Mise en abyme

Tiempo estimado de lectura del relato 6 Número de visitas del relato 16.439 Valoración media del relato 9,63 (57 Val.)
Mise en abyme

RESUMEN

El relato era breve y gozaba de un erotismo austero, visceral, sin grandilocuencias ni fugas de insoportable cursilería, cosa que odiaba. Una mujer casada, su infidelidad, la artera planificación y ejecución del asesinato de su marido. Todo con un estilo concreto y soez, como a él más le gustaba.

Había comenzado a escribir el relato el día anterior. Un arrebato de inspiración lo había precipitado hasta las puertas mismas del desenlace; sin embargo, hasta allí lo había acompañado la musa. Sabiendo que debería seguir solo, no se desalentó; al contrario, pensó que el propio relato –lo que había escrito de él– le dictaría su final de manera inexorable.

Ese día volvió presuroso de su trabajo: estaba ansioso por culminar la obra. Durante el viaje imaginó menos una posible conclusión –la cual dio por descontada– que el momento de la publicación. Vislumbró su consagración bajo la forma de múltiples felicitaciones de sus colegas de foro, los que seguramente embriagarían su ego con merecidos vítores.

Cuando llegó a su casa, corrió hacia la habitación que unos meses antes había acondicionado para dar rienda suelta a su particular pasión literaria; apenas si saludó a su mujer de pasada. Una vez allí, se despojó de sus pertenencias laborales lo más rápido que le fue posible y se sentó frente a la computadora dispuesto a dar el sutil y ansiado toque de gracia.

Cuando comenzaba a repasar el cuento desde el principio, confiado en que cuando llegara a la última palabra escrita el final ocurriría como resultado de alguna especie de mágica inercia narrativa, su esposa lo interrumpió:

–Amor, voy a ver a mamá. ¿Vos necesitás el coche?

–No, querida, podés llevártelo. Y dale un beso grande de mi parte a mi suegra favorita.

–Me ha preguntado cuándo vas a ir a visitarla.

–Uno de estos días, decile… y que espero que se mejore pronto.

Imaginó a su suegra tendida en la cama, convaleciente de una fractura de cadera, y pensó en diez excusas diferentes para evitar la prometida visita. Y es que no quería verla. No soportaba la idea de que la arpía iba a recuperarse.

Sacudió su cabeza para quitarse la desagradable imagen y se congratuló pensando que su inminente soledad favorecería una decisiva iluminación. Así que despidió a su esposa, arrimó un conveniente rollo de papel higiénico junto a la computadora y continuó con la relectura.

El relato era breve y gozaba de un erotismo austero, visceral, sin grandilocuencias ni fugas de insoportable cursilería, cosa que odiaba. Una mujer casada, su infidelidad, la artera planificación y ejecución del asesinato de su marido. Todo con un estilo concreto y soez, como a él más le gustaba.

En su trajinar por el texto rápidamente llegó al encuentro entre la protagonista y su amante, que tenía lugar en un motel. Luego de recibirse con la premura de un beso enardecido, los ilegítimos enamorados se desnudaban y se manoseaban con la más ardorosa pasión.

Al mismo tiempo que le recorría el cuerpo con el besuqueo más ardiente, el misterioso hombre le preguntaba a la mujer si todo estaba ajustado a lo convenido: si a las 19 en punto estallaría aquel artefacto explosivo que habían preparado juntos y que ella habría tenido la precaución de activar. La dama asentía entre incipientes gemidos de placer, mientras le aseguraba que muy pronto estarían unidos para siempre.

Allí detuvo la lectura un momento para reflexionar: un artefacto explosivo… una bomba… ¿No sería demasiado extravagante o, peor aún, inverosímil? Aunque ya había resuelto la enredada trama que esta solución implicaba, se tomó unos minutos para pensar en alguna alternativa que no necesitara de rebuscadas justificaciones. “Quizá algo más… o algo menos… No…”, se dijo a sí mismo. La bomba estaba bien y se quedaría allí.

Sacudió su cabeza nuevamente, esta vez para despojarse de las dudas de último momento, y se adentró de lleno en la parte sustancial, en donde, con cierto nivel de detalle, describía la forma en que el hombre tomaba a la mujer por detrás, rodeándole la cintura con su mano izquierda, y la inducía a inclinarse hacia adelante hasta dejarla con el culo en pompa. Luego se introducía en su boca los dedos índice y medio de su mano derecha, los que luego liberaba completamente embadurnados en saliva para incrustarlos en forma impetuosa en la concha de la encendida hembra.

En algún momento del violento mete y saca dactilar, el arrecho varón sumaba su dedo pulgar, el cual empotraba en el ojete de la usurpada mujer. Luego, sosteniéndola como para lanzarla en busca de una chuza, la sujetaba del pelo con su mano izquierda y le arrimaba el rostro hasta su verga enhiesta a punto de mástil. Ella se la comía con desesperación.

Un apasionado beso mediaba la escena: las lenguas de los fogosos amantes se encontraban y se entrelazaban danzantes fuera de sus bocas, para luego sellar sus labios en el más delicioso intercambio de viscoso fluido alcalino –a esa altura seguramente mezclado con incipiente fluido seminal–. Todo esto sin que los dedos del hombre dejaran de trabajar denodadamente como furiosos pistones en los interiores de la mujer.

En los siguientes párrafos explicaba cómo el excitado donjuán reemplazaba dedos por lengua, con la que primero le daba una pletórica lamida de concha y luego le chupaba el orto hasta sacarle llamas. Ella alucinaba de calentura. Jamás había hecho cosas así con su marido. Se sentía toda una putita y eso le encantaba.

Luego había reseñado una segunda sustitución: esta vez la lengua del macho era relevada por su poderoso miembro. Éste entraba y salía con ímpetu alternando entre la concha y el culo. La mujer se regocijaba al sentir dentro esa enorme pija que prácticamente duplicaba en tamaño a la de su esposo.

–¡Metémela toda, dale! ¡Ahhh! ¡Así… sí, qué pedazo de pija, la concha de tu madre! ¡Dame la lechita, dale, dámela toda! ¡Ahhh! –exclamaba ella (no acostumbraba utilizar ese lenguaje tan vulgar con su marido).

Al leer este diálogo se excitó tanto que comenzó a masturbarse. Pero todavía faltaba su parte favorita, en la que el amante le proponía a la mujer el perverso juego de llamar al marido instantes antes de la hora señalada –en medio de la monumental cogida– para escuchar la explosión que llevaría al incauto a la muerte.

La rúbrica del plan maestro implicaba que ambos acabaran juntos, justo en el momento en que el ingenuo esposo volaba por los aires. Al mismo tiempo una explosión de placer: la de los amantes, y una contante, sonante y mortal: la del cornudo.

En las últimas líneas describía detalladamente al potente semental serruchando a la mujer en forma épica, mientras ella, teléfono en mano y temblando de calentura en la cercanía del orgasmo, marcaba el número de su traicionado esposo.

Imaginarse esta escena lo llevó hasta la cúspide de la excitación. Parecía que nada iba a evitar que se corriera a lo grande. Pero justo cuando desenrollaba el papel higiénico y arrancaba el trozo que contendría su exultante polución, fue interrumpido nuevamente. Eran casi las 19.

El molesto cimbrar de su teléfono no evitó que siguiera sacudiéndose la verga en forma frenética. Con la mano que le quedaba libre atendió la llamada. Era su mujer, quien, entre ininteligibles gemidos, llamaba para dictarle el final del cuento.

Comparte este relato

5389
Utilizamos cookies propias y de terceros para prestar nuestros servicios. Información. Si sigues navegando, entendemos que las aceptas. Aceptar