La pertenencia (11): El espumante

Tiempo estimado de lectura del relato 5 Número de visitas del relato 10.006 Valoración media del relato 8,75 (8 Val.)
La pertenencia (11): El espumante

RESUMEN

En el restaurante panorámico del hotel céntrico al que me referí en la visita anterior iba a ser el estreno de mi pertenencia. Andrea conoce el espumante.

Ya era preferible que ella saliera más temprano en la tarde y no alargar el almuerzo.

"Esta noche te voy a lucir."

El proceso de cambio social y cultural, como le llamarían los adeptos del gobierno, había que ahora cualquier persona, independiente de su aspecto, fuera aceptada en un recinto abierto al público. En el restaurante panorámico del hotel céntrico al que me referí en la visita anterior iba a ser el estreno de mi pertenencia. Salimos del cuarto arreglados, ella con una chaqueta larga protegiendo su vestido y con zapatillas para cambiarse una vez ahí. Sus zapatos los llevaba en un bolsito. Estaba floreciendo su confianza. Podía brillar en un lugar público concurrido y elegante y no sólo nadie la iba a mirar feo, si no que su seguridad y desplante iban a atraer muchas miradas. Por ahora lo que más dirían es que es mi chola, pero eso no le iba a quitar lustre.

Su elegancia era la adecuada. Ni mucha, no había alfombra roja, era un día corriente; ni muy poca, no estaba vestida ni de trabajo ni para pasar desapercibida. Destacaba.

Ya sabía recibir las atenciones de un caballero con naturalidad. Comió con el recato de una dama pero con gusto espontáneo. Había estado tan lista para esto que su Pygmalión no tuvo que esculpir, sólo darle el soplo de la vida. No afectó mundo tomando vino chileno, pero le pedí un plato con un buen maridaje de un notable espumante cuyano de una cava bien provista, que supo apreciar al primer sorbo. No sólo apreciar si no experimentar su efecto en todo su cuerpo, efecto que tuvo una combinación armoniosa con sus inclinaciones sobria.

"Me encantó está champaña."

"Espumante, no es de la Champaña."

"Espumante. No sólo es rico. ¿Es normal que me haga querer agarrarte y hacer que me uses aquí y ahora?"

"Algo así se dice, no sé si a ese grado."

Nuestra mesa tenía una vista privilegiada al Illimani, su manto blanco visible de noche, y estaba retirada de oídos indiscretas. En sus ojos brillaba una malicia completamente nueva en ella.

"Perdona, no agarrarte, como pude decir eso, échale la culpa a la champaña, perdón, espumante. Yo no te puedo agarrar. Pero si quería contarte esto que me está pasando. Me siento especialmente lista para que me uses. No es que no lo esté en cualquier momento, pero ahora lo siento distinto, unas ganas distintas. No sé, me siento cómo más cochina que de normal."

"Yo lo llamo malicia."

"Malicia, que rico. Nunca me había mareado, pero no parece que es así lo que conocía como estar mareado."

"Claro que no, distintos licores producen distintas reacciones en distintas personas. Otro día quiero ver qué te pasa con la menta frappé."

Su sonrisa fue de qué ganas tengo de probar eso.

Cuando llegamos a la pieza se sacó los zapatos y se subió a la cama de la misma manera que cuando compré el vestido, sólo que ahora con un fuego descontrolado.

"No me gustas así." Se veía especialmente atractiva, el vestido, las joyas, el perfume, la posición, la mirada lujuriosa, pero igual era verdad.

Eso dolía más que cualquier cachetada o correazo. No estaba borracha como para importunarme largándose a llorar, pero no hacía falta, su cara valía un río de lágrimas.

"No quiero que estés caliente por efecto del alcohol. Me gusta cuando estás caliente exclusivamente por el hecho de que vas a ser de mi uso y para ser de mejor uso para tu dueño, cuando actúas completamente como una extensión de mi voluntad, no cuando tu voluntad está torcida por un tercer agente."

Inclinó la cabeza. No tenía nada que decir.

"Igual me gustó descubrir tu reacción a un buen brut, así que no te sientas mal. Me interesó verte así, y me va a volver a interesar. Solo que después de la observación no me vas a ser de otro uso por la noche."

Levantó la vista y se vio aliviada, librándose de la profunda congoja.

"Acuéstate como la gente." Había que cuidar el vestido.

Me desvestí y me puse un pijama.

"Es otra manera de serle útil a tu dueño."

"Qué bueno, fue terrible pensar que te había decepcionado." Volvió a sonreír.

"No, no me decepcionaste. Supiste hacer lo quería que hicieras, como siempre, como debe ser. Sólo que en casos así no vas a tener verga, así como te puedo dejar sin ella cualquier otro rato que quiera, por el motivo que sea y por el tiempo que me parezca. Tú tienes claro que no tienes ningún derecho sobre ninguna parte del cuerpo de tu dueño."

"Sí, lo sé. Me usas con tu cuerpo sólo cuando a ti te parece, así debe ser."

"Entonces, si ahora no te doy nada..."

"Soy feliz lo mismo por ser tuya."

"Si no fueras mía hubiera disfrutado unas cuantas noches de sexo contigo. Capaz que te hubiese tomado como amante. Pero esto es otra cosa, otra categoría."

"Así quiero yo, nada más. Sí me mareo y se me olvida, yo me voy a corregir. Gracias por ser mi dueño, por tener tanta paciencia conmigo y enseñarme tantas cosas."

"Quiero que sepas que cuando pienso en que tu voluntad es mía, en que me perteneces completamente, al tiro se me para."

Ahora estaba de nuevo feliz.

"Te pertenezco completamente. Me hace feliz saber que vas a hacer conmigo lo que quieras, cuando quieras y donde quieras. Soy feliz cuando puedo hacer lo que tú quieres que haga. Me gusta decir que soy tuya cada vez, a menos que te moleste que lo diga tanto."

La besé. Le hice el amor. Esa noche la use por primera vez para hacerle el amor. Amor inocente, tierno, puro, natural, amable, un amor que dice, estoy aquí, estas segura, estas en buenas manos. Amor considerado y generoso. Lo único que faltó fue decirle que la amaba. Se le pasó el efecto del alcohol y supo ser mi amada por esa noche, como sabía recibir todo de mi como lo que justo estaba queriendo.

Nunca me decepcionó.

Comparte este relato

3672
Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios. Información. Si sigues navegando, entendemos que las aceptas. Aceptar