{"id":41607,"date":"2023-04-17T22:00:00","date_gmt":"2023-04-17T22:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"2023-04-17T22:00:00","modified_gmt":"2023-04-17T22:00:00","slug":"el-nuevo-curso-vi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-nuevo-curso-vi\/","title":{"rendered":"El nuevo curso (VI)"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"41607\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\"><\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 30<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>&ndash;Ha sido un error.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;El qu&eacute;?<\/p>\n<p>&ndash;Lo nuestro. Ha sido un error, una equivocaci&oacute;n. No volver&aacute; a suceder&ndash; afirm&oacute; tajante Mauro mirando fijamente a Ra&uacute;l&ndash;. No eres m&aacute;s que un cr&iacute;o, y yo soy tu profesor. &iquest;Te has parado a pensar qu&eacute; ser&aacute; de mi carrera si se descubre que nos hemos acostado? Me quitar&aacute;n la c&aacute;tedra, ser&aacute; un esc&aacute;ndalo, mis amigos me llamar&aacute;n de todo y dir&aacute;n que me he cambiado de acera. Ha sido un error y no pienso repetirlo de nuevo. Te ruego que salgas de mi vida, ya has jugado bastante con ella. Vete, antes de que me la destroces.<\/p>\n<p>&ndash;Lo entiendo. Yo&hellip; lo siento.<\/p>\n<p>Mauro hab&iacute;a esperado una pataleta, gritos y que le montase el n&uacute;mero, pero para su alivio y tambi&eacute;n decepci&oacute;n, Ra&uacute;l hab&iacute;a claudicado de inmediato. Con la mirada baja y los ojos anegados en l&aacute;grimas hab&iacute;a rebuscado en su cartera, lanzado unas pocas monedas a la mesa para pagar su caf&eacute; y se hab&iacute;a ido. No hab&iacute;a mirado atr&aacute;s ni una sola vez.<\/p>\n<p>A pesar de las dos semanas transcurridas el recuerdo todav&iacute;a se presentaba en la mente de Mauro sin que este pudiese hacer nada para impedirlo. La parte racional de su cerebro intentaba convencerle de que hab&iacute;a tomado la decisi&oacute;n correcta, pero eso no lo hac&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil. Se hab&iacute;a arrepentido de sus palabras en ese mismo momento, pero no hab&iacute;a hecho nada por enmendar su error, por disculparse. Se hab&iacute;a limitado a pagar su parte y marcharse a su casa a paso tranquilo, a preparar sus clases y a fingir que nada hab&iacute;a cambiado, que aquel encuentro fortuito no hab&iacute;a tenido mayor trascendencia. Puras patra&ntilde;as. Ra&uacute;l hab&iacute;a trastocado su vida por completo.<\/p>\n<p>El despertador le record&oacute; insistente que deb&iacute;a levantarse de la cama y prepararse para el nuevo a&ntilde;o acad&eacute;mico en la universidad. Ser profesor le hab&iacute;a llenado siempre de un fiero orgullo que no ocultaba. Amaba ense&ntilde;ar, amaba la qu&iacute;mica, y hasta hac&iacute;a escasamente un mes hab&iacute;a cre&iacute;do que el pin&aacute;culo de su amor era el que mostraba por su esposa, incluso doce a&ntilde;os despu&eacute;s de su fallecimiento debido a un c&aacute;ncer de mama. Mauro la hab&iacute;a querido desde el instituto hasta que despidi&oacute; sus restos en el cementerio local. Su muerte le sumi&oacute; en una espiral oscura de la que s&oacute;lo consigui&oacute; escapar a duras penas aferr&aacute;ndose a sus clases. D&iacute;a tras d&iacute;a se levantaba tan solo para acudir a su aula, plantarse delante de m&aacute;s de cincuenta alumnos y desgranar una lecci&oacute;n que consegu&iacute;a reavivar los rescoldos de lo que no hac&iacute;a mucho hab&iacute;a sido una apasionada hoguera.<\/p>\n<p>Rescoldos, solo rescoldos. Ni siquiera las exang&uuml;es brasas consegu&iacute;an hacer frente a la profunda oscuridad a la que se hab&iacute;a enfrentado cada d&iacute;a. Poco a poco, el tiempo fue suavizando el dolor, difuminando sus afilados bordes hasta dejarlo reducido a una molestia constante. De haber hablado de ello con alguien lo habr&iacute;a descrito como algo semejante a la artritis, pero dentro de su pecho: hab&iacute;a d&iacute;as donde apenas s&iacute; notaba un par de punzadas y d&iacute;as donde la oscuridad y el dolor eran tan intensos que le costaba incluso respirar. Y pese a ello, jam&aacute;s falt&oacute; a una sola clase. Los meses de septiembre a julio eran m&aacute;s soportables, el verano era una jodida prueba de resistencia.<\/p>\n<p>Siempre hab&iacute;a sido la estaci&oacute;n favorita de su esposa. Dec&iacute;a que la gustaba el calor, el sol, que la transmit&iacute;a vitalidad. A &eacute;l el campo agostado siempre le hab&iacute;a transmitido una sensaci&oacute;n de tristeza, como si, agotadas las gracias f&eacute;rtiles de la primavera, no le quedase nada que ofrecer salvo un melanc&oacute;lico letargo que culminaba en la explosi&oacute;n de colores del oto&ntilde;o. Ella lo ve&iacute;a de una forma totalmente opuesta. Un letargo apacible en lugar de triste, acunado por el chirrido de grillos y cigarras, zumbido de moscardas y dem&aacute;s insectos y en las noches el vuelo titilante de las luci&eacute;rnagas. Tras su muerte nunca pudo volver a disfrutar del verano. Todo le recordaba a ella. Todo. Y el dolor de su pecho amenazaba con consumirle de nuevo.<\/p>\n<p>La casa estaba igual que siempre, menos por las fotos. Todas las fotos donde sal&iacute;a Ana hab&iacute;an desaparecido. Guardadas con pulcro cuidado en una gran caja fuerte de hierro bajo su cama, junto a su alianza, la p&oacute;liza de seguros y dem&aacute;s papeles importantes. No soportaba verlas, no soportaba ver a la chica llena de vida y luz que fue. En su mente quedaba el recuerdo de un cuerpo caliente y consumido por el c&aacute;ncer y la fiebre, cuya respiraci&oacute;n gorgoteante auguraba negros presagios. Cada vez que ve&iacute;a una foto suya tan solo pod&iacute;a compararlas y preguntarse por qu&eacute; a una persona tan dulce la toc&oacute; una muerte tan horrible. Y esas preguntas se acrecentaban durante el verano. Siempre en verano.<\/p>\n<p>Su mejor amigo, compa&ntilde;ero de despacho y c&aacute;tedra le hab&iacute;a intentado sacar de casa en vano. Durante nueve a&ntilde;os le estuvo acosando, insisti&eacute;ndole para que fuese con &eacute;l y su ahora exmujer de vacaciones. A donde fuese: monta&ntilde;a, campo, mar&hellip; hasta habr&iacute;an dicho que s&iacute; si hubiese propuesto irse al Amazonas a luchar contra jaguares. Durante a&ntilde;os, tan solo Alberto se hab&iacute;a acercado a intuir la profunda devastaci&oacute;n que asolaba a su compa&ntilde;ero y amigo. Se hab&iacute;a mantenido cerca, un pilar esencial en su vida sin el que no sab&iacute;a c&oacute;mo habr&iacute;a acabado. Pero las vacaciones eran demasiado. No estaba preparado. Sabedor de que su amigo jam&aacute;s dejar&iacute;a de insistir, a los seis a&ntilde;os de la muerte de su esposa hab&iacute;a anunciado que dar&iacute;a clases particulares durante el verano.<\/p>\n<p>Dar clases a ni&ntilde;os nunca le hab&iacute;a entusiasmado, pero funcion&oacute; a las mil maravillas. La mayor&iacute;a de los que acud&iacute;an a sus clases necesitaban recuperar materias de n&uacute;meros: matem&aacute;ticas, f&iacute;sica, qu&iacute;mica, biolog&iacute;a&hellip; Muchas de las cosas que le ped&iacute;an las hab&iacute;a olvidado, reemplazadas por estudios mucho m&aacute;s complejos, y el tener que repasarlas para preparar las clases bastaba para tenerle ocupado. Adem&aacute;s, se dio cuenta de que la mayor&iacute;a de ni&ntilde;os no eran tan malos, tan solo ten&iacute;an malos profesores. Muchas veces se sorprend&iacute;a riendo con ellos y sus ocurrencias, con ellos pod&iacute;a ser un profesor diferente al ogro que era en la universidad. El problema real fueron los adolescentes, desafiantes y ap&aacute;ticos en su mayor&iacute;a. Por cada uno que de verdad ten&iacute;a inter&eacute;s bregaba con diez que no ten&iacute;an ni las m&aacute;s remotas ganas de estar dando clase cuando podr&iacute;an estar en la piscina o de fiesta. Y el noventa por ciento de su clientela adulta era igual. Cuando pensaba que ya les ten&iacute;a calados a todos, apareci&oacute; Ra&uacute;l.<\/p>\n<p>La segunda alarma del despertador le evit&oacute; ir por ese camino. Con movimientos pesados apart&oacute; el cobertor de la cama y se incorpor&oacute;. Por inercia revis&oacute; el tel&eacute;fono. No ten&iacute;a mensajes nuevos. Antes de la muerte de su mujer hab&iacute;a sido una persona sociable y extrovertida, rodeado de amigos. Ahora nadie le escrib&iacute;a salvo sus alumnos y Alberto. Deseaba recibir un mensaje de Ra&uacute;l y a la vez la idea le llenaba de inquietud. Su silencio no le gustaba. A pesar de haberle pedido que se alejase de &eacute;l no esperaba que claudicase con tanta facilidad, no casaba con el chico que &eacute;l conoc&iacute;a. Con pasos lentos entr&oacute; en el cuarto de ba&ntilde;o, estudiando su reflejo en el espejo que colgaba sobre el lavabo.<\/p>\n<p>Nunca hab&iacute;a sido mal parecido, pero el dolor hab&iacute;a dejado una huella profunda en su rostro que se traduc&iacute;a en una arruga en el entrecejo que nunca se iba del todo. Sus ojos eran de un marr&oacute;n oscuro semejante al &eacute;bano, ocultos en parte por unas pobladas cejas negras y con profundas ojeras purp&uacute;reas por debajo. La nariz recta, los labios finos y la mand&iacute;bula ancha. Siempre despertaba con una barba que ya presentaba dos tonos: gris y negro. Encendiendo la maquinilla el&eacute;ctrica se deshizo de ella mirando al hombre ce&ntilde;udo del espejo. Su corto pelo negro segu&iacute;a espeso, sin entradas, aunque salpicado de canas prematuras en las sienes. Para sus treinta y siete a&ntilde;os, segu&iacute;a siendo atractivo, y a&uacute;n as&iacute;&hellip; &iquest;qu&eacute; habr&iacute;a visto en &eacute;l?<\/p>\n<p>Abri&oacute; la puerta del armario. Aunque su estilo cl&aacute;sico estaba pasado de moda, no pod&iacute;a evitarlo. Le gustaba llevar camisa, chaleco y pantal&oacute;n recto de vestir. Le daba una sensaci&oacute;n de autoridad que ayudaba a mantener a sus alumnos a raya. Las camisas eran casi todas azules o blancas, aqu&iacute; y all&iacute; alguna gris siempre en tonos suaves. Los pantalones oscuros y los chalecos de rayas diplom&aacute;ticas o estampados sutiles. Los zapatos siempre negros. B&oacute;xers siempre blancos, negros o grises. Incluso Alberto coincid&iacute;a en afirmar que su vestuario era aburrido. La verdad es que nunca le hab&iacute;a importado, siempre se le hab&iacute;a elegido Ana y era ella la que apostaba por el color. Desde que ella no estaba, ni siquiera ten&iacute;a fuerzas para preocuparse por cambiar un poco de imagen. Ni siquiera en verano renunciaba a las camisas y a los pantalones largos, se limitaba a quitarse el chaleco y la corbata.<\/p>\n<p>Desayun&oacute; una taza de caf&eacute; solo. Sin conseguir juntar ganas suficientes para comer algo s&oacute;lido. La &uacute;ltima vez que se sinti&oacute; verdaderamente hambriento hab&iacute;a sido con Ra&uacute;l a su lado. Todo lo bueno que le hab&iacute;a pasado &uacute;ltimamente hab&iacute;a sido gracias a &eacute;l. Y en lugar de ser agradecido y reconoc&eacute;rselo, le hab&iacute;a alejado de &eacute;l. Le hab&iacute;a roto el coraz&oacute;n. Mientras bajaba a su coche, un flamante modelo deportivo, intent&oacute; sacarse de su cabeza la &uacute;ltima vez que le hab&iacute;a visto. Su escaso buen humor se disip&oacute; en cuanto vio el maldito coche. Otra de las brillantes ideas de Alberto: renovar su viej&iacute;simo veh&iacute;culo. Ten&iacute;a que admitir que su antiguo utilitario se ca&iacute;a a pedazos, pero no necesitaba un coche tan caro ni de un vistos&iacute;simo azul claro que parec&iacute;a llamar la atenci&oacute;n a gritos. Ni acababa de sentirse c&oacute;modo con su interior de nave espacial y tant&iacute;simos botones. Mientras se incorporaba al lento tr&aacute;fico matutino se volvi&oacute; a permitir el lujo de pensar en Ra&uacute;l. En c&oacute;mo hab&iacute;a conocido al chico.<\/p>\n<p>La primera noci&oacute;n que tuvo de &eacute;l hab&iacute;a sido por tel&eacute;fono. Le hab&iacute;an admitido en trabajo social, en la misma universidad donde &eacute;l impart&iacute;a clases, pero como &eacute;l mismo hab&iacute;a reconocido por tel&eacute;fono, la estad&iacute;stica y las matem&aacute;ticas no eran su fuerte. Su voz sonaba dulce y t&iacute;mida incluso por tel&eacute;fono. Predispon&iacute;a a sentimientos favorables, protectores incluso. Si le result&oacute; extra&ntilde;o que fuera &eacute;l mismo quien llamase para pedir clases con &eacute;l, no lo demostr&oacute;. De hecho, le hab&iacute;a gustado esa resoluci&oacute;n. Tampoco le hab&iacute;a discutido los precios, cosa extra&ntilde;a pues la mayor&iacute;a de personas intentaban regatear. Al instante se imagin&oacute; a un ni&ntilde;o rico y consentido y se prepar&oacute; para ello. Sin embargo, nada pudo prepararle para lo que realmente se present&oacute; en el peque&ntilde;o local de alquiler que usaba para dar las clases.<\/p>\n<p>Lo primero que salt&oacute; a su campo visual fueron dos grandes vasos de caf&eacute; de los reutilizables de color negro, llenos hasta arriba de caf&eacute; tan fr&iacute;o que pod&iacute;a ver la condensaci&oacute;n a pesar del dise&ntilde;o del vaso. Lo siguiente fue una espesa mata de pelo a lo Beatle dorado oscuro, casi casta&ntilde;o. Y lo tercero fueron unos ojos de un intenso color marr&oacute;n ambarino. La piel clara estaba cubierta de cientos de pecas y sus mejillas encendidas, coloreadas por el calor exterior. Sonre&iacute;a t&iacute;midamente empleando los vasos como barrera ante &eacute;l y Mauro, que le miraba sin comprender. Vale que &eacute;l era alto, de un metro ochenta y siete, pero el chaval que ten&iacute;a delante de &eacute;l no alcanzar&iacute;a el metro setenta ni aun de puntillas. Sin duda se hab&iacute;a confundido.<\/p>\n<p>&ndash;Perdona, creo que te has confundido. Las clases de arte son en el local de al lado.<\/p>\n<p>La cara de c&oacute;mica sorpresa del chico le arranc&oacute; una breve sonrisa y las ganas de echarse a re&iacute;r. Sin duda el pobre hab&iacute;a confundido los n&uacute;meros o algo.<\/p>\n<p>&ndash;Pero&hellip; yo vengo a clases de estad&iacute;stica y matem&aacute;ticas. &iquest;No es usted Mauro?<\/p>\n<p>Ahora le toc&oacute; sorprenderse a &eacute;l. Era la misma voz del tel&eacute;fono, pero deb&iacute;a haber un error. Aquel muchacho no pod&iacute;a tener veinte ni de broma, como mucho diecinueve y eso siendo generosos. Deb&iacute;a decir algo, pero no sab&iacute;a c&oacute;mo sacar a relucir el tema de forma educada, por lo que decidi&oacute; permanecer en silencio. Al ver que no hablaba el joven hab&iacute;a cambiado el peso de un pie a otro con cierta incomodidad, ofreci&eacute;ndole despu&eacute;s uno de los vasos con pajita.<\/p>\n<p>&ndash;Le he tra&iacute;do caf&eacute;. Hablamos por tel&eacute;fono y se supon&iacute;a que empezaba hoy a las seis de la tarde. &iquest;Me he confundido de hora?<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;T&uacute; eres Ra&uacute;l? &ndash;consigui&oacute; preguntar por fin, aceptando el vaso que se le ofrec&iacute;a.<\/p>\n<p>Sus grandes manazas hab&iacute;an rozado por accidente la del chico, mucho m&aacute;s peque&ntilde;a y helada por sostener el vaso tanto tiempo. Por inercia se hab&iacute;a hecho a un lado, permiti&eacute;ndole pasar al peque&ntilde;o bajo escasamente amueblado. Tan solo una pizarra blanca con ruedas, una mesa larga y ocho sillas, cuatro a cada lado. Un par de estanter&iacute;as met&aacute;licas atestadas de carpetas y una impresora conectada a un viejo ordenador.<\/p>\n<p>&ndash;S&iacute;, soy yo. &iquest;Se&ntilde;or Mauro?<\/p>\n<p>&ndash;Solo Mauro &ndash;algo azorado le ofreci&oacute; asiento&ndash;. Perdona lo de antes, es que no eres como pensaba. No aparentas ser estudiante universitario.<\/p>\n<p>&ndash;Lo s&eacute;&ndash; suspir&oacute; con cierto abatimiento mientras se sentaba y sacaba un cuaderno, un libro, y un par de bol&iacute;grafos de la bandolera que llevaba al costado&ndash;. Me lo dicen mucho, y eso que en realidad soy de los mayores del curso. Soy de enero. Aunque en teor&iacute;a a&uacute;n no he empezado la universidad, y mejor as&iacute;, porque tengo asignaturas de estad&iacute;stica y no tengo ni la m&aacute;s remota idea de c&oacute;mo resolver todo esto &ndash;remat&oacute; mientras tend&iacute;a su carn&eacute; de identidad al profesor, que verific&oacute; que realmente era quien hab&iacute;a contratado las clases y que ten&iacute;a diecinueve a&ntilde;os, como le hab&iacute;a dicho.<\/p>\n<p>Otra sorpresa. El libro. Casi nadie que ped&iacute;a clases tra&iacute;a su propio material y, sin embargo, ah&iacute; estaba. Un maltratado libro de estad&iacute;stica que no le cost&oacute; reconocer. Le hab&iacute;a visto en el campus en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n, aunque no en concreto en su departamento. Era el que hab&iacute;an usado los a&ntilde;os anteriores en la carrera de trabajo social. Que se tomase esa molestia aviv&oacute; la pasi&oacute;n que sent&iacute;a por ense&ntilde;ar como no le hab&iacute;a pasado nunca, al menos, no desde la muerte de su esposa. Revisando el libro decidi&oacute; que lo mejor ser&iacute;a calibrar su grado de conocimientos primero. Rebusc&oacute; en sus carpetas y sac&oacute; un peque&ntilde;o examen, no demasiado complicado, pero enfocado casi en su totalidad en modelos estad&iacute;sticos.<\/p>\n<p>&ndash;Con esto me har&eacute; una idea de tu nivel. No te preocupes si dejas algo en blanco o no lo entiendes, s&oacute;lo quiero ver desde d&oacute;nde tenemos que partir para ponerte al d&iacute;a.<\/p>\n<p>&ndash;De acuerdo.<\/p>\n<p>Eso hab&iacute;a sido todo. Ni una sola pregunta, ni una sola protesta. Hab&iacute;a aceptado sus indicaciones sin rechistar, enfrasc&aacute;ndose tanto en el examen que le dej&oacute; tiempo a Mauro para estudiarle con tranquilidad. Lo m&aacute;s llamativo era su pelo, una mata suave y espesa que le recordaba a las melenas de los Beatles en sus primeros a&ntilde;os, con un flequillo medio ladeado que ocultaba parcialmente sus ojos ambarinos y que de vez en cuando soplaba hacia arriba, tan largo que las puntas se enredaban en sus pesta&ntilde;as. Salvo por ese gesto, el corte era igualito que el de John en sus a&ntilde;os de juventud, uno de esos que no suele verse normalmente en la gente joven.<\/p>\n<p>Era delgaducho y menudo, y la camiseta ancha y deste&ntilde;ida de color lila parec&iacute;a acrecentar esa sensaci&oacute;n. Llevaba vaqueros cortados a mano por encima de las rodillas, deshilachados y de color azul claro y unas deportivas de skater bastante baqueteadas. En una de sus mu&ntilde;ecas una ancha mu&ntilde;equera de cuero marr&oacute;n cubr&iacute;a su brazo casi hasta la mitad. En la otra, peque&ntilde;as pulseras de hilo de colores llamaban la atenci&oacute;n. No lo llevaba puesto al entrar por lo que no lo hab&iacute;a visto, pero sobre la mesa descansaba un fedora negro al que hab&iacute;a reemplazado la cinta original por una de un vivo color celeste y el ala claveteada de pines y chapas. Unos enormes auriculares inal&aacute;mbricos, a los que &eacute;l a&uacute;n se refer&iacute;a en su cabeza como &ldquo;cascos&rdquo;, colgaban del asa de la bandolera, exageradamente m&aacute;s grandes de lo necesario.<\/p>\n<p>No sab&iacute;a si encajarle en la categor&iacute;a de h&iacute;pster postureta o en la de alguien con un caso grave de anemoia. Su estilo desenfadado encajaba tanto en uno como en otro, pero su actitud era en extremo cort&eacute;s. De todos sus alumnos, era el &uacute;nico que le hab&iacute;a llevado un caf&eacute; alguna vez. Se manten&iacute;a estudiosamente inclinado sobre el folio, haciendo las cuentas en su cuaderno si necesitaba un extra de papel y anotando los resultados en el folio de examen. Incluso en la piel al aire de brazos y piernas ve&iacute;a pecas, constelaciones enteras de ellas. Dej&oacute; en blanco los dos &uacute;ltimos ejercicios, pero el resto estaban resueltos cuando le devolvi&oacute; el examen a Mauro.<\/p>\n<p>&ndash;No est&aacute;n mal, pero has usado la cuenta de la vieja en la mayor&iacute;a. Te han salido bien un poco por suerte y otro por intuici&oacute;n, pero esto no te servir&aacute; de mucho en la carrera. Te falta teor&iacute;a b&aacute;sica, pero creo que podr&aacute;s estar al nivel en una o dos semanas, pero te tocar&aacute; trabajar duro.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Cu&aacute;ntas clases puede darme? A la semana.<\/p>\n<p>&ndash;Tut&eacute;ame &ndash;pidi&oacute; r&aacute;pidamente Mauro antes de responderle&ndash;. Yo creo que con dos ser&iacute;a suficiente si trabajas en casa. Pero lo ideal ser&iacute;a al menos dedicar cuatro, dos a avanzar materia y dos a repasar.<\/p>\n<p>&ndash;Cuatro, est&aacute; bien. Los lunes no puedo, tengo trabajo.<\/p>\n<p>&ndash;Pues quedamos el resto de d&iacute;as. Vamos a empezar esta semana por repasar las nociones b&aacute;sicas, avanzaremos desde ah&iacute;. Te repetir&eacute; este examen pasado un tiempo para comprobar tu progreso.<\/p>\n<p>Decididamente, Ra&uacute;l hab&iacute;a sido el alumno m&aacute;s raro de cuantos hab&iacute;a ense&ntilde;ado, incluso entre los adultos que acud&iacute;an a &eacute;l. Era responsable, serio en clases y aplicado. Nunca se quejaba o ped&iacute;a un descanso y era educado hasta el extremo. Parec&iacute;a absorber cada una de sus palabras y a pesar de trabajar tambi&eacute;n, nunca fall&oacute; una sola clase, sus deberes eran impecables y su progreso astron&oacute;mico. Pronto se encontr&oacute; hablando con &eacute;l de qu&iacute;mica, historia, literatura, cine, m&uacute;sica&hellip; Como profesor amaba ense&ntilde;ar, pero por primera vez se encontr&oacute; aprendiendo cosas nuevas. El mundo no se hab&iacute;a detenido en los doce a&ntilde;os de duelo en los que &eacute;l s&iacute; lo hab&iacute;a hecho, y Ra&uacute;l hablaba animado de cosas que le resultaban incomprensibles al principio, sin hacerle sentir por ello una reliquia de tiempos remotos.<\/p>\n<p>Se establecieron en una tranquila rutina: terminar las clases, recoger y terminarse el caf&eacute; mientras charlaban. Todos los d&iacute;as le llevaba uno, aunque no siempre el mismo. Tras la primera clase le hab&iacute;a pedido de vuelta el vaso y todas las tardes se le ofrec&iacute;a lleno, a veces incluso con un bollo salado, a veces uno dulce. Con &eacute;l se encontr&oacute; conversando de temas que llevaba a&ntilde;os sin tocar. Sobre todo, de su exmujer. De la luz de sus ojos, de su serena belleza, de su fe inquebrantable en que las cosas ir&iacute;an bien&hellip; de su lucha contra una enfermedad que se la comi&oacute; por dentro y de sus &uacute;ltimos momentos.<\/p>\n<p>Ra&uacute;l se limitaba a escuchar, dejando escapar en contadas ocasiones alg&uacute;n retazo suelto de su vida. Aport&aacute;ndole un consuelo silencioso sin ser por ello intrusivo. Nunca le presion&oacute; a contar, ni intent&oacute; ofrecerle consejo, tan solo le ofreci&oacute; su hombro en silencio, dej&aacute;ndole por fin purgarse por dentro. Un peque&ntilde;o sol en miniatura, tan semejante y tan diferente que no pod&iacute;a alejarse. Parec&iacute;a haber devuelto cierta luz al verano.<\/p>\n<p>Conduciendo con precauci&oacute;n solt&oacute; un gru&ntilde;ido de fastidio cuando el tr&aacute;fico le oblig&oacute; a detenerse de nuevo. Odiaba las aglomeraciones, odiaba los atascos y odiaba el tr&aacute;fico. Encerrado a solas con sus pensamientos estos se empe&ntilde;aban en volver una y otra vez a lo que m&aacute;s deseaba evitar. Aunque por fin estaba abordando el problema directamente, como siempre le recomendaba Alberto. Frustrado golpe&oacute; el claxon varias veces, en un gesto in&uacute;til del que nada sali&oacute; salvo una buena andanada de pitidos tanto delante de &eacute;l como detr&aacute;s. Resignado a esperar a que se despejase la congesti&oacute;n de veh&iacute;culos intent&oacute; evocar qu&eacute; hab&iacute;a decantado la balanza hacia &eacute;l. Cuando dej&oacute; de verle como un alumno, o un amigo, y pas&oacute; a verle como algo m&aacute;s. Apretando el volante con ambos pu&ntilde;os hizo memoria, rescatando el instante exacto en que se descarril&oacute; por completo su hasta entonces relativamente segura vida.<\/p>\n<p>El cinco de agosto ca&iacute;a ese a&ntilde;o en viernes. Mauro no pod&iacute;a m&aacute;s que dar gracias por las peque&ntilde;as coincidencias de la vida. Aunque Alberto llam&oacute; para felicitarle pudo escaquearse de quedar con &eacute;l con el pretexto de las clases. Clases que de cualquier modo hab&iacute;a cancelado pretextando que lo celebrar&iacute;a con su familia. Sus cumplea&ntilde;os siempre se le hac&iacute;an demasiado duros desde que faltaba Ana, demasiado solitarios. La idea de tener que fingir alegr&iacute;a resultaba inconcebible, no ten&iacute;a energ&iacute;as para eso. Por mera rutina, y en parte por si Alberto decid&iacute;a hacer de las suyas y entrometerse, fue al local donde impart&iacute;a las clases particulares. El peque&ntilde;o bajo ol&iacute;a bien, a papel y tinta de impresora mezclados con el rotulador para pizarra blanca. Aromas reconfortantes.<\/p>\n<p>Agosto era un buen y un mal mes. Muchos se iban de vacaciones y eso le conced&iacute;a un peque&ntilde;o respiro, lo cual le dejaba demasiado espacio libre para pensar. A muchos otros les entraban las prisas de cara a las recuperaciones y su ritmo de trabajo se volv&iacute;a fren&eacute;tico. Pod&iacute;a corregir ejercicios, pero no ten&iacute;a ganas de nada. De haber podido, no hubiese salido de casa. Desparram&oacute; los diversos folios por la mesa y acto seguido subi&oacute; ambos pies. Jam&aacute;s se habr&iacute;a tomado tantas licencias de haber tenido que dar clase, pero no esperaba a nadie y el calor del mes de verano bastaba para adormecerle. Los dos timbrazos en la puerta casi le hacen caerse de la silla.<\/p>\n<p>Con el coraz&oacute;n todav&iacute;a latiendo como un tambor supuso que por fin Alberto hab&iacute;a hecho de las suyas, y se alegr&oacute; de tener la coartada perfecta ya preparada. Con un suspiro de resignaci&oacute;n se encamin&oacute; a abrir, sin comprobar ni siquiera quien era. Para su sorpresa, no era Alberto quien ven&iacute;a a molestar, sino Ra&uacute;l, cargado con una caja blanca de pasteler&iacute;a y su ya cl&aacute;sica bandolera. Incapaz de decir nada le permiti&oacute; pasar, boquiabierto.<\/p>\n<p>&ndash;No ten&iacute;amos clase hoy. &iquest;Qu&eacute; haces aqu&iacute;?<\/p>\n<p>&ndash;Lo s&eacute;. S&eacute; que es tu cumplea&ntilde;os y fui a comprarte esto. Pensaba d&aacute;rtela ma&ntilde;ana, pero vi luz y pens&eacute; que, si estabas aqu&iacute;, mejor ahora porque as&iacute; no se pondr&iacute;a rancia.<\/p>\n<p>Mauro le observ&oacute; at&oacute;nito. Su tono era suave y dulce, daba, pero no impon&iacute;a a aceptar lo que ofrec&iacute;a. Daba sin pedir a cambio ni esperarlo siquiera. Con dos trancos se acerc&oacute; a la mesa y le dio un gran abrazo, hundiendo la cara contra esa mata dorada y estrechando su cuerpo delgado contra el suyo. Por debajo de la camiseta pod&iacute;a notar las costillas y el golpeteo fren&eacute;tico de su coraz&oacute;n. Por primera vez le toc&oacute; el cabello, suave y nada graso a pesar de su apariencia. Azorado se apart&oacute; de &eacute;l, centrando su atenci&oacute;n en la tarta.<\/p>\n<p>&ndash;Muchas gracias por esto, no ten&iacute;as que haberte molestado.<\/p>\n<p>&ndash;No es nada, bueno, no es una tarta cara o muy elegante, no me la puedo permitir. Quer&iacute;a tener un detalle, y me pareci&oacute;&hellip; apropiado. Si no te gusta no pasa nada, puedes tirarla.<\/p>\n<p>No le mir&oacute; al hablar, con las mejillas pecosas arreboladas y hurgando en la bandolera al mismo tiempo. Sac&oacute; una &uacute;nica vela y un encendedor junto un paquete peque&ntilde;o y rectangular. Sin levantar la vista lo desliz&oacute; sobre la mesa, en direcci&oacute;n a Mauro, antes de abrir la caja y colocar la vela en el centro del pastel. Desmont&oacute; la caja por completo, revelando la sencilla tarta de chocolate de su interior y encendi&oacute; la vela solitaria.<\/p>\n<p>&ndash;Tampoco s&eacute; cu&aacute;ntos cumples, pero pens&eacute; que una vela estar&iacute;a bien. Es lo que suele hacerse. Y te he cogido un regalo.<\/p>\n<p>Sin dejarle decir nada m&aacute;s, se puso a cantar. Su voz suave y dulce enton&oacute; el cumplea&ntilde;os feliz para &eacute;l mientras Mauro abr&iacute;a el paquete. El primer tomo de &ldquo;Canci&oacute;n de Fuego y Hielo&rdquo; se descubri&oacute; bajo sus dedos. Hab&iacute;an hablado de la serie el &uacute;ltimo d&iacute;a, y recordaba haber dicho que ni siquiera sab&iacute;a que estaba basada en una saga literaria. Ra&uacute;l termin&oacute; de cantar y le ofreci&oacute; la tarta con una mano temblorosa, deslizando la caja de cart&oacute;n convertida en bandeja sobre la mesa. Mauro solo pudo soplar la vela, deseando con todas sus fuerzas que no fuese un sue&ntilde;o. Una peque&ntilde;a parte de su mente se sent&iacute;a inundada por la culpa y los remordimientos, pero lo primero que sent&iacute;a era felicidad, felicidad pura. El verano hab&iacute;a recuperado el sol y el calor.<\/p>\n<p>&ndash;Gracias. Por la vela, el libro y por estar aqu&iacute;. Qu&eacute;date, quiero probar la tarta.<\/p>\n<p>&ndash;Es de&hellip;<\/p>\n<p>&ndash;Lo s&eacute;. Pero me la has tra&iacute;do t&uacute;, y eso es lo que cuenta. Tengo unos cuantos cubiertos de pl&aacute;stico en el caj&oacute;n. T&uacute; si&eacute;ntate.<\/p>\n<p>Comieron la tarta, m&aacute;s que aceptable, en silencio. Las zapatillas de Ra&uacute;l golpeteaban contra el suelo con un ritmo regular. Mauro alarg&oacute; la mano, apartando el pelo de esos ojos ambarinos tan hermosos. La sonrisa de Ra&uacute;l era radiante, resplandeciente, entregada incluso. Mauro tan solo hab&iacute;a conocido a otra persona igual en su vida, capaz de dar sin esperar reciprocidad. Inclin&aacute;ndose despacio sobre el joven, a medias para no asustarle y a medias para asegurarse &eacute;l mismo de que de verdad quer&iacute;a, acerc&oacute; su cara a la del chico. Ra&uacute;l no se retir&oacute;, aguard&oacute; paralizado, sin retroceder, pero sin avanzar. Los labios finos de Mauro se apretaron contra los del joven y ya no pudo volver atr&aacute;s. Sus dedos se enredaron en su cabello de oro y su lengua avanz&oacute; dentro de su boca, abri&eacute;ndose camino hasta invadirla por completo.<\/p>\n<p>Dando un pu&ntilde;etazo sobre el volante aparc&oacute; en su plaza de siempre. &Eacute;l se hab&iacute;a lanzado, y ahora &eacute;l hab&iacute;a dicho que se acababa. No pod&iacute;a marear m&aacute;s al pobre chico. Si antes no se hubiesen acostado hubiera sido perfecto. Pero la hab&iacute;a jodido y ahora solo le quedaba esperar que la mierda no se le viniese encima. Ten&iacute;a quince minutos antes de la clase, por lo que se pas&oacute; por su reducido despacho en el departamento. Alberto le salt&oacute; encima con su entusiasmo de siempre, palmeando su espalda y sonriendo de oreja a oreja. Sin duda, a su compa&ntilde;ero el divorcio le sentaba bien.<\/p>\n<p>&ndash;&iexcl;Vuelta a las clases! &iquest;No echas de menos las vacaciones? &iquest;Descansar?<\/p>\n<p>&ndash;Buenos d&iacute;as.<\/p>\n<p>&ndash;Est&aacute;s sumamente gru&ntilde;&oacute;n &iquest;eh? Eso quiere decir que tu ligue ha ido mal, &iquest;la has cagado?<\/p>\n<p>La mirada irritada de Mauro solo sirvi&oacute; para que su compa&ntilde;ero se riese a mand&iacute;bula batiente mientras cada uno se alejaba por su lado, el primero pregunt&aacute;ndose c&oacute;mo sabr&iacute;a el segundo que algo rom&aacute;ntico hab&iacute;a sucedido. Las clases estaban a punto de empezar y los alumnos que ya le conoc&iacute;an corrieron a adelantarle por el pasillo para que no cerrase la puerta antes de su llegada. Como siempre, ech&oacute; un r&aacute;pido vistazo al aula antes de comenzar. Reconoci&oacute; casi todas las caras, con algunas ausencias y un par de incorporaciones nuevas entre las que destacaba un muchacho de pelo cobrizo sentado sobre la mesa, que se baj&oacute; tan r&aacute;pido como un rel&aacute;mpago en cuanto le vio llegar.<\/p>\n<p>Durante sesenta minutos desgran&oacute; con claridad el temario del curso, sin preocuparse por si le segu&iacute;an o no. Consideraba que la primera clase marcaba el a&ntilde;o, si era blando con ellos se relajar&iacute;an. No pod&iacute;a permitir esa clase de deslices con gente que aspiraba a convertirse en m&eacute;dicos. Deb&iacute;an saber lo que se jugaban, y &eacute;l se esforzaba en intentar transmit&iacute;rselo. Dos minutos antes de que sonase la campana les record&oacute; sus horas de consulta y recogi&oacute; sus apuntes. Aunque toda la ma&ntilde;ana trascurri&oacute; de la misma manera, no se libr&oacute; de la molesta presencia de Alberto, que se sum&oacute; a &eacute;l en la concurrida cafeter&iacute;a. Esta vez serio y sin las bromas con que le recibi&oacute; esta ma&ntilde;ana.<\/p>\n<p>&ndash;Ven, quiero hablar contigo.<\/p>\n<p>Mauro sigui&oacute; a su amigo resignado. No iba a conseguir librarse de &eacute;l hiciese lo que hiciese, por lo que mejor terminar cuanto antes. Consultando el reloj le sigui&oacute; hasta el aparcamiento, donde se acomodaron junto al coche de Mauro, en apariencia admirando su nueva adquisici&oacute;n. Mauro cruz&oacute; los brazos y se acomod&oacute; contra la brillante carrocer&iacute;a.<\/p>\n<p>&ndash;Mira, no pretendo ser entrometido, pero resulta que el d&iacute;a de tu cumplea&ntilde;os me pas&eacute; por tu aula para ver si consegu&iacute;a sacarte de ah&iacute;, que te diese un poco el sol. No estabas solo. No entr&eacute; y no s&eacute; con quien pod&iacute;as estar, pero lo que tengo claro es que era un ligue. No creo que nadie m&aacute;s te cantase el &ldquo;cumplea&ntilde;os feliz&rdquo;.<\/p>\n<p>&ndash;Pues te equivocas porque no era un ligue &ndash;protest&oacute; a la defensiva.<\/p>\n<p>Alberto se cruz&oacute; de brazos, copiando la postura de Mauro que claudic&oacute;. Echando un vistazo a su reloj le indic&oacute; con la cabeza uno de los bancos de madera que bordeaban el inicio del c&eacute;sped de acceso a los terrenos de la inmensa universidad.<\/p>\n<p>&ndash;No era un ligue. Era&hellip; No era un ligue.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Entonces?<\/p>\n<p>&ndash;Si lo fuera&hellip; estar&iacute;a enga&ntilde;ando a Ana. Siento que ya la he enga&ntilde;ado. Hace unos meses empec&eacute; a dar clases a&hellip; una persona. Mayor de edad. Le reasign&eacute; la clase al s&aacute;bado, a todos los que ten&iacute;a que dar clase el viernes, pero compr&oacute; una tarta y un libro, y se pas&oacute; por all&iacute;. Vio luz dentro y decidi&oacute; que as&iacute; la tarta no se a&ntilde;ejar&iacute;a. Me lanc&eacute;. Bes&eacute; a esa persona. Cenamos. Nos acostamos. Y cort&eacute; a los pocos d&iacute;as porque no pod&iacute;a soportarlo.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Soportar el qu&eacute;?<\/p>\n<p>&ndash;La idea de estar enga&ntilde;ando a Ana. Las dudas, el miedo al qu&eacute; dir&aacute;n. Las reacciones si se descubr&iacute;a lo que hab&iacute;a hecho y lo que siento.<\/p>\n<p>&ndash;Mauro, no entiendo de qu&eacute; tienes miedo. Nos alegraremos por ti, has encontrado por fin a alguien a quien quieres despu&eacute;s de doce a&ntilde;os de luto y duelo. No entiendo tu reacci&oacute;n &ndash;protest&oacute; Alberto.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Y si te digo que tiene diecinueve a&ntilde;os? Cumplidos en enero.<\/p>\n<p>&ndash;Es mucha diferencia de edad &ndash;reconoci&oacute; Alberto suspirando&ndash;, pero a mi no es que eso me importe. Mira, te conozco. No creo que te lanzases si esa chica no te hubiese dado antes se&ntilde;ales muy claras.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Y si te digo que no es una mujer? &ndash;susurr&oacute; mirando fijamente al pavimento.<\/p>\n<p>Alberto se mantuvo en silencio unos instantes, calibrando el estado emocional de Mauro y reponi&eacute;ndose de la sorpresa. Finalmente se encogi&oacute; de hombros, elevando las palmas de ambas manos hacia arriba a la vez.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Y qu&eacute; tendr&iacute;a eso de malo? Mauro, no seas tan estrecho de miras. Habr&aacute; cientos de capullos, miles de gilipollas que lo ver&aacute;n como algo negativo, pero Mauro, yo te quiero. Y mi exmujer, y mi hija. Tus padres ya no est&aacute;n, y con los de Ana no mantienes ning&uacute;n contacto porque son dos grand&iacute;simos pedazos de mierda. &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s te da? Si quien te hace feliz es hombre est&aacute; bien, si quien te hace feliz es mujer est&aacute; bien, si quien te hace feliz no quiere identificarse con ninguno de los dos g&eacute;neros o lo hace con los dos, est&aacute; bien.<\/p>\n<p>Los hombros de Mauro se estremecieron en un sollozo mientras parpadeaba para evitar las l&aacute;grimas.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Y qu&eacute; hay de la universidad? Estudia aqu&iacute;, no bajo mi tutela ni en mi campo, pero es estudiante de la universidad.<\/p>\n<p>&ndash;No le has conocido aqu&iacute;, pero entiendo tu punto de vista. Mauro, si le quieres, esto no es importante mientras ambos se&aacute;is discretos. Es una excusa m&aacute;s que te das para no estar con &eacute;l.<\/p>\n<p>&ndash;Siento que enga&ntilde;o a Ana. Siento que deber&iacute;a serle fiel, que la debo explicaciones por ser feliz con otra persona, por haberle llevado a la cama que compart&iacute; con ella, por no contarle a Ana lo que s&iacute; le cuento a Ra&uacute;l. Han pasado doce a&ntilde;os y a&uacute;n la echo de menos, &iquest;es eso justo para &eacute;l? &iquest;para ella?<\/p>\n<p>&ndash;Siempre vas a a&ntilde;orarla, pero a &eacute;l tambi&eacute;n le quieres y est&aacute; vivo &ndash;Alberto sac&oacute; una cajetilla de tabaco del bolsillo y le ofreci&oacute; un cigarrillo a Mauro que acept&oacute; con dedos temblorosos. No sol&iacute;a fumar, pero necesitaba algo que le distrajese. Su compa&ntilde;ero encendi&oacute; ambos cigarrillos antes de proseguir&ndash;. Necesitas pasar p&aacute;gina, necesitas dejarla descansar. Ella querr&iacute;a que fueses feliz. Llevas doce a&ntilde;os atorment&aacute;ndola tanto como ella a ti, ya es hora de que empieces a cerrar las heridas del pasado.<\/p>\n<p>&ndash;Una parte de mi me dice que la pongo los cuernos. Que la he puesto los cuernos porque es posible que de seguir ella viva tambi&eacute;n me hubiese acostado con &eacute;l.<\/p>\n<p>&ndash;O no. Si valoras mi opini&oacute;n, te aseguro que de seguir vivo nunca le habr&iacute;as mirado siquiera, pero nunca sabr&aacute;s qu&eacute; habr&iacute;a pasado de seguir ella con vida. As&iacute; son las cosas, debes aceptarlo. Acude a terapia, llama a ese chico y poned las cosas en claro &ndash;declar&oacute; con fervor&ndash;. Date una oportunidad, t&uacute; no tienes la culpa de que la matase el c&aacute;ncer, y lo has dado todo por ella hasta el final. Ahora empieza a vivir antes de que te mate su fantasma. Si eso pasa, no te perdonar&aacute; jam&aacute;s. Y yo tampoco.<\/p>\n<p>&ndash;Le dije&hellip; &ndash;comenz&oacute; a decir, antes de que su amigo le cortase con un adem&aacute;n.<\/p>\n<p>&ndash;Puedo suponerlo, pero no me lo digas porque entonces s&iacute; que acabar&eacute; por darte una patada en el culo. Te conozco y s&eacute; que a veces eres un capullo abrasivo y desagradable, pero si le quieres al menos ten huevos y arr&eacute;glalo. Si te dice que no, te lo habr&aacute;s buscado. Si te dice que s&iacute;, espero que me le presentes pronto.<\/p>\n<p>Alberto arroj&oacute; la colilla a un lado de la calle con gesto despreocupado, gan&aacute;ndose una reprobadora mirada de Mauro que guard&oacute; la suya en el bolsillo de su pantal&oacute;n. Las clases hab&iacute;an terminado, aunque a&uacute;n ten&iacute;a trabajo por hacer. La mayor&iacute;a de alumnos se alejaban en una riada de personas que charlaban, re&iacute;an o iban abstra&iacute;dos por su tel&eacute;fono m&oacute;vil. Dirigi&eacute;ndose a pasos r&aacute;pidos a la zona de humanidades busc&oacute; entre la marea humana una cabeza rubia, o un fedora. Para su disgusto, cuando localiz&oacute; el fedora no estaba solo. Caminaba escoltado por una chica y un chico que iban de la mano, charlando con &eacute;l de forma animada. En cuanto consigui&oacute; alcanzarle le hizo girar agarr&aacute;ndole por el hombro, inspirando hondo al mismo tiempo.<\/p>\n<p>&ndash;Disculpa. &iquest;Podemos hablar? Sobre las clases &ndash;a&ntilde;adi&oacute; a modo de excusa.<\/p>\n<p>Los dos amigos miraron con sorpresa a Ra&uacute;l que se encogi&oacute; de hombros. Indeciso. Mauro aguard&oacute;, confiando en que dijese que s&iacute;. Por fortuna no reconoci&oacute; sus caras, sin duda no eran alumnos suyos.<\/p>\n<p>&ndash;Era mi profesor particular este verano. Estad&iacute;stica. Os veo ma&ntilde;ana, chicos.<\/p>\n<p>Mauro ech&oacute; a caminar, seguido por Ra&uacute;l. El chico andaba cabizbajo, con la cara escondida bajo el ala del fedora. El profesor le condujo por los pasillos de la universidad hasta su reducido despacho. Por un momento dud&oacute; entre ir directamente al aparcamiento y salir de all&iacute; o subir al despacho, pero pens&oacute; que era mejor no tener un escenario parecido al de la otra vez. Alberto sali&oacute; del despacho sin que nadie dijese nada, lanzando una mirada curiosa a Ra&uacute;l y levantando el pulgar sin que este lo viese, prestando su apoyo silencioso. Mauro tom&oacute; asiento en una de las dos sillas frente a su escritorio, ofreciendo la otra a Ra&uacute;l quien se quit&oacute; el fedora y lo dej&oacute; en su regazo. La puerta no ten&iacute;a pestillo, normas de la universidad, por lo que el profesor se levant&oacute; y se sent&oacute; detr&aacute;s de su escritorio, para guardar las formas en caso de que alguien entrase.<\/p>\n<p>&ndash;Quer&iacute;a hablar contigo. Llevo desde que hablamos el martes queriendo hablar contigo. Me equivoqu&eacute; al decirte aquellas cosas. Me equivoqu&eacute; y lo siento realmente.<\/p>\n<p>&ndash;No, no importa&ndash; respondi&oacute; Ra&uacute;l con prontitud mientras jugueteaba con las pulseras de su mu&ntilde;eca&ndash;. No dijiste nada que fuese mentira. Lo he estado pensando y ten&iacute;as raz&oacute;n. Solo te causar&eacute; problemas. Lo siento. No har&eacute; nada que pueda incomodarte, he mirado el plano y puedo ir a todas mis clases sin que tengas que verme. Yo&hellip; te agradezco lo de la otra noche. Fue bonito.<\/p>\n<p>&ndash;Por favor, esc&uacute;chame &ndash;implor&oacute; Mauro&ndash;. Ra&uacute;l, te quiero, pero tengo miedo. Por primera vez en mi vida me he colado por un hombre, te saco diecinueve a&ntilde;os, era tu profesor, no s&eacute; si me he propasado y t&uacute; has cedido o si sientes algo parecido y he interpretado bien las se&ntilde;ales. Siento que estoy enga&ntilde;ando a Ana y a la vez s&eacute; que ella muri&oacute;, que no va a volver y que desear&iacute;a verme feliz. Siento que si en doce a&ntilde;os no he avanzado no es justo que te cargue a ti con la tarea de lidiar conmigo y siento que todo esto va a volverme loco. T&uacute; no has arruinado mi vida ni vas a hacerlo, desde que est&aacute;s en ella me siento feliz de nuevo, y culpable por ello, y culpable por sentirme culpable.<\/p>\n<p>Hizo una pausa en la que apoy&oacute; los codos en la mesa, hundiendo la cabeza en las manos. Ra&uacute;l permanec&iacute;a en silencio, jugando incansable con las pulseras. Incluso ahora que hab&iacute;a refrescado su ropa segu&iacute;a siendo ancha y desenfadada, ense&ntilde;ando unas pantorrillas cubiertas de pecas. Mauro le mir&oacute; fijamente, intentando ver algo en su rostro oculto bajo el tupido flequillo que ca&iacute;a hacia delante.<\/p>\n<p>&ndash;Si aun as&iacute; no quieres darme una oportunidad, lo entender&eacute;. Y si ese es el caso al menos espero conservarte como amigo y alumno. &ndash;Hizo una pausa, a la espera, pero al ver que Ra&uacute;l no se pronunciaba volvi&oacute; a implorarle, inclin&aacute;ndose sobre el escritorio con fervor&ndash;. M&iacute;rame, te lo suplico. Siempre evitas mirarme cuando m&aacute;s necesito saber qu&eacute; piensas.<\/p>\n<p>Los brillantes ojos ambarinos de Ra&uacute;l parec&iacute;an estar llenos de luz cuando le mir&oacute; a la cara. Su voz segu&iacute;a suave, dulce, sin rastro de rencor a pesar del dolor que sab&iacute;a que le hab&iacute;a hecho pasar.<\/p>\n<p>&ndash;Yo te quiero, y me gustas mucho. Desde que te vi en la puerta el primer d&iacute;a. Yo no soy suficiente, pero intentar&eacute; serlo. Si me dejas, intentar&eacute; ser alguien digno. No causarte problemas. Estar ah&iacute; si eso te hace feliz. Nunca te has propasado. La otra noche me hiciste muy feliz, el primer beso me hizo muy feliz.<\/p>\n<p>&ndash;No puedo prometerte que ser&aacute; f&aacute;cil. Un amigo me ha recomendado ir a terapia, y lo voy a hacer, pero a&uacute;n as&iacute;&hellip; ojal&aacute; pudiese decirte que ser&aacute; f&aacute;cil.<\/p>\n<p>&ndash;Lo s&eacute;. No me importa. Ya te lo he dicho, te quiero. Siento que puedo hablar contigo, que me escuchas, y te preocupas por m&iacute;.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Me perdonas por las cosas horribles que dije el otro d&iacute;a? Juro que intentar&eacute; compensarte por ellas a partir de ahora.<\/p>\n<p>Ra&uacute;l asinti&oacute; con gruesas l&aacute;grimas rodando por sus mejillas. Sin resistirse m&aacute;s tiempo Mauro se levant&oacute; y le envolvi&oacute; en sus brazos. Hasta la nariz del joven lleg&oacute; el aroma del suavizante para la ropa que usaba el profesor y la fragancia de su desodorante, masculina pero sutil. Las grandes manos de Mauro acariciaron el cabello de oro de Ra&uacute;l, descendiendo por su cuello. Levantando su cabeza con delicadeza consigui&oacute; que saliese del refugio de su chaleco. Inclin&aacute;ndose sobre &eacute;l le bes&oacute; de nuevo en los labios, tan suaves que parec&iacute;an sat&eacute;n. Los ojos de &aacute;mbar del joven se clavaron en los suyos mientras sus manos, t&iacute;midas y delicadas, acariciaban su cabello canoso. Ech&aacute;ndolo hacia atr&aacute;s.<\/p>\n<p>Sus lenguas se juntaron, bailaron pasando de una boca a otra mientras Mauro le empujaba m&aacute;s y m&aacute;s contra su cuerpo, con una floreciente erecci&oacute;n en sus pantalones de traje. Ra&uacute;l se aferr&oacute; al profesor con desesperaci&oacute;n, sin dejar de llorar. Mauro se apresur&oacute; a secar sus mejillas con las manos, separ&aacute;ndose de &eacute;l y ofreci&eacute;ndole un pa&ntilde;uelo de tela que sac&oacute; del bolsillo.<\/p>\n<p>&ndash;Ten, qu&eacute;datelo. Lo siento, siento que est&eacute;s as&iacute; por mi culpa.<\/p>\n<p>&ndash;No&hellip; no es eso. Lloro porque soy feliz.<\/p>\n<p>Mauro volvi&oacute; a abrazar a Ra&uacute;l, que hipaba incontrolablemente. Le sostuvo con ternura hasta que los hipidos cesaron, dej&aacute;ndole calmarse sin dejar de acariciar su sedoso pelo dorado. En ese momento le daba igual que alguien entrase y los viese, pues no se hab&iacute;a sentido as&iacute; de feliz desde hac&iacute;a m&aacute;s de doce a&ntilde;os. Besando su cabeza con suavidad le cogi&oacute; de la mano, ayud&aacute;ndole a secarse la cara.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Quieres venir a mi casa? Si no es inconveniente. Ni siquiera s&eacute; si vives con tus padres o&hellip;<\/p>\n<p>&ndash;Quiero ir a tu casa.<\/p>\n<p>Su r&aacute;pida respuesta le arranc&oacute; una sonrisa, completamente genuina y de felicidad. Su gran mano apret&oacute; la peque&ntilde;a de Ra&uacute;l y tir&oacute; de &eacute;l por el pasillo, en direcci&oacute;n al aparcamiento. Su coche era de los pocos veh&iacute;culos que a&uacute;n quedaban all&iacute;. Abri&oacute; la puerta del copiloto al joven que le mir&oacute; con la duda pintada en su cara.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Seguro que puedo subir? Es tu coche y&hellip; tiene pinta de ser muy caro.<\/p>\n<p>&ndash;No quiero separarme de ti. Sube, todo est&aacute; bien.<\/p>\n<p>Condujo a su casa deprisa, todo lo deprisa que pudo sin infringir la ley. Deseaba estar con Ra&uacute;l, demostrarle que le quer&iacute;a, tenerle entre sus brazos. Su cuerpo estaba respondiendo de nuevo, su mente iba a mil revoluciones, sent&iacute;a que su coraz&oacute;n lat&iacute;a desaforado y todo le parec&iacute;a m&aacute;s vivo que antes. A su lado el chico sonre&iacute;a, mir&aacute;ndole casi sin pesta&ntilde;ear y con el fedora entre las manos. Incluso su tranquila calle residencial le pareci&oacute; m&aacute;s viva ahora, porque le volv&iacute;a a acompa&ntilde;ar el sol despu&eacute;s de una &eacute;poca llena de nubes.<\/p>\n<p>Aparc&oacute; el coche y dej&oacute; que Ra&uacute;l saliese solo, abriendo mientras la peque&ntilde;a puerta de acceso que comunicaba el garaje con la vivienda. Ra&uacute;l conoc&iacute;a vagamente el lugar, pero esta vez Mauro no se apresur&oacute;, dejando que tomase la iniciativa. Quer&iacute;a ver qu&eacute; hac&iacute;a. El chico recorri&oacute; la cocina despacio, dubitativo e inseguro, dejando el fedora y la bandolera sobre la isla. Con la sensaci&oacute;n de no tener que estar del todo ah&iacute;. Volvi&oacute; sobre sus pasos hasta donde esperaba Mauro y le cogi&oacute; de la mano. Al ver la serena sonrisa del profesor se relaj&oacute; y tir&oacute; de &eacute;l hacia el pasillo y por las estrechas escaleras, asumiendo el control.<\/p>\n<p>&ndash;Quiero repetir lo del otro d&iacute;a, por favor.<\/p>\n<p>Mauro le abraz&oacute; por detr&aacute;s, acariciando su pecho mientras intentaba no perder pie en los estrechos pelda&ntilde;os. Ante la puerta del dormitorio Ra&uacute;l volvi&oacute; a paralizarse, inseguro de nuevo. Levant&oacute; la cabeza y mir&oacute; a Mauro mordi&eacute;ndose el labio inferior. Con una suave caricia el hombre le gui&oacute; despacio hacia la cama, sent&aacute;ndole sobre su regazo y aprovechando para quitarse ya los zapatos. La primera vez que se acost&oacute; con &eacute;l ya intuy&oacute; su inexperiencia, sin duda no se hab&iacute;a ido a la cama con muchos, lo que a un nivel muy primitivo le complaci&oacute; inmensamente. A un nivel m&aacute;s superficial, el miedo a hacerle da&ntilde;o impuso una cautela exquisita, como si manejase el m&aacute;s delicado cristal.<\/p>\n<p>&ndash;T&uacute; has sido el primer hombre con el que he estado, y a&uacute;n no s&eacute; muy bien qu&eacute; debo hacer. Si soy muy brusco o te hago da&ntilde;o, p&aacute;rame.<\/p>\n<p>Ra&uacute;l asinti&oacute; con solemnidad, sonri&eacute;ndole con suavidad para darle &aacute;nimos. Mauro procedi&oacute; a retirar su ancha camiseta, deslizando el borde inferior por su vientre, sus costillas, su pecho y por fin sacando la prenda entera. Sobre los hombros, por el pecho e incluso en el vientre ten&iacute;a pecas de distintos tonos, desde las m&aacute;s claras a algunas casi negras y todas de diferentes tama&ntilde;os. Jam&aacute;s hab&iacute;a visto una piel como la suya y se le antoj&oacute; muy hermosa. Con toda la ternura del mundo cubri&oacute; de besos el hombro derecho y despu&eacute;s el izquierdo, pasando los dedos por las innumerables ef&eacute;lides.<\/p>\n<p>&ndash;Te quiero &ndash;le susurr&oacute; al o&iacute;do mientras le estrechaba contra su cuerpo, observando como Ra&uacute;l desviaba la mirada con una amplia sonrisa de felicidad.<\/p>\n<p>Rode&aacute;ndole con un brazo solt&oacute; el nudo de su corbata. Ra&uacute;l cogi&oacute; ambos extremos de la prenda y la dej&oacute; caer con cuidado. Con dedos temblorosos desabroch&oacute; los botones del chaleco. Le encantaba el estilo de Mauro, su aparente seriedad que contrastaba con su apasionamiento y dulzura. El chaleco qued&oacute; colgando de sus hombros y el profesor termin&oacute; de retirarle, dej&aacute;ndole junto a la corbata. Los dedos de Ra&uacute;l ya recorr&iacute;an la hilera de botones de la camisa, soltando uno tras otro. Entre la tela asom&oacute; una mata de vello oscuro, sin rastro de las canas que ya salpicaban su pelo y su barba. Ra&uacute;l pas&oacute; los dedos por la piel y prob&oacute; a tirar del vello con suavidad, sonriendo al notar como Mauro le apretaba m&aacute;s entre sus brazos.<\/p>\n<p>El profesor acarici&oacute; la cara suave y pecosa del joven y le bes&oacute; con pasi&oacute;n, intentando transmitirle todo lo que sent&iacute;a con ese gesto. Atr&aacute;s quedaban las dudas y el miedo, alej&aacute;ndose de su mente como si les hubiesen atrapado con un gancho y se les estuviesen llevando. Acariciando la nuca de Ra&uacute;l gir&oacute; con &eacute;l a cuestas, tumb&aacute;ndole boca arriba en la cama. Sus brazos delgados rodearon su cuerpo, acariciaron su espalda y tiraron de la camisa para que se la quitase. Mauro consigui&oacute; sacarse la camiseta y acarici&oacute; su pecho estrecho y delgado.<\/p>\n<p>Sus pezones peque&ntilde;os y claros, del color de la canela, resultaban tentadores, invitaban a acariciarles una y otra vez. Empleando un brazo para sostenerse sobre Ra&uacute;l, el profesor pas&oacute; la mano por la piel de las aureolas, sensible y suave. El pez&oacute;n creci&oacute; bajo sus dedos, ante su mirada &aacute;vida que recorr&iacute;a una y otra vez el cuerpo del joven que se estremec&iacute;a de placer. Las peque&ntilde;as u&ntilde;as de Ra&uacute;l se clavaron en la espalda de Mauro que sise&oacute; entre dientes, inclin&aacute;ndose para poder besar al chico. Su mano descendi&oacute; desde su pecho hasta el vientre, liso y plano, y alcanz&oacute; por fin su entrepierna. Mientras acariciaba el considerable bulto recorri&oacute; el cuello de Ra&uacute;l con suaves besos, descendiendo hasta la clav&iacute;cula que recorri&oacute; con la lengua en direcci&oacute;n al hombro.<\/p>\n<p>Los gemidos de Ra&uacute;l sonaban dulces, incitantes. Por debajo de sus p&aacute;rpados cerrados sus ojos se agitaban fren&eacute;ticos y sus u&ntilde;as se hund&iacute;an m&aacute;s en la espalda del profesor, que segu&iacute;a implacable su asalto. Su boca c&aacute;lida abarc&oacute; por entero el pez&oacute;n y la aureola, reduciendo el cerco formado por sus labios hasta que tan solo estuvo dentro su pez&oacute;n. Aument&oacute; poco a poco la presi&oacute;n, succionando y pasando la lengua en todas direcciones, memorizando su forma y textura al mismo tiempo que bregaba con la bragueta de los vaqueros del joven. Con una sola mano era casi imposible de soltar, pero Ra&uacute;l acudi&oacute; en su auxilio.<\/p>\n<p>Retirando las manos de su espalda solt&oacute; &eacute;l mismo el bot&oacute;n y baj&oacute; la cremallera, levantando despu&eacute;s las caderas para retirar el pantal&oacute;n y los b&oacute;xers. De dos patadas se deshizo de sus deportivas, qued&aacute;ndose tan solo con unos calcetines de deporte tobilleros y los adornos de sus mu&ntilde;ecas. Su pene, de diecisiete cent&iacute;metros, sobresal&iacute;a por encima de una mata de vello dorado, tupido y bastante largo. Con la mano libre el profesor explor&oacute; aquel bosque, id&eacute;ntico al que crec&iacute;a en las axilas del chico. Los rizos el&aacute;sticos ced&iacute;an ligeramente ante sus caricias para volver a levantarse en cuanto retiraba la mano. Ansiaba seguir bajando, pero la incomodidad ya era demasiado dif&iacute;cil de soportar.<\/p>\n<p>Con una pierna a cada lado del cuerpo del chico Mauro se incorpor&oacute;, quedando de rodillas. El vello de su pecho se difuminaba hasta convertirse en una l&iacute;nea oscura que descend&iacute;a, rodeando el ombligo y bajando hasta el pubis donde volv&iacute;a a espesarse, negro y ensortijado. Con cierta vacilaci&oacute;n el joven agarr&oacute; la cintura del pantal&oacute;n de Mauro, soltando los dos botones y la cremallera y baj&aacute;ndolo con cuidado, como si temiese romper el tejido si era demasiado brusco. El pantal&oacute;n dio paso a unos b&oacute;xers grises con una clara marca de humedad en los mismos. Ra&uacute;l pas&oacute; la mano por ella, sinti&eacute;ndola en sus dedos. Abarc&oacute; la forma entera con la mano, acariciando el grueso pene del hombre por encima de la tela. Irradiaba calor, parec&iacute;a quemarle la palma de la mano.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Te gusta? &ndash;pregunt&oacute; el profesor con una mezcla de curiosidad real y aprensi&oacute;n por si no era as&iacute;.<\/p>\n<p>Ra&uacute;l retir&oacute; la mano como si hubiese sido alcanzado por un rayo, rojo por la verg&uuml;enza. Mauro le sonri&oacute; con ternura y tras besarle los nudillos volvi&oacute; a colocarle la mano sobre su b&oacute;xer, dej&aacute;ndole tocar a su ritmo. Los dedos finos y no muy largos de Ra&uacute;l parec&iacute;an deleitarse, encontrando cada peque&ntilde;a vena y tensando la tela para poder tocar con m&aacute;s comodidad. Mauro se controlaba, gimiendo a medias, pero sin apresurar al joven a pesar de que lo que m&aacute;s deseaba era que le bajase ya el b&oacute;xer. Para distraerse rode&oacute; con su mano libre el pene de Ra&uacute;l y comenz&oacute; a acariciarle arriba y abajo.<\/p>\n<p>Deshaci&eacute;ndose con delicadeza de las manos del chico se inclin&oacute; m&aacute;s sobre &eacute;l, descendiendo despacio por su cuerpo para dejarle saber lo que pretend&iacute;a. Ra&uacute;l enred&oacute; sus dedos en el cabello de Mauro, pero no le detuvo, observ&aacute;ndole con curiosidad y excitaci&oacute;n. Su delgado pecho pecoso sub&iacute;a y bajaba a toda velocidad al ritmo de su agitada respiraci&oacute;n. Sacando la lengua la pas&oacute; despacio por todo el tronco del pene de Ra&uacute;l, quien solt&oacute; un largo gemido. Algo inseguro acerca de c&oacute;mo seguir Mauro le agarr&oacute; por la base, equilibr&aacute;ndose mejor sobre una &uacute;nica mano y sus rodillas.<\/p>\n<p>&ndash;Gu&iacute;ame &ndash;pidi&oacute; con un susurro ronco al joven, quien asinti&oacute; con la cabeza.<\/p>\n<p>&ndash;Ve despacio, y usa la lengua.<\/p>\n<p>Aceptando las indicaciones meti&oacute; el glande en su boca y movi&oacute; la lengua tentativamente, ganando confianza al escuchar los gemidos de Ra&uacute;l y c&oacute;mo sus u&ntilde;as se clavaban en su nuca. Por propia iniciativa baj&oacute; algo m&aacute;s, teniendo que retroceder al momento por culpa de las arcadas. No estaba acostumbrado a la sensaci&oacute;n y su cuerpo parec&iacute;a no aceptar bien la intrusi&oacute;n, y, por alg&uacute;n extra&ntilde;o motivo, aquello le estaba excitando. Sinti&eacute;ndose observado por Ra&uacute;l volvi&oacute; a descender, m&aacute;s despacio esta vez, prepar&aacute;ndose para las arcadas que no tardaron en llegar.<\/p>\n<p>&ndash;No tragues tanto a&uacute;n. Usa primero la lengua, es m&aacute;s f&aacute;cil si antes chupas un poco &ndash;le aconsej&oacute; el joven, gozando casi tanto como &eacute;l.<\/p>\n<p>Obediente, Mauro lami&oacute; toda la longitud. Su lengua encontraba nula resistencia y se deslizaba una y otra vez por todo el pene del joven, captando con claridad las notas saladas de su l&iacute;quido preseminal. Cuanto m&aacute;s le estimulaba m&aacute;s sal&iacute;a, una respuesta clara acorde a la excitaci&oacute;n que sent&iacute;a. Haciendo una breve pausa para coger aire volvi&oacute; a intentarlo. El hombre apoy&oacute; los labios en la punta del glande, bes&aacute;ndole primero para despu&eacute;s abrirles despacio. Ra&uacute;l gui&oacute; su pene dentro de la boca de su profesor, tomando por un momento el mando para facilitarle las cosas. Aferrado a su pelo control&oacute; su cabeza, jadeando e intentando no mover demasiado las caderas para no ahogarle.<\/p>\n<p>&ndash;Respira, no dejes de respirar si puedes. Por la nariz.<\/p>\n<p>Sus instrucciones precisas y breves dejaron a Mauro libertad para acariciarle los muslos, las ingles y los test&iacute;culos, m&aacute;s pesados de lo que hab&iacute;a imaginado. El escroto suave les conten&iacute;a a la perfecci&oacute;n, sin colgar demasiado, y mientras tragaba un poco m&aacute;s cada vez jug&oacute; con la sensible piel, apretando ambos test&iacute;culos juntos o separ&aacute;ndolos. La saliva empez&oacute; a gotear, escapada de las comisuras de sus labios. Intent&oacute; contenerla con la lengua y al no ser capaz us&oacute; el pulgar para limpiarla, extendi&eacute;ndola de esa forma tambi&eacute;n por los test&iacute;culos. Ahora Ra&uacute;l mov&iacute;a con m&aacute;s soltura las caderas y Mauro pod&iacute;a notar su glande adentr&aacute;ndose en su garganta, llenando su boca con el sabor de su l&iacute;quido preseminal.<\/p>\n<p>El joven gem&iacute;a y jadeaba, controlando siempre no propasarse. Ajeno a que Mauro estaba descubriendo un lado nuevo de s&iacute; mismo. Deseaba que le manejase, que se introdujese entero. Al cuerno las arcadas y la incomodidad si eso excitaba a Ra&uacute;l. Apretando m&aacute;s los labios baj&oacute; &eacute;l solo la cabeza, notando el tir&oacute;n en su cuero cabelludo cuando Ra&uacute;l intent&oacute; detenerle. Iba a devorarle, aunque se ahogase. Reprimiendo las arcadas comenz&oacute; a meter y a sacar el pene del joven de su garganta, procurando mantener los dientes bien alejados de la delicada piel. A pesar de las d&eacute;biles protestas del chico sus gemidos traicionaron el intenso placer que sent&iacute;a. &Eacute;l tambi&eacute;n ansiaba ser comido entero.<\/p>\n<p>Los rizos rubios del pubis del chico le hicieron cosquillas en la nariz cuando por fin consigui&oacute; tragarle entero. Intent&oacute; aguantar todo el tiempo posible, moviendo la lengua hasta donde alcanzaba. Ra&uacute;l le empuj&oacute; hacia abajo, con las mejillas encendidas y los ojos reluciendo de deseo. Entre sus dientes apretados se escapaban los gemidos y los jadeos y sus caderas se elevaban del colch&oacute;n, impuls&aacute;ndose hacia arriba. Mauro se retir&oacute; despacio, masturb&aacute;ndole en cuanto le tuvo fuera y contemplando como sal&iacute;a el l&iacute;quido preseminal y se deslizaba hacia abajo. Con cierta curiosidad acarici&oacute; el frenillo con el pulgar, causando que gimiese con m&aacute;s intensidad.<\/p>\n<p>Desplaz&aacute;ndose un poco m&aacute;s hacia abajo sobre el blando colch&oacute;n agarr&oacute; las piernas de Ra&uacute;l por los muslos y las impuls&oacute; hacia arriba. El joven se las cogi&oacute; por detr&aacute;s de las rodillas, sin rechistar. Mauro pas&oacute; la lengua por el pene del chico una &uacute;ltima vez y centr&oacute; toda su atenci&oacute;n en el ano del joven. Su lengua recorri&oacute; cada uno de los peque&ntilde;&iacute;simos pliegues, que presentaban el mismo tono canela que los pezones. El estrecho orificio no parec&iacute;a abrirse ni ceder, por lo que Mauro redobl&oacute; sus esfuerzos, presionando con la lengua a base de lamidas circulares hasta que pudo colar parte.<\/p>\n<p>El calor y la suavidad de su interior le sorprendieron tanto como le hab&iacute;an sorprendido la primera vez, semanas atr&aacute;s. Ra&uacute;l gem&iacute;a y gem&iacute;a, manteniendo las piernas en alto y retorci&eacute;ndose de placer sobre la cama. El profesor no cesaba de acariciar su pene arriba y abajo con su mano grande y suave y su lengua somet&iacute;a su ano a un asalto constante, relaj&aacute;ndole y prepar&aacute;ndole para &eacute;l. Con paciencia consigui&oacute; introducirla en toda su longitud, describiendo giros y vueltas, meti&eacute;ndola y sac&aacute;ndola sin pausa. Ayudado por la enorme cantidad de saliva que hab&iacute;a dejado dentro, col&oacute; una a una las falanges de su &iacute;ndice, separ&aacute;ndose del chico para observar c&oacute;mo entraban.<\/p>\n<p>La ligera resistencia que sintiera en un principio se difuminaba, permiti&eacute;ndole un mayor avance. Las paredes del recto se distend&iacute;an y pronto pudo introducir tambi&eacute;n el dedo medio, movi&eacute;ndoles juntos dentro y fuera, separ&aacute;ndoles cada vez un poco m&aacute;s para dilatar m&aacute;s la entrada. Con un movimiento de llamada se esmer&oacute; en encontrar la pr&oacute;stata, vi&eacute;ndose recompensado por un grito de placer del joven que se aferr&oacute; las piernas con m&aacute;s fuerza para evitar bajarlas. Liberada la boca de su tarea, Mauro volvi&oacute; a tragar el pene del joven, cuyo sabor salado era ahora m&aacute;s intenso que antes.<\/p>\n<p>Con m&aacute;s confianza que al principio lo desliz&oacute; por su garganta, tragando con m&aacute;s facilidad y consiguiendo una mayor velocidad desde el primer momento. Sus labios se apretaban en torno al glande una y otra vez, en cada pasada, mientras sus dedos entraban y sal&iacute;an, buscando siempre llegar hasta la pr&oacute;stata y estimularla. De vez en cuando soltaba el pene de Ra&uacute;l y su lengua se un&iacute;a a sus dedos, volviendo a lubricar con saliva el &aacute;rea y relajando cada vez m&aacute;s el esf&iacute;nter.<\/p>\n<p>&ndash;Por favor&hellip; por favor. No sigas as&iacute; o terminar&eacute; &ndash;suplic&oacute; entre gemidos Ra&uacute;l, jadeando y retorci&eacute;ndose para apartarse un poco de Mauro.<\/p>\n<p>El hombre sonri&oacute; y se retir&oacute;. Levant&aacute;ndose de la cama moment&aacute;neamente se deshizo por fin del maldito b&oacute;xer, liberando su erecci&oacute;n de dieciocho cent&iacute;metros y medio y quit&aacute;ndose en el proceso los calcetines tambi&eacute;n. Subi&oacute; de nuevo a la cama y acomod&aacute;ndose sobre el chico le bes&oacute; en los labios, repartiendo su peso sobre sus codos y rodillas para no cargarle con &eacute;l. Desde sus labios se movi&oacute; a su oreja, apretando el suave cart&iacute;lago entre sus dientes para despu&eacute;s recorrerle con la lengua. Mauro col&oacute; una mano entre ambos y orient&oacute; su largo pene hacia el ano de Ra&uacute;l, que se abraz&oacute; a &eacute;l gimiendo entrecortadamente.<\/p>\n<p>Con los luminosos ojos del chico clavados en los suyos Mauro empuj&oacute; por fin, dejando que su glande se abriese paso dentro del ano del joven que se tens&oacute; instintivamente, soltando un siseo entre dientes y ara&ntilde;&aacute;ndole la espalda sin querer. El hombre se detuvo al instante, bes&aacute;ndole el cuello y el pecho para tranquilizarle. Pegando sus labios a los suyos le dej&oacute; relajarse, empujando lentamente para no causarle ning&uacute;n da&ntilde;o. Sus lenguas se enredaban y se mov&iacute;an dentro de sus bocas, casi cortando su respiraci&oacute;n debido a la intensidad del beso que compart&iacute;an, pero las u&ntilde;as clavadas en la piel de su espalda eran m&aacute;s que reveladoras, indic&aacute;ndole mediante la presi&oacute;n cu&aacute;ndo deb&iacute;a parar y cuando pod&iacute;a avanzar.<\/p>\n<p>Tras un nuevo descanso termin&oacute; por introducirse por completo, con exquisita lentitud. Ra&uacute;l se tens&oacute; nuevamente s&oacute;lo para relajarse pasados escasos segundos. Tanteando el terreno Mauro movi&oacute; las caderas, encontrando escasa resistencia a sus avances y escuchando el gemido ahogado del chico. Animado por el resultado volvi&oacute; a moverse. Su pene no encontraba dificultades en entrar y salir del estrecho conducto del joven que ahora gem&iacute;a y mov&iacute;a las caderas ligeramente, intentando acompasarse al ritmo del profesor quien empezaba a acelerar poco a poco. Sus grandes manos aferraron la nuca de Ra&uacute;l y le atrajeron m&aacute;s contra s&iacute;, mientras las piernas del chico le rodeaban en un firme apret&oacute;n.<\/p>\n<p>Sus cuerpos quedaron completamente pegados, el pecho velludo de Mauro a mil&iacute;metros del de Ra&uacute;l, la separaci&oacute;n suficiente como para no poner su peso sobre &eacute;l directamente. A pesar de eso, las caderas del hombre se mec&iacute;an en un vaiv&eacute;n cada vez m&aacute;s veloz, penetrando una y otra vez a Ra&uacute;l. Los gemidos del chico aumentaron en intensidad, creciendo y ahogando el golpeteo de los cuerpos al entrechocar una y otra vez. Mauro jadeaba, con el pelo cay&eacute;ndole sobre los ojos empapado en sudor. Retirando una de las manos de la nuca del joven aferr&oacute; de nuevo su pene, masturb&aacute;ndole con fuerza arriba y abajo mientras mov&iacute;a su pelvis todo lo deprisa que pod&iacute;a, impuls&aacute;ndose dentro de Ra&uacute;l una y otra vez.<\/p>\n<p>Los ojos del joven parecieron agrandarse y engullir todo su rostro cuando alcanz&oacute; el orgasmo. Su boca se abri&oacute; en un c&iacute;rculo perfecto y por un momento ning&uacute;n sonido escap&oacute; de ella, falto incluso de respiraci&oacute;n. Con el segundo disparo de semen sobre su vientre pecoso el aire entr&oacute; de golpe en sus pulmones y un largo gemido, casi un grito, se escap&oacute; de entre sus labios mientras sus u&ntilde;as dejaban finos ara&ntilde;azos en la espalda de Mauro, que sise&oacute; y le mordi&oacute; el hombro moteado mientras su cadera se impulsaba con fuerza hacia delante, clavando al joven en la cama. Con un &uacute;ltimo espasmo alcanz&oacute; el orgasmo, descarg&aacute;ndose dentro del joven. Solt&oacute; el hombro de Ra&uacute;l y lo cubri&oacute; de besos mientras jadeaba, recuperando el aliento.<\/p>\n<p>Rodando sobre su costado evit&oacute; caer sobre el chico, que se acerc&oacute; a Mauro con timidez. El profesor le rode&oacute; con un brazo y acarici&oacute; su pecho. Ofreci&eacute;ndole su b&iacute;ceps como almohada el joven se acomod&oacute; sobre &eacute;l, todo lo cerca que pudo del hombre que dobl&oacute; el brazo y enred&oacute; los dedos en el espeso cabello dorado del muchacho. Ra&uacute;l pas&oacute; uno de sus brazos cubiertos de pecas sobre Mauro quien le estrech&oacute; m&aacute;s contra s&iacute; mientras recuperaba el aliento. Hab&iacute;a sido m&aacute;s intenso incluso que la primera vez que se acost&oacute; con &eacute;l, much&iacute;simo m&aacute;s. Supuso que en parte se deb&iacute;a a que ambos iban cogiendo confianza el uno con el otro o a que, como con todo lo dem&aacute;s, la pr&aacute;ctica hace la perfecci&oacute;n.<\/p>\n<p>&ndash;Hum&hellip; &iquest;y ahora qu&eacute;? &iquest;tengo que irme? &ndash;pregunt&oacute; inseguro Ra&uacute;l incorpor&aacute;ndose a medias.<\/p>\n<p>&ndash;No, salvo que tengas que hacerlo o quieras. &iquest;Vives solo?<\/p>\n<p>Mauro not&oacute; al chico tensarse entre sus brazos. Mir&aacute;ndole con curiosidad tir&oacute; del edred&oacute;n, cubri&eacute;ndoles a ambos. Le dio un beso suave en las mejillas y aguard&oacute; una respuesta.<\/p>\n<p>&ndash;Vivo con un amigo, as&iacute; que puedo ir y venir si quiero. Lo que no quiero es ser una molestia para ti.<\/p>\n<p>&ndash;Hagamos un trato: yo te dir&eacute; cu&aacute;ndo me molestas, y t&uacute; dejar&aacute;s de pensar que lo haces a todas horas porque no es as&iacute;. Yo te quiero, &iquest;de acuerdo?<\/p>\n<p>Ra&uacute;l sonri&oacute;, con sus mejillas pecosas ruborizadas y el cabello despeinado. Se acurruc&oacute; m&aacute;s contra Mauro y subi&oacute; el edred&oacute;n hasta la barbilla, agradeciendo el calor.<\/p>\n<p>&ndash;En la facultad&hellip; &iquest;debo fingir que no te conozco?<\/p>\n<p>El profesor lo medit&oacute; unos minutos, acariciando el pelo del chico que manten&iacute;a los ojos cerrados.<\/p>\n<p>&ndash;No. No es necesario llegar a tanto porque adem&aacute;s tus amigos ya saben que te di clases. Podemos decir la verdad, omitiendo que estamos saliendo &ndash;resolvi&oacute; al fin&ndash;. No eres directamente alumno m&iacute;o, pero est&aacute; prohibido.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Entonces? &iquest;Qu&eacute; debo decir?<\/p>\n<p>&ndash;Que me conoces de cuando te di clases y que a&uacute;n te las doy. Eso simplificar&aacute; las cosas. Despu&eacute;s podremos decir que somos amigos, y si a&uacute;n quieres seguir conmigo cuando te grad&uacute;es, anunciaremos a los cuatro vientos que somos pareja. &iquest;Te parece bien?<\/p>\n<p>Ra&uacute;l pudo captar la lev&iacute;sima nota de ansiedad en la voz de Mauro. Esta vez le ped&iacute;a su opini&oacute;n, le tendr&iacute;a en cuenta. Si se opon&iacute;a o ped&iacute;a otra cosa se la dar&iacute;a. La novedosa sensaci&oacute;n de ser escuchado le llen&oacute; de una c&aacute;lida alegr&iacute;a. Para &eacute;l eso era suficiente. Henchido de felicidad asinti&oacute; con la cabeza, recibiendo un beso directamente en su pecosa mejilla. Mauro acarici&oacute; de nuevo su pelo y su nuca sonriendo relajadamente. No recordaba la &uacute;ltima vez que se sinti&oacute; tan tranquilo y en paz.<\/p>\n<p>&ndash;&iquest;Tortilla de espinacas y queso de cabra para cenar? &ndash;pregunt&oacute; el profesor incorpor&aacute;ndose algo reacio a separarse de Ra&uacute;l.<\/p>\n<p>&ndash;Suena genial.<\/p>\n<p>&ndash;Nota de ShatteredGlassW&ndash;<\/p>\n<p>Gracias a todos por leer este sexto relato de la saga y el apoyo dado. Espero de coraz&oacute;n que os haya gustado y que sig&aacute;is apoyando esta serie. Si quer&eacute;is que escriba algo para vosotros pod&eacute;is pedirlo a trav&eacute;s de mi email, si la tem&aacute;tica me gusta y dispongo de tiempo, os har&eacute; un relato personalizado. Si ten&eacute;is comentarios o sugerencias y quer&eacute;is comunicaros de una forma m&aacute;s personal conmigo pod&eacute;is hacerlo a trav&eacute;s de mi correo electr&oacute;nico: shattered_glass_writer@outlook.com.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 30<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>&ndash;Ha sido un error. &ndash;&iquest;El qu&eacute;? &ndash;Lo nuestro. Ha sido un error, una equivocaci&oacute;n. No volver&aacute; a suceder&ndash; afirm&oacute; tajante Mauro mirando fijamente a Ra&uacute;l&ndash;. No eres m&aacute;s que un cr&iacute;o, y yo soy tu profesor. &iquest;Te has parado a pensar qu&eacute; ser&aacute; de mi carrera si se descubre que nos hemos acostado? 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