Soy nueva en el vecindario y he hecho buenos amigos

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Soy nueva en el vecindario y he hecho buenos amigos

RESUMEN

Su mujer no debía de estar en casa, no sé. Entonces empezó como a convulsionarse y algo saltó a la ventana. Era su semen. El tío guarro acababa de correrse.

Soy Ana y acabo de mudarme a mi nueva casa. Es un pequeño edificio de 4 plantas, con solo una puerta por piso. Yo voy a vivir en el segundo. En el primero vive Luis, un joven músico. En el tercero una pareja de ancianos, José y Antonia. Y por último en el cuarto, una pareja de chicas, Belén y Silvia.

El primer contacto con mis nuevos vecinos ha sido bueno, ya que todos son buena gente. Luis esta siempre con su música, pero es muy agradable. José y Antonia son una pareja muy simpática, el día que llegué, incluso me invitaron a tomar algo en su casa, y Belén y Silvia pensaban apuntarse en quedar con nosotros, ya que yo el primer día no tenía tiempo de quedar con José y Antonia.

Hemos decidido que quedaremos el próximo sábado.

Llegó el sábado y me dispuse a bajar.

Toqué el timbre del segundo piso y me abrió Antonia. Ya estaban dentro Luis, Belén y Silvia. Tras las presentaciones por segunda vez, me senté y empezamos a charlar.

La tarde transcurrió rápido. Dieron las 9 y yo estaba cansada, con lo que me dispuse a retirarme. Luis, Belén y Silvia ya se habían ido, y yo era la última, por lo que decidí ayudar a Antonia a recoger las cosas.

Estaba llevando unos platos a la cocina, para ayudarles a fregarlos, cuando noté que José chocaba conmigo, con mi culo para ser exactos, pero no le di importancia.

Ayudé a Antonia a terminar de secar los platos y me despedí de ellos. La velada había sido magnifica.

Al día siguiente no tenía nada que hacer, era domingo claro, y tras hacer la digestión, me bajé a la piscina.

Luis estaba ya en el agua nadando un poco, mientras Belén y Silvia tomaban el sol. Vi desde su ventana a José recogiendo la mesa y también vi cómo se quedaba mirándome desde arriba.

Pero entonces no pensé en nada malo.

Salí del agua y me tumbé a tomar el sol, cuando, entornando los ojos, me di cuenta de algo extraño. Notaba como un movimiento raro que hacía José. Me miraba y al mismo tiempo, parecía como si temblara.

Inocente de mí, no me di cuenta al principio de que se estaba tocando. Si, se estaba haciendo una paja mirándome.

Su mujer no debía de estar en casa, no sé. Entonces empezó como a convulsionarse y algo saltó a la ventana. Era su semen. El tío guarro acababa de correrse.

Se agachó y se levantó con un papel, que parecía de cocina y comenzó a limpiar la mancha. Como no salía bien del todo, terminó de limpiarla con limpiacristales.

Yo sonreí un poco y le saludé. Ese fue mi error.

Ya de vuelta en casa, decidí echarme la siesta, y no llevaba ni diez minutos acostada, cuando sonó el teléfono.

-Ana, soy José. ¿Podrías subir un momento? Es que estoy solo y no sé cómo preparar el guiso que ha hecho mi mujer. Se ha ido con sus amigas y pensé que volvería pronto. Es que casi no se ni encender el gas.

-No, lo siento. Te he visto antes en la ventana y ahora no me apetece subir.

-No pienses que soy un guarro. Es que hace mucho que no lo hacemos mi mujer y yo, y necesitaba aliviarme.

-Pues haber cogido una revista y haberlo hecho con una foto de una modelo de esas en pelotas.

-Considéralo un honor que me haya desahogado contigo.

Será guarro el tío, pensé. Y le colgué.

A los dos minutos, vuelve a sonar el teléfono. Era el de nuevo.

-Perdona Ana, me he comportado como un guarro. Sube por favor, ayúdame.

Empezó a hacer pucheros y pensé: bueno, ¿qué puede pasar? No se va a atrever a hacerme nada. Yo soy joven y fuerte, y si se sobrepasa, con darle un manotazo, es suficiente.

Así que subí y llamé al timbre. Abrió enseguida.

-Muchas gracias. Muchas gracias, me decía.

-Vamos a ver, le dije, ¿dónde tienes la olla?

-Aquí está. Mi mujer ha dejado ragout preparado. Solo que hay que cocinarlo.

Me puse a ello y no se movió del sitio. Lo que si pude notar es que me estaba radiografiando con sus ojos de arriba a abajo. Era un viejo verde.

Después de un rato de cocinarlo, le dije como terminar y me fui de su casa.

-Gracias, gracias, decía otra vez. Que pesado el tío.

Subí a mi casa y me olvidé del viejo. Después de comer, me eché la siesta. Tras despertarme, me había excitado durante el sueño y vi que había mojado mis bragas. Decidí masturbarme.

Recorrí mis labios húmedos, despacio, lentamente. Luego pasé a mi clítoris. Llevaba ya un buen rato y quedaba poco para que me corriera, cuando volvió a sonar el teléfono.

-Mierda, ¿quién será ahora?

Lo cogí y era José de nuevo. Me dijo que se le había quemado el guiso un poco y si podía volver a subir.

-No te jode el tío pesado. Pensé tras colgar.

Subí corriendo, sin darme cuenta de que iba en camiseta y bragas, y encima no llevaba sujetador.

José abrió la puerta y al verme así empezó a caérsele la baba. Aun así no dijo nada y me llevó a la cocina.

Se le había quemado casi toda la carne. Retiré la olla del fuego y lo apagué. En eso que José me tocó el culo.

-Oye, ¿qué haces?

-Nada, es que hace mucho que mi mujer y yo no lo hacemos.

-Ya lo sé. Pero piensa que podría ser tu hija. Por cierto, ¿dónde está tu mujer?

-Es que... Agachó la cabeza. Está aquí.

-¿Que dices?

Antonia salió de su habitación.

-¿Qué es esto? Pregunté.

Antonia habló:

-Como ya sabrás, José y yo hace años que no hacemos el amor. Y como yo no puedo darle eso, habíamos pensado que podría hacerlo con una chica joven como tú. Yo estoy de acuerdo.

Pensé que estaban locos, pero en ese momento noté una humedad en mis bragas. No había terminado de correrme, y no sé por qué, seguía excitada. La proposición de los viejos no me había quitado las ganas. Es más, me había dado más.

Sin saber porqué y que locura me había dado, acepté. Total no tenía novio y mi calentura estaba al máximo.

José me llevó a la habitación y me pidió permiso para quitarme la camiseta. Antonia se quedó mirando en el umbral de la puerta.

Yo le dije que sí, que podía quitármela y él lo hizo.

Acarició mis tetas jóvenes y bonitas con sus manos de viejo, pero a mí no me dio ningún repelús.

Me dio por poner mi mano en su paquete. Se le estaba poniendo dura.

Antonia me sonrió y me dijo que el funcionaba aún.

Le bajé los pantalones y los calzoncillos y me dispuse a masturbarle. Me pidió que se la chupara, pero yo en principio me negué. Le dije que la próxima vez y no le pareció mal.

Así que empecé a meneársela. Con un poco de saliva, empezó a deslizarse mejor.

Empezó a gemir como un loco y Antonia se animaba. Cuando vi que podía correrse, paré y le dije que ahora le tocaba a él.

Me bajó las bragas despacio y me acarició los labios, el clítoris, todo. Como estaba muy excitada por lo de antes, me corrí en el momento.

-Uggghhh, aaaaahh.

Cerré los ojos al irme.

Cuando me recuperé, me encontré tumbada en la cama. José estaba encima mío dispuesto a penetrarme. Su polla erecta apuntaba a mi cara.

Me pidió que le ayudara a ponerse un preservativo y yo lo hice. Lo abrí, lo puse sobre su glande, y lo desenrollé hasta su base.

Me abrí de piernas y me dispuse a recibir su polla dentro de mí.

El cogió su miembro para guiarlo hasta la entrada de mi vagina y me la ensartó.

-Ahora ve despacio, le dije, o te correrás en seguida.

-De acuerdo.

Comenzó con el movimiento de vaivén y era como hacerlo con un adolescente. No se le daba muy bien. Debía haber perdido práctica.

Entraba y salía rápido, a mí no me daba apenas placer. Le dije que parara un momento.

Me coloqué con las piernas apretándole y le indiqué como seguir.

-Tienes que metérmela hasta el fondo, paras, la sacas y la vuelves a meter siguiendo un ritmo constante. Cuando lo hagas bien, te seguiré indicando como seguir.

Se puso a ello y comenzó a bombearme. Al poco cogió un ritmo constante como le había pedido.

-Uf, uf, uf, gemía.

La cama temblaba con sus embestidas, que cada vez se iban volviendo más fuertes. Yo ya estaba disfrutando.

-Ah, ah, ah, José. Me gusta, me gusta, me gustaaaa.

Antonia nos miraba embelesada mientras su marido me follaba. La situación era muy extraña, pero a la vez muy morbosa.

Como veía otra vez, que iba a correrse, le pedí parar. Paró y estaba congestionado. Estaba rojo y exhausto.

Ahora sería yo la que le montase. Así él podría recuperar la respiración y yo terminar bien a gusto.

Me coloqué sobre él y Antonia se acercó a darle un beso a su marido, y a mi me dio las gracias por todo.

Apoyé mis manos sobre su pecho y comencé a moverme. Subía y bajaba despacio. Cogí su mano derecha y la puse sobre mi pecho izquierdo. Le invité a acariciar mi pezón. Él se moría de gusto mientras me lo follaba. Agarró luego todo mi pecho. Yo estaba al borde del orgasmo.

Al poco rato él se corrió con un gemido y cerrando los ojos. Pero yo todavía no había llegado y se lo dije. No pareció importarle, porque se incorporó, me cogió ambos pechos con sus manos temblorosas y siguió bombeándome, hasta que finalmente yo también me corrí.

-¡Aaaaaahhh! Di un grito enorme. Debieron oírnos en todo el bloque.

Cuando nos recuperamos, me salí de José, le quité el preservativo y con un papel que me había dado Antonia, limpié el semen que quedaba en su pene.

Me dieron las gracias los dos y me invitaron a tomar una ducha en su casa. Así lo hice y cuando salí, me sequé bien y me vestí. Ahora me sentía un poco rara porque haberme follado a José y que su mujer lo consintiera y estuviera mirándonos.

Los dos me comentaron que si estaba de acuerdo, ponía venir otro día y volver a hacerlo con José, ya que Antonia no podía hacerle el amor.

Me quedé pensativa. ¿Qué hacía? ¿Me lo follaba por compasión o era una golfa?

Tras pensarlo un poco, dije que sí, que volvería si ellos querían. Me caía bien la pareja y podría darle una alegría a José de vez en cuando.

Nos despedimos hasta otro día.

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