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Él te observa (Episodio 1)

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El desconcierto me llevó a tomar medidas drásticas. Así que, sin anoticiar a la familia, decidí instalar una cámara de vigilancia en el living. Jamás sospeché que ese sería el comienzo de una serie de infortunados sucesos que me dejarían al borde de la locura.

La nueva integrante

Yo sabía que la idea de instalar cámaras de vigilancia en casa no iba a ser bien recibida por la familia. Supongo que a nadie le gusta sentirse observado todo el tiempo en la intimidad de su hogar. Así que ni siquiera me molesté en plantear esa posibilidad. Sin embargo, debía encontrar en forma urgente una solución al problema.

Ya era la tercera vez que ocurría. Primero había sido un lujoso brazalete de plata que mi esposa atesoraba con el mayor cariño. Lo había heredado de su madre, y ésta de la suya. Era de esos tesoros que van incrementando su valor sentimental a medida que van atravesando sucesivas generaciones.

En las otras dos oportunidades había sido dinero en efectivo. Estaba claro que no eran simples extravíos; y la verdad era que todos sospechábamos la identidad del silencioso ladrón, pero había que tomar alguna medida para pescarlo in fraganti.

Mi nombre es Mario, soy escribano, y podría decir que tengo una familia ideal. Estoy casado con Irene: una hermosa morocha de ojos verdes que conocí en una mañana de domingo a la salida de la iglesia. Me enamoré apenas la vi. Siempre le agradecí a Dios que ella se fijara en mí cuando le sobraban candidatos.

Después de veintidós años de casados, puedo asegurar que su belleza se ha conservado intacta. La verdad es que el tiempo le ha sentado igual que a los buenos vinos. Su hermoso rostro de rasgos finísimos sigue provocando los más profundos suspiros.

Y qué decir de su cuerpo… si digo que era una mujer escultural cuando nos unimos en sagrado matrimonio, debo decir también que la madurez la ha vuelto exuberante. Fundadas en regulares sesiones de gimnasio, sus curvas han crecido de una manera armoniosa para conformar una figura de excelsa sensualidad.

No obstante, no es de esas mujeres que van por ahí haciendo alarde de su bien proporcionado cuerpo. Nunca se la vería paseando con vestuario siquiera sugerente. Siempre tapada, con paso sobrio y perfil bajo. Seguro que su estricta educación religiosa ha influido notablemente en su recatada conducta y su puritana personalidad.

Lamentablemente para mis inevitables necesidades masculinas, no es de hacer excepciones en la intimidad. Nuestras relaciones sexuales siempre han sido bastante cohibidas, aburridas, de poco movimiento, restringidas a la posición del misionero y casi nada más. Siempre he lamentado esa picardía de Dios: amasar en barro un enorme par de tetas y un culazo increíble, para luego adjuntarle el comportamiento de una monja.

Confieso que en más de una oportunidad he sentido ganas de pagarle a alguna prostituta para poder disfrutar sin tabúes de la satisfacción de algunos menesteres que jamás podría atiborrar con mi mojigata esposa. Pero no soy de los que arriesgarían su entrada al cielo por unos minutos de placer mundano.

Producto de nuestros esporádicos encuentros amatorios son Alicia y Daniel. Ali tiene veinte años y siempre fue mi debilidad. Es tan hermosa y radiante como su madre, o quizá más. Su esbelto cuerpo luce adorablemente estilizado gracias al hockey, deporte que practica desde la infancia. Es una estudiante universitaria brillante. Es emprendedora, responsable y muy inteligente: la hija perfecta con la que todo padre sueña. Ella sabe que es mi favorita, mi orgullo personal, y a menudo se aprovecha de ello para satisfacer sus más insólitos caprichos. Sabe muy bien que no puedo resistirme a su mirada tierna ni a su boquita en gesto de pucherito. Disculpen si se me cae la baba cuando hablo de mi preciosa niña.

Daniel, en cambio, ha resultado un auténtico vago. Pasa el día tirado masturbándose y jugando videojuegos. Acaba de cumplir su mayoría de edad y ha llevado su educación a los tumbos. Ahora está luchando contra su propia indolencia para poder culminar el colegio secundario. Es de físico espigado y –hasta donde sé– no realiza ejercicio alguno, salvo la paja, con la que ha desarrollado un desproporcionado antebrazo derecho. Pese a esto, debo decir que el hecho de que concurra a la iglesia me tranquiliza. Confío en que, de esta manera, su desidiosa conducta podrá corregirse a tiempo; y la verdad es que lo quiero mucho, aunque no tanto como a Ali, debo admitirlo.

Los cuatro vivimos en una cómoda casa de dos pisos cuya planta baja ostenta amplio living, espaciosa cocina y coqueto baño. En el piso superior están las tres grandes habitaciones, cada una con su propio baño privado.

Párrafo aparte para mi despacho, que no es otra cosa que un pequeño sótano al que acondicioné debidamente para poder trabajar en casa con total comodidad. En tiempos en donde el trabajo apremia suelo pasar allí largas horas. También se ha transformado en mi espacio personal para el esparcimiento y la reflexión.

Si bien no vivimos en la opulencia, sí es cierto que tenemos un buen pasar, y esto es gracias a la venturosa prosperidad del estudio notarial.

A quien me animaría a considerar como la quinta integrante de la familia es a Rosario, nuestra empleada doméstica, la cual ya hace más de una década que trabaja en nuestra casa. Se trata de una mujer humilde, de poco más de sesenta años, a quien siempre se la puede ver con gesto risueño a pesar de su semblante curtido por notorias huellas de cansancio, seguramente provocadas por una vida demasiado dura.

En un principio, Irene se negaba a aceptar que esa persona en la que habíamos depositado toda nuestra confianza durante años nos estuviera pagando de una manera tan ruin, robándonos en nuestras narices. A mí también me costaba creerlo: yo la sentía como una madre. Pero no habían muchas más opciones: nadie más había entrado en la casa en todo ese tiempo.

Si bien tomamos precauciones para vigilar su accionar, no logramos encontrarla ni siquiera en actitud sospechosa. Irene y los chicos festejaban esta ausencia de pistas incriminatorias; es que todos la queríamos mucho y de verdad deseábamos que fuera inocente.

Mejoramos la seguridad de la casa; pero ni siquiera la colocación de rejas y alarma pudo evitar que, con total impunidad, se llevara a cabo el tercer robo. Nunca encontramos una puerta ni una ventana forzada.

El desconcierto me llevó a tomar medidas drásticas. Así que, sin anoticiar a la familia, decidí instalar una cámara de vigilancia en el living. La recomendación, asesoramiento y posterior instalación corrió por parte de uno de mis clientes: el Licenciado Gutiérrez, dueño de una prestigiosa empresa dedicada a la actividad en cuestión.

Como religiosos practicantes, es difícil que faltemos a misa los domingos. Ese es el único momento de la semana en que la casa queda completamente sola, ya que Rosario trabaja con nosotros sólo de lunes a viernes. Así que ese fue el día elegido para realizar la furtiva operación.

Aquella mañana argumenté la aparición de un imponderable laboral que vería sus consecuencias inmediatas al día siguiente, y que me obligaba a quedarme en mi despacho preparándome para la ocasión. Así fue que, mientras Irene y los chicos marchaban a misa, me quedé en casa para recibir a un empleado de Gutiérrez, quien realizó con celeridad la mentada instalación.

Ahorraré los detalles técnicos, mitad porque los desconozco. Sólo diré que el joven hizo un trabajo excelente: la cámara –acompañada de un micrófono– quedó casi invisible y su rango de acción no registraba puntos ciegos. Las imágenes generadas eran de una perfecta nitidez, incluso en la oscuridad, gracias a una conveniente función de visión nocturna.

Un software instalado en mi computadora me permitía observar todas las imágenes registradas, permitiéndome dividir la pantalla en varias regiones para poder observar todo a la vez. Podía vigilar en directo lo que estaba ocurriendo en el living mientras observaba grabaciones viejas: ¡Una maravilla! Era evidente que el Licenciado Gutiérrez trabajaba con tecnología de primera.

Todo estaba pronto. Sólo debía esperar el testimonio de mi novel ojo delator para desenmascarar a la amiga de lo ajeno.

El lunes bien temprano, antes de partir hacia el estudio, tuve la precaución de dejar una buena suma de dinero a la vista en un lugar estratégico del living. Yo sabía que sólo Rosario podría advertir su presencia durante su recorrida diaria de limpieza.

Recuerdo que ese día mi jornada fue larga y extenuante. Regresé a casa muy tarde cuando ya todos dormían. Apenas entré, noté que el dinero no estaba donde lo había dejado. Entonces corrí hasta mi despacho y encendí la computadora. “Te atrapé, perra”, pensé.

Armado de paciencia, y ayudado por el modo de avance rápido, revisé poco más de cuatro horas de grabación. Pude ver a nuestra curtida criada quedar azorada de cara al dinero contante y sonante que brillaba ante sus ojos. Tenía a su mano una cantidad que, trabajando honestamente, le llevaría largos meses poder reunir. Sin embargo, para mi grata sorpresa, continuó limpiando sin tocar los billetes. Luego llamó a Irene y le advirtió sobre la presencia del dinero y del peligro que significaba dejarlo a la vista. Mi esposa le agradeció el gesto y se llevó el fajo.

La sonrisa que se me dibujó en el rostro fue tan grande como mi desconcierto: ¿Por qué no había tomado el dinero? ¿Acaso sospecharía que era una trampa? ¿Acaso había visto la cámara?

Me dirigí al living y revisé cuidadosamente la reservada instalación. Llegué a la conclusión de que era imposible que alguien pudiera ver la cámara si no conocía su existencia. ¿Acaso en verdad Rosario era honesta?

El cansancio, producto de mis agotadoras jornadas laborales, y la tranquilizadora ausencia de noticias sobre bienes faltantes, hizo que no chequeara ninguna grabación en los siguientes días.

El viernes de noche Irene se acostó temprano. Daniel jugaba con sus videojuegos –o quizá se pajeaba– en su cuarto y Alicia había salido a bailar. Ante la falta de una mejor opción, tomé una botella de whisky y me fui a mi despacho con la idea de revisar las grabaciones de la semana. Estaba tan aburrido que lo hice menos con una intención detectivesca que como solitario y patético intento de entretenimiento. Jamás sospeché que ese iba a ser el comienzo de una serie de infortunados sucesos que no sólo harían temblar los cimientos de mis más sólidas convicciones, sino que me dejarían al borde de la locura.

Luego de un par de horas observando desolados paisajes del living de casa, me quedé dormido frente a la computadora. Desperté justo cuando Alicia entraba en la casa de regreso de su noche de rumba. Pude verla enteramente en mi pantalla. Estaba hermosa. Llevaba un vestidito con falda corta –quizá demasiado corta para el gusto de un padre tradicional– y botas largas. Su paso irregular me hizo pensar que estaba algo ebria, lo que confirmé en el momento en que se tiró rendida y quedó dormida en el sofá.

Me serví otro whisky para despabilarme y me quedé observando el plácido sueño de mi hermosa niña. Volví a dormirme antes de beber la mitad del vaso. Me desperté al rato, sobresaltado, y mis ojos quedaron redondos de asombro frente a la pantalla de mi pc. Ali seguía durmiendo en el sofá, absolutamente noqueada. En la agitación del sueño su escasa pollerita había trepado hasta su cintura dejándole la cola completamente al descubierto.

Mi corazón se aceleró de golpe; mis manos comenzaron a transpirar y a temblar de manera convulsa. Era la primera vez que le veía la cola desnuda a mi nena. Y digo “desnuda” porque la pequeña braguita que llevaba puesta se le había metido casi toda entre los cachetes. En ese instante me di cuenta de que mi pequeña ya era toda una mujer, y es que así lo evidenciaba la contundencia de esos glúteos redondos, turgentes, deliciosos. ¡Por la Santísima Virgen! ¡Qué cola!

Fue quizá por la falta de costumbre –su madre acostumbraba a usar amplios calzones que le cubrían la totalidad de las nalgas; y eso que yo había probado suerte regalándole una tanga mínima que ella nunca se había animado a usar, la había escondido en el fondo de un cajón como si se tratase de un pecaminoso atavío profano– pero lo cierto es que en ese momento no pude evitar una erección.

Me desconocí. Me sentí sucio. No podía creer lo que me estaba sucediendo: me estaba excitando la cola de mi propia hija. ¡Mi nena! ¿En qué clase de monstruo me estaba convirtiendo? Quise castigarme con azotes de látigo en mi espalda. Quise reprimir ese fuerte deseo que parecía dominar mis entrañas. Cerré mis ojos y comencé a rezar. Pero mis plegarias no fueron escuchadas.

Como poseída por el maligno, una de mis manos descendió hasta mi entrepierna y comenzó a manosearme el bulto mientras la otra aplicaba un buen zoom a la imagen para observar ese culo perfecto en toda su dimensión. Sólo bastaron un par de clicks para que éste se viera grande, en primer plano. Recorrí su curvado contorno con mi dedo índice sobre la pantalla y pude conjeturar la dureza de esos glúteos compactos, que seguro eran tan fuertes como rocas.

Inmediatamente liberé mi verga y comencé a masturbarme en forma frenética. Entonces mis represiones religiosas y morales quedaron de lado, sólo quería homenajear el hermoso cuerpo de mi princesa, y en particular ese culo redondo de lozana firmeza juvenil.

En algún momento de total abandono reflexivo mi cuerpo saltó de la silla, como obligándome a presenciar ese maravilloso paisaje in situ. Entonces junté coraje y me mandé hasta el living. Iba temblando, mitad por los nervios y mitad de calentura.

Llegué con paso dubitativo, escudriñando la escalera en todo momento. Allí pude ver, ya sin cámaras intermediando, a mi hermosa Ali durmiendo boca abajo en el sofá con la cola al aire. No me cansaré de decirlo: ¡Qué cola! Era bastante más pequeña que la de su madre, pero se la notaba durísima, parecía de acero. Sus exquisitas nalgas brillaban en la penumbra, absolutamente desconocedoras de la ley de gravedad.

Me acerqué despacio y estiré mi mano temerosa con lúbricas intenciones: quería tocar esa cola hermosa; pero me arrepentí antes de hacer contacto. Me pareció escuchar ruido en el piso superior y el miedo de ser descubierto en una actitud tan indigna hizo que volviera raudo a mi guarida, en donde me seguí masturbando con locura.

Acabé pronto. Mi verga estalló en varios chorros de semen que mancharon el suelo y también el escritorio. No recordaba acabadas tan abundantes. Seguro que la inactividad, sumado al grado de excitación que me había provocado la cola de Ali, me había cargado de leche hasta completarme los testículos.

Minutos después, mientras limpiaba el pegajoso desastre que había hecho y me maldecía por mi debilidad espiritual y mi vergonzoso comportamiento, observé la pantalla y pude divisar el movimiento de una sombra en la imagen. Poco después apareció el dueño de esa sombra. Era Daniel. Estaba parado junto al sofá contemplando detenidamente a su hermana.

Calculé que el muchacho –quizá sediento– pasaba por ahí en su camino hacia la cocina y tuvo la fortuna de encontrarse con ese paisaje. Con lo pajero que era, seguro que no iba a desaprovechar esa oportunidad. Seguro que ni siquiera en su amplio catálogo pornográfico había visto una cola como esa.

Y efectivamente, no conforme con clavar sus ojos en las redondas nalgas de Ali, procedió a acariciárselas sin ningún reparo. Sentí ganas de apersonarme en el living de improviso y darle un buen escarmiento por degenerado, pero recordé que yo acababa de pajearme mirando esa misma carne, y había estado a punto de tocarla. Yo también era un pecador: no podía tirarle la primera piedra.

El manoseo de Daniel hizo que su hermana despertara. Ésta se incorporó sentándose en el sofá, todavía medio dormida. El chico le acarició el pelo y le habló algo al oído. Ella asintió con su cabeza mientras se refregaba los ojos con sus dedos. Extrañamente, no tuvo ningún gesto de protesta con respecto al atrevimiento manual de su hermano; como si fuese normal que un chico despierte a su hermana acariciándole el culo. Sólo se puso de pie con cierta dificultad y subió la escalera rumbo a su habitación.

Pensé que quizá, entre la borrachera y el sueño, ella no había advertido la improcedente osadía de su hermano; al menos eso quise creer, pero a esa altura tenía un gran desconcierto en mi cabeza. Quizá yo también había bebido demasiado.

El sábado las cosas se pusieron peor para mí. Como era de esperarse, Ali se levantó tarde. Ya pasado el mediodía, bajó con una calza gris ajustadísima que hacía que sus nalgas se vieran perfectamente redondas, macizas, bien delineadas por la ostensible hendidura intergluteal –por no decir “la raja del culo”– que, como si fuese la boquilla de una aspiradora encendida en máxima potencia, se devoraba ferozmente toda la tela dispuesta en sus inmediaciones.

Yo no sabía si era la primera vez que la escultural pendeja andaba por la casa vestida en forma tan sugerente o si eran mis ojos los que, a causa de mi descubrimiento nocturno, por primera vez advertían cómo la sensual prenda dejaba en evidencia las inmejorables proporciones de su increíble cuerpo.

Me resultaba imposible no mirarle el orto cada vez que me la cruzaba. Si es que llevaba puesta ropa interior, ésta debía ser muy pequeña y seguro la tenía toda metida en la cola. Después de un largo rato de disimulada observación, al fin pude comprobar éste hecho al detectar la tenue huella que dejaba el minúsculo triangulito de una pequeñísima tanga, ubicado por encima de la larga y oscura raya que hacía visible la calza completamente succionada por aquella esférica aspiradora hecha de pura carne. ¡Qué tentación, mi Dios!

En más de una oportunidad Ali me descubrió mirándole la cola ese día. Y, aunque en ninguna de las instancias emitió palabra, en una de ellas me pareció percibir una ligera sonrisa en su rostro. Pude sentir el rubor en el mío e inmediatamente intenté desviar la atención con algún comentario corriente, pero temo que mi estremecimiento y mi voz entrecortada me hayan delatado.

Ese día aguanté todo lo que pude antes de sucumbir ante la tentación y terminar encerrado en mi despacho, en donde casi muero deshidratado homenajeado el pedazo de orto de la nena.

Fue allí mismo que tomé la decisión de instalar cámaras por toda la casa. Tenía claro que había cruzado un límite sin retorno, que había quemado el fusible que gobernaba mi moral y mi venerada ortodoxia. Desenmascarar a la ladrona ya no me interesaba tanto como poder disfrutar desde las sombras de la intimidad de mi preciosa hija.

CONTINUARÁ...

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