Liturgia de los cuerpos (parte 2)

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...aquel que me baja la mirada es un avergonzado de la vida.

Era una tarde de esas en que la nada deja en estupor al raciocinio, perdido entre las miradas ajenas que muchas veces creo descifrar ante el miedo que sutilmente gesticula un pecado, no se necesita de ningún don cuando el culpable no puede con el peso.

Por una fracción de segundo es bien sabido que todo puede cambiar, de esto saben los arriesgados, los empoderados y los aberrantes. Dicho "pestañeo" actúa como fuente de esperanza en los valientes, es por eso que aquel que me baja la mirada es un avergonzado de la vida, como si el pecado en sus conciencias fuese más pesado que sus cabezas. Entre la multitud, en la vereda congestionada por un espectáculo de malabaristas callejeros, venia ella señalándome con el dedo índice el campanario, todos mis demonios ayudaron a sacar una errática conjetura. Sonreí como imbécil y ya sabrán el por qué.

-Con que te espero en el confesionario, no? -Quedé helado, paralizado, de pronto todo se me derrumbaba ante su tono de voz amenazador al oído-.

-Podés guardar el secreto como yo lo hago con los tuyos - respondí con el corazón sacudiéndome el pecho-.

-Yo no soy modelo que posa para tu morbosidad, ok? -y así, sin más, se alejó, dejándome un caos en la mente-.

La primera noche que me desvelaba por ella pero no precisamente por desear su cuerpo. Y en un retrotraimiento me acorde del campanario antiguo, algo destempladas del siglo pasado, y recordé que a lo largo de la historia han muerto muchos que se atrevieron a tocar las campanas en plena tempestad alcanzados por los rayos, como si a Dios no le gustasen las visitas durante la tormenta. Sin embargo, lo que ella me quiso decir aún me resultaba extraño y decidí abandonar el escrutinio. Opté por hacer uso del "pestañeo" y vi mi oportunidad si es que ella estaba jugando con mi falta de experiencia.

El día transcurrió normalmente, sin sobresaltos, solo un pequeño problema con una puerta que rechinaba a un costado de la nave principal y un chicle en una de las bancas. El sol caía y era hora del mate, salí de mi estado de confort y lectura para poner la pava.

Cuando era chico viví largo tiempo en el campo y una de las cosas que me quedó grabado fueron los mates en esas pavas con hollín. No sé bien si es por la leña o qué, pero el gusto es diferente y trato de imitarlo, por ende, use una vieja cocina a leña. Los leños que descansan bajo la ventana al infierno en un cajón de manzana fui a buscar y al espiar la vi, allí estaba de nuevo. Me vio y se marchó a un costado de la iglesia, más precisamente, se dirigía hacia el cementerio. No quería que se sienta acosada por mi mirada, debía encontrar un escondite para espiar y ver que iba hacer, y el único lugar era nada más y nada menos que el campanario.

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