{"id":46721,"date":"2024-04-12T22:00:00","date_gmt":"2024-04-12T22:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"2024-04-12T22:00:00","modified_gmt":"2024-04-12T22:00:00","slug":"el-alumno-favorito-de-la-profesora","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-alumno-favorito-de-la-profesora\/","title":{"rendered":"El alumno favorito de la profesora"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"46721\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">4<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>El muchacho solitario le&iacute;a &aacute;vidamente su ejemplar de Germinal en franc&eacute;s, deteni&eacute;ndose por momentos en algunas p&aacute;ginas especialmente reveladoras. Mientras el resto de chavales saldaba la prohibici&oacute;n de usar sus tel&eacute;fonos m&oacute;viles en el avi&oacute;n con gritos y risotadas, &eacute;l se hund&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s en su propio mundo. Aunque ya ten&iacute;a dieciocho a&ntilde;os, como la mayor&iacute;a de esos alumnos, a su profesora Marina le parec&iacute;a a&uacute;n un muchacho solitario que se escond&iacute;a en los recreos. Tambi&eacute;n era su mejor estudiante, y pr&aacute;cticamente biling&uuml;e en Franc&eacute;s, pero ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de que aquello no le ayudar&iacute;a mucho en la vida.<\/p>\n<p>-A ver, chicos, controlaos -pidi&oacute; a las bestiecillas que pronto crecer&iacute;an hasta convertirse en bestiezulas, en cu&ntilde;ados de bar, adictos a la coca, cotillas de portal o gur&uacute;s de las criptomonedas. El futuro de su sociedad y (m&aacute;s importante) de su pensi&oacute;n estaba frente a ella, frente a Mauro, el profesor de Matem&aacute;ticas que roncaba a su derecha; frente a Ver&oacute;nica, la profesora de Ingl&eacute;s que tocaba sus lentejuelas como si fueran un rosario para hacer frente al aterrador despegue del avi&oacute;n. Pero no hab&iacute;a nada m&aacute;s terror&iacute;fico que ese futuro encarnado en alumnos que se llamaban a s&iacute; mismos &quot;bro&quot; y en chavalas grab&aacute;ndose para TikTok como monas en celo.<\/p>\n<p>Bah, seguro que pensaba en eso porque ya rozaba los cincuenta. Ella misma, a su edad, hab&iacute;a sido tan atolondrada como ellas, aunque se hubiera casado pronto. Pero despu&eacute;s hab&iacute;a ido cambiando el alcohol por los zumos de naranja y las noches de fiesta por yoga y sentadillas, y su indumentaria de noche por un corto pero recatado vestido de motivos florales. Era ir&oacute;nico, pens&oacute;, que hubiera cultivado con tanto esmero esas formas atractivas y firmes, dado que el estilo de vida que las hab&iacute;a alumbrado era el mismo que le imped&iacute;a disfrutarlas al m&aacute;ximo. Pero a veces se dec&iacute;a a s&iacute; misma &quot;ay, si yo quisiera&#8230;&quot; cuando sorprend&iacute;a a un padre o alumno intentando taladrar con la vista el lugar donde sus piernas se encontraban.<\/p>\n<p>-Leticia, apaga el m&oacute;vil de una vez, anda.<\/p>\n<p>Su hija obedeci&oacute; desde el asiento de delante, poniendo los ojos en blanco. Hab&iacute;a heredado su talla 100 de pecho, el rubio de su cabello y su inter&eacute;s por la lengua de los franchutes, pero poco m&aacute;s. Era m&aacute;s revoltosa incluso que ella a su edad, y eso le daba miedo. No tanto como el futuro de su pensi&oacute;n, pero s&iacute; un temor ligero y controlado.<\/p>\n<p>El avi&oacute;n despeg&oacute;, como tantas otras veces. Como siempre que viajaba, su subconsciente conjur&oacute; visiones id&iacute;licas de su vida en el extranjero, en Francia, donde fuera. Lejos. Libre.<\/p>\n<p>Suspir&oacute;, relaj&aacute;ndose cuando los chicos volvieron a sacar el m&oacute;vil para perderse en su peque&ntilde;o mundo de retos virales y ombliguismo extremo. Menos ese chaval, Sergio, que maltrataba su mente con las condiciones penosas de los mineros del siglo XIX, con un rostro grave y sombr&iacute;o de concentraci&oacute;n.<\/p>\n<p>Cerr&oacute; los ojos sabiendo que, por lo menos, una de sus recomendaciones literarias no hab&iacute;a ca&iacute;do en vano.<\/p>\n<p>&#8230;<\/p>\n<p>Marina siempre hab&iacute;a preferido el vino a la cerveza. Cuando beb&iacute;a vino, pese a la culpabilidad que a veces le provocaba ese renuncio, se sent&iacute;a una con esos vetustos emperadores, con esos fil&oacute;sofos cl&aacute;sicos, con los que hab&iacute;an aprendido a tratar la uva de un modo que pudiera convertirse en el manjar favorito de Baco. Cuando beb&iacute;a cerveza, se sent&iacute;a como un alem&aacute;n en Ibiza, y su experiencia le dec&iacute;a que el vino, frente al embrutecimiento vil de la cebada, sol&iacute;a revelar cosas interesantes sobre los dem&aacute;s.<\/p>\n<p>Ah&iacute; estaba, por ejemplo, la joven Ver&oacute;nica hablando con Mauro, ese se&ntilde;or bajito y fond&oacute;n a trav&eacute;s de cuyas gafas de culo de vaso ella parec&iacute;a ver al mism&iacute;simo Apolo.<\/p>\n<p>-S&iacute;, las matem&aacute;ticas son el &uacute;nico lenguaje universal, en verdad. Es lo &uacute;nico de lo que podemos estar seguro, porque son verdades que se definen a s&iacute; mismas&#8230;<\/p>\n<p>-Ah, very interesting&#8230;<\/p>\n<p>Esos dos acaban liados fijo, pens&oacute;. No sin cierta envidia, a decir verdad. Y es que, en un restaurante como aquel, donde se hab&iacute;an dejado los ri&ntilde;ones para que los chavales comieran la comida local en vez de una hamburguesa, en ese lugar que parec&iacute;a la postal de alguna cl&aacute;sica pensi&oacute;n, le habr&iacute;a gustado tener a su lado alguna mano c&aacute;lida y tranquilizadora que se apretara contra la suya. O incluso, si no hab&iacute;a m&aacute;s remedio, la mano de su marido.<\/p>\n<p>Suspir&oacute;. Qu&eacute; iluminaci&oacute;n tan rom&aacute;ntica, tan candente y anaranjada&#8230; para ella solita.<\/p>\n<p>En fin. Prefiri&oacute; centrarse en lo que hab&iacute;a pensado, en la veracidad del vino. Y, como esos chavales ya ten&iacute;an edad para joderse la vida de manera perfectamente legal, pudo mirarlos sin filtros. Revelados en su descarnada veracidad, era divertido ver en qu&eacute; mutaban esos chicos en comparaci&oacute;n con los que hab&iacute;a conocido en las aulas.<\/p>\n<p>Ah&iacute; estaba Roberto, tan atolondrado para contentar a sus compa&ntilde;eros, que bajo los efectos relajantes del alcohol tomaba un rol m&aacute;s pasivo. Ahmed, el pobre, se lo com&iacute;a con los ojos, lejos de la mirada inquisitiva de su religiosa familia. La despampanante Eva empezaba a soltarse, hablando con esa lengua de serpiente que har&iacute;a que m&aacute;s de un palurdo le pagara las copas esa noche. Su hija Leticia se controlaba m&aacute;s porque estaba su madre delante, pero pod&iacute;a ver ese brillo p&iacute;caro en sus ojos.<\/p>\n<p>Y, por otra parte, estaba Sergio.<\/p>\n<p>La copa de vino semivac&iacute;a que llevaba en la mano ese chaval, y el efecto que provocaba, era la prueba inequ&iacute;voca de que su soledad no se deb&iacute;a a una introversi&oacute;n natural, sino a las cadenas pl&uacute;mbeas de la timidez. Ahora, frente a unos compa&ntilde;eros que no sab&iacute;an si re&iacute;r o llorar, filosofaba de todo un poco, con sus ojos brillantes paseando de vez en cuando por los escotes generosos de algunas de sus compa&ntilde;eras.<\/p>\n<p>-No, no&#8230; el Estado naci&oacute;n no est&aacute; muerto. &iexcl;Qu&eacute; va! Pasar&aacute; por un per&iacute;odo en el que tendr&aacute; que dormitar, pero ya se le est&aacute; viendo las orejas al lobo. La gente se est&aacute; dando cuenta de que las multinacionales no son sus amigas, y el papel de los agentes supranacionales empieza a ser quirti&#8230; critin&#8230; criticado. Y, tarde o temprano, imitando a China y otras potencias menos convencionales&#8230;<\/p>\n<p>Cuando hablaba de literatura todav&iacute;a pod&iacute;an tolerarlo, pero sus discursos sobre pol&iacute;tica eran recibidos con la m&aacute;s absoluta indiferencia. Ese chaval, que hab&iacute;a tenido algunos problemas de convivencia en su viejo instituto, no era odiado por sus compa&ntilde;eros, al contrario. Pero su amor era m&aacute;s bien como el amor que se tiene a un pug est&uacute;pido que no sabe valerse por s&iacute; mismo y que, por m&aacute;s que dijeran los animalistas, no es un miembro real de la familia.<\/p>\n<p>Ten&iacute;a relaciones cordiales de respeto con algunos compa&ntilde;eros, s&iacute;, pero no se pod&iacute;a hablar de amistad. Mucho menos de romance. Aquel muchacho de pelo pajizo y lacio, con gafitas redondas y un afeitado exhaustivo que dejaba ver su piel suave, no era feo. Pero era&#8230; raro. Raro como hab&iacute;a sido ella, m&aacute;s preocupado de sus libros y de las noticias que de las redes sociales, pero para las mujeres siempre es m&aacute;s f&aacute;cil, y Marina hab&iacute;a conseguido abrirse. Pero, hostia, era algo injusto que un chaval tan mono y tan interesante estuviera sin novia. Si tuviera alguien que le ense&ntilde;ara, que le guiara con una mano m&aacute;s firme y m&aacute;s madura&#8230;<\/p>\n<p>Se masaje&oacute; la frente. Quiz&aacute;s ella tambi&eacute;n hubiera bebido demasiado.<\/p>\n<p>&#8230;<\/p>\n<p>Cuando se tumb&oacute; en la cama de su habitaci&oacute;n de hotel, Marina no pens&oacute; en dormir. Tampoco pens&oacute; en vigilar a los chavales, ni en el marido que dejaba atr&aacute;s en Espa&ntilde;a. Al tumbarse en esas s&aacute;banas blancas como la inocencia de un ni&ntilde;o, con el rostro colorado y los botones superiores de su vestido desabrochados, solo pudo pensar en ese calor que le corr&iacute;a por las piernas y que poco ten&iacute;a que ver con su inminente menopausia.<\/p>\n<p>La puerta estaba cerrada, ya era la hora de dormir, nadie la ve&iacute;a. Se mordi&oacute; el labio y dej&oacute; que su mano explorara el rec&oacute;ndito lugar que se encontraba entre sus piernas, h&uacute;meda sima que los exploradores hab&iacute;an abandonado hac&iacute;a mucho. Pero sus dedos serv&iacute;an, al menos, para hacer un apa&ntilde;o.<\/p>\n<p>Qu&eacute; triste mi vida, pens&oacute;, mientras las efigies de Rupert Everett y Hugh Grant se peleaban para formar parte de su fantas&iacute;a. Una fantas&iacute;a (su dedo &iacute;ndice dibuj&oacute; c&iacute;rculos alrededor de su cl&iacute;toris) en la que hab&iacute;a cena, velitas, poemas (como el soneto de su dedo pulgar, humedeci&eacute;ndola), donde pod&iacute;a converger con otro hombre en una intersecci&oacute;n donde todos sus problemas llegaban a su fin.<\/p>\n<p>Se imagin&oacute; en mil escenarios, con esos dedos convertidos en h&aacute;biles soldados que la penetraban con dureza. Se imagin&oacute; violada por un nazi en un campo de concentraci&oacute;n, se imagin&oacute; penetrada por una c&aacute;rcel entera de presidiarios, compartiendo un t&oacute;rrido romance con un pirata secuestrador. Aventura, morbo. Todo lo que le faltaba.<\/p>\n<p>Se mordi&oacute; el labio inferior, moj&aacute;ndose los dedos, sintiendo c&oacute;mo el placer iba en aumento. Cerrando los ojos, empa&ntilde;ados de l&aacute;grimas agridulces, y dejando que aquel &eacute;xtasis creciera descontroladamente, amenazando con manchar las s&aacute;banas, haciendo que abriera la boca en un intento pat&eacute;tico de reprimir sus gemidos&#8230;<\/p>\n<p>&#8230;hasta que oy&oacute; un ruido en el pasillo. Se plante&oacute; ignorarlo, emiti&oacute; un gru&ntilde;ido de frustraci&oacute;n. Sin embargo, la amenaza patente de una sanci&oacute;n por no vigilar a esos cabestros borrachos hizo que se levantara. Se chup&oacute; los dedos para ocultar la humedad (estaban salados, sab&iacute;an bien), tir&oacute; las bragas bajo la cama y se baj&oacute; la falda. Y, con su mejor cara de mala leche, sali&oacute; de su habitaci&oacute;n.<\/p>\n<p>All&iacute; se lo encontr&oacute; a &eacute;l, dando tumbos contra la pared, con una mirada terca en dos ojos vidriosos que habr&iacute;an bastado, sin el olor que los acompa&ntilde;aba, para sentenciar a su portador como un borracho. Y Sergio, aunque parec&iacute;a llevarlo con relativa dignidad, estaba borrach&iacute;simo. La mir&oacute; de arriba a abajo, como si no pudiera creerse que estuviera all&iacute;.<\/p>\n<p>-Anda&#8230; hola, profe.<\/p>\n<p>Ella reprimi&oacute; una risita al verlo tan sonriente, tan animado.<\/p>\n<p>-Parece que nos lo hemos pasado bien, &iquest;no?<\/p>\n<p>Se encogi&oacute; de hombros, incapaz de reconocer la autoridad impl&iacute;cita en esa pulla. Por el contrario, aquello le parec&iacute;a una conversaci&oacute;n normal y corriente.<\/p>\n<p>-Pues no s&eacute;, profe -respondi&oacute;, con una chuler&iacute;a in&eacute;dita en &eacute;l-. A veces tomo alcohol para desinhibirme, y me intoxico para olvidar un poco toda la mierda que me rodea&#8230; pero, cuando se pasa el subid&oacute;n, la mierda vuelve. &iquest;Merece la pena ese baj&oacute;n por el &eacute;xtasis que ha hadi&#8230; habido antes? Nunca lo sabremos.<\/p>\n<p>Comprob&oacute; que sollozaba.<\/p>\n<p>-Oye, &iquest;est&aacute;s bien?<\/p>\n<p>Apart&oacute; la mirada, con una l&aacute;grima ya asom&aacute;ndose a su ani&ntilde;ado rostro.<\/p>\n<p>-Pues no mucho, profe.<\/p>\n<p>-&iquest;Y eso?<\/p>\n<p>Mir&oacute; a su alrededor, como si las paredes estuvieran literalmente tapizadas con ojos y o&iacute;dos.<\/p>\n<p>-No s&eacute;, &iquest;no podemos hablar en&#8230; en otro sitio?<\/p>\n<p>Marina puso los ojos en blanco.<\/p>\n<p>-Bueno, pero no se lo digas a nadie, que la gente se puede pensar cualquier cosa&#8230;<\/p>\n<p>A decir verdad, pens&oacute; mientras le invitaba a su habitaci&oacute;n, confiaba plenamente en ese muchacho de mod&eacute;lico comportamiento y expediente intachable. Pero, a pesar de eso, comprob&oacute; varias veces que nadie les mirara. Y, cuando cerr&oacute; la puerta, lo hizo con un escalofr&iacute;o.<\/p>\n<p>Le invit&oacute; a sentarse en la cama, algo que &eacute;l hizo tras reparar durante unos segundos en lo desordenada que estaba. Se sent&oacute; a su lado y le puso la mano en su espalda. Estaba caliente.<\/p>\n<p>-A ver, dime qu&eacute; te pasa. Pero que sepas que esto es muy irregular: por muy buen alumno que seas, no soy tu madre.<\/p>\n<p>El chaval asent&iacute;a, entre la risa y el llanto.<\/p>\n<p>-Lo s&eacute;, lo s&eacute;. He estado dando una imagen lamentable. Pero, en fin, as&iacute; es la vida. Es solo que&#8230; mira, si te soy sincero, no necesito muchos amigos. Puedo quedarme en mi mundo durante horas, y entrar en contacto con los sabios de todas las &eacute;pocas a trav&eacute;s de los p&aacute;rrafos que ellos escribieron. Pero a veces, m&aacute;s que con los sabios, quiero entrar en contacto con los labios.<\/p>\n<p>La ocurrencia le hizo re&iacute;r. Claro que era eso. La historia m&aacute;s vieja del mundo.<\/p>\n<p>-Ya. Entonces, te gusta una chica.<\/p>\n<p>El chaval rechaz&oacute; esa idea con una mano.<\/p>\n<p>-&iquest;Una? No. M&aacute;s de una, muchas m&aacute;s. Son necesidades fisiogo&#8230; filo&#8230; f&iacute;sicas. Y, s&iacute;, me siento atra&iacute;do hacia algunas de forma intelectual o humana. Pero no creo en el amor ni nada de eso. Solo que&#8230; bueno, me jode. Me jode, es verdad, que se me excluya. Y no es que no haya conseguido echar un polvo hasta ahora, sino que las mujeres no me ven como un potencial compa&ntilde;ero. No creo ni que se lo planteen, y no por malicia, sino porque no soy atractivo. Pero qu&eacute; se le va a hacer. En el fondo, es bueno: no s&eacute; si soy autista o qu&eacute; tipo de trastorno me ha hecho diferente a los dem&aacute;s, pero quiz&aacute;s sea mejor que no se reproduzca en un futuro hijo m&iacute;o. Mis neuras son malas para la supervivencia.<\/p>\n<p>A Marina le conmovi&oacute; ver esa mezcla de seca madurez y de impotencia juvenil en un muchacho tan joven. Estaba claro que no se hac&iacute;a ilusiones, y tal vez ten&iacute;a raz&oacute;n, pero era descorazonador o&iacute;rlo.<\/p>\n<p>-Venga, no digas eso. Seguro que encuentras algo-le asegur&oacute;, cumpliendo su funci&oacute;n de profesora. Ebria a&uacute;n, coloc&oacute; su mano en la espalda de &eacute;l, tal vez tom&aacute;ndose demasiadas confianzas-. Ahora est&aacute;s pensando en tu peque&ntilde;o mundo de instituto, pero te aseguro que hay chicas que se van a morir por ti. Mira, eres guapo, bastante mono y con ese puntito de intelectual atormentado que a las universitarias de letras les chifla. No te va a ir mal. Y esas poes&iacute;as que haces y que cuelgas en redes&#8230; a m&aacute;s de una le van a hacer babear.<\/p>\n<p>Ella misma, al leerlas, no se hab&iacute;a cre&iacute;do que las hubiera escrito un chaval de su edad. Pero ahora, ese muchacho de dieciocho a&ntilde;itos no parec&iacute;a tener lugar en su mente para el arte ni las letras. Por el contrario, su mano temblorosa se mov&iacute;a en el aire, como intentando superar la &uacute;ltima barrera de su timidez.<\/p>\n<p>-Gracias.<\/p>\n<p>-De nada.<\/p>\n<p>-Usted&#8230; usted tambi&eacute;n est&aacute; muy bien, profe.<\/p>\n<p>Ella no proces&oacute; aquella frase al instante, sino que permaneci&oacute; unos segundos con su est&uacute;pida sonrisilla, mir&aacute;ndolo. Solo se dio cuenta de lo que hab&iacute;a dicho cuando esa mano tr&eacute;mula roz&oacute; su pantorrilla y, tras dudar, se pos&oacute; en ella. Y la mirada encendida de ese muchacho se pos&oacute; en su rostro.<\/p>\n<p>-Oye, Sergio&#8230;<\/p>\n<p>-Dime-sonri&oacute; &eacute;l, a punto de perder el aliento por su nerviosismo. Sus dedos masajearon la piel desnuda de Marina, que no pudo reprimir esa elocuente mordida de labio.<\/p>\n<p>-Oye, no te lo voy a tener en cuenta porque has bebido mucho, pero me est&aacute;s poniendo en un compromiso y&#8230; esto que haces no est&aacute; bien. Anda, quita la mano de ah&iacute;.<\/p>\n<p>El chaval obedeci&oacute;, pero sigui&oacute; mir&aacute;ndola con esos ojos de clavo ardiente. Ella, en consecuencia, not&oacute; c&oacute;mo un rubor se extend&iacute;a por su semblante.<\/p>\n<p>-Vale, pero sigue siendo verdad. Es usted muy guapa&#8230;<\/p>\n<p>Le acarici&oacute; el pelo, algo que la hizo sonre&iacute;r instintivamente. Era un gesto cari&ntilde;oso, casi infantil y, aunque sab&iacute;a que escond&iacute;a otras intenciones, disfrut&oacute; de &eacute;l. Cuando acerc&oacute; sus labios a los de ella, pens&oacute; en retirarse en el &uacute;ltimo segundo, tal vez en dejar que le rozara la boca un poco y poder decir que no hab&iacute;a podido evitarlo.<\/p>\n<p>Al final, sin embargo, acab&oacute; aceptando aquel ofrecimiento. Cuando sus labios se juntaron, sinti&oacute; c&oacute;mo la sangre le herv&iacute;a, y no precisamente por enfado.<\/p>\n<p>Hubo mordiscos torpes, hubo caricias en el rostro, hubo contactos con la lengua. Hubo dudas &iacute;gneas y tormentosas, y unos latidos que estuvieron a punto de destrozar la caja tor&aacute;cica de Marina. Hac&iacute;a tanto que no se sent&iacute;a as&iacute;&#8230;<\/p>\n<p>No. No. No. Recuper&oacute; la cordura y, sobre todo, recuper&oacute; el miedo. Apart&oacute; gentilmente al chico, cuya boca alcoholizada se relam&iacute;a satisfecha, y tuvo que tomar aire antes de poder hablar:<\/p>\n<p>-Sergio, yo&#8230; lo siento mucho. Soy tu profesora, est&aacute;s bajo mi supervisi&oacute;n y no tendr&iacute;a que haber hecho esto.<\/p>\n<p>-No pasa nada, profe -insisti&oacute; &eacute;l, con una chuler&iacute;a in&eacute;dita-. Nadie se va a enterar. Se nota que tambi&eacute;n le apetece, yo soy mayor de edad&#8230; con todas las putadas que suceden en el mundo, no hay que perder la cabeza por algo que no va a hacer da&ntilde;o a nadie.<\/p>\n<p>Coloc&oacute; de nuevo la mano en su pierna, y ella no la retir&oacute;. Se dej&oacute; llevar mientras esos cinco dedos ascend&iacute;an, desliz&aacute;ndose por su piel con un tacto culpablemente placentero. Dej&oacute; escapar un suspiro.<\/p>\n<p>-No, yo&#8230; cari&ntilde;o, yo tengo marido.<\/p>\n<p>Una sonrisa taimada se asom&oacute; al rostro del muchacho.<\/p>\n<p>-La verdad, profe, me suda la polla que tenga marido. Y creo que a usted tambi&eacute;n.<\/p>\n<p>Sus labios volvieron al asalto, y los de ella no se quejaron. De hecho, su propio brazo, como por ensalmo, se desliz&oacute; por el pantal&oacute;n de traje que llevaba el chaval.<\/p>\n<p>-Madre m&iacute;a&#8230; -susurr&oacute;, con los ojos abiertos como platos, al tocar lo que eso escond&iacute;a. No supo decir si Sergio estaba orgulloso o avergonzado, pero s&iacute; que hac&iacute;a tiempo que no probaba una polla de ese calibre.<\/p>\n<p>Con una lentitud ag&oacute;nica y morbosa, la acarici&oacute;. Escuch&oacute; c&oacute;mo el gem&iacute;a como un animal salvaje, disfrutando por primera vez del papel de macho que le hab&iacute;a reservado la naturaleza.<\/p>\n<p>-Joder, qu&eacute; manos tan suaves tiene, profe&#8230;<\/p>\n<p>Sonri&oacute;. El chaval ten&iacute;a labia, despu&eacute;s de todo. O quiz&aacute; ella estaba muy cachonda y muy desatendida.<\/p>\n<p>-Y t&uacute; tienes un pene&#8230; tienes un poll&oacute;n enorme.<\/p>\n<p>-&iquest;S&iacute;? &iquest;D&oacute;nde lo quiere?<\/p>\n<p>-Adiv&iacute;nalo, machote&#8230; -respondi&oacute;, acariciando su entrepierna con un gui&ntilde;o mal&eacute;volo. Ya no hab&iacute;a lugar para la ambig&uuml;edad, ya no pod&iacute;a fingir que se trataba de un malentendido. Era todo o nada, y lo quer&iacute;a todo.<\/p>\n<p>Sergio trag&oacute; saliva y asinti&oacute;, pero no se la sac&oacute;. Por el contrario, se incorpor&oacute; para luego agacharse delante de esos muslos generosos que su maestra se hab&iacute;a esforzado en esculpir. Ella adivin&oacute; lo que pretend&iacute;a, y le indic&oacute; con la mano que lo hiciera.<\/p>\n<p>-No llevo bragas&#8230;<\/p>\n<p>-Vaya, profe, parece que es usted m&aacute;s viciosa de lo que pensaba.<\/p>\n<p>Y, sin m&aacute;s dilaci&oacute;n, enterr&oacute; la cabeza en el lugar donde sus piernas se encontraban. Marina supuso que hab&iacute;a le&iacute;do sobre el sexo oral en Internet y estaba deseando probarlo. Por eso, empez&oacute; a moverse por debajo de su falda con el entusiasmo vigoroso de la juventud, con acercamientos torpes pero efectivos.<\/p>\n<p>Cuando su lengua finalmente toc&oacute; su cl&iacute;toris, Marina dej&oacute; escapar un jadeo.<\/p>\n<p>Sergio lami&oacute; su co&ntilde;o sin grandes alardes de destreza sexual pero de manera digna, eficaz. Ella se sinti&oacute; como una reina, siendo masajeada en su interior por esa juventud insolente que quer&iacute;a tocarlo todo, chuparlo todo, probarlo todo, recoger todas las rosas de la campi&ntilde;a hasta dejarla desierta. Vibraciones constantes de placer recorrieron su cuerpo maduro, y se empap&oacute; de su juventud mientras &eacute;l se empapaba de los jugos que su sexo rezumaba sin mesura.<\/p>\n<p>-Joder, para esto no necesitas profesor, cabr&oacute;n&#8230; me cago en Dios, qu&eacute; bueno eres&#8230;<\/p>\n<p>Y era cierto: una vez superados sus reparos iniciales, Sergio convirti&oacute; su lengua en un proyectil que no se cansaba de golpear su interior. De penetrar no solo su co&ntilde;o, sino sus tab&uacute;es, su moral, su fidelidad a su marido y a su trabajo. Se tap&oacute; la boca para que nadie pudiera o&iacute;r c&oacute;mo gem&iacute;a por culpa de ese ni&ntilde;ato. Pero los chillidos huyeron de su boca de todos modos, conforme el &eacute;xtasis iba en aumento. Como una olla a presi&oacute;n, el placer fue en aumento de manera excesiva y barroca, desbordante, h&uacute;meda.<\/p>\n<p>Hasta que explot&oacute;.<\/p>\n<p>Grit&oacute; como si no hubiera un ma&ntilde;ana, y solo se tap&oacute; la boca despu&eacute;s de unos segundos. Tirit&oacute;, tembl&oacute;. Sergio se retir&oacute;, consciente de que hab&iacute;a conseguido por primera vez que una mujer se corriera. Marina jade&oacute;, sudorosa, mientras su alumno se levantaba. Clav&oacute; su vista en ese bulto de sus pantalones.<\/p>\n<p>-La necesito&#8230; -gimi&oacute;, convertida en una colegiala tonta y enamorada-. La necesito&#8230;<\/p>\n<p>El chaval sonri&oacute;.<\/p>\n<p>-Claro, guapa. Enseguida&#8230;<\/p>\n<p>Se detuvo, toc&aacute;ndose el est&oacute;mago.<\/p>\n<p>-Espere, profe. Voy al ba&ntilde;o un momento.<\/p>\n<p>Y fue, dando tumbos, hasta el lavabo. Ella se mordi&oacute; el dedo &iacute;ndice, esper&aacute;ndolo.<\/p>\n<p>Pero, cuando lo oy&oacute;, supo que esa noche no pasar&iacute;a nada.<\/p>\n<p>Entr&oacute; al ba&ntilde;o, todav&iacute;a con las piernas tr&eacute;mulas por el orgasmo, para ver a ese pobre chico arrodillado en el v&aacute;ter, vomitando toda su valent&iacute;a.<\/p>\n<p>-Ay, pobrecito&#8230; -se lament&oacute;, agach&aacute;ndose para acariciarle el pelo-. Venga, s&aacute;calo todo y te llevo a tu habitaci&oacute;n.<\/p>\n<p>El chaval sacudi&oacute; con la cabeza.<\/p>\n<p>-No. Todav&iacute;a&#8230; todav&iacute;a puedo. Esta es una noche&#8230; bonita, la&#8230; la mejor de mi vida. Y quiero que&#8230; quiero&#8230;<\/p>\n<p>Pero la madura cachonda hab&iacute;a vuelto a ser la profesora, y neg&oacute; rotundamente con la cabeza.<\/p>\n<p>-No. Est&aacute;s borracho, Sergio.<\/p>\n<p>-Por favor&#8230;<\/p>\n<p>Volvi&oacute; a acariciarle.<\/p>\n<p>-Mira, vamos a hacer esto. Yo te doy mi n&uacute;mero y, cuando volvamos al pueblo, t&uacute; me llamas. Y, entonces, acabamos con esto. &iquest;Te parece bien?<\/p>\n<p>&Eacute;l la mir&oacute; con cierto resentimiento, seguramente acostumbrado a excusas como esa.<\/p>\n<p>-Vale. Vale, profe. Esto ha estado muy bien. Gracias.<\/p>\n<p>Marina le bes&oacute; en la frente.<\/p>\n<p>-Gracias a ti, gal&aacute;n. No me lo he pasado tan bien desde hace mucho tiempo.<\/p>\n<p>-Y mejor que te lo vas a pasar&#8230; cuando nos veamos.<\/p>\n<p>Cari&ntilde;osa, Marina le limpi&oacute; con agua los restos de v&oacute;mito y de jugos vaginales que adornaban su rostro. Luego, apunt&oacute; en un papel su n&uacute;mero de tel&eacute;fono y se lo meti&oacute; en el bolsillo. Estuvo a punto de cambiar de opini&oacute;n al rozar su generoso pene, pero la sensatez se impuso.<\/p>\n<p>-Venga. Te voy a llevar a tu cuarto, guapo.<\/p>\n<p>Tras arreglarse y revisar bien el pasillo para comprobar que no hab&iacute;a nadie, y lo guio hasta su habitaci&oacute;n con rapidez. Solo al llegar se dio cuenta de que lo hab&iacute;a estado llevando de la mano. Pero es que su piel se sent&iacute;a tan bien&#8230;<\/p>\n<p>-Bueno, guapito, te dejo aqu&iacute;-le dijo a su mejor alumno, que tanto ten&iacute;a que aprender-. He pasado una muy buena noche.<\/p>\n<p>-Yo tambi&eacute;n, profe.<\/p>\n<p>Con esa despedida, se alej&oacute; por el pasillo, sonriente y pizpireta, joven y experimentada al mismo tiempo. En ese instante, aunque sent&iacute;a cierta culpabilidad por el pat&aacute;n de su marido, no pudo sino pensar en que se estaba llevando un buen recuerdo al cementerio.<\/p>\n<p>&#8230;<\/p>\n<p>Durante el viaje de vuelta, pudo observar que Mauro y Ver&oacute;nica estaban m&aacute;s cari&ntilde;osos el uno con el otro. Si esos dos tambi&eacute;n hab&iacute;an encontrado algo en ese hotel, bien por ellos. Ella no pod&iacute;a esperar a que esas vacaciones llegaran a su fin, a que pudiera dejar de apartar la cara cada vez que su mirada se cruzaba con la de ese chico.<\/p>\n<p>Lo vio, de nuevo en su asiento. De nuevo solo. Con el rostro agachado en su libro, que ya estaba terminando.<\/p>\n<p>Se pregunt&oacute; cu&aacute;nto recordaba, se pregunt&oacute; si se arrepent&iacute;a. Se pregunt&oacute; si podr&iacute;a mirarlo a los ojos alguna vez y pedirle perd&oacute;n. De lo que estaba segura era de que ese desdichado muchacho t&iacute;mido no tendr&iacute;a el valor de llamarla de nuevo. Eso era un alivio, era una alegr&iacute;a.<\/p>\n<p>&iquest;Lo era?<\/p>\n<p>Porque, a decir verdad&#8230; a decir verdad, era una pena. Podr&iacute;a haber ense&ntilde;ado a ese chaval muchas cosas, podr&iacute;a haberse convertido en otro tipo de profesora para &eacute;l. Y podr&iacute;a haber gozado, s&iacute;, de todos los orgasmos que el cuerpo le ped&iacute;a y que las circunstancias no estaban dispuestas a darle.<\/p>\n<p>Ay, Sergio, qu&eacute; cosas tan buenas le podr&iacute;a haber dado a ese muchacho&#8230;<\/p>\n<p>Cuando lleg&oacute; al aeropuerto, su marido las recogi&oacute; en el coche y se las llev&oacute; al pueblo. Desde el asiento de delante, habl&oacute; por el m&oacute;vil con sus compa&ntilde;eros, pase&oacute; parsimoniosa por las noticias de prensa nacional que se hab&iacute;a perdido. Cuando le lleg&oacute; una notificaci&oacute;n desconocida, pens&oacute; que se trataba de spam. Al menos, hasta que tuvo que esconder el tel&eacute;fono para que no se viera esa polla erecta y deliciosa que hab&iacute;a entrado en su chat.<\/p>\n<p>Se apoy&oacute; en su asiento, respirando entrecortadamente. Sonriendo. Cachonda como nunca antes. Y agradecida, plet&oacute;rica, porque ese muchacho hab&iacute;a decidido incidir en su error.<\/p>\n<p>Le envi&oacute; un mensaje detallando una fecha y una hora en la que su familia no estaba en casa. Y que fuera lo que Dios quisiera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 12<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>4 El muchacho solitario le&iacute;a &aacute;vidamente su ejemplar de Germinal en franc&eacute;s, deteni&eacute;ndose por momentos en algunas p&aacute;ginas especialmente reveladoras. Mientras el resto de chavales saldaba la prohibici&oacute;n de usar sus tel&eacute;fonos m&oacute;viles en el avi&oacute;n con gritos y risotadas, &eacute;l se hund&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s en su propio mundo. 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