Lésbicos

Relato erótico

La italianita

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RESUMEN

No hablaban el mismo idioma, pero en la cama llegaron a entenderse a la perfección.

Eran las tres de la mañana cuando cerramos el bar y salimos, cada uno disparado hacia su casa. Uno de los mozos se ofreció a llevarme en su motocicleta, pero preferí caminar un poquito hasta la parada de taxis y esperar a que llegara don Pablo, un viejito simpático que terminaba su servicio a esa hora y me acercaba a mi casa. Finalmente llegué y me acosté a dormir, exhausta, y desperté cerca de las nueve y media. Me di una larga ducha y comí una ensalada de frutas con miel. Me tocaban tres días acumulados de descanso, que pensaba dedicar a ordenar mi casa, es decir el pequeño cuarto que alquilaba en un extremo de la ciudad, ordenar mi ropa, leer o escribir en mi vieja máquina Olivetti y después dar un paseo, tal vez ir al cine si me sentía demasiado aburrida.

Mi vida en esos días transcurría en esa cómoda rutina, era una existencia gris. monótona, casi anestesiante. Me habían obligado a renunciar a mi trabajo como profesora de filosofía en el colegio de mi pueblo cuando alguien puso en manos de la directora una cartita de amor que me había escrito una alumna, con la que nunca tuve nada. Eso trajo como consecuencia que mi pareja, que vivía en un pueblo vecino, me dejara sin aceptar ninguna de mis explicaciones, que mis padres me echaran de la casa y, finalmente, sola, sin trabajo  y con una valijita  en la que cabían mis pocas pertenencias, para hacer realidad aquello de “pueblo chico, infierno grande”, me vi en la parada de autobuses, señalada por todos como una leprosa. Caí en una depresión terrible al llegar a la capital, tanta que, si bien conseguí trabajo en una escuela pública, tuve que dejarlo enseguida porque no soportaba pararme en un salón de clases. Trabajé como doméstica en varias casas de familia hasta que conseguí empleo en el bar. Me costó adaptarme a ese ambiente, pero finalmente conseguí que mi empleador me tomara confianza y terminé trabajando como cajera del turno noche.

Pasaron dos años antes de que volviera a tener contacto con mi familia. Primero me plantearon que tal vez yo estaba enferma, que si iba a un sicólogo, o a un siquiatra… al principio me hizo gracia. Simplemente me traje mis libros y mis discos, algunas fotos y mis carpetas con mis viejos proyectos de escritura. Todo quedó arrumbado en un viejo cajón que compré en un remate de muebles. La máquina de escribir me la regaló la novia de mi empleador cuando se compró una computadora. Escribí en ella un par de cuentos pero enseguida volví a caer en el mismo estado de desgano. Esa mañana salí a caminar y anduve por la ciudad vieja.

El verano se estaba yendo y las primeras señales del otoño se dejaban ver en las hojas de las acacias y de los álamos. Me senté en una plaza, a la sombra de un árbol, a disfrutar de la brisa mientras decidía qué hacer el resto del día. La caminata me había relajado y la brisa estaba sencillamente deliciosa. Cerré los ojos y me dejé caer sobre la hierba, me hubiera gustado dormirme sin que me importara el bullicio de los pájaros ni el ir y venir de los transeúntes. A los pocos instantes alguien me sacudió los hombros suavemente.

-Scusse siñorina, ¿si siente bene?

Abrí los ojos sorprendida por ese acento italiano que solo había oído en películas. Contesté que sí, que no me pasaba nada y me puse de pie, avergonzada por la situación que me convertía en centro de atención de los transeúntes. La mujer que me habló era una muchacha no muy alta, vestía bermudas  rojas, sandalias negras y una camiseta clara con una imagen de Snoopy que le sentaba muy bien. Era blanca pero su pelo era muy negro, largo y lacio, y tenía ojos almendrados.

-Scusse, mi español non é molto bono… pero acasso lei me puede señalare come llegare a questa galería de arte… ío cargo un mapa pero…

La galería quedaba a unas cinco cuadras, de manera que decidí acompañarla porque también estaba cerca del supermercado donde pensaba comprar comida. Me detuve a mirar un desnudo sobre fondo azul mientras ella entregaba un sobre a una empleada de la galería.

Se despidió de mí con mucha cortesía y yo seguí mi caminata hasta el supermercado.

Esa tarde dormí una siesta larguísima, tan larga que me hizo sentir culpable porque después no tenía sueño en la noche, y tampoco tenía ganas de salir. Como la luz se había ido, encendí mi pequeño radio de baterías y escuché música con los ojos cerrados, mientras por la ventana me llegaban los rumores de la calle, bocinas estridentes con música de rock, voces de gente que pasaba, ruidos de pasos. Finalmente me dormí y desperté poco antes de las siete de la mañana. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan descansada. Me di una ducha y decidí que primero caminaría y que después cocinaría un arroz con habichuelas y carne de cerdo guisada, me daría una “jartura” y en la tarde visitaría a mi vieja amiga Asun, a la que no veía desde hacía tres meses. Experimenté una sensación de alivio. Tenía resuelto en qué ocupar el domingo pero… como dice un antiguo proverbio sumerio: “Los designios de los dioses son inescrutables para los humanos”. Me puse mi único conjunto de gimnasia: un pantalón negro de algodón, dos camisetas encimadas para traspirar un poco, y sobre ellas el sueter, mis gastadas zapatillas deportivas y guardé algo de dinero en mi sostén.

Decidí que respiraría un poco de aire de mar, así que me monté en un transporte público y después caminé por el malecón. Llegué hasta el final de la barrera de piedra y me detuve un momento a contemplar las enormes siluetas de los buques anclados en el puerto. El sol se estaba poniendo cada vez más picante, pero no me preocupó, no solamente porque me haría traspirar un poco más, sino porque al entrar al supermercado el aire acondicionado me refrescaría. Crucé la calle y decidí regresar por las veredas de los hoteles de turismo. Las fuentes y los chorros de agua de los suntuosos jardines estaban encendidos. Un olor a tierra húmeda llenaba el aire.

Caminé despacio, tan distraídamente, que no advertí que un taxi salía de un resort y, al acelerar, casi me lleva por delante. El taxista era un moreno alto y fornido. Bajó el vidrio de la ventanilla y me insultó de la peor manera. La cara se me encendió de indignación y me quedé mirándolo fijamente. La pasajera que iba en al asiento de atrás bajó entonces y le ordenó que se fuera. Un guardia de seguridad privada se acercó a mediar porque el hombre quería que le pagaran. La pasajera, en trabajoso español, le dijo que si no se iba de inmediato, presentaría una queja en la gerencia y sacó de su cartera una agenda electrónica y comenzó a anotar el número de unidad y de matrícula. Entre lo tenso de la situación y la intensidad de los sentimientos de ira que me embargaban, solo cuando el hombre se hubo marchado pude darme cuenta de que la pasajera era en realidad la joven italiana que el día anterior me había hablado en la plaza. Me estrechó la mano y se excusó nuevamente, dijo que me había reconocido antes de bajar del auto y que el día anterior había lamentado no haberme dicho su nombre ni que yo le dijera el mío.

-Me llamo Silvia.

-Io sono Antonella.

El guardia se alejó al ver que nos estábamos entendiendo. Antonella vestía pantalones de jean, una blusa marrón de algodón de mangas cortas y sandalias negras. Llevaba atravesado un bolso de tela muy pequeño. Me explicó que en realidad quería ir a desayunar a un lugar donde hubiera comida típica, que ya estaba algo cansada de los hoteles y de los shopings. En ese momento me preocupó mi aspecto de vagabunda pero, para no desairarla, le dije que podía sugerirle un lugar y ella meneó la cabeza y me pidió que la llevara.

-De acuerdo.

Llamé a un taxi que pasaba y le indiqué el nombre de un comedor económico en la avenida que desemboca en la universidad central. Antonella se dio una “jartura” de plátanos fritos, chicharrón de cerdo y yuca con cebolla. A mí me resultaba difícil creer que en un cuerpo tan delgado pudiera caber tanta comida. Obviamente que ese desayuno me hizo abandonar por completo mis planes de almuerzo. En su trabajoso español, Antonella me preguntó a qué me dedicaba, contesté aproximadamente la verdad, solo me guardé lo de que soy profesora en filosofía y la forma en que abandoné la docencia.

-Io sono profesora da literatura, ma non trabajo en enseñare, sono asesora di un grupo editoriale e lavoro come comentarista di libro per una publicazione di Milano.

-¿Vives en Milán?

-No, no, vivo en Roma, pero paso il fine de setimana, de semana… en Milano.

Parecía que la dificultad de hilvanar frases, ella en español y yo en mi rudimentario italiano, hacía que el desafío de comunicarnos se fuera tornando cada vez más interesante, tanto que la charla me hizo olvidar mi aspecto por un rato, al menos. Supe que Antonella había venido a hacer un trabajo de asesoría para su embajada, y que tendría que quedarse como un mes y medio, de manera que debía dejar su habitación en el hotel de turismo y mudarse a uno más económico o alquilar un departamento, aunque con euros todo es más económico en el Caribe. Finalmente, por esa especie de solidaridad espontánea que tenemos los latinos con nuestros iguales europeos, le di la dirección de mi trabajo y mis horarios, y me ofrecí para ayudarla en lo que me fuera posible, que era muy poco, según me parecía en ese momento.

Ella me dio una tarjeta con su nombre, su teléfono en Roma y su correo electrónico. Nos despedimos poco antes de las once y durante varios días no volví a saber de la italianita de ojos inolvidables. Mi fin de semana libre se escurrió como arena entre mis dedos y el martes en la noche retomé mis largas rutinas en el bar. En la madrugada del sábado una lluvia torrencial se desató al llegar a mi casa y me empapé hasta los huesos, pese a que el trayecto que tuve que caminar era muy breve. A la luz de una vela me quité toda la ropa mojada y, sin secarme, me acosté a dormir con la esperanza de que la luz volviera cuanto antes. Me despertó el viento del abanico casi a las nueve de la mañana. Salté de la cama y, después de un café con galletas de soda, volví a calzarme mi ropa de transpirar y salí a caminar sin rumbo. Como los caballeros medievales que salían en busca de aventuras y dejaban que fuera su caballo el que eligiera el rumbo, anduve casi veinte cuadras y llegué a un parque muy amplio que era el lugar favorito de los atletas y beisbolistas de la ciudad. Di una carrera entre senderos arbolados, subí una cuesta que me hizo sacar la lengua y salí a la calle que queda al otro extremo, me detuve bajo un frondoso árbol a recuperar el aliento y a disfrutar de la brisa que refrescaba mi cuerpo transpirado. El canto de los pájaros se mezclaba con el estruendo de los carros de las calles adyacentes. Otras personas pasaban corriendo, solas, en grupos, algunas en lujosas bicicletas de carrera. Di unos pasos mientras respiraba el aroma de la hierba, de las hojas y de las flores, y en ese momento sentí como nunca el peso enorme, implacable, de la soledad. Vi una silueta difusa que se acercaba trotando como a trescientos metros, su andar era elegante, gracioso y vital. Mi sorpresa no pudo ser más grande cuando, al tenerla bien cerca, reconocí a Antonella.

Nos saludamos de manera casi impersonal, hasta que ella me pidió que la acompañara a trotar. Acepté aunque estaba exhausta y la transpiración ya era como una película sobre toda mi piel. Como a los doscientos metros Antonella se detuvo y nos sentamos un momento. Ambas resoplábamos y hablábamos de manera entrecortada mientras recuperábamos las fuerzas.

Antonella me contó que se había mudado a un departamento, no muy lejos de ahí –dijo- y señaló en dirección al mar, que era apenas visible desde donde nos encontrábamos. Caminamos un trecho y  nos enjugamos la transpiración, ella con una toallita que traía colgada de la cintura, yo con la manga de mi sueter.

-¿Come stai, Silvia?

-Pues… estoy muerta de sed.

-Alora… scúsame, podemos ire a mia casa e bebere acua e… parlare, come si diche… charlar…

Asentí.

La casa de Antonella no quedaba tan lejos, pero no estaba tan cerca o al menos mis piernas no parecían concordar con esa idea. Su departamento era el cuarto de un edificio recientemente construido al que se llegaba por una agotadora escalera. Pensé que si yo tuviera que subir y bajar todos los días esa escalera no necesitaría trotar por el parque pero… cada loco con su tema, me conformé. El departamentito estaba bien organizado, una morena de baja estatura y entrada en carnes estaba lavando los pisos. Antonella encendió un abanico de techo y el soplo me refrescó el rostro sudoroso. Me dio a beber un vaso de agua que me supo al más exquisito vino y charlamos, esta vez con un poco más de claridad. Me enseñó fotos de su familia, un gesto que me conmovió porque en realidad apenas nos conocíamos. Cuando terminé de ver el pequeño álbum Antonella me preguntó si tenía “fame”, mi soreprendida mirada hizo que me explicara por señas, si quería comer algo. Le expliqué que en realidad, lo que quería era ir a darme una ducha y cambiarme esa ropa transpirada.

-Te puedo dare una bolita- sugirió sonriendo al pronunciar esa expresión coloquial.

Finalmente me acercó a mi casa en un carro cuya marca no pude identificar y nos despedimos con toda naturalidad.

La noche del sábado el bar estuvo tan concurrido que cerramos casi a las cinco de la mañana. Dormí desde las seis y media hasta la una de la tarde, aproveché el sol para lavar algo de ropa y antes de las seis estaba otra vez rumbo al bar. Fue una semana lenta, me costaba dormir, sentía necesidad de recapitular mi vida. Desempolvé mis libros y mis viejos apuntes de la universidad y hasta sentí nostalgia de mis años de estudiante, de mis días como profesora. Me imaginé charlando con Nayelis, la novia de mi empleador, sobre Nietzche y sus principios, sobre la forma en que el viejo Schopenhauer demuele los fundamentos de la moral de Kant, sentía una pequeña voz interior que me decía, esto es lo tuyo, Silvia, deja ya de castigarte, mujer…

Releí los pasajes más significativos de “Así hablaba Zaratustra”, repasé los fundamentos de mi tesis sobre la influencia de Kierkegard en Heidegger, y me puse a garabatear ideas sueltas en una hoja en la máquina de escribir. Finalmente escribí un cuento, dos mujeres se conocían en una estación de trenes, viajaban ambas a pueblos vecinos en una zona montañosa, durante el viaje intercambiaban historias, anécdotas y recuerdos, terminaban descubriendo que las dos eran fanáticas de la música clásica, una de Paganini, la otra de Vivaldi, que a las dos les gustaba el dulce de leche, que les gustaba despertar en la madrugada y escuchar los ruidos de la calle, que ambas soñaban con viajar a Roma y caminar por la Vía Apia, tomarle fotos a la columnata de Bernini y visitar la Gallería degli Ufizzi. Ambas creían que se verían de nuevo en el viaje de regreso pero eso no sucedía. Solo al final, cuando la protagonista finalmente viaja a Roma y se hospeda en un hotel en la vía Véneto, descubre que la otra ocupa la habitación contigua. En su última noche en Roma, la protagonista está desnuda, viendo por la ventana de su habitación la noche sobre la ciudad eterna, cuando siente una respiración en su nuca, unos senos contra su espalda y unos brazos que la abrazan desde atrás. Una de las dos pregunta

-¿Me esperabas?

La otra responde

-¿Por qué tardaste tanto?

Decidí que repartiría mis currículos en algunos colegios. Rescaté mi viejo conjunto de falda marrón oscuro y chaqueta del mismo color. Me maquillé con sobriedad y me arreglé el pelo. Era viernes, de manera que entre las dos y las cuatro de la tarde, recorrí cinco escuelas. Cuando salía de la última, un edificio de dos plantas con un patio muy amplio y un parqueo vigilado, descubrí que enfrente estaba la embajada de Italia. No pude evitar acordarme de Antonella y de que ella trabajaba en ese lugar. Me quedé viendo el colorido escudo del consulado y la bandera mientras recordaba algunos pasajes de mi cuento. Caminé distraídamente y me senté en un banco en la parada de autobuses de  la esquina. Mi mente estaba lejos de allí, en medio de mi distracción recordaba unos versos de Rosalía de Castro:

¡Otra vez!, tras la lucha que rinde

y la incertidumbre amarga

del viajero que errante no sabe

dónde dormirá mañana,

en sus lares primitivos

halla un breve descanso mi alma.

-Silvia, Silvia, ¿sei tú?

Mi sorpresa fue mayúscula. Antonella estaba detrás de mí, me asusté. Era como si mi invención literaria se estuviera haciendo realidad, al menos en parte. Solo en ese momento tomé conciencia de que la escena final de mi relato transcurría en Roma ¿qué trampas me estaba tendiendo mi subconsciente?

-Oh, qué sorpresa, ¿cómo estás?

-¿E qué haces tú per aquí?

-Oh, vine a traer un currículo a este colegio.

Antonella vestía un pantalón azul y una blusa negra con botones blancos, llevaba el pelo recogido con una cinta de terciopelo negro y unos aretes plateados. Estaba muy bonita.

-Estás molto bonita- dijo ella como si fuera un eco de mi pensamiento.

-Gracias, tú también estás muy bella.

-Mira, acompáñame, buscamos mi caro e te acerco adonde vas, ¿tú trabaca alora?

-Oh, sí, en el bar, pero todavía es temprano.

Cruzamos el patio lateral de la embajada y llegamos a un parqueo donde un guardia de seguridad nos franqueó el paso. Antonella condujo hacia la ciudad vieja mientras me comentaba que le costaba comunicarse con la gente pero que ya había hecho algunas amistades que no eran italianas

-Ma, tú sei la primera- dijo y puso su mano sobre la mía.

-Gracias.

Hablamos de sus horarios de trabajo, de los apagones, del tránsito que a ella le parecía menos traumático que el de Roma, finalmente me preguntó cuáles eran mis días libres.

-Cada dos semanas me tocan tres días corridos, por ejemplo, desde mañana, hasta el martes.

-¿E qué piensas hacere? Digo, scúsame, non quiero sere indiscreta.

-No tengo planes, todavía, salvo ir a correr mañana.

Sus ojos se iluminaron y eso me sorprendió.

-Va bene, mira, ío paso a buscarte, e vamos a correre, e luego vamos a la playa, la mejor playa que tú conoces, ío te invito, ¿quieres?

-Oh, sí, encantada.

Antes de las nueve del sábado esperé a Antonella en la vereda de la cuartería. Durante toda la noche luché contra mi entusiasmo, pensé en otras cosas, me dije que debía conducirme con naturalidad… en fin…

Cuando llegamos a casa de Antonella, después de correr varios kilómetros por el parque, me sentía tan cansada que casi no tenía ganas de hablar. Ella se mostró apenada, me dijo que tal vez me había hecho correr demasiado, pero la tranquilicé. Puso a calentar en un microondas una pasta de ñoquis con salsa blanca que olía a sazón desconocido para mí. Una sola vez en mi vida había probado esa comida típicamente italiana.

Antonella me sugirió que me duchara primero mientras ella preparaba la mesa. Esa ducha me renovó totalmente, tanto que comí con entusiamo. Finalmente fuimos a la playa y estuvimos entrando y saliendo del agua hasta el atardecer. Antonella usaba un traje de baño enterizo de color negro, muy parecido al mío, sabía nadar muy bien y le gustaba más el agua que tomar sol, algo en lo que coincidíamos plenamente, solo que su piel muy blanca y llena de pecas se enrojeció como si se hubiese teñido con lápiz labial. Era de noche cuando llegamos a su casa, muertas de hambre. Preparamos unos sandwichs de vegetales, jugo de naranjas y, mientras ella se daba una ducha para quitarse toda la sal, yo acomodé todo en una bandeja y puse dos almohadones en el balcón, para comer en el piso y disfrutar de la brisa que corría a esa hora. Me duché rápidamente, me puse una calza azul de algodón y una camiseta roja sin mangas. Nos sentamos a comer mientras, gracias a que había luz, Antonella puso algo de música, un CD de Laura Pausini que me encantó. Comimos en silencio mientras la brisa traía música de bachata, de merengue y en la cercana avenida el estruendo de las bocinas se oía como un rumor lejano y apagado.

Antonella tenía puesta una camisa roja y un short de algodón del mismo color. Cuando terminamos de comer recogí todo y rápidamente lavé los utensilios, pese a la oposición de mi anfitriona. Cuando terminé ella me esperaba en el balcón con una botella de un licor que para mí era todo un misterio. Resultó ser un vino moscato de Siníscola, una región cuyo nombre tenía para mi fantasía reminiscencias de romanzas y bosques de cipreses. Brindamos y conversamos después largamente. El lenguaje de Antonella me sonaba más familiar ahora, como si estuviéramos construyendo un entendimiento que… di un respingo y supongo que debo de haber palidecido en el momento exacto en que ella me miró a los ojos mientras me hablaba… me di cuenta de que yo había venido preparada como para quedarme, y ella en realidad no me había invitado, me sentí apenada por mi falta de sentido de la situación.

Antonella se alarmó.

-Silvia, ¿que cossa suchede?

-Oh, no, no es nada, dije mientras me ponía de pie y me dirigía a sentarme en una silla en la salita. Inventaría una excusa para irme, pediría un taxi o…

Antonella se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Recosté mi cabeza en su hombro.

-Trancuila, ragazzina, tuto va stare bene…

La miré a los ojos con miedo, con terror, con infinita ansiedad, y me encontré con su sonrisa franca, luminosa, límpida y, como si la magia existiera y los sueños se hicieran realidad así, aun cuando nos negamos a esperar lo inesperado pero en el fondo nos morimos de ganas de que suceda, nuestras caras se acercaron y luego de segundos que encerraron para mí toda una eternidad, Antonella me besó, y su lengua que sabía a licor me embriagó mucho más que todo el vino que pudiera beber a lo largo de una vida.

-Per favore, bambina, ven- pidió ella y me tomó de la mano para llevarme a su dormitorio. Como si el viento del mar se hubiera apoderado de mi sangre, la apreté contra una pared del cuarto y la besé hasta que me faltó el aire. Sus manos comenzaron a deslizarse debajo de mi ropa mientras su boca trazaba senderos de tibieza alrededor de mi cuello. Se dejó besar mientras se desnudaba y después me fue quitando la ropa con toda la lentitud que pudo. Su piel clarísima estaba llena de pecas, su sexo depilado tenía una inocencia casi infantil que me enloquecía, sus manos expertas y suaves me fueron desnudando de a poco, cuando me quitó la calza, me abrazó desde atrás y sus manos jugaron con mi vellón, se sentó sobre la cama y me tuvo frente a ella, con la tanga a medio quitar, mientras sus dientes mordían con suavidad la blandura de mis glúteos. Me hizo tender de bruces sobre la cama y un dedo mágico me fue trazando una línea recta que nacía en mi nuca y terminaba en mi cuevita trasera, después me dio vuelta y su lengua jugó a darle brillo a mis pezones, anduvo como una hormiguita juguetona alrededor de mi ombligo mientras sus dedos me abrían como si hojearan las páginas secretas del más misterioso de los libros. Sentí las suaves estocadas de su lengua que encendía tempestades eléctricas sobre mi pelvis hasta que mi sexo sediento de caricias se transformó en nube, en algodón de azúcar, en armonía y me abrí de par en par al tiempo que mi gemido delataba mi llegada a la más alta cumbre del deseo. Todavía temblorosa apreté con los dientes los pezones de Antonella, froté su vientre claro con mis senos, la hice dar vuelta para que mi lengua acariciara su coxis, lamí sus orejas y besé su cuello y, cuando descendí al paisaje rosado de su sexo humedecido de ganas, dejé que mi lengua soñara con la miel más salobre hasta que su cintura se arqueó y sus manos me apretaron para que mi boca se fundiera sobre su templo de tibieza, la sentí estallar y después aflojarse mientras libaba los últimos estertores de su saciedad. Permanecimos abrazadas y silenciosas, hasta que ella me preguntó cómo me sentía.

-Maravillosamente- respondí. Me besó de nuevo y nos embarcamos en un sesenta y nueve como nunca soñé que se pudiera ejecutar. Antonella alcanzó el clímax antes que yo y después me hizo llegar al paraíso. Nos dormimos enseguida. En la mañana desperté y me encontré sola en la cama, fui al baño y encontré a Antonella en la ducha. Mientras ella me hablaba de lo bien que se sentía, me cepillé los dientes y luego la abracé bajo el chorro de agua para darle los besos más largos y mojados que inventé para ella durante el sueño. Antonella coló un café y después me ayudó a secarme, como se estaba tomando todo el tiempo del mundo le hice notar que el café se enfriaría si no se apuraba, pero cuando ya estábamos sobre la cama y la sentí apoderarse de mi desnudez recién lavada, me di cuenta de que el café no le preocupaba demasiado. Pasamos ese día en la cama y en la tarde, agotadas de tantos orgasmos, nos dormimos hasta la madrugada del lunes.

Mi vida tomó otro rumbo desde entonces. Aunque no me quise mudar con Antonella, fuimos felices y nos enamoramos. Finalmente conseguí trabajo en una universidad y la estadía de Antonella la embajada se prolongó por unos meses más, casi hasta mediados de mayo. En ese tiempo ella me ayudó a conseguir una beca de estudio en la Universida degli Studi di Roma La Sapienza, de manera que me fue fácil obtener el visado. Tuve que hacer un curso intensivo de italiano pero, con una profesora que me enseñaba de manera tan amorosa, o mientras me hacía el amor, mis progresos fueron increíbles.

Mi última lección de italiano fue una madrugada, el premio al cuestionario que respondí a la perfección fue un cóctel de dulces, dulce de naranja en los pezones de Antonella, dulce de cereza en mi pubis, miel en el monte de Venus de Antonella, dulce de ciruela en mi entrepierna. Su sexo se me escapaba por momentos como si estuviera tratando de atrapar con los labios la más empalagosa y escurridiza fruta, pero ningún dulce podría cambiar el sabor del botoncito mágico que mi lengua acarició con fruición hasta que Antonella se tensó y el gemido de su orgasmo fue la melodía más hermosa que acarició mis oídos. Ella me hizo viajar a las imágenes más hermosas que pudo dibujar mi cerebro mientras su lengua inventaba todas las diabluras posibles en mi sexo, vi una cascada, un atardecer marino, un águila sobrevolando un pico nevado, vi una guitarra que sonaba como si hubiera encerrado los trinos de todos los pájaros del mundo, vi una ola gigantesca que suavizaba la arena hasta dejarla como terciopelo, y me elevó sobre las nubes y las constelaciones para despertar en los brazos de mi amada y ser infinitamente feliz como una niña que descubre el secreto del amor y la belleza…

La voz de una azafata de Alitalia, primero en español, después en italiano, luego en inglés, me saca de mi ensoñación. 

La temperatura en Roma es de 29 grados centígrados. El avión estará tocando tierra en el aeropuerto del Fiumicino dentro de dos horas y media. Hace veintiocho días que Antonella regresó a Italia, hace veintiocho siglos que mis labios sueñan con sus besos, hace veintiocho eternidades que mi sexo añora el idilio de sus caricias. La llamé a su celular poco antes de subir al avión, le dije, entre otras cosas, que me preocupaba el vestuario con que debía presentarme al primer día del curso, pero ella se rió un poco, me dijo que hay tiempo suficiente para afinar ese detalle y, con ese cantaíto picarón que le conozco tan bien, me respondió al final

-Cara mía, non te preocupes, que per unos días non vas a necesitare nesuna clase de ropa…

¿Me habrá querido decir exactamente eso que sospecho que me quiso decir?

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