Infidelidad - Grandes Relatos

Relato erótico

Jugando con Fuego

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RESUMEN

¿O acaso una historia de amor?

Dicen que en la vida todo el mundo tiene, al menos, una gran oportunidad: algo para lo que no han trabajado y que, sin embargo, cae directamente en sus manos o pasa en su dirección. Puede ser una oportunidad laboral, de hacer dinero, emocional o incluso sexual, y lo que se haga con ella nos marcará desde entonces.

La mía se llamaba Ángela y literalmente llegó a mi puerta a última hora de un ventoso día de Septiembre. Como la "Goddess in the Doorway" de la canción de Mick Jagger. Yo, por aquel entonces, era un joven profesor de universidad, encargado de las asignaturas de Relaciones Internacionales y Organizaciones Internacionales, y del que todo el mundo decía que tenía un brillante futuro. Más de uno incluso auguraba que sería el catedrático más joven del ramo, llegado el momento. Junto al respeto de mis compañeros (y alguna que otra envidia, no nos equivoquemos) tenía una esposa, Lina, a la que quería con locura y que me devolvía ese amor en igual medida, y una hija pequeña de a penas unos meses. La vida, ciertamente, me sonreía.

Y entonces entró ella. Sinceramente, yo a aquellas horas lo único que quería hacer era recoger y marcharme a casa, pero me quedaban diez minutos de tutorías y no podía echarla. Ángela era alumna del Doctorado del Departamento, todavía en tiempos del plan de estudios que Bolonia ha terminado, y yo le había dado una asignatura de Análisis de la Situación Internacional durante el periodo docente del Doctorado. Ya entonces había demostrado ser, probablemente, la chica más inteligente de su grupo, aunque probablemente más de uno fuese incapaz de ver aquello debajo de una carcasa tan bien construida. Junto al par de poderosos paradigmas que tenía en la parte superior de su cuerpo, redondos, firmes y claramente resistentes a los efectos de la gravedad en contra de lo que indica la Física, poseía también un vientre plano y liso, apropiado para usar incluso como mesa para escribir. Y bajo él, un culo redondo y firme, ligeramente respingón, y dos piernas que eran como dos columnas griegas: firmes, pero elegantes.

Sin embargo, probablemente lo que siempre me había impactado más de ella eran sus ojos. Dos esferas marrones y brillantes enmarcadas en suaves gafas, y que demostraban la inteligencia que había en su cabeza. Justo encima de ellos, las dos suaves líneas que eran sus cejas se enarcaban o bajaban, con una expresividad que jamás he visto en otra mujer. Bajo ellos, una elegante nariz nos llevaba hasta encontrar unos labios carnosos pero no en exceso, de modo suave y perfectamente coherente, nada grosero. Todo ello enmarcado por la cascada de tinta que era su pelo, suave y sedoso como si se acabase de duchar, que rodeaba su cara ovalada y de pómulos ligeramente marcados, como aristocráticos.

Una diosa, en resumen, que entraba justo cuando yo me quería marchar. Por muy atractiva que fuese, yo ya estaba harto de la Facultad, y sólo esperaba que fuese breve.

-Profesor Luna, venía a solicitarle que dirigiese el proyecto de investigación que quiero realizar sobre la ONU- me dijo ella nada más sentarse, directamente y sin dar rodeos.

Fruncí la boca. La verdad es que la ONU es un tema enormemente trillado, y de una alumna tan brillante esperaba algo más original.

-Me temo que eso no es posible, Ángela. Estaría encantado, pero ya le he dicho a Jorge Mediaz que se lo dirigiría a él, y teneros a los dos sería un exceso de carga que no puedo asumir si no quiero que se resientan mis demás clases y mis investigaciones. No deberías haberlo dejado hasta última hora.-

Ya, sé lo que estáis pensando, que fui un idiota. Que a una chica así no se le dice que no. Probad a tener que corregir trabajos de 300 alumnos, llevar adelante un par de seminarios, tres investigaciones, y participar en el Departamento, todo ello sin que se resienta vuestra vida familiar, y ya me diréis.

En cualquier caso, ella permaneció en silencio unos segundos, sopesando algo. Yo sólo quería poder recoger.

-Usted es el mejor del Departamento, si realmente quiero llegar a algo necesito de su guía.-

Sonreí, pero siempre he sido bastante inmune a los halagos, incluso los provenientes de una mujer así. Y entonces, toda expresión pareció desaparecer de su cara, y en vez de una alumna tuve delante a una negociadora nata.

-De acuerdo, le ofrezco lo siguiente. Si acepta tutelar mi investigación hasta el DEA se la chuparé una vez por semana. Una vez la investigación esté terminada y con buena nota, y mientras dure la tesis, le dejaré follarme una vez por semana. Y una vez terminada la tesis y consigue que entre en un Departamento de esta Facultad podrá hacerme el culo, que hoy por hoy es virgen y seguirá siéndolo así hasta entonces; y mientras mantenga esa plaza, podrá seguir haciéndolo mientras no se retire.-

He de decir que no tenía respuesta para algo así. Ni lo vi venir. En mis años de docencia, y todos los que seguirían, jamás alguien me hizo una oferta ni remotamente similar. No son cosas que pasen en el mundo real.

Pero, quizás, lo que más me sorprendió fue la forma en que lo dijo. No lo dijo con la sensualidad típica de alguien que está habituada a usar su cuerpo para conseguir las cosas, sino con una fría determinación, la decisión de quien está dispuesto a sacrificar lo que sea por conseguir lo que desea. Yo no tenía respuesta, así que habló ella de nuevo.

-Y espero que a cambio de todo ello, usted sea tan duro conmigo como con cualquiera de los doctorandos que me han precedido y me seguirán. Que realmente analice mis textos, corrija los errores con severidad, y me indique lo que haya que mejorar. No quiero el camino fácil.-

En ese momento, sólo una cosa me vino a la cabeza. Bueno, a parte de un torrente de sangre, todo sea dicho. Lina. No podía hacerle eso a mi esposa. Así que, encajando las cosas lentamente en su sitio, respondí con parte de mi aplomo habitual.

-La oferta es tentadora, pero me temo que es imposible. Ya tengo un alumno de doctorando, como te he dicho, y soy un hombre casado. No puedo meterme en algo así. En cualquier caso, seguro que hay profesores del Departamento que te pueden guiar y aún no tienen alumnos, ¿por qué tanta insistencia conmigo? Y no vale que soy el mejor.-

Ella asintió, lentamente, y yo veía lentamente cómo su mente maquinaba. No estaba dispuesta a dejar ir la presa así como así.

-Eres el mejor, y realmente esa es la razón principal. La segunda es que durante las docencias de la primera mitad del año fuiste el único profesor masculino que no se dedicó a mirarme las tetas más que a mis ideas, y realmente me juzgaste por lo que te entregué y no por mi cuerpo. La tercera es quienes son los otros dos especialistas en relaciones internacionales del departamento: Elisa Fuentes es una lesbiana reprimida que se quiere vengar de toda mujer femenina y atractiva, y Luis Puentes es un salido que no sabe pensar más allá de la próxima alumna a la que va a acosar. Aunque supongo que, llegados este punto, se lo tendré que ofrecer a él.-

Aquello era un golpe bajo, y ella lo sabía. Mi enemistad con Luis era conocida, y realmente él sólo se aprovecharía de ella sin darle la oportunidad que merecía. Pero meterme en este fregado iba a ser jugar con fuego, tendría que ser listo si quería mantenerme por delante y no quemarme. Si iba a jugar a esto, habría que cambiar las reglas.

-De acuerdo, Ángela, tienes razón. Yo seré tu tutor. Pero necesito saber que realmente estás dispuesta a… lo que ello implica. Y quiero que me hagas una demostración.-

Dejé caer las palabras con tono serio, igual de negociador que ella. Creo que no se lo esperaba, pero asintió y se iba a poner de pie para venir a mi lado cuando la interrumpí.

-Quiero que me escribas para mañana cinco páginas con el índice tentativo de tu trabajo, y las ideas principales sobre el enfoque que le quieres dar a la ONU. Trabajos sobre esta organización hay muchos, y quiero saber qué tendrá el tuyo de especial.-

Se quedó paralizada delante de mi y noté como en sus preciosos ojos marrones brillaba un extraño reconocimiento. Yo realmente había aceptado ser su tutor, y no por su cuerpo, y esperaba que ella trabajase con todo el ahínco habitual. Y quiero creer que, ya entonces, algo en su interior supo que iba a entrar en el juego ella también, a ver quien de los dos se quemaba.

A partir de aquel día, ella y yo nos comunicábamos sobretodo por email, como con la mayoría de mis doctorandos, pero ella seguía viniendo una vez por semana a mi despacho dispuesta a cumplir con lo prometido. Al menos, era lo suficientemente discreta como para hacerlo a última hora, como cuando nos habíamos metido en aquel juego loco, ya que las paredes de la facultad son de papel, y lo que se hace en cualquiera de sus despachos se oye en todos los demás sin problemas.

Sin embargo, yo no cedía a sus insinuaciones y sus jueguecitos de palabras de doble sentido. Así que sacó la artillería.

Al principio, ella solía venir vestida con unos elegantes pantalones ceñidos, que sugerían más que indicaban las perfectas formas de sus piernas. Y, encima, camisas normalmente con uno o dos botones desabrochados, que dejaban ver muy ligeramente el comienzo del valle entre sus senos, y ocultaba ligeramente su volumen con unas chaquetillas algo holgadas, imagino que para no ser el centro de atención de todo el mundo.

Pero, a medida que avanzaban aquellos dos primeros meses, y ante mi sólida resistencia, ella fue variando su vestuario. Supongo que algo en su ego femenino se veía atacado ante el rechazo. El caso es que empezaron a aparecer las camisas con más botones abiertos, dejando ver un sendero de perdiciones que debía estarme vedado. Los pantalones desparecieron, siendo sustituidos primero por faldas por la rodilla, y después por unas más cortas. Tampoco esos cinturones que se ven en ocasiones por la facultad, ella siempre fue más elegante que eso, pero sí lo suficientemente cortas como para hacer que mi imaginación volase al ver esa piel suave y tersa. Mantenerme concentrado era cada vez más complicado, con sus suaves y variados perfumes, y sus gestos estudiados, pero debía hacerlo. Por Lina, y por mi.

Y notaba que, con cada negativa a entrar en su juego, y con cada semana que no le pedía que cumpliese con su oferta, su interés por mi aumentaba. Parejo a cierto equilibrio intelectual, pues fui descubriendo que con ella trabajaba en general muy bien.

Quizás el primer punto de inflexión fue en Diciembre, la última semana antes del parón por vacaciones. Ella vino especialmente guapa aquella tarde-noche, con una falda ligeramente más larga de lo habitual y gruesa, que realzaba perfectamente todo lo que había debajo. Y, arriba, una camisa que transparentaba muy ligeramente un sujetador blanco con algunos pequeños dibujos que yo no podía ver.

Estuvimos trabajando cerca de una hora, analizando uno de los libros que le había mandado que leyese, y la verdad es que ya estábamos bastante cansados. Con las ideas ya resumidas y anotadas, y varias apreciaciones más, añadimos varios libros para que ella leyese en navidades, y nos preparamos para despedirnos.

Juguetona, ella se acercó a despedirse con dos besos, en lugar de darme la mano. Ella era consciente de que, estando yo sentado, me dejaría ver una interesante parte de un canalillo que me provocaba poco menos que delirios. Y, cuando se inclinó, por primera vez la imagen de Lina despareció de mi mente.

Mientras ella se inclinaba con una sonrisa pícara, de diablesa, yo bullía. Y cuando el momento del contacto de sus labios contra mi mejilla iba a llegar, yo giré rápidamente la cara y le robé un beso directo. Ella dio un saltito hacia atrás, sorprendida, jamás me había dicho que la iba a poder besar, no era parte del trato. Sin embargo, el sabor de sus suaves y húmedos labios, y el hecho de que rápidamente se llenasen de sangre, me indicaba que le había gustado.

Así que me puse en pie y, con elegancia… me despedí de ella hasta la vuelta de navidades. Podía notar su perplejidad mientras recogía sus cosas y se marchaba, y sabía que, lentamente, iba cambiando las reglas del juego como me había propuesto en un principio. Lo que no sabía era si aquello iba a evitar que me quemase. Desde luego, aquello era más de lo que me había propuesto en principio.

Por ello, en el momento en que ella abandonó mi despacho, la imagen de Lina me golpeó con fuerza. La había traicionado. Sólo había sido un beso, que buscaba evitar males mayores, pero… ¿realmente había sido sólo eso? Ángela era la mujer más atractiva que conocía y estaba jugando con ella a un juego demasiado íntimo. El sexo es sólo sexo, pero los besos… los besos son otra cosa.

Por suerte, las Navidades me permitieron olvidarme un poco de Ángela y centrarme en mi vida familiar, en Lina y en mi pequeña. Nochebuena con una familia, Fin de Año con otra, Reyes con ambas, la debacle de festividades y felicidad hogareña no daba demasiado tiempo para pensar en nada.

Pero todo remanso de paz tiene un final. Con el regreso a las clases, en Enero, regresaría Ángela.

Y lo hizo, pero ella también había decidido cambiar las reglas del juego. De nuevo, llevaba las camisas cerradas hasta prácticamente arriba, y volvió a usar los pantalones sexis pero largos del principio. Y dejó muy claro, desde aquel primer día, que no podría quedarse hasta tan tarde porque vendría a recogerla su novio.

Yo, en respuesta, me comporté como si nada hubiese pasado, y me centré rápidamente en analizar los libros. Ella no lo entendía. Claramente, los hombres con los que ella había tratado hasta entonces no se comportaban así, no daban un paso en un sentido para luego caminar diez en el opuesto. Pero tampoco ella era tan predecible como podría parecer, era demasiado inteligente para ello.

Hasta Marzo, las cosas continuaron así. La tesina ya estaba bastante completada, y cada vez que ella abandonaba mi despacho mi empalme casi me dolía. Pero yo me mantuve firme, y ella siguió siendo recogida por su novio. Sin embargo, mi calentura crecía día a día, y necesitaba hacer algo. Era obvio que no podía llegar hasta el final, no con lo mucho que amaba a Lina, pero tenía que mantener el juego vivo. Era extraño querer algo y, a la vez, desear que nunca llegase.

Sin embargo, a principios de ese mes, yo necesitaba dar salida ligeramente a mi calentura, por poco que fuese. Jugar yo a ser hielo y ella a seducirme me gustaba demasiado, pero si ambos nos volvíamos hielo, entonces ¿en qué punto estaba el juego? ¿Había desaparecido? ¿La había perdido? Siempre podría pedirle que me la mamase, pero era consciente de que si lo hacía rápidamente perdería todo lo que pudiese conseguir con ella, más allá de lo contratado. No sólo en el plano sexual, además.

Y Lina me rondaba la cabeza continuamente. No podía hacerle aquello.

Pero necesitaba una salida. Así que aquel día la acompañé a la salida del despacho manteniendo la conversación y, cuando ella se dio la vuelta para salir, le di una breve palmada en el culo. Fue tan breve que casi ni pude sentirlo, pero lo que noté era su perfección, su dureza y firmeza. Y el saltito que ella dio mientras salía, fruto de la sorpresa inesperada de un juego que parecía haber quedado atrás.

Cuan equivocada era esa percepción.

A la semana siguiente ella vino explosiva. Parecía haber descendido de los cielos directamente a mi puerta, con esa faldita tan corta, y la camisa tan abierta. Sus dos pechos parecían gritar "¡Cómeme!" como en Alicia en el País de las Maravillas, y sus dos piernas exigían ser besadas y acariciadas. Pero no sólo aquello iba a cambiar.

Directamente rodeó la mesa y vino hacia mi. Yo me giré, sorprendido, sin tener muy claro qué pasaba. Y ella se sentó sobre mi, colocando una pierna a cada lado y sus brazos en torno a mi cuello. ¡Casi podía sentir todo su cuerpazo sobre el mío! La suave presión de sus pechos sobre el mío, el calor de su entrepierna sobre mi pantalón, el roce de sus piernas y brazos… Se inclinó sobre mi y me dijo al oído:

-Si quieres, podemos renegociar el acuerdo…- y me dio un suave lambetazo en la oreja que hizo saltar todas mis hormonas.

Mis dos manos, como dos resortes ajenos a mi control, se lanzaron sobre su culo, apretándola contra mi. ¡Que culazo! Se podrían construir catedrales encima de lo firme que era, redondo y perfecto, justo del tamaño de mis manos. La apreté contra mi mientras ella soltaba un pequeño gemido.

Y entonces, agarrándola todavía de ahí, me puse en pie y la senté sobre la mesa. ¡Bastaba de juegos, me la iba a follar, y me la iba a follar ya! Ni Lina ni hostias, necesitaba dar salida a todo. Ella me había desbocado y desarmado, y no podía ni pensar. Metí mis dos manos bajo su faldita y tiré con fuerza de las braguitas suaves con las que se tapaba su parte más sagrada. Y entonces, en medio de la vorágine, un pensamiento surcó mi cabeza, saltando todas las alarmas:

"¡Para! ¡Para de una vez! No por Lina ni hostias, sino porque le demostrarás que eres como los demás, y habrás perdido a Ángela para siempre…"

Pero, ¿cómo parar? Tenía sus bragas en mis manos. Sus labios entreabiertos pedían guerra y estaba claro que había caído en sus planes. Pero, quizás, aún podía forzar un empate.

Levanté su falda y me incliné ante ella. Su coño, rosado y perfecto, se abría ante mi, ligeramente humedecido y sin rastro de pelo. Parecía reclamar una polla lista, y sin embargo lo que recibió fue una lengua. Lamí, besé y acaricié toda su zona secreta, ante los ojos de incredulidad de ella. Pero, rápidamente, a su sorpresa le siguieron los gemidos, los pequeños suspiros, las respiraciones pesadas, a medida que yo me internaba más y más entre sus pliegues, y acariciaba con suavidad su clítoris.

Cuando su tono de voz se aceleró un poco más, sus piernas parecieron querer aplastarme la cabeza, cerrándose en torno a mi como una presa ineludible. Sin embargo, ni aún así la dejé ir, sino que seguí lamiendo, besando, y chupando cada vez con más y más energía, hasta que ella se corrió en mi boca con un suave y prolongado suspiro.

Menos mal que no era de las que gritaba, o nos habrían descubierto sin problemas.

Me puse en pie frente a ella, ambos completamente vestidos salvo porque sus bragas estaban en el suelo. Sus labios, rojos, húmedos y brillantes parecían querer competir con sus mejillas por ser las más carmesíes, y sus ojos parecían relucir.

-Contrato renegociado- le dije, con una sonrisa-. A partir de ahora, quizás en vez de que tú me comas la polla, sea yo el que te coma a ti el coño.-

Ella me miraba con sorpresa. Creía que tenía la situación controlada cuando le había agarrado el culo y, sin embargo, al final había logrado salir de la trampa al darle placer a ella y no tomarlo yo. Al menos, no directamente, porque me sentía como en las nubes.

Me incliné sobre ella, que aún trataba de procesarlo todo, y le robé un segundo beso. Breve y fugaz como el primero, pero cuando me alejé de sus labios suaves ella dejó su boca entreabierta, como dispuesta a darme otro.

-Creo que tu novio te debe estar esperando, y no estaría bien que aguardase más de lo necesario- le dije con una sonrisa, mientras me guardaba las bragas en mi bolsillo.

Aún no tengo claro qué fue, de todo aquello, lo que más la sorprendió mientras salía del despacho. Si el cambio de mi vocabulario, si la contradicción entre hablarle del novio y quedarme sus bragas, si el beso, o el que yo le comiese su vagina cuando ella aún no me había mamado el pene. Pero lo que está claro es que algo fue, ya que no dijo ni palabra mientras salía.

La semana siguiente no la vi, ya que yo tenía un Congreso en Viena y no estaba en la facultad. La de después tampoco, porque ella tuvo que ir a atender a su madre que había tenido alguna clase de problema de salud.

Ello me dio tiempo para pensar. Yo amaba a mi mujer, de ello no había duda. Sin embargo, Ángela me daba una pasión, un juego que ya no tenía con Lina. Mi esposa me daba la estabilidad, el cariño, el hogar al que regresar y unas buenas dosis de sexo, pero era mi estudiante la que me daba lo imprevisto, el desafío, el morbo.

Fueron dos semanas de mucho darle vueltas al coco, intentando encajar las piezas de un puzzle que parecía querer escaparse de entre mis dedos con demasiada frecuencia. Y, al final, descubrí que no podía escoger entre ellas. Quizás sea la salida cobarde, es cierto, pero una y otra me complementaban de diferentes maneras. Con Ángela había pasión, pero también había un gran complemento intelectual entre ambos. Con Lina había amor, y del de verdad, y una hija en común, una vida y un futuro.

No podía prescindir de uno de los dos lados sin quedar para siempre reducido a la mitad de lo que soy.

Así que decidí que, si iba a jugar en ambos campos, al menos debería encargarme de que ambas tuviesen lo mejor. Ángela ya tenía lo que quería, Lina también. Pero, con ambas, podía ser más completo, más atento, y más cariñoso. Bueno, quizás no con la estudiante, no sin romper el juego, pero si con mi esposa. Dicen que una de las primeras señales de que un marido tiene una aventura es que se vuelve más cariñoso y atento, así que fui especialmente cuidadoso para que no se notase, pero me encargué de demostrarle que era la reina de mi vida cuando podía y era adecuado, en la cama y fuera de ella.

En cualquier caso, a la tercera semana Ángela vino a su tutoría semanal, y su simple imagen hizo arder todo en mi interior. Llevaba un top ceñido que dejaba su ombligo al aire, y que remarcaba perfectamente la forma de sus pechos, aprisionados bajo las palabras "Divine Goddess". Cuanta razón tenían. Abajo, la falda más corta que le había visto, que dejaba todo tapado pero por los pelos. Aún no sé cómo conseguí evitar saltarle encima, porque su vista hacía que todas mis hormonas masculinas exigiesen tomarla.

Ella se sentó en su lugar con la aparente seriedad de siempre, y comenzamos a revisar los textos que ella había escrito. Quedaban un par de meses para la primera fecha de examen, y el trabajo ya estaba muy avanzado, pero requería aún de unas cuantas revisiones y expansiones. Yo, sin embargo, me sentí ligeramente defraudado. Tras lo ocurrido la vez anterior, y con su ropa, esperaba algo más… explosivo que simplemente revisar sus textos.

Igual era momento de que tomase yo la iniciativa. Cuando terminamos de revisarlo todo, la miré mientras recogía sus cosas, y le dije:

-Súbete a la mesa, y bájate las bragas, que quiero cobrar parte de nuestro trato.-

Aún hoy no tengo muy claro lo que vi en sus preciosos ojos pardos en aquel momento. ¿Deseo? ¿Lástima? ¿Sorpresa? ¿Expectación? ¿Defraudación? Lo que si se es que tardó unos segundos en hacer nada, y yo tuve tiempo de pensar un millón de veces en lo ocurrido. Como cuando dicen que pasa tu vida frente a tus ojos al morir… pues lo mismo, aunque no fue mi vida sino mi posible futuro con Ángela el que vi.

Entonces, ella se puso en pie. Me miró desafiante y, mientras alzaba una de sus cejas de modo severo pero enormemente sensual, se bajó las bragas con un movimiento sinuoso de la cintura. Tras ello hizo un pequeño hueco en la mesa y se sentó en él. Todo en su pose parecía querer decir "A ver si te atreves…", pero yo no podía ya dar marcha atrás. Si lo hacía, perdería de nuevo.

Así que me colé entre sus piernas abiertas, y me quedé mirando directamente a sus ojos, vidriosos, expectantes y duros. Y, entonces, dirigí mi mano derecha directamente a la zona en cuestión, comenzando a acariciarla suavemente. Lentamente, la exploración exterior fue ganando en intensidad, a medida que los dedos se internaban más y más audazmente en su cuerpo, y ella se reclinó sobre sus codos. Pero no la iba a dejar ir tan fácilmente, y yo me incliné sobre ella, sin tocarla, pero mirándola directamente a los ojos. Sus labios se entreabrieron a medida que los primeros suspiros escapaban de ellos, y yo agradecí de nuevo a todos los dioses el hecho de que ella no hiciese ruido.

Ligeros quejiditos se escapaban de su boca ocasionalmente, a medida que primero uno y después dos de mis dedos entraban una y otra vez dentro de ella, acariciando hasta el último recóndito pliegue de su coño. Y, a medida que eso hacía, su orgasmo se acercaba a pasos agigantados.

Entonces me incliné sobre ella y le arranqué un nuevo beso. Pero este no fue breve y fugaz, sino que me quedé allí, mordiendo sus labios, besándolos con pasión y fuerza, y notando como ella me devolvía cada uno de los gestos con ira, pasión y lujuria. Para cuando su orgasmo llegó, nuestras lenguas jugaban la una con la otra como si fueran viejas amigas, ansiosas por contarse la una a la otra todo lo ocurrido mientras no estaban juntas.

Pero no paré, sino que continué hacia un segundo y tercer orgasmo, mientras sus labios se entregaban más y más a los míos, y apasionadas nuestras lenguas se enfrentaban ahora en el interior de su boca, luego en la mía, luego en el espacio entre ellas.

Para cuando salió al encuentro de su novio, azorada y roja, llegaba con bastante retraso. Y yo tenía un nuevo juego de braguitas para mi colección, una tanga amarilla con la que limpié los líquidos que habían salido de su coño y habían quedado sobre mi mesa.

Una vez más, a la semana siguiente no vino. Dijo que tenía mucho que escribir y reescribir después de los comentarios de la última vez, y que necesitaba el tiempo. Yo creo que era una excusa, necesitaba organizar sus pensamientos y lo que estaba sintiendo. E imagino que su novio debió ser el principal beneficiado de ello.

Acercándose ya finales de Abril, el trabajo en la tesina de ella y de las clases para mi nos ocupaba la mayor parte del tiempo. Había que preparar exámenes, escribir, y trabajar para que todo estuviese listo y perfecto. Mis alumnos no tenían por qué sufrir a raíz de que yo tuviese una aventura de alguna clase, y Ángela no iría a ningún sitio durante varios años aún, de modo que las veces que nos encontramos fueron claramente de trabajo.

Parecíamos haber regresado al status de antes de las navidades, donde se jugaba con palabras y gestos, pero no se pasaba a nada más. Pero, en esta ocasión, por debajo de la intensa tensión sexual existía una extraña promesa: el juego estaba detenido, en pausa, no terminado. Ella tenía sus planes para la continuación, y yo tenía los míos, y de vez en cuando dejábamos caer pequeños detalles al respecto.

Con la llegada de Mayo comenzaron los parciales del segundo cuatrimestre, y ella le daba los últimos detalles a su trabajo. Además, Jorge Mediaz, mi otro alumno de doctorado, comenzó a solicitar mucho más tiempo, pues llevaba todo con mucho retraso. Típico de los chicos, todo a última hora. Así que cuando podía ver a Ángela era todo muy formal, y centrado en lo que ella hacía para estar lista a tiempo.

A mediados de Junio fue su examen. Jorge se retrasaría hasta Septiembre, pero ella estaba lista. El día antes la cité en mi despachó toda la tarde, para ultimar la preparación de la defensa del trabajo. Al fin y al cabo, es muy diferente escribirlo que argumentar contra los profesores al respecto.

Estuvimos debatiendo y preparándolo durante cuatro largas horas, durante las cuales mi mente se centraba en lo que ella decía, mientras mi pene se centraba en lo que ella era. Como siempre, él va por su parte. Pero cuatro horas con semejante diosa eran mucho tiempo.

Cuando llegó la hora de marchar, la acompañé hasta la puerta, pero mi mano se disparó y la detuvo antes de que saliese (algún día deberé entrenar a mi mano para que no haga cosas por si misma). La hice darse la vuelta agarrándola suavemente por el brazo, y ante su mirada dudosa, puse mi otra mano en su cintura y le di un beso.

Fue un beso suave, pero no fue uno breve. Y a este le siguió otro, y uno más, y un tercero. Mis dos manos la apretaron entonces contra mi por el culo, pero sin fuerza ni violencia (aunque con un culazo como ese, me costó evitar que lo hicieran), simplemente para sentirla por completo contra mi, y yo contra ella. Sus labios se entreabrieron, y mi lengua se coló en ellos como un río que destruye su presa. Pero, aunque lo hiciese rápido, las caricias eran suaves y lentas, cariñosas y dulces.

No le decía "te voy a follar ahora mismo, Ángela", sino "estoy a tu lado en esta prueba". Quizás no fuera la forma más adecuada de decirlo, es cierto, pero era la que se me ocurría. Y cuando noté sus brazos rodear mi cuello y sus deliciosos labios responderme con la misma suavidad supe que ella entendía el mensaje.

Y cuando, un minuto más tarde, rompió a llorar sobre mi hombro, liberando toda la tensión de la prueba que se avecinaba, del trabajo de tantos meses, de las dudas y las inseguridades, supe que todo estaba listo.

-Venga, vete preciosa. Que mañana vas a triunfar.-

Le dije, cuando oí que sus sollozos remitían. Y, con una extraña sonrisa, ella se dio la vuelta y abandonó mi despacho.

Como es obvio, al día siguiente no pasó nada. Con lo exuberante que era su cuerpo, la mirada de todos los hombres estaba permanentemente puesta en ella, y con su novio al lado (un tipo atractivo, pero que no estaba a su altura) no hubo ocasión de nada. Sólo pequeños gestos, como dedos cruzados, para darla confianza ante la prueba que se avecinaba. Prueba que, como yo ya sabía, superó con creces y un Magna Cum Lauden.

La celebración posterior si se brindó para un pequeño momento, cuando me encontré con ella de casualidad camino ambos del baño. No, no, no ocurrió lo típico, de que uno arrastra al otro al interior del baño y se desata la pasión como dos colegiales. Pero alejados de su novio y de los ojos indiscretos por un momento, ella me agradeció todo mi apoyo con un breve pero suave beso en los labios. El primero que ella me daba a mi, y que permaneció grabado en los míos durante horas, como si de fuego se hubiese tratado.

A partir de entonces llegaron los tres meses de verano, en los cuales, como todos los años, ella se iba con su familia de Toledo y yo no la vi. Fueron meses dichosos, la verdad, en los cuales pude estar con Lina y la niña sin preocupaciones ni otras cosas en la mente. Por una vez, tras aquel año de locura, podía dedicarle tiempo a mi familia sin dudas, ni la imagen de Ángela dando vueltas en mi cabeza.

Sin embargo, he de admitir que temía el verano en lo más hondo de mi ser. Hablar con Ángela de vez en cuando por email era muy frío, y no sabía cómo estarían las cosas tras tres meses sin vernos. O si acaso aquel beso significaba que estaba entrando en el peligroso campo de los amigos, y no de los amantes. No tenía nada claro y, sin poder verla ni hablarlo con ella, lo único que podía hacer era tratar de ignorarlo y dedicarme a mi familia.

Ella, en cambio, lo tenía muy claro.

El primer día de tutorías no vino, ya que sabía que estaría todo el día con Jorge intentando sacar adelante su proyecto en tiempo record. Al menos para un aprobado raspado y que no perdiese el año. Con los retrasos, el segundo día tampoco fue posible, y yo me devanaba los sesos dándole vueltas a la situación mientras intentaba hacer que las piezas de aquella tesina mediocre encajasen. Lo conseguimos dos días después, por los pelos, y Jorge superó su examen con un Aprobado raspado. Después de ello, lo puse a trabajar en su DEA inmediatamente, pues no quería volver a tener una situación así con él.

Al día siguiente de tutorías vino ella. Con los meses pasados, casi no recordaba lo impactante que era su belleza, su pelo negro ondeando suavemente, sus grandes pechos aprisionados bajo el mismo top de "Divine Godess" de la otra vez, su falda corta y, por primera vez, unos zapatos con algo de tacón. "Estaba para comérsela y no dejar ni los huesos", como suele decir un amigo mío.

Yo estaba a la expectativa, inseguro sobre todo, pero ella caminó hasta mi con una seguridad y un aplomo que me recordaron cuando negociamos la primera vez. Rodeó mi mesa y, una vez más, se sentó sobre mi, con las piernas una a cada lado. Se inclinó sobre mi, pero en vez de dirigirse a mi oreja como la otra vez, fue directa a mis labios.

Jamás me habían besado así: un beso profundo, apasionado, entregado, sin barreras. Sus labios acariciaban, mordían, chupaban. Su lengua nadaba en mi boca como tratando de recuperar todo el tiempo perdido. Sus manos rodeaban mi cuello, como si quisiesen que ambos nos convirtiésemos en una sola persona.

Me llevó varios segundos realmente darme cuenta de lo que ocurría, no era algo que hubiera pensado. Pero entonces la apreté contra mi de nuevo por ese culazo divino que tenía y le devolví el beso con tanta pasión como ella me lo daba. Estaba en sus derrotado, me había desarmado por completo con ese ataque. Levanté una de mis manos con dificultad desde su gloriosa posición, directa a sus pecho derecho que todavía, a estas alturas, no había catado. Y, ciertamente, no desanimó: duro, firme, redondo y pleno. Ligeramente más grande que el tamaño de mi mano, y enormemente sensible; tanto que incluso a través de la telilla del top y del sujetador podía sentir su pezón. Parecía querer huir de su encierro, y más cuando suavemente comencé a acariciarlo y a excitarla. Los gemidos que escaparon de su boca demostraban que lo estaba haciendo bien, que le gustaba, que se entregaba.

Y entonces ella, en un movimiento fluido y felino, no sólo se puso en pie sino que acabó arrodillada frente a mi. Mi bragueta fue bajada a la velocidad de la luz, y extrajo mi polla con una sonrisa que me desarmó aún más, si era posible. Se sabía vencedora de esta ronda, y yo no tenía voluntad para contraatacar. Sólo pude dejarme llevar, y disfrutarlo.

La tragó y comenzó a mamar con fuerza y ahínco. He de reconocer que no fue la mejor mamada que me habían hecho, pero su pasión, su entrega, y su mirada triunfadora compensaban con creces eso. Y llevaba tanto tiempo deseándolo que era como estar en el cielo, sentir como ponía toda su garganta a trabajar en simplemente darme placer, notar cómo sus labios acariciaban y aprisionaban a la vez, disfrutar como su lengua acariciaba toda mi extensión.

No tardé mucho en aproximarme al momento. Tanta espera no da aguante, al fin y al cabo. Así que se lo indiqué con un gesto y ella dio un paso atrás y, con una sonrisa morbosísima, recogió todo mi regalo en un pañuelo. Lo dobló con cuidado y lo guardó en su bolso.

-Yo también tengo mis trofeos- me dijo, con una sonrisa juguetona, mientras se ponía en pie y se disponía a marcharse.

Y yo, allí, desmadejado y derrotado. Pero feliz.

Durante la siguiente semana, no sabía que pensar. Ella había triunfado, yo había triunfado. Ella había vuelto una bestia del sexo, yo llevaba demasiado tiempo esperándolo. Así que me masturbé como un loco. Quería que, cuando llegase el día, ella no tuviese esa ventaja sobre mi.

Y no la tuve, ni esa semana ni la siguiente, ya que no vino. Supuestamente era porque quería ir comenzando a preparar el DEA, pero ambos sabíamos que era para hacerme esperar, porque ella era la que tenía ahora la sartén por el mango y quería aprovecharlo.

Así que la segunda semana de Octubre fue cuando tuvimos el siguiente encuentro, después de que yo le dijese en email que "quería cobrarme el pago de esa semana". La verdad es que no tenía pensado cobrarlo, no quería perder tan rápido, pero quería romperle su ventaja de que decidiese cuando venir y cuando no. Ya pensaría algo sobre la marcha.

El día indicado me lo pasé completamente desconcentrado. Demasiadas cosas en mi mente, y además me acababan de indicar que iba a tener un nuevo proyecto entre manos. Uno gordo, la verdad.

Ella llegó, guapa pero contrariada. Creía que ya había ganado, y eso la desilusionaba. Cuando entró se dirigió directamente hacia mi, pero yo le indiqué que tomase asiento. Eso la descolocó, y sólo en ese momento las piezas encajaron en mi mente. Ángela sonrió, ladeó la cabeza, y finalmente se sentó. Notaba que no estaba todo ganado ya, y eso le gustaba.

-Verás, me he enterado hoy de que la Unión Europea en su servicio de investigaciones va a poner en marcha un estudio grande a nivel europeo. Quieren averiguar el interés y apoyo de la población a las instituciones europeas, así como el grado de conocimiento que de ellas hay, y en España el encargado seré yo.-

Hice una pausa, breve, notando como mis palabras calaban lentamente en ella.

-Voy a necesitar ayuda, y en este periodo tú vas a tener tiempo libre. No creo que pueda darte un gran sueldo, pero será currículo de cara al futuro, además de experiencia. Y, por supuesto, no lleva ningún contrato adicional.-

La broma casi se perdió en medio de su alegría y alborozo, y me descubrí sonriendo simplemente de verla feliz. Ella vino hasta mi y me levanté para devolverle el abrazo que obviamente iba a darme. Es curioso como, pese a tener ese cuerpazo pegado a mi, lo que sentía en ese momento no era excitación (o sólo eso) sino también afinidad y simple felicidad. Se alejó un poco y me miró a los ojos.

-Muchas gracias, por todo. Por no ser como los demás. Por esta oportunidad. ¡Te juro que no te defraudaré!-

-Lo se, llevo un año analizando tu trabajo, ¡dudo que haya existido una entrevista de trabajo más concienzuda!-

Ella me besó, primero con ternura, y luego… no sé. Había pasión y calor, ciertamente, y la batalla de lenguas ciertamente lo atestiguaba, pero no sólo eso. Había un reconocimiento. Creo que ella comenzaba a llevar el juego a un nuevo nivel. O algo. Y no se dónde estaba yo con respecto a todo ello. Sólo se que las caricias de su lengua, el sabor de sus labios, y el placer de todo ello eran más de lo que había esperado cuando un año antes ella había entrado por la puerta de mi vida, a golpe de imprevistos.

Aquella tarde no pasó nada más. Ni siquiera en las siguientes reuniones, pues a medida que reuníamos el equipo cada vez se producían los encuentros con más gente delante. Trabajo y más trabajo, la vida universitaria. Fue casi a mediados de Noviembre cuando nos reunimos por primera vez en privado para discutir su DEA y los avances en el proyecto. Iba a ser una investigación larga, y requería mucha preparación.

Ella entró como salida de una fantasía erótica, como la típica ejecutiva agresiva que todos desean tener por jefa o secretaria. Con su maletín con todo el material de la investigación y de su Doctorado, la camisa blanca inmaculada pero ligeramente abierta sobre sus gloriosos pechos, la chaquetilla abrochada sólo en los botones más bajos, y los pantalones de pinza que sugerían las magníficas piernas que ocultaban.

Iba abriendo su maletín para extraer la documentación, pero en lugar de sentarse en su sitio lo hizo sobre mi, dándome la espalda. Hubiera jurado que su culo estaba hecho para encajar con mi pene. Con una sonrisa pícara comenzó a repasar los datos del estudio, mientras ocasionalmente fingía "recolocarse", excitándome al hacerlo. Su olor era tan intenso que me hubiera mareado si me hubiera quedado sangre fuera de mi creciente amigo.

Así que yo contraataqué y, mientras indicaba alguna cifra o dato del papel, aprovechaba para acariciarle con el costado del brazo su cintura, sus pechos, o su cadera. Casi notaba una corriente de estímulos salir disparados cada vez que lo hacía, por breve que fuera el contacto, y en más de una ocasión a ella también la noté estremecerse.

Jugamos de ese modo, calentándonos mutuamente, durante toda la reunión. Tengo muy claro que los principales beneficiados de ello fueron su novio y mi esposa. Y la gloriosa paja que me hice en su honor tan pronto abandonó mi oficina al final del encuentro.

Así fueron las siguientes reuniones que tuvimos a solas, aunque fuesen escasas. Y siempre salía con la misma taquicardia. Creo que a ella le ocurría lo mismo, aunque lo llevaba mejor, ya que esa situación la controlaba ella y yo necesitaba darle la vuelta de nuevo a las tornas. Lo había conseguido, brevemente, con lo del trabajo, pero de nuevo ella llevaba ventaja.

Por lo que aproveché de nuevo la última reunión antes de Navidades (¿por qué siempre dejo todo para última hora, será porque yo también soy hombre?) para cambiar ligeramente las reglas. Como siempre, ella llegó guapísima y vino directamente a sentarse sobre mi tras darme un pequeño "morreo de hola", cosa que había instituido unas pocas reuniones antes y que aseguraba que mi palo mayor estuviese más que listo para encajar en su valle trasero. ¡Que bien besaba aquella mujer! Pero yo aquella vez tenía que mantener un poco la cabeza fría, y ser más audaz que lo habitual. Tenía que dejar correr mis hormonas, pero de modo controlado.

Así que dejé que se confiase, y comenzamos los jueguecitos de siempre. Pequeñas caricias, miradas pícaras, pequeñas risitas… toda la parafernalia que nos dejaba a ambos siempre al borde. Estuvimos más de una hora y media trabajando de este modo, según el reloj de mi ordenador y, cuando noté que ella ya iba calentita, mi mano dejó de rozarla inocentemente para adentrarse en su camisa y asir directamente una de sus maravillosas tetas.

Ella dio un respingo, aquello se salía del guión. Pero yo mantuve mi presa firmemente y la apreté contra mi, acariciando su pezón en círculos, pellizcándola, acariciando la base de su teta derecha. Un gemido se le escapó y me miró sorprendida, notando como en esta ocasión ella iba a perder el control antes que yo. Notando como ella aún era incapaz de reaccionar por la sorpresa, llevé mi segunda mano a sus pechos y, mientras sobaba ambos con profundidad y detalle (¿os he dicho ya lo maravillosos que son esos dos globos?) la comencé a preguntar por las cifras y datos que tenía que exponerme. Y ella, capturada entre dos frentes, no sabía reaccionar.

Yo, mientras tanto, no me cansaba de sobar toda su anatomía, desde sus pechos a su estómago, sus hombros y su espalda. Pero sin acercarme a ningún punto claramente sexual. Hasta que vi que lentamente recuperaba la concentración, y mientras regresaba a acariciar los puntos más sensibles de sus esplendorosas tetas, comencé a chuparle el cuello en pequeños besitos y lambetazos. Y cuando eso ya comenzaba a no ser suficiente para mantenerla desconcentrada me encargué de darles el mismo tratamiento a sus pequeñas y preciosas orejitas. Ahí se perdió. Nunca había visto a una mujer correrse sin contacto directo con su sexo, pero Ángela se corrió sin lugar a dudas. No se si por el morbo, por mis caricias, o por que, pero se corrió sin dejar posibilidad de ocultarlo, con unos gemidos ligeramente más altos de lo habitual, sus labios hinchados del todo, y arqueando ligeramente la espalda.

-Me parece que esos datos son prometedores, aunque tendrás que mejorar la exposición- le dije, risueño, mientras se recuperaba.

Ella sólo ladeó la cara y me dio un beso breve pero de infarto. Se entregó de tal modo como mujer alguna se había entregado a mi, y yo le correspondí en igual manera.

A partir de entonces, el juego fue modificado para siempre. Los fajes se volvieron habituales, pero siempre en una dinámica de intentar dar más de lo que se recibe, como si ser el que mantiene el control siempre fuese más importante. Sinceramente, tampoco tuvimos tantas ocasiones como nos gustaría, pero las aprovechamos bien para aprendernos bien los cuerpos el uno del otro.

Las mamadas, mutuas o de uno solo, se volvieron más habituales, pero más como modo de descargar nuestra propia calentura que por que el otro las solicitase. Los besos se volvieron húmedos y me aprendí de memoria la forma de sus curvas y sus sabores y texturas. Ciertamente, si hubieran sido una complicada carretera, podría haberla recorrido incluso ciego.

Sin embargo, nunca tuvimos sexo, ya que aún no habíamos llegado a ese nivel en el contrato.

Si que os puedo decir que, una vez más, su DEA fue aprobado con la mayor nota, Magna Cum Lauden, y el proyecto arrancó después de una planificación excepcional.

Y con ello, llegó el verano, y nos separamos de nuevo. Ella a su ciudad, yo me quedé a trabajar. Por supuesto, el proyecto seguía en marcha, pero podíamos coordinar esta fase por email y teléfono, ya que de momento se estaban realizando las encuestas y estas estaban subcontratadas a una empresa, por lo que nuestra participación al respecto era baja.

Fueron un par de meses tranquilos y dichosos con mi familia, que me hicieron recordar con calma lo mucho que amaba a Lina. Ella era mi compañera en el camino, y avanzábamos juntos y cogidos de la mano por la vida. Y, desde que me había ido volviendo más atento, la veía más feliz que nunca.

Cierto, todo se construía sobre una mentira, pero…

En cualquier caso, en Septiembre la vi de nuevo, aunque las dos primeras veces no tuvimos intimidad ya que eran reuniones con todo el equipo del proyecto para ir analizando los diferentes datos que la empresa encuestadora nos iba proporcionando. Eran preliminares, pero permitían ir avanzando algunas teorías sobre las que podíamos ir a buscar bibliografía cuando se salían de nuestras expectativas, o ir confirmando nuestros planes cuando caían dentro de ellas.

La tercera vez ya nos vimos a solas, en mi despacho, y fue tan tórrida como todas las anteriores. Mientras mis manos nadaban por su cuerpo, su boca se saciaba con mi cuello. Los quedos gemidos de ambos llenaban la sala y entonces me mordió con un poco de vileza y una sonrisa de depredadora; a mi se me escapó un:

-¡Que mala eres, Angie!-

Ambos nos quedamos callados un segundo, y luego rompimos a reír. Nunca la había llamado de ese modo, siempre habíamos mantenido la estricta distancia… al menos en cuanto a nombres. Y se había roto. Victoria para ella.

Me besó, y por una vez vi que ella sonreía de un modo extraño. Solo esperaba que no significase amistad, o algo así, pero tampoco amor. Eso lo complicaría todo. ¿Y que sentía yo? ¿Qué estaría mostrando mi sonrisa para ella? No lo sabía.

-Ya sabes, como la de la canción de mis adorados Rolling Stones- dije, de nuevo, intentando salir al paso de mi error.

-Eres un tonto- dijo ella, mimosa, y dándome un besito suave y cariñoso que, lentamente, se fue tornando en uno más apasionado a medida que, de nuevo, íbamos cogiendo inercia y yo le acariciaba sus eternos muslos.

Cuando un rato después ambos nos habíamos corrido y estábamos abrazados en la silla de mi despacho (¡Cuánto había visto la pobre!), ella dijo con tranquilidad, casi naturalidad.

-Bueno, hora de irse- se levantó, abrochándose la blusa tras recolocar su sujetador en su sitio-. Nos vemos pasado mañana en la reunión, ¿no, César?-

Mi nombre.

Por un momento la miré a los ojos. Brillaban, juguetones. Habiendo yo cometido el error, era lícito.

Y, a partir de entonces, para todo el mundo fuimos el Profesor Luna y Ángela Pérez. Pero, cuando nadie miraba, éramos César (o una de las muchas variaciones que ella inventó) y Angie.

De hecho, a menudo yo ponía diferentes versiones de esa canción en el medio de las demás en los actos en los que estábamos juntos por el proyecto, en parte porque me encanta, y en parte para ponerla en un ligero y cariñoso aprieto, ya que obviamente todo el mundo se metía con ella al ser reconocido el tema.

Desde Octubre, sin embargo, fue imposible tener nuestros escarceos habituales, ya que el profesor del despacho de en frente pasó a tener sus tutorías a última hora como las mías, de modo que oiría todo por discretos que fuésemos. Así que nos conformábamos con besos y caricias más suaves, que sólo nos dejaban peor de lo que estábamos al principio, y con más ganas el uno del otro. Era increíble pero, por muchas veces que hubiera tenido sus pechos, o su vagina, o su cintura, o su cara entre mis manos o frente a mis labios, nunca quedaba saciado.

Así vino un Noviembre de sequía y ansias, y un Diciembre casi de locura. Supongo que Lina agradeció esto, pues durante esos meses estaba especialmente fogoso, pero una cosa sé hacer bien: mentir. No es algo que haga a menudo, pero siempre he sido bueno en ello, con lo que ella se creyó que se debía al stress del proyecto, que necesitaba salir por algún lado. Además, supongo que ella simplemente estaba encantada. Igual que el novio de Angie.

Sin embargo, como siempre, la última semana antes de navidades traería cambios. Supongo que el volcán estaba demasiado ardiente ya.

Estábamos, como siempre, en mi despacho, y llevábamos ya un buen rato metiéndonos mano suavemente mientras repasábamos datos y afirmaciones y preparábamos el trabajo. Era poco lo que había que hacer, la verdad, ya que con las vacaciones la mayoría de otros profesores y auxiliares involucrados en el proyecto también se irían a sus casas.

Así que estábamos especialmente calientes, ya que no podíamos darnos rienda suelta, pero teníamos el tiempo para hacerlo. Entonces, yo sugerí, entre silenciosas exhalaciones:

-¡Vámonos a otra parte!-

Parece mentira que, en tanto tiempo, no se me hubiera ocurrido una solución tan sencilla. Pero, simplemente, estar con Angie parecía vinculado al despacho tras tantos meses, eran como una misma cosa.

Ella se puso en pie rápidamente y fue a por sus cosas, dándome la espalda, y me pareció que la había cagado.

-Conozco un buen motel- oí decir a su voz-, está alejado y nadie nos reconocería.-

Aquello cayó sobre mi como un balde de agua caliente. No sólo no la había molestado sino que estaba de acuerdo.

-No- respondí, con un aplomo que me sorprendió-. Tú no eres ni una puta ni una cualquiera. Buscaremos un buen hotel y estaremos juntos tranquilamente.-

Pude ver como sus ojos, brevemente se llenaban de lágrimas, aunque ella tratase de reprimirlas y se las enjugase con el dorso de la mano. Le cogí la mano con suavidad y le di un beso allí donde estaba el rastro de las lágrimas, y ella se abrazó a mi con una fuerza enorme.

Hasta entonces, he de reconocer que jamás me había dado cuenta de la inseguridad que toda esta situación le producía a la pobre. Debía sentirse a veces que no sabía cual era su lugar, qué significaba para mi, ni nada por el estilo. Quizás no lo sabía ni de ella misma. Yo tampoco lo tenía claro, como ya sabéis, pero lo que sí sabía es que no era un juguete de usar a tirar, sino que estaba a mi nivel. Era mi igual, y precisamente en ello estribaba gran parte de su atractivo. Y si ella se entregaba, yo también lo hacía, no sólo de palabra como tantos que prometen la luna, sino de verdad.

Mientras conducía en dirección a una ciudad cercana donde nadie nos reconociese, ella usaba su portátil para buscar un hotel adecuado. Hizo una lista con su habitual eficiencia, y yo escogí el más caro. Es curioso, pero nunca pensé que elegir mantener cuentas separadas cuando me casé me fuese a servir para esto. Llamé a Lina y me inventé una excusa lógica y probable de por qué iba a tener que pasar toda la noche fuera y volvería al día siguiente; ahora la verdad es que ya no me acuerdo de cual fue, lo que sí recuerdo es que coló, probablemente porque yo muy muy raramente miento. Cuando yo acabé, ella hizo lo mismo con su novio, que se puso celoso y le montó una pequeña bronca por teléfono; o, al menos, lo intentó, ya que ella con su habitual aplomo lo paró en seco y lo calló, argumentando de una forma tranquila y racional que desarmó al otro. Lo cierto es que tenía a su novio danzando en la punta de su dedo.

Así que entramos en el hall del hotel como si fuéramos una pareja de viaje, con ella cogida de mi brazo, y la verdad es que me sentí poderoso. Todos se volvían a verla, y eso que aquel día ella no iba especialmente maquillada ni nada, ya que en principio no íbamos a tener tiempo ni ocasión de hacer nada. Y, sin embargo, era un imán para los hombres, y yo un foco para sus envidias. Nunca me había sentido así, y he de reconocer que me gustó. Y mucho.

Supongo que también por el peligro de ser vistos juntos en un lugar público del brazo, por improbable que fuese que nadie nos reconociese. Aunque bueno, que fuese casi imposible no evitaba que yo estuviera un tanto paranoico y mirase ligeramente a los lados intentando ver alguna cara conocida; y en el brazo notaba como ella más que estrecharme me apretaba, fruto probablemente de la misma tensión.

Sin embargo alquilamos una buena habitación sin incidentes, y nos dirigimos a ella. Supongo que la elegancia y seguridad de ambos, y nuestras ropas evitaron que pensasen que ella era una prostituta, porque evidentemente no era de la clase de lugares que permiten su entrada, y me alegré ya que no sabía como explicar que simplemente éramos amantes: profesor y alumna. No es algo que hubiese hecho nunca, ni en lo que tuviese la mínima práctica, al fin y al cabo. Pero divago.

El caso es que entramos en el ascensor, con botones, y mantuvimos la perfecta corrección. Bueno, salvo por los ligeros movimientos de ella que hacían que los ojos del pobrecillo casi se saliesen de sus órbitas cada vez que creía que iba a poder verle algo más del canalillo, sólo para encontrarse que ella cambiaba el vaivén y volvía a permanecer secreto. Una y otra vez. Yo mantuve mi rostro de seriedad, igual que ella, pero he de reconocer que me costó infernalmente, y tan pronto salimos del ascensor ambos nos morimos de risa todo el camino hasta la puerta de la habitación.

Probablemente, eso sí, se debiese más a una risa nerviosa que a una de hilaridad, ya que la broma de Angie tampoco había sido para tanto. Entramos y lo hicimos como una pareja de casados desde hace muchos años, cada uno por su lado. Yo quería saltar sobre ella, pero tenía miedo de que eso fuese demasiado. Supongo que ella estaría igual.

-Voy un momento al baño, ahora vengo- dijo ella, y se internó en el mismo como si fuese un refugio.

Llevábamos dos años y medio para llegar a esta situación, y aún así sentía que me precipitaba, que ponía demasiado en riesgo. Lina, el novio, Angie, y yo. ¿Cómo saldría todo cuando esta noche terminase? ¿Qué habría cambiado? Fui al minibar y me serví una copa, mientras pensaba todo esto: necesitaba que algo calmase el caballo que se había metido a galopar en mi corazón. Le pregunté que si quería beber algo, y se lo preparé. Vodka con limón, si no recuerdo mal.

Se abrió la puerta y ella entró en la habitación con un sujetador de encaje y unas braguitas a juego, ambas en blanco. Buscaba impactarme, y vaya si lo consiguió: me dejó literalmente paralizado en mi sitio, con ambas copas en mis manos. La había visto semidesnuda en un millón de ocasiones, pero verla así, casi completamente desnuda, con esa seguridad y ese aplomo, su sonrisa más seductora y un andar felino hacia mi hizo que el caballo dejase de galopar, directamente se volvió loco. Y yo completamente incapaz de hacer nada, ni siquiera cerrar la boca.

-Gracias- dijo ella, con falsa modestia, mientras cogía la copa de mi mano y se regodeaba con la situación.

Punto para ella, indiscutiblemente, aunque hacía tiempo que había perdido la cuenta de los marcadores.

Sólo el que se bebiese su copa casi de un trago delató lo muy nerviosa que ella también estaba.

-Estás, simplemente… increíble- conseguí decir.

-Pues va siendo hora de que te lo creas- dijo, pícara, mientras colocaba la copa vacía de vuelta en la mesita y me rodeaba el cuello con sus brazos.

Rodeé su cintura con cuidado, como temiendo que todo fuese un sueño y se fuese a desvanecer de entre ellos, o romper en mil pedazos como una figurita de cerámica. O algo. Pero no lo hizo. Ella estaba ahí, conmigo, y no había vuelta de hoja para ninguno de los dos. Un pequeño escalofrío recorrió su espalda cuando mis manos la rodearon, y otro me recorrió a mi cuando me incliné sobre ella y besé sus labios primero con tranquilidad. Aquella vez, a diferencia de todas las anteriores, teníamos toda la noche para nosotros.

Al menos, esa era la teoría. Pero todo el mundo sabe que, como dice la célebre frase de alguien que no recuerdo, "ninguna teoría sobrevive al encuentro con los hechos". Y aquella tampoco lo hizo.

Sentir su calor, la humedad de su boca, la pasión de su mirada, el roce de su pelvis… todo tan directo, todo sin temores, hizo que ambos nos disparásemos. Quizás simplemente, llevábamos demasiado retraso. Pero el primer y tranquilo beso rápidamente se cambió en un torrente de pasión, de mordiscos, de lametazos, de intercambios apasionados hasta que no supimos de quien era la saliva que teníamos en la boca. Mis manos se apropiaron de su culazo firme, de sus altivos pechos, de su coño que se humedecía con rapidez, de sus caderas de slalom, de su cuello de marfil. Sus manos rápidamente abrieron mi camisa, se deshicieron de mi cinturón y desabrocharon mis pantalones. Pronto ambos estuvimos en iguales condiciones: en ropa interior.

La subí sobre la mesita de las bebidas, lanzando una de las copas al suelo y haciéndola añicos, y me retiré un paso. Mientras recuperaba un poco el aliento, no podía dejar de admirar la belleza perfecta que tenía delante, toda para mi. Y yo, todo para ella, pues me escrutaba en igual medida que yo lo hacía.

Mientras nos besábamos de nuevo, bajé mis manos por sus caderas y, con su ayuda, deslicé sus bragas por sus piernas hasta que cayeron. La noté temblar un poco, no se si de miedo, de excitación, de sorpresa, o inseguridad. Quizá un poco de todo ello. Y aproveché este momento para agacharme frente a ella y comenzar a devorarle los bajos como nunca lo había hecho.

Besé, lamí, acaricié, penetré con dedos, sorbí, chupé, y cosas incluso para las cuales no tengo verbos adecuados. Todo con tal de disfrutar del peculiar sabor de sus líquidos, que me demostraban lo mucho que le estaba gustando. Y si a ella le gustaba, a mi me gustaba. Y entonces, por primera vez, la oí gemir con cierta rotundidad.

No, no era como en todos los relatos y pelis porno, que parece que a las mujeres les apetece hacer que todo el mundo en la manzana siguiente se entere. Pero, desde luego no era tan callada como cuando hacíamos lo mismo en el despacho. Así, entre suspiros quedos y ligeros gemidos, se intercalaban pequeños grititos de placer, y gemidos mayores que se acentuaron ligeramente a medida que se aproximaba su orgasmo. El cual llegó justo después de su grito más fuerte, mientras arqueaba la espalda como tanto le gustaba hacer.

Su sonrisa depredadora fue probablemente la cosa más bonita que he visto jamás, y la mejor recompensa. Aunque lo que vino después tampoco estuvo, precisamente, mal que digamos.

Ella me empujó suave pero firmemente contra la cama, y tiró de mis calzoncillos y calcetines. Yo me había olvidado de estos últimos, pero se ve que ella no. Y, una vez estuve desnudo frente a ella, su pequeña lengüecita salió a humedecer sus labios, como si anticipase un banquete. Tengo muy claro que es un gesto que hizo por mí, pero aún así fue tan erótico que mi pene dio un saltito, y se hubiera empalmado aún más si fuera posible. No lo era.

Entonces lo agarró con una mano y, de golpe, se lo tragó entero. No es que tenga un monstruo entre las piernas, pero tampoco la tengo pequeña, y al principio le costaba hacerlo todo de tirón. Aquella vez ya no, prueba de lo mucho que había aprendido desde que habíamos empezado a jugar juntos. Y me la chupó como si se jugara la vida en ello, con una maestría que ninguna otra mujer que haya estado conmigo había tenido jamás. Lamiendo, succionando, besando, acariciando, mordisqueando ¡incluso soplando y acariciándola con el pelo! El mismo tratamiento le deparó, por primera vez, también a mis huevos, que pedían amor.

Sin embargo, ambas cosas hizo con una ligera crueldad, ya que siempre que yo estaba a punto, ella paraba. Una y otra vez, me dejaba al límite. Es cierto que así la corrida es mayor, pero ¡yo ya estaba más que en mi máximo! Y entonces, cuando yo pensaba que iba a parar de nuevo, Angie llego hasta el final y me corrí sobre el suelo del hotel como si quisiese pintar toda la habitación de blanco. Obviamente, exagero, pero salió tanto como nunca en mi vida.

-Desde luego, todo esto no cabe en una de mis servilletas- comentó, burlonamente.

Por respuesta, yo la cogí de las axilas y la tumbé en la cama, al lado de mi. Casi daba vértigo estar en la cama con una preciosidad tan perfecta al lado, estar a su altura, darle lo que realmente merecía y deseaba… ciertamente, produce inseguridad. Al menos me lo hizo a mí. Pero ella, viendo que me paralizaba brevemente, me acercó con sus brazos y me besó.

-Ya era hora de que completásemos la siguiente parte del contrato, ¿no crees?- casi suspiró en mi oreja.

Fue como una declaración de guerra. Quedarme quieto ciertamente no iba a ser estar a la altura, ¡había que poner toda la carne en el asador! Y, si no llegaba, al menos habría tenido una noche mágica con ella.

Así que me coloqué sobre ella, con cuidado para no hacerla daño, y puse mi polla, que ya estaba de nuevo lista para la batalla, sobre su coño. Comencé a acariciárselo por fuera, haciéndola rabiar, pero lo único que conseguí (a parte de que nos calentásemos ambos una burrada) fue que se riese con una risa inocente y sin malicia alguna.

-¡Para, para, que me haces cosquillas!-

Por lo que paré, pero dentro de ella, internándome un poco en su coño. Obviamente no era virgen, pero lo tenía mucho más cerrado de lo que uno esperaría de una chica de veintisiete años con su cuerpo y su mente. Así que la introduje un poco, esperé a que se habituase, y continué un poco más, lentamente, entrando paso a paso. Imagino que probablemente no le haría daño de todas todas, pero nunca se sabe.

-Eres un tonto- me dijo ella, cariñosamente, mientras me besaba con verdadero sentimiento. ¿Cuál? Eso no lo sabía.

Eso sí, una vez estuvo dentro del todo, comencé a darle ritmo a la cosa. Al principio, un ritmo pausado pero firme, que fuese algo que pudiese mantener un buen rato y que disfrutásemos ambos, y que nos permitiese seguir con los calentamientos, los besos y las caricias hasta en los lugares más recónditos que alcanzásemos. Después un ritmo más fuerte, más apasionado y caliente, acercándonos a ambos al orgasmo, y finalmente un sin ritmo con toda la pasión y energía que yo tenía, pero sin buscar hacerle daño. Parando si veía que ella aún no llegaba, y he de reconocer que cada vez que me detenía todas mis hormonas y pensamientos gritaban "¡Joder, no pares, sigue de una puta vez!", pero yo paraba, brevemente, y luego lo retomaba, retrasando así mi final hasta que llegase el de ella.

Diría que el de ambos fue a la vez y precioso, pero no sería verdad. Ella se corrió un poco antes, y cuando vi que su espalda se arqueaba y soltaba un único grito me dejé ir yo dentro de ella. Fue entonces cuando me di cuenta de que no llevaba condón. ¡La había liado! ¿Cómo podía ser tan tonto? ¡Un jodido error de principiante! No es que yo lo hubiese hecho con un millón de mujeres, pero desde luego no cometía tonterías como esa. O no debería. Pero ella me tranquilizó con una sonrisa.

-Tranquilo, tranquilo, que tengo conmigo las pastillas para el día después. Mi hermana me las consigue de trapicheo.-

Con un suspiro, me recliné sobre ella y la besé con gratitud, con amor, con no se, un millón de cosas.

Nos quedamos en la cama como media hora, charlando, de todo y de nada. De su vida, de la mía, de a dónde íbamos, de a dónde no íbamos. No eran proyectos de pareja, pero de algún modo los de ambos incluían al otro. Al cabo de esa media hora nos dimos la segunda ronda, con ella cabalgándome como una amazona mientras yo escalaba sus poderosas montañas con mis manos alpinistas. Quizá fue un polvo más salvaje y breve que el otro, pues ambos seguíamos medio a tono aún antes de empezarlo, pero fue tan gratificante como el anterior. Aún recuerdo perfectamente la imagen de su cuerpo perlado con las gotitas de sudor saltando sobre el mío como si me quisiese partir de placer.

Tras ello descansamos un buen rato, este si que no miré el reloj, hablando de una y mil cosas. Así fue como me enteré de que ella no había tenido muchas relaciones, porque con su cuerpo los chicos que habían osado entrarle siempre iban con el rollo gallito de "usarla para su propia satisfacción" (en palabras de ella), con lo que nunca volvía a verlos. Su novio y yo éramos diferentes, quizá porque ella dominase a su novio, quizá porque yo fuese raro.

Yo le hablé de Lina, de la niña, de mi tiempo como estudiante, de mis trastadas y los profesores que me hacían la puñeta, de un millón de cosas con las que ambos nos reíamos, y a las que ella me respondía con sus propias historias, sus propios profesores y trastadas. Le conté como perdí la virginidad (durante mi último año de instituto, con una chica de clase con la que salí cuatro meses), ella me contó la suya (con un chico en una discoteca, que la emborrachó y que había sido rápido y poco satisfactorio). Y entre risas e historias se aproximó la mañana.

No dormimos ni un minuto, pero lo recuerdo como uno de los mejores momentos de mi vida.

Y con la mañana, una ducha (juntos, por supuesto), que terminó con un tercer round en la cama, y nos separamos. Juraría que vi pesar en sus ojos, y estoy seguro de que ella debió verlo en los míos.

Tres semanas de tranquilidad siguieron, pero yo no pude disfrutarlas como debería por un resfriado tonto navideño. La Nochebuena en un lado, Fin de Año con constipado, Reyes viendo la ilusión de la peque. En casa, todo en orden, todo amor, todo perfección. Pero yo no podía quitarme a mi Angie de la cabeza.

Con el regreso de Enero, no tuvimos forma de vernos a solas más que unos pocos minutos, en los que intercambiábamos besos apasionados y caricias furtivas, pero nada más. No surgían excusas adecuadas, o no podíamos coordinar fechas. Al menos hasta finales de mes, que logramos escaparnos juntos una noche más a un hotel.

Después, los exámenes de Febrero, que no es sólo hacerlos sino corregirlos, lo cual nos lleva a Marzo. Ahí si conseguimos tener un fin de semana para nosotros solos, ya que había un Congreso de Sociología en Atenas (al que realmente fuimos) pero cuyas noches compartimos en todas las ocasiones. Eso sí, durante el día, ni una muestra de afecto ni camaradería más allá de lo profesional, demasiada gente me conocía ya, pues mi carrera continuaba en ascenso. Envidiaban mi joven y guapa ayudante, pero la mayoría pensaban (con esa superioridad típica de los hombres) que una preciosidad como ella jamás se liaría con un profesor como yo, y nosotros no les sacábamos de su error.

A finales de Marzo llega una de esas situaciones inesperadas, que sacan todo de sus marcos establecidos. Me bajaba un día del bus (me gusta usar el transporte público, que además en mi ciudad es muy bueno) cuando voy y pongo mal el pie. Rotura de tobillo. Y de las más tontas.

Así que para el hospital a que me enyesen y toda la parafernalia. Y, ya que me había saltado varias consultas mensuales y que me tenían allí, pues de paso pruebas de esto y lo otro, visita al oculista, etc. Tras ello, un par de semanas de baja en casa, con el pie en alto. Pero es antes de que me diesen el alta cuando ocurrió lo inesperado.

Una mañana vino a visitarme Angie. Supongo que sabía que por las mañanas mi esposa trabajaba y mi niña estaba en parvularios, por lo que yo estaba sólo. Al menos mientras las enfermeras no entraban para comprobar cosas. El caso es que entró ella, y por una vez vestía especialmente discreta: ropa amplia que ocultaba sus exuberantes formas, falda de vuelo que tapaba sus largas piernas, gafas cuadradas y pequeñas que tapaban un poco sus brillantes ojos, y el pelo en un moño mal hecho. Se podría decir que simplemente estaba guapa.

Llegó y tras los saludos y preguntas de rigor (que se que no os interesan) comenzamos a charlar de modo algo más apasionado de nosotros y esas cosas. Una enfermera entró, y luego otra, con lo que nuestra conversación se veía interrumpida. Por suerte, mi cama no se veía desde la entrada, y al ser un hospital privado era una habitación individual, por lo cual la maldad entró en su cabeza.

Aprovechando que la segunda enfermera se fue, ella se introdujo por un lateral de mi cama, bajo la sábana, y me levantó el faldón de la batilla de hospital. Yo me quedé mudo de sorpresa ante el panorama, pero mi pene reaccionó de muy otra forma. Un modo que ella recibió con una pequeña risilla, segundos antes de comenzar a mamármela.

Yo no sabía si estaba en el cielo o el infierno. Si alguien entraba, ¡no le iba a dar tiempo a salir de ahí sin ser vista! Pero, al mismo tiempo, hacerlo en un lugar público tenía un morbazo increíble. Y la habilidad de su lengua y de sus labios seguía creciendo. Era insuperable la cantidad de sensaciones que era capaz de provocar en mi mientras yo me comía la olla. Y estaba claro que yo no tenía voluntad de parar.

Justo segundos antes de que entrase la siguiente enfermera me corrí gloriosamente, como pocas veces antes, y ella lo recogió todo en la servilleta de mi comida. La enfermera entró y Angie justo salió de rodillas, ocultándose tras la cama.

-¡Ah! ¡Aquí está! ¿Ves como te dije que te habían traído una servilleta en la bandeja del desayuno?-

Me preguntó, y me dejó a cuadros, pues mostraba con una sonrisa completamente inocente la servilleta doblada en varias partes donde mi corrida estaba guardada. Tuve que reconocer que tenía razón con lo de la servilleta para que la enfermera no sospechase, pero ambos sabíamos que en realidad le estaba reconociendo que estaba ganando ella en nuestro juego. Habría que hacer algo para cambiarlo.

Me llevaron a casa y allí estuve en reposo. Aunque se me pasó por la mente llamar a Angie y aprovechar alguna de las mañanas juntos, la verdad es que me sabía mal. Bastante le estaba haciendo a Lina y la niña (aunque no lo supiesen) como para hacerlo en nuestra casa. Supongo que ella pensó lo mismo, pues tampoco lo sugirió en ningún momento, y cuando tuvo que venir a finales de mi convalecencia a revisar unos datos para dar unas órdenes sobre el proyecto de investigación, no hicimos nada de nada. Bueno, salvo lanzarnos miraditas que incendiarían los bosques.

Ese pacto de no usar nuestras casas quedó firmado entonces, eran territorio vedado, fuera de los límites.

A mediados de Abril ya estaba libre de nuevo. Retomé mis clases para tristeza de mis alumnos masculinos (que claramente preferían a mi sustituta, Angie) y yo me sonreí para mis adentros al verlo. Normalmente, los estudiantes son claros y transparentes como el agua, por mucho que crean que están siendo enormemente sutiles y que los profesores no nos damos cuenta.

El caso es que a finales de Abril decidí que tenía que hacer algo para empatar el marcador, o me enfangaría como siempre entre Mayo y Junio con los exámenes, y luego el verano daría demasiada ventaja a Angie. Por lo que la invité a pasar juntos una noche en una ciudad algo alejada de la nuestra, por lo que tendríamos que quedar antes de lo habitual. Aceptó encantada, ya que además aquella ciudad no la conocía.

Preparé de antemano todo y lo pagué con la tarjeta nueva que había creado después de la segunda noche de hotel, una tarjeta de la cual mi esposa no tenía noticia y a la que iba una parte de mi sueldo de las investigaciones (y del cual, mi esposa no puede llevar control). Quizás fuera paranoia, pero más valía ser precavido.

En cualquier caso, me encontré con ella en un lugar discreto y neutral, y fuimos en mi coche de viaje. Eran varias horas, y en ellas hablamos de trabajo, de planes, de futuro y de muchas cosas. Su tesis marchaba bien además, con lo cual también nos dio mucha conversación. Nadie se imaginaría que entre nosotros había algo. Bueno, quizás si, si veía cómo se había vestido ella. Ya que teníamos toda la noche, le dije que la iba a llevar a un sitio bien, que se vistiese lo más elegante posible, así que llevaba un vestido de noche largo y rojo, ceñido a sus amplias formas pero discreto a la vez. Sobre él, un chal y un collar igual de discretos, que tapaban ligeramente el amplio escote. Se lo había comprado para una boda, y jamás lo había vuelto a usar desde entonces.

Y una vez llegamos a nuestro destino, ella se quedó con la boca abierta. La ópera. Ella jamás había estado, y me había comentado entre risas que siempre había querido ir.

-No creas que esto lo hago por impresionarte- le dije, serio-, ya que sé que te tengo impresionada de sobra. Pero nunca te he hecho regalos, ni nada que demuestre que… bueno, eso, que me pareció lo mínimo por devolverte lo maravillosa que eres.-

-Tonto- respondió ella, que se inclinó sobre mi para darme un leve besito.

La ópera, vista desde el palco, es como siempre fastuosa y majestuosa. Os la recomiendo. Pero supongo que para este relato no os interesa. Sino, buscad la trama de "Turandot", de Puccini, e imaginaros un buen montaje, con buen presupuesto, vestuario, música y demás que narre su historia de amor, su tragedia, los sacrificios, lo exótico, etc.

Después de la ópera nos fuimos a cenar a un buen restaurante, una cena igual de deliciosa que transcurrió entre conversaciones sobre lo maravillosa que había sido la obra y lo mucho que nos había gustado. Aunque con diferencias, había algunos cantantes que me habían gustado mucho a mi, y a ella menos y… bueno, os hacéis una idea.

Tras ello nos fuimos de copas, y a bailar. No soy un gran bailarín, pero me defiendo al menos, y puedo mantener el ritmo y no dejarme ni a mi ni a mi pareja en ridículo. Obviamente, no nos fuimos a una discoteca cualquiera, sino a una bastante exclusiva, donde nos dejaron entrar simplemente por cómo íbamos vestidos (y, supongo, por lo impresionante que estaba esa noche Angie).

Comenzamos a bailar abrazados, pues justo entramos con una lenta, y tras ello nos tomamos una copa. Varios tíos intentaron entrarle, pero ella los rechazó con un simple arqueamiento de su ceja. Charlamos, bebimos, y cuando volvió a sonar música que nos gustaba salimos de nuevo a la pista.

A medida que avanzaba la noche, el local iba llenándose más, y más, y a los chicos del lugar les quedó claro que ella estaba conmigo. Aunque no aguantaría ni media hostia de ninguno de ellos, la seguridad del lugar era bastante alta, por lo cual no se atrevieron a nada, y se fueron a por otras chicas (algunas de ellas también impresionantes aunque, al menos a mis ojos, ninguna como Angie). Las copas se siguieron y cada vez estábamos más apretados unos a otros. Aprovechando esto, colé una de mis manos por la raja de su vestido, directamente bajo el frontal de sus bragas, mientras me inclinaba sobre ella.

-¿Creías que lo del hospital no tendría venganza, preciosa?- y le sonreí, como si fuera un villano de película. Un gesto que fue acompañado a la entrada del primero de mis dedos en la zona sagrada, comenzando a acariciarle los labios y apartando hacia un lado sus bragas.

Ella, sobra decirlo, me miró fingiendo cabreo, pero noté que en realidad le divertía aquel gesto. Pensaba que no me atrevería realmente a llevarlo más allá. Pero yo no me corté, y a unas caricias siguieron otras, y otras, por incómodo que fuese acceder por un lateral, mientras danzábamos hacia una de las esquinas de la discoteca. Juraría que al menos una o dos parejas se quedaron mirándonos, inseguros de si realmente veían lo que creían ver entre los flashes de luz. Y cuando llegamos a una columna, un dedo se coló en su interior. Dos. Y comenzaron a moverse.

Se puso toda roja, mirando a su alrededor, mientras me abrazaba, intentando ser discreta. Pero luego, decidió contraatacar, y comenzó a gemir. No gritaba brutalmente, pero si lo suficiente como para que las parejas de alrededor pudiesen quizás oír algo entre el ruido de la música, ya que estábamos en una zona mal bombardeada por los baffles.

Yo me paré, helado, no sabía qué hacer. Y ella me sonrió victoriosa, mientras se aproximaba para besarme, un beso de consolación. Pero yo decidí que no, no me iba a ganar aquella mano, y moví mis dedos más vigorosamente. Por supuesto, todo intento de disimular algo así era inútil, pero ella se corrió rápidamente poco después, mirándome con incredulidad.

Esa noche, juntos en el hotel, después de follar a gusto, charlamos como siempre hicimos, abrazados el uno al otro. De lo morboso que había sido, y de lo mucho que nos había gustado hacerlo, en ambos casos, jugando con lo público. Pero en lo cuidadosos que debíamos ser, pues no podíamos ser descubiertos. Fue una conversación realmente tórrida, que duró un muy buen rato, pero no se acercó en calor ni de lejos al polvo salvaje que la siguió, con ella dándome la espalda mientras yo la follaba abrazado a sus tetas, y con nuestras lenguas luchando la una contra la otra como espadachines de esgrima.

A partir de entonces, intentamos ensayar algunos juegos pequeñitos en nuestra ciudad, en zonas donde no nos conociesen. Un típico magreo de teta en el metro, caricias en las piernas en el bus si este iba muy lleno,… el juego fue escalando. Pero nos dimos cuenta que los transportes públicos no eran adecuados, pues los estudiantes viven dispersos y tanto ella como yo éramos conocidos en la universidad.

Así que cambiamos de estrategia, y ascendimos de nivel el juego. Pasamos a mamadas rápidas en un callejón, comidas de coño aceleradas entre columnas poco visibles, y demás. Hasta que, un día, casi nos coge la policía. Imagínense, un profesor reputado de universidad, y una preciosa estudiante terminando su doctorado, con él comiéndole el coño a ella en un callejón.

Pero esa vena seguía existiendo, por mucho que durante un mes la ignorásemos y recurriésemos a los habituales hoteles.

Sin embargo, no hubo tiempo para más: llegaron los exámenes y, con ellos, el verano. Seguimos en contacto por su tesis, y por el proyecto que entregamos en Julio, pero obviamente el mail no daba para más juegos. Su tesis también estaba muy avanzada, y ella comenzaba a pensar en presentarla en navidades.

Yo, secretamente, lo temía. Es cierto que si le conseguía un lugar en un departamento, en teoría su contrato seguiría vigente de por vida, pero no quería recurrir a ello. Y dejar de verla como hasta ahora me daba vértigo. Amaba a Lina, y cada día del verano me lo recordó, pero Angie también era una parte igual de importante de mi.

No sólo por el sexo, que era fantástico, sino por las conversaciones, las discusiones, los planes. Ella podía igualarme en campos donde mi esposa, por haber estudiado otra carrera, no podía seguirme. Mi esposa era una de las directoras de un importante museo de la ciudad, pero no podía debatir conmigo de relaciones internacionales, del funcionamiento del mundo, y de tantas cosas. No, al menos, al nivel que Angie podía.

Quizás me sería más fácil prescindir del sexo alocado y apasionado con mi amante, que de las conversaciones que tenía con ella y todo lo que compartíamos. ¿Eso es lo que define una amistad? ¿Un amor? No lo sé, pero defina lo que defina, a mi se me aplicaba.

Llegó Septiembre y yo con un nudo en el estómago. Ella no vino, como siempre, hasta después de los exámenes, y cuando la vi no paramos de hablar, de discutir y planear. Y, por supuesto, después no paramos de follar, de besarnos, de acariciarnos, y de recuperar tres meses en que nuestros cuerpos no se habían visto. Pero, quizás lo mejor de todo ello fue cuando, ya desaforados nuestros cuerpos y mentes, pudimos finalmente dormirnos juntos y abrazados en la cama.

A partir de Octubre retomamos nuestras locuras, pero subiéndolas al siguiente peldaño. Supongo que todo empezó un día que mi esposa estaba de viaje y mi niña estaba con sus abuelos como todos los viernes. Así que yo estaba libre para estar con Angie.

Era de noche, y paseábamos por una zona poco céntrica cuando ella me miró pícaramente. Empujó un portal y se abrió, supongo que ella habría notado que estaba mal cerrado. Entró trotando y, mientras se abría la camisa, me dijo jocosamente:

-Hazme tuya, machote, ¿o no hay huevos?-

Ella sabía que yo normalmente no entraba en ese tipo de juegos, pero ver aparecer su sujetador negro era una llamada mucho más importante que su broma. Así que me colé dentro y avanzamos corriendo hasta el fondo del pequeño pasillo, que tenía una puerta de mantenimiento que debía dar, supongo, a la maquinaria del ascensor. La levanté por su culo y la aplasté contra dicha puerta, sólo tenuemente iluminados por la luz exterior.

-Tengo huevos para eso, y para lo que te voy a hacer ahora, nena- le dije, fingiendo voz de tipo duro de película barata.

Y comenzamos a besarnos, una y otra vez. Obviamente, no tardamos tanto en preliminares como nos gustaba, ya que estábamos en un sitio donde bien podían descubrirnos, de modo que me bajé la cremallera mientras ella apartaba sus bragas. Y toda hasta el fondo a la primera, mientras yo me apoderaba de uno de sus pezones, que asomaba por encima de la copa bajada de su ropa interior. Nos besamos, acariciamos, y gemimos, pero sobretodo follamos. Rápidamente y a fondo, pues la situación lo exigía, pero la verdad es que el morbo hizo lo demás.

Para cuando salimos del portal, con la ropa de nuevo arreglada y en su sitio, reíamos como críos que habían hecho una travesura. Pero el brillo lujurioso de sus ojos y la humedad que yo acababa de probar de su boca prometían que la noche no acababa allí. Por el contrario, acabó como siempre en un hotel, donde estuvimos hasta muy tarde dándonos todos los preliminares que en el portal no habíamos podido tener, y rememorando todos los momentos, como cuando se había encendido la luz porque el detector de movimiento nos acababa de pillar de casualidad.

A lo largo de ese año, follamos en alguna azotea, en algún otro portal, y en sitios algo más raros pero donde no nos molestasen. Todo sea dicho, en dos ocasiones fuimos pillados: en una por unos adolescentes que volvían de fiesta borrachos y que se quedaron tan sorprendidos por ver a un pivón como Angie semidesnuda en su portal que no hicieron nada mientras salíamos corriendo entre risas, y en otra por unos abuelos que nos abroncaron enormemente.

Sin embargo, llegó Diciembre, y con él su examen de tesis. Se juntó el tribunal, expuso y defendió el trabajo y, como era su marca, el Magna Cum Lauden fue suyo. No tuvimos tiempo para estar solos en todo el día, ni antes para darle un besito de confianza como la vez anterior, ni en medio de una fiesta donde ella fue la homenajeada, como es natural. Lo único que logré, poco antes del examen, fue agarrarle la mano educadamente (al fin y al cabo estaba su madre delante y mirando) para inspirarle confianza. Ella, sin embargo, logró meterme una notita en el abrigo cuando le di el abrazo de despedida y me marché. Casi no me di cuenta de su existencia, pero al quitármelo cayó al suelo y por poco no lo vio Lina.

"Mañana festejamos esto como Dios manda, en mi apartamento. Angie".

Juraría que antes de su nombre había una T o una Q, o algo así borrado y tachado. Pero quizás fuesen cosas mías.

Huelga decir que, al día siguiente, estaba allí como un reloj, y con un nudo en la garganta como nunca antes. Nunca habíamos violado la santidad de las casas que compartíamos con nuestras parejas, ¿querría sólo hablar? ¿O iba a cambiar de nuevo las reglas? No lo sabía, pero mientras esperaba al ascensor, no podía dejar de pensar que algo no iba bien. Nada bien. Fatal.

Me recibió vestida como siempre, con su amable sonrisa, y me saludó como "Profesor Luna", algo que no hacía nunca que estábamos solos. ¿Tan mal iba la cosa? El nudo de la garganta a penas me dejaba respirar. Pero ella lo deshizo cuando, tan pronto cerró la puerta, me dio un beso de tornillo tan impresionante que hubiera soltado todas las vigas del edificio. El sabor de sus labios, la humedad de su lengua, la entrega de sus ojos cerrados… todo deshizo, como un rayo, mis dudas.

-Ya era hora de que vieras mi casa, ¿no Cesarón?-

Asentí, recuperando la compostura y el aplomo. Y la seguí mientras ella, con aparente inocencia, me iba enseñando una habitación tras otra de su apartamento de soltera, como siempre lo llamaba. La cocinita pequeña pero moderna, el salón cuco y bien aprovechado, el baño limpio, y el dormitorio… allí ella entró hasta su cama y se sentó sobre ella. Lentamente, uno y otro de los botones de su camisa fueron cayendo, mientras ella me decía:

-Una tesis merece una celebración más… adecuada.-

La camisa cayó sobre el edredón, mostrando sus dos más que amplios reclamos, encerrados en una prisión de tela negra elegante, justo como a mi me gusta. Yo, por supuesto, estuve de acuerdo en celebrar tan alto mérito de aquella forma.

Me lancé sobre ella como un depredador risueño, y me la comí a besos. Uno, y otro, mientras con mis manos siempre le iba quitando las diferentes prendas que le quedaban sobre su cuerpo, como a mi me gustaba: osea, que las prendas eran una excusa para acariciarla por completo. Con suavidad o energía, la falda, las medias, los zapatos, el sujetador y las bragas fueron desapareciendo, mientras yo me deleitaba con el sabor de sus labios, sus orejas y su cuello. Ella no se quedó corta, y en igual medida me iba quitando la ropa a mi, mientras me besaba en los hombros e intercambiaba incluso algún mordisquillo, que inmediatamente yo le perdonaba cuando me miraba con cara de diablesa.

Agarrándola suavemente de uno de sus hinchados y rosados pezones, la hice reclinar, y me dediqué a comerle el coño como hacía tiempo que no hacía. Quizás por el morbo del lugar, o por el tabú roto, pero me esforcé completamente, arrancándole un orgasmo a base de lamidas y besos, mordisquitos suaves y caricias, dedos exploradores y clítoris amados. Se corrió en mi cara con más jugo del habitual, lo cual me confirmó que ella también estaba especialmente excitada aquel día.

Con fuerza y energía, se puso en pie y me tumbó a mi, dispuesta a devolverme el gesto, pero yo me resistí, y la abracé contra mi, comiéndome sus labios con desesperación. Quería durar más después, quizás hacerlo más de una vez. Así que la agarré del culo y la llevé contra la mesita, donde deseaba hacerla mía.

-No… no- respondió ella entre gemidos-, estamos demasiado cerca… de la ventana.-

Ni me había fijado en la ventana, así que le di la vuelta y la apoyé con suavidad pero firmeza contra el armario. Con sus piernas rodeando mi cintura me introduje en ella, escuchando sus gemidos directamente suspirados en mis oídos según progresaba en su interior. Al fin y al cabo, aquel día no podíamos hacer ruido si queríamos que los vecinos no se enterasen, que en este país las paredes entre pisos también son de papel.

Comencé a embestir mientras me comía su cuello como si fuese un vampiro, y sus oídos como si fuesen un manjar. Ella, mientras, me arañaba la espalda con suavidad, pero de modo que notase claramente las uñas. Estábamos fuera de control. Luego la deposité en el suelo y, desde detrás, comencé a internarme en sus húmedos interiores. No se si ella se dio cuenta o no, pero había un espejo cerca: yo no podía ver reflejado más que el interior de su armario, pero ella sí debía ver algo si miraba en esa dirección.

Me corrí poco después de verla arquear la espalda, como siempre, sin condón como era habitual pues ella tenía la píldora sobre la mesilla de noche. Había empezado a usarla poco después de que nuestras incursiones sexuales se volviesen habituales, y aunque al principio sus cambios hormonales eran raros, ahora se agradecía. Follar sin condón no tiene ni punto de comparación.

Caímos destruidos sobre la cama. Recuperando el aliento entre carantoñas y mimos, entre besitos, caricias y abrazos. Yo me hundía entre su pelo cuando, de pronto, me dijo con una voz apasionada y más caliente.

-Estrena mi culo, te corresponde a ti. Se que según el contrato aún no me has encontrado hueco en el departamento, pero no se si te llegará virgen si no lo tomas hoy.-

Yo la miré, sorprendido. Así que su novio había estado insistiendo en estrenarle la vía trasera, y de ahí todo. Asentí, mientras me levantaba, y me miró entre sorprendida, decepcionada y descolocada.

-Voy a por un par de cosas; harán falta unas buenas lociones para que no te duela, y quiero asegurarme de que tenemos todo. No tardo nada, no te me enfríes.-

La verdad es que esta parte del contrato nunca había pensado en ella, me di cuenta mientras terminaba de vestirme ante los ojos sorprendidos y quizás agradecidos de ella. Salí rápidamente a la calle, sin saber muy bien qué hacía falta. Yo nunca lo había hecho por allí, y la única experiencia que tenía al respecto era lo leído y visto en películas y relatos porno, en general ambas fuentes bastante poco fiables. Por suerte, uno siempre tiene un amigo de un pasado… digamos que movido, que puede responder a estas dudas.

Conseguir todo lo que me dijo me llevó más de lo esperado, pues no encontraba algunas de las cosas en las cercanías del piso de Angie, pero finalmente regresé. Antes de timbrar tuve que pararme y tomar aliento. El nudo regresaba, aunque más por la responsabilidad de que algo así saliese bien que por miedo o inseguridad. Quería que no sufriese, que lo disfrutase, y quería que fuese especial. Ya, ya sé que son las típicas ñoñerías que dicen los quinceañeros respecto a perder la virginidad… y, sin embargo, en cierto sentido, yo sentía que eso era lo correcto. De una forma más madura, sin tanto color rosa, pero debía ser así, al menos en la medida de lo posible.

Unos minutos después estaba frente a su puerta, y ella me abrió. Yo llevaba dos bolsas del supermercado de abajo, que había conseguido antes de ir a por lo demás, de modo que el vecino que salió no sospechó nada acerca del contenido "especial" que había en ellas.

Me acerqué a Angie que me miró con cierto temor, pero yo sólo le di unos besos tranquilos, y tranquilizadores, mientras la abrazaba.

-La ropa de la cama la vas a cambiar, ¿no? Porque digamos que igual la ensuciamos un poco…-

-Si, si, tranquilo- respondió ella, pero todavía había algo de temor en su voz.

Intenté aparentar calma mientras dejaba las cosas en el suelo y la tomaba en mis brazos. Un beso tras otro, pero ella seguía sin estar tranquila, hasta que la dejé en la cama. Claramente se había enfriado, y no me extrañaba con lo que había tardado en encontrar las cosas. ¡Me había enfriado hasta yo! Así que de nuevo comenzamos los juegos preliminares, los besos, los abrazos, las caricias.

Y, lentamente, fuimos ganando en calor. Sinceramente, era imposible que no me pasase teniendo a tal bellezón entre mis brazos, y me gustaría creer que a ella le pasaba igual conmigo. Un beso tenue, una lamida, un mordisquito, y de nuevo las manos comenzaban a volverse locas y a explorar una y otra vez el territorio tan deseado. Sus pechos reaccionaron rápidamente hinchando sus pezones de sangre, y yo lo acrecenté besándoselos y mordiéndoselos con suavidad a través de mis labios. Y sus gemidos, finalmente, se oyeron como música para mis oídos. Pero no me llegaba, me lancé sobre su clítoris y su vagina y, con un poco de perseverancia, le arranqué su tercer orgasmo de la tarde-noche. Ciertamente, me costó más de lo que era habitual, pero llegó.

Entonces regresé con las cosas del salón, y extraje los dos aceites que me habían recomendado, dejando las cosas "por si acaso" cerca pero fuera de la vista en principio. Embadurné su entrada trasera simplemente dejando caer líquido, y luego, lentamente, introduje un pequeño consolador destinado a este fin. Ni siquiera tenía muy claro que estas cosas existían antes de hoy. Ella me miró, con los ojos vidriosos, pero no dio señales de dolor. Al menos, no del físico. Estaba determinada y decidida, pero notaba que algo en su alma moría.

Así que paré, con el consolador dentro de ella, y di la vuelta hasta quedar frente a ella. Desnudo como estaba, le entregué otro juego completamente nuevo de las mismas cosas.

-Te lo he dicho, no eres mi puta. No es que me apetezca ser sodomizado, para nada, y los tabús entre los hombres con los temas de la homosexualidad son mucho mayores como seguro que has estudiado. Pero no te haré nada a ti, jamás, que no esté dispuesto a pasar por ello yo mismo. Y esto no es una excepción.-

Le entregué las cosas mientras me daba la vuelta y me ponía en cuatro. Había hablado con un aplomo que estaba lejos de sentir, con una seguridad que no creía que poseyera. Pero, desde luego, su mente y su personalidad valían mucho más que cualquier sacrificio. Si ella creía, por la razón que fuese, que debía pasar por esto, yo haría que no fuese humillante para ella. Y esta era la única forma que se me ocurría.

Sin embargo, jamás llegó el contacto. Me volví, sin tener nada claro, y la vi sollozando, pero sonreía al hacerlo. Una sonrisa preciosa. Extraña, viva, a medio camino entre todas partes, y a la vez en todas ellas. Me di la vuelta y la abracé, besando cada uno de los regueros con suavidad y cariño, limpiándola de todo ello. Y, tras ello, besándola en la boca, que desapareciese el sabor del dolor, del miedo y de la humillación con la unión entre uno y otro.

-Estoy lista- me dijo, con una sonrisa amplia que temía no volver a ver-. ¡Y no creas que te voy a poner tan fácil cambiar de acera!-

Su chiste, tonto y poco gracioso, me pareció lo mejor que había oído en mucho tiempo. La besé de nuevo, un beso profundo, dedicado, entregado, un beso de amor. Y ella me lo devolvió de igual manera. En aquel momento, le hubiera dicho que sí a cualquier cosa que me pidiese.

Pero tras estar unos segundos así, ella misma se volvió a poner en cuatro y yo retomé mi posición original. Pero dejé la otra copia de los juguetes de su mano, por si cambiaba de opinión, junto con el pequeño manuscrito que me había hecho con las instrucciones. Sin sorpresas.

El consolador se había salido ligeramente de su sitio, pero había logrado dilatar el ano en cierta medida. El resto podía hacerlo con los dedos, como me habían dicho que era mejor, y más placentero (al menos, según mi amigo, no tengo con qué comparar). Un dedo primero, completamente embadurnado de loción para menor roce. El fondo, menos dilatado, fue complicado, de modo que me paré, besándole las nalgas mientras esperaba que lo aceptase, acariciándole las piernas con mi otra mano. Luego otro dedo, y a repetir el proceso, aunque llevó más tiempo. Su respiración se aceleraba al notar entrar el segundo dedo, profunda y rápida, mientras su frente de nuevo se perlaba de sudor, pero su sonrisa aún se podía ver de vez en cuando, y el miedo había desaparecido de sus ojos.

Finalmente, me puse en pie tras ella, y comencé a penetrarla, muy lentamente. Avanzando, pasito a pasito, y parando. Dejando que se acostumbrase a tenerla dentro. Notando como las lociones reducían el roce de un ano enormemente ceñido a mi polla. Como su culo parecía hecho a medida para mi. Finalmente, apoyado sobre él, alcance el final del trayecto. Estaba ensartada.

Estuve un buen rato parado detrás de ella, asegurándome que no le dolía. Acariciándola, dándole mimos, y besándola en la espalda. Finalmente, comencé el retroceso, lento y pausado, seguido por una nueva entrada del mismo estilo. Y una y otra vez. Fuimos ganando ritmo y, discretamente al principio, ambos comenzamos a gemir. Una de mis manos avanzó por debajo de ella, alcanzando su coño, y comencé a masturbarla, incrementando su placer. Pero aquello apretaba demasiado, y yo no era demasiado veterano.

No mucho después, me corrí en su interior, llenando su culo de mi semen hasta el final de los no se cuántos metros de tracto intestinal. Entrando y marcando donde ningún otro hombre había estado. Sintiéndola entregada a mi hasta donde ella nunca lo había hecho. Y yo, con ella. Mientras me salía de ella comenzamos a abrazarnos, y darnos una infinidad de mimos, besitos y demás. Era consciente de que ella no se había corrido, de modo que bajé a su clítoris y terminé el trabajo como no había podido hacerlo desde detrás, llevándola a un nuevo orgasmo sobre su cama.

Finalmente, nos abrazamos. Y vi una lágrima deslizarse por su mejilla. No lo entendí. Al menos, no inmediatamente.

-Me voy a casar, en dos meses. Esta… esta será nuestra última noche. Puedes hacer conmigo lo que quieras, cuantas veces quieras, pero cuando salga el sol habrán de separarse nuestros caminos. Al menos, este tipo. Sé que te prometí con el contrato que sería de por vida si me conseguías un lugar en el Departamento, y comprenderé si no lo haces, pero… te pido que… que dejes eso atrás y perdones una promesa cuyas consecuencias… no entendía.-

Ella comenzó a llorar suavemente.

-Podemos, cariño, podemos hacer lo que queramos. Y sabes de sobra que el contrato nunca sirvió de nada. Sé feliz, que es lo que importa.-

La miré y nos besamos, tranquilamente, como los primeros besos robados. Como reconociéndonos. Esa misma noche lo hicimos cuatro veces más, una de ellas por detrás que salió mejor. Pero, en todas ellas, hicimos el amor. Incluso cuando tenía su ano ensartado y sus cántaros en mis manos, nuestros labios se hablaban otro idioma el uno contra el otro.

Pero ella había ganado. Punto. Juego. Set. Y Partido. Como se titula la canción de Foreigner, "Love Isn’t Always on Time".

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Hasta aquí llega la carta tal como ella la leyó en la noche de su boda. Fue mi regalo secreto, oculto dentro del regalo real. Ella subió las apuestas a nuestra partida con un marido y una retirada, yo las subo metiendo los sentimientos.

He estado buscando un lugar para ella en el Departamento, y lo he conseguido tras bastantes esfuerzos: un favor debido aquí, sus notas y expedientes por allá, y unas promesas más allá hacen milagros en el politiqueo de la Facultad. Nos vamos a estar viendo mucho los dos, aunque sea como compañeros.

Quizás haya que volver a empezar con los besos robados, las miradas incandescentes, las caricias furtivas. De ahí a lo siguiente, avanzando paso a paso por su contrato. Al fin y al cabo, estamos hechos el uno para el otro, y ¿acaso hay algo más excitante que dos mentes que se complementan, dos cuerpos que encajan, y dos maridos/esposas engañados?

Hablando de Lina, me consta que desde hace cinco meses ella también tiene una aventura con un compañero del museo. Sólo sexo, se supone. Nuestra vida familiar es excelente, y ambos somos más felices que nunca. Independientemente de que mi jugada funcione con Ángela o no, no voy a decirle nada a Lina. Que ella disfrute de lo prohibido. La amo, y ella me ama a mi, un poco de salsa en la vida va bien. Y si sufre mucho por las dudas y las cosas que surgen, como a mi me ocurrió en ocasiones, le diré que todo está bien, todo, y que esté tranquila.

Como conclusión, pues, Ángela estuvo dispuesta a convertirse en la puta de un profesor para poder alcanzar sus sueños en la Universidad. Yo estuve dispuesto a caer en un juego morboso pese a que estaba prohibido. Creo que ambos nos hemos quemado, y conseguido mucho más de lo que esperábamos. ¿Amo a Ángela? No lo sé. No es el amor que tengo y tuve por Lina… pero, ¿Quién dice cómo es el amor? Yo sólo se que nunca dejaré escapar a ninguna de las dos, igual que espero que ellas no me dejen escapar a mi. Yo las necesito, y espero que ellas me necesiten. Ellas me complementan, y yo las complemento. Siento cosas por ellas, y ellas por mi. ¡Y desde luego me la ponen dura, ambas! ¿Eso no es amor? ¿Hace falta ver el mundo rosa? ¿O acaso el amor adulto se puede basar en confianza, en respeto, en apoyo, en soporte, en pasión, en entendimiento, en compartir cosas, en construir futuros, en aprender…?

No tengo las respuestas, pero espero poder aprenderlo con ellas dos. De un modo, u otro.

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