Incesto - Filial

Ay los sábados...

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RESUMEN

La admiración más inocente de una hija hacia su madre se transforma en amor, y los sábados en puro sexo. Un sentimiento puro y limpio que sin embargo tenían que esconder (obviamente) y que la madre tenía que dosificar y gestionar para que se les fuera de las manos y para que no se acabara.

Con una dedicación entusiasta se estaba acabando de pintar las uñas de color granate oscuro, que este verano se llevaba mucho y que a su hija la volvía loca. Bueno, y el púrpura, y el azul celeste, pero cada color tenía su momento y su función.

 El celeste, por ejemplo, era para picardías y conjuntitos de estar por casa, que resaltaban su piel suave y morena. Las uñas rojas era para esa noches de sexo sin disimulo que estaban solas en casa, o que jugaban a disfrazarse. Como las rositas, que se las ponía cuando a su hija se le metía entre ceja y ceja que tenía que disfrazarse de princesita, de bailarina y esas cosas, para hacerle cuatro fotos, admirarla, besarla y acabar con el disfraz hecho jirones y con su hija metida en su entrepierna bebiendo sexo y placer.

 Pero con las uñas granates y con las bragas púrpuras a la nena se le caía la baba, y a su mami las propias bragas. ¿Cómo podía ser que le pareciera tan guapa a su hija? Mejor no responderse, pensaba la madre, porque en cuanto encontrara respuesta a esas preguntas se acabaría la magia. Una magia difícil de digerir y de ignorar.

 Para su hija, su mami era su princesita, y la gustaba vestirla, decirla que ponerse, opinar y sobretodo observar. La miraba con descaro, sin tapujos. Relamiéndose el labio inferior. Su madre se sentía realmente adulada por su nena, como una reina, idolatrada y admirada. Y eso la encantaba, que carajo ¿A quien no le gusta despertarse con un intenso orgasmo producido por tu fan número uno?

De manera que, finalmente, le había cogido gustillo a esto de ir guapa y super glamurosa para su nena.

No hacia falta, en verdad, ya que no tenía que hacer nada para seducir a su hija. Siempre se lo decía. Como más le gustaba a su hija era medio dormida, en pijama y sin pintar ni peinar. Era como mejor olía y como mejor sabía (!!). Cuando decía cosas así su madre no daba crédito.

 Así que aquella mañana, se esmeró en ponerse guapa, aunque siempre lo hacía. Desde que tenía sexo con su hija ella tenía la sensación y el convencimiento de que estaba más guapa, y se había convertido en una mamá “pivón” de mucho cuidado que hacía girar cabezas, sonar exclamaciones y recelos entre las otras mamas. Pero aquella mañana con sus uñas granates eran toda una declaración de intenciones, sin saberlo. A la nena en cuanto la vio le cambió la cara. Le dio un piquito como siempre y caminaron hacia el coche. La nena en plan jugueteo le levantaba la falda y la mami se lo impedía entre risas. Se metieron en el coche y acto seguido recaló en sus hermosos pies.

 -Maaami!! ¿A que adivino que bragas llevas?-La madre cayó entonces en la cuenta.”Que tonta he sido”pensó.

 -¿Qué me das si lo adivino?

 -Cariño, lo que quieras, igual que si no lo adivinas.-le contestó la madre.

 -No vaa, sino no lo adivino.- protestó la nena.

 -Bueno, un beso, ¿vale?

 -Pero un beso largo.- insistió la nena.

Vale lo que tu digas. Pensó la madre, al final era culpa suya por haberse arreglado tanto.

-Bueno, pues llevas las bragas lilas con los corazones oscuros y los ribetes granates ¿si?

La madre se volvió a sorprender con su hija ¿Cómo lo has sabido? Le preguntó. La nena, entre risas le confesó.

-Por que las granates de encaje las tengo yo hace dos dias, ja, ja, ja.

 -Eso no vale.- protestó la madre, pero sin demasiada convicción así que la niña reclamó su “premio”. Le dio un pico, a lo que la niña protestó que no era eso lo que habían acordado. .

-Pero estoy conduciendo, cariño, ¿no te puedes esperar a llegar a casa?

-No- respondió firmemente la pequeña.

Así que tuvo que aparcar el Vitara en un solar cualquiera lleno de coches aparcados y una vez hubo puesto el freno de mano, la nena no se lo pensó dos veces y se subió a horcajadas encima de mamá y atacó con un largo y húmedo morreo que de principio la mami intentó evitar, pero la lengua de la maldita niña le hizo una limpieza bucal en toda regla. Y sin apenas enterarse la nena tenía una teta en su mano y ya la besaba con devoción. Otra vez culpa de la madre, ya que iba sin sujetadores para excitar más a la niña, pero joder, al parecer esa mañana se había pasado.

-Cariño, quieres parar? Estas loca!!.-dijo la madre. La niña ni puto caso.

-Cari de verdad, haz el favor de parar, ahora nos enrrollamos en casa, ¿es que no te puedes esperar?

-No- consiguió articular la pequeña. Y se rió.

-Nos va a ver alguien y me puedo meter en un problema serio. –cuando dijo esto la nena ya estaba en la entrepierna de su madre y las bragas lilas ya las tenía por las rodillas en contraste con sus depiladas y suaves piernas.

-Cariño, ¿es que no ves que me pueden meter en la carcel? ¿Te gustaría?.-amenazó la madre.

Funcionó, porque la niña se paró, y le volvió a introducir con delicadeza la teta en su sitio y abrocharla la camisa como a una de sus muñecas.

-Pero en casa sí, ¿EH? Que luego dices que no tenemos tiempo -protestó la hija.

-Es que no tenemos tiempo cariño.-protesto la madre.

Y ahí se acabó la discusión.

Obviamente a la niña se le pusieron unos morros que le llegaban al suelo y a la madre le dio penita. Al fin y al cabo ella era la que iba demasiada mona por la vida y la había excitado, pobreta. Sin sostenes, con la crema bronceadora que le hacia brillar la piel, con las faldillas al vuelo que la dejaban al aire sus rodillas que tanto le gustaban, con el perfume mas puto de Yves Saint Laurent que a su hija le gustaba y con las uñas de los pies pintaditas de granate oscuro para nada casualmente, la nena se había vuelto loquita, pero loquita loquita.

De manera que al llegar casa, comieron en silencio y al acabar, que de verdad apenas tenían una hora para volver a la escuela, la madre se arremangó con disimulo la falda en el sofá, y llamo a su hija, que la miró incrédula mientras ya se disponía a lavarse los dientes.

-Bueno, te dejo un ratito, so impaciente- le dijo la madre mientras ya se bajaba las bragas con celeridad.

-¿Si mami? ¡¡bieen!!- aceptó encantada la hija.

-Y te lavas los dientes luego-le advirtió seriamente mientras posaba su hermoso pie en el hombro de la nena, que ya estaba arrodillada ante su mami.

 -Jo pero yo quiero oler a ti-replicó la nena.

 -No cariño, ni peros ni peras.-sentenció la madre, otra vez sin dar crédito.

 -Pues entonces dame un poco de pipí- propuso la nena.

 -De verdad que estas majara tu, eh!.-se sorprendió la madre, mientras la niña sonreía con malicia.-O una cosa o la otra, elige, pero las dos no- dijo tajante la madre.

 La niña tardó un buen rato en decidirse.

-Nena, venga que se hace tarde!! Pipi o leche, elige.

 -pipi- dijo con timidez si hija.

 -¿Seguro? ¿quieres que la mami te mee? ¿y si te manchas?-

 -bueno no, mejor lechita.

 -¿Lechita, ahora quieres lechita? –la niña asentía con empeño –Pues va, date prisa, uno rápido. Ya te daré pipi para la merienda u otro día, ¿Vale vida mía? -Se arrepintió mamá, ya que pipí en realidad le daba muy poquito, faltaría más y era suficiente para calmar a la niña, además de menos “agresivo” que lo que venía a continuación.

 Acto seguido, la niña se dispuso a comerle el coño con devoción y celeridad. Olía a su perfume favorito que tanto la gustaba, así que besó a su amigo con devoción hasta hacerla “llorar” y desparramar su corrida en todos sus morros, inundándola la boca por completo, y haciendo gemir a su mama, que miraba al techo descompuesta, despeinada y descamisada mientras ella quedaba empapada, por fin, de lechita, tardando asombrosamente poco.

Al final tenia razón la madre.

Tuvieron que cambiarse las dos a toda velocidad para llegar a tiempo a clase. Se despidieron con un morreo robado en público detrás de un sauce.

Normalmente entre semana no tenían tiempo para estar juntas, así que la nena la añoraba un montón.

 Es evidente que con su padre en casa ninguna de las dos se iba a arriesgar a echar a perder aquello que tenían. Por lo que sus encuentros eran muy esporádicos como el anterior, y se reducían a cuatro carantoñas.

Tan solo, por la mañana, si la nena escuchaba irse a su padre trabajar, cosa rara porque dormía como un lirón, se metía a hurtadillas en la cama de mama para robarle esa horita que a lo sumo les quedaba de dormir antes de levantarse, para acariciarla las piernas, dormir bien pegadita a su entrepierna y comerle un poquito las tetas por encima de la parte de arriba del pijama de su madre que no era nada sexy de no ser por el escote, hasta levantar esos pezones momento en el cual, si mama le dejaba, se metía por debajo del pijama para comérselos en carne viva hasta que la madre la detenía obviamente porque era hora de irse al cole.

Pero los sábados.....ay los sábados....

Los sábados no había dios que la detuviera.

Se podía tirar una hora de reloj comiéndole las tetas a su madre sin que esta pestañeara, de hecho ni abría los ojos. Al principio la niña bajaba hacia abajo besándola poco a poco y su madre nunca la dejaba pasar del ombligo, obligándola a subir y regalarle un buen ratazo de morreos, ya que sino la niña se mosqueaba.

Más adelante la niña conseguía llegar hasta abajo, y a veces si a veces no, la madre se oponía sin demasiado entusiasmo a que le quitara las bragas para que se restregara contra su coño, y que su nena sintiera sus pelos, su calor y sobretodo su olor.

Un día de esos, la niña estiraba de las bragas hacia abajo y al final, por pesada, la mama se dignaba a levantar el culo para que pudiera quitarle las bragas y juguetear con su coño. A ésta le dio por besarlo, igual que besaba su ombligo. Aunque la madre le decía -Deja eso cariño, que no te gustara- a la niña sí le gustaba y por una oreja le entraba y por la otra le salía.

Le hacía gracia.

Besando besando se hizo un hueco con la lengua como si buscara no se qué que al final encontró. Solo tuvo que chupar esa “cosita sin pelo que estaba ahi escondida” y succionarla unas cuantas veces para que la madre se le viniera un orgasmo imposible de evitar en la boca de su nena....

Y desde entonces, cuando en esos sábados la niña se entretiene con las tetas: o bien la ayudaba manifiestamente a quitarse las bragas o la niña bajaba besando el vientre de su madre y cuando llegaba se encontraba con que ya no había bragas, tan solo ese coño que parecía que la miraba y la invitaba a buscar esa cosita. ….Ay los sábados...

Luego no tenían ningún encuentro mas hasta la semana siguiente.

Bueno entiéndase encuentro como una comida de coño, bueno de todo de hecho, sin mirar el reloj y sin preocuparse por ruidos olores ni nada.

Algún desliz caía a mediodía o por las tardes, pero algo rápido, nada serio.

No tenían apenas tiempo.

De esta manera el sábado acababa con el padre durmiendo, y ellas dos mirando alguna peli juntas y abrazaditas en el sofá, pero sin tonterías. Tan solo al irse a dormir la niña le insistía por favor que se metiera con ella en su cama, cosa que rara vez ocurría y al final solo conseguía que si madre se abriera la bata para que pudiera “despedirse” de su “amigo” con una serie de besitos alternados con piropos hacía su madre que la dejaban bien cachonda.

La madre se va dormir cuando la niña le pregunta en voz baja -¿vas a jugar con papa?-

A lo que la madre le respondía dubitativa -Pues no lo tenía pensado, y ademas está durmiendo-

La hija entonces ponía morros de pena a lo que la madre le decía para que se durmiera

-Tu estate atenta a ver si escuchas algo-

La nena aplaudía en silencio ilusionada.

Efectivamente no lo tenía pensado, pero su coño lloraba solo de pensar en su nena, y en los piropos que la decía, en si estaría escuchando o se dormiría como sospechaba...En cualquier caso ya estaba cachonda, a su edad todavía, y eso era maravilloso pensaba la madre.

Por lo que despertó con una carantoña a su macho, abrazándolo con las piernas mientras él le devolvía el abrazo medio dormido, (por lo tanto completamente empalmado), de manera que abrazaditos de lado ya apuntaba ese enorme miembro directo a la boquita del coño de su mujer y eso solo podía acabar de una manera.

Efectivamente, en un sonoro y frenético polvo nocturno a oscuras, como si de adolescentes se tratara.

Que situación mas rara viva la madre, pensaba. Cachonda y salida como una colegiala, corriéndose sin complejos con su marido después de 17 años de relación.

Desde que tenía sexo con su nena, amaba a su marido más que nunca, pero no más que a su hija, que sin embargo después de todo, se había quedado dormida.

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