Gays - Dominación

Me llaman Cascabel (final)

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RESUMEN

No podía quitar mis ojos de esa verga mientras el doctor la untaba con abundante vaselina y tía Celia seguía sobándome las nalgas y poniéndome cada vez más caliente, aunque también sentía miedo. “¡Qué grande la tiene!”, pensaba yo.

“Tiene que doler cuando entra en un agujerito tan chico”, me decía, pero con miedo y todo sentía unas ganas enormes de tener esa cosa dentro de mi culo. Sentía todo mi cuerpo ardiendo, como si tuviera fiebre, pero era deseo, un deseo sexual que me abrasaba entero, con las manos de tía Celia en mis nalgas y esa verga ya lista, bien parada, palpitante y reluciente de vaselina.

-Bueno, Cascabel –me dijo el doctor. –preparate para comer… -y rió de una manera que me pareció deliciosamente perversa. Cuando rodeó el escritorio vi que se había quitado los zapatos, el pantalón y el calzoncillo. Ya a mis espaldas, junto a tía Celia, le dijo: -Ábrale las nalguitas, señora.

-Con todo gusto, doctor… Mire que lindo agujerito tiene; rosadito y bien cerrado.

-Ya se lo voy a abrir… -dijo el doctor y volvió a estremecerme con esa risita morbosa.

Sentí las manos de tía Celia aferrando mis nalgas y abriéndolas. Después el contacto inicial de la cabeza de la verga con mi orificio anal y yo temblando de pies a cabeza mientras sentía que la verga presionaba para penetrarme. ¡Y me penetró! Primero unos centímetros… ¡Y qué dolor tan fuerte sentí! Tan fuerte que grité mientras el doctor me sujetaba con fuerza por las caderas y su verga avanzaba dentro de mi culito. Entonces, el alivio de percibir que ese dolor iba atenuándose y cuando sentí los huevos del doctor repiquetear contra mis nalgas ya el dolor había desaparecido y en cambio el placer era indescriptible. Esa verga avanzaba y retrocedía dentro de mi culo, a veces a un ritmo veloz y por momentos lentamente, deteniéndose en el fondo unos segundos para después retomar el ir y venir. Yo jadeaba presa de la más ardiente excitación y el doctor Iñíguez jadeaba también, roncamente, hasta que por fin sentí los varios chorros de leche caliente que inundaron mi culo mientras yo tenía mi pito totalmente erecto y me abrasaban las ganas de masturbarme.

Después de unos segundos el doctor me ordenó que me arrodillara y le limpiara la pija. Lo miré, confundido en mi inexperiencia de novato mientras tía Celia, a mis espaldas, tomaba mi cara entre sus manos y la acercaba a la verga. Vi que pequeños restos de semen brillaban en el glande y entonces el doctor me aclaró: -Vamos, Cascabel, limpiá esa lechita con la lengua…

-Sí, doctor… -dije y tomé su verga con una mano para cumplir con la orden. Eran apenas unos pocos restos, pero me encantó lamerlos y que el doctor gimiera de placer al contacto de mi lengua con su pija y que tía Celia me alentara con sus labios pegados a mi oreja: -Bien, Cascabel… Muy bien…

Alrededor de media hora más tarde el doctor estaba listo para gozar nuevamente de mí y yo estaba deseando entregarme.

-¿Sabés lo que quiero que hagas, Cascabel? –me preguntó el doctor sentado en un sillón tapizado de cuero negro mientras tía Celia me tenía en cuatro patas.

-No… dígame, doctor…

-Quiero que me la chupes, nene… -me dijo mientras sostenía su verga, que empezaba a pararse, con su mano derecha.

Yo había sentido ganas de hacerlo cuando le limpié la verga con la lengua y ahora iba a darme el gusto.

-Tráigalo al perrito, señora… -le pidió a mi tía y ella dijo con tono burlón: -Es perrita, doctor…

Él lanzó una carcajada: -¡Sí, señora, claro que sí! ¡una perrita muy putita!

Yo estaba coloradísimo de vergüenza y muy caliente por el trato que me estaban dando. Tía Celia me agarró del pelo y me llevó hasta el doctor, que me ordenó arrodillarme. Lo hice y presa de la más intensa excitación, sin esperar a que me lo ordenara, me incliné hacia la verga con la boca abierta. Él volvió a reír y me dijo: -Tenés hambre, ¿eh, putita?

-Sí, doctor… sí… -me escuché decir.

-¿Y por qué tenés tanto hambre, putita? –me estaba llamando putita y yo me estremecí al sentir que lo era.

-No sé, doctor… -respondí confundido y con los ojos fijos en esa verga.

-Porque sos una putita tragavergas… Por eso, Cascabel… Decilo…

-¿Qué… qué tengo que decir, doctor?... pregunté consumido por una ansiedad que crecía incontenible dentro de mí.

-Lo que sos, Cascabel… Decí lo que sos…

Me costó, por la vergüenza y por la conmoción que sentía al descubrirme una putita, pero finalmente lo dije, aunque en voz baja: -Soy… soy una… una putita traga… tragavergas…

-No te oímos, perrita… ¡Más alto! -dijo Tía Celia a mis espaldas.

-Por favor, Tía… -me atreví a rogar, pero ella insistió con tono duro: -¡Más alto!

-Soy… soy una putita tragavergas… -repetí temblando y esta vez los dejé conformes.

-¡Bien, Cascabel! ¡muy bien! –aprobó el doctor. –Abrí la boca entonces y haceme una buena mamada hasta sacarme toda la leche…

-Sí, doctor… -murmuré sumisamente y de inmediato me metí ese manjar en la boca y empecé a chupar. Era la primera vez que lo hacía y no estuve seguro de hacerlo bien, pero los gemidos del doctor me tranquilizaron. Con esa verga bien dura en la boca yo me sentía en la gloria, ajeno al paso del tiempo. No supe cuánto estuve chupando hasta que el doctor empezó a jadear muy fuerte y de pronto me inundó la boca con varios chorros de semen caliente que me llevaron a las cumbres más altas del placer.

-¡Tragá, putita!... ¡Tragá todo!... –me exigía con voz ronca para después volver a los jadeos y gemidos.

Era tanta la leche que tenía en la boca que estuve un rato largo bebiéndola toda.

-Ya está, doctor… Ya la… ya la tragué… -dije y entonces intervino tía Celia: -A ver, date vuelta y abrí la boca. –me ordenó y obedecí.

-Tragó todo, doctor… Ni una gota dejó la muy putita… -me aprobó  y entonces aproveché para pedir que me dejaran masturbarme.

Cuando volví a la oficina el doctor estaba todavía en el sillón de cuero negro, conversando con tía Celia.

-Oíme, perrita puta, le estaba comentando a tu tía que esto recién empieza. Te quiero acá dos o tres veces por semana. Ella te va a avisar cuando tengas que venir.

-Lo que usted diga, doctor… -acepté contentísimo de saber que iba a seguir gozando de esa hermosa verga.

Cuando volvimos a casa tía Celia me ordenó que me desnudara y me pusiera a preparar la cena: -Pero antes oíme… -me dijo: -Mirá que sos putita, ¿eh, Cascabel? Estabas como loca con la verga del doctor Iñíguez…

-Tía… ¿usted me… me ve como una nena?... me atreví a preguntar sintiendo que me ponía coloradísimo (¿coloradísima?) de vergüenza.

Ella lanzó una carcajada y dijo: -Sí, Cascabel… te veo como una nena, como una muy hermosa nena… Linda carita, lindo cuerpo… buenas piernas, hermoso culo… Voy a dejarte crecer el pelo bien largo y mañana vamos a salir a comprarte ropa…

La miré asombrado y ella dijo: -Sí, a partir de ahora vas a usar ropa de nena...

-¡Ay, tía! –alegué entre inquieto y excitado. Me costaba creer lo que estaba viviendo, pero tía Celia no me dejó margen para la duda.

-Cuando hayamos comprado esa ropa vas a usarla cada vez que te mande a hacer la compra.

-¡Ay, tía, pero los vecinos!...

-Los vecinos en sus cosas y nosotros en lo nuestro, Cascabel… -concluyó tía Celia y me resigné. Ella me dominaba. Me tenía completamente en sus manos y yo no iba a poder evitar que hiciera conmigo lo que se le antojara.

Fin

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