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Haciendo cosas increíbles

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Por su trabajo no dejaba de viajar, cada día en un lugar diferente, y esta vez, aunque estaba en otra ciudad dentro de España, tenía la sensación de estar en un lugar muy lejano, y tenía dos noches por delante aún. La noche anterior había sido una especie de despedida, como cuando se iba a un país lejano. Su mujer le había recibido en la cama con un camisón semitransparente y medias negras. Se había puesto a mil como cuando eran jóvenes, y desde el primer momento en que había sentido su pene entrar en ella, no había podido dejar de follársela, hasta que ella le había pedido al oído que por favor se corriese, que no podía más. Una vez más, la tentación de visitar su culito había sido reprimida con gran dificultad, y se había acabado corriendo dentro de ella, en el agujerito habitual. Recordaba entre gemidos cómo ella se aferraba a las sábanas, retorciendo sus piernas, que al rozar cubiertas de lycra con él, hacían que su polla se pusiese más y más dura, hasta que tuvo que explotar y derramar todo su semen dentro de ella. Al recordarlo sentado en el taxi que le llevaba al hotel, se le había puesto tan dura otra vez que auguraba una buena paja esta noche antes de dormirse. Su mujer aún le ponía a mil, eso era una de las cosas que le gustaban de ella, que todavía sentía las ganas de masturbarse pensando en ella cuando no estaban juntos...

Al llegar al hotel, deseoso de entrar por fin a la habitación, empujó la maleta hasta la puerta, y abrió la puerta con la tarjeta electrónica mientras oía ruido en la habitación de al lado. En el momento en que iba a entrar, salió de la habitación contigua una pareja. Tendrían unos 45 años, y tenían todo el aspecto de haberse escapado un par de días de sus hijos para follar en un hotel. Ella estaba bastante buena, llevaba unas medias de brillo moradas, y un vestido corto de lana. Sobre él un abrigo y unos tacones de aguja. Su pelo era rubio pero con mechas, y llevaba los labios pintados. Su marido le sonrió, y se despidió amablemente, a pesar de que él se detuvo a propósito antes de entrar para mirar descaradamente a la mujer, incluso hasta que desapareció en el pasillo. Después entró a la habitación y se dio un buen baño. Posteriormente decidió bajar a la cafetería a cenar algo y estuvo por allí leyendo el periódico, hasta que unas voces llamaron su atención, ya bastante tarde.

Eran sus vecinos, que volvían de cenar, y de tomarse alguna copa probablemente, por la forma en que a ella le resultaba complicado mantenerse de pie. Esperó a que subiesen a su cuarto, y se fue detrás de ellos. Al entrar en la habitación, se dio cuenta de lo fácil que era seguir su conversación, gracias a la delgadez de los tabiques. Al parecer, después de cenar habían ido a un local de intercambio, pero no habían encontrado a nadie que les gustase para invitarle a su habitación. Aquella situación encendió su nivel de morbo, y empezó a imaginar situaciones en las que era él quien se follaba a esa preciosidad, con el beneplácito de su marido. Ella parecía estar muy caliente, y la prueba evidente fue que a los pocos minutos se empezaron a sentir jadeos. Él decidió lanzarse, y saliendo al pasillo sigilosamente, introdujo la tarjeta en la ranura de la habitación de la pareja, haciendo varios intentos de entrar. No tardó en salir el hombre, pidiendo explicaciones. Él se limitó a pedir disculpas, indicando que se había equivocado de puerta, y dejó bien claro que estaba justo al lado. A partir de ahí hubo unos momentos de silencio y entonces sonaron unos golpes en su puerta.

Al salir a abrir, el hombre se le quedó mirando y simplemente le dijo que necesitaba su ayuda. Accedió a acompañarle, y al entrar a la habitación se encontró a la mujer sentada en el sofá, con el vestido de lana casi subido hasta la cintura, enseñando las braguitas, y con una luz tenue. Se quedó esperando, y entonces el marido le dijo que necesitaba ayuda para follársela. Eso le sonó apetecible, y se arrodilló para acariciarle las piernas cubiertas de lycra morada. Ella se dejó hacer y entreabrió las piernas, hasta que inclinándose hacia delante, le susurró algo que le sonó a orden inmediata:

- "Antes de desahogarte conmigo, necesito que me ayudes con él. Digamos que le cuesta un poco ponerse cachondo".

Le extrañó la petición, pero en seguida ella le indicó a su marido que sacase su ropa de la maleta, y este le acercó unas medias negras y un diminuto tanga a juego, además de un corsé y un sujetador de encaje. Por un momento estuvo a punto de salir de allí, pero en esa posición, casi podía oler la entrepierna de la mujer, y sus flujos seguramente casi empapando la braguita, le atraían sin remedio. Durante un segundo valoró la posibilidad de jugar con ellos a cambio de follarse a esa mujer y pudo más el morbo del momento, así que acercándose a su oído le susurró:

- "Cielo, ¿tienes unos pantys para ponerme debajo?"

Ella respondió, igualmente susurrando:

- "Mi marido es muy cariñoso, pero si prefieres que no te toque la piel, no pasa nada".

Entonces le indicó a su esposo que le trajese unos pantys y éste lo hizo. Unos pantys beiges casi transparentes, extremadamente suaves. Él se desnudó de inmediato y se puso los pantys, ante la atenta mirada de la pareja. Cuando se enfundó en el corsé, se dio cuenta de que el tío estaba masturbándose, con la polla en la mano. No parecía muy grande, por lo que pudiera pasar. Se centró en disfrutar de la mujer todo lo que pudiese, pero siendo obediente con ella, para no quedarse sin follársela. Así que a los pocos segundos estaba de nuevo intentando penetrar entre sus piernas, a base de caricias y visitas fugaces a su entrepierna. Detrás suyo sentía al hombre, masturbándose con las vistas. No parecía que corriese peligro, hasta que ella empezó a sacar sus tetas del sujetador, y le pidió a su marido que se acercase. Éste empezó con ella, acariciándola, y metiéndola mano por encima del invitado, que empezó a sentir roces y concretamente el pene erecto tocando contra la lycra de su ropa interior. Al principio fue un poco molesto, pero poco a poco el morbo de tener una parejita para él sólo le llevó a disfrutar del momento, y empezó a ser él quien se rozaba a propósito contra ambos cuerpos. El hombre ahora le tocaba el culo y las piernas, con evidente intención, y a cambio él le cogía de vez en cuando la polla para bombearla, a sabiendas de que eso le excitaba. Se imaginaba que iba a durar poco sin abalanzarse sobre su mujer, aunque no le importaba ser el segundo, si podía recrearse con ella sin prisas, así que se dedicó a comerla el coño, mientras con la mano derecha masturbaba a su marido, que ya tenía la palma de su mano en mitad de su culo cubierto de lycra...

Entonces ella se volvió a inclinar hacia delante, y escupiendo en su mano, la puso sobre el agujero de su invitado, retirándola lo justo para que su marido abriese un agujero, que hizo sentir al hombre que algo iba a invadir su intimidad. En ese momento pensó en que su aventura bisex había llegado demasiado lejos, y quiso dar un ultimátum, o decir que sólo estaba dispuesto a servir de juguete para que él se masturbase, pero antes de poder abrir la boca, la mujer le volvió a sumergir entre sus piernas y entonces sintió el glande caliente y duro abrirse paso en su agujerito de placer. Quiso quejarse, pero la suavidad con que éste se abría paso dentro de él fue tal que casi sin poder decir nada, se dio cuenta de que la polla del marido ya se movía a placer dentro de él. Y mientras ella parecía excitarse cada vez más con la escena, porque su entrepierna no dejaba de segregar fluidos, que él no desperdiciaba, lamiendo y tragando con placer.

Las embestidas crecían en intensidad, a medida que el placer se desbocaba, y entonces ella le pidió a su marido que se tumbase sobre la cama, para follárselo sentado sobre él. Así lo hicieron, y ella se sentó sobre ambos, dejando la polla del extraño penetrarla hasta el fondo. Finalmente se la estaba follando. El numerito bisexual estaba dando su resultado, pero por extraño que le pareciese, no le apetecía que aquella polla saliese de dentro suyo. Era como si cada milímetro que entraba dentro de ella tuviese que pagarlo con un milímetro de polla dentro suyo. Pero no le incomodaba ya, porque el miembro resbalaba en su interior sin dificultad.

Decidió tomar la iniciativa, y se puso de pie junto a ella, cogiéndola por la cintura para follársela sentada sobre él. Y lo hizo, pero sólo hasta que el marido, en evidente estado de excitación máxima, le sacó la polla de la vagina de su mujer y se apoderó de ella, tragándola hasta el fondo de su garganta. Él quiso zafarse del hombre para terminar con ella, pero cada vez le resultaba más difícil. Y para colmo ella se contoneaba delante y le dejaba manosearla los muslos y el culito, poniéndole más dura la polla, que seguía en poder de su marido. Quiso aguantar, ya que a pesar de su aspecto de Sissy travestida, necesitaba follarse a aquella lianta, pero las manos del tío aferrándose a su culo y esas caricias en sus piernas, acompañadas de aquellos movimientos de succión, le impedían sacrificar esa mamada por follarse a la mujer.

Y entonces pasó lo que estaba evitando a toda costa, justo cuando ella se puso detrás suyo y empezó a meterle los dedos en el culo aún viscoso y abierto. No pudo resistir el placer de esas caricias, y del roce de los pezones de la mujer en su espalda, y cuando más tragaba su marido, sintió sobrevenirle el orgasmo y el esperma fluyó de su cuerpo directamente a la garganta del vicioso marido, que tragó con ansia hasta que la polla empezó a perder volumen. Ella se la sacó de la boca a su marido y quiso tragar algo, pero éste la había dejado perfectamente limpia, sin el menor rastro de semen...

Entonces fue consciente de que acababa de vivir una experiencia bisexual que seguramente iba a desear repetir, además de otras dos cosas: que no había podido follarse a la mujer hasta el final, y que su marido aún tenía dentro su carga intacta. Algo le hizo pensar en él y a cambio del placer que le habían proporcionado, correspondió con un regalito de su propia cosecha. Le ayudó a tumbarse en la cama y empezó a contonearse, rozando su culito contra el pene del hombre, hasta que éste se puso duro de nuevo. Luego le cogió las manos, lo cual le resultó muy extraño, y se las colocó en sus pechos, para que le acariciase como si fuese su mujer, y éste empezó a tomar la iniciativa, hasta que le tuvo a cuatro patas, follándoselo otra vez. Entonces ella se colocó debajo y trató de reanimar la polla de su invitado, mientras se lo follaba su marido. Las sucesivas embestidas y la boca de la mujer hicieron pronto su efecto, y pronto su polla estuvo de nuevo a punto, tan dura como la que sentía en su interior. A pesar de sentir la necesidad de follársela por fin, decidió sacarse de su culo el pene del marido y después de tragarlo durante unos segundos, se lo llevó a la entrepierna de su mujer, y le pidió que se la follase, a cuatro patas sobre él, mientras él se ocupaba del otro agujerito. Loca de placer con la doble penetración, sus pechos se agitaban, mientras ambos hombres rozaban sus huevos en un movimiento de a ver quién se la mete más adentro.

Finalmente, ambos se corrieron sobre la boca y los pechos de la mujer, que gemía de placer evitando las salpicaduras en sus ojos. Su marido se abalanzó sobre ella para limpiarle hasta la última gota de semen, mientras el vecino volvía a su habitación aún conmocionado por la experiencia que acababa de vivir, eso sí, envuelto en un albornoz, pero aún con las prendas de la mujer sobre su piel...

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