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Las desventuras de Elena (9)

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  • Ya nada ni nadie podría impedir la degradación total de Elena, su transformación en animal con mínima capacidad cerebral, la necesaria para recordar acontecimientos cercanos en el tiempo, reconocer a las personas de su actual entorno, obedecerles y temerles.

    La pobre va olvidar por completo su pasado, su historia, su familia, su matrimonio y hasta su nombre, que su Ama Julia reemplazaría por el de Puta.

    La doctora Fuentes continuó aplicándole a diario una nueva dosis y progresivamente la niebla iba ocupando el cerebro de la pobre esclava.

    Con los últimos restos de lucidez comprendió lo que le estaban haciendo y para aplicarle la cuarta dosis Wanda debió intervenir en ayuda de la doctora, por la desesperada resistencia de la esclava. Finalmente, entre ambas lograron reducirla a bofetadas y golpes de puño en el estómago y la médica pudo aplicarle la inyección cuando Elena estaba al borde del desvanecimiento.

    Julia la visitaba día por medio y comprobaba, con sádica satisfacción, como la droga iba haciendo efecto.

    -¿Cómo te llamás, querida? –le preguntó al cuarto día.

    Elena movió la cabeza de un lado al otro, con el ceño fruncido y los ojos cerrados, en un esfuerzo por recordar su nombre, pero al cabo de algunos segundos abandonó el intento y entre sus párpados asomaron lágrimas.

    -Bueno, no te preocupes, esclava, a partir de ahora tu nombre es Puta. ¿Entendido?

    -Sí… -murmuró Elena.

    -Abrí los ojos, Puta. –le ordenó Julia y la pobre obedeció.

    ¿Sabés quién soy yo?

    -Sí… el… mi Ama… mi Ama Julia…

    -¡Muy bien, Puta! ¡muy bien!

    Julia ya no la vio hasta que Elena hubo recibido la sexta dosis y su satisfacción fue absoluta cuando al entrar a la celda vio a Elena sentada en el piso, acurrucada contra la pared del fondo, las piernas flexionadas y los brazos rodeando las rodillas.

    Julia se le acercó lentamente, regodeándose con el espectáculo que Puta le ofrecía.

    -Hola, miserable. ¿Cuál es tu nombre?

    -Pu… Puta… respondió la esclava en voz baja mientras en sus ojos se advertía el miedo.

    -Muy bien. Ahora contame. ¿Sos casada, Puta?

    Elena cerró los ojos y con el rostro tenso pareció tratar de comprender, pero sin éxito y dijo: -No entiendo, Ama Julia…

    Julia lanzó una carcajada: -¡Claro que no entendés!... No entendés porque ya no sos una persona; sos un animal, Puta, y esto tampoco lo vas a entender, pero sí vas a entender que tenés que ser obediente, muy obediente, porque sabés que Wanda y yo somos malas y nos gusta hacerte sufrir… ¿Sabés lo que es obedecer, Puta?

    -N… no, Ama Julia…

    -Obedecer quiere decir hacer todo lo que se te ordene… ¿entendiste?

    -¿Qué es ordene? –balbuceó la esclava.

    -Quiere decir lo que se te diga que hagas. ¿Entendiste?

    -Sí, Ama Julia…

    -Porque si no obedecés, Wanda y yo te vamos a castigar, ¿sabés lo que es castigar?

    Elena negó con la cabeza y entonces Julia la tomó firmemente del pelo y la puso de pie. En el rostro de la esclava se dibujó una expresión de miedo. Julia le cruzó la cara de una bofetada y enseguida repitió el golpe. Elena gritó y se cubrió el rostro con ambas manos, para después ponerse a gemir.

    -Eso es castigar, Puta. ¿Te gustó el castigo?

    -No… no, Ama Julia…

    -¿Entonces vas a obedecer? ¿vas a hacer todo lo que se te ordene?

    -Sí… sí, Ama Julia… no me… no me pegue… -gimoteó la esclava

    ¿Sabés quién es Wanda, Puta?

    -Sí… la señorita Wanda… -musitó Elena y Julia volvió a reír: -¡Perfecto, Puta ¡perfecto! Ahora ponete en cuatro patas.

    Y Elena obedeció sin vacilar. Julia aplaudió, perversamente entusiasmada con el resultado del tratamiento aplicado a su esclava y abandonó la celda para ir al encuentro de Wanda, que estaba en sus dependencias del sector celdas.

    -¡Es impresionante! ¡Impresionante, Wanda! ¿Ya la viste a Puta? Ése es su nombre a partir de ahora.

    -No, no quise verla antes que vos, Julia, que sos su Ama.

    -Te agradezco tu delicadeza, querida, pero ahora que yo ya la vi te pido que le eches un vistazo. Es un perfecto animal hembra, con cerebro mínimo. Quiero que volvamos a organizarle una buena cogida por varios machos.

    Por muchos, querrás decir…

    -¡Sí, por muchos! –se exaltó Julia.

    -Escuchame, vamos a organizar eso como un show al que invitaremos a todos los integrantes del Club, hombres y mujeres. Que los hombres la cojan y las mujeres disfruten del espectáculo.

    -¡Maravilloso! –se exaltó Julia y convinieron que la organización del show quedaría a cargo de la guardiana.

    -¿Cuántos machos hay en el Club?

    -Veintidós …

    -¡Veintidós vergas va a tragar esa noche por la concha y por el culo! ¡va a quedar destrozada!

    -¿Te importa?

    -No, claro que no, ya logré de ella todo lo que quería y más… -dijo Julia, que pareció pensar durante un instante y luego agregó: -¿Sabés una cosa, Wanda? Si esa noche la destrozan y termina entre las bestias sería para mí la frutilla del postre… En cuanto puedas andá a ver a Puta, vas a quedar fascinada. Le enseñé a tenernos miedo a las dos y que tiene que obedecernos. Está hecha un animal doméstico atemorizado. ¡Una belleza!

    -Sí, querida, en cuanto te despida la veo. ¿Vamos?

    -Vamos… -y ambas se dirigieron hacia la salida de la mansión.

    De regreso, Wanda llamó al Sumo Regente para ponerlo al tanto del estado mental de Puta y de lo que iba a organizar para ella. El vejete aprobó la idea y dejó todo en manos de la guardiana que sin demora y ganada por la curiosidad se dirigió a la celda de quien había sido Elena.

    Puta estaba echada en el camastro cuando el ruido de la llave girando en la cerradura la sobresaltó y el miedo se hizo expresión en su rostro al ver a Wanda que portaba en su mano derecha un rebenque de campo.

    -Arriba, Puta. –ordenó la guardiana y Puta se puso de pie recordando en un pliegue de su memoria animal que tenía que obedecer.

    -Muy bien. ¿Sabés lo que es saludarme?

    Puta negó con la cabeza: -Cada vez que yo entre acá vas a decirme “hola, señorita Wanda” …

    -Hola, señorita Wanda…

    -Y cada vez que entre tu Ama vas a decirle “Hola Ama Julia”

    -¿Entendiste?

    -Sí, señorita Wanda… -contestó Puta después de un momento en el que pareció tratar de meter en su disminuido cerebro lo que acababa de escuchar.

    -Muy bien, animal, ahora decime, ¿recordás quién es Elena?

    Puta cerró los ojos, frunció el ceño y luego murmuró: -No… no, señorita Wanda…

    -Muy bien, sabés que es castigar ¿cierto?

    -S… sí, sí señorita Wanda ¡duele! ¡duele!

    -Ponete en cuatro patas…

    -Sí, sí, señorita Wanda… Duele… ¡duele!

    -Claro que duele. –dijo la guardiana y a espaldas de Puta le pegó un fuerte rebencazo en su portentoso culo.

    Puta gritó y volvió a gritar cuando un segundo rebencazo le cruzó las nalgas y no dejó de hacerlo cuando Wanda siguió pegándole hasta completar diez rebencazos. La pobre mezclaba gritos y llanto. -¡Duele! ¡duele! –repetía entre sollozos mientras movía sus caderas de un lado al otro intentado vanamente esquivar los azotes.

    -Mirame, Puta. –le ordenó Wanda. Puta giró hasta quedar frente a la sádica mujer y elevó hacia ella una mirada donde se leía el miedo.

    -Duele, ¿eh, Puta?

    -Sí… sí, señorita Wanda…

    -¿Recordás lo que es obedecer?

    Puta entornó los ojos y luego de un instante dijo: -S… sí, señorita Wanda… Tengo que hacer lo que… lo que me digan…

    -Muy bien, y si no lo hacés habrá castigo, lo de recién…

    -Duele… ¡duele!...

    -Bueno, veo que ya sos un animal doméstico, Puta. Con tu Ama hemos completado la obra. –dijo Wanda con una expresión satisfecha en su rostro y abandonó la celda para empezar la organización del espectáculo de Puta y los veintidós machos.

    (continuará)

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