Desafío de galaxias (capitulo 68)

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En el capítulo de hoy: Marisol tiene tiempo para la vida social

Tras el rescate del regimiento atrapado en Trilóor, Marisol ordenó a Oriyan que consolidara todas las posiciones en torno a Zoltan Tedra, y que a tal fin, solo efectuara avances limitados hacia Próxima Tambedris. Marisol quería centrarse en las operaciones contra Hirios 5 y su monasterio de Akhysar. Conquistadas Dayaxa y Anthangay, los próximos objetivos eran, los no menos difíciles Wadanta y Ômikrom. Con dos semanas de diferencia se llevaron a cabo ambos desembarcos, y el que, en un principio, iba a ser el escenario más complicado, resulto ser el más sencillo. Wadanta era un planeta yermo y desolado, completamente helado, donde las temperaturas más cálidas estaban muchos grados bajo cero. Durante el desembarco, las tropas salían al exterior embutidos en pesados equipos de invierno, mientras los carros de combate, lanzados en endiablada carrera, arrasaban sin contemplaciones los escasos puestos de superficie que tenía el enemigo. Cuándo los geosensores de las corbetas, trazaron la distribución de los corredores subterráneos, comenzaron las demoliciones y miles de soldados federales irrumpieron por las entradas abiertas.

Cuatro días después del comienzo de los combates en el interior, el Fénix, aterrizo en las proximidades del Centro de Mando de Opx, donde también la esperaba Esteban. Cuándo se encontraron, y después de que ella y Anahis se quitaran los equipos de frío, Marisol se abrazó con Opx, dándole dos besos, y con Paco Esteban, al que besó en los labios.

—¡Eh!, ¿por qué Paco te morrea y yo no? —saltó Opx después de besar a Anahis.

—Pues porque a ti no te gustan las chicas.

—Tú si me gustas, y no eres una chica…

—¡Joder!, ¿entonces que cojones soy, una lechuga? —preguntó airada mientras los demás de desternillaban de la risa.

—No, eres Marisol, la persona a la que más quiero después de Leinex, por supuesto.

—Desde luego, eres… eres… bueno vale, no sé lo que eres, pero siempre estás igual: «si culo veo, culo quiero», — y diciéndolo, le sujeto la cara con las manos y le morreo en los labios, en medio de los vítores de todos los asistentes, que eran muchos— ¿Ya estás contento?

—¿Sabes que sabes muy bien? —preguntó Opx relamiéndose.

—Te aconsejo que dejes de chupetear a mi chica, —dijo Anahis bromeando— si no quieres perder un par de cosas que te cuelgan y a las que debes tener cierto aprecio.

—Y… ¿de qué manera? —continuo Opx con la broma.

—¿De una patada?

—¡Qué bruta! Eso duele.

—Lo sé.

—Vale Marisol, la próxima vez cuándo esta no esta, —dijo cogiendo a Anahis por la cintura—. Todavía es pronto para comer, ¿quieres que te informemos de cómo vamos?

—Sé perfectamente como vais, prefiero que me bajes a los corredores: quiero verlos.

—Si quieres podemos comer con los chicos allí abajo, pero solo hay raciones de combate.

—¿Cuándo me ha importado a mí eso?

—A ti no, pero a mí sí.

—Ya salio el marques. ¡Anda! Tira para abajo.

La aparición de Marisol en la zona asegurada de los túneles provocó una conmoción considerable. Cientos de soldados, de todas las razas y sexos, que descansaban apoyados contra las paredes, se levantaban para saludarla, o simplemente tocarla. Cuándo llegaron a un enorme salón, que servía de encrucijada de una decena de túneles, la comitiva se detuvo y participaron en el reparto de las raciones. Marisol, seguida por su escolta, el sargento de la petaca, siguió paseando entre los soldados mientras se comía el contenido de la caja y departía con ellos. Después del almuerzo, continuaron por los túneles hasta la zona de combates, por expreso deseo de Marisol.

—¡Cuándo se entere el presidente le va a dar algo! —exclamó Opx.

—Pues no se lo digas.

—¿Y las cámaras de televisión?

—No había pensado en eso, —respondió entrando en el puesto de avanzada—. Capitán, buenos días ¿cómo va la cosa?

—Ahora mismo estamos un poco atascados mi señora, —respondió el capitán que estaba impresionado de ver allí a Marisol— tenemos delante una cámara muy grande, y cuesta trabajo desalojar de allí al enemigo. Lo siento mi señora.

—No se disculpe capitán, —respondió Marisol mirándole y poniéndole la mano en la nuca— lo está haciendo muy bien.

—Gracias mi señora.

—¡Lo estáis haciendo todos muy bien! —repitió elevando la voz mientras miraba a todos los que estaban alrededor.

Después de la visita a los túneles, Marisol se reunió con Esteban y Opx, y sus respectivos colaboradores.

—Parece que a Pulqui y Torres les va bien en Ômikrom, —comento Esteban.

—Sí, sí, están luchando contra un millón de bulban y varios miles de trillones de insectos asquerosos.

—Algunos peludos y gordos como zapatos, —añadió Anahis provocando la hilaridad de los asistentes—. No os riáis que los matan con pistola. Estamos gastando más munición en matar bichos que en matar enemigos.

—Pues los bichos y Pulqueria, se dan de…

—Está de los nervios: solo baja a la superficie si es estrictamente necesario.

—Bueno chicos, ¿cuánto tardareis en limpiar estos túneles? —preguntó finalmente Marisol.

—Ya has visto la situación, mínimo un par de meses.

—Pues tanto tiempo no tenemos, y no estoy dispuesta a perder más tropas en ese laberinto subterráneo.

—Pues otra opción es bombardear con la artillería naval.

—En eso estaba pensando, —contestó Marisol estudiando el mapa—. ¿Seguimos controlando todas las entradas a los túneles?

—Afirmativo. No pueden escapar.

—He traído en el Fénix a un grupo muy especial que nos van a ayudar. General Opx, pongo su seguridad en tus manos, —que se dirigiera a él por su grado militar causo sensación. Nunca lo había hecho—. No les puede pasar nada, respondes personalmente ante mí.

—No te preocupes, sabes que puedes contar conmigo. ¿Pero quien cojones son?

—Son colaboradores bulban, —la respuesta hizo removerse en sus asientos a todos los asistentes.

—Entiendo.

—Son seis machos y dos hembras. Vienen con un pequeño grupo de escoltas que ya están habituados a ellos. Asigna a más, pero de total y absoluta confianza.

—No te preocupes, no habrá problemas. Te lo garantizo. Y ahora dinos a que vienen.

—A intentar que se rindan.

—De acuerdo.

—Vamos a comenzar a bombardear desde la órbita, durante veinticuatro horas, sobre está zona, —dijo Marisol señalando una zona de la maraña de túneles—. Después, enlazaremos sus sistemas de comunicaciones y ellos comenzaran a hablar. Si vemos que no hay resultados, los animaremos con otro periodo de bombardeos, y vuelta a empezar. En dos semanas, quiero que estéis avanzando sobre Hirios 5.

—¿Y si no se rinden? —preguntó Esteban.

—Estoy convencida de que lo harán, pero si no lo hacen, dejáis una pequeña fuerza naval aquí, y que los machaquen.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

—¿Ya quieres que me vaya?

—¡Pues claro que no! —exclamó Opx frunciendo el ceño.

—En principio, mañana por la tarde salimos para Ômikrom, —respondió Anahis— a no ser que Marisol decida lo contrario.

—Sí, vamos a matar bichos peludos. Además, en una semana tenemos que estar en Mandoria sin falta.

—Es el cumple de mi padre.

— ¿Se lo habéis dicho a los bulban, para que no os fastidien los planes? —bromeo Esteban.

—¿No lo has hecho tú? —preguntó Marisol mirando a Anahis continuando con la broma.

—¡Yo creía que lo habías hecho tú!

—¡Pues estamos apañadas! En fin, después tenemos que ir sin falta a Nueva España: Sarita sale de cuentas en tres semanas, y queremos estar allí.

—¡Joder! Dala recuerdos de mi parte, —dijo Paco Esteban— me jode no poder estar allí.

Una semana después, el Fénix aterrizaba en Mandoria, a tiempo para el cumpleaños del canciller, que se celebraba al día siguiente. Después de cenar, Marisol y Anahis habían recogido el regalo, algo muy especial que encargaron a un oficial del Cuartel General, oriundo de Nueva Italia.

—¿Tú crees que le gustara? —preguntó Marisol mientras desnudas, sentadas sobre la cama, intentaban envolver el regalo.

—¿Bromeas? Le va a volver loco.

—Espero que tengas razón, porque nos ha costado una pasta.

—Las antigüedades son lo que tienen: que son caras, —respondió Anahis luchando con el papel de regalo— ¡esto va a quedar hecho una mierda!

—Que no mi amor, que va a quedar bien, si no fuera por el papel.

—¡Ya estamos! Pues es muy mono: alegre.

—¡Si muy alegre! Alegre que te cagas.

—Si te dejó a ti lo hubieras comprado negro, seguro.

—Por supuesto: sobrio, elegante, señorial, adecuado para un poderoso canciller.

—¡No digas tonterías! Pues cuando veas tu vestido…

—¿¡Qué vestido!? —la interrumpió alarmada.

—¿No pensaras que vas a ir de uniforme?

—¡Pues claro que voy a ir de uniforme!

—Pues ya te puedes ir olvidando: no vas a ir al cumple de mi padre vestida de uniforme.

—Pero es que…

—¡Qué he dicho que no! además, recuerda que me lo prometiste.

—¿Cuándo?

—Cuándo te hirieron en Waantoobaan.

—¡Ah no! íbamos a ir a Raissa…

—Eso es secundario, lo principal es que te ibas a vestir como yo quisiera.

—Pero en Raissa no me conocen y aquí…

—A ti te conoce todo el mundo en todas partes. Además, solo van a estar los allegados, y Marión e Hirell.

—Pero es que…

—¡Que no vamos a discutir más este asunto! Está decidido.

—¡Joder!

—Deja de protestar y ayúdame con el lazo.

—Esa es otra: seguro que no lo has encontrado más grande.

—Pues si, es el más grande que había, —respondió Anahis con retintín— y bien bonito que es.

Al día siguiente, anochecía en Mandoria cuándo cargadas con su paquete, se dirigían al salón donde se celebraba la cena, en la zona privada del Palacio de la Cancillería. Se cruzaron con poca gente, pero cuándo lo hicieron, dejaron huella, y es que nadie esperaba encontrarlas vestidas con ropa de «chica» y tan corta, en especial Marisol. Llevaba un vestidito corto, de color rosa, a medio muslo, y con unos tirantitos en los hombros. El vestido de Anahis era similar pero de color verde manzana, y como Marisol se había negado categóricamente a subirse en unos «taconazos», optaron por unas sandalias bajas que dejaban los pies al aire.

—Con está falta tan corta se me ve el culo, seguro, —protestaba Marisol con un ligero tono encarnado en el rostro desde que salieron de su habitación.

—¡No exageres! Además, bien bonito que lo tienes.

—Y las tetas se me van a salir por el escote.

—¡Sí, ya! Como si tuvieras tantas.

—¡Tengo las suficientes!

—¡Por supuesto, mi amor, por supuesto! Mira, ya llegamos.

—¡Eh…! Espera. Entra tu primero, que ahora voy yo, —dijo Marisol parándose a unos metros de la puerta, donde dos ujieres esperaban para abrirla.

—¿Pero que dices?

—Que sí, que sí. Entra tu y di que estoy aquí… ¡yo que sé! tirándome un pedo.

—¿Tirándote un pedo?, ¿tú estás tonta?

—Bueno, vale, eso no. Di lo que se te ocurra.

—¿Qué estás de los nervios y te estás tomando un tranquilizante?

—Buena idea.

—¡Mira Marisol, no seas cría!

—Me da vergüenza, ¡joder!, —admitió Marisol mientras uno de los ujieres se acercaba a ellas.

—¿Me permiten el paquete, señoras? —dijo con una sonrisa—. Y mi señora no tiene por qué avergonzarse: está preciosa. Las dos están preciosas, —el comentario hizo ruborizarse violentamente a Marisol mientras Anahis se reía.

—¡Anda! Dale el paquete a este señor tan simpático y vamos para dentro, —le entregaron el paquete al ujier, y se encaminaron a la puerta que ya abría el otro.

Cuándo entraron por la puerta, el presidente y el canciller se acercaron a saludarlas.

—Pero bueno, ¿qué tenemos aquí? —dijo el presidente cogiéndola de la mano y separándola para verla mejor.

—Una niña muy guapa, —afirmo el padre de Anahis dándola un beso— quien lo iba a decir, ¿verdad?

—Desde luego, y fíjate, tiene piernas.

—Sí, y dos.

—¿No creen que ya son mayorcitos para estar diciendo… tonterías? —dijo Marisol que nuevamente estaba roja como un tomate.

—Di que si hijita, —dijo la madre de Anahis cogiéndola por la cintura y llevándosela hacia donde estaban el resto de invitados— ¡vaya par de tontos!

Se estaban besando con el resto de invitados cuándo llegaron Marión e Hirell con su regalo. Hirell iba muy elegante, sobrio, pero elegante y Marión preciosa

—Lo sentimos señor canciller, —se disculpó Hirell— llegamos un poco tarde.

—No os preocupéis, además, mi hija y Marisol acaban de llegar. Todavía nos estamos metiendo con ella.

—Bueno, ya estamos todos, ya puedes empezar a abrir regalos, —dijo la madre de Anahis. Obediente, el canciller comenzó a recibir los regalos y a abrirlos. Por último, Anahis y Marisol le entregaron el suyo.

—Que paquete tan grande… y pesa, —dijo el canciller depositándolo sobre una mesa. Quitó el lazo y el papel y dejó al descubierto una caja de madera con tapa de marquetería. Paso la mano por la superficie—. Esto es marquetería artesanal… y antigua.

—Es marquetería italiana. Está pieza tiene más de ochocientos años, —corroboro Marisol.

—Se manufacturó en la antigua Tierra, antes de la Gran Emigración, —añadió Anahis—. Pero, venga, ábrela.

Su padre abrió la tapa y comenzaron a sonar los acordes de: «Carnaval de Venecia» de Paganini.

—¡Es un carillón! —exclamó al canciller entusiasmado— y mecánico.

—Esto vale una pasta, —dijo el presidente.

—No me lo recuerde, —bromeó Marisol.

—Aun así, es casi imposible encontrar piezas de esta antigüedad; están casi todas en museos, —afirmó el canciller.

—En el sobre que hay dentro, están los certificados de autenticidad.

—Pero, ¿cómo lo habéis conseguido?

—Porque da la casualidad, que uno de los oficiales del Cuartel General, es de Nueva Italia, y sus padres tienen un negocio de antigüedades en Siena, una empresa familiar de mucho prestigio, especializada en piezas italianas de los siglos XIX y XX.

—Mañana quiero que me presentes a ese oficial, —dijo el presidente—. Me interesa tener un anticuario de confianza.

—Se lo repito: son buenos, pero son caros, —afirmó Marisol sonriendo—. Se lo digo porque usted es un poco roñoso.

—Y tienes razón, pero para estás cosas no lo soy, te lo aseguro.

—¿Es que no lo sabias?, lo que mi padrino ahorra gorroneando las comidas a los demás, se lo gasta en antigüedades.

—Lo que no sabía es el mecanismo, —bromeó Marisol— porque un presidente federal no gana tanto.

—¡Eso seguro! —exclamó el presidente— los cuatro militares que estáis aquí, ganáis bastante más que yo.

—¡Ande! No exagere.

—No, si no exagero.

—Pero, es que nosotros cobramos muchos complementos: peligrosidad, plus de campaña, dedicación exclusiva… —comenzó a enumerar Marión.

—¿Qué te parece? —preguntó el presidente al canciller— dedicación exclusiva, y nosotros nada.

—Todo esto lo organizasteis vosotros: los políticos, —afirmó Anahis— los militares no participamos en la redacción de la ley de retribuciones.

—¿Tú crees que se nos fue la mano?

—Vamos a tener que reformar esa ley, —afirmó a su vez el presidente.

—¡Hombre! Si nos hacen regalos como este, podemos dejarla como esta, —bromeó el canciller.

—Pues tienes razón, mejor lo dejamos como esta.

—Yo creo que si, que es mejor.

—¡Joder! Que morro.

—¡Venga! Vamos a la mesa, que se os va la vida hablando, —ordeno la madre de Anahis, y mirando a Marisol mientras la cogía por la cintura, añadió—: y tu no hagas caso a estos dos tontos, estás preciosa, las dos estáis preciosas, y no me cansare de decirlo.

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