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Mi hija Sara

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  • -Oh, papá -me dijo una vez recuperó el aliento-. ¿Por qué no hemos hecho esto antes?

    Durante los últimos tiempos, me había fijado más que nunca en cuánto había crecido Sara, en cómo había madurado. Ahora, a sus 18 años, era igual que su madre a su edad. Había heredado su melena castaña, sus ojos pardos, sus pequitas casi inapreciables. Los pechos ya le habían terminado de crecer, quedándose en un tamaño intermedio. Estábamos tirados en el sofá del salón, acabábamos de cenar. Ella miraba la televisión, ni siquiera recuerdo que daban, yo la miraba a ella. Aunque ya era tarde, por aquellas fechas comenzaba a hacer calor, y Sara no llevaba más que una camisa y unos pantalones cortos.

    -Eres idéntica a tu madre cuando la conocí -no pude evitar decirle con una sonrisa.

    -Sí -reconoció ella-. Es cierto. Siempre que veo sus fotos, me fijo en que tenemos los ojos iguales.

    -Los ojos, el pelo, los labios...

    No podría haber terminado la enumeración. Eran clavadas, aunque quizá con los años hubiera ido añadiendo rasgos de mi hija al recuerdo de mi difunta pareja de cuando era joven.

    -¿Echas de menos los labios de mamá? -me preguntó de pronto.

    -Claro que sí, cielo -respondí-. Todos los días.

    -Y cuando ves los míos... ¿no te dan ganas de besarme?

    -Oh, cielo. Eres una joven preciosa. Cualquier chico querría besarte.

    -¿Y tú también?

    -Yo también -reconocí ante su insistencia-. ¿Por qué lo preguntas?

    -Porque... podríamos hacerlo -contestó sonrojándose.

    Si bien es cierto que le había dado una educación muy abierta y liberal, nunca creí que fuese a oírle decir nada parecido.

    -¿Quieres que nos demos un beso? -le pregunté.

    -Quiero más que eso... Hay muchas cosas que quiero hacer -comenzó-, y los chicos de mi clase no me interesan, la verdad. Sin embargo, contigo... creo que sería mucho mejor.

    -¿Estás segura? -le pregunté.

    -Dímelo tú -respondió mi hija. Me cogió una mano y la llevó bajo sus pantaloncitos. Aun sobre sus braguitas pude notar su humedad.

    -Claro que estás segura. Ya eres una mujer.

    Ella inició un acercamiento a mi boca, yo posé mis manos con suavidad en sus mejillas y la besé. Fue un beso torpe, un beso guardado largo tiempo en nuestros labios. Si bien algo descoordinado al principio, se volvió húmedo y caliente a medida que nos soltamos y enredamos nuestras lenguas. Cuando nos separamos, la miré a los ojos, seguíamos abrazados y estaba convencido de que ella notaba mi erección pegada a su pierna. Sus manos acariciaban mi pecho, mi cintura, acercándose tímidamente a mi ella.

    -¿Puedo...?

    -Claro que sí, mi vida.

    Sara alargó la mano y palpó la dureza de mi polla sobre el pantalón. Enseguida alzó la cabeza y me miró, fascinada.

    -Joder, papá -resopló-. Es enorme. Recuerdo que te la vi alguna vez de pequeña, pero no la recordaba para nada así.

    Al oírle decir eso no pude evitar reír.

    -No me la viste así, cielo -le expliqué-. ¿Quieres verla ahora?

    -Sí -respondió, con las mejillas encendidas más por la excitación que por la vergüenza.

    -Sácamela -le susurré.

    Ella lo hizo sin pensárselo dos veces. Me bajó los pantalones haciéndola salir, hinchada y tiesa como estaba. Me estremecí cuando sentí su mano cerrarse alrededor de mi polla.

    -Uff -resopló-. Qué caliente está, papá.

    Empezó a jugar con ella, recorriéndola con sus manos, acariciándola y dándole suaves apretoncitos. Aunque era inexperta, a mí me estaba volviendo loco con cada caricia, calentándome como no lo había estado desde hacía mucho tiempo. Cuando me bajó la piel para descubrir el glande, éste ya estaba húmedo de líquido preseminal. Al verlo, Sara me miró a los ojos con lujuria, se relamió y comenzó a inclinarse.

    -Cielo, cielo -la detuve, o me habría hecho correr enseguida.

    -¿Qué pasa, papá? -me preguntó.

    -Deja que ahora sea yo el que te dé placer, pequeña.

    -Vale.

    Le desabroché los botones de la camisa, y en cuanto vi sus pechos no pude esperar a terminar de quitársela y comencé a manosearlos. Eran redonditos, y tenía los pezones rosados. Cuando se los acaricié, enseguida respondieron endureciéndose, y entonces ya me fue imposible resistir la tentación de llevármelos a la boca. Comencé a besarle los pechos, a lamerlos, y al final a succionarlos. Esto hizo que Sara comenzara a ronronear, mientras me acariciaba el cuero cabelludo.

    -Me encanta, papá -me dijo.

    Entonces yo, caliente como estaba, llevé una mano bajo sus braguitas y le metí un dedo en la rajita. Estaba empapada, ardiente.

    -Es verdad que te encanta -le dije. Y empecé a mover el dedo dentro de ella, sin dejar a un lado sus tetas. Le acariciaba el interior de su estrecho coñito, arqueando el dedo y moviéndolo en círculos. Mi hija comenzó a jadear con más intensidad, y aproveché para meter un segundo dedo. Pese a su estrechez, los dedos entraban y salían sin ningún problema, dado a lo lubricada que estaba. Mientras le metía y sacaba los dedos, ya con más velocidad, puse el pulgar sobre su clítoris y comencé a estimulárselo.

    -Joder -bufó ella, clavando las manos en el sofá.

    -¿Te gusta, nena? -le pregunté, conociendo de antemano la respuesta.

    -Uff, claro que me gusta, papá -respondió-. No pares, por favor.

    Seguí de buena gana notando como se acercaba al orgasmo. Sara gemía, trataba de mover las caderas al ritmo de mis dedos, se agarraba a mi cabeza mientras la follaba.

    -¡Joder! -gritó mientras yo notaba una primera convulsión de su coño alrededor de los dedos-. ¡Sí! Ahh... Así, papá, así... ¡Dios!

    Notar como su coñito se tensaba y relajaba alrededor de mis dedos me calentó aún más si cabe. Se los metía y sacaba todo lo rápido que podía, mientras ella se retorcía entre mis brazos. Cuando terminó de correrse y recobró la respiración, yo no pude evitar llevarle a la boca los dedos que acababa de sacar de su rajita, esto la pilló por sorpresa.

    -¡Papá! -dijo riendo, pero empezó a chupar los dedos-. Mmm. Creía que me desagradaría el sabor, pero está rico. Pruébalo -dijo, y me besó pillándome tan por sorpresa como yo a ella hacía un momento.

    Fue un beso húmedo, cargado de morbo, intercambiando saliva sin pudor. Noté el gusto de su flujo, salado, delicioso. Mientras nos comíamos a besos, ella me agarró el miembro, que estaba duro como una roca y comenzo a meneármelo, manchándose la mano de mi líquido preseminal. Cuando acabó el beso, ella se limpió la mano con la lengua, y me pidió:

    -Fóllame. Fóllame, papá, por favor.

    Sin necesidad de decir nada más, terminamos de desnudarnos rápidamente. Mi hija se estiró tumbada en el sofá, separando las piernas. Yo me puse sobre ella y dirigí mi polla hasta su entrada, acariciando con mi glande sus labios vaginales, y luego su clítoris, haciéndola gemir. Entonces empecé a metérsela cuidadosamente, porque si bien estaba excitadísima y empapada, era su primera vez. Le metí el glande y gimió, yo no apartaba los ojos de su rostro, por si advertía algún gesto de molestia. Seguí entrando poco a poco en ella, notando como su interior se iba abriendo a mi paso. En un momento dado, Sara hizo una mueca, y antes de darme tiempo a hacer nada dijo:

    -Ni se te ocurra salir. Métemela toda, papá.

    Me agaché para besarla y terminé de metérsela así, comiéndome su cuello a besos, pero sin moverme aún, esperando a que se acostumbrara. Mi hija tenía los ojos cerrados, respiraba agitadamente.

    -¿Cómo estás? -le pregunté con ternura.

    -En el cielo -respondió ella sin abrir los ojos.

    Besé de nuevo su dulcísima boca y empecé a mover mis caderas, saliendo casi del todo, y volviendo a entrar. Sara empezó a jadear y apoyó sus manos en mi espalda.

    -¡Ahh! -gimió-. Joder, esto es lo mejor.

    Sus brazos me atraían hacia ella, estaba extasiada, y yo no lo estaba menos, notando como su coño se ceñía alrededor de mi polla. Fui aumentando el ritmo poco a poco, viendo que ya lo toleraba sin problemas, y notando como enloquecía ante cada embestida.

    -¡Sí! ¡Dios! ¡Fóllame, papá, fóllame así!

    Yo obedecí de buen grado, mordí el cuello que me ofrecía arqueada como estaba. Empujaba sus caderas contra mí, instintivamente pese a su inexperiencia, haciendo más profunda la penetración. Yo estaba ciego de placer, sin notar nada más que su humedad, su calor, su estrechez. Iba a tardar poco en correrme, y se lo dije, esto solo consiguió que mi pequeña se calentara aún más.

    -¡Sí! Sí, sí, llena a tu hija de leche, por favor.

    Nuevamente, accedí de buena gana. Me dejé ir follándola todo lo rápido que podía, haciendo que a su vez ella empezara a chillar. Yo supe que no era sino por placer, porque noté como su coño empezaba a contraerse alrededor de mi polla.

    -¡Ahhh! -chilló ella, ya incapaz de articular palabras, comenzando a correrse.

    Y así, con su coño palpitando en torno a mi polla, me corrí yo también, fuera de mí, sintiendo un placer inmenso y llenándole el coño de uno, de dos, de varios chorros de semen.

    Me quedé exhausto, agotado, más por la intensidad del placer que por cansancio. Y ella aún más, todo su cuerpo temblaba bajo el mío como una hoja de periódico.

    -Oh, papá -me dijo una vez recuperó el aliento-. ¿Por qué no hemos hecho esto antes?

    Cuando la cogí en brazos, estaba como adormilada, pero con una expresión radiante. Hundió el rostro en mi cuello mientras la llevaba a la cama, sin molestarnos en vestirnos. La metí con delicadeza en la cama y luego me metí yo, nos cubrí bien con el grueso edredón y la abracé, sintiendo la dulcísima calidez que desprendía su cuerpo desnudo. Le di un beso en la nuca, y aunque ya estaba casi dormida, le dije:

    -Te quiero, mi amor.

    Y tampoco yo tardé en dormirme.

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