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El final de mi matrimonio

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Todo comenzó con la repentina muerte de mi suegra. Roberto, mi esposo, se sumió en una depresión crónica que lo llevó a pasarse los días sin hacer nada más que emborracharse y ver televisión.

Mi marido trabajó por más de 15 años en una empresa de construcción. Ahí fue donde nos conocimos y la convivencia diaria y su personalidad fueron haciendo que me enamorara de él. Yo en ese entonces tenía otro novio, con el que llevaba casi 5 años de relación y la palabra “boda” aparecía cada vez con mayor frecuencia en nuestras conversaciones. Todo apuntaba a que pronto sería una mujer felizmente casada. Hasta que en una fiesta de fin de año de la empresa, le fui infiel a mi novio con mi atractivo compañero de trabajo y tomé la decisión de dar por terminado mi noviazgo para pasar más tiempo con mi amante sin sentirme culpable.

Roberto supo ganarse mi corazón y lo que al principio fue una aventura de oficinistas cachondos, se convirtió luego de pocos meses en un matrimonio que duró una década. La atracción que sentíamos era tal que durante los primeros años de casados, mi marido y yo cogíamos al menos una vez al día y los fines de semana preferíamos pasarlos uno encima del otro en lugar de salir con amigos o ir a pasear.

Todo iba perfecto en nuestro matrimonio, hasta planeábamos tener nuestro primer bebé antes que mi reloj biológico hiciera del asunto algo peligroso, pero entonces, los problemas financieros de la compañía dejarían sin empleo a Roberto y aunque a mí no me despidieron, recortaron mi horario a medio tiempo y con ello, recortaron también mi paga.

Incapaces de administrar la buena suma con la que indemnizaron a Roberto, al cabo de medio año nos vimos en serios aprietos económicos y terminamos mudándonos con mis suegros. El temperamento de mi marido cambió hasta convertirse en un adolescente rebelde y holgazán, que prefería ser mantenido por sus padres antes que buscar trabajo.

Teníamos algunos meses de estar viviendo así, cuando súbitamente mi suegra falleció. Roberto cayó en un torbellino de tristeza y alcoholismo del que no supimos cómo rescatarlo y arrastró consigo mi felicidad y la atracción que sentía por él. Al mismo tiempo que eso sucedía con mi marido; don Fernando, mi suegro, no tardó en comenzar a asediarme y, notando lo insatisfecha que me sentía con mi vida y con el borracho de mi marido, aprovechó para ofrecerme dinero a cambio de darle placer. Yo acepté el trato cuando decidí que usaría ese dinero para largarme de ahí y comenzaría una nueva vida al mudarme con mi hermana a Los Ángeles. Pero conseguir el dinero no fue nada fácil.

La primera vez que tuve sexo con don Fernando, lo hicimos en su propia sala mientras mi marido dormía, perdido de borracho en la planta alta. Hacía casi medio año que por falta de dinero yo ya no tomaba las píldoras anticonceptivas, así que acordé con mi suegro que eyacularía fuera de mi vagina; pero el viejo tramposo no se salió a tiempo y terminó llenándome de su semen.

Los síntomas no tardaron en aparecer y el mundo se me hundió cuando la prueba de embarazo salió positiva. Sería madre a los 42 años y lo único que en ese momento deseaba era sacarle a don Fernando todo el dinero que había cobrado por el seguro de vida de su esposa fallecida. Tenía que escapar de ahí lo antes posible y ese dinero era el medio más rápido que tenía a mi alcance para lograrlo. No sabía exactamente a cuánto ascendía la cantidad que le había dejado doña Silvia al viejo cerdo de su marido, pero si él quería entregarme ese dinero a cambio de más sexo, eso es lo que tendría.

El segundo encuentro sexual con mi suegro se estaba tardando en llegar y me hacía sentir preocupada porque él se estuviera gastando el dinero en pagar a otras mujeres por sus favores. Él seguía tratándome más o menos como antes que cogiéramos y aunque a veces hacía referencias explícitas a lo bien que se me veía tal vestido o a lo guapa que me veía sin maquillaje por las mañanas; las cosas no iban a más y el contacto físico se limitaba al acostumbrado beso en la mejilla si mi esposo estaba presente o a rosar “accidentalmente” alguna parte de mi cuerpo mientras yo hacía la limpieza de la casa y mi suegro pasaba cerca de mí. El tiempo estaba en mi contra y si no hacía algo rápido, estaría en serios problemas.

Por la mañana había salido de casa pensando en que no me quedaría más que seducir al viejo Fernando si quería tener su dinero. Llegué a la oficina, puntual como siempre y en mi lugar de trabajo estaba esperándome la asistente del dueño de la empresa.

-El jefe quiere verte en la tarde- me dijo Angélica después de saludarme.

-¿Es algo serio, Angie?

-Es algo serio- comentó la bonita veinteañera con sus hermosos ojos cafés fijos en mi –Pero nada que deba asustarte ¿Quieres que te adelante las noticias?- Yo asentí pensando que me despedirían esa misma tarde y sentí que mi estómago se convertía en un nudo que me hacía sentir náuseas. –Pues el arquitecto Pablo necesita otra asistente e inmediatamente pensó en ti para ocupar el puesto ¿Qué te parece?

No pude contestarle por que las náuseas no desaparecieron aún después de recibir la buena noticia y salí corriendo al sanitario. Era curioso estar ahí inclinada frente al escusado, desfogando mi acalambrado estómago y estar pensando al mismo tiempo en lo mucho que me gustaba la idea de ser asistente de Pablo. El tipo me fascinaba tanto que muchas veces me había masturbado pensando en él y fantaseaba con el asunto de la secretaria sumisa que se entrega a su patrón con el culo descubierto para ser nalgueada como castigo a una falta de ortografía.

Más tarde, cuando el arquitecto llegó, inmediatamente me hizo pasar a su oficina y luego de firmar algunos papeles, me convertía en su nueva asistente. Angélica pasó el resto de la tarde explicándome en qué consistirían mis nuevas tareas y cuando terminó, salimos juntas ya muy tarde de la oficina. Angélica se ofreció a llevarme a mi casa y yo acepté.

Por el camino, iba platicando con mi nueva compañera de trabajo y olvidé completamente mis problemas, hasta que de nuevo mi embarazo se hizo sentir, provocándome un intenso malestar. Me bañé en cuanto llegué a la casa y cuando salí de la ducha, mi suegro ya estaba en la sala con la televisión sintonizando la acostumbrada telenovela de la noche. Entré a mi recámara en donde como siempre, mi marido estaba tumbado inconsciente en la cama. Una botella de tequila barato estaba casi terminada y me sentí tentada a beber, pero me detuve pensando en que le haría daño al niño que crecía dentro de mi. Así que bajé a la sala y luego de prepararme una escueta cena, me acomodé en mi lugar habitual para ver en compañía de mi suegro el episodio de la telenovela a la que me había enganchado irremediablemente.

Las incipientes escenas cachondas del programa y los vestiditos que las actrices usaban para lucir sus cuerpos en la pantalla siempre habían calentado a don Fernando y aquella noche no fue la excepción. En un corte comercial, fui a la cocina a dejar los platos sucios y cuando regresé a la sala, noté que mi suegro era dueño de una fuerte erección, que él se acariciaba discretamente sobre la ropa. “Si quieres más dinero, este es el momento, Sandra” pensé mientras encontraba valor para hacerle una propuesta a mi suegro.

-¿No quiere que le ayude con eso? Puedo mamársela mientras sigue viendo la telenovela. Claro, no lo hago por gusto. Tendrá que pagarme.

-¿Cuánto quieres esta vez? Me sales muy cara y la última vez te enojaste porque terminé dentro de ti. No eres buen negocio.

-Pues es que habíamos quedado en algo- Comencé a replicarle, pero me detuve cuando recordé lo mucho que necesitaba el dinero y le dije que ya no me quejaría –Si quiere, se puede venir en mi boca- Apoyé las manos en sus rodillas y aguantando el asco que me daba, lo besé en la boca para mostrarle mi buena disposición. Don Fernando sacó su verga, dura y húmeda en la punta y yo me acomodé hincada entre sus piernas y empecé a juguetear con mi lengua en su horrendo falo.

-Oh, Sandrita. Así está mejor. Te voy a pagar bien, solo hazlo hasta el final y trágatelo todo cuando me venga- Metí toda su carne en mi boca hasta que sus canosos vellos me hicieron cosquillas en la nariz y me dispuse a hacerle una buena mamada, usando mucho mi lengua y mis labios para complacerlo.

Estuve ahí un rato, intentando pensar en otra cosa o esforzándome por escuchar los insípidos diálogos del programa mientras chupaba el pene de mi suegro lo mejor que podía. -¿Quieres más dinero, Sandra?- me preguntó él y yo asentí moviendo mi cabeza sin dejar de mamar. –Entonces dame tu panocha- No sabía si aquello era un triunfo o una humillación, pero me levanté y luego de bajarme el pantalón del pijama, le ofrecí mis nalgas inclinándome acodada en la mesa del comedor.

-Voy a dejar que te vengas adentro. Pero primero dime cuánto me vas a pagar-

Acordamos que me daría cinco mil pesos y que cuando él me dijera, yo se lo mamaría hasta hacerlo eyacular.

Sentía el palpitante miembro de mi suegro recorriendo mi canal vaginal mientras sus manos separaban mis nalgas y debo confesar que al poco rato, mi cuerpo reaccionó y me permití disfrutar de lo que don Fernando me hacía, al grado de incorporarme con las manos sobre la mesa para aventar mi culo hacia atrás rítmicamente, haciendo que mi suegro me cogiera con más fuerza. Cuando sus manos comenzaron a amasar mis senos, yo no pude resistirme al orgasmo que me vino y que me hizo gemir pidiéndole a mi suegro que me pellizcara los pezones.

Don Fernando se retiró de mi interior al poco rato de que yo me vine y cuando lo hizo, me puse en cuclillas y de acuerdo a lo que habíamos pactado, apreté su fierro entre mis labios y lo succioné, lo sentía húmedo de mis jugos y lo mamé hasta que su leche me llenó la boca. Me tragué la descarga y no me quité de mi lugar hasta que mi suegro me soltó la cabeza. Salí corriendo al baño a vomitar.

Luego de esa noche, don Fernando y yo seguimos teniendo encuentros con frecuencia. Le excitaba mucho manosearme mientras veíamos la telenovela, seguramente le gustaba imaginar que yo era la protagonista de la televisión. A veces antes de irme a trabajar, echábamos una cogidita rápida y; por tres mil pesos dejé que se metiera a bañar conmigo y me lo hiciera en la regadera. El viejo era un voyerista completo y me pagaba por dejarlo ver cuando me cambiaba para ir al trabajo o por usar blusas escotadas a la hora de limpiar la casa y una mañana luego de pedirme que me masturbara para él, me propuso que me pagaría si lo dejaba verme cogiendo con mi marido.

-Eso sí que no se va a poder, don Fernando. Hace meses que tu hijito es impotente y no hay nada que pueda hacer yo al respecto.

-Bueno, entonces déjame ver cómo te coge un amigo mío. Te pagaré bien por eso.

Estuve pensando en la propuesta todo ese día en la oficina. Me distraje tanto, que olvidé hacer un encargo importante del arquitecto Pablo, quien al darse cuenta de mi omisión me llamó a su oficina y lejos de las nalgadas con que yo había fantaseado tantas noches, él se dispuso a amonestarme de una forma cortés, pero muy severa y airada por mi descuido. Su molestia fue como una bomba en mi interior y aunque luché con todas mis fuerzas, no pude contener el llanto y  tuve que salir a toda prisa de la oficina de mi jefe para ir a desahogarme al baño, de donde salí hasta que hubo terminado mi turno en la oficina. Malditas hormonas de embarazada.

Al otro día, me sorprendí al encontrar un bonito arreglo de flores en mi escritorio cuando llegué. En él había una tarjeta de disculpas escrita a mano y firmada solo con dos iniciales P.F. y una posdata que decía “puedes presumir las flores, pero la tarjeta es secreto”. No me di cuenta cuando Angélica llegó y estaba husmeando por encima de mi regalo, tratando de echar un vistazo a la tarjeta.

-¡Oye!- Le dije a la chica cuando me di cuenta de su presencia.

-Son del jefe ¿Verdad?

-¿Cómo sabes?

-Así es él. No puede ver a una mujer llorando. Y ayer antes de irse, preguntó por ti y le dije que estabas encerrada en el baño.

-¿Por qué lo hiciste?

-Porque lo conozco y esa es su mayor debilidad. Deberías agradecerme y no enojarte, Sandy. Mira, hasta flores te trajo.

-Pues gracias- Sentía el color subiéndome a las mejillas mientras le sonreía a Angélica.

El detalle me alegró el día y cuando llegué a la casa por la tarde, cargando con mis flores, por poco no me doy cuenta que mi suegro estaba en la sala y lo acompañaba un hombre de mediana edad, algo guapo, la verdad y vestido con elegancia.

-Él es Jorge. Mi abogado. Él me ayudó con lo del seguro de mi Silvia, que en paz descanse.

-Mucho gusto, señora- respondió el hombre que al ponerse de pie me resultó aún más atractivo. Siempre he tenido gusto por los hombres altos.

Estrechamos las manos y luego me fui a la cocina para poner las flores en un jarrón. Mi suegro entró de repente y sonreía con malicia, casi divertido.

-Te gustó ¿eh?- me preguntó el viejo

-No sé de qué habla, don Fernando.

-No te hagas la tonta. Se nota que te gustó el abogado. Pues él es mi amigo, del que te hablé ayer. Pensé que si lo conocías antes, sería mejor y tal vez te animabas a dejarme verlos teniendo acción.

-Pues… Yo… eh…

-No tiene nada de malo. Es un tipo bastante simpático, es natural que te guste o ¿Qué pensaste? ¿Que te traería a un carcamal como yo para que se te muera a media cojida? Nada de eso. Quiero que lo seduzcas y te acuestes con él. Tiene que ser en la sala, para que yo pueda ver. Te daré treinta mil pesos. Será el acostón más caro de la historia, pero valdrá cada centavo ¿Qué dices? ¿Hacemos el trato?

-Solo tengo una condición. Después de esto, terminamos los tratos, se termina todo.

-Justo lo que pensé. Ahora tienes casi todo el dinero que me dejó Silvita y seguro que te irás en cuanto te pague lo de esta noche. Pero si tiene que ser así, que así sea- Sacó de su bolsillo un cheque a mi nombre con la cantidad que me había prometido y no dudé en tomarlo.

-¿Y si no quiere tu amiguito?

-¿Y crees que no va a querer? ¡Jaja! Ese cuerpecito tuyo se le antoja hasta a un ciego. No tendrás que esforzarte casi nada. El pobre está allá esperando por volver a ver esas ricas piernas que tienes. Anda. Cuando las cosas vayan subiendo de tono, yo los voy a dejar solos y estaré aquí en la cocina disfrutando de la función.

-Está bien. Un último trabajo, viejo cochino; y me largo de aquí mañana mismo.

Cuando mi suegro salió de la cocina, revisé el cheque de nuevo y cerré los ojos suplicándole a mi querida suegra que me perdonara por tomar así su dinero. Luego, algo más animada, pensando que ese cheque representaba cuatro meses de mi sueldo como asistente, saqué el lápiz labial de mi bolsa y dejé mis labios rojos y apetecibles; doblé con esmero un palmo de la falda de mi traje sastre para mostrar más pierna y me solté el pelo antes de salir de la cocina.

-Le he platicado de tu caso a Jorge, Sandra querida.

-¿Mi caso?- Pregunté asustada por pensar en que el viejo don Fernando le había contado a su amigo que me había estado acostando con él por dinero.

-Sí, Sandrita. No tiene nada de malo. No eres la primera ni la última mujer que se divorcia- Al parecer el asunto le divertía a mi suegro, se le notaba de lejos.

-Ah, sí. Mi caso. ¿Y qué me recomienda, licenciado?- tomé asiento en el otro sofá y le pregunté al tipo que luchaba por no voltear a verme las piernas cuando las crucé a propósito delante de él para que mi falda se subiera por mis muslos libremente.

Hablamos de detalles que ahora no importan, deberes y haberes que en diez años de matrimonio con Ricardo había yo adquirido. Poco a poco, la charla se fue haciendo más relajada y con las audaces intervenciones de mi suegro, a la media hora de conversación, los tres reíamos como viejos amigos. Me enteré que el abogado era divorciado y padre de dos jóvenes que recién empezaban la universidad.

-También llevo los asuntos legales del negocio de mis hermanos- dijo Jorge, que vaciaba una tasa más de café. Me levanté de mi lugar para ofrecerle más y cuando volví de la cocina con la tasa llena, me incliné hacia él para preguntarle si quería azúcar, al mismo tiempo que le dejaba ver  mis senos un poco más de la cuenta a través del botón que había desabrochado deliberadamente. –Una cucharada, por favor- respondió él mirando tímidamente el movimiento de mis tetas mientras agitaba su bebida con la cucharita.

Mi suegro, sabiendo que era momento de su retirada, se despidió –Para que platiquen más en confianza- nos dijo antes de perderse de vista. Aproveché para ocupar el asiento que él dejaba junto a Jorge y empecé a jugar mi papel de mujer fatal.

-¿A qué se dedica, Sandra?

-Soy asistente ejecutiva. Pero si nos seguimos hablando de usted, me voy a incomodar- le respondí sonriendo y jugando un poco con mi cabello.

-Bueno, Sandra. Entonces eres asistente. Qué bien. Debes llevar una buena relación con tu jefe.

-No tanto como a mí me gustaría- me permití confesar –Pero nos llevamos bastante bien. Recién comencé ésta semana. Ya veremos qué tal me va.

-Es bueno que sigas adelante con tu vida. Tener la mente ocupada es importante para superar un divorcio.

-Sí, supongo. Aunque no solo la mente necesita ocuparse. Lo digo porque hace meses que mi marido no me toca. Y la verdad es que una mujer de mi edad sigue teniendo las mismas necesidades que una veinteañera, tal vez incluso más. ¿Tú sales con alguien?

-No, por ahora. Pero como dices, hay que ocupar no solo la mente, así que frecuento a alguna amiga de vez en cuando. Nada serio, solo para calmar las ganas, ya sabes.

-Pues no, no lo sé. Aunque me imagino que debe ser gratificante volver a la soltería. Yo lamentablemente sigo siéndole fiel a Roberto, así que no sé cómo es calmar las ganas con algún amigo.

-Pues deberías probar. ¿No hay nadie en tu oficina que te atraiga?

-Sí, pero es precisamente el dueño, mi jefe. La verdad es que el señor es muy guapo y muchas veces me he sentido tentada a robarle un beso, aunque sea.

-Tal vez él piense lo mismo. Tienes unos labios que se antojan.

-¿Ah, sí? ¿A ti se te antojan? ¿O por qué lo dices?- Le pregunté riendo coqueta mientras me echaba el cabello hacia atrás de los hombros y de nuevo le mostraba mi blusa desabrochada.

-No solo tus labios. Eres muy hermosa. Qué pena por tu marido y aún más porque le sigas siendo fiel.

-Todo puede cambiar. Quién sabe. Tal vez a mí también se me antoja tu boca ¿Me dejarías probar?

-¿¡Cómo!? ¿Aquí? Tu suegro puede volver en cualquier momento. Además, por lo que sé, tu esposo está dormido allá arriba ¿Y si baja?

-Ninguno de los dos volverá por aquí, te lo aseguro. Pero si no quieres besarme, tampoco voy a forzarte- Contrario a lo que le decía, me incliné hacia adelante y con los ojos cerrados, le ofrecí mis labios. Él no tardó en acercarse y comenzó a besarme con pausa, metiendo su lengua en mi boca con delicadeza. Fue tan rico, que por un instante olvidé que don Frenando nos espiaba.

Tal vez en otra situación habría disfrutado más de los besos que Jorge me daba. Tal vez si no lo hubiera hecho por dinero, le habría pedido que nos conociéramos más antes de dejar que me tocara. Tal vez si no hubiera estado obligada a cumplir mi parte del trato con mi suegro, no me habría atrevido a acariciarle el miembro al abogado, ni le habría permitido quitarme la blusa ni lo habría recibido recostada con las piernas abiertas para que se frotara en mi vulva como lo estaba haciendo mientras me besaba el cuello. Tal vez, en otra circunstancia hasta podría haberme enamorado de él y de su forma de acariciarme todo el cuerpo. Pero aquella noche no había un tal vez. Aquella noche debía entregarme a un tipo que era prácticamente un extraño, a cambio del dinero del voyerista de mi suegro.

Los dedos de Jorge llenaban mi vagina mientras yo le acariciaba la verga y me dejaba lamer la cara. El tipo sabía cómo calentarme como si me conociera de toda la vida y eso facilitó las cosas.

-Tengo condones en el pantalón- me dijo al oído cuando empezó a frotar su miembro desnudo sobre mi vulva.

-No. Métemelo así. Hace mucho que nadie me penetra y quiero sentirlo así, sin nada- Le mentí para excitarlo y él fijó sus ojos en los míos y cuando hice a un lado mis bragas, acomodó su instrumento y lo metió hasta el fondo de mi húmeda vagina, haciéndome gemir despacito.

Casi había olvidado lo mucho que me gusta que me penetren mientras me besan y acomodados en el sofá, Jorge me dio duro por unos diez minutos. Casi agradecí a mi suegro por haberme traído al hombre guapo que en ese momento me estaba cogiendo tan rico.

-¿Se te antojan mis labios, Jorge?- Le pregunté mientras él bombeaba con fuerza entre mis piernas –Porque tengo unas locas ganas de mamarte la verga.

El abogado se paró delante de mí y yo sin pensarlo dos veces, me introduje toda su asta en la boca, apretándola con mis labios y acariciándole la parte de abajo con la lengua. Fue una pena que él no aguantara más y al cabo de poco tiempo eyaculara en mi boca. Dejé que el semen se escurriera por las comisuras de mis labios y no paré de mamar hasta que él me lo pidió.

-Lo siento, Sandra. Pero lo estabas haciendo de una forma increíble.

-Está bien. Me cogiste como hacía mucho tiempo nadie lo hacía. Lo disfruté mucho. ¿Tienes que irte?- Le pregunté cuando ví que se vestía.

-Todavía tengo algo de tiempo. Pero no sé si sea suficiente para repetir.

-Eso déjamelo a mí. Pero, bueno. Siéntate y descansa. Voy por más café ¿gustas?

En la cocina me encontré a mi suegro, escondido en la sombra, se seguía masturbando.

-¿Contento, viejo cochino?- le pregunté

-No tanto como esperaba, pero estuvo bien. No pensé que fuera a terminar tan rápido… Chúpamelo ahora, o cancelo el cheque. Anda, Sandrita, estoy por venirme y quiero hacerlo en tu boquita.

-¿Estás loco?- Alcancé a decirle, pero al instante, don Fernando me tomó del cabello y me obligó a ponerme de rodillas. Yo no opuse más resistencia porque me aterraba la idea de que Jorge nos sorprendiera así.

-¡Abre la boca, puta!- Me ordenó don Fernando y yo dejé que me metiera su verga por la boca. Me estuvo jalando del cabello mientras le daba placer con mis labios y cuando eyaculó, casi me ahoga, pues lo hizo muy cerca de mi garganta.

Me levanté y me limpié asqueada su semen -¿Te digo algo? Coge más rico que tú- Le dije en el tono más hiriente que fui capaz de entonar.

-Bueno, al menos yo sí te hago terminar. No como él.

Pensando en que don Fernando tenía razón, volví a la sala con las dos tazas de café y me acurruqué en los brazos de Jorge para calmarme. Dos hombres acababan de venirse en mi boca y aunque me parecía terrible al principio, dejó de importarme –Entonces ¿Te gustó lo que te hice con la boca?- le pregunté a Jorge cuando me tranquilicé

-¿No se notó? Me hiciste terminar muy pronto. Tienes una boquita espectacular.

-¿Crees que sea suficientemente espectacular como para reanimar a nuestro amigo?

-Pues si falla, no será culpa tuya, créeme. Pero dame un par de minutos antes de intentarlo ¿te parece?

Dejamos de platicar cuando nos terminamos nuestras bebidas y me acomodé acostada boca abajo con la cara pegada a la entrepierna de mi amante y cuando tuve su miembro dormido entre mis dedos, comencé a lamerlo como si fuera una paleta. Jorge disfrutaba lo que le hacía y lo gozó aún más cuando me lo eché a la boca y comencé a juguetear con mis labios en su glande “soy una puta” pensé. Al poco rato, el aparato del abogado estaba tan rígido como cuando comenzamos a besarnos la primera vez. Entonces, me senté abierta de piernas frente a él y nos abrazamos mientras su miembro se iba apoderando de mi interior otra vez. Arrastrada por el placer, comencé a darme unos fuertes sentoncitos, encajándome bien al fondo la hombría de Jorge. Me gustaba sentir el borde de mi falda apretándome las nalgas, me hacía sentir muy sensual. Me excité tanto en esa posición, que aún ahora al recordarlo, mi vagina se humedece.

-Muérdeme, mi amor. Muerde mis senos- Le suplicaba a Jorge mientras lo cabalgaba como una loca. Él me clavó los dientes en los pezones y al poco rato dejé de darme sentones en su verga para empezar a mover sólo la cadera, provocándome un placentero orgasmo, que grité descaradamente mientras mi hombre trataba de taparme la boca.

-Te van a escuchar, Sandra. ¡Por favor!

-Que me escuchen. No me importa. Que sepan que me estás cogiendo rico. Que soy tuya. Ensúciame, mi amor, déjame marcada con tu semen. Hazlo cariño. Lléname de tu leche- Le iba pidiendo sin dejar de moverme, hasta sentir mi vagina llena del tibio líquido de Jorge.

Al día siguiente, me decidí a largarme de la casa de mi suegro. “Al diablo Roberto. Al diablo todo” pensaba mientras la cajera del banco me pedía una identificación para abrir una cuenta nueva con el cheque de mi suegro. Decidí no renunciar en la constructora, sería una locura quedarme sin trabajo a esas alturas y con un bebé en camino. “No. Lo mejor será arreglar mis papeles e irme a vivir con mi hermana”. Seguía pensando tratando de calmarme para firmar el contrato bancario.

Pero estaba demasiado ansiosa por mi nueva determinación. Y cuando llegué a la oficina, media hora tarde, Angélica me preguntó qué me pasaba y me sinceré con ella. No tenía amigas y ella era lo más cercano a una amiga en ese momento.

-Por dios, mujer ¿Y no piensas ir a la policía?

-Ni loca. Me quitarían el dinero. Lo que quiero ahora es salirme de ese maldito lugar. Dejar a mi marido y divorciarme. Criaré a mi hijo yo sola.

Angélica dudó un momento, como sopesando asuntos interiores en su mente y luego, con una amplia sonrisa, me dijo –Vente a vivir conmigo. Vivo con mi novio y tenemos una recámara extra. Puedes quedarte ahí hasta que nazca el bebé. Después ya veremos, Ricardo es algo especial con los niños, no le gustan. Pero seguro que para entonces ya tendremos una solución.

-¿Hablas en serio?- Le pregunté al borde del llanto.

-Claro que hablo en serio. Es más, le llamo ahora mismo a mi novio para avisarle que desde hoy eres nuestra nueva roomie.

Angélica me convenció de no volver a poner un pie en la casa de mi suegro. –Con todo ese dinero puedes comprarte la ropa que necesites para venir a trabajar. Es más. Vete de una vez. Te alcanzo en el centro comercial para llevarte a la casa. A las ocho ¿Te parece bien? Yo le digo al jefe que te sentiste mal y tuviste que irte.

Un par de días después, mi suegro fue a buscarme al trabajo. Iba en son de paz, según él –Solo quiero saber que estás bien-

-Pues ya vio que sí, estoy mejor que nunca. Ahora váyase- Le respondí de manera tajante. Él bajó la cabeza y sacó algo de su bolsa.

-¿Esto es tuyo?- Me preguntó señalando la prueba de embarazo que había robado de mi cajón en mi ausencia. Me quedé pasmada al ver expuestas a la luz de la mañana, las dos líneas rosas que anunciaban que sería madre. -¿Desde cuándo lo sabes, Sandra?- me preguntó mi suegro al ver que yo no respondía.

-Desde hace dos meses. Entrégueme la prueba, por favor. Es mía.

-¿Quién es el padre? ¿Roberto o yo?

-Claro que tú, idiota. Y aunque nunca te dejaré verlo, tienes la obligación de mantenerlo- Le respondí arrebatándole la prueba de embarazo.

-¿Qué harás al respecto?

-Tener a mi bebé y cobrarte la pensión, pendejo ¿Qué más querías que hiciera? Ahora vete, antes de que grite y salga todo el edificio a madrearte.

-Está bien. No te pongas así. Después hablamos.

-Nunca, pendejo. ¿Me oíste? ¡Nunca! Jorge, tu abogadito, está al tanto de todo y como te me vuelvas a acercar, o te meten a la cárcel o te meten en pedacitos en una caja- Bueno… La verdad era que Jorge estaba procesando mi divorcio y se estaba jugando su carrera por que mentimos en la parte de no estar embarazada, pero claro que él no sabía quién era el padre, ni mucho menos que me había revolcado con mi suegro por dinero.

-Está bien. Me voy. Pero ya nos encontraremos después. Ni tú ni el puto eyaculador precoz de Jorge me dan miedo. Para que lo sepas. Si el niño es mío, te lo voy a quitar.

Angélica y su novio me habían recibido como si se tratara de su hermana mayor. Hasta hubo fiesta de bienvenida en el departamento. Y aunque Ricardo, el novio de mi amiga estaba renuente a recibir un recién nacido en su casa, siete meses después, era él quien me sujetaba de la mano durante el parto y me daba palabras de aliento. Y una vez que volvimos al departamento, Ricardo se levantaba junto conmigo a calentar las mamilas o a cargar al bebé si lloraba a las tres de la mañana. Para mi hijo, aquél muchacho desgarbado y fumador compulsivo fue como un padre desde el principio y aunque Ricardo mismo lo enseñó a referirse a él como “tío Richi”, entre los dos nació un lazo semejante al de padre e hijo.

Por otra parte, una orden de restricción que consiguió el abogado Jorge, fue suficiente para que ni mi ex marido ni su padre aparecieran de nuevo en mi panorama y por extraño que parezca, puntualmente el último día de cada mes, mi suegro me enviaba un mensaje de texto solo con la palabra “depositado” para avisarme que podía pasar al cajero a retirar el dinero para los pañales de su hijo.

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