Gays - Dominación

Me llaman Cascabel

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RESUMEN

Me llaman Cascabel desde muy pequeño, porque mi risa sonaba y todavía suena como un cascabel, según me dicen. Cuando cumplí trece años me di cuenta de que me gustaban los hombres, en aquel momento, algunos compañeros de la preparatoria con los cuales no llegué a nada, pero también señores mayores.

Me atraían profesores de la escuela y hasta madurones y viejos que veía por la calle.

Siempre he sido muy tímido, muy vergonzozo y a esa edad me era inimaginable alguna conquista. Pasó el tiempo y ahora, cuando acabo de cumplir dieciocho años -aunque aparento quince- sigo siendo un chico tímido, pero mi timidez convive con el deseo cada vez más fuerte de probar vergas.

Para seguir con mi historia les cuento que los quince años perdí a mis padres en un accidente y fui dado en custodia a tía Celia, hermana de mamá, con quien vivo todavía mientras pienso si presentarme a la Justicia para pedir que cese la tutoría ahora que soy mayor de edad, aunque me parece que no lo haré porque me siento morbosamente bien en manos de ella. Es una mujer de cincuenta años, morocha, robusta, viuda y de carácter autoritario, muy mandona y eso me excita porque además de gay soy sumiso. Me gusta obedecer, me calienta que me dominen, que me den órdenes y yo obedecerlas.

Tía Celia estuvo enemistada a muerte con mamá por una cuestión de celos e intereses económicos y cuando su hermana murió pudo, gracias a un contacto en cierta fiscalía, que la designaran mi tutora y me entregaran a ella, que vio y ve en esa situación una forma enfermiza de vengarse de su hermana a través de su sobrino. Por eso siempre, desde el primer día me sometió a una dominación rigurosa y me trató mal sin darse cuenta de que yo disfrutaba y disfruto morbosamente de ese maltrato.

Tía Celia es contadora y trabaja en un estudio de abogacía. Se va al estudio poco antes del mediodía y vuelve alrededor de las nueve de la noche.

Yo tengo que ocuparme de la compra y de mantener la casa ordenada y limpia siguiendo sus instrucciones.

Anoche, mientras cenábamos, me dijo: -Oíme, Cascabel, cumpliste dieciocho añitos, sos mayor de edad y podés pedir que se te libere de mi tutoría. ¿Lo pensaste?

-Sí, tía, pero… pero no…

-No ¿qué?

-Que… que no quiero que su tutoría termine…

-¿De verdad?

-Sí, tía, de verdad… -reafirmé con la vista clavada en el plato y las mejillas ardiéndome.

-Eso me alegra, Cascabel. –dijo ella. –Porque necesito a alguien que se ocupe de la casa, como te ocupás vos. Una sirvienta me saldría cara, en cambio vos no me costás más que la comida y además sos muy bueno como sirviente, como… mucamita…

-¡Tía! –protesté asombrado e inquieto.

-Calmate, Cascabel, ¿creés que no me doy cuenta de que sos gay?

-No, tía Celia, yo… -intenté protestar, pero ella se me impuso.

-Oíme, nene, entré en tu cuenta en el ordenador… ¿Y qué vi?... Vi una carpeta donde tenés fotos de viejos exhibiendo sus pijas… ¿Vas a seguir negándome que sos putito? Y además un putito al que le gustan los viejos… Todo un hallazgo mi sobrino Cascabel…

A esa altura del diálogo yo estaba totalmente desarmado sicológicamente, sin ninguna posibilidad de rebelarme, y ella siguió: -Oíme bien, nene, voy a decirte cómo serán las cosas de aquí en adelante. Vas a ser mi esclavo, mi mucamita, ¿Entendido?

-Pero, tía…

-Pero nada, Cascabel, a menos que quieras que le cuente a toda la familia que sos puto… ¿Eso querés?

-¡Ay, no, tía Celia, por favor! –supliqué horrorizado.

-Bueno, entonces dejate de pavadas. Yo mando y vos obedecés. ¿Está claro?

-Sí, tía, no me queda otra…

-Sí te queda otra, te queda negarte y que toda la familia se entere de que sos puto. –dijo ella cínicamente.

-¡Nooooooo! –grité angustiado.

–O desligarte de mi tutoría y ver cómo te las arreglás.

-No, tía Celia… ¡por favor!...

-Bueno, asunto terminado entonces. –dijo. –Levantá la mesa y lavá los platos.

-Sí, tía Celia… -murmuré sumiso.

Mientras cumplía con la tarea me sentía muy excitado. Trataba de luchar contra esa calentura morbosa, pero era imposible y al final me entregué, vencido, a la perversidad de tía Celia.

Cuando terminé, ella inspeccionó la vajilla que yo había lavado y dijo: -Bien, mucamita, ¡muy bien! –y después: -Oíme, Cascabel, ahora que sé que sos puto me entraron ganas de verte denudito.

Me ruboricé y apenas pude balbucear una palabras: -Pero, tía… Yo…

-Obedeceme, nene, a menos que prefieras que mañana mismo empiece a llamar a la familia para darles a todos la gran noticia.

-No, tía, no… -murmuré y ella me tomó de un brazo, me llevó a su dormitorio y una vez allí repitió la orden:

-Vamos, Cascabel, sacate la ropita. –y supe que tenía que obedecer. Además, empezaba a excitarme eso de exhibirme desnudo ante ella.

Así que me quité las zapatillas, el jean, la remera y por último el slip, con tía Celia sentada en el borde de la cama. Yo estaba de espaldas a ella, avergonzadísimo y a la vez muy caliente.

Durante algunos segundos todo fue silencio hasta que por fin le oí decir: -Qué cuerpo tenés, Cascabel… ¡Qué cuerpo impresionante tenés!... Esa cinturita… esas caderas casi de nena… Esas piernas… ¡Ese culo!... Y no tenés pelos… Vení acá.

Y fui, mirando al piso, hirviendo de calentura, con el pene erecto que ella tomó entre sus manos haciendo que me estremeciera de pies a cabeza.

-Mmmmmhhhhh, estas calentito, ¿eh, Cascabel?

-Sí, tía Celia… sí… -acepté después de tragar saliva.

-Seguramente te gustaría que uno de esos viejos de las fotos que tenés te dieran verga ahora mismo…

-Sí… sí, tía, ¡síiiiiii!...

-Ay, ay, ay, Cascabel, cómo me gusta tener un sobrino tan lindo, tan putito y tan en mi poder…

Yo temblaba de tan caliente y obedecí enseguida cuando me ordenó que me diera vuelta. Sentí sus manos en mis nalgas y mis piernas temblaban mientras ella me sobaba ambos cachetes, por momentos con caricias lentas y suaves que de pronto transformaba en presiones intensas y a veces en fuertes pellizcos.

-Me calentás, Cascabel… -dijo de pronto y sin dejar de trabajarme las nalgas. –Pero me calentás raro… No me calentás como varón sino como si fueras una chica… -me aclaró develando cada vez más su naturaleza perversa y haciendo que la temperatura de mi excitación subiera cada vez más.

-Trepá a la cama y esperame en cuatro patas, lindo. –dijo de pronto. –Yo ya vuelvo. –y cuando volvió vi que traía un pote en la mano derecha.

-Es crema, putito. Voy a trabajarte el culo con los dedos. Te voy a coger, Cascabel…

-Ay, tía… -murmuré presa de la calentura más extrema que había sentido en toda mi vida. Lo más que yo había probado en el culo hasta ese momento era mi dedo medio cada vez que me duchaba y tía Celia había dicho “dedos”… ¿Es que se proponía meterme más de uno? Y así fue. Me metió primero uno y unos segundos después otro mientras yo movía mis caderas de un lado al otro y de adelante hacia atrás siguiendo el ritmo que sus dedos marcaban avanzando y retrocediendo dentro de mi culo. Tía Celia estaba de rodillas entre mis piernas e inclinada sobre mi espalda, hablándome al oído: -Te gusta, ¿eh, Cascabel, putito mío?... Sí, claro que te gusta sentir mis dedos en tu hermoso culo… Tenés dos dedos adentro, Cascabel, para que te vayas acostumbrando, aunque mis dos dedos son más angostos y más cortos que la pija de cierto señor que vas a tragar muy pronto… -y cuando me dijo eso me estremecí entero aunque mi cabeza y mi cuerpo eran un torbellino que me impidió preguntarle en ese momento a qué se refería. De pronto escuché que había empezado a jadear cada vez más fuerte: -Me estoy… me estoy masturbando, Cascabel, me… calienta mucho cogerte… -dijo y de pronto sus palabras se convirtieron en un grito largo, casi un alarido mientras me quitaba los dedos del culo y se derrumbaba boca abajo en la cama, junto a mí, que no daba más de las ganas de masturbarme. Entonces me atreví a preguntarle: -Tía… ¿puedo… puedo masturbarme? No… no aguanto más, estoy… estoy muy caliente…

-Andá… andá al baño… -murmuró a modo de autorización y yo salí poco menos que volando para liberarme de esa tensión torturante de tan extrema. Me senté en el inodoro de cara a la pared y era tal la calentura que no tardé en soltar varios chorros de leche, dos de los cuales fueron a caer azarosamente en mi muslo izquierdo. Los miré, los recogí con el dedo medio de mi mano derecha y los bebí disfrutando de su sabor, mientras imaginaba que era el semen de algún viejo de ésos con los cuales fantaseaba afiebradamente. Entonces recordé que tía Celia, mientras me cogía, había mencionado la pija de cierto señor que yo iba a tragar muy pronto. ¡¿Sería posible eso?! ¿Tía Celia había dicho la verdad?! Volví al dormitorio con el ánimo perturbado y la encontré dormida, entonces me fui a mi cuarto y me tendí en la cama, pero me costó mucho conciliar el sueño.

(continuará)

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