Tríos

Trío en las sierras

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RESUMEN

Un caminante encuentra en una playa de un río de las sierras cordobesas a una pareja cogiendo. Al mirarlos y empezar a masturbarse tiene un accidente que cambia todo.

Estaba caminando solo al costado de un río de las Sierras de Córdoba, a más de cinco kilómetros de la ciudad de Carlos Paz. Alrededor del caluroso mediodía me detuve en una playa de arena para nadar un rato.

Al salir del agua busqué los árboles y saqué de la mochila un tollón, agua y fruta. Escuché el motor de una moto todo terreno. En un recodo de la costa arenosa del río se detuvo y descendieron un hombre grande (cincuentón) y una mujer algo menor, muy linda.

Como me encontraba en una barranca elevada y con densa vegetación, podía verlos sin ser advertido. Ella, alta y rubia, vestía un pantalón muy corto y remera ajustada. Poco tiempo estuvo cubierta: rápidamente quedó sólo con una infartante tanga y corrió al agua.

Su pareja sacó de un bolso un trípode y cámara fotográfica y comenzó a capturar sus sensuales movimientos.

Me fui acercando hasta quedar a menos de 15 metros de ellos. A cada paso crecía mi excitación. Seguramente ellos iban a culear, y yo, además de mirarlos y fotografiarlos, me iba a masturbar rico.

Escuché que el hombre le pidió a la mujer que se acaricié el cuerpo “como si te pajearas”. Ella obedeció, y fue un espectáculo.

El se desnudó, dejó la cámara y con la pija totalmente parada se acercó a la potra. Ella salió del agua y riéndose agarró con su mano izquierda la verga y arrastró al hombre hasta la moto. De un bolso sacó dos toallones, los extendió sobre la arena, se arrodilló y comenzó a chupar la verga.

Ver esa carita linda comiendo pija me excitó. Empecé a pajearme lentamente. El empujó a la bonita para dejarla acostada, le abrió las piernas y metió su boca en la concha. Ambos gritaron de gozo.

Como yo quería ver con más detalle el cuerpito de la putita, dejé mis cosas y sólo con el calzado puesto fui avanzando. A tres metros de ellos me detuvo una roca, de dos metros de altura, al borde de la playa donde estaban.

El la había puesto en cuatro patas y le metió su pedazo en una vulva deliciosa. Luego ella se le subió encima y empezó a mover su culo en círculos. Me saqué el short, y desnudo empecé a pajearme.

Excitado, me resbalé.

Caí al costado de ellos, en bolas, con la pija alzada.

Todos nos asustamos.

Ensayé la primera disculpa que se me ocurrió:

—Disculpen…, estaba caminando y resbalé….

La chica, que se había parado, me miró extrañada y luego lanzó una carcajada:

—Pablo, ¡nosotros culeando y teníamos público pajeándose!

—Y bueno Claudia, ¡a vos te encanta calentar pijas…! – dijo el joven riéndose.

Sin saber como reaccionar ni que decir, quedé mudo. Dudaba si se estaban burlando de un pajero o les divertía sin mala intención la situación.

—¡Hola! Me llamo Claudia – dijo la mujer, acercando hacia mi sus pechos de ensueño, para saludarme con un beso.

—Ahh… eghhh… mucho gusto… soy Alberto… -respondí tontamente.

—Y yo, Pablo... ¿Te doy la mano o mi pija? Vos elegí… - exclamó el hombre risueño.

Sonreí tontamente y estreché su diestra, tras lo cual miré hacia la barranca de donde había caído y dije:

—Bueno… Disculpen la interrupción… Subo a buscar mis cosas y sigo mi camino…

—¡No te vayas! ¿Comiste algo? Quedate, compartí con nosotros… -sostuvo Claudia con tono amable.

—¡Claro! ¿Adónde vas a ir con el calor que hace? Mirá, los tres estamos desnudos, así que ya no hay de que avergonzarse… Y no pasa nada con que te estuvieses pajeando mirándonos… Yo hubiese hecho lo mismo… -aseguró el hombre.

—Te digo la verdad… ¡Me encanta que al vernos te hagas la paja! – exclamó la sensual mujer.

—Mirá, hace lo que quieras… Los dos ya te dijimos que te quedes, y yo quiero continuar lo que empecé, y Claudia también… - apuró Pablo, tras lo cual abrazó a la hermosa por detrás apoyando su verga en el culo.

Ella gimió como gata, me miró, lanzó un beso, guiñó un ojo, e indicó a su macho:

—Amor, después dame por el culo, ahora tirate sobre los toallones y dejame que yo mueva la concha en tu pijaza…

El obedeció, con su verga recuperada, alzada como un poste. Era larga, casi 20 centímetros, pero fina, no más de tres centímetros de diámetro. Ella abrió sus deliciosas piernas y dirigiendo la concha al pedazo fue sentándose, hasta que los rosados y mojados labios de su vagina tocaron los testículos de él.

—¡Ay papi!, la tengo toda adentro…!

—¡Si putita!, movete, estrujame la pinchila…

Para mi era increíble: delante de mí a menos de un metro, presenciaba un espectáculo porno que sólo veía por Internet. Mi pija creció al máximo: 18 centímetros, gruesa, 4,4 en el glande.

Claudia clavó su vista en ella, se mordió sus labios y me lanzó otro beso.

—Amor, esperá ¡Alberto nos puede sacar fotos mientras culeamos…! –propuso la yegua.

—¡Si!, tenés razón… - exclamó, se puso de pie y buscó la cámara fotográfica.

—El único problema, para vos, es que vas a tener tus manos ocupadas… Pero no te preocupés, después te voy a hacerte gozar… - me anunció Claudia.

—¡Sos muy puta! –expresó Pablo, riéndose.

A continuación me puso la cámara en mis manos, pero antes de que me explique como manejarla, le dije que era fotógrafo. Y para demostrárselo, tomé tres fotos de Claudia -quien arrodillada e inclinada hacia atrás se pajeaba- y le mostré las imágenes.

—¡Sos bueno!, dale, sacá todo… - sostuvo y regresó a culear.

Pablo aprovechó la posición de Claudia y puso la pija en su boca. Ella la tragó y luego comenzó a lamer y dar lengüetazos en el glande, mientras que con una mano apretó el culo masculino y con la otra continuaba frotándose su clítoris hinchado.

Yo miraba todo a través de la cámara, acercando el lente a escasos centímetros de pija, labios, concha…  Estaba excitadísimo, tenía ganas de soltar el aparato y pajearme. En ese momento Claudia se puso a cuatro patas e indicó:

—Esperá Pablo. Primero metemela primero en la concha y después en el culo. Y vos, Alberto, buscá en el bolso mi tanga y ponetelá… hundite el hilito atrás y poné tu pija para arriba… Te va a encantar…

La calentura que tenía hizo que acepté en el acto su propuesta. Encontré la breve bombacha, de seda color blanco. Tras mirarla deseoso la llevé a mi nariz. Olor a buen perfume y sexo. Me la calcé, ajustadamente. La tirita trasera, hundida en mi agujero, y la suave telita presionando mi verga me brindó un sabroso placer.

Los gritos de gozo de ella hicieron que regrese al lado de la desbocada pareja. Claudia, con sus manos abriendo las nalgas, recibía los embistes de un sudoroso Pablo.

Ella ordenó cambiar de posición, lo acostó boca arriba y bajó su culo para recibir la pija. Su expresión embelesada hizo que me acercase para tomar primeros planos, hasta que sentí una deliciosa conmoción: ¡las manos de Claudia acariciaron mis bolas a través de la tanga!

—¡Es hermosa tu pija!, hace rato que la deseo… - pronunció.

Y en un rápido movimiento la sacó por el costado de la bombachita y con su carnosa lengua la lamió, para luego metérsela en su caliente boca.

Creí desmayarme. Una hermosa hembra, con su culo ensartado en una pija, tetas firmes que saltaban, tenía sus labios rodeando mi pedazo…

—¡Qué puta reventada sos mi amor! Dos pijas para vos… ¡Te vamos a bañar en leche! - exclamó Pablo.

—¡Si!, ¡soy reputa, me encantan las pijas, que me recogan!; y recién empiezo… - aseguró Claudia.

(Continúa)

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