Infidelidad - Hetero: General

Relato erótico

El terrible peso de la duda

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El terrible peso de la duda

RESUMEN

Una infidelidad desata la mala conciencia y los miedos de una joven

Me llamo Sara, tengo 25 años, y lo que ahora os contaré ocurrió hace unos años. Trataré de explicar una experiencia vivida por mi por si a alguien le puede resultar de ayuda. En nuestra vida, muchas veces hacemos cosas sin pensar y luego, cuando nos entra el miedo y el arrepentimiento no podemos dejar de pensar en lo que hemos hecho. Algo así me ocurrió a mí…

Todo comenzó un fin de semana del mes de Julio de hace dos años. Ese sábado celebrábamos la despedida de soltera de Sonia, una de mis mejores amigas, la cual la conozco desde la infancia y juntas hemos compartido estudios, novios y muchas noches de fiesta loca. Al fin parecía que Sonia iba a sentar la cabeza pero antes de eso le esperaba una última fiesta. Éramos 17 chicas de edades entre 21 y 34 años disfrazadas de enfermera camino hacia el restaurante en un autocar alquilado para la ocasión. En el trayecto brindamos con cava y con chupitos para comenzar a animar la fiesta mientras le gastábamos todo tipo de bromas a la futura novia.

El restaurante era bastante mono, acogedor, por no decir pequeño, pero con todo tipo de detalles y una buena ambientación. Yo ya había estado allí antes, en otra despedida, y recordaba haberlo pasado muy bien. Durante la cena continuó corriendo el cava y la sangría abundantemente y las risas se escuchaban dicharacheras aquí y allá. En el mismo comedor que nosotras había otra despedida de solteras y también una de solteros, los más escandalosos sin duda. Ellos eran unos 25 y lanzaban miraditas de una mesa a otra buscando una posible presa a la que hincar el diente. A uno de esos chicos lo sorprendí mirándome en varias ocasiones. No era feo, tampoco guapo, pero tenía un cierto atractivo en la mirada. Le sonreí un par de veces al verme observada y entonces él miraba hacia otro lado. La cosa no pasó de ahí.

Poco después comenzaron los espectáculos. El primero fue el de los chicos. Dos bailarinas comenzaron a bailar insinuantes sobre la tarima al ritmo de la música, la cual estaba bastante fuerte. Poco a poco se fueron desprendiendo de sus ropas, la una desnudando a la otra, hasta quedar tan sólo vestidas con unos minúsculos tanga de color morado. Los chicos bramaban piropos y obscenidades a las dos chicas, que seguían sin bajar de la tarima. Eran bastante monas, la verdad. Una era morena, de ojos verdes y media estatura. La otra algo más bajita, con el pelo castaño claro en una melena que le llegaba a media espalda. Las dos tenían pechos grandes y una cintura de abeja de las que yo creía no existían en la vida real. Movían el culo de un lado para el otro haciendo las delicias de los chicos que casi babeaban viendo el espectáculo. Luego las dos chicas bajaron de la tarima y se acercaron a su mesa. Pasaban de uno en uno por todos ellos magreando sus tetas contra la espalda de los chicos y dejándoles acariciar ocasionalmente un muslo o un pecho. Uno de los chicos sacó un billete de 20 euros de la cartera y estirando la tela del tanga de la morena se los introdujo bajo la braguita. La chica, agradecida, le preguntó al chico si quería subir con ella a la tarima. Él aceptó. La otra chica hizo lo propio con otro de los chicos que también le había dado una buena propina y los cuatro subieron en la tarima. El resto de los chicos les animaban desde la mesa con grandes alaridos.

Las dos chicas comenzaron a provocar a los chicos. Les decían que si eran verdaderos machos, que si lo eran debían demostrarlo, que hacía tiempo que no veían una buena polla y cosas así y cuanto más les picaban más nos divertíamos los demás al ver sus caras de desconcierto y timidez. Finalmente, la calentura que les provocaba tener aquellos cuerpos semidesnudos tan cerca les hizo sucumbir a las provocaciones y mientras ellos se dedicaban a lamer los pechos de las chicas o a bajarles el tanga para acariciar su sexo ellas los comenzaron a desnudar hasta dejarlos completamente en bolas

Aquello comenzaba a ponerse interesante. Las pollas de aquellos chicos no eran ni mucho menos grandes, digamos que normalitas pero sirvió para hacer aumentar la temperatura de nuestros cuerpos en varios grados. Ahora, las dos mesas de las chicas también gritaban y decían obscenidades a los chicos de la tarima y cuando las dos chicas dieron por finalizado el show se escuchó un gran aplauso en toda la sala y risas y murmullos por doquier.

Tan sólo tuvimos unos minutos de relax pues enseguida comenzó el espectáculo para las chicas. Al igual que las bailarinas, en la tarima aparecieron dos Boys que comenzaron a bailar al ritmo de la música mientras se deshacían con bastante gracia de sus ropas. Ellos no tuvieron ningún pudor en deshacerse de sus slips y quedar completamente desnudos ante nosotras. Era increíble. Aquellos dos ejemplares estaban buenísimos. Tenían un cuerpo muy trabajado y cuidado y sus pollas descomunales apuntaban al cielo casi desde el mismo momento en que habían comenzado su actuación. Fue entonces cuando noté que me estaba empezando a calentar de veras. En realidad tenía motivos para ello, no sólo por la visión exuberante del miembro del boy, si no porque durante los días previos a la despedida había tenido la regla y no había mantenido relaciones con mi novio, cosa que por otra parte suelo hacer casi cada día. Imagino que por eso comencé a excitarme de una manera que hacía tiempo no recordaba.

Los boys bajaron de la tarima y cada uno de ellos se dirigió hacia una mesa. En ambos casos las respectivas novias eran los centros de atención de los boys. Era a ellas a las que dedicaba todos sus bailes, todas sus caricias, todas sus provocaciones. Yo me moría de la envidia en esos momentos pero casi no pude resistirlo cuando Sonia intentaba abarcar con sus dos manos la larga herramienta del chico, y a una indicación de éste le lamió suavemente y con agrado el rojo glande del chico. Aquello era una tortura terrible. Tener una polla tan rica tan cerca y no poder catarla me resultaba desmoralizador, más al ver la cara de felicidad que tenía Sonia mientras saboreaba ese exquisito manjar. A este tío le va a estallar la polla, pensé al ver lo dura que se le ponía y lo marcadas que tenía las venas con las lamidas de Sonia, pero no salió de allí ni una gota de leche.

Después de jugar durante unos minutos con Sonia el Boy regresó a la tarima y después de recoger sus ropas desapareció tras el escenario. Nuevamente aplausos y murmullos, pero ahora la mayoría de las chicas teníamos los rostros desencajados y la cara roja de excitación. Yo notaba la humedad de mi sexo y en aquel momento hubiese dado lo que fuera por haber sido penetrada por aquella polla gigantesca, pero la fiesta en el restaurante había acabado y el autocar nos esperaba para llevarnos a una discoteca cercana. Pasó más o menos una hora entre que llegamos al sitio y nos distribuimos por el local con nuestras bebidas. Aquella calentura enfermiza parecía haber desaparecido dando paso a una sensación de euforia, probablemente debida al efecto del alcohol.

Al principio no había demasiada gente en la pista. Como siempre, mis amigas y yo fuimos las que tuvimos que animar el cotarro. Comencé a bailar, y mientras lo hacía me encontraba genial. La música y yo habíamos conseguido entendernos de tal manera que nos compenetrábamos como uno solo. Poco a poco la gente se fue animando, la pista comenzó a estar llena y el calor se fue haciendo cada vez más intenso.

Tan inmersa estaba en mis bailes y en el disfrute de la música que no me di cuenta de que alguien se estaba rozando conmigo hasta que ya fue demasiado evidente. Noté la contundencia de un bulto impactar contra mi trasero y entonces lo descubrí a él. Era el chico de la cena, el de las miraditas, que bailaba tan pegado a mí que con sus movimientos y los míos nuestros cuerpos se encontraban y chocaban. Si eso con lo que me has golpeado es tu polla debes estar bien servido, pensé mientras me limitaba a sonreírle nuevamente. Esta vez él me devolvió la sonrisa y continuamos bailando. Nuestros cuerpos se seguían rozando, al principio de manera sutil e involuntaria, luego cada vez más premeditadamente. Yo notaba el contacto de su piel con la mía. Ese chico era puro fuego, su piel ardía incluso al contacto de la mía que volvía a estar bastante caliente. En una de las canciones me agarró de las caderas y yo comencé a bailar con movimientos sexys y provocativos hasta que noté como sus manos dejaban la seguridad de mis caderas para buscar la textura de mis nalgas. Yo no dije nada, me encantaba sentirme bien agarradita. Además, como digo mi calentura volvía a ir en alza y sin darme cuenta estaba a punto de llegar a esa fina línea en la que ya no hay vuelta atrás.

Sus manos comenzaron a moverse en círculos sobre mis nalgas, círculos cada vez más amplios. Imaginé qué era lo que pretendía hacer pero no traté de impedírselo en ningún momento. El boy de la cena había hecho bien su trabajo, sus manos en mi trasero ahora me lo recordaban de nuevo y él parecía saberlo. Volví a sentirme tan excitada, tan caliente como lo había estado durante la cena. En realidad mi deseo no había desaparecido, sólo se había adormecido y las caricias de ese tío lo estaban volviendo a despertar. Por fin sus manos se decidieron a buscar por debajo de mi falda y cuando noté sus dedos retirar la tela de mi tanga y llegar hasta mi clítoris fue como perder la conciencia de mí misma. Ya no importaban ni la música, ni la gente, ni el calor, ni el baile, tan sólo abrí las piernas y me dediqué a saborear las sensaciones que sus dedos hacían surgir de mi entrepierna. Escalofríos de placer recorrían toda mi columna vertebral. Ráfagas de placer iban de mi coño a mi cerebro y luego de vuelta a mi coño. Era maravilloso. Cuando me corrí creo que estuve a punto de caerme. De hecho no me caí porque mi amigo me sujetaba fuertemente.

El mismo me sacó de la pista de baile de la mano. Yo le seguía como una autómata, todavía drogada por el efecto devastador del orgasmo. Hasta que no me invitó a entrar en su coche no me di cuenta realmente de lo que allí estaba pasando pero ya no era momento para hacerse la estrecha. Dentro del coche me desabrochó la blusa y dio con el cierre de mi sujetador, que cayó entre mis manos mientras nos besábamos apasionadamente. Sus manos gruesas y algo rudas se apoderaron de mis pechos sensibles y los comenzó a magrear con fuerza. Yo misma me bajé las bragas hasta los tobillos y abrí las piernas mientras buscaba con desesperación su polla bajo los bóxer.

No recuerdo mucho más de aquel chico, sólo que estaba tan caliente que se corrió rápidamente vaciando todo su esperma en mi vagina sin casi llegar a disfrutar del polvo.

Casi con la misma rapidez con la que me había follado se despidió de mí y lo perdí de vista.

Llegué a casa sobre las siete de la mañana. Me di una ducha para quitarme los restos de semen y sentirme así limpia. Me puse unas bragas y una camiseta fina y me acosté en la cama, junto a mi novio que se había despertado con el ruido.

¿Qué tal ha ido? –me dijo a la vez que su mano buscó un pecho.

Bien, pero tengo mucho sueño, estoy cansada. –le dije para evitar tener que complacerle.

Esa noche no pude dormir casi nada. Todo el rato me venía a la cabeza la misma idea. Había sido una inconsciente, primero por engañar a mi novio, el cual no se lo merecía, pero segundo, y peor aún por haber estado con un tío al que no conocía de nada y sin tomar precauciones. No me preocupaba que me dejase embarazada, eso era casi imposible, pues desde hacía tiempo tomaba anticonceptivos, lo que me preocupaba era que me hubiese pegado alguna cosa. Por eso tampoco quise hacer el amor con mi novio, por miedo a que yo me hubiese contagiado y pudiera pegarle algo a él también.

Al día siguiente fui al médico para hacerme la prueba del SIDA.

Mientras tanto los días iban pasando. Yo seguía muy preocupada, dormía mal, tenía mal carácter y a veces lloraba sin ninguna causa aparente. Por las noches mi novio me reclamaba atención y yo me las veía y me las deseaba para darle largas. Lo de que estaba cansada y que me encontraba mal sólo sirvió durante unos días. Luego tuve que masturbarlo o hacerle alguna mamada pues él cada vez entendía menos mi repentina falta de apetito sexual.

Un día no aguantó más y no se conformó con que le masturbara.

Déjame, no me apetece. –le dije yo ante una insinuación suya.

¿Pero qué te pasa últimamente? Voy a empezar a sospechar que tienes a otro.

No, -me apresuré a decir. No, no es eso, es que…

¿Es que qué?

Nada, ya te lo diré cuando lo sepa yo.

Anda, ven aquí. –dijo él a la vez que me envolvía entre sus brazos.

No, de verdad, no puedo.

Pero mis palabras no parecían tener valor para él y mediante caricias fue acallando mis negaciones y lamentaciones. Me sentí aún más culpable. Mi novio era dulce, sensible, comprensivo y cariñoso y yo le había engañado con alguien a de quien ni siquiera sabía su nombre.

Sus caricias fueron cada vez más intensas hasta llegar al punto de que comencé a olvidarme del verdadero motivo por el que no quería hacer sexo con él. Agachado sobre mis muslos los lamía con voracidad de arriba abajo y de derecha a izquierda acercándose lentamente hacia mis ingles como solía hacer siempre que quería volverme loca de placer. Luego su lengua entraba en mi sexo, recorriéndolo de arriba abajo, introduciéndose por sus pliegues, ensalivando mi pequeña perlita que se ponía mucho más sensible a sus caricias. Comencé a gemir y a respirar con fuerza mientras con las manos apretaba su cabeza contra mi coño. El deseo reprimido de muchos días se escapaba ahora por mi entrepierna en forma de flujo y convertía mi sexo en un inmenso río de lava. Me corrí, me corrí otra vez, y una tercera antes de que mi chico se decidiera a perforarme el sexo. Lo hizo con suavidad, con delicadeza, como solía hacer desde aquella primera vez en casa de sus padres. Le gustaba montarme, abrazarme mientras me penetraba y sentir mi cuerpo junto al suyo caliente y sudoroso. Se vació en mí con la misma delicadeza con que me había hecho el amor y poco después se quedó profundamente dormido. Esa noche tampoco pegué ojo pese a estar exhausta.

Las semanas que pasaron hasta que recibí los resultados del análisis fueron una auténtica pesadilla. Incluso me había preparado psicológicamente para confesar mi infidelidad en caso de que el resultado fuese positivo. Afortunadamente no fue así y resultó que estaba físicamente limpia, aunque no mentalmente y pese a que nunca le he confesado la verdad a mi novio creo que aprendí bien la lección.

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