{"id":66582,"date":"2026-07-29T00:03:05","date_gmt":"2026-07-28T22:03:05","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/?p=66582"},"modified":"2026-07-28T15:57:09","modified_gmt":"2026-07-28T13:57:09","slug":"el-despertar-de-las-formas-1-el-umbral-de-hierro-y-seda","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/relato\/el-despertar-de-las-formas-1-el-umbral-de-hierro-y-seda\/","title":{"rendered":"El despertar de las formas (1): El umbral de hierro y seda"},"content":{"rendered":"<div class=\"pld-like-dislike-wrap pld-template-1\">\r\n    <div class=\"pld-like-wrap  pld-common-wrap\">\r\n    <a href=\"javascript:void(0)\" class=\"pld-like-trigger pld-like-dislike-trigger  \" title=\"Like\" data-post-id=\"66582\" data-trigger-type=\"like\" data-restriction=\"cookie\" data-already-liked=\"0\" style=\"border: 1px solid #d5d5d5;padding: 10px 15px;\">\r\n                        <i class=\"fas fa-thumbs-up\"><\/i>\r\n            \t\t<span class=\"pld-like-count-wrap pld-count-wrap\">2<\/span>\r\n    <\/a>\r\n    \r\n<\/div><\/div><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 8<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span><p>La ciudad de Puebla respiraba un fr\u00edo anticipado aquella noche de 2010. Desde la calle, la fachada sim\u00e9trica del edificio cl\u00e1sico se alzaba imponente, ba\u00f1ada por una iluminaci\u00f3n que acentuaba el orgullo de sus balcones de hierro forjado. Para cualquier transe\u00fante, era una estructura de prestigio y solidez. Para Lenin, de apenas diez a\u00f1os, era un monstruo de dos cabezas que dictaba las reglas de su existencia.<\/p>\n<p>De pie en el pasillo central que divid\u00eda la planta baja, el ni\u00f1o permanec\u00eda inm\u00f3vil, fundido con las sombras. A su derecha, las puertas de cristal esmerilado de la Cl\u00ednica Volga emit\u00edan un zumbido blanco y un inconfundible olor a antis\u00e9ptico. Ese era el reino de Ernesto. Desde all\u00ed, Lenin pod\u00eda escuchar la voz de su padre: grave, autoritaria, dictando instrucciones con la misma dureza con la que gobernaba el comedor. A su lado, los pasos silenciosos y eficientes de Daniela, la enfermera. Lenin no entend\u00eda las miradas que ella le dirig\u00eda a su padre cuando cre\u00edan que nadie los ve\u00eda, pero a su corta edad, su intuici\u00f3n infantil ya registraba esa complicidad como algo denso y asfixiante, una traici\u00f3n silenciosa que flotaba en el aire de la casa.<\/p>\n<p>Cuando Ernesto estaba en la cl\u00ednica, Lenin era un soldado en entrenamiento. Su padre le exig\u00eda una postura recta, una voz firme y una ausencia total de l\u00e1grimas. &#8220;Los hombres no se encogen, Lenin&#8221;, le hab\u00eda dicho tantas veces que las palabras se le hab\u00edan tatuado en el pecho como una quemadura.<\/p>\n<p>Lentamente, el ni\u00f1o gir\u00f3 el rostro hacia la izquierda. All\u00ed, cruzando un arco de molduras decorativas, comenzaba la zona residencial. El aire cambiaba casi de inmediato. El olor a alcohol cl\u00ednico era reemplazado por el aroma a lavanda y vainilla. A trav\u00e9s de la puerta entreabierta de la sala de estar, la luz era c\u00e1lida, dorada.<\/p>\n<p>Carmen estaba sentada en el sof\u00e1 de terciopelo, con su melena oscura y ondulada cayendo en cascada sobre su espalda. En sus piernas descansaba la cabeza de Alexandra, la hermana menor, quien re\u00eda suavemente mientras su madre le cepillaba el cabello con una delicadeza infinita. Ivanova, m\u00e1s altiva pero igualmente hermosa, hojeaba una revista de moda en el sill\u00f3n contiguo, cruzando las piernas con esa seguridad que solo pose\u00edan las mujeres de la familia Cifuentes.<\/p>\n<p>Lenin las observaba desde la oscuridad del pasillo con el coraz\u00f3n latiendo desbocado, sintiendo un nudo de fascinaci\u00f3n y agon\u00eda en la garganta. Ve\u00eda la suavidad con la que su madre tocaba a Alexandra. Ve\u00eda los privilegios invisibles que rodeaban a sus hermanas: a ellas no se les exig\u00eda endurecer la mand\u00edbula, a ellas se les permit\u00eda la fragilidad, el adorno, la belleza. Su padre las trataba como a piezas de porcelana fina que deb\u00edan ser admiradas y protegidas, mientras que a \u00e9l lo trataba como a un pedazo de hierro que deb\u00eda ser forjado a golpes.<\/p>\n<p>Sus manos peque\u00f1as se cerraron en pu\u00f1os sobre su pantal\u00f3n de tela \u00e1spera. En el fondo de su mente de ocho a\u00f1os, una idea comenz\u00f3 a echar ra\u00edces, silenciosa y profunda: el mundo de los hombres era un castigo, un espacio de dolor y sumisi\u00f3n ante el padre; pero el mundo de las mujeres era un santuario. Lenin cerr\u00f3 los ojos, deseando con una fuerza abrumadora cruzar ese pasillo, despojarse de su nombre, sentarse en la alfombra y permitir que su madre le cepillara el cabello hasta borrar cualquier rastro del ni\u00f1o asustado que el espejo se empe\u00f1aba en reflejar.<\/p>\n<p>Los privilegios de la seda<\/p>\n<p>A sus diez a\u00f1os, Lenin no conoc\u00eda la palabra &#8220;disforia&#8221;, ni entend\u00eda de constructos sociales. Su mente infantil procesaba el mundo a trav\u00e9s de la observaci\u00f3n silenciosa, acumulando momentos que, como gotas de agua sobre la piedra, iban tallando una certeza en su interior. Ser ni\u00f1o era cargar con una armadura de hierro; ser mujer era flotar en un manto de privilegios intocables.<\/p>\n<p>Hubo ciertos instantes, diferentes fragmentos de tiempo suspendido que se tatuaron en el rinc\u00f3n m\u00e1s vulnerable de su alma infantil. No fueron simples an\u00e9cdotas, sino epifan\u00edas desgarradoras, grietas luminosas que le desvelaron la injusticia del molde en el que hab\u00eda sido arrojado al nacer. Cada vivencia fue una gota de un veneno dulce y necesario cayendo sobre el terreno \u00e1rido de su obediencia, haciendo florecer una rebeli\u00f3n clandestina: el latido desesperado, profundo y bell\u00edsimo de un anhelo que, desde el silencio m\u00e1s absoluto, suplicaba reescribir el destino de su propia piel.<\/p>\n<ol>\n<li>El perfume y la reverencia (Carmen) La primera revelaci\u00f3n ocurri\u00f3 una tarde en la que Ernesto regres\u00f3 de un congreso m\u00e9dico. Lenin, que hab\u00eda corrido a recibirlo, fue apartado con un seco adem\u00e1n y la orden de llevar el portafolio al despacho. Sin embargo, cuando Ernesto vio a Carmen bajar las escaleras, la bestia pareci\u00f3 domarse. El padre sac\u00f3 una peque\u00f1a caja de terciopelo que conten\u00eda un collar brillante y se lo coloc\u00f3 en el cuello con una suavidad que Lenin jam\u00e1s hab\u00eda sentido en su propia piel. Su padre, el hombre que le exig\u00eda no titubear y hablar con dureza, le hablaba a su madre con una voz aterciopelada, casi suplicante. Ser mujer, entendi\u00f3 Lenin, era poseer el poder de arrodillar al tirano, de ser venerada como una deidad en lugar de ser tratada como un soldado.<\/li>\n<li>El cristal roto y la indulgencia (Ivanova) La segunda semilla germin\u00f3 del contraste del perd\u00f3n. Un s\u00e1bado, Lenin derram\u00f3 accidentalmente un vaso de agua sobre la mesa del comedor. El castigo fue inmediato: un grito que hizo temblar los cristales y una hora de pie en el rinc\u00f3n, trag\u00e1ndose las l\u00e1grimas porque &#8220;los hombres asumen sus errores sin llorar&#8221;. Apenas una semana despu\u00e9s, Ivanova, en un arranque de furia adolescente, arroj\u00f3 al suelo un valioso jarr\u00f3n de la sala. Lenin esperaba la tormenta, pero Ernesto solo suspir\u00f3, recogi\u00f3 los pedazos \u00e9l mismo y le pidi\u00f3 a Ivanova que se tranquilizara para no arruinar su hermoso rostro. La fuerza de Ivanova era celebrada; su rebeld\u00eda era un capricho perdonable por el simple hecho de ser la hija mayor. El ni\u00f1o comprob\u00f3 que las reglas del mundo no aplicaban para ellas.<\/li>\n<li>La sangre y el consuelo (Alexandra) La tercera lecci\u00f3n se aliment\u00f3 del dolor f\u00edsico. Jugando en el patio empedrado, Lenin tropez\u00f3 y se rasp\u00f3 la rodilla de forma profunda. Cuando acudi\u00f3 a su padre en busca de consuelo, Ernesto le entreg\u00f3 una gasa con alcohol y le orden\u00f3 limpiarse solo, recrimin\u00e1ndole su torpeza. D\u00edas m\u00e1s tarde, la peque\u00f1a Alexandra se pinch\u00f3 el dedo con la espina de un rosal. El hogar entero se detuvo. Carmen corri\u00f3 a abrazarla, llen\u00e1ndola de besos, mientras Ernesto abandonaba a un paciente en la cl\u00ednica para traerle a su &#8220;princesa&#8221; un vendaje especial y dulces para calmar su llanto. El dolor de un ni\u00f1o era debilidad que deb\u00eda suprimirse; el dolor de una ni\u00f1a era una tragedia que merec\u00eda el consuelo del mundo entero.<\/li>\n<li>El susurro que doblega (Daniela) En los pasillos de la cl\u00ednica, Lenin descubri\u00f3 que la feminidad tambi\u00e9n era un arma silenciosa. Una tarde, escuch\u00f3 a su padre gritar enfurecido porque un proveedor hab\u00eda entregado mal los medicamentos. Ernesto golpeaba el escritorio, fuera de s\u00ed. Daniela, la enfermera, entr\u00f3 al despacho. No alz\u00f3 la voz. No se enfrent\u00f3 a \u00e9l. Simplemente se acerc\u00f3, puso una mano delicada sobre el hombro del m\u00e9dico y le susurr\u00f3 algo al o\u00eddo con una sonrisa sutil y coqueta. En segundos, la ira de Ernesto se disip\u00f3, transform\u00e1ndose en una docilidad complaciente. Lenin observ\u00f3 desde la puerta entreabierta, fascinado. Daniela no necesitaba fuerza f\u00edsica ni alzar la voz para controlar la situaci\u00f3n; su esencia femenina y su encanto eran suficientes para dominar al hombre m\u00e1s temible que Lenin conoc\u00eda.<\/li>\n<li>La invisibilidad en el escenario (El Colegio) La quinta semilla floreci\u00f3 lejos de casa, en los inmensos y modernos edificios del colegio privado. Durante la preparaci\u00f3n para el festival de primavera en el taller de teatro y danza, la divisi\u00f3n del mundo se hizo dolorosamente evidente. A las ni\u00f1as se les entregaron vestidos de telas vaporosas, llenos de colores vivos y lentejuelas. Eran el centro de atenci\u00f3n, las flores del escenario a las que todos los reflectores deb\u00edan seguir. A Lenin y a los dem\u00e1s ni\u00f1os se les entregaron trajes r\u00edgidos, oscuros y pesados; su \u00fanico papel era ser los &#8220;\u00e1rboles&#8221; o las sombras en el fondo del escenario para que las ni\u00f1as pudieran brillar. Mientras Lenin permanec\u00eda inm\u00f3vil en la oscuridad, asfixiado por su cuello almidonado, miraba a las ni\u00f1as girar, re\u00edr y recibir los aplausos. El mundo celebraba la existencia de ellas; la de \u00e9l solo serv\u00eda como un fondo gris e invisible.<\/li>\n<li>El secreto de las texturas (La soledad) La \u00faltima semilla se arraig\u00f3 en la clandestinidad del cuarto de lavado. Una tarde en la que la casa estaba vac\u00eda, Lenin se desliz\u00f3 hasta los cestos de ropa. Se quit\u00f3 su pantal\u00f3n de mezclilla rasposa y su camisa de algod\u00f3n grueso, prendas que se sent\u00edan como una lija contra su cuerpo infantil. Con las manos temblorosas, toc\u00f3 la ropa limpia de sus hermanas y su madre. Acarici\u00f3 la seda de una blusa, el encaje de un vestido de Alexandra, la suavidad irreal de las telas femeninas. Eran prendas dise\u00f1adas para acariciar la piel, para embellecer, para celebrar el cuerpo. Al envolverse moment\u00e1neamente en un chal de Carmen, frente al reflejo opaco de la lavadora, Lenin sinti\u00f3 por primera vez una paz indescriptible. Ser hombre era habitar en la aspereza; ser mujer era vivir en la suavidad.<\/li>\n<\/ol>\n<p>Y en ese instante, en medio del silencio de la Casa Volga, el ni\u00f1o de diez a\u00f1os supo con dolorosa claridad que no quer\u00eda ser el soldado de hierro de su padre; quer\u00eda ser la seda, la luz y el privilegio. Quer\u00eda ser ella.<\/p>\n<p>Pero la fascinaci\u00f3n de Lenin no se aliment\u00f3 \u00fanicamente del brillo y los privilegios que las envolv\u00edan. En su silenciosa vigilancia por los pasillos de la Casa Volga, el ni\u00f1o comenz\u00f3 a descifrar las sombras que estas mujeres compart\u00edan a espaldas del tirano. Descubri\u00f3 que el mundo femenino no era solo un escaparate de seda y condescendencia, sino un ecosistema complejo tejido con hilos de terror, sacrificio y una lealtad inquebrantable. Fue entonces cuando dos nuevas revelaciones terminaron por desgarrar su alma, demostr\u00e1ndole que la verdadera fuerza no resid\u00eda en la brutalidad del hierro que su padre le impon\u00eda, sino en la sagrada e indestructible hermandad que las un\u00eda a ellas en la penumbra.<\/p>\n<ol start=\"7\">\n<li>El refugio de cristal y el eco de la bestia (Carmen y sus hijas) Una tarde de lluvia, la habitaci\u00f3n principal se hab\u00eda convertido en un santuario clandestino. Lenin, ovillado en las sombras del pasillo y espiando por la rendija de la puerta, observaba c\u00f3mo su madre coronaba a Ivanova y a Alexandra con sus propios collares de perlas y les delineaba los labios con un carm\u00edn intenso. Las risas de las tres llenaban la estancia con una melod\u00eda que a Lenin le parec\u00eda el canto de seres celestiales. &#8220;Nunca olviden que su belleza es su armadura, mis ni\u00f1as&#8221;, les susurraba Carmen, besando sus frentes con una devoci\u00f3n absoluta, ba\u00f1\u00e1ndolas en un amor que las hac\u00eda invencibles.<\/li>\n<\/ol>\n<p>Pero la magia de aquel reino de cristal se hizo a\u00f1icos con un solo sonido: el crujir seco de la madera en la escalera. Eran los pasos pesados de Ernesto. En una fracci\u00f3n de segundo, la sonrisa de Carmen desapareci\u00f3, su rostro palideci\u00f3 hasta volverse trasl\u00facido y, con manos temblorosas y presas del p\u00e1nico, frot\u00f3 desesperadamente el maquillaje del rostro de sus hijas. Lenin fue testigo de c\u00f3mo la mujer que instantes antes era una reina majestuosa se encog\u00eda hasta volverse diminuta, trag\u00e1ndose el terror puro para proteger a sus ni\u00f1as de la inminente ira del padre. Ser mujer, entendi\u00f3 Lenin con un nudo en la garganta, era poseer un tesoro invaluable; y aunque los hombres intentaran aplastar esa luz con su tiran\u00eda, las mujeres se blindaban entre ellas en un universo de amor y sacrificio que a \u00e9l, el soldado de hierro, le estaba dolorosamente prohibido.<\/p>\n<ol start=\"8\">\n<li>El pacto de las sombras (Daniela y Carmen) La rivalidad de los cuentos que el mundo impondr\u00eda entre la esposa humillada y la amante deseada se disolv\u00eda en las trincheras invisibles de la Casa Volga. La revelaci\u00f3n ocurri\u00f3 durante una cena tensa, en la que Ernesto, con su habitual crueldad, humill\u00f3 a Carmen por un detalle insignificante en la comida, arrojando los cubiertos sobre la mesa con un estruendo que hizo saltar el coraz\u00f3n de Lenin. Daniela, que permanec\u00eda en la mesa bajo la excusa de organizar expedientes urgentes, presenciaba la escena. Lenin, desde su rinc\u00f3n silente, esperaba que la enfermera se regodeara, que reclamara su trono con una sonrisa afilada.<\/li>\n<\/ol>\n<p>Sin embargo, cuando Ernesto se dio la vuelta bufando de rabia para servirse un trago en el aparador, ocurri\u00f3 el milagro. Daniela no sonri\u00f3 con triunfo. En cambio, desliz\u00f3 su mano bajo el mantel de hilo y apret\u00f3 con una firmeza c\u00e1lida los dedos temblorosos de Carmen. Se cruzaron una mirada furtiva, densa y pesada. No era la mirada de dos mujeres disput\u00e1ndose a un hombre, sino el abrazo visual de dos prisioneras que entend\u00edan la monstruosidad de su carcelero.<\/p>\n<p>Hab\u00eda una hermandad feroz en ese roce secreto, una piedad inmensa tejida en la opresi\u00f3n de ambas. Daniela hab\u00eda mutado frente a los ojos de Lenin: ya no era el trofeo oscuro de su padre, sino un escudo invisible, una aliada en la sombra que sosten\u00eda el alma rota de su madre. En ese instante, Lenin anhel\u00f3 con todas las fuerzas de su peque\u00f1o ser pertenecer a esa sororidad sagrada, formar parte de ese pacto silencioso de mujeres que, juntas, resist\u00edan y sobreviv\u00edan al embate del mundo.<\/p>\n<p>El alquimista y el fantasma en la sangre<\/p>\n<p>Las madrugadas en la Cl\u00ednica Volga albergaban un silencio distinto, un mutismo pesado que ol\u00eda a yodo y a secretos inconfesables. Poco despu\u00e9s del nacimiento de Alexandra, una sombra imperceptible comenz\u00f3 a rondar la coraza de Ernesto. Era una dolencia sin nombre en las cenas familiares, un tormento \u00edntimo y vergonzoso que, en la oscuridad, obligaba al gigante de hierro a arrodillarse ante sus propios instrumentos m\u00e9dicos.<\/p>\n<p>Desde su escondite en lo alto de la escalera, el peque\u00f1o Lenin apenas lograba captar los atisbos de aquel ritual clandestino. En las noches de insomnio, ve\u00eda la l\u00ednea de luz temblorosa bajo la puerta del despacho y escuchaba el tintineo sigiloso de diminutos frascos de cristal. A trav\u00e9s de las sombras, observaba a Daniela entrar en la penumbra, preparando jeringas con la gravedad de una sacerdotisa custodiando un sacramento prohibido.<\/p>\n<p>Ernesto, el hombre que exig\u00eda un mundo endurecido, se despojaba de su furia frente al espejo para someterse a la aguja y frotar su piel con espesas cremas medicinales, cuyo aroma denso y extra\u00f1amente dulce flotaba por los pasillos hasta el amanecer. Era un paliativo oscuro que lo manten\u00eda en pie, pero que, gota a gota, parec\u00eda alterar una alquimia secreta en su interior, diluyendo el n\u00facleo mismo de su naturaleza.<\/p>\n<p>Fue exactamente en la c\u00faspide de aquel letargo qu\u00edmico, mientras la sangre del padre estaba pre\u00f1ada de esas sustancias misteriosas, que Carmen concibi\u00f3 a su \u00faltimo hijo.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 por ello, el anhelo que crec\u00eda en el pecho de Lenin no se sent\u00eda como una simple rebeld\u00eda, sino que pose\u00eda el aire de un misterio insondable, un fantasma silencioso habitando en su propio torrente sangu\u00edneo. Sus deseos de suavidad, su fascinaci\u00f3n hipn\u00f3tica por los encajes y el anhelo de reconocerse en el espejo de su madre no eran casualidad, eran el eco de un enigma biol\u00f3gico.<\/p>\n<p>Como si aquel tratamiento que intentaba enmendar la vulnerabilidad del padre hubiera mutado en el vientre materno, burlando al patriarca de la manera m\u00e1s po\u00e9tica posible. Ernesto exig\u00eda a gritos un soldado hecho a su imagen y semejanza, ignorando por completo que la semilla que lo hab\u00eda engendrado ya ven\u00eda alterada, susurrando en las venas de su hijo un destino ineludible: la hermosa y tr\u00e1gica promesa de florecer, alg\u00fan d\u00eda, en la mujer que ya respiraba dentro de \u00e9l.<\/p>\n<div class=\"pvc_clear\"><\/div>\n<p id=\"pvc_stats_66582\" class=\"pvc_stats total_only  \" data-element-id=\"66582\" style=\"\"><i class=\"pvc-stats-icon medium\" aria-hidden=\"true\"><svg aria-hidden=\"true\" focusable=\"false\" data-prefix=\"far\" data-icon=\"chart-bar\" role=\"img\" xmlns=\"http:\/\/www.w3.org\/2000\/svg\" viewBox=\"0 0 512 512\" class=\"svg-inline--fa fa-chart-bar fa-w-16 fa-2x\"><path fill=\"currentColor\" d=\"M396.8 352h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V108.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v230.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zm-192 0h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V140.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v198.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zm96 0h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V204.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v134.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zM496 400H48V80c0-8.84-7.16-16-16-16H16C7.16 64 0 71.16 0 80v336c0 17.67 14.33 32 32 32h464c8.84 0 16-7.16 16-16v-16c0-8.84-7.16-16-16-16zm-387.2-48h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8v-70.4c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v70.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8z\" class=\"\"><\/path><\/svg><\/i> <img decoding=\"async\" width=\"16\" height=\"16\" alt=\"Loading\" src=\"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-content\/plugins\/page-views-count\/ajax-loader-2x.gif\" =0 title=\"\"><\/p>\n<div class=\"pvc_clear\"><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><span class=\"span-reading-time rt-reading-time\" style=\"display: block;\"><span class=\"rt-label rt-prefix\">T. Lectura:<\/span> <span class=\"rt-time\"> 8<\/span> <span class=\"rt-label rt-postfix\">min.<\/span><\/span>Quiz\u00e1 por ello, el anhelo que crec\u00eda en el pecho de Lenin no se sent\u00eda como una simple rebeld\u00eda, sino que pose\u00eda el aire de un misterio insondable, un fantasma silencioso habitando en su propio torrente sangu\u00edneo. Sus deseos de suavidad, su fascinaci\u00f3n hipn\u00f3tica por los encajes y el anhelo de reconocerse en el espejo de su madre no eran<\/p>\n<div class=\"pvc_clear\"><\/div>\n<p id=\"pvc_stats_66582\" class=\"pvc_stats total_only  \" data-element-id=\"66582\" style=\"\"><i class=\"pvc-stats-icon medium\" aria-hidden=\"true\"><svg aria-hidden=\"true\" focusable=\"false\" data-prefix=\"far\" data-icon=\"chart-bar\" role=\"img\" xmlns=\"http:\/\/www.w3.org\/2000\/svg\" viewBox=\"0 0 512 512\" class=\"svg-inline--fa fa-chart-bar fa-w-16 fa-2x\"><path fill=\"currentColor\" d=\"M396.8 352h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V108.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v230.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zm-192 0h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V140.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v198.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zm96 0h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8V204.8c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v134.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8zM496 400H48V80c0-8.84-7.16-16-16-16H16C7.16 64 0 71.16 0 80v336c0 17.67 14.33 32 32 32h464c8.84 0 16-7.16 16-16v-16c0-8.84-7.16-16-16-16zm-387.2-48h22.4c6.4 0 12.8-6.4 12.8-12.8v-70.4c0-6.4-6.4-12.8-12.8-12.8h-22.4c-6.4 0-12.8 6.4-12.8 12.8v70.4c0 6.4 6.4 12.8 12.8 12.8z\" class=\"\"><\/path><\/svg><\/i> <img decoding=\"async\" width=\"16\" height=\"16\" alt=\"Loading\" src=\"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-content\/plugins\/page-views-count\/ajax-loader-2x.gif\" border=0 \/><\/p>\n<div class=\"pvc_clear\"><\/div>\n","protected":false},"author":33375,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[32],"tags":[],"class_list":["post-66582","post","type-post","status-publish","format-standard","category-transexuales"],"a3_pvc":{"activated":true,"total_views":143,"today_views":143},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/66582","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/33375"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=66582"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/66582\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":66583,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/66582\/revisions\/66583"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=66582"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=66582"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cuentorelatos.com\/archivos\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=66582"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}