Dulce y amarga amistad (01)

Tiempo estimado de lectura del relato 16 Número de visitas del relato 8.782 Valoración media del relato 9,63 (24 Val.)
Dulce y amarga amistad (01)

RESUMEN

–Tú también me gustas, ¿quién follará a quién? No me conformo con cualquier verga. –Notaba que poseía un buen garrote que se apretaba en mis muslos sin necesidad de verlo

Historia de dos amigos: Jesús Alejando y Álvaro

Detuve el coche delante de la casa de Álvaro, dudé en bajarme y entrar, tendría que saludar a su familia y al final… ¿por qué no?, ellos se sentirían más tranquilos al ver que estaría conmigo.

Pulsé el timbre de la cancela del jardín y no escuchaba el sonido, pero su gran perro pastor apareció enseguida ladrando y moviendo la cola, contento de volver a verme. Empujé y traspasé la puerta, Drago quiso saltar encima de mí y tuve que contenerle para que no pusiera sus zarpas en mi pecho.

-Quieto, tranquilo. Si se ponía derecho era más alto que yo, le acaricie la cabeza y no resultaba suficiente, quería más.

Su madre me esperaba en la puerta de la cocina vestida en plan de trabajo con guantes de cabritilla amarillos para cuidar sus manos de pianista, los tenía sucios de tierra y no se atrevió a abrazarme, lo tuve que hacer yo mientras ella me besaba.

-¡Cuánto tiempo sin verte Jesús! Habían pasado dos meses de verano y todos fuera de la ciudad como todos los años, éste peor porque no había pasado algún día con ellos. Antes de poderla responder tenía a su hija rodeando mi cuello. Natalia que había perdido su timidez conmigo, y que a sus quince esplendorosos años seguía siendo una niña.

-¿Álvaro? Indagué a la vez que abrazaba el breve cuerpo que se me apretaba.

-Ya ha desayunado y está lavándose los dientes, le voy a decir que has llegado. Natalia salió corriendo al interior de la casa.

-Cuídalo Jesús, no sabemos lo que le sucede, si os quedáis unos días nos veremos el fin de semana. Me suplicaba con la mirada lo que no quería decir con la boca y se la veía preocupada.

-Igual os esperamos allí para escucharte tocar, no pudimos ir a tu último concierto, nos lo perdimos y lo sentí. En ese momento salió Álvaro, Natalia le llevaba la bolsa con su ropa arrastrándola mientras él se metía la camisa debajo del pantalón. Nos fundimos en un interminable abrazo.

Nos despedimos aunque Natalia quería venirse con nosotros poniendo cara de enfadada, y después de escuchar las recomendaciones de su madre pudimos montar en el coche y emprender el viaje.

Llevábamos una tercera parte del camino recorrido, una hora de viaje sin que Álvaro hubiera abierto la boca, yo tampoco. Coloqué mi mano sobre su rodilla desnuda, sentí como se estremecía, como si volviera en ese momento a tener consciencia de donde se encontraba y, a su vez, colocó la suya encima apretándomela fuerte.

-¡Jesús! -Fue un gemido lo que le salió de la boca. Volví la mano para entrelazar los dedos, me apretaba hasta hacerme daño.

-¡Mónica! ¡Joder, joder, joder! -Comenzó a llorar y la mano que sujetaba la mía subió hasta su cara para apretarla en su mejilla, sentía la humedad cálida de sus lágrimas rodar mojándonos las manos. Me rompía el corazón pero mantuve la calma dejándole llorar y que se desahogara hasta que retiré la mano para coger la palanca de cambios y reducir la velocidad.

Detuve el automóvil en un área de descanso y paré el motor. Sin quitarse el cinturón de seguridad que lo aprisionaba se giró y abrazó mi cintura. Se agitaban sus anchos y formados hombros al sollozar angustiado y comencé a pasar mi mano por su cabeza, las lágrimas traspasaban la tela de mi pantalón y las sentía como una liberación de su alma herida.

Estuvimos un rato hasta que dejó de llorar y se incorporó, me miraba avergonzado y restregándose los ojos para apartar las últimas lágrimas llevándose la humedad, tenía los ojos rojos. Busqué una bolsa de pañuelos en la guantera y la abrí para que cogiera a su gusto.

Solté su cinturón y el mío mientras él se limpiaba y se sonaba la nariz.

-¡Perdóname Jesús! ¡Joder! Parezco una mujercita. Me giré hacía él montando mi pierna en el asiento y le cogió por los hombros.

-Ven aquí, ¡tonto! Le abracé estrechándole en mi pecho, continuaba llorando, ahora con un llanto suave y apaciguado donde destilaba su angustia, él no lo veía al tener su cabeza debajo de mi barbilla como yo lloraba también acompañándolo en su duelo y acariciándole pelo.

Salimos del coche y nos sentamos en un banco mirando el hermoso paisaje de montaña sin hablarnos, nos comunicábamos en el silencio sintiendo el dulce viento acariciar nuestras caras, Álvaro asía con fuerza el borde del banco poniendo los nudillos de sus manos blancos de tanto apretar.

-Mi primo la ha visto con un chico, me separo de ella unos días y se va con otro…

-No debes juzgarla sin saber lo que pasó. Me puse rojo avergonzado, daba consejos que yo no había seguido y decidí callar y escuchar aunque suponía lo que vendría a continuación.

-No ha sido únicamente una vez, los ha encontrado en los bares y en la calle como si no le importara que la vieran, el otro día decidió seguirla cuando montaba en un coche, fueron hasta un descampado donde estuvieron revolcándose... Y eso lo vieron mi primo y dos amigos suyos. –Pasé mi brazo por sus hombros, sabía sobre ese dolor.

-No ha querido hacerlo conmigo, nunca me lo ha permitido y se entrega al primero que se le acerca. -Le observé ciertas dudas y sospechaba que no me lo estaba contando todo.

Me dolió lo que decía, al final otros lo pasan peor, no soy el campeón del desengaño aunque eso no suponga una liberación para mí. Permanecíamos en silencio y no me importaba, me sentía muy bien en esa soledad de dos que sufren lo mismo aunque él no conocía todo lo mío.

-¿Y para qué estamos aquí? ¿Qué quieres hacer? Cruzó los brazos mirando a la lejanía, perdiendo la vista en la inmensidad de la nada.

-Quiero comprobar que es cierto, verlo con mis propios ojos.

-Amigo, te va a doler y causarte más daño. Me volvió a abrazar mientras su cuerpo temblaba.

-Lo sé, lo sé Jesús. –Le levanté la cabeza y pasé la mano por sus mejillas arrebatándole las lágrimas.

-Mejor nos emborrachamos esta noche y nos olvidamos.

Dos horas más tarde llegamos a la casa de sus tíos, al final había olvidado las llaves de su casa y tuvimos que ir a recoger las que tenían allí. Su tía se opuso a que fuéramos a comer a cualquier bar del pueblo y nos preparó huevos fritos con jamón que me supieron riquísimos. Álvaro no comió, su primo le miraba nervioso y algo debía haberles contado a sus padres que se mostraban de lo más amables.

-Prepararé una habitación para vosotros.

-No tía, tengo que hacer algunas cosas en casa y nos quedaremos allí. -Me dirigió una mirada.

-Igual nos quedamos hasta que lleguen mis padres con Natalia.

La estancia en la casa de sus tíos fue breve, salimos y llegamos a la suya, la charla con sus tíos parecía haberle distraído y comenzaba a verle como siempre se comportaba, como un chico alegre y pletórico de vida deseando disfrutarla. Su padre había dejado la depuradora de la piscina funcionando y el agua estaba tibia y deliciosa para recibirnos en un baño que deseábamos.

Su primo, que se llama igual que yo, había quedado en venir más tarde y llegó con algunos amigos, chicos y chicas que abrazaron a Álvaro rodeándolo de cariño, lo de Mónica debía ser conocido por todos y sus amigos querían protegerlo, quizás demasiado. Llevaban comida y bebidas, cerveza en abundancia como si pretendieran beber toda la noche y el agua no existiera.

Pusieron música en el jardín y comenzamos a bailar y a bañarnos, aunque al anochecer comenzó a refrescar allí en lo alto, el efecto del alcohol desinhibía a los chicos que a veces se les bajaba el bañador mostrándose desnudos al salir del agua y alguna chica lanzada dejaba que se le vieran los pechos. Todo como lo más natural sin que alguien se asustara.

Tomaba mi penúltima cerveza, llevaba trasegado más de un litro y había tenido que ir al baño en varias ocasiones, observaba lo bien que lo pasaban y se lo agradecía en el alma ya que Álvaro, en su mareo de alcohol, parecía olvidarse de sus problemas.

-¿Tú no te bañas? -Miré al chico que me hablaba, era rematadamente guapo y él lo sabía. Le señalé mi pelo ahora seco.

-No quiero volver a mojarme y comienza a hacer frío en estas alturas. –Se sentó a mi lado, mirando igual que yo a la piscina con su lata de cerveza en la mano. Seguro que era más joven que yo pero bebía largos tragos como si estuviera acostumbrado y sediento.

-¿Quieres que te traiga algo de comer? No parecía que me fuera a dejar tranquilo, en otro momento era a él a quien me hubiera comido, indudablemente buscaba conversación y algo más pero no se atrevía a dar el siguiente paso o seguía tanteando el terreno.

-Si vas a buscar para ti y no te molesta lo acepto, lo que a ti se te antoje. Desapareció unos minutos y regresó con dos platos de cartón, sendas porciones de tortilla y algún embutido, todo revuelto.

-Me llamo Alberto. Y me alargó la mano dejando el plato en el suelo.

-Jesús, amigo de Álvaro. –Debía practicar mucho deporte, su apretón de manos fue tremendo.

-No te había visto por aquí.

-Este año no he podido venir a pasar unos días como hago otras veces, no veraneo en la zona. –Se comenzaba a poner nervioso, disponiéndose a atacar a su presa.

-Me gusta hablar contigo, podíamos ir a un lugar más discreto dentro de la casa. Me levanté de improviso y tiré de su mano, si deseaba follar había encontrado pareja.

-¡Vamos! -Me siguió a trompicones, subimos las escaleras hasta una de las habitaciones y al entrar le sujeté por la cintura uniendo las bocas, respondió a mi loco beso muy excitado, mordí sus jugosos labios y sin dejar de acariciarnos llegamos a la cama, caímos revueltos entrelazando las piernas y comenzando a sentir nuestras calientes erecciones.

Intenté darle la vuelta para colocarme sobre él, no le conseguía mover, y al contrario, resultó ser él quien quedó sobre mí, había acertado al suponer, que a pesar de ser delgado, resultaba un muchacho muy fuerte, de tendones de acero en sus flacos brazos. Me miraba desde arriba sonriendo y elevé la cabeza para llegar a sus labios y lamerlos.

-Eres muy guapo Jesús, me gustaste desde el primer momento de verte, sabía que terminaría follando contigo. –Se otorgaba el poder de haberme llevado a la cama y no quise desilusionarle.

-Tú también me gustas, ¿quién follará a quien? No me conformo con cualquier verga. –Notaba que poseía un buen garrote que se apretaba en mis muslos sin necesidad de verlo.

-¿Te es suficiente de diecinueve? -Le abracé el cuello para llegar con mi boca a la suya y entregarle la lengua para que me la chupara.

-Si lo sabes usar y aguantas será más que suficiente. –Sentí como un golpe de sangre le puso más dura la polla. Estaba en plena erección y comencé a bajarme el bañador para liberar el pene, luego tiré de la cinturilla del suyo dejándolos a media pierna y con nuestros sexos unidos.

-Te lo noto gordo y caliente, quiero chupártelo un poco antes de entregarte lo que quieres. -Saltó de encima de mí y terminó de quitarse el bañador, su verga no desmerecía de su trabajado cuerpo y sus testículos tampoco, la boca comenzó a hacérseme agua. Se detuvo unos segundos mirando mi cuerpo tendido y desnudo, y se la abrieron los ojos como si expresara asombro.

-También tú estás bien dotado. –Sujeté mi verga con la mano mirándole maligno.

-Si luego la quieres te la daré por ese lindo culito. Tenía unas nalgas preciosas y gorditas, redondas que antes ocultaban el bañador. Tuvo un gesto de atrevimiento y se volvió agachándose para que las viera pujantes y tersas.

-¡Waaa! Chaval, estás cañón. Se comenzó a reír y se tiró en la cama a mi lado.

-Eres genial Jesús. –Y sin más se dio la vuelta ágilmente para hacer un sesenta y nueve, empujando su pelvis ansioso para que comenzara a chupar su linda polla. Olía ligeramente a precum, algo delicioso para mi lengua y él comenzó a catarme lamiéndome el glande y haciéndome gemir desde el primer momento.

Chupábamos sin cansarnos, a los dos parecía gustarnos mamar verga y la disfrutábamos con sorbidos ruidosos y húmedos, descansábamos unos segundos y entonces eran los testículos los que ocupaban nuestras bocas y los dedos se escapaban a nuestros culos, metiéndolos después de acariciar las entradas bien mojadas en saliva.

Estaba pasando un rato delicioso con aquel ardiente chaval tan goloso y vicioso como yo, sabía mamar verga como si no hubiera hecho otra cosa con su boca, y recibía de mí mis mejores atenciones, los dos atentos a hacernos gozar acariciando todo lo que nos daba placer y haciéndonos desear más.

-Alberto, ¿me la metes o te follo yo? -Le introduje dos dedos por el ano y los moví en círculo estirándole el hoyito. –En lugar de responder se separó para ponerse sobre mi y mirándome muy fijo.

-Primero yo goloso, tienes el anito más gustoso que haya probado en mi vida. –Y comenzó a morderme los labios, sabíamos a verga, a culo, a sudor y nos enardecía sabernos tan sucios.

-Te la voy a dar por atrás para gozar de tus nalgas. –Se las ofrecía con gesto obsceno, moviendo las caderas y abriéndome con las manos para que viera mi agujero.

-Tienes ganas mariquita, ahora te la meto. Sin más empezó a dirigir la verga a la entrada del ojete y apretaba muy fuerte, si seguía así me la metería de golpe con el consiguiente dolor, pasé la mano debajo de mis huevos y se la sujeté.

-Despacito bruto, la quiero gozar desde el principio. –Sí, la fue metiendo despacio después de que entrara el glande, y la gozaba como loco notando deslizarse toda la polla encajándose en mi culo. Tenía el ano muy dilatado por tanta caricia y follada de dedos, y el deseo que me abrasaba deseando tener el culo lleno de verga.

Respiró entrecortado apoyando todo su peso en mi espalda, tirando de mis caderas para que no se le saliera la polla, yo apretaba y aflojaba mi culito chupándole la polla, haciéndole una mamada con el ano, gozando de ese “diecinueve” metido hasta los huevos.

Sus primeros movimientos ya me hacían suspirar, gemir y tragar ahogado.

-Uff, que rico me follas mamón, qué sabrosa verga me das, dame más fuerte, más, más, más. –Me atendía y a cada más que le pedía, apretaba más fuerte llegando hasta el fondo de mi vientre con el pene.

Diez minutos de gozarla, acaso más, y me sentía en la gloria deseando que este gusto durara toda la noche, la eternidad.

-Me voy a correr Jesús, no aguanto más, tu culo me traga, ¿dónde quieres la leche? -Sabía que se iba a correr, su verga se ponía más rígida y potente arañándome el recto y entraba con más fuerza apretando los riñones.

-Dámelo en la cara, báñame de semen. –Rápidamente me descabalgó y yo me giré, dos meneadas de polla fueron suficientes para que empezara a llenarme la cara de leche cremosa y caliente, le ayudaba a escupir el semen acariciándole los huevos hasta que sacó la última gota que me dejó en la lengua. Me pasó la polla por la cara esparciendo el semen y soltó un hondo suspiro de satisfacción.

Me dejé caer de espaldas, su verga seguía tiesa y dura, encogí las piernas abriéndolas.

-Vuelve a meterla y lame tu leche de mi cara. –Ahora me la envió dentro de una estocada y unió su pecho al mío para empezar a lamerme la cara. Aprovechaba la dureza de su verga juvenil y potente para mover las caderas y conseguir llegar al orgasmo sin tomarme la polla, era suficiente con el roce de la verga en su abdomen y el frotamiento de su maravillosa polla en mi culo.

Bufé tirando la leche que me metía con la lengua, y me empujé contra él cuando empecé a eyacular rebotando sobre la cama. Resultó un gozo impresionante sentir salir la leche que quedaba depositada entre nuestros abdómenes.

Habíamos quedado en que luego le follaría yo, pero resultamos tan cansados que abrazados nos dormimos sin lavarnos, con las caras cubiertas del semen que no nos habíamos comido así como en nuestros vientres.

Cuando abrí los ojos Álvaro estaba en la puerta de la habitación con una lata de cerveza en la mano, me hizo un gesto como si brindara por nosotros y se marchó.

Me levanté rápidamente rojo de vergüenza, cubrí el cuerpo de Alberto y me dirigí al baño para asearme, me metí bajo la ducha y volví a la habitación. Mi follador continuaba durmiendo y le apagué la lámpara.

Mi bolsa de aseo estaba en la habitación de mi amigo y llegue hasta allí. Álvaro estaba sentado en una de las dos camas tratando de quitarse la ropa que llevaba, una camisa y el bañador, y con la cerveza aún en la mano. Abrí su armario y busque dos pantalones de dormir, me coloqué uno y comencé a ayudarle a desnudarse.

-Déjame, puedo yo solo. –Su voz tartamudeaba y se le veía borracho y molesto, no le hice caso y le quité la camisa y el bañador, le tendí sobre la cama para ponerle el pantalón de dormir. Siempre me ha admirado el tremendo pedazo de polla de mi amigo, hace que sus huevos parezcan pequeños en comparación pero también son grandes, aún en reposo no dejaba de sentir admiración, no deseos porque sabía que no era para mí aunque a veces la quise cuando le veía desnudo.

Le metí en la cama y me acosté a su lado.

-Disculpa por haber usado tu casa para follar. –Me respondió con su voz de borrachín.

-Es tu casa, todo lo mío te pertenece, solo me molesta que tengas en todo momento un tío detrás de ti. -Le abracé por detrás dándole un beso en la espalda, sin rebatirle porque era cierto lo que decía, y el sueño y el cansancio nos rindieron.

Desperté abrazado a mi amigo como me había dormido, después de un momento fui separándome de él, ronroneó y me sujetó la mano pero no se despertó. Le miré mientras me colocaba una camisa, parecía tan indefenso y sensible abandonado en el sueño, y sonreía feliz como si su dolor se hubiera marchado. Cogí mi bolsa de aseo y salí cerrando la puerta.

Llegué hasta la habitación donde dejé a Alberto, continuaba durmiendo y se había descubierto permaneciendo desnudo tumbado boca abajo, le sujeté del hombro y le sacudí hasta que abrió los ojos y la boca estirándose y dándose la vuelta.

-¿Seguimos Jesús? Ahora te toca a ti follarme. -No pude evitar una sonrisa.

-Es de día, levántate y colócate la ropa. Me di cuenta de que habíamos follado en la habitación de Natalia, la hermana de Álvaro y que teníamos que recoger las sábanas sucias de semen. Me dirigí al baño. Comencé a lavarme los dientes y me estaba afeitando cuando Alberto entró, me abrazó por detrás colocando su polla entre mis nalgas.

-Te lo decía de verdad, quiero volver a meterla en tu culito si tu no me la das. -Apague la maquinilla y me apoyé en el lavabo, yo tenía puesto el pantalón de dormir y él seguía desnudo.

-Habíamos quedado en que después de que tú me la metieras sería mi turno.

-Pues cumplamos lo pactado. -Comenzó a moverse como si me follara.

-¡Vale ya! Mea, tienes la polla tiesa y necesitas descargarte, ayúdame a espabilar a ésta gente para que se vayan a sus casas. -Al fin me dejó y escuchaba el chorro de su orina caer en el inodoro con fuerza.

Sigue…

Comparte este relato

Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios. Información. Si sigues navegando, entendemos que las aceptas. Aceptar