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Admiración

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Hueles a coño…vienes de follar y no te has lavado…eres un guarro…

Pues no me he lavado por que quiero que pruebes el sabor del coño de Martha…ya que te gusta tanto…me haces una mamada y es como si le estuvieras comiendo el coño a ella…

Eres un cerdo – le respondió Pedro dándole un empujón.

Ahora vas a ver – replicó Daniel echándosele encima.

El chico no era mucho más fuerte que su amigo Pedro, pero sí mucho más ágil. Le pasó un brazo por el cuello mientras que con su otra mano le torcía una muñeca. Simultáneamente le trabó las piernas con un pie y lo hizo tumbarse en el suelo dejándose caer junto con él.

Pedro forcejeó. Pero fue inútil. Antes de darse cuenta estaba echado boca arriba con Daniel sentado sobre su pecho con todo el peso de su cuerpo y con las rodillas presionándole los antebrazos. Lo tenía crucificado. E inmóvil.

¡Suéltame cabrón! Vas a ver que te parto la cara…

¿Y cómo lo vas a hacer? – se burló Daniel –…eres una mariquita muy débil…

¡Que me sueltes te he dicho! – dijo Pedro arrastrando las palabras.

Jajajaja….no, no, no…jajajaja… – se burló Daniel.

Y empezó a bajar el borde de su pantalón de gimnasia, mientras el otro chico se debatía inútilmente. Empezaba a experimentar una sensación de poder que le gustaba mucho. Era como si lo embriagara.

Y esa embriaguez empezaba a hacer efecto en su verga. Ya la tenía semi erecta. Acabó por sacársela e intentó rozar con ella los labios de Pedro. Pero el chico alcanzó a voltear la cara a un lado sin atreverse a proferir ni un suspiro.

Sin embargo Daniel no desistía. Esa embriaguez que estaba sintiendo lo tenía al borde del delirio. Así que siguió buscando los labios del chico con su verga. A cada instante se le ponía más dura.

Pedro entre tanto seguía debatiéndose. Aunque cada vez con menos convicción. Era como si a medida que crecía la embriaguez de poder de Daniel, al mismo tiempo él se sintiera subyugado; más subyugado a cada momento.

No se atrevía a abrir los ojos. Aunque la curiosidad casi le ganaba. Algo debería tener Daniel…o mejor, algo debería tener la verga de Daniel…o si no cómo explicar que las chicas no perdieran oportunidad de sentirla.

Si él mismo la estaba sintiendo. Daniel se la repasaba por toda la cara. Aquello era un asco. Aunque la verdad, en el fondo de sí mismo, estaba empezando a sentir algo muy extraño. Como si la humillación y el yugo al que lo estaba sometiendo su amigo le despertaran algo que Pedro no creía que existiera en él.

¡Mámamela! – espetó Daniel con voz ronca.

Y aquello ya no sonó como una chanza. Más bien era una orden. Sí era una orden. Lo confirmaba la presión que hacía con su verga ya dura en la comisura izquierda de los labios de Pedro.

Y el chico estaba a punto de obedecer. ¿Pero y su dignidad…? Aunque ésta empezaba a desaparecer al mismo tiempo que el asco que sintiera inicialmente…y aquella y éste parecían dejar paso a una terrible incertidumbre que se hacía patente en la entrepierna de Pedro…

Daniel ya no aguantaba tanta excitación. La verga casi le dolía de tan dura que la tenía. Y eso que no hacía ni dos horas le había echado dos buenos polvos a Martha. Pero es que lo que le provocaba la embriaguez del poder sobre Pedro era algo extremo.

Estaba fuera de sí. Y su amigo ya no era tal. Ahora solamente era un cuerpo que quería poseer. Iba a poseer ese cuerpo. Iba a someterlo. Lo haría suyo y lo usaría. Sólo así podría sacarse tanta calentura. Sólo de esa forma podría exorcizar la calentura del poder que lo embriagaba.

De forma natural, como por instinto, mientras seguía oprimiendo el rostro de Pedro con la dureza de su verga enhiesta, levantó la mano y le propinó una bofetada…

¡Abre de una puta vez tu boca! – ordenó Daniel – ¡Y mámamela! – remató con voz ronca y tono imperioso.

Pedro no se sorprendió. Era como si no esperara más…que Daniel le confirmara su poder de esa manera. El golpe no lo lastimó. Pero lo convenció de que su única opción era someterse ante su amigo.

Con parsimonia, casi con miedo, dio vuelta a su cara. Entonces abrió lentamente sus labios sobre los que presionaba la verga erecta de Daniel. Y con una mirada tímida escrutó la expresión de su amigo. El chico lo veía imperiosamente, sin amenazarlo, pero intimándolo a sometérsele sin condiciones.

Daniel comprendió que había ganado la partida. Pedro se le entregaba con mansedumbre. Ahora lo tenía a su disposición. Le pertenecía e iba a usarlo sin miramientos.

Se inclinó un poco sobre el rostro de Pedro, pero sin dejar de oprimirle los brazos con sus propias rodillas. Y sin ningún reparo le metió la verga entre los labios. Presionando con fuerza, como para convencerse de que no encontraba resistencia alguna.

Y no la encontró. Por el contrario, le pareció que la humedad caliente de aquella boca que empezaba a usar para darse placer, cobijaba con una especie de dulce sumisión su verga que palpitaba de excitación y dureza.

Y como el Amo que dispone de su propiedad como a bien lo tiene, terminó de inclinarse para acabar de enterrar su duro palo en aquella boca que se le ofrecía sin que de ella se escapara ni un asomo de protesta.

Pedro, entre tanto, ni siquiera pensaba en querer sacudirse el yugo que se le imponía. Sintió cómo Daniel lo invadía sin remedio, penetrándolo con toda la potencia extrema de su verga, convirtiéndolo en un pelele del cual podría disponer su amigo como a bien tuviera.

Aunque al sentir cómo el duro palo de Daniel empezaba a tomar rumbo hacia su garganta, no pudo reprimir una arcada; de seguro involuntaria, pero que le hizo temer que el chico lo creyera todavía insumiso. Entonces trató de compensarlo, volviéndose sujeto activo del placer de aquel que minutos antes era su amigo y que de ahora en adelante sería su Dueño.

Por puro instinto empezó a mover su lengua alrededor de la dura verga de Daniel. También apretaba los labios en torno al duro palo, como succionándolo…al mismo tiempo que intentaba a toda costa ocultar sus dientes para evitarle a su Dueño cualquier inconveniencia.

Y se sintió tranquilo. Nunca había imaginado siquiera que tuviera que mamar. Pero seguramente lo estaba haciendo bien. Así se lo confirmaban los rugidos de Daniel y las vibrantes pulsaciones de la potente verga con la que ahora le estaba follando la boca sin ningún miramiento.

Por su parte, Daniel se embriagaba más de poder. La sumisa diligencia con que Pedro se esforzaba por aumentar su placer, estaba llevando su excitación más allá de cualquier límite. Nada más le importaba que su satisfacción, con la convicción plena de su dominio, sabiéndose el Amo y Señor de aquel que estaba usando para sacarse la calentura.

Libre él mismo, poderoso, sin ningún límite más que el de su propio deseo, penetraba la garganta de Pedro con fuerza renovada a cada embestida. Y rugía y gozaba sin preocuparse más que de su placer, y sin que le importara para nada aquel que se esforzaba cada vez más por complacerlo.

En el paroxismo del placer tensó su cuerpo, todos sus músculos adquirieron casi la misma rigidez de su verga y embistió la garganta de Pedro con más fuerza que nunca. Entonces empezó a correrse mientras rugía y temblaba, sintiendo la sumisa lengua de su esclavo esforzándose por aumentarle el gozo.

Pedro también temblaba. Ahora comprendía al menos en parte a las chicas que se esforzaban por la oportunidad de acostarse con Daniel…ese poder…esa fuerza…esa sensación de sometimiento y de entrega…esa seguridad de saberse útil al placer del chico…todo eso…incluso el sabor amargo del semen que le descargaba la poderosa verga de su Amo en la garganta…

Y sin parar de estremecerse y de lengüetear la verga de Daniel que parecía no parar de vibrar entre su boca, se corrió también suspirando y gimiendo como si acabaran de arrancarle la mente y con ella su libertad y su hombría.

Daniel estaba satisfecho. Ningún remordimiento lo agitaba. Por el contrario, había encontrado una sensación nueva, exquisita…el poder lo embriagaba…y tenía ahora sobre quien ejercerlo. Se levantó despacio, acomodándose su pantalón de gimnasia y liberando a Pedro, que se quedó tendido en el suelo, como si quisiera permanecer por siempre crucificado para el placer del chico que se había convertido en su Amo y Señor.

Ya de pie, desde su altura, lo contempló con desdén, sintiéndose infinitamente superior. Se volvió para verlo en toda la extensión de la humillación a que acababa de someterlo y se percató de la húmeda mancha que aparecía como una evidencia de culpa en el pantalón de su esclavo. Entonces lo despreció aún más y sin pensárselo le soltó un salivazo en la cara y le espetó con total arrogancia:

¡Ahora el que necesita lavarse con urgencia eres tú…maricón!

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