Sadomaso -

A diez metros bajo el trono de San Pedro

Tiempo estimado de lectura del relato 14 Número de visitas del relato 10.744 Valoración media del relato 9,67 (3 Val.)

RESUMEN

Año 1468. La Ciudad del Vaticano yace bajo el poder del Papa Pablo II. Relato violento y algo gore. Perdón a los estetas de la categoría.

Toc. Toc. Toc. Toc. Los pasos del orondo siervo de Dios golpean la piedra del húmedo y oscuro pasadizo, abriéndose paso con su sonido entre los gritos que llegan del fondo del mismo. A un lado y al otro del oscuro personaje pasan diferentes celdas, excavadas en la roca, donde reposan múltiples aparatos de tortura, con su visión enmarcada por los fríos barrotes de las rejas de la puerta. Las antorchas que en teoría sirven para sacar de la oscuridad la mazmorra no hacen más que sacar unos tintes maléficos del juego de sombras que decora su cara.

Corre el año 1468, la Ciudad del Vaticano yace bajo el control del Papa Pablo II, y en las posadas de toda Italia se comenta en susurros lo que ocurre en las mazmorras que yacen a diez metros bajo el trono de san Pedro… Pero solamente quien lo probó lo sabe.

A medida que el Papa se va acercando a la celda de donde provienen los gritos, escucha como se intercalan entre los alaridos del reo, los chasquidos inconfundibles de un látigo. Por fin, Pablo II llega a la celda, para encontrarse el cuerpo desnudo del delincuente recibiendo con brutal inclemencia los latigazos, que han dejado su pecho, barriga, sexo y piernas marcados como un mapa del dolor. Por la piel enrojecida cruzan finos regueros de sangre. El preso está encadenado de pies y manos a una tabla de madera que lo mantiene en posición vertical. El verdugo, un gigantón de casi un metro noventa, con el torso desnudo y con su cara oculta bajo su capucha, castiga con vehemencia al preso.

En cuanto el Santo padre hace aparición en la celda, el verdugo voltea al preso y lo encadena de espaldas al Papa.

- Deja el látigo... Coge la vara -susurra Pablo II.

El verdugo obedece y agarra la dura y flexible vara de fresno. El primer golpe parece extraer de los pulmones del hombre todos los gritos que le quedaban en su agotado cuerpo, ya que a los siguientes sólo responde con gemidos guturales. El Papa ya ha liberado su santa verga y se masturba pausadamente mientras los varazos caen y recaen sobre la espalda y las nalgas desnudas del prisionero.

- ¡Dejadme en paz, malditos! -El grito viene de fuera, del principio del pasadizo.

El Papa gruñe contrariado y vuelve a esconder su miembro bajo los ostentosos ropajes. Se asoma al pasadizo y ve cómo dos guardias (Con armadura y armas de guerra, pertenecientes al ejército, pues la Guardia Suiza no protegería al Papado hasta casi cuarenta años después) arrastran a otro hombre que se retuerce intentando liberarse de sus captores. Es delgado, demasiado delgado, los harapos se le pegan al cuerpo e insinúan una cintura estrecha, quizá castigada en demasía por el hambre y la pobreza. Con un gesto, el Papa ordena al verdugo detenerse y camina hacia el nuevo preso.

- ¿Quién es?

- Otro maleante, su Santidad, le hemos encontrado robando fruta en la ciudad.

- Ajá... Así que faltando al Octavo Mandamiento ¿verdad? -dice el Papa.

- ¡Dejadme en paz! ¡Soltadme! ¡Malditos bastardos! ¡Malnacidos! -grita el hombre con voz aniñada, cuyos rasgos juveniles, casi infantiles, se llenan de rabia y miedo. Su voz se endurece con el eco obligado del paisaje cavernario pero aún así todavía suena aguda e infantil.

El santo Padre agarra la barbilla del detenido y contempla con una sonrisa sus facciones suaves, sus ojos verdes, su pelo cortado casi al ras y su pequeña nariz, que le confieren un extraño aire de altanería que él va a encargarse de destrozar.

- Llevadlo a la última celda, decidle a Giacomo que retire a aquel saco de huesos.- dice, mientras mantiene la mirada fija en su nueva "adquisición". Como respuesta, el preso escupe a la cara del sumo pontífice, que se limpia el esputo con la mano mientras ve alejarse al preso, cuyos guardianes trasladan a patadas y trompicones.

Cuando el Papa llega a la celda, los guardias ya han sustituido el cuerpo maltrecho del anterior preso por el del recién capturado, ante la mirada impaciente del verdugo.

- ¡Venga! ¡Venga! ¡Fuera esa ropa! ¡Lo quiero desnudo YA! ¡Y luego os lleváis a esa basura a la celda contigua! -dice el sumo pontífice, señalando el cuerpo del anterior preso, que yace desmadejado en el suelo.

Los dos guardias obedecen instantáneamente y desgarran los maltrechos harapos. Al romper la camisa, aparece una especie de tela blanca rodeando, muy apretada, el pecho del reo.

- ¿Qué es eso? -El verdugo tiene una voz ronca, sería oscura si las voces pudieran ser pintadas.

Él mismo coge una pequeña espada que descansa, en sorprendente buen estado (si obviamos las manchas de sangre seca) en un rincón y corta de un certero tajo la tela. Al aire emergen dos pequeños pechos con oscuros y grandes pezones.

» ¿Pero qué? -Giacomo corta los pantalones con la misma espada, haciendo gala de un pulso envidiable y dejando al delincuente sin ropa, expuesta a la vista de todos su piel pálida, sus piernas delgadas y su sexo... de mujer.

Ante los cuatro hombres, una mujer desnudamente bella. Si no fuera por su pelo tan corto, bien podría ser una de las jóvenes más bellas de Italia. Pechos pequeños, que pasan aún más desapercibidos a causa de la leve inclinación hacia atrás que tiene la tabla a la que ha sido encadenada. Su vientre plano acaba en una débil maraña de pelo castaño que deja entrever unos labios mayores carnosos. Sus piernas largas y torneadas completan sus atributos.

- ¡Válgame el Señor! -exclama el Papa al descubrir el engaño- ¡Una mujer vistiéndose de hombre! ¡¡¡PECAVISTI!!!- grita señalándola con un dedo acusador.

Los guardias y el verdugo asienten, dándole la razón a Pablo II pero riendo su hipocresía en sus adentros. De todos es conocida su afición a vestirse de mujer (amén de ser sodomizado siempre que la situación lo amerite). Los guardias se apresuran en cumplir la segunda parte de su encargo y levantan el maltrecho cuerpo del prisionero mientras los insultos vuelan desde la boca de la cautiva.

- ¡Malditos bastardos! ¡Dejadme! -el verdugo descarga la vara sobre el vientre de la rea, pero no llega a quejarse siquiera, simplemente detiene su repertorio de insultos.

- Bien hecho, Giacomo. Ahora enséñale a esta zorra pecadora que el castigo divino es la única redención posible.

El enorme verdugo obedece y comienza a descargar los varazos sobre el cuerpo de la joven. No tardan los pechos en mostrar rayas de piel enrojecida, haciendo juego con las que empiezan a surgir en vientre y piernas a cada golpe de la vara. El cuerpo de Pablo II bota y se estremece con cada palmeo de la vara en la piel de la cautiva, soltando además una risita socarrona. Sin embargo, la mujer no grita, todo lo más, algún gemido se cuela desde sus labios. Pese a que el dolor la abruma, la sonrisa arrogante aún preside su cara.

El verdugo se detiene. A estas alturas, la mayoría de los hombres ya están próximos al desmayo. Sin embargo, ella aún sonríe, como si el dolor no fuera con ella.

- ¿Pero qué brujería es esta? ¿Quién es tu dios, que te protege del dolor? -exclama el Papa furioso.

- ¿Cuál es el tuyo, que no lo hace? -responde la joven con una risotada.

El verdugo le propina un manotazo capaz de hacer ver las estrellas a un titán, pero la mujer ni se inmuta mientras un fino reguero de sangre cae de su boca.

- ¿Acaso no sabes pegar más fuerte? -provoca la joven.

Giacomo enloquece. Esos manotazos son capaces de tumbar al más pintado y una mujer -¡una mujer!- lo está dejando en evidencia. Tira la vara. Comienzan las manos a caer sobre ella. Manotazos en la cara, puñetazos en la tripa, en la boca, en el pecho... Se oye el crujir de una costilla y un leve quejido, poco más de un susurro. Nada más. Parece resistente al dolor.

- ¡Giacomo! ¡Deténte! -El Papa Pablo II señala al techo, de donde cuelga una polea.

El verdugo asiente y agarra unas cadenas que hay en un rincón. Pasa las cadenas, en cuyos extremos descansan unos grilletes oxidados, por la polea y desata a la mujer de la tabla. Cierra los grilletes sobre sus manos y estira del otro extremo de las cadenas hasta dejar a la mujer colgando a unos veinte centímetros del suelo. Agarra también una cuerda y ata, primero un pie, luego otro, dejando entre los dos no más de veinte centímetros de cuerda.

- ¿Qué, os gusta esto, grupo de maricones? -La mirada de la prisionera va más allá del verdugo, más allá del Papa, hasta los dos guardas que aún espían en la puerta.

La joven aún mantiene su sonrisa suficiente y altanera mientras el grupo la mira fijamente. Giacomo vuelve a coger la vara de fresno y la hace descargar con toda su furia sobre la espalda de la joven. Finos regueros de sangre se precipitan por su espalda, perdiéndose en la quebrada de unas nalgas que resisten firmes y redondas los múltiples envites de la vara. No tarda la espalda en ser cruelmente decorada a semejanza del vientre, los pechos y las piernas.

Los golpes caen, la sangre recorre las curvas de la mujer, y Pablo II saca su erección al aire y comienza a acariciarse con suavidad la verga. Mientras el Papa se masturba, la joven recibe los golpes del verdugo con simples gemidos.

- ¿No sabes hacer nada mejor? -grita la cautiva, sin perder ni un ápice de su tono altanero.

Algo sale de la garganta de Giacomo. Algo que parece incapaz de decidirse entre un grito furioso y un ronco gemido. Llevado por la ira, un sentimiento que creía controlado desde hace años, hace descender unos centímetros las cadenas, hasta que los pies de la mujer tocan el suelo, corta por la mitad la cuerda que ataba su pies y se quita su negro pantalón, lo que hace que su poderosa y gran verga erecta emerja al aire frío y húmedo de la mazmorra. Sin más, se sitúa a la espalda de la mujer, la agarra de las caderas y la penetra violentamente. A él mismo le hace daño la dura y seca intrusión, pero si a él le ha dolido, espera que ella llore del dolor.

Un suspiro, lo más cercano a un grito que parece poder escapar del cuerpo maltratado de la joven, se cuela entre sus labios. La verga de Giacomo entra con fiereza entre los otros labios, los del sexo, de la joven hasta que sus testículos golpean sus muslos. Los otros tres hombres contemplan la escena, uno de ellos, el Papa, se masturba frenéticamente hasta manchar suelo, mano, verga y ropa con su santo semen.

Los dedos del verdugo se hincan con fuerza ciclópea en la cintura de la joven, y clava sus sucias uñas con fuerza, creando pequeñas heridas que sangran quedamente. Aún poseído por el Demonio de la Rabia y la Excitación, Giacomo saca su miembro de la vagina ya ligeramente humedecida de la mujer e intenta hundirlo de un golpe por el ano. Tras dos intentos fallidos, y después de ensalivar bien el falo, lo presiona entre las nalgas de la joven y empuja lentamente a través del ano, que se abre dolorosamente a su invasor. La joven gime, aprieta sus dientes, cierra los ojos intentando deshacerse del dolor que perfora sus entrañas. "No gritar, no gritar" repite mentalmente mientras el verdugo acelera sus potentes embestidas, preludio del orgasmo que se avecina. Allí está. Un grito ronco emerge de sus entrañas acompañando los chorros de esperma que llenan el recto de la mujer.

- ¡Vaya! ¿Eso es todo? -El tono de arrogancia que gasta no sirve para ocultar la lágrima de dolor que se ha derramado por su mejilla.

- No... ¡Vosotros dos! -dice el verdugo señalando a los guardias- ¡Venid aquí!

La sorpresa se hace patente en los ojos de los guardias, mientras que un destello temeroso titila en las pupilas verdes de la chica. Sin embargo, los guardias se acercan lentamente al verdugo.

- Desnudaos- La palabra suena tan hosca como amenazadora. El tono no deja lugar a la réplica o a la no obediencia.

Quizá previendo lo que se le viene encima, la mujer se retuerce intentando escapar, pero los grilletes que le aprisionan las muñecas impiden cualquier escapatoria. El manotazo del verdugo la hace detenerse,

- ¡Estáte quieta! Vas a comprobar que conmigo no se juega -La voz de Giacomo es terrorífica.

- ¡Venga! ¿A qué esperáis? Obedeced a Giacomo, ¡Desnudáos! -inquiere el Papa a los guardias.

Los guardias obedecen y comienzan a deshacerse de sus armaduras, y sus ropajes, hasta que quedan completamente desnudos, con sus vergas aún endurecidas por el espectáculo anterior orando al cielo. El verdugo estira un poco más las cadenas hasta obligar a la mujer a quedarse de puntillas sobre el suelo. Con un simple gesto de la mano, indica a los guardias que rodeen a la mujer. Uno delante, otro detrás, y sus miembros endurecidos apuntando a la mujer.

- Ahora... -dice el verdugo, y los guardias aprisionan entre sus cuerpos al de la cautiva.

Sus vergas se introducen cada una en un agujero, obligando a la mujer a concentrarse para no gritar. Las embestidas desacompasadas de los guardias arden en el interior de la chica. Los pechos de los guardias se empapan de la sangre que mancha en riachuelos carmesíes el cuerpo de la joven.

- ¡Te vamos a dar lo tuyo, maldita zorra! -se atreve a decir el que entra por detrás.

- Maricones. No seríais capaces de darme lo mío ni en cien años... -El puñetazo que lanza el otro guardia le cruza la boca. La mujer mira a su agresor y le escupe a la cara una mezcla de saliva y sangre.

Los miembros de los guardias siguen bombeando sin pausa en el interior de la mujer. Sus huevos golpean entre sí con las embestidas, que empiezan a sacar jadeos de la boca de la muchacha. La frontera entre el dolor y el placer parece sobrepasada. Alza sus piernas hasta quedar alzada en vilo por los guardias y las cadenas. Mientras su cuerpo se amolda a los intrusos, su vulva se imbuye de humedad, lo que no evita que el verdugo vuelva a hacer que la vara bese, con su beso doloroso y lascivo, la piel de sus brazos.

Mientras el dolor y el placer parecen arremolinarse en el cerebro de la joven para unirse en una nueva y extraña sensación, los dos hombres endurecen sus embestidas. El vaivén de los miembros se hace más rápido, mientras Pablo II mira la escena con una sonrisa maquiavélica y una mirada en la que brilla la lujuria.

El guarda que estaba a la espalda de la joven es el primero en correrse, sumando al semen del verdugo el suyo propio.

- ¿Tan pronto? -la voz socarrona de la mujer se cuela entre sus propios jadeos-, lo que yo decía, ni en cien años podrías tú darme lo mío... ¡Ja! -la risa se le corta por un gemido, al parecer el otro guardia tiene más aguante.

- ¡Tú aquí eres una mierda! ¡Y tranquila, que posiblemente tengamos los cien años para darte lo tuyo! -dice el verdugo, apartando al guardia para castigar de nuevo la espalda con la vara.

El Papa, ya suficientemente aliviado, sale por la puerta. Posiblemente ahora se dirija a los fieles, para prevenirles de los peligros del pecado. O posiblemente se dirija a las dependencias de sus pajes, para acabar la tarde siendo sodomizado por su chico favorito.

Las heridas de la mujer, que ya parecían cerradas, vuelvan a abrirse a cada fustazo, goteando sange, mientras el otro guardia parece ya cercano al orgasmo. Efectivamente, en dos embestidas más, se pega al cuerpo de la mujer, emite un gruñido más cercano al cerdo que al hombre y eyacula en el interior de su vagina. Acabada su labor, recoge, como su compañero, sus pertenencias y se marchan, siguiendo al Papa, y dejando a la mujer a solas con el verdugo.

Giacomo, libera a la mujer, que cae al suelo, derrotada, como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas. Sin decir nada más, recoge el cuerpo de la mujer del suelo, se lo echa al hombro y lo lleva a la celda de enfrente. La tira al frío suelo de roca y cierra la puerta.

- ¿Quién te iba a decir a ti -dice el verdugo, desde el otro lado de la reja-… que el infierno estaba diez metros bajo el trono de San Pedro? Hasta mañana -termina, con una risotada que retumba por las paredes de roca.

 

 

 

1468 (A diez metros bajo el trono de San Pedro)

 

Caronte

Comparte este relato

3587
Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios. Información. Si sigues navegando, entendemos que las aceptas. Aceptar