Dominación - Microrelatos

La pertenencia (6): El vestido

Tiempo estimado de lectura del relato 3 Número de visitas del relato 8.574 Valoración media del relato 8,80 (10 Val.)
La pertenencia (6): El vestido

RESUMEN

Andrea entiende el valor que tiene en su condición

Le pregunté por la ubicación de su trabajo y le dije que nos juntáramos en El Prado, bajando derecho desde ahí, en la vereda para ir al sur.

Puntuales como siempre, nos subimos a un trufi y nos fuimos al mall de San Miguel.

"Vamos de compras."

Tengo el presupuesto como para darme algunos gustos caros no muy seguido.

Caminamos a una boutique elegante.

"Quiero que te elijas un vestido de noche. Tú tienes buen gusto así que sé que vas a saber elegir bien. Quiero que brilles."

La deje en la puerta.

"Me llamas cuando estés decidida. Tómate tu tiempo."

Me fui a pasear. Entré al KeTal a puro mirar. Me vi de lejos con Guillermo, del ministerio. Iba con sus nietos y su señora.

"Matías, hombre, ¿Qué haces por aquí?" Me dio la mano y me saludó con gusto. "Nancy, él es Matías, el asesor del que te hablé. Matías, mi señora."

"Mucho gusto Nancy."

En un alarde de informalidad, no me adaptaba a algunas costumbres. Nos saludamos. Él sabía que siempre me quedaba en el hotel, sin embargo la pregunta era retórica.

"Vamos a tomarnos una cosita hermano. Celebremos esta sorpresa."

"Anda nomas Guille, yo me quedo con los niños."

"Te llamo en un cacho Nancy. Vamos."

Me llevó a un resto-bar ahí cerca.

"Yo sé que prefieres no tomar en la altura, pero te recomiendo una limonada con menta, jengibre y apenas una gotita de akilliku," el licor de coca. "Vamos hombre, no te va a hacer mal. Todo lo contrario. Manuel," era un habitué, "sírvele a mi amigo una limonada yungueña, pero con la mitad de akilliku." La mitad. Cuanto será la dosis completa. Igual la oferta era tentadora.

Conversamos animadamente. Guillermo era de los con que mejor me llevaba en el ministerio. No sola era muy simpático, además era un hombre cultivado y sencillo. Notablemente se había mantenido en un cargo de responsabilidad sin tener padrinazgo político, un testimonio a su madura capacidad.

Nos interrumpió un mensaje de texto en mi celular. Andrea estaba lista. Titubee.

"Lo siento Guillermo, me tengo que ir."

El me miró extrañado primero, luego formó una sonrisa picarona y cómplice.

"¡Bandido!" Más le hubiera llamado la atención que no tuviera una canita al aire. "Anda nomas, no la dejes esperando. Ya me parecía raro."

Sólo retribuí su sonrisa. Cuando hice el ademán de pagar, tuvo la predecible respuesta hospitalaria. "Qué te pasa rotito, anda de una vez." Habíamos desarrollado una cómoda confianza.

Se veía esplendorosa. Era un vestido crema de espalda descubierta que le llegaba sobre la rodilla, con diseños geométricos bordados en rojo, amarillo y verde por el escote, las mangas y el borde. Muy patriótico. Los pliegues en el pecho le lucían muy bien sus pechos.

"Tengo un par de zapatos que combinan."

"Bien, muy bien. Tienes muy buen gusto." Fue a cambiarse. Cuando volvió y la estaba esperando con su bolsa de la tienda, se le escapó un gesto de tristeza.

Cuando salimos la interpelé. "¿Qué pasa?"

Suspiró. "No te enojes por favor. Lo que pasa es que me da vergüenza que gastes tanta plata en mí."

No habíamos hablado del precio. Caminé pensativo a su lado mientras miraba al suelo y a mí, aproblemada, arrepentida, confundida. Era un tesoro, una joya.

"Mira. Eres de mi pertenencia. Si te elegí es porque eres digna de mi atención. No sólo eso. Quiero mostrarte, no te quiero tener escondida, guardada. Quiero que te luzcas mía, quiero que lo mío sea de lujo, deseable. Quiero llevarte como algo preciado, no como cualquier cosa. No te tengo como algo barato. Tú has superado mis expectativas y deberías estar orgullosa de eso."

No se pudo contener. "Perdóname, soy una tonta." Se le quebró la voz. La abracé. Su cuerpo temblaba ligeramente al llorar contra mí.

"Está bien. Tenía que decírtelo, no tenías como tenerlo claro. Te perdono. Además tampoco eres tonta. No hubiera pasado más de una noche de sexo con una tonta."

La separé un poco. Secaba sus lágrimas. Sacó un kleenex y se soltó para darse vuelta y sonarse. Su sonrisa iba volviendo.

"Vas a ver, vas a ser la perra cochina más elegante de toda La Paz."

Me abrazó riendo de todo corazón.

A una distancia pasaron Guillermo con su señora. Él se hizo el huevón, ella me lanzó una mirada de severas censura.

Comparte este relato

Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios. Información. Si sigues navegando, entendemos que las aceptas. Aceptar