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Mi primer trío para salvar mi matrimonio

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Aquella tarde vi a Manolo, mi marido, que llegó más serio de lo que era habitual en él. Como cada día, lo esperaba en casa a que llegase, para juntos terminar la jornada.

Mi nombre es Clara, y no tengo una ocupación específica, a parte de ser la mujer de Manolo. Soy madre de un niño de 9 años y yo tengo 37, soy morena, pecho abundante, no demasiado alta, y me conservo muy bien, y sin resultar falsamente modesta, puedo presumir de ser muy atractiva.

Prácticamente, mis únicas obligaciones son ocuparme de mi marido y de mi hijo. Mi trabajo es ser esposa y madre.

Por todo esto, cuando veo a Manolo serio, me preocupo, y sé que soy pesada al intentar sacarle todo lo que le ha sucedido en el día para que se desahogue.

Aquel día salimos a pasear, cenamos los tres juntos, y cuando se acostó el niño, nos quedamos los dos solos, como hacíamos con frecuencia, disfrutando un poco de nuestra propia compañía.

Al rato, decidimos acostarnos. Ya en la cama, intenté besarle, pero él no respondía a mis caricias, lo que terminó alarmándome.

Cariño¡¡¡ Qué te sucede? Te pasa algo?- Pregunté.

No, no pasa nada, sólo me siento cansado.

Después de mi insistencia, iniciamos una conversación larga, cuya primera frase me dejó helada.

Quiero el divorcio¡¡, me dijo

No supe que responder. Sólo podía preguntar los motivos, el por qué de esto.

Él se explicó durante varios minutos. Tenía muchas quejas de mi, no como madre, no como ama de casa, pero si como mujer, como pareja.

Manolo alguna vez, medio en broma, me había propuesto hacer algo diferente en el sexo. Tal vez que entrase otra persona con nosotros para hacer el amor, o practicar sexo.

Yo no llegaba a profundizar nunca en estos temas, y salía como podía. La verdad es que tal vez no sea una persona a quien le vuelva loca el sexo, aunque también es cierto, que no tengo demasiada experiencia en el mismo, puesto que siempre he sido mujer de un solo hombre.

Nuestras relaciones se basaban en los actos clásicos, en la penetración, los juegos con mis pechos, alguna felación, y poco más.

Manolo me decía que no le llenaba sexualmente, y que nunca me había sido infiel, aunque ya deseaba a otras mujeres, y por ello prefería separarse.

Aquella noche no pude dormir. La persona que más quería ya no deseaba estar conmigo. Siempre pensé que disfrutaba enormemente del sexo cuando estábamos juntos.

Yo nunca he tenido más novio que Manolo. Comenzamos a salir muy jóvenes, y después de unos años de noviazgo, nos casamos. A los pocos años me quedé embarazada y desde entonces, nuestra vida ha sido estar siempre los tres juntos.

Me sentía angustiada, no sabía como encauzar la reacción de mi marido. Tampoco sabía si existía alguna posibilidad de retomar la relación después de la conversación que habíamos mantenido

Cuando llegó a casa al día siguiente, su carácter era el de siempre, como sino pasase nada, aunque veía en sus ojos que mantenía todo lo dicho la noche anterior.

Después de irse el niño a la cama, nos quedamos de nuevo solos. En un intento desesperado por no perderle le dije que haría todo lo que él quisiera, con tal de salvar su matrimonio.

Manolo rió al escuchar mi osadía. Cariño, sabes que no puedes cumplir lo que prometes, dijo él.

Ponme a prueba, respondí yo. Estaba segura de poder hacer todo lo que él quisiera, con tal de no perderlo.

Vale, contestó. Quiero que hagamos un trío. Quiero que otro hombre y yo disfrutemos de ti.

Sé que enrojecí de vergüenza cuando lo escuché. Le respondí. Eres consciente que no he estado con otro hombre nunca, a parte de ti?

Lo sé, afirmó Manolo. Por eso mismo, me gustaría que cambiase esa situación.

Tienes mañana para pensarlo, si cuando vuelva por la noche sigues pensando que harías cualquier cosa por salvar el matrimonio, y en concreto un trío, lo haremos el sábado, dejaremos el niño con mis padres y nosotros iremos a un hotel con otra persona que yo me encargaré de buscar. De no aceptar, la semana que viene pondré el tema de la separación en manos de mis abogados, y no te preocupes, que tendrás todo lo que te mereces, esta casa, más una aportación económica que os permita, a ti y al niño, vivir sin dificultades, como lo haces ahora.

Durante el día siguiente, mi estado de ánimo pasó por varias fases, alguna complaciente, en el que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por no perder a mi marido, otra deprimida, en el que veía que iba a ser usada como una vulgar prostituta y otra altiva, en la cual no iba a permitir que se saliese con la suya.

Según fueron pasando las horas, me daba cuenta que mi vida sin Manolo no sería igual, y que haría cualquier cosa que él me pidiese para poder estar junto a él, así que en cuanto llegó, aún estando mi hijo delante, le dije, acepto tu propuesta.

Manolo me dio un beso, como hacía siempre, dio otro a su hijo y marchó de nuevo a la calle. Yo sabía que llamaría por teléfono para hablar con esa persona y organizar el encuentro el fin de semana.

Cuando volvió, me dijo que sería el sábado, que después me daría los detalles.

El niño se durmió enseguida aquella noche, y mi marido me explicó como sería el encuentro. Me indicó la ropa que debería llevar, debía ir sexy pero sin parecer una zorra, elegante pero no provocativa, en realidad, el resumen era el de parecer una gran señora, lo que en realidad siempre he sido, y la imagen que siempre he dado ante los clientes de mi marido cuando he asistido a alguna fiesta con él.

Al día siguiente fuimos de compras, él me acompañó para vestir como deseaba Manolo, no obstante, esperaba que al final se arrepintiese y saliésemos los dos solos.

Por fin llegó el sábado. Por la mañana varias veces le pedí que reconsiderase su postura, que había otras alternativas a lo que me proponía, podríamos imaginar, fantasear, incluso ir a un sex shop y comprar algún juguete para disfrutar de una noche divertida. Su respuesta fue clara, me he comprometido esta noche, y tú tambien lo has hecho conmigo. Sino quieres ir a la cita, no hay problema, pero el lunes iniciaré los trámites de divorcio.

Mis escasas esperanzas de evitar lo que sucedería por la noche, se desvanecieron por completo.

A última hora de la tarde comencé a arreglarme. Mi marido quería que cenásemos solos, y después, quedaría con nuestro "invitado", en un local de moda.

Me vestí tal y como me había indicado. Llevaba una falda un poco por encima de las rodillas, blanca, de lino y una camisa del mismo color, de tirantes, abotonada por delante.

Salimos juntos de casa, al cruzar la puerta miré hacia atrás pensando que cuando regresara de madrugada no sería la misma.

Estuvimos cenando. Durante ese tiempo, apenas hablé, apenas comí, me sentía tensa. Después nos fuimos al lugar donde habíamos quedado con aquel hombre.

A los pocos minutos, vi que Manolo se acercaba a hablar con alguien, y supuse que era "la persona". Así fue, me lo presentó como Leo, nos dimos dos besos, y pasamos al interior del local.

El lugar comenzaba a estar ambientado. Había bastante gente. Manolo fue a pedir las consumiciones, y cuando nos las entregó, dijo que volvería enseguida.

Allí estábamos Leo y yo. No sabía como reaccionar, y a todas las preguntes suyas, sólo sabía responderle con monosílabos. Le veía poco a poco más atrevido, acercándose a mi, tomándome por la cintura y hablándome al oído.

En uno de sus acercamientos, rozó sus labios con los míos. No me aparté, puesto que sabía para lo que habíamos quedado, pero tampoco le correspondí.

Por su parte, Leo, cada vez estaba más metido en la situación, y sus manos no paraban de agarrarme la cintura y los hombros.

Cuando volvió mi marido, me acerqué a él, momento en el que nuestro amigo aprovechó para pasar su mano por el culo, algo que me molestó sobremanera.

Manolo preguntó si ya habíamos roto el hielo, y Leo respondió sonriendo, que yo era muy tímida.

Mi marido dijo que mejor nos iríamos de allí. Había reservado un hotel dijo, y nos dirigimos al lugar en cuestión, todos en nuestro coche.

Al llegar allí, Manolo sirvió de nuevo unas copas, y nos sentamos como pudimos, Leo en un extremo de la cama, yo en el otro, mientras mi esposo lo hacía en una silla que arrimó a nuestro lado.

Tienes una mujer preciosa, Manolo, tienes mucha suerte. Su respuesta fue contundente, esta noche quien tiene suerte eres tú, eres nuestro invitado.

Leo se levantó y se acercó a mi. Me sentía muy rígida, pero él cogió mi cara y me besó de forma lenta y apasionada, mientras que su mano se acercaba a mi pecho.

En un gesto instintivo puse mi mano parapetando mis tetas. Manuel salió verbalmente en mi defensa, explicando que me sentía muy cortada, puesto que era la primera vez que hacía algo así.

Para tranquilizarme, Manolo se colocó detrás mía, y empezó a besarme el cuello y la nuca, apartando mi pelo. Con sus manos, fue desabrochando uno a uno todos los botones del abrigo, quedando al descubierto mi sujetador.

De nuevo, mi instinto llevó a colocarme las manos sobre los pechos, pero mi marido me las apartó y las colocó por detrás sobre la cama, mientras que era él quien comenzaba a masajearlas.

Aunque no podía verle, supongo que hizo un gesto a Leo, puesto que se acercó a mi y comenzó a besarme las tetas por encima del sujetador, lo movía, desplazaba y a veces, mis pezones quedaban al descubierto.

Mientras me besaba, noté como empezaba a meter su mano por debajo de mi falda. Crucé las piernas, pero esta vez fue él mismo quien me agarró las rodillas y sin demasiado esfuerzo hizo que mis piernas quedaran entreabiertas, momento que aprovechó a rozar mis bragas, y pasar su mano por encima de mi sexo.

Clara, cielo, por qué no te quitas la falda y dejas que veamos tus muslos?

Como una autómata, me levanté y me quité la falda, quedándome con la falda y el sujetador solamente. Me sentía humillada, aunque a la vez me excitaba que un extraño me viese y además estuviese excitado al poder tocar y contemplar mi cuerpo.

Sin llegar a volver a sentarme, mi marido me desabrochó el sujetador, y Leo terminó de quitármelo. Ahora tambien ellos decidieron quedarse con la misma ropa, y se desnudaron quedando únicamente con sus boxers.

Manolo comenzó a masajearme los pechos y continuó besándome. Leo aprovechó para acariciar el resto de mi cuerpo, mis piernas, me tocó las bragas y terminó por meter su mano por debajo de ellas.

Al notar sus dedos en mi rajita, no pude evitar mojarme. Comenzaba a excitarme, algo que en ningún momento pude imaginar, ya que esto lo hacía para complacer a mi marido y salvar mi matrimonio.

Manolo me empujó contra él y caí encima de Leo. Su dedo estaba enganchado en mi vagina y nuestras bocas se juntaron. Ahora si fui yo quien tomó la iniciativa y besé con fuerza a nuestro amigo, mezclando nuestras lenguas.

Mi coño comenzaba a parecer una fuente de fluidos vaginales. Mi marido me leyó el pensamiento agarrando mis bragas, y tirando de ellas hasta sacárlas quedando totalmente desnuda.

Ahora era yo quien quería más. Comencé a besar el pecho de Leo, y bajé por su estómago hasta llegar a su boxer. Lo bajé un poco, suficiente para sacar su pene, y comenzara a besarlo, acariciarlo, tocarlo, lamerlo y por último rítmicamente, me lo metí entero en mi boca, mientras que mi marido me puso a cuatro patas, estilo perro, y comenzó a lamerme mi sexo, que seguía fluyendo líquido.

Me levantó ligeramente y noté como me introducía su polla dentro de mi. Me sentía una golfa, pero estaba disfrutando como nunca del sexo. Intentaba acompasar las embestidas de Manolo con los movimientos de mi boca sobre el pene de Leo. Mi marido no pudo más y noté enseguida como me llenaba de leche.

Leo era más experto. Sin llegar a correrse me dio la vuelta, limpió el semen de Manolo con una toalla y metió su lengua dentro de mi. Nunca había sentido nada igual, y enseguida comencé a temblar y un orgasmo invadió mi cuerpo quedando totalmente entregada en la cama.

Pensé que me dejaría descansar un rato, pero no fue así. De forma inmediata me abrió las piernas y comenzó a penetrarme de forma acompasada, de nuevo volví a excitarme. Me daba mordisquitos en los pezones, me mojaba los pechos con su lengua, los absorbía con su boca. Era la primera vez que hacía el amor con otro hombre que no era mi marido y la experiencia resultaba excitante.

Llamé a Manolo, sólo quería besarle, y nuestros labios se rozaron. Quería decirle que le quería, que era el hombre de mi vida, pero las embestidas de Leo sólo permitían que gimiera y cerrase los ojos de placer.

Me dio la vuelta. Hizo un intento de meter su miembro en mi ano, pero le pedí que no lo hiciera, algo que respetó. Bajó un poco y la penetración volvió a ser vaginal. De nuevo se recuperaba mi marido con mis besos en su polla. Iba aumentando el tamaño a medida que la masajeaba con mi boca. Creo que jamás le había hecho una felación similar, con tanta energía. Me di cuenta cuando volvió a estar erecto, algo que hacía muchos años que no conseguíamos en una misma sesión de sexo él y yo juntos.

De nuevo, fue Manolo quien se corrió primero, y por primera vez, tragué todo su semen. Siempre me había dado cierto asco, pero esta vez, quería hacerlo, sentirme guarra.

Leo me seguía manejando a su antojo, de nuevo me dio la vuelta y me volvió a lamer el coño. Eso me excitaba muchísimo, nunca me había sentido así. Noté que pronto me correría y le pedí que continuase penetrándome.

Lo hizo, y no tardé en correrme. Cuando se dio cuenta, aceleró sus embestidas y él hizo lo mismo, eso si, dejando su semen encima de mi sexo totalmente depilado.

Cuando nos despedíamos, dije a Leo que me gustaría volver a tener un encuentro similar. Manolo tambien se había sentido a gusto, por lo que no dudamos en volver a quedar en otra ocasión.

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