Gays

Relato erótico

Confesiones de un putito

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RESUMEN

Sólo me atraen los hombres mayores e incluso los viejos. Sí, puede resultar medio raro, pero esto es así desde mis trece años, la edad en que me descubrí gay, y se mantiene muy vivo en mí ahora, cuando acabo de cumplir los dieciocho, aunque no represento más de quince o dieciséis.

Me llamo Jorge y soy un chico de cabello castaño y rizado, ojos oscuros y un cuerpo delgadito pero con algunas curvas sugerentes, cintura muy fina, piernas largas, de muslos bien torneados y un culo empinado, redondito y carnoso.

Vivo con papá y mamá y desde hace unos días, luego de terminada la preparatoria, trabajo en un estudio contable donde lamentablemente mis tres compañeros son jóvenes y la dueña es una mujer. Ninguna posibilidad por ese lado. A veces visitan el estudio hombres maduros, pero se encierran en la oficina de la dueña y luego se retiran lanzando al aire un saludo despersonalizado.

Yo vengo sintiendo cada vez más ganas de perder mi virginidad y ser usado sexualmente por algún madurón o un vejete. Estoy decidido a convertir mis fantasías en realidades y entonces, cuando voy por la calle miro descaradamente a esos hombres que despiertan mi morbo, con la esperanza de algún ligue. Me da vergüenza admitirlo, pero no puedo negar que soy cada vez más gay y que mi necesidad de vergas aumenta día a día.

……………..

¡Ay, por fin! Esta mañana, en el subte camino a mi trabajo, pasó lo que voy a contarles.

Faltaban dos estaciones para bajarme cuando sentí a alguien pegado a mi espalda, o mejor dicho a mis nalgas. Me di cuenta que era una pija eso que se apretaba y refregaba contra ellas, de un cachete al otro y a veces en el medio de ambos. Giré un poco la cabeza y por el rabillo del ojo vi que se trata de un viejo canoso y de rostro enjuto. Ese frotamiento no tardó en excitarme y entonces hubo un clik dentro de mí y supe que había llegado la hora, que no quería dejar pasar la oportunidad que me proponía el azar al ponerme a ese viejo degenerado en mi camino.

Empecé entonces a mover mis nalgas al ritmo que esa pija dictaba y tuve que controlar los jadeos que pugnaban por brotar de mi boca mientras, para evitarlo, respiraba dificultosamente por la nariz.

Yo vestía una camisa ajustada, de manga corta, y un jean muy ceñido también y de pronto, cuando alcé mis brazos para tomarme de dos pasamanos, sentí, para mi turbada sorpresa, que los labios del vejete se aplastaban contra mi brazo derecho.

Ahí ya no pude contenerme y se me escapó un gemido. El desconocido rió por lo bajo entre dientes y me dijo al oído: -Nos bajamos en la próxima, nene. Andá para la puerta.

Obedecí, bajamos y ya en el andén pude observarlo bien mientras él, que caminaba a mi derecha, me llevaba tomado de un brazo. Era un hombre de unos 70 años, de cabello gris y elegantemente vestido de traje y corbata.

-Hoy es mi día de suerte. –me dijo mientras subíamos la escalera hacia la calle. –Mirá que encontrarme con un  chico tan lindo.

-¿Adónde vamos? –le pregunté.

-A mi casa. Vivo solo. Vamos a estar tranquilo. ¿Cómo te llamás?

-Jorge, señor…

-¿Jorgelina dijiste?, lindo nombre.

-No… Jor… Jorge, señor, soy varón… -alegué poniéndome colorado. Pero él insistió: -Sí, sí, sí, es muy lindo nombre Jorgelina, muy apropiado para una zorrita como vos. –y me resigné a que me llamara así mientras sentía que ese tratamiento me excitaba oscuramente.

-Y usted cómo se llama, señor? –quise saber.

-Abel, llamame señor Abel…

-Sí, señor Abel… -acepté sumiso.

Con tantas cosas que están pasando a mí me daba un poco de miedo eso de ir a la casa de un desconocido, pero se impuso la calentura y me dejé llevar.

En cuanto entramos al departamento el tipo me abrazo por la cintura y sus manos descendieron enseguida hasta mis nalgas mientras me besaba en el cuello y su boca buscaba mis labios. Yo sentía su pija dura contra mi vientre y estaba ardiendo de ganas.

Él me tomó de una mano y fuimos al dormitorio, donde empezó a quitarse la ropa y me ordenó que me desnudara. Mientras me desvestía lo observaba, piel blanca, carnes flácidas, vello escaso y grisáceo. Un viejo de ésos con los que he fantaseado morbosamente por años. ¡Y qué linda verga bien parada! Enseguida sentí deseos de mamarla y me puse rodillas ante él, como para darle a entender lo que yo deseaba.

Él comprendió y me dijo: -Ah, te gusta tomar el biberón, ¿eh, Jorgelina?... Bueno, abrí la boquita.

La abrí y en cuanto me entró el glande empecé a sorberlo sin poder creer que semejante goce fuera real y no una de mis afiebradas fantasías. Chupe y lamí durante un buen rato incluso le di una buenas lamidas a los huevos, abrí la boca bien grande y me comí uno de los dos para después volver a la verga hasta que él me ordenó que parara.

-El segundo va a ser en la boca, Jorgelina; ahora quiero darte por el culo.

-Sí, señor Abel, como usted diga… -y quedé esperando órdenes.

-A la cama de espaldas, linda… Doblá la almohada en dos y acóstate sobre ella, encogé las piernas y separá bien las rodillas. –me ordenó y lo hice. Entonces se arrodilló ante mí sosteniendo con la mano derecha su verga bien erecta y untada con una crema que había sacado de la mesita de noche. La dirigió despacio hacia mi orificio anal y después de algunos embates me la metió hasta el fondo de un  solo envión.  

Sentí un dolor fuerte cuando la verga me entró, pero enseguida ese dolor se convirtió en goce y todo fue placer mientras ese hermoso ariete cárneo iba y venía dentro de mi culo hasta que sentí los varios chorros de leche caliente que me inundaron haciéndome estremecer. El señor Abel y yo jadeábamos y gemíamos, con él echado sobre mi pecho, entre mis muslos que mi violador acariciaba febrilmente.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos repusimos de ese primer ajetreo sexual, pero lo cierto fue que en determinado momento miré al señor Abel, que descansaba a mi lado, y vi que su verga estaba erecta. La tomé con mi mano derecha y me incliné para después ir acercando mi boca lentamente hacia ese manjar. Al advertir mis intenciones el señor Abel me alentó: --Sí, sí, Jorgelina, adelante… Quiero una buena mamada…

-Sí… Sí, señor Abel… ¿Y… y tengo que… que tragar la lechita? –pregunté con fingida inocencia, porque en realidad a esa altura ya me sentía totalmente una putita.

-¡Claro, Jorgelina! ¡hasta la última gota! –contestó él entusiasmadísimo y entonces me apliqué a la tarea.

(continuará)

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