{"id":46434,"date":"2024-03-22T23:00:00","date_gmt":"2024-03-22T23:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"2024-03-22T23:00:00","modified_gmt":"2024-03-22T23:00:00","slug":"la-busqueda","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/la-busqueda\/","title":{"rendered":"La b\u00fasqueda"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"46434\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">4<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 16<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>En el subterr&aacute;neo<\/p>\n<p>La tarde era calurosa. En un vag&oacute;n del subterr&aacute;neo, casi vac&iacute;o, Mon&iacute; escuchaba a Isa. Ella le contaba, entre risas, c&oacute;mo hab&iacute;a terminado su &uacute;ltima &ldquo;b&uacute;squeda&rdquo; (como ella las llamaba): despu&eacute;s de comer, el tipo la hab&iacute;a llevado a su casa y hab&iacute;an terminado en un cuarto grande, espacioso y blanco. Isa recordaba el techo. El tipo se jactaba del buen tama&ntilde;o de su miembro (y m&aacute;s o menos ten&iacute;a raz&oacute;n), pero cog&iacute;a s&oacute;lo para &eacute;l, a lo bestia y sin ritmo, se deten&iacute;a de la nada y daba bufidos muy extra&ntilde;os, como si todo el tiempo fuera a desfallecer. Aburrida de estar abajo, Isa hab&iacute;a decidido montarlo&hellip; o m&aacute;s bien usarlo para masturbarse contra &eacute;l; cansado, el sujeto &eacute;se se dejaba hacer, y eso le daba oportunidad a Isa de llevar su propio ritmo, y de ir como a ella le gustaba: primero completamente penetrada, dibujando ochos con la cadera, para que la fricci&oacute;n le irguiera el cl&iacute;toris y le diera &aacute;nimos para seguir; luego, perreando atleticamente, de abajo a arriba, hasta casi dejar salir el miembro de Juan (s&iacute;, ahora recordaba, &ldquo;Juan&rdquo;). A momentos (Isa lo sent&iacute;a) el pene amenazaba con doblarse, y Juan cerraba los ojos; sus bufidos, antes un poco pat&eacute;ticos, ahora le resultaban a Isa muy halagadores.<\/p>\n<p>O, al menos, eso era lo que Mon&iacute; cre&iacute;a estar entendiendo. El bochorno del subterr&aacute;neo y el cansancio le entrecerraban los ojos, y quiz&aacute; la cercan&iacute;a de su amiga, que hab&iacute;a empezado a excitarla, estaba poniendo en su cabeza im&aacute;genes m&aacute;s detalladas de las que Isa describ&iacute;a. El viaje era de pocas estaciones e Isa no hab&iacute;a querido sentarse, as&iacute; que ambas iban de pie. Como Mon&iacute; era m&aacute;s baja, su amiga se le acercaba desde arriba para que pudiera escucharla bien, y a veces, por el movimiento del subterr&aacute;neo, casi rozaba su oreja.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil es la calentura cu&aacute;ndo se est&aacute; cansada! &mdash;pensaba Mon&iacute;.<\/p>\n<p>Las palabras de Isa eran muy r&aacute;pidas y silbaban entre sus dientes. Su enorme sonrisa le estiraba los labios, ya delgados, hasta hacerlos diminutos, y hac&iacute;a que sus mejillas se volvieran c&iacute;rculos perfectos y erguidos. Para tranquilizarse, Mon&iacute; empez&oacute; a ver, no a Isa, sino a la Isa reflejada en el pasamanos del vag&oacute;n. Despu&eacute;s, poco a poco, empez&oacute; a verse a ella misma, deformada por el cilindro de metal del que estaban agarradas ambas.<\/p>\n<p>Mon&iacute; e Isa hab&iacute;an estado juntas durante la preparatoria. En esa &eacute;poca Isa no siempre se sent&iacute;a atractiva. Sal&iacute;a con un sujeto que se le desaparec&iacute;a cada semana, que terminaba con ella por tonter&iacute;as y que &mdash;seg&uacute;n varias versiones&mdash; lleg&oacute; a enga&ntilde;arla con una chica varios a&ntilde;os mayor. E Isa volv&iacute;a. Aunque nunca lo dijo, Mon&iacute; notaba que el cuerpo robusto de su amiga, su tierna cara cuadrada, sus mejillas esf&eacute;ricas y perfectas cada vez que re&iacute;a, la hac&iacute;an sentir insuficiente.<\/p>\n<p>Por supuesto que ahora a Mon&iacute; le preocupaba que fuera a la casa (y a la caza) de desconocidos, pero nunca gan&oacute; nada pidi&eacute;ndole que dejara definitivamente a su novio de preparatoria, y no ganar&iacute;a nada ahora pidi&eacute;ndole que tuviera m&aacute;s cuidado. Pero la raz&oacute;n principal por la que ahora Mon&iacute; escuchaba a su amiga contar sus &ldquo;b&uacute;squedas&rdquo; era porque ahora se sent&iacute;a culpable. En la preparatoria, Mon&iacute; era la m&aacute;s afortunada. Era la presidenta de su grupo y la de mejores calificaciones. No era alta y, por tanto, sus formas no eran tan pronunciadas como las de sus compa&ntilde;eras &ldquo;m&aacute;s buenas&rdquo;, esas que, en la esquina del fondo a la derecha, llevaban sus grandes pechos en blusas de colores el&eacute;ctricos y tonteaban bruscamente con los hombres a todas horas. Sin embargo, tambi&eacute;n en ese sentido, Mon&iacute; se sent&iacute;a m&aacute;s hermosa. Precisamente por ser m&aacute;s delgada y m&aacute;s baja, sus pechos resaltaban vivamente, a&uacute;n en la playera polo roja del uniforme, que ella usaba rigurosamente; lo mismo pasaba, aunque de forma menos llamativa, con sus nalgas, que la pr&aacute;ctica del futbol hab&iacute;a hecho respingadas y firmes.<\/p>\n<p>Estos rasgos suyos intimidaban a los hombres que no la consideraban su amiga, y hac&iacute;a que todos sus amigos fantasearan con ella. Sin embargo, la parte de su cuerpo que m&aacute;s le gustaba a ella era su cabello. Su color, que dependiendo de la luz, se acercaba m&aacute;s al marr&oacute;n, m&aacute;s al pelirrojo o m&aacute;s al bronce, ca&iacute;a en ondas perfectas sobre sus hombros y ayudaba a darle armon&iacute;a a su cara afilada y pecosa, de ojos largos y un poco felinos. Una vez, durante una clase, el profesor estaba leyendo un poema, que en alg&uacute;n momento dec&iacute;a &laquo;sus empavonados bucles \/ le brillan entre los ojos&raquo;, y durante un instante vio a Mon&iacute;, con ese gesto extra&ntilde;o que ten&iacute;an los hombres cuando se sent&iacute;an culpables de verla. A Mon&iacute; no le gustaba ese profesor &mdash;que, por otro lado, le encantaba a Isa&mdash;, pero se sinti&oacute; muy feliz de que alguien compartiera su gusto por ese cabello que peinaba tan amorosamente cada ma&ntilde;ana.<\/p>\n<p>Desde entonces hab&iacute;an pasado tres a&ntilde;os. Ese profesor hab&iacute;a renunciado de la nada. Isa lo lament&oacute; mucho y Mon&iacute; se burl&oacute; de ella:<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;No tiene ni tres d&iacute;as que te &ldquo;desocup&oacute;&rdquo; el idiota de tu novio, y ya andabas buscando pija hasta debajo de las piedras! &iexcl;Pero es que ni era guapo el profe!<\/p>\n<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;. Igual no era guapo, pero ten&iacute;a un nosequ&eacute;.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Un &ldquo;nosequ&eacute;&rdquo;! &iexcl;Un &ldquo;nosequ&eacute;&rdquo;! Se&ntilde;ores, &mdash;dijo al aire, aunque estaban solas&mdash; &iquest;alguien tiene un nosequ&eacute; que le regale a esta damisela necesitada?<\/p>\n<p>As&iacute; se burlaba Mon&iacute; de todo el mundo en sus a&ntilde;os felices. Pero s&iacute; sab&iacute;a a qu&eacute; se refer&iacute;a Isa. Ese profesor, joven y regordete, conservaba el carisma juvenil de los universitarios, y ten&iacute;a una labia graciosa y comprensiva. Sin embargo, a ella esas cosas no le interesaban. Una vez, el primer d&iacute;a de clases, hab&iacute;a coqueteado con &eacute;l, pero hab&iacute;a sido solamente para medirlo. Lo hubiera reportado y despedido si &eacute;l le coqueteaba de vuelta, pero le molestaba un poco que no lo hubiera hecho.<\/p>\n<p>En fin, Mon&iacute; se sent&iacute;a culpable por las crudas burlas que hab&iacute;a hecho sobre la sexualidad de su amiga, y tambi&eacute;n por haberla opacado siempre con su propia belleza. En realidad, Isa le pareci&oacute; siempre muy linda y, ahora mismo, en el subterr&aacute;neo, en ese d&iacute;a caluroso, hallarla tan atractiva empezaba a resultarle problem&aacute;tico. Cuando empez&oacute; a notar que se humedec&iacute;a, al principio hab&iacute;a intentado atribuirlo a su ciclo; luego, al tema er&oacute;tico de las an&eacute;cdotas de Isa. Pero ahora, mir&aacute;ndose a m&iacute; misma en el pasamanos del subterr&aacute;neo.<\/p>\n<p>Pero, adem&aacute;s de la culpa y de la atracci&oacute;n creciente, hab&iacute;a otra raz&oacute;n por la que Mon&iacute; no reprend&iacute;a las relaciones arriesgadas de su amiga; hab&iacute;a otra raz&oacute;n por la que estaba de pie junto a ella, aunque estuviera cansada, porque Isa hab&iacute;a dicho que eran unas pocas estaciones. Algo en Mon&iacute; hab&iacute;a cambiado desde que dej&oacute; la preparatoria de Isa.<\/p>\n<p>En el pasado (o La f&aacute;bula de Eduardo y Danielle)<\/p>\n<p>Era enero, hac&iacute;a dos a&ntilde;os. Su &uacute;ltimo semestre antes de la universidad. Mon&iacute; salud&oacute; a su amigo Eduardo de forma especialmente efusiva. Como era su costumbre, le desorden&oacute; el cabello rizado, y le dijo cu&aacute;nto lo hab&iacute;a extra&ntilde;ado en vacaciones. Sin embargo, esta vez, le pas&oacute; la yema de los dedos por su mejilla morena y lampi&ntilde;a, suavemente y mir&aacute;ndolo a los ojos. Eduardo se esforz&oacute; por no darle importancia, pero al d&iacute;a siguiente, Mon&iacute; continu&oacute;. Se estaban sentando en la biblioteca, para comparar sus tareas de Anatom&iacute;a, cuando Mon&iacute; puso la mano en el mismo lugar donde Eduardo iba a ponerla. Mon&iacute; parec&iacute;a distra&iacute;da, pero no quit&oacute; la mano. Eduardo planeaba alejar los dedos lentamente, para que Mon&iacute; no notara nada, cuando ella (que ya estaba hablando de la tarea, sin darle importancia al roce), asi&oacute; su mano y no volvi&oacute; a soltarla hasta que dejaron la biblioteca. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, Mon&iacute; repiti&oacute; lo del primer d&iacute;a: revolvi&oacute; su cabello, le dijo cuando lo hab&iacute;a extra&ntilde;ado en vacaciones, y pas&oacute; su mano por la mejilla de &eacute;l. S&oacute;lo que esta vez estaban solos, platicando durante una hora libre, en un recobeco que se hac&iacute;a debajo de una gran escalera de piedra. All&iacute;, Mon&iacute; lo bes&oacute;. &Eacute;l se qued&oacute; embelesado un largo momento, pero se alej&oacute;, negando fuertemente con la cabeza.<\/p>\n<p>Eduardo, que verdaderamente era uno de los mejores amigos de Mon&iacute; (o al menos, lo hab&iacute;a sido hasta entonces), era un muchacho t&iacute;mido y amable, adorado por las chicas, que lo buscaban con toda clase de atenciones, por trato respetuoso y su habilidad para escuchar. Los hombres de su edad, por otro lado, lo detestaban. A veces lo consideraban un hip&oacute;crita sin car&aacute;cter, cuya manera de ser se explicaba porque &ldquo;s&oacute;lo buscaba poner la verga en alg&uacute;n chocho&rdquo;; otras veces, lo consideraban homosexual.<\/p>\n<p>Pero esta &uacute;ltima opci&oacute;n era improbable, porque Eduardo hab&iacute;a empezado a salir con Danielle (&ldquo;as&iacute;, con ese nombre que en espa&ntilde;ol suena a hombre&rdquo;, dec&iacute;a Mon&iacute;). Danielle era una pelirroja de lindas facciones que, sin ser muy diligente, entend&iacute;a todo a la primera. Entend&iacute;a los temas de las clases. Entend&iacute;a los procesos de admisi&oacute;n a las universidades. Jam&aacute;s se perd&iacute;a, porque entend&iacute;a las direcciones y los mapas. Y entend&iacute;a tambi&eacute;n los vicios: entend&iacute;a a la gente y lo que la gente consideraba malo; entend&iacute;a los chismes, y sab&iacute;a muy bien c&oacute;mo &ldquo;quemar&rdquo; a la gente. Durante los festejos que la preparatoria hac&iacute;a antes de las fiestas de navidad, hubo un concurso de talentos. El p&uacute;blico de alumnos y profesores se reun&iacute;a apretujados en cada uno de los pisos de cada una de las cuatro torres que envolv&iacute;an el patio central. All&iacute;, en el patio, Danielle subi&oacute; a un tapanco feo, montado como escenario y adornado con los colores de la escuela. Empez&oacute; a hacer chistes; chistes crueles sobre las costumbres: las amigas traidoras; las alumnas que hablaban felizmente de que pod&iacute;an negociar calificaciones por favores sexuales (&iquest;lo hac&iacute;an, finalmente?); los hombres agresores; los que que se golpeaban a lo est&uacute;pido entre s&iacute;; los que actuaban grotescamente ser homosexuales activos, solo para humillar a los otros. Los chistes no se dirig&iacute;an contra nadie en particular pero todos sus compa&ntilde;eros salieron heridos. Y entre los heridos, estaba Mon&iacute;.<\/p>\n<p>&mdash;Hay quienes se sienten tan soberanamente divinos, tan por encima de todos los dem&aacute;s, que pasan por sobre nuestras cabezas, &iexcl;hup!, como si fu&eacute;ramos sus escalones. &iexcl;Qu&eacute; ganas de agachar la cabeza para que se fueran de boca al suelo! Me refiero a gente a la que se le da todo en la boca: el mundo los trata como algod&oacute;n. Mueven los labios y tienen la respuesta correcta a todo. Ganan trofeos corriendo, pateando y gritando como avestruces &mdash;aqu&iacute; Danielle imitaba la clase de gritillo de alegr&iacute;a que daba el equipo femenil cuando ganaba un partido. &mdash;&iexcl;Y un cuerpo como el suyo! Si yo tuviera un cuerpo as&iacute;, nunca en mi vida necesitar&iacute;a un destapacorchos.<\/p>\n<p>E hizo el gesto de abrir una botella imaginaria entre los pechos.<\/p>\n<p>Los chistes eran p&eacute;simos, pero todos rieron atronadoramente. Mon&iacute; junt&oacute; todas sus fuerzas para no ruborizarse; para no reaccionar siquiera. Nadie la mir&oacute; en ese momento; tampoco le dijeron nada al respecto despu&eacute;s; casi todas las chicas hablaban de c&oacute;mo se hab&iacute;an sentido ellas mismas con las palabras de Danielle. S&oacute;lo los hombres se ridiculizaban entre ellos. Pero Mon&iacute; no ten&iacute;a dudas: todos pensaban en ella. Se la imaginaban haciendo cada una de las cosas que Danielle hab&iacute;a descrito. En el fondo, lo que m&aacute;s le dol&iacute;a es que s&oacute;lo a ella la atac&oacute; por una actitud que no ten&iacute;a que ver con lo incorrecto o con lo violento, sino sencillamente por su suerte. &iexcl;Qu&eacute; culpa ten&iacute;a ella de su suerte! Con todo, Mon&iacute; evitaba pensar en esto, porque la hac&iacute;a sentir como v&iacute;ctima de un ataque. &iexcl;No! Ella quer&iacute;a sentir que le hab&iacute;an dado un primer golpe, pero que ella podr&iacute;a contestar.<\/p>\n<p>Fue por eso que plane&oacute; una venganza todas las vacaciones, y fue por eso tambi&eacute;n que cuatro d&iacute;as despu&eacute;s de empezado el semestre, bes&oacute; a Eduardo. Cuando &eacute;l retrocedi&oacute;, Mon&iacute;, lejos de mostrarse indignada, se disculp&oacute;.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Ay, qu&eacute; hice! Nadie deber&iacute;a poner a su mejor amigo en una situaci&oacute;n as&iacute;. Nunca pas&oacute;&hellip; nunca, nunca&hellip;<\/p>\n<p>As&iacute; le dec&iacute;a una y otra vez, mientras intentaba retenerlo. Consigui&oacute; que Eduardo se sintiera culpable, no s&oacute;lo de haberla besado, sino tambi&eacute;n de haberla rechazado y alterado. Este era el principal prop&oacute;sito de la chica, que, sin embargo, en el fondo s&iacute; se sent&iacute;a mal de lo que iba a hacerle a su amigo. Al poner en palabras este remordimiento anticipado, se distanciaba de &eacute;l; y, lejos de retractarse de su prop&oacute;sito, se daba valor. Cuando Eduardo ya casi hab&iacute;a olvidado el beso y se hab&iacute;a dejado abrazar por una Mon&iacute; aparentemente preocupada, la chica tom&oacute; una de sus manos. Eduardo lo acept&oacute;, porque consider&oacute; que ella pasaba por una emoci&oacute;n fuerte y necesitaba apoyo. Mon&iacute; se aprovech&oacute; de esta flaqueza y se llev&oacute; a la boca el dedo cordial de Eduardo, que succion&oacute; mir&aacute;ndolo con ojos maliciosos. Luego, sin decir una palabra y casi sin voltearlo a ver, se fue.<\/p>\n<p>Mon&iacute; pensaba &mdash;y los eventos le dieron la raz&oacute;n&mdash; que el deseo no nace solamente del gusto o de la provocaci&oacute;n: nac&iacute;a sobre todo de la reflexi&oacute;n, del recuerdo, de las noches solitarias donde la imagen de lo posible va consumiendo la carne de quien desea. Por eso fue paciente, como estaba en su plan. Pasaron dos semanas, en las que no evit&oacute; convivir con Eduardo, pero en las que lo conden&oacute; a un silencio casi completo, roto por alg&uacute;n di&aacute;logo cotidiano, para alternar en &eacute;l tranquilidad y angustia. Eduardo sin duda ya fantaseaba con su cuerpo: ahora necesitaba fantasear tambi&eacute;n con su perd&oacute;n.<\/p>\n<p>Pasadas esas dos semanas, Mon&iacute; le ofreci&oacute;, con la cara llena de amabilidad, que pod&iacute;a llevarlo de vuelta a su casa en coche. &Eacute;l acept&oacute;, por una extra&ntilde;a mezcla de sentimientos: esperaba tocarla, pero tambi&eacute;n quer&iacute;a ser perdonado. Cuando estuvieron all&iacute;, la chica solt&oacute;:<\/p>\n<p>&mdash;Estoy segura de que ya le dijiste a Danielle.<\/p>\n<p>&mdash;No. Claro que no &mdash;le contest&oacute; Eduardo&mdash;. No quiero que se altere, ni que tengas problemas por m&iacute;.<\/p>\n<p>&iexcl;Pobre iluso! Mon&iacute;, que antes s&oacute;lo se permit&iacute;a a s&iacute; misma un top u ombliguera cada semana (los ten&iacute;a de todos los colores, porque ten&iacute;a la idea de que alguien intentar&iacute;a contar cu&aacute;ntos ten&iacute;a), empez&oacute; a usarlos todos los d&iacute;as, y, en los viajes, escuchaban solamente &ldquo;Despacito&rdquo;. En esa canci&oacute;n de ritmo incitante, pronunciaba con especial intensidad los versos que ven&iacute;an mejor a su situaci&oacute;n &ldquo;solo con pensarlo se acelera el pulso&rdquo;, &ldquo;esto hay que tomarlo sin ning&uacute;n apuro&rdquo;, &ldquo;ven, prueba de mi boca, para ver c&oacute;mo te sabe&rdquo;. Las alusiones propiamente sexuales, las cantaba bajito o sonre&iacute;a ante ellas y las tarareaba entre dientes.<\/p>\n<p>Al menos algunos de esos d&iacute;as, Danielle tuvo que notar que Eduardo se iba con Mon&iacute;. Cuando estuvo segura de que as&iacute; era, Mon&iacute; no lo llev&oacute; a su casa. Estacion&oacute; el auto frente a un autoservicio, mientras cantaba: detuvo la canci&oacute;n, se call&oacute; y mir&oacute; a los ojos a Eduardo. El beso ahora lo buscaron los dos, para enorme satisfacci&oacute;n de ella. &Eacute;l llev&oacute; su mano izquierda hacia los pechos de ella, pero despu&eacute;s de sentirlos apenas, Mon&iacute; se la retir&oacute;.<\/p>\n<p>&mdash;Eso no &mdash;dijo. Su cara pas&oacute; de la orden al juego, cuando se abri&oacute; los pantalones cortos y llev&oacute; la mano de Eduardo a su pubis. Eduardo acarici&oacute; primero su vello &mdash;quiz&aacute; porque intu&iacute;a que eso era lo correcto en escenarios as&iacute;&mdash;, y luego baj&oacute;. Las diferencias de textura los preocupaban: no sab&iacute;a qu&eacute; hacer. El cl&iacute;toris, erguido al tacto, hab&iacute;a escuchado que no es conveniente tocarlo en primer lugar. Los labios mayores ten&iacute;an una textura normal, semejante a la de su propio sexo: una textura de piel mojada, que se resist&iacute;a al tacto; pero los menores eran d&uacute;ctiles y pl&aacute;sticos, y la misma forma en la que sus dedos se dejaban resbalar por ellos le suger&iacute;a que &eacute;se era, al menos, el camino inicial. Mon&iacute; estaba encantada por dos cosas. En primer lugar, Eduardo compensara amablemente su torpeza con inter&eacute;s y deducci&oacute;n; en segundo lugar, esta torpeza revelaba que Danielle a&uacute;n no se lo hab&iacute;a cogido o que, al menos, se lo hab&iacute;a cogido mal. La idea tras sus movimientos estaba bien, pero el ritmo era terrible.<\/p>\n<p>Fiel a la canci&oacute;n que los hab&iacute;a dirigido los &uacute;ltimos d&iacute;as, Mon&iacute; le ense&ntilde;&oacute; a Eduardo c&oacute;mo le gustaba. Le ense&ntilde;&oacute; a circundar su vagina con el dedo cordial, mientras que el &iacute;ndice y el anular empujaban hacia los lados el resto de su vulva, y la mu&ntilde;eca presionaba ligeramente su cl&iacute;toris al ritmo que ella misma marcaba con su respiraci&oacute;n. Todo esto lo explic&oacute; con un cari&ntilde;o aut&eacute;ntico, y Eduardo aprendi&oacute; bien. Mon&iacute; se pregunt&oacute; entonces si, en lugar de s&oacute;lo cogerse al novio de Danielle, no ser&iacute;a mejor &ldquo;baj&aacute;rselo&rdquo;, es decir, conservar a Eduardo para ella misma y hacerlo su novio. Pero como la masturbaci&oacute;n le estaba encantando y en ese momento no quer&iacute;a ideas demasiado complicadas en su cabeza, decidi&oacute; dejar la decisi&oacute;n para m&aacute;s tarde.<\/p>\n<p>La idea que signific&oacute; el final de todo era en realidad bastante razonable: Mon&iacute; ya hab&iacute;a puesto muy al l&iacute;mite la decisi&oacute;n de Eduardo, jalone&aacute;ndolo entre emociones distintas. La voluntad de las personas es como una cuerda, y puede romperse con consecuencias impredecibles. Si ella le exig&iacute;a que cogieran en la casa de &eacute;l, un no rotundo podr&iacute;a arruinar o al menos retrasar mucho todo su plan. Por eso, decidi&oacute; llevarlo a su propia casa &mdash;o, mejor dicho, a la casa de su padrastro. El problema es que Mon&iacute; jam&aacute;s hab&iacute;a cogido en esa casa. S&oacute;lo hab&iacute;a tenido dos parejas, que hab&iacute;an llevado a lugares lindos y seguros, planeados especialmente para encuentros agradables &mdash;aunque ambos, malditos, cuando les lleg&oacute; el momento de irse al extranjero, dejaron de escribirle ni bien se subieron al avi&oacute;n. As&iacute;, Mon&iacute; ni siquiera sab&iacute;a, antes de esa ma&ntilde;ana, si la casa iba a estar vac&iacute;a. Cuando averigu&oacute; que s&iacute;, que su madre estar&iacute;a todo el d&iacute;a en sus &ldquo;clases de se&ntilde;ora rica&rdquo;, y que su padrastro no llegar&iacute;a de trabajar hasta pasadas las 10 pm, no pens&oacute; en indagar m&aacute;s.<\/p>\n<p>Pero la idea que quer&iacute;a transmitirle &ldquo;la se&ntilde;ora que les ayudaba en la limpieza&rdquo; (as&eacute;ptico e hip&oacute;crita eufemismo, para lo mal que trataban a la noble se&ntilde;ora), es que su padre iba a llegar, definitivamente, para cenar y dormir, a esa hora. No que no fuera a llegar antes, puesto que era normal que su padrastro regresara por archivos importantes a la casa, m&aacute;s o menos a la hora en la que Mon&iacute; y Eduardo cruzaron la puerta de entrada. Todo eso, claro, lo sab&iacute;a la se&ntilde;ora, pero no Mon&iacute;, que casi no estaba en casa.<\/p>\n<p>As&iacute;, por una combinaci&oacute;n de ignorancia y morbo. Mon&iacute; volvi&oacute; a besar a Eduardo cuando hab&iacute;an cerrado la puerta tras ellos, dej&oacute; que le quitara el pantal&oacute;n corto, dej&oacute; que la sentara en un banco alto, puesto en una barra que separaba la cocina del comedor, dej&oacute; que, all&iacute;, arrodillado junto al banco en el que ella estaba sentada, Eduardo besara sus piernas en torno a su ropa interior de color azul el&eacute;ctrico. Poco a poco se acercaba a la vulva, y Mon&iacute; lo dejaba hacer. Cuando vio que &eacute;l no se atrev&iacute;a, se quit&oacute; ella misma la ropa interior revolvi&oacute; su cabello, como era de costumbre, antes de hacerlo sumergirse en su vulva. Sentada como estaba, todav&iacute;a, cerraba las piernas en torno a las ojeras de Eduardo cuando quer&iacute;a que &eacute;l le metiera la lengua, y las volv&iacute;a a abrir para que &eacute;l respirara y atendiera m&aacute;s bien los labios o el cl&iacute;toris.<\/p>\n<p>&Eacute;l quer&iacute;a reclinarla en la barra que separaba la cocina del comedor, y penetrarla all&iacute; mismo. Cuando Mon&iacute; tuvo un orgasmo, sus piernas apretaron muy fuertemente la cara de Eduardo, para luego finalmente liberarlo. Eduardo, con una mano, toc&oacute; la cara de Mon&iacute;, y puso la otra en su espalda, suavemente, para pedirle que se reclinara. Mon&iacute; en realidad quer&iacute;a tenerlo en cima &mdash;quiz&aacute; las cosas hubieran resultado distintas as&iacute;&mdash;, pero le concedi&oacute; a Eduardo lo que quer&iacute;a, d&aacute;ndole un cond&oacute;n dici&eacute;ndole solamente:<\/p>\n<p>&mdash;Como tuve un orgasmo, estoy muy estrecha. Ve con calma.<\/p>\n<p>Y &eacute;l intent&oacute; hacerlo al principio, pero su urgencia era demasiada y empez&oacute; a penetrarla desesperadamente, por la vagina, pero desde atr&aacute;s, tomando el ritmo que le devolv&iacute;an las nalgas firmes de su amiga. Mon&iacute; se indign&oacute;, y estuvo a punto de detenerlo. Despu&eacute;s de todo, ya hab&iacute;a conseguido que el novio de Danielle la penetrara; ya ten&iacute;a su venganza. En lo que se decid&iacute;a, la incomodidad desapareci&oacute; y Mon&iacute; prefiri&oacute; seguir con el encuentro.<\/p>\n<p>&mdash;A Danielle&hellip; &mdash;dec&iacute;a Mon&iacute;, mientras gem&iacute;a, sobreactuando un poco&hellip; &mdash;&iquest;Te la has cogido as&iacute;?&#8230; Como siempre lleva ropa holgada no lo s&eacute;, pero&hellip; &iquest;est&aacute; m&aacute;s buena que yo, verdad?<\/p>\n<p>Y diciendo esto con sarcasmo, permiti&oacute; por fin que las manos de Eduardo bajaran por su top y tocaran sus pezones. Y as&iacute; habr&iacute;a terminado todo&hellip; si Eduardo hubiera terminado. Mon&iacute; utilizaba todas las t&eacute;cnicas que conoc&iacute;a (sab&iacute;a, por ejemplo, constre&ntilde;ir a voluntad las paredes de su vagina), pero Eduardo no acababa. Y, para peor, hab&iacute;a empezado a perder ritmo, despu&eacute;s de veinte segundos de vehemencia ven&iacute;an cinco de inactividad, y Mon&iacute;, cansada de tomar la iniciativa se aburr&iacute;a. Ella hab&iacute;a llegado muy lejos, y ten&iacute;a que venirse al mismo tiempo que Eduardo, costara lo que costara. As&iacute; que lo detuvo, camin&oacute; hacia el comedor, se quit&oacute; completamente el top, se sent&oacute; en el borde de la mesa y se abri&oacute; de piernas. El hermoso cabello de Mon&iacute; le ca&iacute;a sobre los pechos (ella record&oacute; el poema, y pens&oacute; de pronto &laquo;los empavonados bucles \/ le brillan sobre los pechos&raquo;). Con la mano derecha lo invit&oacute; a acercarse; con la izquierda, presion&oacute; un pecho para que se viera m&aacute;s levantado. Eduardo tuvo que reprimir el orgasmo que estuvo a punto de tener, s&oacute;lo de verla.<\/p>\n<p>&Eacute;l estaba cansado, y se frotaba contra ella en c&iacute;rculos, buscando que disfrutara, por lo menos, de la fricci&oacute;n. Ella recompensaba esta linda consideraci&oacute;n, y cada tanto cruzaba las piernas detr&aacute;s de su espalda y era ella quien se lo cog&iacute;a. Como a ella le excitaba sobre todo las caras extasiadas de &eacute;l, le respond&iacute;a mordi&eacute;ndose el labio o vi&eacute;ndolo con travesura. As&iacute; estuvieron un muy buen rato, porque Mon&iacute; ten&iacute;a control de la situaci&oacute;n, y eso le evitaba aburrirse.<\/p>\n<p>En alg&uacute;n momento, Eduardo se dio cuenta de que estaba viviendo el momento de forma demasiado mec&aacute;nica y, sin dejar de penetrar lentamente a Mon&iacute;, se irgui&oacute; lo suficiente como para verla toda. Era la chica m&aacute;s hermosa que hab&iacute;a visto. Sus pezones de bronce describ&iacute;an c&iacute;rculos rapid&iacute;simos, a medida que los pechos se lanzaban hacia atr&aacute;s con cada lenta embestida. Su piel, (pecosa solamente en las mejillas y alrededor de los ojos), era tersa y blanca. Eduardo era profundamente feliz Para Mon&iacute;, todo se ve&iacute;a distinto. Ten&iacute;a encima de ella a un buen amigo, que sin siquiera se hab&iacute;a desvestido por completo. Ya era su fantas&iacute;a, y eso la excitaba sobremanera; sobre todo cuando, ni a&uacute;n en su peque&ntilde;o ensue&ntilde;o contemplativo, Eduardo hab&iacute;a vuelvo a entrar y salir de ella.<\/p>\n<p>Se miraron a los ojos y ambos asintieron. Ninguno de los dos hab&iacute;a dicho nada, pero asintieron a lo que ya sab&iacute;an. Hab&iacute;an llegado a ese extra&ntilde;o punto en el que la ternura no amansa a la excitaci&oacute;n, sino que la alimenta. Dieron todas sus fuerzas por veinte segundos m&aacute;s, y acabaron juntos.<\/p>\n<p>Sin embargo, algunos segundos antes de que acabaran, la puerta de la entrada, que miraba directamente a la mesa del comedor, se abri&oacute;. El padrastro de Mon&iacute; hab&iacute;a carraspeado con enojo, pero nada m&aacute;s; ya iba a empezar a irse discretamente. Cuando los chicos terminaron y estuvieron en condiciones de sentir que los observaban, Eduardo se qued&oacute; paralizado, y Mon&iacute; tuvo que golpearle el pecho para que se quitara. Como esto fue tan lento, hubo tres o cuatro segundos en que Mon&iacute; qued&oacute; abierta de piernas para su padrastro, casi exactamente como hab&iacute;a quedado para Eduardo un rato antes. Su vagina a&uacute;n no terminaba de cerrarse, y el sudor hac&iacute;a una especie de roc&iacute;o sobre sus pechos, proporcionalmente enormes.<\/p>\n<p>Mon&iacute; nunca fue reprendida. De hecho, nunca se habl&oacute; del tema en su casa. Pero al pasar de los d&iacute;as, ve&iacute;a c&oacute;mo su padrastro evitaba verla, o la ve&iacute;a a los ojos con mucha atenci&oacute;n. Esto, como ya hemos dicho, le alertaba a Mon&iacute; de que era deseada, porque si alguien la ve&iacute;a as&iacute; a los ojos era porque intentaba con toda su fuerza no verle los pechos. Pero eso fue solamente el principio: Mon&iacute; notaba c&oacute;mo aquel hombre empezaba a pasar m&aacute;s tiempo en el ba&ntilde;o. Sutilmente escuchaba desde afuera, para saber si se estaba masturbando y siempre le parec&iacute;a que s&iacute;. Mon&iacute;, adem&aacute;s, siempre cerraba con llave su puerta antes de dormir; muchas noches tuvo la impresi&oacute;n de que alguien intentaba dar vuelta a la manija, para comprobar si estaba cerrada. Nunca, sin embargo, pudo comprobarlo &mdash;cuando abr&iacute;a la puerta, ya no hab&iacute;a nadie.<\/p>\n<p>Mon&iacute; no pudo m&aacute;s. Dej&oacute; la casa de su padrastro antes de terminar la preparatoria. Se fue sin avisar, y cay&oacute; en la casa de unos familiares m&aacute;s o menos lejanos, con los que iba a pasar un par de a&ntilde;os. La escuela donde estaba era car&iacute;sima: sin su padrastro y sin su madre jam&aacute;s podr&iacute;a costearse las colegiaturas que le faltaban. Por eso, termin&oacute; la preparatoria con un examen y, ahora que estaba en la universidad, trabajaba y estudiaba sin quedarle tiempo casi para respirar. Mon&iacute; pensaba eso en el subterr&aacute;neo, mientras ve&iacute;a que su cabello estaba maltratado y opaco. Era lo &uacute;nico exterior que hab&iacute;a cambiado en ella: su cuerpo segu&iacute;a id&eacute;ntico. Incluso, si cabe, m&aacute;s turgente y esbelto. Pero a ella el cabello era lo que le importaba.<\/p>\n<p>Los cambios interiores, por otro lado, fueron m&aacute;s. Mon&iacute; adoraba las novelas en las que los protagonistas tienen un problema de car&aacute;cter, que les hace cometer errores y que termina alej&aacute;ndolos de la felicidad. Si a eso sumamos la idea del &ldquo;destino&rdquo;, con la que el cine estadounidense bombardea a los j&oacute;venes, se entender&aacute; que Mon&iacute;, en ese momento dif&iacute;cil de su vida, se hubiera vuelto supersticiosa. En su manera de ver las cosas, el destino la hab&iacute;a castigado por intentar vengarse de Danielle, envi&aacute;ndole un padrastro libidinoso del que se escap&oacute; por los pelos. Por tanto, esa deb&iacute;a ser una se&ntilde;al de que el sarcasmo, la venganza y la manipulaci&oacute;n deb&iacute;an detenerse. No es que Mon&iacute; se hubiera vuelto humilde, porque en privado se tocaba con deleite y, si lloraba la lenta p&eacute;rdida de su belleza, era porque a&uacute;n embelesaba a todo el mundo. No, su cambio no era la humildad: se volvi&oacute; callada y pensativa. Ahora escuchaba m&aacute;s, y estaba siempre lista para ser juzgada por ese dios t&eacute;trico que siempre parec&iacute;a estarla acosando: una suerte que ven&iacute;a a cobrar sus favores del pasado.<\/p>\n<p>Pero, por supuesto, hay que sumar a esto que Mon&iacute; era ahora muy, muy pobre, mientras que sus amigos, Isa por ejemplo, segu&iacute;an siendo los mismos mireyes de siempre. Mon&iacute; se mataba trabajando, s&iacute;, pero alguna parte de ese dinero se le iba en fingir que a&uacute;n podr&iacute;a comer y beber lo que ellos com&iacute;an y beb&iacute;an. Otra de las razones por las que ese d&iacute;a, aunque estaba cansad&iacute;sima, no se sent&oacute; cuando Isa le dijo &ldquo;son pocas estaciones&rdquo;, era porque todo su antiguo cinismo lo hab&iacute;a usado ya, cuando le dijo:<\/p>\n<p>&mdash;Bueno, vamos. Pero me tienes que llevar t&uacute;. Yo odio conducir con este sol espantoso. Es una estaci&oacute;n desagradable para el auto, y por donde vamos al copiloto le da mejor la sombra &mdash;esto le dijo Mon&iacute;, con ese tono mand&oacute;n que ten&iacute;a en la preparatoria.<\/p>\n<p>&mdash;Mi coche est&aacute; en el taller.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Ah, el m&iacute;o igual! &iquest;Vamos en subterr&aacute;neo?<\/p>\n<p>Isa asinti&oacute;. Mon&iacute;, por supuesto, hace mucho hab&iacute;a tenido que venter ese auto donde sedujo a Eduardo. Ahora las amigas iban a un bar. El subterr&aacute;neo efectivamente estaba llegando a la estaci&oacute;n donde deb&iacute;an bajarse.<\/p>\n<p>Pero quiz&aacute; te preguntes, lector, qu&eacute; fue de Eduardo y Danielle. Los pocos d&iacute;as que Mon&iacute; todav&iacute;a fue a la preparatoria, pudo ver que su venganza no hab&iacute;a surtido el efecto esperado. No solamente Danielle, sino muchos otros compa&ntilde;eros, se hab&iacute;an percatado de que Eduardo se iba con Mon&iacute;; consecuentemente, se hab&iacute;a corrido el rumor de que hab&iacute;an cogido, y la indecencia de los hombres de su generaci&oacute;n salpimentaba este hecho de toda clase de detalles imaginativos, algunos de ellos, como el sexo oral que &eacute;l le hizo a ella, con un notable parecido con la verdad. Mon&iacute;, para quien la aventura se hab&iacute;a mezclado con la imagen de su padrastro, evitaba escuchar del tema, y nunca confirm&oacute; ni neg&oacute; nada.<\/p>\n<p>Los hombres dejaron de hablar con Eduardo y sobre &eacute;l. Le ten&iacute;an una envidia infinita, pero en el rid&iacute;culo c&oacute;digo masculino que los animaba, no estaba claro si deb&iacute;an expresarla como admiraci&oacute;n o como desprecio.<\/p>\n<p>Danielle tuvo sobre todo este asunto una reacci&oacute;n llena de pragmatismo: no pod&iacute;a molestarse con Eduardo en p&uacute;blico, porque esto habr&iacute;a dado la raz&oacute;n a los rumores &mdash;rumores que, para ella, eran absolutamente ciertos. Abrazaba a su novio y mesaba su cabello como siempre, pero cuando estaban solos lo atormentaba:<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;l puede ser un buen castigo? &mdash;le dec&iacute;a, fingiendo pensar en opciones. &mdash;Quiz&aacute; podr&iacute;a decir que intentaste abusar de m&iacute;. S&iacute;: quer&iacute;as hacerme lo mismo que a Mon&iacute;, y te pusiste violento cuando me negu&eacute;.<\/p>\n<p>&mdash;Si eso es lo que quieres&hellip; &mdash;respond&iacute;a &eacute;l.<\/p>\n<p>&mdash;Quiz&aacute; debas pedirle a Mon&iacute; que vaya a tu casa. Yo estar&iacute;a ya all&iacute;. As&iacute; podr&iacute;amos arreglar las cosas todos juntos. All&iacute; t&uacute; mismo le dir&aacute;s que vas a seguir conmigo, porque es tu compromiso. Porque, en el fondo, s&oacute;lo la usaste para darme celos.<\/p>\n<p>&mdash;Si eso es lo que quieres&hellip; &mdash;respond&iacute;a &eacute;l.<\/p>\n<p>Ninguno de estos escenarios se dio, porque Mon&iacute; dej&oacute; la escuela. Danielle, que era virgen, los planteaba sobre todo para excitarse. Cuando Mon&iacute; se fue, los escenarios se volvieron irreales y Danielle debi&oacute; buscar otra forma de castigar a Eduardo. Pero eso es una historia distinta.<\/p>\n<p>Lo cierto es que el castigo funcion&oacute;. Eduardo y Danielle, pasados tres a&ntilde;os, segu&iacute;an juntos, seg&uacute;n lo que le refer&iacute;an a Mon&iacute; todos sus amigos.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;S&oacute;lo falta que se casen! &mdash;dijo, de la nada, Mon&iacute;, en el subterr&aacute;neo. Hab&iacute;a odio en sus palabras.<\/p>\n<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute;? &iquest;Qui&eacute;nes? &mdash;pregunt&oacute; Isa. Mon&iacute; no se hab&iacute;a dado cuenta, pero Isa segu&iacute;a contando su historia y Mon&iacute; la hab&iacute;a interrumpido.<\/p>\n<p>&mdash;Eduardo y Danielle.<\/p>\n<p>&mdash;Ah, eso &mdash;dijo Isa. Hab&iacute;a escuchado ya muchas veces esas ocurrencias de Mon&iacute;. &mdash;La gente ya no se casa a nuestra edad.<\/p>\n<p>Y esa era la &uacute;ltima palabra. Mon&iacute; se segu&iacute;a viendo por el pasamanos del subterr&aacute;neo, y estaba a punto de contarle a Isa la historia de c&oacute;mo hab&iacute;a terminado todo mal, cuando se sinti&oacute; observada, consumida por una vista ajena.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;Ahora qu&eacute;! &mdash;dijo, mientras volteaba para sorprender al imb&eacute;cil que se la estaba comiendo con los ojos.<\/p>\n<p>Pero no hab&iacute;a nadie vi&eacute;ndola.<\/p>\n<p>&mdash;&iexcl;No! &mdash;dijo Isa, chillando de emoci&oacute;n. &mdash;&iexcl;Mira qu&eacute; coincidencia! &iquest;Ya viste qui&eacute;n es? Tenemos que ir a hablarle. Por favor. La dos. Entre la dos podemos m&aacute;s. Te recompensar&eacute; por esto si me ayudas.<\/p>\n<p>Mon&iacute; tard&oacute; en notar que, en uno de los &uacute;ltimos asientos, fingiendo que no las ve&iacute;a, iba aquel joven profesor al que le gustaba su cabello.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 16<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>4 En el subterr&aacute;neo La tarde era calurosa. En un vag&oacute;n del subterr&aacute;neo, casi vac&iacute;o, Mon&iacute; escuchaba a Isa. Ella le contaba, entre risas, c&oacute;mo hab&iacute;a terminado su &uacute;ltima &ldquo;b&uacute;squeda&rdquo; (como ella las llamaba): despu&eacute;s de comer, el tipo la hab&iacute;a llevado a su casa y hab&iacute;an terminado en un cuarto grande, espacioso y blanco. 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