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Mi madre, mi amante

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Maura, mi madre, es una mujer trigueña de 45 años, cabello negro y muy largo, con lentes gruesos en cola de caballo, ojos grandes y expresivos de gato color miel y caderas anchas. Es una mujer muy hermosa pero se viste con ropas holgadas y tiene una expresión triste, tras la muerte de mi padre.

Mi madre regresa de casa luego del trabajo, se quita su traje gris, su cabello atado en un rígido moño, blusa y zapatos de tacos para colocarse su bata y babuchas, se ató su cabello en una cola de caballo. Desde la muerte de mi padre se convirtió en una mujer triste y tímida. Por eso me mudé con ella para ayudarla a superar la tristeza y animarla.

—No te preocupes, mamá. ¡Siempre estaré contigo!

—Gracias, hijo… eres lo único que me queda. – Dijo mi madre, entre lágrimas.

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

—Ya lo sé… gracias, mi amor.

Maura, mi madre, es una mujer trigueña de 45 años, cabello negro y muy largo, con lentes gruesos en cola de caballo, ojos grandes y expresivos de gato color miel y caderas anchas. Es una mujer muy hermosa pero se viste con ropas holgadas y tiene una expresión triste.

—Hola mami, ya hice la cena. ¡Siéntate y relájate!

—Gracias, amor.

—No tienes qué darlas. Tú me cuidaste a mí cuando era pequeño y ahora me toca a mí hacer lo mismo contigo. –mientras masajeaba sus pies.

—Ya, pero no tienes obligación… ¡umhhh! ¡Qué rico masajes de pies das, mi niño.

Por la posición en que estaba pude ver su coño peludo. Se había quitado las bragas. En ese momento también me percaté que se notaban sus pezones.

—¡Nada, mamá! Eres muy hermosa y joven. Tienes un cuerpo que ya lo quisieran mujeres muchísimo más jóvenes que tú, eres divertida, simpática…

—- Ja, ja… para ya, que parece que quieres ligar conmigo.

—- Lo digo en serio. Tienes que tener un poco más alta tu autoestima. Mañana iremos de compras y a la peluquería.

Reserve la peluquería de unos grandes almacenes y de paso reservé en un restaurante.

—¡Ya está! A las seis y media tienes hora. Y luego nos vamos a quedar a cenar en ese restaurant que está de moda.

—Hijo, no hace falta…

—Sí que hace falta.

Al día siguiente fuimos al centro. Después de casi dos horas en la peluquería mi madre, que estaba considerablemente más animada dijo que si podríamos hacer unas compras. Le dije que la reserva era para las diez y media, y que el restaurante estaba cerca.

Su aspecto había mejorado de forma radical. A petición mía, mi madre se compró un par de vestidos veraniegos, bastante escotados que le regalé. Luego pasó a comprarse unos conjuntos de ropa interior, pues le dije que ya no use esas bombachones de anciana, que era tenía que rehacer su vida. Luego fuimos a cenar. En el transcurso del viaje muchos hombres volteaban a ver a mi preciosa madre, mientras ardía en celos.

La comida fue excelente y el postre, un suflé, delicioso. Luego, cogimos el coche para volver a casa.

—Hijo, me lo he pasado muy bien. Hacía mucho que no salía.

—Ya me imagino. Me gusta cómo te han dejado en la peluquería. Te da un aspecto… más juvenil.

—Sí, la verdad es que me han dejado bien. Me gusta. Y encima me has regalado un par de conjuntos preciosos y me he comprado un par de conjuntos de lencería que también hacía mucho que no compraba. Muchas gracias hijo. —Me dio un sonoro beso en la mejilla.

—De nada, la verdad es que yo también me lo he pasado bien. Te ves espectacular.

Mi madre se quedó dormida en el sillón, el vestido se le levantó hasta la altura de su ombligo dejando a la vista sus bragas, de la cual se notaba el bulto de su monte de venus sumado a sus vellos púbicos. Levanté a mi madre y la acompañé a su cama. Intenté dormir, pero no podía quitarme de la cabeza la imagen del chochito desnudo de mi madre. Estaba en la cama sin poder dormir cuando oí algunos ruidos. Sigilosamente me levanté. Los ruidos venían de la habitación de mi madre. Al acercarme eran unos ruidos inconfundibles… de alguien que se masturba. Esa noche se me hizo eterna. Al final tuve que masturbarme pensando en mi madre.

Por la mañana cuando escuché que mi madre se levantó, hice lo mismo y bajé a desayunar. El día era de un intenso azul de verano… maravilloso. Mi madre tenía otra cara… la de alguien que lo ha pasado mal y está un poco mejor.

Para el fin de semana reservé un pequeño chalet con piscina en las afueras de la ciudad, donde cada quien tenía su habitación separada.

Nos metimos a la piscina. Mi madre llevaba su viejo bañador azul de una sola pieza que le quedaba muy entallado. Los pelos de su coño se salían por los lados y dejaba ver parte de sus nalgas.

Esa noche la invité a una película en el cine. Mamá se divirtió de lo lindo. Todavía soltaba alguna carcajada de vuelta a casa. Nos fuimos a dormir y otra vez me costó mucho, por haber visto a mi madre en la piscina y recordar como se masturbaba. Otra vez lo hizo esa noche (y yo la imité). Mi polla estaba a mil, cuando empecé a escuchar los consabidos ruidos de la habitación de mi madre. Sin ruido me dirigí a su puerta, pegando el oído, ya que además de los gemidos me pareció oír algo más…

—¡Oh, sí! ¡Qué bueno!, ¡qué bueno!… ¡Sí!, ¡sigue así… hasta el fondo, no pares, hijo! ¡No pares!, ¡sigue así, mi amor, no pares, dame placer…!

No me lo podía creer. Mi madre se pajeaba pensando en mí. Estaba anonadado.

Por la mañana tras desayunar fuimos a la piscina.

—El agua está de vicio.

—Sí, hijo, ¡está muy buena!

—¿Por qué no usas bikini, mamá?

—Porque estoy muy vieja.

—Ya te he dicho que tienes un cuerpo espectacular que envidiarían muchas jovencitas.

Braceamos un poco. Luego mi madre se fue a la perezosa. Al caminar la tira de su traje de baño calló dejando ver una teta. Su pezón marrón estaba erecto y tenía aureolas grandes. Yo me quedé embobado. Fui hasta donde estaba y la abracé por atrás. Las imágenes sexis de mi mamá que había visto en esos días tomaron el control de mi cuerpo y sin pensarlo quité la otra tira de su traje y lo deslicé por el piso. Mientras besaba y acariciaba su cuerpo. Su coño, perfectamente arreglado salió a la luz. Pasé mis manos alrededor de sus labios vaginales mientras chupaba su clítoris.

—¡Para hijo! ¡Soy tu madre! –Lo decía sin ganas.

La miré a los ojos, la abracé y le di un beso en la boca. Ella me respondió. Pude notar como sus pezones se ponían duros como piedras. Nos besábamos con pasión. La acosté en el pasto. Me acosté encima de mi madre, para chuparle las tetas y mordisquearle los pezones. Mamá gemía de placer, desfalleciente.

—¡Sigue así, mi amor, sigue!

—¡Oh, Dios, mami! ¡Qué tetas más buenas tienes!

—¿De verdad te gustan mis tetas?

—Me vuelven loco, desde que te las vi estoy deseando comerme estas tetas.

—Pues cómetelas, mi amor, son para ti.

—¡Síííííí…!

Al tiempo que le chupaba los pezones a mi madre, con la mano le acariciaba el coño, que ya estaba muy mojado, soltaba gran cantidad de líquido. Le besé el ombligo y me fui a comerle el coño, mientras ella con sus dedos se pellizcaba los pezones

—¡Así, mi amor, justo allí! ¡Sí, haz que tu mami se corra, sigue!

Pasé uno de mis dedos por su boca y ella chupaba mi pulgar. Me di la vuelta de tal forma que mi boca quedaba enfrente del coño de mi madre y mi polla estaba a la altura de su boca. Empezamos a hacer un fantástico 69. Cuando estaba a punto de correrme se lo hice saber a mi madre, que lejos de quitarse se tragó casi todo mi semen, ya que me corrí como nunca lo había hecho en mi vida. Al levantarse se veía un hilillo de semen cayendo por la comisura izquierda de sus labios.

Había sido la mejor mamada de mi vida. Mi mamá se tragó mi leche. Le di otro beso en los labios con lengua. Volví a coger a mi madre y la subí a mi cuerpo, mientras ella me rodeaba con sus piernas. La apoyé en la pared mientras buscaba con mi polla la entrada de su coño. Cuando se la metí, su grito fue alucinante.

—¡Sííí! ¡Qué bueno!, ¡qué bueno!

—¡Ah! ¡Qué gusto!

Estaba a tope follándome a mi madre viendo como sus tetas subían y bajaban con cada embestida. Mi madre me abrazó y me besó mientras seguía con el mete-saca. Su vagina era muy apretada y estrecha.

—Mi vida, me vuelves loca. ¡No pares, sigue, sigue mi amor!

—¡Qué gusto mamá, que gusto…!

—¡Sí, mi amor! ¡Qué bueno! Me das la vida, amor, me das la vida.

—Y tu a mí, mami, y tu… ahhhh… mí.

—Hijo, sigue un poco más, un poco… que me voy

—Y yo, mamá me vengo contigo

—¡Síííí!

—Es el mejor polvo de mi vida, mami

—Si mi amor, el mejor, el mejor… ya estoy, ya…

—Y yo mamá, ya llego…

—¡Córrete dentro, mi amor, lléname…!

—¡Sííí!, ¡me vengooooo!

—¡Así, amor… toda en mi coño!

Caímos rendidos en la cama, con mi polla y su coño rezumando fluidos sexuales. Me mantuve a su lado mirándola a los ojos, mientras con mi mano acariciaba su vagina, desde la suavidad de sus vellos púbicos a la parte externa de sus húmedos labios vaginales. Manteniéndola excitada.

—Gracias mi amor, me has hecho sentir mujer de nuevo. – dijo mi madre

—Gracias a ti, mami. No recuerdo haber echado un polvo tan salvaje como este. Pero esto no ha terminado. Pues que todavía queda algo.

—La verdad es que con los jóvenes da gusto. Haré lo que quieras. Seré quien quieras. Seré tu esclava sexual.

—Te referirás a ti misma en tercera persona como mami y usaras trenzas o cola de caballo. Te gustará que te nalguee.

—Mientras la cogía de las nalgas coloqué mi mano en su vagina peluda y sobaba mi pulgar en su clítoris haciéndola llegar al éxtasis.

Nos volvimos a besar y nos fuimos a la ducha. Al salir fuimos a comer algo y reponer energías. Al terminar fuimos a la habitación, mi madre se hizo un par de trenzas.

—Puse a mi madre a cuatro patas y le pasé un dedo por el culo.

—¿Qué vas a hacer, nene?

—Iré despacio. Si te duele me lo dices.

—Despacio, por favor

Fui a buscar un poco de lubricante y tras pasarlo bien por el ano de mi madre y por mi polla, fui poco a poco penetrando el culo de mi mamá. Ella me pedía que fuera más despacio, y yo lo hacía, hasta que toda mi polla quedó dentro de su otro agujero y empecé a follármelo, poco a poco, hasta que descargué dentro otra buena ración de mi leche

Después de esa noche decidimos que trasladaría algunas de mis cosas a casa de mi madre, donde ahora su dormitorio era nuestro dormitorio. Al llegar mi madre me dio un beso apasionado mientras buscaba dentro de mis pantalones.

—¡Ummm!, que dura tienes la polla. ¿Quieres follarte a mami?

—¡Sí, sí siiiiiii!

—En mi cama, ¿Verdad? Quieres follarte a mami en mi cama.

—En tu cama (la beso) En la cocina (la beso) En el salón (La beso)

—Le subí la falda y le acaricié las nalgas sobre las bragas con encajes.

—¿Te gusta el culito de mami?

—Tienes el culito más lindo del mundo.

Maura miró a su hijo a los ojos. Sus ojos brillaban. Acercó su boca su oreja y le susurró:

—Mami está deseando que su niño se la folle por el culito.

Me cogió de la mano y me llevó a su cama. Al terminar, desnudos con los cuerpos brillantes de sudor y fluidos me confesó que ya no se sentía ni mujer, ni querida, que pensaba que su vida se había acabado. Pero gracias a mí había empezado a vivir de nuevo.

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