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La putísima madre (capítulo 5)

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Mi vieja, al verlo allí, observándonos impotente, pareció calentarse aún más y aceleró el ritmo de su lujuriosa cabalgata, mientras lo miraba con cara de puta y un sonriente gesto de burla. Sus ojos eran de fuego en ese momento, como poseídos por el diablo.

Verdad y consecuencia

El destape absoluto de mi madre, que había comenzado en nuestras mini vacaciones, se hizo descarado al acercarse el fin de semana. Además de cogerse a su hijo a escondidas de su marido, la muy zorra se complacía usando y abusando de sus calzas ajustadas, shortcitos escuetos y polleritas cortitas. Hasta llegué a verla paseándose por la casa directamente en tanga, meneando ese orto divino sin el menor pudor.

El culo al aire de mi vieja se había transformando en moneda corriente en el transcurrir de esos días de calor. A mi viejo parecía agradarle, aunque el pobre sólo podía contentarse con mirar. Las picardías del destino lo habían hecho millonario y al mismo tiempo le habían negado el cuerpazo increíble de su mujer, el cual había pasado a ser para mi exclusivo usufructo; y a mi madre parecía importarle mucho menos el dinero y las fastuosas propiedades que poder cabalgarme la pija a placer. Recuerdo que en algún momento mi padre me hizo algún comentario acerca del cambio sufrido por su venerada esposa. Me pareció notar un si es no es de desconfianza. Entonces le dije:

–Pero si no sale de casa, viejo. ¿Para quién te creés que se viste así? no seas dormido.

Mi viejo me miró con sonrisa pícara, enarcando una ceja. Seguramente no me entendió.

Como estaba previsto, el sábado partimos temprano hacia la costa. Llegamos cerca del mediodía. Luego de acomodamos en la casa, mi madre y yo fuimos al centro en busca víveres para solventar nuestra breve estadía. Mi padre había conducido todo el camino, así que lo exoneramos del tedioso trámite. Después de todo, él había ido a descansar; y mi madre y yo, todo lo contrario.

Estuvimos un buen rato dentro de un supermercado. La gran cantidad de gente que había a esa hora hizo bastante lento nuestro desfile por las cajas. Cuando por fin logramos salir sentí ganas de ir al baño, así que, mientras mi madre llevaba el carrito repleto hasta el auto, yo volví a entrar al súper para atender mis urgentes necesidades fisiológicas. Salí a los pocos minutos sólo para presenciar el nuevo alboroto que había armado mi vieja en forma involuntaria.

Ese día estaba algo ventoso. La brisa del mediodía de improvisto se transformaba en fuertes ráfagas que soplaban con respetable intensidad, por lo que la elección de mi madre de llevar un vestidito corto con vuelo no parecía haber sido la mejor idea. Mientras ella guardaba en el baúl del auto los artículos comprados –para lo cual debía inclinarse hacia adelante– el viento hacía de las suyas, levantándole el vestido hasta dejarle la cola al descubierto.

Y si digo que el vestido fue una mala elección, qué decir de su ropa interior, la cual parecía inexistente. Había que esperar hasta la llegada de las ráfagas más fuertes, las que hacían que se le viera hasta la espalda, para poder divisar la exigua tirita de su diminuta tanga, la cual se perdía totalmente entre los expuestos cachetes de su culazo.

Otra vez se reiteraba la escena de la playa, pero esta vez en el estacionamiento del supermercado: la gente había comenzado a amontonarse en el lugar para observar esas suculentas bolas de carne; primero disimuladamente, luego en forma descarada. Cada ráfaga reveladora era acompañada por un suspiro general. No faltaron las lamidas de labios, las fotos subrepticias, los comentarios soeces y hasta los gestos de envidia de algunos batracios locales.

Yo podría haber acelerado la embarazosa escena ayudando a mi madre a cargar el baúl para marcharnos más rápido, pero estaba disfrutando tanto del show que sólo atiné a quedarme parado observando y dejando caer la baba de mi boca como uno más en la multitud. Recién me acerqué cuando ella, habiendo terminado de guardar todas las bolsas y habiendo mostrado el culo hasta embelesar a su audiencia, se metió en el auto.

Comencé el trayecto del supermercado a la casa con la pija parada a más no poder, pensando en la conmoción que había causado mi madre en el balneario en sus dos únicas apariciones en público.

En eso mi vieja recibió una llamada de mi padre. Al parecer, era para encargarle una compra de último momento. Ella puso el teléfono en modo altavoz, lo que me hizo suponer que se venía una nueva partida del juego morboso de doble sentido que a la putita tanto le gustaba. Entonces la depravada respondió:

–Tarde querido, ya vamos camino a casa. No sabés… ¡había terrible cola en el súper!

Mientras decía esto, sentada en el asiento del acompañante, se inclinó hacia su costado derecho, se levantó la pollerita y comenzó a acariciarse la nalga izquierda, mirándome con una sonrisa sugerente. La tanga ni se le veía de lo minúscula que era.

–Y sí mujer… me imagino que a esta hora debe estar lleno de gente, no darán abasto las cajas –razonó mi padre –Quiero suponer que le pediste a tu hijo que te hiciera la cola.

–¡¿Que me hiciera la cola?! –preguntó mi madre sorprendida.

–Claro querida, mientras vos comprabas, así ahorraban tiempo.

–Ay querido, a vos sí que se te ocurren buenas ideas –le dijo mi madre mientras arrebataba mi mano de la palanca de cambios y la incrustaba en su preciosa nalga desnuda. Casi chocamos.

–Ja ja, pero ya veo que no los puedo dejar solos –dijo mi padre clausurando la conversación con suficiencia.

–No, no deberías –dijo mi vieja luego de cortar, y en medio de una gran carcajada.

Tuve ganas de detener el coche allí mismo y seguir la involuntaria sugerencia de mi padre, pero no lo hice: quería juntar bastante leche para lo que tenía planeado para la noche.

Al llegar a casa, miré a mi viejo y pensé que –sin duda– no era merecedor del minón que tenía por esposa.

Esa noche, luego de la cena, sugerí que jugáramos al juego Verdad o Consecuencia, el cual había llevado bien preparado.

–Bien sencillo –les dije –una pregunta o prenda a cada uno y nadie puede arrugar.

Para hacerlo más divertido, propuse un trago de ron al principio de cada turno. Ambos se entusiasmaron con la idea, así que, sin mucho prolegómeno, comenzamos el juego. Las primeras rondas no fueron muy interesantes, sólo preguntas banales y algún desafío aburrido que ni vale la pena mencionar. Pero a medida que empezaron a hacer efecto las pequeñas dosis de ron, las cosas empezaron a tomar color.

Al comienzo de una de las rondas me declaré dictador y comuniqué que iba a imponer los retos para todos, incluso para mí. Mis padres rieron, ya bastante copeteados. Le tocaba el turno a mi padre, entonces le alcancé una cinta métrica, que había tenido la precaución de llevar, y le ordené que con ella le tomara las medidas a mi madre. Mi viejo procedió ante la risa de todos. El resultado fue un contundente 99-63-100 (Ufff, qué hembra).

Luego le tocaba a mi madre, así que le ordené que le tomara las medidas a mi padre, pero no le di la cinta métrica, sino un montón de cuerdas.

–¿Cómo querés que lo mida con esto? ¿Estás loco? –me dijo ella en una carcajada constante.

–Entonces atalo en una silla –le contesté.

Mi madre, cumpliendo mi orden, amarró a mi viejo de pies y manos a una silla, quitándole toda posibilidad de movimiento.

–Vas a permanecer atado hasta que termine la ronda –le dije a mi padre.

Mi vieja, en forma autónoma, decidió extender su reto: primero vendando los ojos de mi padre con un pañuelo y luego realizándole un improvisado lap dance, sentándose encima de él y refregándole el culo por todos lados. Mi viejo se excitó bastante, pero mi presencia cohibió su entusiasmo.

–Pará, querida... que está el nene.

–¡Epa, epa! –objeté yo –si quieren los dejo solos ¡eh!

Una vez finalizado el breve baile erótico decidí, como castigo a la contravención, imponerle otra prenda a mi vieja.

–Tomá, ahora me vas a medir a mí –le dije entregándole la cinta métrica.

Mi viejo, que no podía observar la realización del desafío, preguntó en forma risueña por el resultado. Pero la respuesta de mi vieja lo dejó mudo:

–¡22 centímetros, qué pedazo de pija, bebé! –gritó enfervorizada.

Mi viejo no entendía nada. Claro… él no pudo ver cuando saqué mi chota, ni cuando mi vieja me la midió, ni la rápida mamada que me hizo después, ni cuando le arranqué la escasa ropa que llevaba, ni cuando ella se montó sobre mi pija y comenzó a cabalgarme sobre la alfombra, en frente mismo a sus narices. Ya no había doble sentido. Sólo uno. Las cartas estaban sobre la mesa. Las máscaras estaban en el suelo, al igual que nuestros desnudos y enredados cuerpos.

–¡¿Qué está pasando?! –preguntó con total consternación.

Nadie le respondió, pero él solo se dio cuenta de lo que ocurría cuando comenzó a escuchar el chapoteante plaf plaf –característico de nuestras salvajes y húmedas cepilladas– y los jadeos de mi madre, que rápidamente se convirtieron en ruidosos gemidos de placer.

Cuando las protestas de mi viejo se transformaron en gritos desesperados, pausamos la cogida y procedimos a amordazarlo con el mismo pañuelo que antes había vedado sus ojos. Una vez hecho esto, mientras él continuaba con sus sonidos, ya ininteligibles, proseguimos sin tabúes con nuestro incontrolable desenfreno sexual. Mi padre ya no podía hacer entendibles sus protestas, pero en cambio sí podía observar la realidad tal cual era.

Cualquiera se hubiera excitado al ver la escena en la que aquel chico, acostado boca arriba sobre la alfombra, gozaba con tremenda hembra montada encima, cabalgándole la verga en una cogida monumental. Pero esa tremenda hembra era su mujer; y el chico, nada menos que su propio hijo. Podía verse la furia en sus ojos, que parecían querer salirse de sus órbitas. Sus gritos eran parcialmente detenidos por la mordaza. Mi vieja, al verlo allí, observándonos impotente, pareció calentarse aún más y aceleró el ritmo de su lujuriosa cabalgata, mientras lo miraba con cara de puta y un sonriente gesto de burla. Sus ojos eran de fuego en ese momento, como poseídos por el diablo.

Mientras nos burlábamos de la patética figura de mi viejo: atado y amordazado, observándonos en plena faena sexual, continué con el otro juego:

–¿Verdad o consecuencia? –le dije a mi madre.

–¡Verdad! –me respondió ella jadeando.

–¿Es verdad que sos mi putita y que te enloquece mi pija?

–¡Verdaaaaaaaad! –gritó arremetiendo contra mi verga con una seguidilla de violentas culadas.

Entonces miré a mi padre como convidándolo a resignarse y a aceptar la inevitable realidad, y mientras tomaba fuertemente de caderas y nalgas a la puta de su mujer, acompañando el vaivén de los enérgicos saltos que ésta daba sobre mi verga, le dije:

–Qué se le va a hacer, viejo, esta mina es demasiado para vos.

Luego miré a mi saltarina madre y le hice un paneo visual a su voluptuoso cuerpo de hembra. Vi su hermosa cara de putita, sus enormes tetas rebotando incesantes, su abdomen firme, sus amplias caderas reventándome a sentones, y con la voz notablemente afectada por mi exacerbada excitación, exclamé:

–¡Mirá lo que es esto!

No pude evitar morderme el labio y entrecerrar mis ojos, estaba en el paraíso de la lujuria. Mi madre, habiendo llegado también al éxtasis, comenzó a emitir llanto libidinoso, acompañado por un creciente “Ay ay ay ay ay…”, y comenzó a retorcer su cuerpo ante las contracciones propias del orgasmo gigante que estaba teniendo. Mi padre también lloraba y se retorcía en su infausto trono, pero lo hacía por motivos bien diferentes.

Luego la puta se desmontó para tomar con sus manos mi grueso y venoso miembro, erguido como un hierro y humedecido por los jugos maternos de su complacida concha. Entonces se lo mostró a mi viejo y, con una voz de putita reventada que parecía proceder del mismísimo infierno, le dijo:

–¡Ésta es una pija de verdad!

Allí la puso en su boca y la saboreó completa. Luego se dio ella misma unos cuantos pijazos en sus mejillas. Yo calculé que mi vergajo le estaba dando el placer que mi padre jamás podría darle.

Inmediatamente, la puta volvió a ensartarse en mi monstruoso falo y proseguimos la fornicación con ardor infernal. Yo comencé a bombear hacia arriba buscando lo más profundo de su concha mientras le chupaba una teta. Esto la enloqueció por completo. Seguro que su esposo no era capaz de tal destreza.

La calentura hizo que nos olvidáramos de la presencia de mi viejo y seguimos follando como bestias. Recuerdo que en algún momento la puse en cuatro y le empecé a dar con fuerza por el culo. A medida que la serruchaba, cada vez con más ímpetu, sus gemidos fueron aumentando de intensidad y volumen hasta que se transformaron lisa y llanamente en gritos rabiosos:

–¡Ahhh, ahhh, ahhh! ¡Cogeme papito, cogeme toda! ¡Ahhh ahhh! ¡Qué pija que tenés pendejo hijo de putaaaaa! ¡Ahhh, ahhh! ¡Rompeme el culoooo! ¡¡¡Ahhhhhhhhhhh!!! ¡Dame mi lechita, bebé, dámela toda por favor! ¡¡¡Ahhhhhhhhhhh!!!

Eso fue lo que tuvo que escuchar mi pobre padre durante horas. El único momento en que la puta de mi vieja dejó de gritar obscenidades –la que en su mayoría estabas destinadas a elogiarme la pija– fue cuando, estando yo a punto de acabar, y accediendo a su pedido, se la saqué del culo, la agarré de los pelos con firmeza, acerqué su rostro hasta mi falo a punto de descarga y se lo hice engullir entero. Allí tuvo que cambiar sus gritos por gemidos ininteligibles de placer, mientras se tomaba toda la leche de su bebé.

Luego, sin darle el menor respiro a la perra, le froté el clítoris frenéticamente hasta que su concha soltó un chorrazo que ella tuvo la precaución de apuntarlo en dirección a mi padre, el cual fue bañado como en impresionante bukake.

Una vez que saciamos toda nuestra lujuria nos quedamos dormidos allí mismo: sobre la alfombra. Desperté con los primeros rayos del sol que entraban por el amplio ventanal de la sala. Mi madre todavía dormía abrazada a mí, con sus piernas enroscadas a las mías. Estaba hermosa, radiante. La desperté con un besito tierno en la frente. Ella abrió sus ojos, me miró con ternura maternal y ahí mismo nos dimos los buenos días con el beso más lujuriosamente cerdo que puedan imaginar.

Nuestras lenguas se enredaron nuevamente. Yo empecé a magrearle el orto con ganas y ella hizo lo mismo con mi pija, que inmediatamente se irguió: dura y palpitante. Su lengua recorrió todo mi torso hasta encontrarla, y comenzó a darme la mejor de las mamadas matutinas. Ahí nomás la volví a agarrar de los pelos y la puse en cuatro, esta vez contra el sofá, para serrucharle el culo una vez más. Extasiado, en medio de mis fuertes embestidas y mientras le manoseaba esos globos gigantes que tenía como tetas, miré hacia un costado y la sangre se me congeló al instante: mi viejo ya no estaba. La silla estaba tirada en el suelo, pero él había desaparecido. Me detuve en el acto, aterrorizado.

–¡¡Papá no está!! –le advertí a mi vieja.

Ella seguía arremetiendo su caliente culo contra mi pija con lujuriosa pasión, mientras me pedía que no me detuviera:

–¡Rompeme el orto, no pares bebé, por favor, dale, rompeme el orto pendejo!

Entonces la tomé del pelo y giré su cabeza para que viera la silla vacía, mientras, con un gesto, la incitaba a no hacer ruido. Recién en ese momento entró en razón y quedó acurrucada en la cama con gesto de horror. Yo me levanté sigilosamente y recorrí la casa a paso lento y nervioso. Pensé que mi viejo se había marchado tras liberarse de sus ataduras; o, peor aún, que quizá estaba escondido, agazapado, esperando el momento de la revancha. Tuve miedo.

Finalmente, siguiendo un misterioso rastro de pastillas esparcidas en el patio, lo encontré inmerso en el fondo de la gran piscina, suspendido en la clara y tenue profundidad, flotando boca abajo, calmo, en paz.

CONTINUARÁ...

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