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Relato NO erótico-porno

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 29)

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RESUMEN

Matilda es un relato de ciencia-ficción, con aventuras, camaradería, y algo de humor. En este capitulo: Súm en peligro.

La lanzadera se había estrellado contra un edificio, de una de las amplias avenidas de la capital de Mandoria. La Princesa intentó moverse en el amasijo de hierros pero no pudo, un dolor intenso en el costado la tenía casi paralizada. Se tocó y comprobó que una barra metálica se había introducido por el, y además la pierna la empezaba a doler terriblemente. Miró a su alrededor y a través de la ligera bruma que inundaba el vehículo, vio los cuerpos inertes de los escoltas. Un movimiento llamó su atención y vio a una de ellas que intentaba incorporarse con el uniforme manchado de sangre.

—¡Mi señora, mi señora! —exclamó mientras intentaba aproximarse apartando hierros y cables.

—No, no me muevas, es mejor no hacerlo, intenta pedir ayuda, me cuesta trabajo respirar, —dijo la Princesa con la voz entrecortada. La escolta zarandeó a un compañero que había a su lado, tendido en el suelo, que empezó a reaccionar lentamente. Se incorporó he intentó abrir la puerta de la lanzadera que empezó a ceder después de recibir varios empujones. Cuando lo consiguió, recibió un impacto en el pecho con un arma de partículas que le fulmino al instante.

—¡Nos atacan mi señora! —exclamó la escolta poniéndose delante de la Princesa para protegerla al tiempo que cogía su rifle, y activando su comunicador dijo—. ¡Atención central, situación hostil, nos atacan!

Ráfagas de partículas entraban por la puerta de la lanzadera creando un caos de chispas en su interior mientras la escolta intentaba responde al fuego disparando en dirección al origen de los disparos.

—«¡Atención lanzadera real!» —se oyó por el comunicador la voz crispada de Ramírez—. «¿Cómo está la Princesa?»

—¡Está muy mal y solo quedo yo! —respondió la escolta—. ¡Recibo fuego de armas desde el exterior!

—«¡Aguanta, os tenemos a la vista!» —la escolta vio instantes después como una lanzadera aterrizaba delante de la puerta interponiéndose y como sus compañeros salían de su interior tomando posiciones. Ramírez y dos soldados con equipo medico entraron rápidamente en la lanzadera.

—¡Hay que sacarla de aquí, ya! —exclamó uno de los médicos militares dirigiéndose a Ramírez, mientras junto con el otro atendía a la Princesa, poniéndola suero y oxigeno—. La barra la ha atravesado el pulmón, tiene una hemorragia interna y una fractura de fémur. Está muy grave, —por su comunicador aviso al hospital para que prepararan un quirófano para ella.

—La zona está asegurada, —dijo un oficial entrando en la lanzadera—. Hemos abatido a dos terroristas. Los refuerzos están llegando.

—Nos llevamos a la Princesa y a su escolta, —dijo Ramírez—. Con los refuerzos, amplia el perímetro y registra toda la zona. Cierra todos los accesos a la capital y bloquea las entradas y salidas del planeta.

—¡A la orden!

 

Los altos funcionarios del estado fueron llegando al hospital donde la Princesa estaba siendo operada. Al conocer la noticia, miles de ciudadanos comenzaron a congregarse en las inmediaciones del hospital en espera de noticias sobre su Princesa, “la princesa del pueblo” como la llamaban. El canciller Uhsak fue el último en llegar, porque el atentado le sorprendió en otro planeta del reino.

—¿Un atentado? —exclamó el canciller cuando se reunió con Ramírez y le informó del estado de la princesa—. Los accesos al planeta están muy controlados, es muy difícil que agentes del imperio…

—Todo apunta a que es interior, —le interrumpió cogiéndole del brazo y llevándole aparte—. Ya sabe que la Princesa se ha granjeado muchos enemigos entre la antigua clase dirigente: han perdido todos sus privilegios.

—No me puedo creer que esos cabrones hayan llegado ha tanto, —dijo Uhsak moviendo la cabeza de un lado a otro.

—Dispararon a la lanzadera con un misil buscador. Sabían a que hora iba a salir del palacio, su recorrido, y además estaban preparados para abatir a los supervivientes.

—¿Hemos tenido bajas?

—Los dos pilotos y tres escoltas muertos. Solo han sobrevivido, la Princesa y otra escolta. Por fortuna, hemos abatido a dos terroristas y hemos apresado a otro cuando intentaba escapar de la zona de seguridad. El jefe de policía ya le está interrogando.

Mientras tanto, miles de ciudadanos seguían congregándose frente al hospital y a media tarde, la cifra ya sobrepasaba de largo el medio millón. El jefe de la milicia mandoriana, desplegó a sus tropas para proteger a la multitud, que constantemente entonaba cánticos de apoyo a su princesa, iniciando así una vigilia que duraría hasta que, tres días después, se anunció que su estado había mejorado y que estaba fuera de peligro.

 

 

Sin sospechar lo que iba a ocurrir, Matilda se había trasladado al monasterio de Konark.  Mentalmente se encontraba perfectamente, pero necesitaba mucha tranquilidad y aislamiento para desarrollar los planes de batalla para Axos. Esa noche, Ushlas había llegado al monasterio para pasar la noche con ella, con la complicidad de la reverenda madre, que hacia la vista gorda.

—¿No había una celda más lúgubre? —ironizó Ushlas abrazando a Matilda—. ¡Tanta piedra, tanta piedra!

—Pues a mí me gusta. Además, está más aislada y si te pones a chillar me revolucionas a las hermanas, —dijo riendo.

—Ummm… ¿me vas a hacer chillar?

—Como a una zorra maradoniana.

—¿Y a que estás esperando? —dijo atacando con sus labios los de Matilda.

Las dos se tumbaron desnudas sobre la cama mientras sus lenguas luchaban entre sí.

—Lo peor de todo esto es no poder tenerte a diario conmigo, y olerte y besarte constantemente mi amor, —susurró Matilda.

Cuándo todo terminó, las dos se quedaron inertes, agotadas y felices, mutuamente abrazadas.

—Yo he chillado, pero tu también, que lo sepas, lista, —dijo Ushlas mientras sus manos se deslizaban por el sudoroso cuerpo de Matilda.

 

A la mañana siguiente, Camaxtli se reunió con ellas. Matilda necesitaba los servicios de su fiel jefe de ingenieros.

—Que alegría que me hayas llamado mi amor, —dijo la roja maradoniana achuchándola con sus cuatro brazos.

—Si, pero déjame respirar o te vas a quedar sin tu amor, —dijo Matilda riendo. Las tres mujeres se sentaron en una mesa llena de planos y papeles con anotaciones manuscritas.

—¿Dime, que necesitas? —preguntó Camaxtli.

—Necesito que me revises estos cálculos, —respondió entregándola varias hojas de papel—. ¿Entiendes mi letra?

—En la escuela no practicaste mucho con la escritura manual, —dijo Camaxtli revisando los documentos.

—Digamos que no era de las primeras de la clase, —respondió Matilda encogiéndose de hombros con una sonrisa.

—No me estoy enterando de lo que quieres, cariño, —dijo Camaxtli—. Entiendo que intentas calcular una cantidad de energía ¿pero para que?

—Necesito saber la fuerza que tengo que ejercer sobre una superficie para limpiarla de obstáculos.

—Eso es fácil, modulando los haces de partículas…

—No, no, espera… empecemos desde el principio. Como sabes, los complejos administrativos de Axos están protegidos por escudos, lo que quiero es disparar desde la orbita y hacer desaparecer todos los edificios del complejo para que los transportes de tropas puedan aterrizar en el solar resultante.

—Para eso necesitaras un arma nuclear de no más de un cuarto de kilotón, pero es imposible que puedas contener los efectos secundarios en el radio de acción directa del arma.

—No quiero armas nucleares…

—Cariño, entonces no es posible, porque disparando con las baterías principales de la Tharsis, no tendrías onda expansiva para limpiar los escombros porque crearías un cráter que te cagas.

—¡Mierda!

—A no ser que… —dijo Camaxtli.

—Te juro que como tengas una solución de morreo.

—¡Joder Matilda! no me digas esas cosas delante de Ushlas, que me da corte.

—Anda, anda, déjate de cortes. Venga, continua.

—Es un tema que hay que hilar muy fino, —continuo Camaxtli levantándose y acercándose a una antigua pizarra de colegio que había en la habitación. Estuvo inspeccionándola, buscando los controles hasta que por fin preguntó— ¿Dónde cojones están los mandos?

Matilda se levantó muerta de risa, y cogiendo un trozo te tiza se lo puso en la mano.

—¿Tengo que pintar con esto? ¡Qué pintoresco! —y comenzó a escribir ecuaciones incomprensibles para sus dos amigas. Desarrolló dos grupos de ecuaciones de varias líneas cada una rematadas con un resultado final que remarco subrayando con dos líneas paralelas. A continuación, más abajo comenzó a desarrollar dos grupos más de ecuaciones, estas más cortas. Matilda y Ushlas flipaban viendo a Camaxtli escribir signos a esa velocidad y como hacia los cálculos de memoria. Solo al final, cogió una tableta electrónica y consulto algunos datos. Finalmente, abajo del todo, empezó otra ecuación mucho más corta.

—Bueno, ya está —dijo Camaxtli señalando la pizarra con una de sus manos, mientras dos de sus brazos se ponían en jarras.

—¡Genial! Ahora explícamelo como si yo fuera tonta —dijo Matilda con el ceño fruncido.

El comunicador de Ushlas sonó y está se retiró a un extremo de la sala para no molestar. Estuvo hablando unos segundos y ante la aptitud crispada que empezó a evidenciar, Matilda y Camaxtli dejaron de hablar. Finalmente, cortó la comunicación y las miro con lágrimas en los ojos.

—Han atentado contra Súm en Mandoria. Está en el hospital, muy grave. Parece ser que atacaron su lanzadera con un misil. He ordenado al Tharsis que se prepare para partir inmediatamente.

 

Dieciocho horas después, Matilda y Ushlas, acompañadas por dos altas sacerdotisas de Konark, entraban en la habitación del hospital donde tenían a la Princesa. Sus dos doncellas, en un rincón de la habitación meditaban, mientras Ramírez, con aspecto de no haberse movido de allí desde el atentado, miraba por la ventana. Dos médicos y dos enfermeras, atendían en ese momento a la herida que permanecía en coma e intubada. Matilda y Ushlas abrazaron a Ramírez al que se le saltaron las lágrimas. Ushlas cogió del brazo a Ramírez y al canciller, que acababa de entrar en la habitación, y se los llevo a un rincón para no estorbar, mientras hacia una señal a los médicos para que se apartaran. Las doncellas apartaron la sabana que cubría a la Princesa dejando al descubierto su cuerpo desnudo y sondado. Matilda, empuño a Eskaldár y se aproximó a la cama mientras las sacerdotisas y las doncellas tocaban con las manos el cuerpo de Súm. Matilda, colocó su mano libre en el pecho de la Princesa y el aura de todo el conjunto se iluminó tenuemente para ir subiendo lentamente en intensidad según la concentración de las cinco mujeres aumentaba. Durante más de una hora estuvieron con ella mientras más médicos y enfermeras, y algún ministro, empezaban a llenar la habitación.  Finalmente, Matilda miró a sus compañeras y el resplandor comenzó a decrecer lentamente hasta que se extinguió. Las cinco mujeres sonrieron, y Matilda, mirando a Ramírez le guiño un ojo.

—No se preocupen doctores, no hemos hecho nada que interfiera en su tratamiento, —dijo Matilda dirigiéndose a ellos— pero sus heridas son tan graves que su aura mística se había deteriorado de manera muy peligrosa. Lo que hemos hecho, es donarla parte de la nuestra para regenerar el suyo. Se va a recuperar, lo hemos visto, —y dirigiéndose al canciller le dijo—. Vamos a hablar donde no molestemos.

Las sacerdotisas y sus doncellas se sentaron en el suelo, en un rincón y comenzaron a meditar. Ushlas se acercó a la cama, beso en la frente a su amiga, y salio de la habitación siguiendo a todos los demás. Entraron en una salita contigua y cerraron la puerta.

—¿Cómo es posible que algo así haya ocurrido? —preguntó Matilda muy seria e irritada—. Sabíamos que había posibilidad de que el emperador intentara algo contra ella, por eso se formó su guardia personal.

—No ha sido el emperador, Matilda, —contestó Ramírez—. Si la Princesa hubiera detectado su impronta, me lo habría dicho.

—¿Entonces que cojones ha pasado?

—Estamos seguros de que ha sido un asunto interno, —intervino el canciller Uhsak.

—Su lanzadera ha sido manipulada, —prosiguió Ramírez— no tenía desplegado el escudo, mientras que sus instrumentos decían lo contrario. Además, sabían dónde iba, y el recorrido.

—Ha sido alguien cercano a la Princesa y al palacio real —apuntó el canciller—. Además, los dos terroristas muertos y el detenido son mandorianos.

—¿Estáis seguros de que el emperador no ha tenido nada que ver con esto? —preguntó Ushlas— porque esto le ha venido que te cagas.

—Y a tres semanas de lo que ya sabéis, —apuntó uno de los ministros.

—¿Qué han dicho los médicos sobre su recuperación? —preguntó Matilda.

— Oficialmente no van a decir nada hasta que salga del coma, —informó el canciller—. Extraoficialmente, me han dicho que mínimo un mes.

—Un mes, más otros dos para recuperar el tiempo perdido, nos metemos en tres meses, —dijo Matilda, y mirando a continuación al canciller, añadió—. Hay que convocar al Consejo y al Estado Mayor.

 

El Consejo Federal decidió paralizar toda la preparación del asalto a Axos, y el Estado Mayor, preparo un plan para aislar al emperador en su capital e impedir que escapara del Sector 1.

La investigación de la policía puso al descubierto una conspiración organizada por un grupo de capitalistas y terratenientes que se sentían perjudicados por la política social y económica impulsada por la Princesa. A causa de la grave escasez de alimento causada por el último ataque imperial a Mandoria, Súm había puesto en marcha varias medidas: había congelado los precios, había expropiado temporalmente todas las explotaciones agropecuarias, había endurecido desmesuradamente las penas por delitos de corrupción y trafico ilegal de productos, y las milicias se encargaban de almacenar y distribuir toda la ayuda que se recibía del exterior. Estaba claro que los capitalistas habían perdido muchas oportunidades de hacer muy buenos negocios a costa de la necesidad de los ciudadanos mandorianos. Eliminándola a ella, podían intentar volver a la situación anterior donde campaban a sus anchas con el beneplácito del emperador.

Al tercer día, la Princesa abrió los ojos y lo primero que vio fue a Ramírez dormitando en una silla al lado de la cama. Intento moverse pero desistió por los dolores y la mascara de oxígeno la agobiaba un poco. Extendió su mano hasta tocarle en la suya que reposaba sobre la cama, y se sobresaltó. Se incorporó rápidamente y mientras pulsaba el botón de llamada, la acaricio la cara con una sonrisa.

—Mi amor, que ganas tenía de ver otra vez esos maravillosos ojos azules, —dijo con una sonrisa mientras la colocándola el flequillo. En el rostro de Ramírez, vio el cansancio de tres días sin moverse de su lado. Le cogió la mano e intento apretársela con fuerza.

Los médicos y las enfermeras entraron en tropel en la habitación y se pusieron a atenderla. Intentó hablar pero un pudo, tenía la garganta como un estropajo.

—Mis escoltas, —pudo susurrar finalmente a través de la mascarilla.

—No te preocupes ahora de eso, —contestó Ramírez.

—Mis escoltas, —insistió después de coger fuerzas.

Ramírez la miro y negó con la cabeza—. Solo Sanim ha sobrevivido: está en la habitación de al lado.

Una lagrima empezó a recorrer su mejilla mientras cerraba los ojos en un gesto de dolor.

—Tranquila mi amor, ahora solo tienes que pensar en recuperarte, —dijo Ramírez con ojos enamorados—. Recuerda que tienes que ganar una guerra.

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