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Confesiones de un putito (2)

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  • ¡Qué placer sentí con la verga del señor Abel en mi boca! Él jadeaba y gemía mientras yo la chupaba y por momentos me la metía bien profundamente en la boca provocándome arcadas, entonces reía sádicamente y la hacía retroceder un poco para que yo pudiera seguir mamando.

    -Lamé, Jorgelina, además de chuparla lamela un poco y quiero tu lengua de putita en mis huevos también… ¡Vamos!

    Las órdenes eran muy claras y me encantó obedecerlas. Estuve lamiendo la verga en toda su extensión y los huevos hermosamente hinchados hasta que llegó otra orden: -Ahora volvé a mamar, Jorgelina…

    -Sí, señor Abel… -murmuré excitadísimo y deseando ansiosamente que por fin soltara la leche. Y la soltó poco después. Fueron tres chorros abundantes y calientes que inundaron mi boca de putita sedienta. Tragué toda esa deliciosa lechita hasta la última gota mientras él respiraba agitadamente, gemía y por momentos me elogiaba: -Qué buena mamona sos, Jorgelina… Qué buena putita…

    Cuando terminé de tomar toda la leche le agradecí y él me dijo: -Esto recién empieza y se va a poner muy caliente, putita…

    -¡¿Más caliente todavía?! –pregunté entre divertido y excitado.

    -La próxima vez te vas a llevar una sorpresa… -me dijo.

    -Ay, por favor, cuénteme, señor Abel… -le pedí intrigado mientras él se reponía echado de espaldas en la cama.

    Pero él se limitó a reír: -No, putita, si te contara no sería una sorpresa.

    No tuve más remedio que reconocer que tenía razón y pasé dos días sin pensar en otra cosa que en esa sorpresa y masturbándome varias veces.

    Ese primer encuentro había sido un martes y me llamó el jueves a la noche a mi móvil. Habíamos terminado de cenar y después de una sobremesa de charla con papá y mamá yo estaba en mi cuarto mirando en la computadora fotos de viejos muy bien dotados.

    -¿Qué estabas haciendo, Jorgelina? –me preguntó y se lo conté con un ronroneo. Me calentaba sobremanera ese tratamiento en femenino que me daba.

    -Esos señores me estaban haciendo pensar en usted, señor Abel… -continué ronroneando.

    -Me estás haciendo parar la verga, putita…

    -Ay, que lindo... Qué pena no estar ahí para tragarla… -me lamenté y entonces él me dijo: -Vas a tragarla mañana, Jorgelina. Te espero cuando salgas del trabajo y vamos a tener para largo, así que inventá alguna excusa para tus papis.

    -Como usted quiera, señor Abel… ¿Va a haber una sorpresa como usted me había dicho?

    Escuché su risita y me dijo: -Claro, putita… ¡Una buena sorpresa!...

    Yo les había dicho a papa y mamá que ese viernes iba a cenar afuera con un amigo y que volvería tarde, de manera que estaba libre para disfrutar de la sorpresa del señor Abel.

    Llegué a su casa a las ocho de la noche y él bajó a franquearme la puerta del edificio. Una vez en el hall de entrada me saludó descaradamente con un beso en los labios y sus manos aferrando mis nalgas, sin importarle que alguien pudiera vernos.

    El saludo me sofocó y me dejó calentito para lo que se vendría y yo hasta ese momento ignoraba.

    Llegamos al apartamento y una vez en el living me encontré con “la sorpresa”: un hombre de la misma edad que el señor Abel, aproximadamente, sentado en un sofá y vestido con traje y corbata.

    -Bueno, Orlando, aquí está la putita. –dijo el señor Abel y el visitante avanzó hacia nosotros, vino. Era gordo, calvo y de estatura media.

    Che, Abel, es más linda de lo que imaginé. –juzgó mientras me pellizcaba las mejillas.

    -Agradecele el halago, putita. –me ordenó el señor Abel Por supuesto agradecí y las manos del señor Orlando pasaron de mis mejillas a mis nalgas, haciéndome gemir de placer.

    -Mmmmmhhhh, parece que está caliente la putita… -dijo dirigiéndose al señor Abel, que agregó: -Es muy calentona, vive hambrienta de pijas.

    -¡Pues vamos a darle pija ya mismo! –se entusiasmó el señor Orlando y me ordenó desnudarme. Lo hice con manos temblorosas, por la calentura que sentía y las ganas ansiosas de gozar de dos vergas.

    Ellos se desvistieron también y ya los tres desnudos me llevaron al dormitorio.

    -A éstas me gusta cogerlas teniéndolas en cuatro patas. –dijo el señor Orlando una vez allí.

    -Perfecto, si son perritas… -coincidió el señor Abel y me ordenó trepar a la cama y que me pusiera como había dicho el señor Orlando. Obedecí estremecido y con la piel erizada de pies a cabeza, respirando agitadamente por la boca y sin poder apartar mis ojos de esas vergas que iba a comerme.

    -Vos empezás, Orlando, gentileza de la casa, jejeje… -dijo el señor Abel.

    -Pero no, che, démosle los dos juntos. Eso sí, dejame el culo y vos usale el hocico. Después cambiamos, yo tengo resto, ¿y vos?

    -¡También! –se ufanó el señor Abel y le extendió a su amigo el pote de vaselina que sacó del cajón de la mesita de noche. El señor Orlando se arrodilló ante mí, me dio el pote y me ordenó que le untara la verga. Casi muero de emoción cuando me puse a untarle con la vaselina esa verga ya bien erecta y dura.

    -Bueno, ya está, putita. –dijo y volvió a ubicarse detrás de mí mientras yo desfallecía de ganas. Sentí las manos del señor Orlando sobándome las nalgas y vi, a centímetros de mi rostro, la verga enhiesta del señor Abel, que me dijo: -Abrí el hocico, putita… -y claro que lo abrí para engullir ese manjar al mismo tiempo que sentía el glande de la otra verga pugnando por entrar en mi culo.

     

    (continuará)

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