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Relato erótico

Nadia, mi encule persa 4

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RESUMEN

Nuestra primera y corta luna de miel ha sido intensa y de muchos descubrimientos: Me ha pedido que no le penetre su vagina hasta casarnos por la iglesia, pero puedo gozar de todo lo demás y me hundo en el placer.

El cierre de su ajustado vestido lo he bajado hasta el nivel de su cintura.  Nadia me asiste con cierto nerviosismo, pues ahora con las luces apagadas no he logrado ver que el vestido tiene un botón al nivel de su cuello.  Mi ansiedad es tal que quiero liberar sus magníficos pechos de la presión de su sostén, pero también en ello encuentro dificultad, pues me entretengo besando su cuello mientras mis manos buscan por sobre su espalda los broches de su sostén sin hacer contacto con ellos.  Ella me vuelve a asistir, pues aquella mecánica se hace desde el frente de su sostén, no como tradicionalmente lo he hecho en otras de mis pocas experiencias a los 19 años.  Con una luz difusa que apenas logra entrar en algo entre las aberturas reducidas de las cortinas del hotel, puedo identificar su areola y he comenzado delicadamente a lamer la zona de sus pezones:  Nadia solo gime tímidamente y nos hemos quedado en posición transversal en relación a la cama, aun con nuestros pies afuera de ella.

Su vestido todavía sigue cubriendo en buena parte sus piernas, pero puedo ver el color de su prenda interior que es un bikini blanco bastante pequeño, sin llegar a ser una tanga. Me llega a la mente que Nadia es totalmente mía, aunque tengo la condición de no penetrarle su conchita, y en aquel estado mitigo mis ansias, pues de hoy en adelante conviviré con ella y me tomo el tiempo saboreando cada milímetro de sus ricos pechos. En aquella faena, jugando con sus dos pezones hasta llegar a su ombligo, me da la oportunidad de totalmente deshacerme de su vestido.  Nos hemos acomodado en la cama y ella sigue por sobre su espalda y ahora lo único que le cubre su virginal sexo es un pequeño trapo blanco que delinea como en una obra maestra el monte de venus.  Yo continúo bajando con mi lengua entre sus dos pezones y el ombligo, y poco a poco bajo a su zona púbica por sobre su bikini.

Nadia gime tímidamente y ha puesto sus manos sobre mi cabeza cuando he llegado cerca besando su entrepierna.  Creo que no lo esperaba, no sé si sabe que todo aquello es parte de hacer el amor.  Huelo sus jugos vaginales que han mojado toda esa zona estrecha de su calzón, y mis ansias se elevan y mi corazón ha elevado su ritmo.  Por sobre su prenda interior, he llegado a su conchita y he puesto mi lengua por sobre su clítoris el cual puedo sentir tiene una pulsación tan intensa como mi ritmo cardiaco.  Mi altura y mis brazos largos, me dan la ventaja de poner mi lengua en su clítoris, mientras sigo masajeando con mis dos manos sus erizados y erectos pezones.  Nadia calla, como si presintiera que aquella misma sensación que experimentó meses atrás en la piscina, rondaba de nuevo en su ser.  Cuidadosamente sigo mi masaje con mi lengua sobre su clítoris, el cual ahora succiono cuidadosamente y ella al igual aplica un poco de presión porque esos pequeños choques electrizantes comienzan a llegar hasta su cerebro.  Cinco o siete minutos han pasado desde que comencé a succionar su clítoris y siento como su cuerpo se estremece con un sorprendente espasmo de su segundo orgasmo en su vida: ¡Te amo ¡- me dijo en persa, su idioma materno.

No sé si todos somos igual o pensamos igual en esta materia, pero para mí no hay nada más exquisito que observar a una mujer y en especial a la mujer que uno ama experimentar la fuerza y el placer de un orgasmo.  Sentir como Nadia disfruta de este placer solamente hace que el mío pueda ser tan explosivo como el de ella.  Veo como tímidamente se recupera y vuelve a decirme: ¡Te amo!  - Esta vez en el idioma de Shakespeare, y veo el brillo de sus ojos que desean perder su timidez y quererme besar, pero nuestra experiencia sexual ha sido corta y todavía no hay lazos de confianza que solamente el tiempo puede ayudar a tener, y mi rostro está lleno de sus jugos vaginales que no me atrevo a que ella me bese de esta manera; todavía en estos juegos de cama, no conocemos lo que es confortable para los dos.

Me levanto, voy al baño del cuarto de hotel, me lavo rápidamente con agua y jabón y regreso de nuevo donde Nadia todavía yace acostada, todavía con su calzón puesto.  He llegado, y le he tomado de la cintura, le he levantado tomándola de sus hermosos glúteos y removido aquella ultima prenda y por primera vez en su vida se encuentra completamente desnuda ante un hombre, el hombre que ella ama y que le ama.

Me acuesto a la par de ella, yo sigo con mi ropa interior bóxer empapada de mi líquido seminal.  Nadia lo ha visto mojado y donde puede ver que mi pene está totalmente erecto.  Nos besamos y ella por primera vez me ha besado el área pectoral.  Con sus manos masajea mi espalda, pero creo que queda paralizada, pues el tener por primera vez un cuerpo desnudo no sabe cómo manejarlo.  Debo de recordar al lector, que a finales de los ochentas cuando vivo esta historia, no teníamos la informática de la que gozamos hoy.  Yo siendo hombre, por aquellos tiempos era un tabú las revistas y películas pornográficas, que era un tanto trabajoso y penoso obtenerlas: incluso, el ir a comprar condones me parecía una odisea.

Ahora yo estoy acostado sobre mi espalda y Nadia se recuesta sobre mi pecho y sigue con sus manos jugando con los vellos de mi pecho.  Sé que no se atreverá a nada si yo no se lo pido.  Hay pausa y de alguna manera encuentro el valor y le he pedido que me quite mi última prenda de vestir y ella lo hace como una niña que de alguna manera debe obedecer.  Lo toma de la cintura y hala hacia abajo y mi pene se ha liberado, está completamente expuesto ante los ojos de Nadia, que, aunque la luz es limitada, sé que ella puede ver la silueta de mi miembro.  Se vuelve a acostar a la par mía y esta vez yo guio sus manos para que haga contacto con mi pene.  No hay palabras, solamente un silencio acompañado de un tímido masaje de principiante por el tronco de mi verga.  Sus pequeñas manos se han empapado de mi líquido seminal y aquella faena se hace más placentera.  Nadia recorre sus manos hasta mis huevos y los vuelve a recorrer hasta mi glande.  La sensación es deliciosa, pero no completa de llenarme las ansias que tengo.  De repente me pregunta de una manera, como si le estuviese pidiendo permiso a sus padres: ¿Puedo darle un besito?  refiriéndose a mi erecta verga, a lo cual le respondo con una agraciada confianza: ¡Amor, todo eso es tuyo!

Nadia tímidamente ha comenzado a dar pequeños besos a mi glande, no puedo verlo, pues sus cabellos me cubren el ángulo para tener esa dulce vista.  Se ha acomodado por sobre mis piernas y puedo sentir el pezón erecto de sus pechos acariciando mi entrepierna. De alguna manera la debo guiar, pues sus pequeños y afilados dientes a pesar de la lubricación ya existente, me hacen algo de daño y me incomoda.  Lentamente hoy se ha introducido el glande a su boca, pero no tiene un movimiento rítmico que me lleve completamente a ese placer.  De todas maneras, dejo escapar algunos gemidos de placer e inclusive le digo que esta delicioso.  Realmente estaba delicioso, pero creo que ella ya ha encontrado el ritmo pues ha captado que cuando la succión es más constante sin muchas pausas, mis expresiones de placer son más directas.  Mantiene el ritmo y la succión de mi glande por un minuto constante y me hace vibrar con una espectacular eyaculación que su boca rebalsa de mi semen, mientras me da una mirada de sorprendida.

Nadia es una excelente estudiante y se ha destacado en las ciencias, pero la teoría y la practica muchas veces no parece tener relación.  Ella hasta este momento no sabe si mi pene es grande, o más grande que el promedio, si es grueso o delgado.  No tiene otra experiencia con la que pueda comparar.  En aquella ocasión, su percepción del sexo se limitaba a la penetración vaginal y siempre en esa posición del misionero.  Lo confirmo cuando pasa el tiempo, pues poco a poco, ahora que se siente más libre experimentara y saciara algunas curiosidades.  Por el momento no sabía que yo iba eyacular en su boca y que mi esperma tuviera el sabor a jugo de manzana.

- ¡Sabe a jugo de manzana!  me dijo cuándo se limpiaba y hacia gárgaras en el baño.  Aquella vez confirmé que era cierto, pues viniendo de los labios de Nadia, sabía que su apreciación era correcta.  La única chica que me había dado placer oral y exclusivamente placer oral me había dicho lo mismo.  Con Tamara nos dimos placer oral mutuamente y ella siempre me permitía eyacular en su boca y siempre me decía lo mismo: - Tu semen tiene sabor a frutas.

Por primera vez nos bañamos juntos en la tina de aquel hotel.  No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, pero la cuenta del agua creo que le habrá subido unos cuentos dólares a la administración. En algo Nadia había superado la timidez de verse desnuda ante mí, y ahora yo restregaba con un jabón su cuerpo.  Creo que le dio un sentimiento ambiguo y reaccionaba de una manera dudosa cuando sintió por primera vez mi glande deslizándose por la abertura de sus hermosas y suculentas nalgas.  La abrazaba por sobre su espalda y mientras masajeaba restregando con jabón sus deliciosos pechos, mi glande se había acercado a la entrada de su ano, al cual hasta ese momento no había descubierto en su totalidad.  Ella ya lo había sentido antes masajeándomelo con sus glúteos, regularmente sobre la tela de sus pantalones, pero en esta ocasión mi glande tiene la libertad de estar tocando la puerta de su ano y no sé si su mirada es de pena o de rechazo.  Creo lo supera, pues también creo que ha sentido placer y permite que mi verga se deslice en la rajadura de sus nalgas y ella, como mi esposa me ha prometido darme todo, gozar de su cuerpo, menos penetrar su vagina.

Tengo paciencia y extiendo aquel masaje de mi verga en la rajadura de sus nalgas al punto que escucho sus gemidos de placer.  Continúo frotándosela, mientras nuevamente mi índice y el dedo de en medio toca su clítoris. Ahora sé que su placer es inmenso, pues siente mi verga entre medio de sus nalgas, y aunque no la penetro el solo hecho de pensarlo me extiende el placer y Nadia, creo que navega por la misma dimensión que nuevamente llegamos a un ritmo del vaivén de nuestros cuerpos y vuelve a explotar en otro espectacular orgasmo, cuyos gemidos me han hecho que yo me venga en sus nalgas en el mismo momento.

Nuevamente nos limpiamos, nos secamos; salimos del baño directamente a la cama y sigo recorriendo mis manos, mi lengua por todo su hermoso cuerpo, y esta vez puedo descubrir que, dentro de su timidez, ella expresa su placer limitándose a morder su labio superior que hace una mueca erótica, dejándome una sensual vista de su expresión, que alimenta mi morbo.  De nuevo he llegado a su zona púbica, donde sus vellos púbicos los ha rasurado dejando un dibujo de una pirámide a la inversa.  Le comunico con algunas palabras que la amo, que siempre respetare su deseo de no ser penetrada hasta el día que nos casemos por la iglesia, que me tenga confianza, que su esposo cuidara de ella.

La he puesto al filo de la cama donde y ella se ha recostado sobre su espalda mientras yo he puesto un par de almohadas en la alfombra para que mitiguen la fricción de mis rodillas y a la vez me ayudan a estar más cómodo y donde la conchita de Nadia me queda al nivel perfecto.  Esta vez lamo sus labios superiores, cambio de un lado al otro y Nadia solamente gime.  Imagino que muerde de nuevo sus labios y hace aquella mirada erótica.  Sigo, no me canso, ¿por qué debería cansarme?  Es la mujer a la que amo, la que para mí debería ser prohibida y ella está ante mí con sus piernas abiertas recibiendo mis caricias.  Elevo sus piernas en una posición casi vertical y por primera vez veo su conchita abierta y puedo ver el orificio de su ano.  Con la punta de la lengua he llegado a su zona del perineum y Nadia se ha estremecido sacando un profundo suspiro.  Sé que quiere decirme algo, quizá evitar que siga, más que todo por la pena, pero el placer que le provoco puede más que su pudor y sigo con mi lengua masajeando esa parte entre su concha y el ano.  Voy conociendo su cuerpo, voy descubriéndolo poco a poco y ella me ha dicho que puedo disfrutarlo, solo con aquella condición de no penetrar su vagina.

Sé que puedo echarlo todo a perder, pues realmente no sé cómo Nadia reaccionara, pero después de acariciar por largos minutos su perineum, he acercado mi lengua alrededor de su ano.  Veo y siento como su esfínter se contrae, pero es un placer que su marido le provoca y ella sabe que yo gozo también y se queda callada brindándose a mí.  Nadia gime de placer pues hoy mi lengua ha llegado a su ano.  Yo le sostengo las piernas, elevándolas mientras mi lengua se goza de placer intentando introducirse donde su esfínter se contrae.  Poco a poco su ano se dilata y siento que mi lengua se introduce en su ano algún centímetro.  Yo siento como mi líquido seminal cae sobre mis piernas que están arrodilladas al filo de la cama, Nadia ha comenzado a elevar su gemido al punto que ella debió haber perdido la timidez y el pudor.  Yo aplico más fuerza en mi lengua y la extiendo ahora para que la sienta hasta en las paredes de sus ricas nalgas; voy de arriba abajo y me detengo de vez en vez a succionar su rico culo y explota con un orgasmo que me desconcierta, pues por un momento pensé que era un ataque de epilecia:  Su primer orgasmo anal.

Hasta aquellos días no tenía información precisa de lo que era un orgasmo, como se producía, mucho menos del orgasmo anal, lo cual muchos todavía cuestionan. En aquel momento la única caricia constante en el cuerpo de Nadia era la que por minutos venía haciendo con mi lengua en su ano, pero su reacción al sentir tal enorme placer fue, creo aun, más potente que los otros anteriores.  Creo que, a muy temprana estancia de nuestra relación, encontrábamos placeres de los cuales no habíamos considerado, pues el hecho de haberle chupado el culo, me parecía que había sido uno de nuestros inventos.  Creo que el placer fue tal, que eso permitió a que diéramos otro paso.

A los 19 años uno se recupera con tal rapidez que en 20 minutos queríamos más.  Ya Nadia ha sentido 5 orgasmos y uno que ambos queremos quizá entender, pero por nuestra joven edad pasaba desapercibido.  Pero en aquella ocasión, ya Nadia había sentido ese placer con mi lengua en su ano, aquellas sensaciones que le mandaba mi glande cuando se acercó a su esfínter, era algo que le había gustado y a mi encantado.  Estábamos en esa posición de cajita, acostados de lado, yo detrás de ella.  Mi pene esta introducido en sus nalgas amenazando y tocando su rico culo.  A los 19 años, los niveles de testosterona deben ser tan elevados, que ya mis líquidos seminales tenían cubierto toda la rajadura de las nalgas de Nadia.  Ella debió haber sentido enorme placer que permitió que mi glande tocara constantemente su ano.  Por sus movimientos, logro intuir que se acomoda para que mi glande toque su ano y evitar que accidentalmente se introduzca en el orificio que ella protege con tanta devoción.  Yo dudo un poco, siento que mi pene ha logrado penetrar en algo su ano.  Ella ha expresado dolor, pero lo asimila con gallardía.  El proceso es lento y exquisito, pues de alguna manera yo empujo y su esfínter me rechaza la entrada de mi glande.  Seguimos insistiendo y Nadia cierra los ojos como presintiendo un enorme placer, pero que por el momento parece miedo.  Hasta el momento todo lo que hemos vivido ha sido placer.

Dicen que la gota rompe la roca por su constancia y no por su ímpetu, que de repente el ano de Nadia apercollaba mi glande en toda su corta superficie.  Sé que Nadia esta tensa y su respiro es efusivo, pero poco a poco se ha relajado, ahora toda mi verga está adentro de su delicioso culo.  No lo puedo creer, me embarga la emoción: esta niña que ahora es mi esposa, quien me niega en estos momentos su concha, me está regalando su hermoso culo y yo soy el hombre más feliz del mundo.  Bombeo cuidadosamente, sé que su ano está bien lubricado con mi manantial de líquido seminal.  Hoy jugamos al vaivén con más complacencia, pues Nadia sabe que, si mi verga está bien ensartada en su ano, no hay manera que se introduzca en su vulva.  Juntos aceleramos el ritmo en aquella posición y puedo escuchar sus gemidos haciendo ritmo con aquel ruido de chasquido producido de mi verga penetrando su ano, por primera vez estoy en una cavidad de ella, y para mi sorpresa estoy en la que la mayoría considera prohibida.

Nadia comienza a respirar profusamente, desde mi ángulo puedo ver como su pierna descansa elevada por sobre mi rodilla.  Sus enormes glúteos son espectaculares, me hechiza esa mirada persa, cuando ha vuelto a morder su labio superior dejando esa imagen exquisita y exótica difícil que se pueda borrar de mi memoria.  Ella ha acelerado ese choque de sus glúteos contra mis huevos, que de hecho los tiene bien sumergidos de tano golpeteo… Gime estrepitosamente y nuevamente juntos tocamos el cielo.  Me he ido en su culo.

Ha llegado la primera hora del siguiente día, y juntos Nadia y yo, nos hemos embarcado en horas de placer que nos han llevado a múltiples orgasmos.  Hemos descubierto en el génesis de nuestro joven matrimonio, placeres que no conocíamos, placeres que nos unirán más y que fomentarán mucho más nuestro amor. Nadia y yo estamos exhaustos, que ella ahora dormita sobre mi brazo completamente desnuda; masajeo sus glúteos desnudos y me lleno más de placer, no me canso, esta mujer es mía, es la mujer prohibida, es la mujer de mi vida.

Continúa…

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