Incesto - Filial -

Relato erótico

Por la unión de la familia (3)

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RESUMEN

Tercera entrega de esta historia, en su versión revisada y ampliada.

CAPÍTULO 3º

Julia, esa noche, durmió poco y mal, y no porque la atormentaran crueles pesadillas, ni mucho menos, que aunque su mente estuvo poblada de imágenes, éstas, de terroríficas, nada tenían sino, más bien, del País de las Maravillas de Alicia, si bien, tampoco dejaron de inquietarla, robándole la tranquilidad del sueño. Fueron los sucesos ocurridos escasas horas antes, las emociones vividas desde lo de “Se quiere lo que se respeta, y SE RESPETA A QUIÉN SE AMA”, lo que ocupó su sueño, embriagándola de dulces goces a veces, casi atormentándola otras. En sus onirismos, se veía junto a su Álvaro, en pareja conyugal, sintiéndose querida como madre, amada como mujer y siempre respetada… Y era inmensamente feliz, dulcemente gozosa, como nunca, nunca, lo fuera en toda su vida. Pero también estaba la otra cara de la moneda, la negra, la ingrata, cuando esa felicidad, ese goce, se truncaba al escuchar una voz en lo más profundo de sí misma, en su propia alma de ser humano, que le decía, le repetía, hasta la saciedad: “INCESTO, INCESTO…TODO ESO QUE TANTO DESEEAS, ES INCETO…INCESTO…INCESTO”

Al día siguiente, despertó ni demasiado tarde ni tampoco muy pronto, pues serían sobre las doce y media cuando entraba en la cocina tras ducharse, con una bata bajo la cual sólo estaba la braguita tanga, dispuesta a prepararse el desayuno; y entonces se encontró, de sopetón, con la primera sorpresa del día, ya que, sobre el office, encontró un plato con bollería, un gran vaso de zumo de naranja natural y un mensaje de Álvaro: “Julia, en el calienta-platos tienes una jarra de leche bien caliente, y la cafetera con café caliente. ¡Que te aproveche todo!”

Y Julia se sintió plena de dicha, de tierna felicidad ante el más que inesperado detalle que su hijo, su querido Álvaro, tenía con ella. Y, sin poderse aguantar las ganas de besarle, acariciarle, decirle lo feliz, lo dichosa que la había hecho con esa atención suya tan inesperada, salió, sin esperarse a desayunar, bastante más corriendo que deprisa, disparada hacia la habitación de su ya crecidito retoño de sus entretelas. Mas, si la sorpresa del desayuno había sido de abrigo y gabardina, eso apenas fue nada comparado con la segunda sorpresa que esa mañana se llevó la buena de Julia.

La cosa fue que, cuando finalmente accedió al cuarto de su Álvaro, se quedó más sin habla que otra cosa ante lo que vio, que, de no haberlo visto con sus propios ojos, ni jurándoselo sobre los Evangelios se lo hubiera creído: Ni más ni menos que ¡¡¡SU HIJO DEJÁNDOSE LAS PESTAÑAS EN LOS TEXTOS DEL TEMARIO DE LAS OPOSICIONES!!! Vamos, estudiando a todo estudiar; ¡¡¡LO NUNCA VISTO!!! Y así era, que el “mocer” ni se enteró de que la puerta de su cuarto se abría, de lo ensimismado, lo concentrado, en el estudio que estaba, que hasta que no la oyó a ella hablar, ni se “coscó” (enteró) del evento

·                     ¡Pero qué ven mis ojos!... ¡Mi Álvaro estudiando!

El muchacho, a la voz de su madre, hasta se sobresaltó, pegando un respingo en el asiento que de poco no acaba en el suelo

·                     ¡Jobar, Julia! ¡Me has pegado un susto!...

·                     Perdona amor, cariño mío; no era esa mi intención. Venía a darte las gracias por el detalle de prepararme el desayuno… ¡Y que a conciencia me lo has preparado! No le falta nada y, además, el detalle de molestarte en que el café, la leche, estuviera caliente. Te lo agradezco mucho, pero mucho, mucho, mi cielo, mi amor… Y, sólo faltó ya, esto, verte estudiando. Me has hecho muy dichosa, muy feliz, cariño… Gracias, mi amor; gracias por todo

·                     Mira Julia; para empezar, por lo que dices del desayuno, huelgan esas “gracias” que tanto me reiteras; sencillamente, que lo que en esta vida más deseo es cuidar de ti, ocuparme de ti; vivir por ti y para ti, para hacerte feliz y dichosa; muy, muy feliz, muy, muy dichosa. Y no me entiendas mal, que por donde seguramente, piensas, no van los tiros. Y lo de ponerme a estudiar, y muy, pero que muy en serio, es porque anoche me di cuenta de que tenías más razón que un santo en lo que me decías; entendí, por fin, que siguiendo como iba no llegaría nunca a ningún sitio. Así que, ya ves; todo es más sencillo de lo que dices, que no es para tanto, vamos…

·                     Pues yo creo que sí, cariño; lo que acabas de decirme es lo más bonito que en toda mi vida me ha dicho nadie. Y tenías que ser tú, tú precisamente, quien me lo dijera; si antes era feliz, dichosa, ahora lo soy mucho, muchísimo más, tras escuchar esas palabritas tuyas, tan bonitas, que sé las sientes muy, pero que muy de veras

Julia se había llegado hasta él, los dos de pie, uno frente al otro y casi tocándose; en tal momento, ella le echó los brazos al cuello, abrazándole en prieto, prietísimo abrazo, al tiempo que le cubría el rostro de besos y más besos; caricias dulces, tiernas, suaves, en el pelo, la frente, los ojos, las mejillas, una y otra, y otra vez más, para, al final, unir su labios a los de su hijo, en repetidos besos, caricias lo mimo de dulces, tiernas, suaves, que antes; besitos fugaces, de segundos, microsegundo más bien, reiteradamente uno tras otro, casi sin solución de continuidad, hasta que ella cortó tales besos y caricias, apartando de sí al hombre de un suave, pero firme, empellón, mientras riéndose, aunque sin malicia alguna, le decía

·                     ¡Vade retro, Satanás! ¡Que te conozco, bacalao, aunque vengas “rebozáo”!... Que a ti te dan la mano y te lo tomas todo, todito todo, el cuerpecito serrano de una. ¡¡Ja, ja, ja!!

Y así, riéndose a todo reírse, salió del cuarto de Álvaro, dirigiéndose, ligera, a la cocina, dispuesta a dar buena cuenta del almuerzo que él, solícito, le preparara. Acabó el desayuno y, sin saber qué hacer, se dirigió al salón para sentarse en el ancho sofá, tres plazas que parecían cuatro. Encendió la tele, más por inercia que por gusto, pues ni la miró, de manera que, poco a poco, fue rindiéndose al somnoliento sopor que, dulcemente, empezó a envolverla, con lo que acabó por tenderse en el sofá, quedándose dormida en un pis pas, hasta que Álvaro vino a despertarla

·          Julia, despierta; son ya más de las tres de la tarde y, digo yo, que habrá que comer algo. O, ¿no tienes hambre?

A Julia le costó abrir los ojos casi lo indecible, de dormida que estaba; al fin lo logró, desperezándose sinuosamente, cual perezosa gatita; al fin, ya más despierta, pudo hablar

·                     ¿Qué decías, Álvaro?... Lo siento, hijo, pero estaba muy, muy dormida, y ni me he dado cuenta de lo que me decías

·                     Que son ya más de las tres de la tarde y, creo que debiéramos comer algo. O, ¿no tienes hambre acaso?

·                     ¡Ya lo creo que tengo! ¡Y, de lobo, además! Pero, ¡Dios!, y qué tarde que se nos ha hecho; aunque, no te preocupe, mi amor, que en un periquete preparo algo; eso sí, ligerito; unos huevo con jamón o un filete con ensalada… Es que, por una parte, es ya muy tarde para hacer nada más en orden, y por otra, la verdad, hijo; cocinar y fregar no me “mola”, pero lo que se dice nada; nada de nada, hijo; qué quieres que te diga…

·                     ¡De eso nada, Julia! Que no quiero yo que estas manitas, tan bellas, tan bonitas, tan cuidadas, se mancillen guisoteando y tal …

·                     ¡Dios y qué galante que es mi niño con su mami! Qué gentil, qué atento eres conmigo, mi amor. Me gusta, ¿sabes?, me gusta mucho que seas así conmigo, que me mimes como hoy me estás mimando. Y me digo: ¿Qué hacemos todavía aquí, sin vestirnos para bajar a la calle?

Se quedó mirando a su hijo, todo preparado para bajar, con sudadera y pantalón vaquero, a falta sólo de calzarse y ponerse, por encima, algo de abrigo, añadiendo

·         Bueno; qué hago yo aquí, sin vestirme, que ya veo que tú estás prácticamente listo para bajar.

Con lo que, al momento, se levantó y echó a correr a su cuarto, a arreglarse un poco regresando no tanto después, con un conjunto de blusa camisera, en gris perla, abierta por delante en una hilera de botones de arriba abajo, y pantalón vaquero típico, en ese tono azul, clásico, de toda la vida, pero con, también, un toque de recato muy, pero que muy inusual en ella, pues no sólo se había calzado todo un señor sujetador, que bien que a las claras se notaba, sino que, además, llevaba solamente dos botones desabrochados, los dos de más arriba, en lugar de su más habitual soltarse tres y hasta cuatro ojales, con las “domingas” sueltas, libres de toda continencia sujetadora, bamboleantes, saltarinas, al compás de su firme taconeo, todo ello en verbi-gratia del famoso dicho: “Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos”

Cuando Álvaro la vio de tal guisa, cosa absolutamente inesperada para él, se la quedó mirando muy, muy, atentamente, observándola, diríase, que casi con lupa, pues tal voluntad de recato en la mujer que era su madre, le desconcertó, y no poco, amén de que tal insistencia en mirarla, casi analizarla de pies a cabeza, o de la cabeza a los pies, dejó a la mujer bastante insegura, de modo que preguntó

·                ¿Qué pasa cariño? ¿No voy bien, no te gusta cómo voy?

·                En absoluto es eso; te veo muy, pero que muy bien… Y me encanta como vas.

·                ¿De verdad te parece bien?... Ya sé que voy bastante ligerita, demasiado ceñida… Pero es lo que hay, amor; lo que tengo… He escogido esto, precisamente, por parecerme lo más “decente” de mi guardarropa, pues las alternativas, no veas cómo son… Bueno, ya lo sabes; ya sabes cómo es, en general, mi ropa…

·                     Te lo repito, Julia: ¡Vas estupendamente; estupendamente, de verdad! Y me gusta un montón verte así: Un tanto recatadita, pero conservando tu imagen; tu propia imagen de mujer; de la mujer que, de siempre, has sido y deseado ser; que eres, en definitiva… Esa mujer que tanto, tantísimo me gusta… Consérvala, Julia; no la pierdas nunca, pues dejarías de ser tú, si así lo hicieras… Y, a lo mejor, ya no me gustarías… Pero sí; también me gusta que hayas tomado esos toques de discreción en tu vestir; sí, la verdad es que me ha gustado mucho eso.

·                     ¿Sabes una cosa, amor? ¡¡¡Que eres un sol de hombre!!! Tan caballero, tan respetuoso, tan cariñoso y atento conmigo… Vamos, el hombre ideal, el “Príncipe Azul” con que toda jovencita, toda adolescente, mínimamente romántica, sueña con encontrar algún día…

Y riendo a todo reír, lanzando al aire, libremente, las alegres campanillas de su risa, tomado de la mano a su vástago, corrió más que anduvo hacia la puerta, arrastrando tras de sí a su Álvaro, en demanda de la calle. Ya allí, taconeando firme sobre la acera, se colgó, espontáneamente confianzuda, del brazo de Álvaro, recargando, incluso, su femenil cuerpo en el masculino, hasta meterle, casi a saco, los maternales senos en el pecho de hombre del chico que, en absoluto, puso reparo alguno a la maternal confianza. Así, en buena, franca, camaradería, que más parecían una pareja hasta de jovencitos de dieciocho-veinte, veintipocos años, en cualquier caso, riendo jubilosos por cualquier tontería, cualquier nonada o nadería.

Anduvieron callejeando por el entorno de su casa, sin separarse de ella más allá de cien, ciento y pocos metros, deambulando de bar en bar, de cervecería en cervecería, de taberna en taberna, poniéndose “moráos” de vinos con tapas y raciones de cocina. Callos a la Madrileña, calamares a la romana, gambas al ajillo y “con gabardina” (peladas, rebozadas en huevo y harina y fritas en aceite fuerte un momento nada más, para que no se quemen, etc. etc. etc.

En fin, que eran las cinco y pico de la tarde cuando madre e hijo, tan joviales como habían estado deambulando de sitio en sitio, regresaban por fin a casa. Él, Álvaro, dijo que volvía a su cuarto, a seguir estudiando, y Julia, aduciendo estar muerta de sueño, de cansancio, se fue a su habitación dispuesta a dormir cual “lirona”. Serían ya pasadas las nueve y media de la noche cuando Álvaro pasó al dormitorio de su madre, despertándola

·           Venga Julia; espabílate y levántate para cenar

Julia abrió sus ojitos, o, mejor decir, que los entreabrió, casi pegadas aún las pestañas por el sueño; se desperezó más a medias que por completo, para responder

·           ¿Qué dices, cariño? Lo siento, cariño mío, mi amor, pero estoy aún “zumbada” de sueño y no te he entendido bien

·           Pues que te levantes ya, dormilona; que son más de las nueve y media y hay que cenar. Luego, cuando acabemos, podrás acostarte y seguir durmiendo hasta que te canses…

·           ¡Dios mío! No me digas que son ya las nueve y media… Pero, pero, ¡si se me hace que acabo de echarme tumbarme en la cama, como quién dice!...

·           ¡Ya, ya, acabas de acostarte!... ¡Pero, si llevas durmiendo casi cuatro horas!... Vamos, que a tres horas y media, ni un segundo le quites… ¡Dormilona, más que dormilona!

·           ¡Hay Dios; si no me lo puedo creer; si tengo más sueño, más cansancio, que cuando me eché en la cama

Y, efectivamente, Julia consultó su reloj, comprobando que, sin duda alguna, eran las 21,40, ya pasada, casi las diez de la noche. Se acabó de desperezar, estirándose cual gatita retozona, bostezó a más y mejor, y casi tambaleante, medio dormida aún, marchó al cuarto de baño, evacuando su sobrante en el retrete para, al momento, meterse bajo la ducha, y no con agua templada, sino más gélida que fría, lo que acabó de despabilarla en un plis-plas, pues, ¡uff, qué frío!, de modo que salió al instante de la mampara, se secó más que vigorosamente, se echó por encima un albornoz y, sin más ropa que cubriera su desnudo cuerpo, se dirigió a la cocina donde encontró la cena lista y en la mesa; nada de particular, entrecots de buey poco hechos, bien churruscaditos por fuera, pero sonrosados y medio crudos por dentro, como a los dos les gustaban, acompañados de patatas fritas y ensalada de tomate, lechuga, cebolla cortada en aros y aceitunas de esas verde intenso, oscuro, de fuerte sabor a oliva

Cenaron en amor y compaña, uno frente al otro, entre risas y bromas, riendo a modo las mil y una naderías, tonterías se diría, que tanto al uno como a la otra por momentos se les ocurría; en fin, chorrada tras chorrada, ora a cargo de Álvaro, ora por boca de Julia; y, es que, simplemente, se sentían los dos muy, pero que muy a gusto, la mar de bien, por el simple hecho de estar juntos, cosa que no tantas horas antes, menos de veinticuatro, en too caso, hubiera sido impensable, tanto para el hijo como para la madre.

Acabaron la cena y, una vez más, Álvaro fue el gentil caballero para su madre, su dama, podría decirse, pues cuando terminantemente se opuso tenazmente a que ella hiciera absolutamente nada que no fuera irse al salón, a sentarse allí y descansar, pues no hubo forma de que permitiera a su madre hacer nada de nada en la cocina, encargándose él de recoger la mesa, fregar todo lo fregable, y, por finales, ordenarlo todo, poniendo cada cosa, cada cacharro, cada enser, en su sitio.

Finalmente, se reunió con su madre en el salón, donde ella le esperaba sentada en el sofá grande, largo y ancho, de tres plazas. Álvaro hizo intención de retirarse a su cuarto, a seguir con lo suyo, estudiarse los temas de la oposición que se había propuesto aprobar en la primera convocatoria de ese nuevo año, en Marzo/Abril, pero ella le pidió que no la dejara sola, que se quedara con ella allí, en el salón, el rato de sobremesa; incluso, le pidió que sirviera dos copas de licor, de coñac, para bebérselas los dos, mano a mano. Y Álvaro, cómo no, cedió a los deseos maternos; sirvió ambas copas, las puso en la mesa de centro que unía el tresillo, dos sillones, butacones más bien, y el soberbio sofá, con intención de sentarse en uno de los sillones, pero ella se lo impidió

·                No; ahí no, cariño mío; ven aquí, mi hijito querido; junto a mamá…muy, muy juntito a mamita

Y Álvaro, una vez más, complació a Julia, su madre, yendo a sentarse donde ella le indicaba, en el sofá, en una esquina, junto al brazo del mueble, el sitio que ella antes ocupara y que dejó libre para él. Y no acababa Álvaro de acomodarse donde ella le indicó, que Julia se tendió, cuan larga era, descansando, más que la cabeza, el rostro, en el regazo de su hijo.

·           Álvaro, cariño, amor de mi vida, ¿sabes? El de hoy ha sido el día más feliz de mi vida… Y todo, gracias a ti, a tu gentileza, tu dedicación a mí, tu delicadeza para conmigo. A ese cariño inmenso con que me has rodeado todo el día… Y lo conseguiste, mi amor; lograste hacerme muy, muy, dichosa; como nunca, ¿me oyes?, como nunca lo he sido. Porque me he sentido querida; querida y amada por ti; querida como madre, amada como mujer. Y ¿sabes? Que no estoy segura cuál de esos dos afectos, tan dispares, me ha gustado, me gusta, más. 

Julia calló un momento para libar un sorbo de licor; Álvaro, su hijo, hizo lo propio, pero absteniéndose de meter baza en lo que su madre decía, dejándola hablar, pues presumía que ella no había terminado, aún, con sus confidencias para con él. Así que, tras unos minutos de silenciosa pausa, Julia siguió.

·           Y quiero que sepas otra cosa; que me atrae mucho tu propuesta, que me lo propusiste, y muy en serio, además, aunque en forma indirecta, como pregunta, convivir los dos juntos, en pareja conyugal… Sí, Álvaro, amor, me atrae muchísimo vivir así contigo… Pero también me asusta, me causa rechazo, un rechazo muy grande, muy hondo, eso mismo, vivir así contigo… Es el rechazo natural que el hecho incestuoso en sí mismo conlleva… Te lo juro Álvaro, mi amor; me seduce enormemente esa perspectiva de vida en común, pero, también te lo aseguro, que lo más probable es que nunca, nunca, me decida a dar ese paso al incesto contigo

·           Tranquila Julia, que no pasa nada; además, aún es pronto para plantearnos, plantearme yo, seriamente, esa relación, por más que también lo desee… Demos tiempo al tiempo, que ya “sonará” lo que deba de “sonar”…

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Cuando a la mañana siguiente Julia se levantó, ya estaba en casa el servicio doméstico, tras la brevísima pausa de la tarde del 31 de Diciembre y todo el día uno de Enero, por la festividad Noche Vieja-Año Nuevo, con lo que, al punto de salir de sus privados dominios, y apenas habíase acomodado en el salón, que ya estaba allí, a su lado, una servicial fámula con el desayuno de la señora; ésta, tan pronto acabó de servir a su señora, la puso en antecedentes de lo que el señorito Álvaro dispusiera que le dijeran a la señora. Que el señorito había salido de casa muy temprano, al filo de las ocho de la mañana, a hacer ciertas gestiones, pero dejando recado para la señora de que, a eso de las dos-dos y media de la tarde, la señora estuviera ya lista para salir a la calle, pues el señorito pasaría, a tal hora, a recogerla para salir los dos a comer.

La fámula se marchó y Julia se sintió un tanto desilusionada, pues esperaba pasar el día con su Álvaro, como pasó el anterior; pero eso no duró ni un suspiro pues, al momento, recuperó las ilusiones, animada por el proyecto forjado ya en la noche anterior, y a cuyo rescoldo se levantó, animosa, esa misma mañana: Renovar todo su actual vestuario, eliminando cuanto tenía, substituyéndolo por prendas más acordes con un vestuario de “mujer decente, nada “furcia” que había sido su distintivo en el vestir hasta el pasado uno de Enero, de modo que apenas acabó el desayuno se lanzó a la calle en busca, más que de las selectísimas “boutiques”, más que caras, carísimas, en que solía ella proveerse de ropa, de grandes almacenes del corte y talla del “Grande, de los Grandes Almacenes”, verbi gratia, el famoso Corte Inglés, para a las dos, aún no cumplidas, de la tarde, estar ya más que lista para salir con su hijo a comer por ahí, vestida, emperifollada y perfumada, debidamente, que pocas veces, ante escasísimas citas con hombres, había puesto tanta carne al asador a la hora de querer aparecer bella y más que deseable, como ante su hijo Álvaro se emperejilaba en parecer, que no parecía sino que iba al encuentro de un verdadero “Príncipe Azul”, su personalísimo “Príncipe Azul”

Y sí, apenas daban las catorce horas del día, que su Álvaro de sus entretelas estaba en casa, dispuesto a ser su personalísimo caballero, al menos, durante todo ese medio día que, luego, resultó asaz corto, pues la velada de la comida concluyó apenas hora y pico después, más a las tres y poco que a las tres y media de la tarde, por razones que luego conocería, y que la dejaron con un agridulce sabor de boca; una sensación muy extraña en ella, por un lado, ciertamente, defraudada, por otra, más contenta y feliz, que otra cosa.

Pero vayamos por partes, paso a paso en el relato de los sucesos ocurridos en tan señera tarde. Como se dice más arriba, casi antes de que las dos de la tarde sonaran en ningún reloj, su Álvaro, puntual cual las taurinas cinco de la tarde, estaba en casa, todo solícito con ella, dispuesto a ser su brazo fuerte al llevarla a almorzar; y así, colgada ella del gentil brazo de su hijo, bajaron los dos a la calle, dándose entonces la primera de las grandes sorpresas que aquella tarde conllevaría para ella, cuando al bajar no vio, aparcado a la puerta de casa, más o menos, el apabullante coche deportivo de su hijo…  

·           Dios mío ¿y tu coche?...

·           Pus, aquí lo tienes…

Respondió él, señalando un Seat Ibiza que estaba allí mismo, casi a la puerta de casa

·                          ¿Estoo?... ¿Y tu deportivo?...

·                          Lo he vendido…y comprado éste en su lugar

·                          Pero, pero… ¿Tú te has vuelto loco, Álvaro?... ¡Un coche nuevo, que le costó un riñón a tu padre hace nada!...

·                          Vamos a ver Julia, que todo tiene su explicación; esa maravilla de coche, un deportivo de muy, muy alta, altísima, gama, nuevecito y, cómo no, en color amarillo chillón, para que “no se note tanto”, era un lujo asiático que yo no puedo permitirme; antes sí, cuando era un parásito viviendo de mi padre… ¿Cómo me llamaste la otra noche, antes de anoche, nada más?... Niñato malcriado, caprichoso, bueno para nada, malo para casi todo, del que mujer alguna podía fiarse, al que ninguna mujer, hecha y derecha, elegiría por compañero de su vida. Ya, desde aquella noche, desde antes de anoche, ese tipo de persona no quiero ser, sino un verdadero adulto, un hombre de verdad, en el que una mujer, en todo el sentido de tal palabra, pueda confiar y unir su futuro al de él, “per in saecula, saeculorum, amén”… Así que se acabó lo de vivir del cuento, a costa de papá, de su dinero, “per in saecula, saeculorum” también, sino por mis propios medios, trabajando como el mejor… Y en esta vida que desde ayer es y será la mía, un coche como aquél no puedo permitírmelo; sería un inútil derroche que no puedo asumir, luego resolví el problema eliminándolo de raíz, vendiéndolo; con su venta, me compré este otro, más acorde con mis actuales posibles, lo que mi trabajo me dé, amén de reportarme un buen “puñaíco” de pelas, un buen fondo, un colchón de protección, que me guardará las espaldas en tanto no disponga de un sueldo, unos ingresos, mínimamente decentes…

Y Julia entendió las razones de su hijo, su Álvaro, encontrándolas más que razonables; incluso, se sintió orgullosa de él… Hasta feliz por lo que tal cambio representaba… La mejor forma de declarar un hombre su amor a una mujer, sin palabras, sino con sus obras, pues en absoluto se le escapaba que, si él, su hijo Álvaro, cambiaba de la manera que lo estaba haciendo, era por ella; sólo y únicamente por ella, para merecerla, para, por finales, conseguirla como su esposa y mujer… Y eso le gustó; le gustó enormemente, pues a qué mujer no le gusta sentirse querida, amada, de tal manera, hasta cambiar, por ella, su vida, dándole la vuelta como quien da la vuelta a un calcetín, volviéndolo del revés. Entonces, henchida de gozo, de tierna felicidad, se acercó, curiosa, al Seat Ibiza, mirándolo bien mirado, mientras decía.

·                          No, si vistas así las cosas… ¿Sabes?, hasta parece bien este otro coche; es amplio, y parece cómodo…

·                          Anda, entra… Siéntate en sus asientos.

Y Álvaro, con el mando a distancia, liberó las puertas y, galante, abrió a su madre la del, digamos, copiloto. Julia entro en el Seat, se arrellanó a modo y manera en el asiento, miró la tapicería, el salpicadero, pasando la mano por todo ello, como acariciándolo.

·                          Y hasta resulta confortable; sin pasarse, pero sí, son cómodos los asientos.

Y ahí se acabó la controversia. Se metieron a comer en un restaurante que, sin ser de lujo, tampoco estaba mal; uno de esos restaurantes “bien” de barrio. Entonces, sentados los dos a la mesa en amor y compaña, Julia conoció las demás sorpresas del día, de nuevo, de un sabor agridulce, un tanto frustrante respecto al inmediato horizonte de su ya estrecha relación de madre e hijo pero sin perder de vista ese futuro juntos, como hombre y mujer, marido y mujer, aunque nunca llegarían a poseer “papeles” que hicieran oficial su unión, cosa a la que tampoco ella, menos él, daban importancia alguna pues, como dice Sabina en una de sus canciones, “con dos en una cama, sobran alcalde, cura y juez…

Así, supo Julia de los inmediatos planes de su hijo, de estudio y trabajo, trabajo y estudio, pues en las mañanas asistiría a clase, preparando las oposiciones que, en no tantos meses, se celebrarían los pertinentes exámenes, en tanto por las tardes trabajaría donde aquella misma mañana encontrara, guarda de Seguridad Privada, de cuatro a once de la noche, para luego, ya en la noche, dedicarse a estudiar a brazo partido los temas de las Oposiciones, del primero al último…

Y aquello, esa nueva vida de él, comenzó esa misma tarde, cuando vueltos ya a casa, a eso de las tres, tres y pico de la tarde, él se despidió de ella para incorporarse al trabajo en una de esas “Grandes Superficies” comerciales… Vamos, algo así como un “Corte Inglés”

 

FIN DEL CAPÍTULO

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