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La putísima madre (capítulo 3)

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  • El viernes de tarde partimos hacia la costa. Después de casi tres horas de viaje llegamos a la casa, la cual era tan exuberante como nos había contado mi padre, o incluso más. Pero yo sólo estaba interesado en la exuberancia de mi madre.

    Fin de semana en la casa de la playa

    El viernes de tarde recorrimos los trescientos kilómetros que nos separaban de la costa. Después de casi tres horas de viaje llegamos a la casa, la cual era tan exuberante como nos había contado mi padre, o incluso más. Pero yo sólo estaba interesado en la exuberancia de mi vieja, quien, no sé si a causa del calor que hacía ese día o de haber satisfecho sus deseos prohibidos el día anterior, había decidido destaparse y andaba de lo más campante con el shortcito de mezclilla que le dejaba medio ojete al aire. Yo andaba detrás de ella como perro alzado mirándole el culo todo el tiempo.

    Esa noche no hicimos más que admirar nuestra nueva casa. Luego cenamos y nos fuimos a descansar. Recuerdo que durante la cena mi padre hizo algunos comentarios sugerentes que claramente buscaban encender a mi madre. Yo me hice el desentendido.

    La medianoche me encontró dando vueltas en mi cama. No podía dormir de lo caliente estaba, así que decidí visitar la habitación de mis padres. La puerta estaba entreabierta. Me acerqué sigilosamente en la oscuridad y metí oreja para ver si percibía algo de acción. Por lo que pude escuchar, parecía que mi viejo quería, pero mi madre no.

    —Salí de acá, no tengo ganas, estoy cansada –le decía mi vieja ante la supuesta arrimada de mi viejo en busca de carne.

    Yo estuve un rato escondido junto a la puerta hasta que sentí los ronquidos de mi viejo. Ahí decidí asomarme a ver si podía divisar algo de la carne de mi señora madre. “¿Cómo estará durmiendo?”, me preguntaba. “Seguro que bien sexy, por eso mi viejo atacó”, me respondía. Temblando de calentura, metí mi cabeza por la hendidura que dejaba la puerta entornada. Mis ojos vislumbraron la deliciosa silueta de mi vieja, iluminada tenuemente por la luz de la luna que se metía por la ventana. Estaba divina. Dormía colita arriba sin más atuendo que una diminuta tanguita blanca bien metida en el culo. Sus nalgas parecían dos preciosas montañas de carne que invitaban a ser mordidas. ¿Cómo no se iba a calentar el pobre hombre?

    Cuando vi ese paisaje no pude aguantar y me mandé para adentro con la verga al aire, pensando: “a ver si a ésta le decís que no, puta”. Entonces la tomé del tobillo; lo hice suavemente, tratando de no despertar a mi padre. Ella despertó sobresaltada y, al ver mi tremenda verga al punto de reventar, puso una cara de puta de esas a las que me tenía acostumbrado y se levantó de la cama lentamente, cosa de no despertar a su marido. Acto seguido, me agarró de la pija y, cinchando de ella, me llevó fuera de la habitación; como quien te lleva de la mano, pero de la pija. La seguí dando pasos inevitablemente cortos.

    A puro tironear de verga me condujo hasta la sala principal y me empujó sobre un sofá, en el cual caí sentado. Sin perder un segundo, la espectacular fémina comenzó a prepararse para la batalla. Primero se sacó la tanguita y se ató el pelo con ella, haciéndose una coleta. ¡Qué perra más sexy! Luego se arrodilló frente a mí y me chupó la pija con maestría, como queriendo lubricarla bien para lo que estaba a punto de ocurrir, que era lo que yo tanto había estado esperando.

    Cuando lo comprendí, me incorporé de un brinco, la puse en cuatro de rodillas sobre el sofá y, sin más dilación –ni dilatación–, le enterré la pija en el orto. La enculé sin miramientos. ¡Qué lindo que fue sentir esa carne apretadita estrechándome la verga! Ella hizo un leve gesto de dolor, que pronto fue sustituido por otros que testimoniaban el enorme placer que comenzaba a recibir.

    A medida que su ojete se fue adaptando a mi pedazo, la fui bombeando cada vez con más fuerza hasta llegar a un ritmo vertiginoso. Yo le daba duro por detrás mientras la jalaba fuerte de su coleta. Mi miembro entraba y salía de su culo a gran velocidad mientras ella se masajeaba el clítoris con exaltación y me confesaba que era la primera vez que le daban por el orto (no parecía). ¡Como gozaba la yegua! Yo, cada tanto, le daba fuertes cachetazos en las nalgas y me deshacía en elogios:

    —Qué culo que tenés hija de puta.

    Ella gemía tratando de no hacer mucho escándalo, pero el galopante sonido producto del choque de sus nalgas contra mi bajo vientre resultaba demasiado elocuente. Sin embargo, la posibilidad de ser descubiertos no amainó la intensidad de la culeada. Estábamos demasiado calientes como para detenernos, así que seguimos dándonos bomba en un trance desenfrenado. Ni en mis mejores sueños me había visto culeándome a mi vieja de esa manera. Estaba realmente fascinado.

    —Creí escucharte decir que estabas cansada –le susurré al oído mientras le serruchaba el ojete sin piedad.

    —Para vos no, papito –me respondió multiplicando su cara de putita viciosa y recorriendo con su lengua toda la longitud de su labio superior.

    —Pero sos malvada ¿cómo vas a dormir así: con esa tanguita y ese culazo al aire, lo querés matar al hombre? Encima se lo negás –le dije aumentando la velocidad del mete y saca.

    —Que se vaya acostumbrando, a partir de ahora este culazo es sólo para mi bebé –me dijo intensificando sus embestidas hacia atrás.

    Sus palabras me calentaron hasta el extremo, y justo cuando uno de mis bombazos le inundaba el orto de leche, escuchamos la voz de mi viejo llamándola.

    —¡Estoy tomando agua querido, ya vuelvo a la cama! –respondió mi madre con total naturalidad, sin dejar de arremeter su arrecho culo contra mi pija recién exprimida.

    Luego de la incestuosa sesión de sexo anal la acompañé hasta la puerta de su cuarto. Allí nos dimos un enorme beso de lengua que rubricó el maravilloso encuentro. Ella entró a la habitación y se acostó al lado de mi viejo con el culo sucio de leche: no se limpió la muy cerda, sólo se incrustó la tanga hasta el fondo del orto y se echó a dormir complacida.

    Apenas pude dormir esa noche debido a la sobreexcitación que tenía. Quería más de ese culo. Me levanté temprano y, al sentir voces que venían de la habitación de mis padres, me mandé de nuevo a escuchar qué decían. La historia era la misma de la noche anterior: mi padre quería un mañanero y me madre se lo negaba:

    —¡Te dije que no, no seas pesado!

    Yo me puse un traje de baño, salí al patio y me tiré en una reposera a tomar sol al costado de la piscina. Al rato apareció mi vieja con la misma intención. Llevaba puesto el bikini rojo, el atrevido, el que no dejaba casi nada librado a la imaginación, el que había comprado para mí. Arriba, sus grandes tetas parecían que iban a escaparse en cada movimiento; y abajo, el diminuto colaless le dejaba los cachetes completamente al aire. Apenas me vio, me dio los buenos días y se ofreció para ponerme protector solar.

    Cuando apareció mi viejo ella estaba montada sobre mí untándome bronceador en el pecho, sentada directamente sobre mi bulto. Sus tetas se bamboleaban a escasos centímetros de mi cara. Para colmo yo me había puesto un traje de baño elastizado, de esos que parecen boxers, y mi evidente bulto se perdía dentro de sus nalgas cuando ella se movía adelante y atrás al ritmo de los masajes. La escena tenía un grado máximo de obscenidad, casi que estábamos garchando frente a mi viejo; sin embargo, éste no dijo nada, sólo saludó y se sentó a leer un libro en una reposera a unos pocos metros.

    Luego me tocó el turno de pasarle bronceador a ella. Así que le volqué la mitad del frasco encima y le di una buena manoseada a todo su cuerpo. Estuve un buen rato concentrado en sus aceitosas nalgas, las cuales manoseé descaradamente ante la indiferencia de mi padre.

    Cuando nos pusimos de pie, la tetona comenzó a reír en forma disimulada al ver mi gigante erección. Yo trataba de darle la espalda a mi viejo en todo momento para que éste no viera el tremendo bulto en mi traje de baño.

    —Escondé un poco ese termo, papito –me susurró la perra al oído, cosa que no hizo más que obrar en sentido opuesto a lo imperado.

    Mi alivio llegó cuando nos metimos en la piscina y mi enorme excitación quedó oculta bajo el agua. Allí hubo mucho arrime y manoseo disfrazado de juego inocente.

    Tan breve le quedaba la parte superior de su bikini que, en el ajetreo, dos por tres se le escapaba una teta. Ambos reíamos a carcajadas en cada uno de esos accidentes, mientras ella volvía a acomodarse la bamboleante ubre dentro de su bikini con la dificultad que le imponían sus pequeñas manos. Todo ocurría delante de mi viejo que, por suerte, nunca apartó la vista de su libro.

    Al mediodía, tras darme una buena ducha de agua fría para calmar mi calentura, pasé por la amplia sala –que integraba living, comedor y cocina– a ver si estaba pronto el almuerzo. Mi padre estaba leyendo el periódico sentado en un cómodo sillón, de espaldas a mi madre. Y ella estaba cocinando detrás de la gran mesada. La putita llevaba puesta la calza azul que había sido mi perdición. También vestía un pequeño delantal que le daba un aspecto de sensual ama de casa. Al mirarle el ojete me di cuenta que de poco me había servido la ducha fría pues ya estaba empalmado otra vez.

    Rápidamente me metí tras la mesada junto a ella, quizá con la excusa de ofrecerle mi ayuda. Ella, que cortaba morrones –creo– con un cuchillo, me sonrió con picardía al notar mi insistente erección. Entonces miró a mi viejo para cerciorarse de que éste no podía vernos y, sin sacarle la vista de encima, en actitud vigilante, comenzó a refregarme el culo por el bulto. ¡Cómo movía sus caderas en forma circular alrededor de mi verga! ufff… era espectacular.

    Yo saqué mi sanguínea herramienta de carne y con ella comencé a azotarle las nalgas. Después de darle unos cuantos pijazos a placer, le bajé la calza –no llevaba ropa interior– y le entubé el orto con ganas. La empecé a serruchar como loco mientras le tapaba la boca para asegurarme de que no emitiera sonido. Era increíble, me estaba cogiendo a mi vieja delante de mi padre, que seguía ensimismado en su periódico. El morbo me calentaba aún más, me hervía la sangre, estaba por explotar. De pronto, mi viejo giró su cabeza para pedirle a mi madre que le preparara un jugo de naranja.

    Frenamos la cogida justo a tiempo y fuimos protegidos por la mesada y también por un punto de vista más que oportuno. Debido a su ubicación, mi padre sólo pudo ver a su dulce esposa luciendo un coqueto delantal, en plenos quehaceres de ama de casa, y a su hijo detrás de ella. Si hubiese estado del lado opuesto, hubiera visto a la puta de su señora con la calza por las rodillas y enculada hasta el fondo por el ser que engendró en sus entrañas.

    Al vernos juntos aprovechó para invitarnos a cenar afuera esa noche y a ver no recuerdo qué espectáculo. Luego de aceptar la invitación con beneplácito, y una vez que mi padre volvió a darnos la espalda, seguí culeando a mi vieja detrás de la mesada. Le di en forma incesante y silenciosa hasta que exploté en un gran chorro de leche que ella tuvo la precaución de recoger en un vaso, que minutos después iba a ser completado con jugo de naranja, especialmente preparado para mi viejo. ¡Qué cochina hija de puta!

    Luego del almuerzo, en donde no faltaron las incestuosas caricias entre madre e hijo por debajo de la mesa, me retiré a mi habitación a descansar. Me tiré en la cama y estuve un largo rato mirando el techo. No podía creer lo que había vivido: me había cogido a mi madre a menos de diez metros de mi padre y encima la muy malvada le había hecho tomar mi leche. Ni hablar de que esto me empalmó de nuevo.

    Me levanté al caer la tarde. Mi padre aún no despertaba de su siesta y mi madre leía sentada en un sofá de la sala. Entonces la invité a bajar a la playa, la que increíblemente aún no conocíamos a pesar de que se encontraba a continuación del patio del fondo de la casa. Mi vieja aceptó gustosa. Tomó una toalla, se calzó de nuevo su breve bikini rojo y salimos.

    Yo iba detrás de ella contemplando su imponente figura mientras bajábamos por la arena. Tan indecentemente sexy se veía con su diminuto colaless, que me ruboricé al imaginar lo que pensaría la gente al verla. Y mi temor se vio confirmado de inmediato. Aunque la playa no estaba tan concurrida, quizá por la hora, sí quedaba alguna que otra familia. Había que ver las caras de sorpresa de padres, madres y niños, y sus bocas abiertas ante los cachetazos al viento que mi vieja les regalaba en cada paso durante el exagerado contoneo de sus caderas, y ante el bamboleo de sus enormes y erguidas tetas, más afuera que adentro de la malla. Estaba prácticamente en bolas delante de la gente. Ella parecía no darse cuenta de nada, o no le importaba, sólo tiró su toalla en la arena y se acostó sobre ella para aprovechar los últimos rayos de sol del día.

    Algunas damas, horrorizadas, rápidamente juntaron sus cosas y huyeron despavoridas de la playa llevándose de arrastro a sus esposos e hijos. Yo me metí al agua, quizá un poco avergonzado, y estuve nadando un buen rato. Luego busqué a mi madre en la orilla y allí pude observar la singular y sórdida escena que se había montado en su entorno. Mientras ella tomaba sol acostada boca abajo, el promontorio de carne formado por sus nalgas desnudas resultaba un espectáculo demasiado tentador como para ser desdeñado por los caminantes costeros, quienes detenían su marcha azorados para contemplar el voluptuoso paisaje (debo confesar que ese culote transformado en accidente geográfico también me resultó útil para orientarme en el agua, tomándolo como referencia ineludible).

    Unos adolescentes que jugaban al fútbol tiraban a cada rato la pelota cerca de ella para, al ir a buscarla, tener una efímera visión de ese ojete perfecto. No me quiero imaginar la cantidad de pajas que se habrán hecho esos chicos aquella misma noche. También había un grupito de chicas adolescentes de esbeltos cuerpos, escuetos bikinis y una clara intención exhibicionista, que bufaban de impotencia al verse opacadas por una señora que bien podría ser su madre y que estaba más fuerte que todas ellas juntas.

    Pronto pude comprobar que había más gente orbitando alrededor de mi vieja que en el resto de la playa. En dicho contexto, se destacaba la presencia de una pareja joven. Ella embarazada. Ambos habían llegado caminando por la orilla y cuando vieron a mi madre no pudieron evitar acercarse a mirar. Tomados de la mano, le miraron el orto durante largos minutos como quien admira una obra de arte en un museo. Luego la chica sacó una cámara de su bolso y, sin ningún reparo, le tomó fotos desde todos los ángulos posibles. Este hecho animó a unos cuantos de los fisgones presentes, que no dudaron en imitarla, procediendo a inmortalizar en imágenes el hermoso culote de aquella misteriosa mujer tumbada en la arena. Esto incluyó a las chicas de aquel grupito frívolo. Las envidiosas pendejas, totalmente consternadas, accionaban como locas el disparador de sus cámaras, como no pudiendo creer que alguien de la edad de mi madre pudiera tener un culo así. Pronto la escena parecía una sesión de fotos digna de la alfombra roja de los premios Oscar; o sería mejor decir, del hilo rojo del colaless de mamá.

    El espectáculo duró hasta que la peculiar hembra giró su cuerpo y, advirtiendo el revuelo que había causado, se sentó en la arena y se cubrió con la toalla. En ese momento, los mirones comenzaron a dispersarse disimuladamente. La parejita se alejó del lugar a puro besito y toqueteo. Puedo imaginar la caña que habrá recibido esa noche la grávida chica mientras ella y su marido repasaban las fotos que habían tomado del culazo de mi vieja.

    Salí del agua cuando ya se había apagado el último rayo de luz solar. Ya no quedaba nadie en la playa excepto mi madre y yo. Como era lógico, salí con la verga parada a punto de reventar. Me acerqué a mi vieja lentamente. Ella se puso de rodillas y me recibió con su acostumbrada carita de puta. Luego bajó mi short, me agarró la pija con sus dos manos y me regaló otra mamada de experta. Después la puse en cuatro y le palmee la cola unas cuantas veces hasta quitarle toda la arena. Sin más preámbulo, le bajé la tanga y la penetré hasta el fondo.

    Comencé a arremeter contra ella como un animal salvaje. Mi pija entraba y salía de su concha con furia. Ella se mojó tanto que, en la noche serena, se podía escuchar el chapoteo en cada una de mis embestidas: plach, plach, plach... Nuestras mentes permanecían ajenas a la locura que estábamos haciendo: cogiendo al aire libre, a la vista de cualquiera que pudiera pasar. Estaba tan caliente que acabé pronto, momento en que le saqué la pija de la concha y se la vacié sobre sus contundentes nalgas.

    Cuando volvimos a la casa mi padre ya se había levantado y nos esperaba para salir. Mi madre pasó frente a él con sus nalgas totalmente embadurnadas en semen. Recuerdo que un chorro le bajaba en forma ostensible por la parte posterior de su muslo izquierdo. Mi viejo advirtió la irregularidad, pero no alcanzó a comprender de qué se trataba.

    —¿Qué tenés ahí? –le preguntó señalándole el culo tímidamente con su dedo índice.

    —Protector solar, me voy dar una ducha –le respondió la cerda con absoluta naturalidad antes de entrar al baño.

    Mi padre continuó el diálogo conmigo:

    —¿Cómo está la playa? –me preguntó.

    —Tu hijo se metió hasta lo más hondo –interrumpió la putita asomando su cabeza por la puerta del baño y haciéndome una guiñada cómplice. ¡Qué perra más siniestra!

    —Tené cuidado hijo, mirá que estas aguas son bravas –me dijo mi inocente padre.

    Luego fue mi turno de ducharme y vestirme para la ocasión. Cuando estuve pronto me presenté en la sala. Allí estaba mi madre también pronta para salir; o mejor dicho, para matar. Se había puesto un vestidito rojo muy ajustado de falda cortísima; tan corta que, estando yo parado frente a ella, podía verle el incipiente triangulito de su bombachita asomándose sin pudor. También llevaba unos zapatos con tacos altísimos.

    Le dije que quizá estaba demasiado sexy como para una salida familiar, que más estaba para ser violada. Ella miró a mi padre, que dormía profundamente tirado en el sofá –cosa que me extrañó teniendo en cuenta que recién había despertado de su siesta– y, mientras comenzaba a despojarme de mi ropa con desmesurada impaciencia, me aseguró que no habría ninguna salida familiar, que justamente lo que pretendía era ser violada y que había utilizado un potente somnífero para que el cornudo no nos molestara en toda la noche. La verdad es que la hija de puta no dejaba de sorprenderme.

    Se imaginarán lo que sigue. Con mi viejo fuera de combate, me garché a mi vieja hasta el punto del desmayo. Esa noche fuimos un verdadero monumento al sexo: madre e hijo en un desenfreno descomunal. Cogimos en todos los rincones de la casa, incluso lo hicimos encima de mi propio padre, que ni se enteró. Recuerdo ese particular trío conformado por mi viejo totalmente anestesiado, mi vieja montada encima de él y yo sobre ella, reventándole el orto a pijazos.

    Las primeras luces del alba entraron por la ventana y nos vieron a mi vieja y a mí garchando como bestias en celo. Les juro que perdí la cuenta de la cantidad de polvos que nos echamos esa noche.

    Cuando por fin caímos exhaustos dormimos todo el domingo, incluido mi viejo, que despertó sin tener idea de qué le había pasado –se ve que la puta le había dado una dosis como para caballo–, sólo se disculpó por habernos –a su entender– arruinado la noche.

    A última hora de la tarde emprendimos el viaje de retorno a casa. Fue un fin de semana inolvidable, el mejor que he tenido en mi vida. La mayoría del tiempo me la había pasado cogiendo a mi madre. Y lo mejor de todo es que mientras volvía, lo hacía con la ilusión de seguir garchándola hasta que se me cayera la pija. Estaba que desbordaba de felicidad. Aun así, también rondaba en mi cabeza el enigma de su drástica transformación, y la involuntaria metáfora de mi padre: la de las aguas bravas.

    CONTINUARÁ...

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