En todo momento, su rostro, muestra la preocupaci&oacute;n de qu&eacute; se adentre en las siembras.<\/p>\n<p>Al ver a Raquel, hija de su hijo, en los surcos para cortar mazorcas, se levanta gritando<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;A d&oacute;nde va chamaca? &iexcl;Regrese!<\/p>\n<p>En eso, Ruth la nuera, aparece diciendo.<\/p>\n<p>&#8211; Suegra. No s&eacute; preocupe. La nena ya es mayor de edad. Sabe cuidarse sola. Siempre est&aacute; acompa&ntilde;ada de mi sobrina Lucia. Aqu&iacute; no corren peligro. Tranquila.<\/p>\n<p>La suegra con rostro duro, contest&oacute;.<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Olvidas qu&eacute; a tu madre y a m&iacute;, nos consta, la espantosa vejaci&oacute;n ocurrida a j&oacute;venes doncellas que estuvieron en medio de las milpas?<\/p>\n<p>Ruth, sonriendo, contest&oacute;.<\/p>\n<p>&#8211; Me s&eacute; esa historia. Mi madre nos cont&oacute; el relato. Su intenci&oacute;n fue asustar a mis hermanas y a m&iacute;, de ni&ntilde;as. Ya adulta, entiendo que lo hizo para obligarnos a conservar en lo m&aacute;s posible la moral y virginidad.<\/p>\n<p>La suegra, molesta, revir&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; No son cuentos. El pozo s&iacute; existe. Tu mam&aacute; y yo, lo vimos.<\/p>\n<p>Ruth, sin diferir en opiniones, prefiri&oacute; ir a la cocina a traerle una taza de caf&eacute; a Helene.<\/p>\n<p>Por la noche la nuera, dijo a Heriberto, su esposo<\/p>\n<p>&#8211; Tu mam&aacute; me tiene cansada con lo del pozo. &iquest;No s&eacute; sabe otra historia? Me pone nerviosa.<\/p>\n<p>Contest&oacute; Heriberto &#8211; &iquest;Y qu&eacute; dices de tu madre? Trae la misma historia. Quiz&aacute; hasta m&aacute;s ampliada &#8211;<\/p>\n<p>La esposa tras breve silencio, dijo<\/p>\n<p>&#8211; Bueno, al fin comadres las dos. Vamos a dormir &#8211;<\/p>\n<p>En esa noche, las hojas de los maizales, vibrando al roce con el viento, permitieron el pas&oacute; a unas vol&aacute;tiles sombras oscuras que tomaron direcci&oacute;n a las ventanas de la habitaci&oacute;n de Helene. Al verla dormir, le dijeron<\/p>\n<p>&#8211; Hemos regresado a cobrar la cuota que deben Carmen y t&uacute;. Sus nietas est&aacute;n en nuestra lista.<\/p>\n<p>La abuela, gritando despert&oacute;.<\/p>\n<p>-No, no, &iexcl;V&aacute;yanse! No, no dejar&eacute; que ataquen a mi nieta. Yo ya no acepto el trato. &iexcl;Largo!<\/p>\n<p>Un toquido fuerte en la puerta se escuch&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Mam&aacute;, est&aacute;s bien?<\/p>\n<p>&#8211; Si Heriberto. Fue solo una pesadilla. Vuelve a tu cama<\/p>\n<p>Horas despu&eacute;s, en el albor del despuntar del Sol, Helene, tom&oacute; rumbo a casa de su comadre Carmen. En mitad de camino la encontr&oacute;.<\/p>\n<p>&#8211; Comadre Carmen, tengo que hablar contigo urgentemente<\/p>\n<p>&#8211; Helene, me dirig&iacute;a yo a tu casa. Anoche me visitaron las apariciones<\/p>\n<p>P&aacute;lida la abuela de Raquel, respondi&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; Carmen, eso mismo, te iba a decir. Vienen a cobr&aacute;rsela en nuestras nietas<\/p>\n<p>Llorando Carmen, indic&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; No debimos aceptar. Van a violar y esclavizar a nuestras nietas &iquest;Qu&eacute; vamos a hacer Helene?<\/p>\n<p>&#8211; Carmen, trae a tu nieta Lucia junto con tus hijos mayores, a mi casa. Raquel, Heriberto, Ruth y yo, los esperaremos. Lleguen lo m&aacute;s pronto posible<\/p>\n<p>Estando ya ambas familias reunidas, dijo Helene<\/p>\n<p>&#8211; Lucia y Raquel, corren peligro<\/p>\n<p>Todos extra&ntilde;ados se vieron unos a otros. Cuestion&oacute; Heriberto<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Cu&aacute;l es el peligro madre? &iquest;Qui&eacute;nes son los maleantes? -Dijo Carmen<\/p>\n<p>&#8211; Los del pozo han venido a reclamarlas<\/p>\n<p>Una mueca de burla hubo en todos. Ruth, pregunt&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;De qu&eacute; hablas mam&aacute;? Lo del pozo es un invento. A&ntilde;os aguant&eacute; tu falsa historia. Ya basta.<\/p>\n<p>Helene, arrebatando la palabra a Carmen, mencion&oacute;.<\/p>\n<p>&#8211; Ruth, tu madre no miente. Ella dice la verdad. Es tiempo que escuchen algo que Carmen y yo, siempre ocultamos.<\/p>\n<p>La abuela de Lucia, llevando las manos a la boca comenz&oacute; a llorar.<\/p>\n<p>Y continu&oacute; Helene<\/p>\n<p>&#8211; Saben, hace 55 a&ntilde;os, las reglas de la sociedad y religi&oacute;n, impon&iacute;an a las mujeres estrictas prohibiciones morales. Todas ten&iacute;an que ser recatadas salvo que fueran libertinas o pecadoras.<\/p>\n<p>A&uacute;n con las mil lisonjas que sonaron constantemente en nuestros o&iacute;dos, mi comadre y yo, que &eacute;ramos muy j&oacute;venes para ese entonces. Sin rebasar los dieciocho a&ntilde;os, cada una, tuvimos las inquietudes del despertar sexual. No s&eacute; c&oacute;mo explicarlo pero est&aacute;bamos habidas de conocer todo aquello de la intimidad que nuestros padres nunca explicaron.<\/p>\n<p>Un d&iacute;a, al r&iacute;o Carmen y yo, fuimos a lavar ropa. Cuando apuradas est&aacute;bamos tallando las prendas unos gemidos, se escucharon entre los ahuehuetes. Suspendimos la labor. Ambas en silencio fuimos a verificar qu&eacute; ocurr&iacute;a. Escondidas en los &aacute;rboles, a distancia prudente, pudimos ver a una pareja haciendo el amor.<\/p>\n<p>El tipo era alto. Su cuerpo desnudo dibujaba sus m&uacute;sculos de tentaci&oacute;n. Era f&aacute;cil enamorarse de ese rostro varonil. La mujer que le acompa&ntilde;aba era escultural. Su cabello negro azabache, le llegaba a la cadera. Su blanca piel, se ve&iacute;a muy tersa. Eran el d&uacute;o de belleza perfecta.<\/p>\n<p>Mudas les observamos. Verlo besar los senos grandes de la joven era un deleite. Ella transmit&iacute;a energ&iacute;a al atrapar con fuerza, el duro trasero y espalda de ese apol&iacute;neo var&oacute;n.<\/p>\n<p>Con ojos desorbitados no d&aacute;bamos cr&eacute;dito al descomunal pene que hipnotizaba por la vigorosa forma de entrar y salir en la vagina de la maja. Gem&iacute;a ella. Nos afigur&aacute;bamos el canto de una sirena, invitando a la perdici&oacute;n.<\/p>\n<p>En un instante, Carmen y yo, petrificadas quedamos cuando esos bellos ejemplares humanos, voltearon a vernos. Desde un principio supieron de nuestra presencia y por eso aceptaron tenernos como espectadoras. Mi comadre y yo, sentimos temor. Echamos a correr.<\/p>\n<p>Durante dos meses, noche con noche, so&ntilde;&eacute; a esa pareja, invitando a unirme. Mis pecados de carne fueron enormes porque sin condici&oacute;n aceptaba. Cuando ya desnuda ellos desparec&iacute;an. Al despertar, mis ganas er&oacute;ticas me desbordaban. Ten&iacute;a que ba&ntilde;arme con agua fr&iacute;a para apagar mi calor. Pens&eacute; que la &uacute;nica enferma pecadora era yo pero lo mismo ocurr&iacute;a con Carmen.<\/p>\n<p>Las necesidades de los hogares nos obligaron de nueva cuenta ir a lavar ropa al r&iacute;o. Dese&aacute;bamos verlos. Nerviosas tall&aacute;bamos en las piedras. Cualquier ruido, nos hac&iacute;a ir a espiar entre los ahuehuetes. No los encontramos.<\/p>\n<p>De regreso a nuestras casas, entre las milpas, los vimos. El deseo impuro, nos impuls&oacute; a dejar las cestas llenas de ropa a orilla del camino y meternos en los maizales. Junto a un pozo que nunca hab&iacute;amos visto, ah&iacute; estaban, parec&iacute;an esperarnos.<\/p>\n<p>Nos tiramos en medio de los surcos. Les espi&aacute;bamos. La mujer no se estuvo a medias tasas. Desgarr&oacute; la camisa de su hombre. Le acarici&oacute; con las mejillas el velludo pecho de acero para luego enroscar las lenguas haciendo sus besos m&aacute;s intensos.<\/p>\n<p>Presumiendo gran fuerza, el hombre, sin esfuerzo sent&oacute; a la mujer en el brocal. Impactadas quedamos al ver, qu&eacute; al separar las piernas, no tra&iacute;a calz&oacute;n. Hincado le desliz&oacute; suavemente la lengua en la vagina. Las manos de ella, lo sujetaron del cabello, jal&aacute;ndolo m&aacute;s a su entre pierna. Cuando &eacute;ste le dio succi&oacute;n al cl&iacute;toris, provoc&oacute; que &eacute;sta en un fuerte respirar arqueara la espalda.<\/p>\n<p>Ni respir&aacute;bamos. No quer&iacute;amos interrumpir la escena. En eso, el individuo, dijo<\/p>\n<p>&#8211; Ambas vengan.<\/p>\n<p>Descubiertas por segunda vez, nos levantamos. Sacudimos el polvo de nuestras prendas. Temblorosas fuimos a ellos que con lascivia nos miraban. Una vez llegadas, sin esperar explicaci&oacute;n o permiso, sent&iacute; los labios h&uacute;medos del buen mozo estamparse en los m&iacute;os. Ese primer beso en mi vida me creo adicci&oacute;n.<\/p>\n<p>Luego se dirigi&oacute; a Carmen. Ella un minuto dud&oacute; pero la mujer, le tom&oacute; de la mano, la acerc&oacute; al hombre. Mi comadre alej&oacute; su resistencia. Cerr&oacute; sus ojos por el ensue&ntilde;o de entrar a un para&iacute;so que a la postre result&oacute; el averno.<\/p>\n<p>En poco tiempo ya &eacute;ramos parte del juego. Sin fuerza de voluntad permitimos a la bella, desnudar nuestros torsos. El hermoso var&oacute;n cogi&oacute; como presas voluntarias nuestros juveniles senos. Con toque c&aacute;lido y gentil, amas&oacute; con precisi&oacute;n provocando a los pezones a su m&aacute;ximo levantarse.<\/p>\n<p>La respiraci&oacute;n se nos agit&oacute;. Si un tercero nos hubiese descubierto esc&aacute;ndalo hubiera sido en todo el pueblo. De libertinas y bajas nos hubiesen calificado. Sin embargo, no sent&iacute;amos pena ni verg&uuml;enza por nuestra conducta.<\/p>\n<p>De repente, nos horrorizamos cuando la pareja, se lanz&oacute; al fondo del pozo. Asustadas echamos vista. Era profundo y oscuro. No hab&iacute;a voces de auxilio. S&oacute;lo leves risas y gemidos de placer. Preferimos no investigar m&aacute;s. Regresamos a recoger las ropas.<\/p>\n<p>Me vinieron once meses de sue&ntilde;os m&aacute;s atrevidos. El recato desapareci&oacute;. En esas visiones las tres en fornicaci&oacute;n est&aacute;bamos a su disposici&oacute;n. Despertaba sudando. El agua fr&iacute;a ya no apagaba mi calor. El cuerpo me exig&iacute;a saborear el enorme y aterciopelado pene de ese ser extra&ntilde;o.<\/p>\n<p>Por las noches mis manos no pararon de acariciarme. Una y mil veces me penetr&eacute; con los dedos pero no me era suficiente pues deseaba con todas mis ganas el cuerpo est&eacute;tico de ese, que en el pozo, se lanz&oacute;.<\/p>\n<p>Una noche escuch&eacute; llamados que sal&iacute;an de las milpas. Me asom&eacute; por la ventana. Era el hombre quien me llamaba. Tom&eacute; mi bata, lo segu&iacute;. Al lugar donde llegu&eacute; encontr&eacute; a mi comadre.<\/p>\n<p>Ambas notamos que el pozo no estaba en d&oacute;nde por primera vez lo vimos. No dijimos nada. La emoci&oacute;n hizo a nuestros corazones palpitar sonoramente. De suyas por fin ya &eacute;ramos. Las ropas al suelo cayeron. El clima nos fue bueno. Sus besos recorrieron los dos cuerpos virginales. Nos trat&oacute; como a las reinas m&aacute;s amadas, protegidas y afortunadas del mundo.<\/p>\n<p>Primero me tuvo a m&iacute;. Mis ojos no dejaban de verle. Tom&eacute; la iniciativa al sentarme en el brocal del pozo. Desinhibida, le abrac&eacute; con mis piernas su cintura. Sent&iacute; su pene estimular mi cl&iacute;toris. Era fascinante esa sensaci&oacute;n. Hoy con verg&uuml;enza digo que bien pude llenar el pozo de tan mojada que estaba.<\/p>\n<p>Le sujet&eacute; con ambas manos los hombros y mi cabeza qued&oacute; pegada a su pecho cuando entr&oacute; en mi vientre. Dej&eacute; de ser virgen. En mi locura le ped&iacute; que el mete y saca fuera m&aacute;s r&aacute;pido. Me complaci&oacute;. Me regal&oacute; en medio de su semen ardiente, el primero de muchos maravillosos orgasmos. Luego toc&oacute; turno a Carmen. En cuatro puntos la coloc&oacute;. La hac&iacute;a gemir con tal intensidad que se antoja con ella participar. Nos altern&oacute;. El sudor nos ba&ntilde;&oacute;. Para &eacute;l, en todo momento &eacute;ramos las m&aacute;s bellas del mundo.<\/p>\n<p>El agotamiento lleg&oacute;. Prometi&oacute; nunca abandonarnos. A cada una dio un costalito lleno de oro. Con el tiempo, eso nos permiti&oacute; salir de la pobreza. Adquirimos tierras, ganado, los grandes ranchos que ahora tenemos.<\/p>\n<p>Un a&ntilde;o desapareci&oacute;. Cumplido ese tiempo, se repiti&oacute; su llamado. Relamimos los labios para ser suyas de nueva cuenta. Corrimos para encontrarlo. Asombradas vimos el pozo de nueva cuenta movido de lugar.<\/p>\n<p>En el punto de encuentro no le encontramos. En su lugar estaba la mujer esperando. Nos abraz&oacute; al verlos. Nos dijo llamarse Albertina. Sus primeros besos fueron directos a nuestros cuellos. Tal era su poder placentero que parec&iacute;a im&aacute;n al atraernos. Nuestros senos desnudos se apretujaron y rozaron con los hermosamente suyos.<\/p>\n<p>Un rel&aacute;mpago ilumin&oacute; la noche. Fuimos un grito cuando ella, nos tom&oacute; del cabello, arroj&aacute;ndose con nosotras por detr&aacute;s al pozo. Vi el c&iacute;rculo de la luna alejarse de m&iacute;. El viaje se hizo eterno. Espantosa fue la ca&iacute;da. Los cuerpos tronaron feamente al tocar suelo. Al despertar todo era una inmensa oscuridad. El fr&iacute;o era terrible. No hab&iacute;a un solo ruido. Aturdidas escuchamos la voz de ella, ordenar ponernos de pie y seguirla. As&iacute; lo hicimos.<\/p>\n<p>Nada se ve&iacute;a en el caminar. Nos guio su voz. Tras cinco minutos hubo una iluminaci&oacute;n total que lastim&oacute; la vista. Ah&iacute; en medio de una inmensa caverna, est&aacute;bamos. Las gigantes paredes del fondo se separaron. Un majestuoso sal&oacute;n apareci&oacute;. Desde su trono de oro macizo el hombre nos llam&oacute;. Muchas mujeres desnudas de todas las razas y edades postradas le rodeaban.<\/p>\n<p>Ya a su lado, nos bes&oacute; apasionadamente. En coro todas las dem&aacute;s, estirando sus brazos, le suplicaron tener el mismo privilegio. De pronto, su actitud cambi&oacute;. De su asiento se levant&oacute; y nos dijo con frialdad<\/p>\n<p>&ndash; Peque&ntilde;as m&iacute;as, es hora de que paguen mis favores. Nada les fue gratis. Son mujeres m&iacute;as y por esa raz&oacute;n, las he hecho poderosas y adineradas. Nada les ha faltado de mi parte porque hasta tuvieron en sus sue&ntilde;os los m&aacute;s exquisitos cl&iacute;max de pasi&oacute;n. &iquest;Miento?<\/p>\n<p>El movimiento de nuestras cabezas le dio la raz&oacute;n. Y contin&uacute;o<\/p>\n<p>&ndash; F&aacute;cil es pagarme. S&oacute;lo requiero de dos cosas. As&iacute; como lo hizo Pattzy, deben traerme doncellas para hacerlas m&iacute;as. Ellas como ustedes har&aacute;n m&aacute;s llevadera mi soledad. Por &uacute;ltimo, consagraran a sus nietas para m&iacute;. &iquest;Verdad, qu&eacute; desean hacerme feliz?<\/p>\n<p>Torpemente le pregunt&eacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Y al tener m&aacute;s mujeres te olvidar&aacute;s de nosotras?<\/p>\n<p>Con bella sonrisa y dulces caricias en m&iacute; rostro, me dijo<\/p>\n<p>&ndash; Tontita. Seguir&aacute;n siendo parte de mi felicidad. &iquest;Me pagaran?<\/p>\n<p>A simple vista el trato era sencillo. Llevar v&iacute;rgenes al despertar parec&iacute;a no malo. Total, no ser&iacute;a contra sus voluntades. Sum&oacute; a eso lo inexperto de la juventud. No hab&iacute;a en nuestras cabezas la idea de concebir hijos mucho menos de tener nietas. Salvo &eacute;l, a ning&uacute;n var&oacute;n ni por error nos atend&iacute;a. Algo les hac&iacute;a alejarse. Aceptamos pagar.<\/p>\n<p>De la nada aparecimos en nuestras casas. Todo fue normal. Sin embargo, los llamados al pozo se multiplicaron. En cada uno de ellos siempre hubo el regalo del sexo y dinero. Fue a nuestro vocabulario agregar la palabra &ldquo;Maestro&rdquo;. As&iacute; nos dirig&iacute;amos a &eacute;l. En nuestra monstruosa labor aprendimos a seleccionar mujeres. Las elegidas terminaron haciendo lo mismo que nosotras. Ninguna se neg&oacute; a pagar lo pedido.<\/p>\n<p>El desenfreno desconoci&oacute; l&iacute;mites. Las nuevas reuniones en la caverna eran org&iacute;as. &Eacute;ramos ninfas desnudas en plena libertad. No era pecado mujer contra mujer. Dimos cacer&iacute;a al fantasma del silencio que siempre ten&iacute;a reprimida nuestra sexualidad. Las entregas eran espont&aacute;neas. El tiempo no contaba solo importaba el intenso placer.<\/p>\n<p>El macho cabr&iacute;o montaba a todas sus hembras. No hac&iacute;a distingos en delgadez o gordura, edad, color, o raza. Era un para&iacute;so cuyos pastos verde cubr&iacute;an oscuras muertes y traiciones. En una de esas tantas juntas las m&aacute;s viejas nos descubrieron el destino de las nietas. &Eacute;l, el bello, el perfecto, el amoroso y protector, transformado en demonio, sacrificaba a sus v&iacute;ctimas.<\/p>\n<p>Frente a todas, el sadismo le afloraba. Con brutalidad las violaba. Su cola serv&iacute;a de l&aacute;tigo. Los pu&ntilde;os de tanto golpearlas ba&ntilde;adas en sangre las dejaba. Lo m&aacute;s horrible fue verlas en el caldero coci&eacute;ndose. Burlonamente las com&iacute;a. Sus almas llorosas prisioneras eran. Les imped&iacute;a alcanzar el cielo y la salvaci&oacute;n.<\/p>\n<p>De lo visto no quisimos cargar con remordimientos. Fuimos indiferente. Usamos de escudo protector el discernir que con esas desdichadas no hab&iacute;a vinculaci&oacute;n. No eran parientas, amigas o conocidas. Su suerte estuvo en manos de otros. Irresponsablemente preferimos la riqueza y lujuria. El sufrimiento humano no import&oacute;.<\/p>\n<p>A&ntilde;os y a&ntilde;os fuimos compartiendo la vida como c&oacute;mplices de los secretos ruines. La depravaci&oacute;n fue facilitada porque previo al sexo colectivo, la caverna, se impregnaba de un aroma exquisito, dir&iacute;a yo narc&oacute;tico, que embriaga de euforia. La potencia aumentaba pero disminu&iacute;a la agudeza mental. Desconectadas del plano afectivo con mejillas sonrosadas, sonrisas de satisfacci&oacute;n y mucha humedad en nuestras vaginas nos sum&aacute;bamos al terreno del placer f&iacute;sico.<\/p>\n<p>De la etapa inocente por conocer la sexualidad pasamos a repartir besos, caricias y abrazos de manera indistinta a perfectas conocidas o desconocidas. Estorbaba la ropa para lograr el &eacute;xtasis. El impulso morboso ten&iacute;a reflejo en la erecci&oacute;n equina cuando al maestro por las sensuales danzas le expres&aacute;bamos la seducci&oacute;n.<\/p>\n<p>Aquellas mejores bailarinas eran las primeras escogidas. Les llegaban de inicio las caricias a los senos desnudos para luego centrarse en las piernas. Las miradas de &eacute;l con las nuestras se manten&iacute;an sin desv&iacute;os. A la preferida levantaba el pie para besar. Nadie pod&iacute;a superarlo en galanter&iacute;a.<\/p>\n<p>El primer anuncio de que las mieles en hojuelas nos peligraban fue al cumplir los treinta y dos a&ntilde;os. De la nada a nuestras vidas llegaron los hombres con quienes nos matrimoniamos. De ser solteronas ahora ten&iacute;amos el rol de amas de casa.<\/p>\n<p>Mi comadre fue bendecida con hijos cuates, ni&ntilde;o y ni&ntilde;a, y yo solamente a Heriberto. En esa &eacute;poca no lleg&oacute; llamados al pozo. Las ansiedades de ser amasias tumultuarias cesaron. En mente, alma y amor nos entregamos a la crianza de nuestros hijos.<\/p>\n<p>Doce a&ntilde;os despu&eacute;s ya no ten&iacute;amos maridos. No supimos a d&oacute;nde se fueron. Otra vez el pozo resurgi&oacute;. A la llamada, contentas fuimos. Ya con &eacute;l, nos dijo<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Estoy contento de volverlas a ver! &iexcl;De verdad las extra&ntilde;&eacute;! &iexcl;Me llen&eacute; de fr&iacute;o cuando se ausentaron!<\/p>\n<p>Tan solo de besarnos los l&oacute;bulos de las orejas suspiramos. El Maestro nos hizo pegar ricos quejidos por sus fuertes embestidas. Empinadas alab&aacute;bamos lo grueso y largo de su dur&iacute;simo pene. Nuestras piernas temblaban y los labios vaginales dilatados y palpitantes se negaban a dejarlo salir por los intensos orgasmos que nos regal&oacute;. Quince para m&iacute;. Carmen tuvo veinte.<\/p>\n<p>Al momento que nos dio su tibia leche en las bocas comprobamos que solo para y por &eacute;l, pod&iacute;amos ser verdaderas hembras.<\/p>\n<p>Volvimos a la tarea de enganchar mujeres para su servicio. A la edad de cincuenta a&ntilde;os comenz&oacute; nuestro calvario. Carlos, hijo de Carmen, embaraz&oacute; a su esposa. Todo el periodo de gestaciones ansi&aacute;bamos que no fuera ni&ntilde;a. Vino el primer nieto de mi comadre. De verdad descansamos.<\/p>\n<p>Al a&ntilde;o siguiente Heriberto y Ruth, esperaban beb&eacute;. Carlos volvi&oacute; a embarazar a su mujer. Lloramos cuando nacieron Lucia y Raquel. Coincidieron en d&iacute;a. Miserables de nosotras ah&iacute; comprendimos la maldad de haber vendido a nuestras nietas y almas al sacr&iacute;lego.<\/p>\n<p>Desde el nacimiento de las nietas buscamos zafarnos del compromiso. Un d&iacute;a nos llam&oacute; a su presencia. Sin haberle confesado nuestras intenciones, nos dijo<\/p>\n<p>&ndash; Esas ni&ntilde;as que nacieron son bellas. Muy parecidas a ustedes. No se esfuercen ni se acongojen. No hay forma de incumplir el trato. A ustedes dos las amo y por eso les prometo no tocar a sus nietas sino hasta cuando cumplan veinti&uacute;n a&ntilde;os. Ven sigo siendo bueno y amoroso.<\/p>\n<p>Veinte a&ntilde;os han pasado y no encontramos soluci&oacute;n para salvarlas. Intentamos ser m&aacute;s entregadas y conseguir el mayor beneficio. Sonriendo nos dijo<\/p>\n<p>&ndash; El pacto por las nietas cancelado no ha quedado.<\/p>\n<p>Todos los que en la habitaci&oacute;n se encontraban se estremecieron. De todas las paredes sali&oacute; una voz, indicando<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Helene y Carmen, el Maestro les llama!<\/p>\n<p>Sin excusa o explicaci&oacute;n las llamadas, se encaminaron. Sus familias les siguieron de cerca para convencerlas que no fueran. Al adivinar que se lanzar&iacute;an al fondo del pozo les sujetaron de brazos y cinturas pero era tal la descomunal fuerza de las abuelas que les fue imposible detenerlas.<\/p>\n<p>Boquiabiertos quedaron al verlas desaparecer en el fondo oscuro. Ninguno se anim&oacute; a ir m&aacute;s all&aacute; del brocal.<\/p>\n<p>Al d&iacute;a siguiente las volvieron a ver. Tristes dijeron a sus familias<\/p>\n<p>&ndash; Fracasamos. No lo convencimos. El uno de octubre de este mil novecientos cuarenta, vendr&aacute; por ellas. Solo espera que cumplan veinti&uacute;n a&ntilde;os. En veinte d&iacute;as ser&aacute;.<\/p>\n<p>Dos d&iacute;as despu&eacute;s, en la cabecera municipal, dijo Helene a Carmen<\/p>\n<p>&ndash; Me voy a suicidar. Estoy sumamente arrepentida de haber aceptado tan mal trato. Aumenta el peso de mi consciencia que tambi&eacute;n ayudamos que otras j&oacute;venes pronto tengan el mismo destino de nuestras reto&ntilde;os.<\/p>\n<p>&iexcl;Perd&oacute;name Dios m&iacute;o! Ruego para que las eternas llamas del infierno purifiquen mi alma. Carmen, estamos cerca de una notar&iacute;a. Acomp&aacute;&ntilde;ame voy a dejar testamento &ndash;<\/p>\n<p>Carmen, llorando contest&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Har&eacute; lo mismo que t&uacute; pero yo me ahorcar&eacute; en tres d&iacute;as. Por la gran maldad que caus&eacute; pedir&eacute; que mi tumba sea llenada con sal para que en su superficie nada crezca. Vayamos a arreglar la documentaci&oacute;n &ndash;<\/p>\n<p>Todo qued&oacute; en regla. De regreso fueron a sus casas. Con el sol del atardecer las milpas luc&iacute;an hermosas. Ah&iacute; en el mismo lugar, de cuando j&oacute;venes dejaron los cestos de ropa limpia para introducirse en los maizales y ver por primera vez el pozo, se detuvieron. Ol&iacute;a a esquites. De entre los surcos les sali&oacute; un anciano carente del ojo izquierdo. En sus manos llevaba una olla chica con el hervido preparado.<\/p>\n<p>El hombre de avanzada edad, les dijo<\/p>\n<p>&ndash; Helene, Carmen, vengan. Alim&eacute;ntense &ndash;<\/p>\n<p>Siendo desconocido le preguntaron<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;De d&oacute;nde o porqu&eacute; nos conoce?<\/p>\n<p>El viejo, tard&oacute; en contestarles. Primero trag&oacute; el ma&iacute;z que masticaba y despu&eacute;s dijo<\/p>\n<p>&ndash; Hace poco m&aacute;s de cincuenta a&ntilde;os mi hija lleg&oacute; a platicarme de ustedes. Ella tiene dos a&ntilde;os que muri&oacute; &ndash;<\/p>\n<p>Pregunt&oacute; Carmen<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Qui&eacute;n era ella?<\/p>\n<p>Contest&oacute; el hombre<\/p>\n<p>&ndash; Mi hija era la joven escultural de cabello negro azabache a la cadera, muy blanca de piel que conocieron. Se llamaba Albertina &ndash;<\/p>\n<p>Sorprendidas dijeron en coro<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Usted es el padre de ella?<\/p>\n<p>&#8211; S&iacute;, lo soy. A mis noventa y cinco a&ntilde;os recuerdo lo bien que se expresaba de ustedes. Me dec&iacute;a que eran muy bonitas e inocentes. Las predilectas del falso maestro<\/p>\n<p>Enmudecieron y preguntaron<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Sabe usted, del maestro?<\/p>\n<p>&#8211; S&iacute;. Al muy desgraciado lo conozco. A las tres las convirti&oacute; en monstruos. Yo quise arrebatar a mi hija de sus garras.<\/p>\n<p>Empec&eacute; a sospechar que algo malo ocurr&iacute;a pues con cierta frecuencia en las noches desaparec&iacute;a. Mis celos me hicieron concebir que era un amante quien la distra&iacute;a. Ten&iacute;a que ahuyent&aacute;rselo. La espi&eacute;.<\/p>\n<p>Cuando por primera vez la vi lanzarse al interior del pozo tuve miedo de perderla. Fui a casa para conseguir sogas y tratar de rescatarla. Tard&eacute; pero ya de regreso caminaba en mi direcci&oacute;n.<\/p>\n<p>No hab&iacute;a rasgu&ntilde;os. Amorosamente la abrac&eacute;. El olor de su piel era a hierba h&uacute;meda pero podrida. No di importancia.<\/p>\n<p>Su conducta extra&ntilde;a me hizo ser m&aacute;s vigilante. No entendiendo los sucesos en cierta ocasi&oacute;n me hice acompa&ntilde;ar de un viejo sacerdote. La seguimos hasta el pozo.<\/p>\n<p>El cura y yo casi morimos del susto. Sali&oacute; del hoyo un hombre. Ca&iacute;dos al piso con sa&ntilde;a nos pate&oacute;. Estando ba&ntilde;ados en sangre se transform&oacute; en demonio. Nos dijo<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Largo de aqu&iacute;! Son mis dominios y nadie es bienvenido si no es a invitaci&oacute;n m&iacute;a &iexcl;Fuera!<\/p>\n<p>Al sentir sus ardientes escupitajos en la cara, corriendo huimos. El escape termin&oacute; a mitad del camino real, ah&iacute; aunque molidos recuperamos el aliento. El sacerdote me dijo<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Santo Dios, si existe el diablo! Para derrotar a la bestia ocupamos saber primero su nombre. Voy a solicitar al arzobispado traer curas exorcistas.<\/p>\n<p>En eso, el sacerdote se llev&oacute; sus manos al pecho. Al piso cay&oacute; sin vida. Hab&iacute;a entrado en un paro cardiaco fulminante. Fui a casa por unas mulas. A lomo lo llev&eacute; a la parroquia. Qued&eacute; solo en mi guerra contra ese maligno.<\/p>\n<p>En mi poco entendimiento fui a consultar brujos. Siempre me qued&oacute; duda &iquest;Del porqu&eacute; necesit&aacute;bamos saber del nombre? Fue un nigromante, el que me dijo<\/p>\n<p>&ndash; Si obtienes el nombre de ese ser del mal, es porque lo has debilitado o sorprendido en torpeza. Obtendr&aacute;s poder sobre &eacute;l. At&oacute;ntalo primero. Quema incienso de copal y en las mismas llamas arroja el h&iacute;gado y el coraz&oacute;n del pez que ahora pongo en tus manos.<\/p>\n<p>Era un pez que nunca en mi vida hab&iacute;a visto y continu&oacute; diciendo.<\/p>\n<p>&#8211; En su ansiedad por no ahogarse te dar&aacute; su nombre. Debes ser veloz o la vida te costar&aacute; &ndash;<\/p>\n<p>Con la informaci&oacute;n obtenida me di valor y sal&iacute; al combate. Antes de eso ba&ntilde;&eacute; en agua bendita mis armas. Me encomend&eacute; a la Virgen de Guadalupe. Le ped&iacute; me cubriera con su manto protector. Como en las otras veces segu&iacute; a Albertina. Cerca del hoyo que conduce al averno prend&iacute; un anafre.<\/p>\n<p>En las bolsas de mi chamarra tra&iacute;a el copal, el h&iacute;gado y coraz&oacute;n del pez. En la boca del pozo grit&eacute; conjuros religiosos. No tard&oacute; en salir el maligno. Lo rete a un duelo. Se re&iacute;a de m&iacute;. Le dije<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Si no me temes dame tu nombre!<\/p>\n<p>Contest&oacute; altaneramente &ndash; Pobre mortal &iquest;Te crees merecedor de tan inmenso tesoro? &iquest;Acaso eres el Rey Salom&oacute;n? Eres un idiota. L&aacute;rgate o te pesar&aacute;<\/p>\n<p>Le grit&eacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iexcl;Libera a mi hija!<\/p>\n<p>A carcajada me dijo<\/p>\n<p>&ndash; Ella est&aacute; por propia voluntad &iquest;Ves que eres est&uacute;pido? Me entrega su cuerpo de forma libre. Ah, s&iacute; vieras como es obediente y buena amante &ndash; Gui&ntilde;ando un ojo agreg&oacute; &ndash; Es mi mejor puta<\/p>\n<p>Sus palabras me descontrolaron y olvide arrojar los ingredientes al fuego. Enfurecido le vaci&eacute; todas las balas de mi pistola. Sin haberle hecho da&ntilde;o, tom&eacute; mi machete y sobre su cuerpo me fui<\/p>\n<p>El anciano cay&oacute; y llor&oacute; amargamente. Carmen, desconcertada le pregunt&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;Te venci&oacute;?<\/p>\n<p>Contest&oacute; el tuerto<\/p>\n<p>&ndash;S&iacute;. Me dej&oacute; moribundo, sin un ojo. Con m&iacute; mismo machete me castr&oacute;. Toda mi hombr&iacute;a, voluntad y valor se fue. Tuve mucho miedo pero me entregu&eacute; a la voluntad de Cristo. Una luz ilumin&oacute; el lugar. Sent&iacute; los brazos de una mujer cargarme. Escuch&eacute; al demonio decir<\/p>\n<p>&ndash; Ese me ret&oacute;. &iexcl;Devu&eacute;lvemelo! &iexcl;Es mi derecho! &iexcl;Yo no busqu&eacute; la bronca!<\/p>\n<p>La Virgen de Guadalupe, habl&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Siempre has sido un provocador. Con falsos formulismos tratas de negar que eres maligno &iexcl;No se te entregar&aacute;! Por su valor, amor y bondad, se te ha quitado &iquest;Deseas desafiar el mandato? Sus manos no te derrotaran pero gu&aacute;rdate de seguir haciendo mal porqu&eacute; de &eacute;l viene tu humillaci&oacute;n<\/p>\n<p>El ser se carcajeo, y dijo<\/p>\n<p>&ndash; &iquest;Ese que cargas me humillar&aacute;? &iquest;Acaso no ves c&oacute;mo lo he dejado? Hasta lo castr&eacute;. En fin, si ya hay decreto, me voy. Yo Cynocephalus, te obsequio esa basura. De seguro poco habr&aacute; de vivir<\/p>\n<p>De la nada aparec&iacute; en el hospital Ju&aacute;rez de Ciudad de M&eacute;xico. A quinientos kil&oacute;metros de aqu&iacute;. Un a&ntilde;o dur&eacute; internado. Albertina nunca fue a verme. Despu&eacute;s de d&aacute;rseme de alta hospitalaria, tres a&ntilde;os trabaj&eacute; en la capital.<\/p>\n<p>No quer&iacute;a volver ac&aacute;. Estaba aterrorizado aparte pesaba en mi la decepci&oacute;n de no estar entero en mis genitales pero mi preocupaci&oacute;n por mi hija me oblig&oacute; a regresar. Me las arregl&eacute;. Ahorr&eacute; y al pueblo llegu&eacute;. Encontr&eacute; a mi hija como propietaria de una gran hacienda. Ofendida estaba conmigo.<\/p>\n<p>Le rogu&eacute; deshacerse de ese criminal. Nunca acept&oacute;. Unos cuatro meses me tuvo en su casa. Me platic&oacute; mucho de su falso maestro y de ustedes. Una ma&ntilde;ana le dije tener en mis manos la forma de derrotarlo. Me ech&oacute; de sus tierras.<\/p>\n<p>Con mis ahorros compre un terreno chico y constru&iacute; una modesta casa. Mi hija tuvo hijos. A todos les prohibi&oacute; hablarme. A la fecha ni los nietos me dirigen la palabra. Para entonces ella ya era muy rica.<\/p>\n<p>Nunca le ped&iacute; nada. Viv&iacute; de mi trabajo. Naci&oacute; su primera nieta. Es de la misma edad de Raquel y Lucia. Todav&iacute;a no ha sido sacrificada y deseo salvarla. D&iacute;a y noche rezo por la salvaci&oacute;n de las almas infortunadas.<\/p>\n<p>Por un sue&ntilde;o, s&eacute; que pronto Ustedes, habr&aacute;n de hacer el sacrificio de sus nietas. Tambi&eacute;n por ese sue&ntilde;o supe que aqu&iacute; las encontrar&iacute;a.<\/p>\n<p>El nombre del demonio es Cynocephalus. Rep&iacute;tanlo mil veces para que no lo olviden. En sus manos est&aacute; salvar a todas las muchachas que ser&aacute;n sacrificadas y liberar a las almas aprisionadas.<\/p>\n<p>No lo piensen. Acaben con esta injusticia<\/p>\n<p>Helene y Carmen, sin decir nada se alejaron. El anciano tristemente se meti&oacute; entre las milpas. Cuando llegaron a casa Helene, dijo<\/p>\n<p>&ndash; Comadre se nos adelant&oacute; la hora. Hagamos lo que nos indic&oacute; el padre de Albertina<\/p>\n<p>Carmen, reproch&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; &iquest;Y si es una trampa?<\/p>\n<p>La comadre respondi&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Debemos salvar a nuestras nietas. Estoy dispuesta a todo. No temas Carmen. Como consuelo piensa qu&eacute; de salvar a las otras j&oacute;venes y a las almas aprisionadas quiz&aacute; y solo quiz&aacute; nuestros pecados sean perdonados. Tenemos que arriesgarnos<\/p>\n<p>Con ese plan Helene carg&oacute; las bolsas de su mantel de copal. Carmen hizo lo propio con el h&iacute;gado y coraz&oacute;n del pez. Hincadas imploraron ser llamadas a la presencia del oscuro. Se les concedi&oacute;.<\/p>\n<p>Al bajar a la c&aacute;mara infernal dejaron sus ropas en donde siempre. Desnudas se presentaron al demonio. Al oler sus cuerpos, les dijo, tap&aacute;ndose la nariz<\/p>\n<p>&#8211; &iquest;De d&oacute;nde vienen qu&eacute; apestan horrible? &iexcl;No se acerquen a m&iacute;! Regresen a sus casas y no vuelvan hasta que ese nauseabundo olor les desaparezca. Me enfurece esa hediondez<\/p>\n<p>&ndash; &iquest;Maestro qu&eacute; tanto nos amas? &ndash; Pregunt&oacute; Carmen.<\/p>\n<p>El mal&eacute;fico, salido de sus casillas, contest&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Mucho pero no lo suficiente para deshacer el trato. Tendr&aacute;n que ir por sus nietas y entreg&aacute;rmelas. &Uacute;ltima vez que les tolero la necedad de quererlas salvar. &iexcl;Largo!<\/p>\n<p>Contest&oacute; Carmen<\/p>\n<p>&ndash; Deseamos salvarlas. Lib&eacute;ralas por favor. Pide lo que quieras pero d&eacute;jalas ir<\/p>\n<p>El diablo, contest&oacute; &ndash; &iexcl;Dije largo!<\/p>\n<p>El demonio, dubitativo pensaba en el olor de ellas. En sus adentros, se dec&iacute;a<\/p>\n<p>&ndash; Ese aroma me es conocido &iexcl;No recuerdo por m&aacute;s que me esfuerzo!<\/p>\n<p>Las abuelas fueron a vestirse. Luego Helene y Carmen, teniendo a sus espaldas una llama encendida, llamaron al oscuro. &Eacute;ste teni&eacute;ndolas cercar, volvi&oacute; a percibirles el olor, y dijo<\/p>\n<p>&ndash; Ahora apestas mil veces m&aacute;s<\/p>\n<p>Call&oacute; por unos segundos y refiri&oacute;<\/p>\n<p>&#8211; &iexcl;Ya record&eacute;! &iexcl;Huelen igual al padre de Albertina! &iexcl;Fuera de aqu&iacute;!<\/p>\n<p>Helene, valientemente, le dijo<\/p>\n<p>&ndash; No nos iremos hasta que rompas el pacto<\/p>\n<p>El oscuro, replic&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Me desaf&iacute;an! Mis ni&ntilde;as no me hagan enojar &iquest;No saben que puedo hacerles crujir los huesos? &iexcl;El pacto se cumplir&aacute;!<\/p>\n<p>Eso bast&oacute; para que Helene arrojara el copal a las llamas. Carmen hizo lo mismo con las v&iacute;sceras del pescado. Un abundante humo invadi&oacute; el recinto. La Bestia grit&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Traidoras! &iexcl;Quiten eso que me ahogo!<\/p>\n<p>Helene, manifest&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Libera a todas las nietas que deben victimizarse y rompe todos los pactos con tus amasias<\/p>\n<p>Carmen, agreg&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Tambi&eacute;n has de liberar a las almas prisioneras<\/p>\n<p>El demonio, tosiendo, les mencion&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Eso que queman no ha de durar mucho tiempo. Se les acabar&aacute; y las matar&eacute;<\/p>\n<p>Helene, grit&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; &iexcl;Obedece Cynocephalus! &iexcl;Ahora!<\/p>\n<p>&Eacute;l en medio de fuertes dolores que lo llevaron a arrastrarse, respondi&oacute;<\/p>\n<p>&ndash; Piedad, piedad, les juro que el pacto no se puede romper<\/p>\n<p>Ambas, con severidad, dijeron<\/p>\n<p>&#8211; &iexcl;R&oacute;mpelo! &iexcl;Cynocephalus, r&oacute;mpelo!<\/p>\n<p>El demonio llorando, dijo<\/p>\n<p>Es imposible. Puede ser modificado pero no roto. Deben darme la libertad y algo valioso para ustedes a cambio de ellas<\/p>\n<p>Helene, dijo<\/p>\n<p>&ndash; Nuestras vidas y almas nos son valiosas. Quedamos a cambio de ellas<\/p>\n<p>El humo ces&oacute;, el demonio se levant&oacute;, enfurecido grito<\/p>\n<p>&ndash; Largo todas menos ustedes dos. C&uacute;mplase la modificaci&oacute;n al pacto de forma inmediata. Tan enfurecido estoy que nunca m&aacute;s quiero volver a ver a ninguna de mis amasias<\/p>\n<p>Las mujeres del demonio le imploraban no abandonarlas. De la caverna salieron llorando. Las almas prisioneras se elevando sus brazos, se enfilaron a los cielos. Desde ese d&iacute;a cesaron los sacrificios de las j&oacute;venes.<\/p>\n<p>Sin m&aacute;s testigos Cynocephalus, dijo a Helene y Carmen<\/p>\n<p>&#8211; Ustedes fueron mis c&oacute;mplices. Mi maldad la compartieron. Son parte de mi esencia. Es tiempo de pagar mis hermosas<\/p>\n<p>Durante mil a&ntilde;os, se vio a Cynocephalus, comer a solas en su mesa.<\/p>\n<p>Mascaba los cuerpos hervidos de Helene y Carmen.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 15<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>La abuela Helene, c&oacute;moda en su mecedora, observa a lo lejos a su nieta, a las orillas de los sembrad&iacute;os de ma&iacute;z. En todo momento, su rostro, muestra la preocupaci&oacute;n de qu&eacute; se adentre en las siembras. 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