Entrega total (capitulo 6)

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RESUMEN

Termina el adiestramiento de Marta.

Marta de había quedado dormida en los brazos de Paco. Abrió los ojos crispada por un inminente orgasmo y es que este la estaba estimulando el clítoris con un vibrador. Instintivamente se llevó la mano al chocho y recordó que lo tenía cosido por los imperdibles y eso provoco que se acelerara el proceso: su cuerpo se contrajo y chilló mientras Paco la miraba el rostro tumefacto fruto de las muchas bofetadas que había recibido.

La tiró al suelo y agarrándola fuerte del pelo la arrastró por la moqueta hasta el centro de la habitación. La soltó las manos que tenía sujetas a la espalda y las unió por delante. Bajo el cabestrante y después de pasar las manos por el gancho la elevo hasta que sus pies quedaron en el aire. Conectó el ohmibob que seguía en el Interior de la cerrada vagina y rápidamente empezó a gemir. Después, blandió un látigo largo y empezó a hacerlo retañar con chasquidos secos. Se puso frente a ella y después de ajustar la distancia comenzó a flagelarla con fuerza. El látigo se envolvía en el cuerpo de Marta provocándola un dolor insoportable. Su cuerpo se retorcía con los impactos pero hacía tiempo que sus gritos no se oían a causa de la ronquera. Después de, al menos, tres docenas de latigazos, empezó a llorar desconsolada, tanto, que a Paco se le encogió el corazón. Decidió parar: fue blando. Cogió una botella de ginebra y dio un par de tragos. Se llenó la boca y lo pulverizo en el cuerpo de Marta que se retorció de dolor. Repitió la operación varias veces mientras con la mano esparcía el líquido. También la paso por la vagina donde los afilados imperdibles seguían custodiando la entraba.

Cuando dejo de retorcerse la paso el brazo por la cintura y con unas pinzas finas dejo el clítoris al descubierto. Cogió un vibrador y se lo aplico directamente en él y al ver su reacción se dio cuenta de que el placer empezaba a desaparecer. Un vibrador en el clítoris y el ohmibob en la vagina, y ambos funcionando a tope, y Marta no reaccionaba.

Decidió saltarse algunos de los tormentos que tenía previsto e ir directamente al que le llamaba más la atención y que estaba deseoso de poner en práctica.

Miro el reloj y se quedó sorprendido: eran casi las cuatro de la tarde y no había comido. La dejo colgada, como estaba, y subió a la cocina a picar algo. Cuando bajo otra vez la encontró adormilada. Acaricio su cuerpo tumefacto arrancando leves gruñidos de dolor en Marta que seguía como en trance.

Con el cabestrante la llevo hasta una mesa de madera y la bajó quedando tumbada bocarriba. Cualquier movimiento que la obligaba a realizar era un tormento para ella. La separo las piernas inmovilizándolas con correas y lo mismo hizo con las manos a los lados de la mesa. Se mojó las manos en alcohol y fue quitando los imperdibles del chocho, y finalmente la extrajo el ohmibob.

Le estaba costando trabajo ser un hijo de puta déspota y depravado. Era cierto que al empezar el día se le ponía dura mientras la pegaba, pero ahora, la miraba y la veía maltrecha.

La cogió en brazos y se sentó otra vez en el sillón. Estaba como desvanecida y Paco la pasaba la mano por el torso. Fue bajando hasta que la mano se alojó en el inflamado, herido y ensangrentado chocho de Marta. Automáticamente empezó a restregarlo contra la mano. La dejo hacer y se fue acelerando emitiendo gemidos, pero se dio cuenta de que no podía ser misericordioso con ella, porque ella misma no quería. Movió un brazo y se mordió en el hasta que empezó a brotar algo de sangre. La agarro fuerte del chocho hasta que se corrió. La dio la vuelta y empezó a darla azotes con la mano en el culo. De vez en cuando paraba y la metía un par de dedos en el chocho o en el culo. Marta berreaba cómo una perra salida

Estaba oscureciendo en el exterior de la casa y definitivamente Paco dio por finalizado el día, a pesar de que Marta seguía demandando más. Notó que el corazón se le estaba ablandando y que la miraba de otra manera, con otros ojos. ¿Se estaría enamorando? Desechó la idea por absurda, a pesar de que era consciente de que sentía algo por ella. Para quedarse tranquilo decidió que era como lo que se siente por un gato o un perro: por una mascota. Pero antes de terminar tenía algo que hacer. Algo que tenía previsto para el domingo por la tarde. De un estuche de madera, sacó un hierro de marcar pequeño con sus iniciales en letras góticas de unos tres centímetros. Sus iniciales de nombre y primer apellido.

Tumbó a Marta otra vez sobre la mesa y la ató muy fuerte con las piernas muy abiertas y flexionadas hacia arriba. Lo hizo de tal manera que no podía moverse lo más mínimo por mucha fuerza que hiciera. Encendió un pequeño infiernillo y puso el hierro de marcar sobre él. Mientras se ponía al rojo vivo, se sentó en una silla delante de la espléndida y ahora maltrecha vagina de Marta y empezó a chuparla. Rápidamente se le puso dura mientras ella gemía de placer. Cuando se sació y después de comprobar que el hierro ya estaba de color amarillo, desinfectó la zona con alcohol y con un lápiz dibujó las iniciales para situarlas en donde quería que estuvieran: en la cara interna del muslo derecho juntó a la ingle. Cogió el hierro de marcar y con suavidad lo aplico. Marta empezó a berrear mientras su cuerpo se crispaba, sus abdominales se marcaban y un olor a carne quemada invadía la estancia. Apartó el hierro e introdujo dos dedos en la inundada vagina de Marta al tiempo que con la yema del pulgar estimulaba su clítoris. El orgasmo fue tan fuerte que otra vez se quedó semi inconsciente.

Paco revisó detenidamente la marca y le gustó. La imagino cicatrizada y le gustó más. Para entonces la polla la tenía a reventar. La desató, la empujo al centro de la mesa, se subió sobre ella y la penetró. La estuvo follando con tranquilidad hasta que se corrió mientras Marta seguía flipando. La dio unas palmaditas en la cara para reanimarla y cuando abrió los ojos la morreo a pesar de que sabía que le causaría dolor por los cortes de los labios.

Cuando se cansó, la desató y cogiéndola en brazos la subió al baño y se metió con ella en la bañera. La lavo con detenimiento inspeccionando detenidamente la multitud de heridas que tenía y decidió que le gustaba mucho más sin marcas para poder exhibirla en público.

Después de la ducha, sentado en el sillón con ella acurrucada en su regazo dormitando, Paco reflexionaba. Seguía confuso. Cómo ya he dicho anteriormente, creía que sería capaz de ser un déspota depravado con Marta, pero lo cierto es que los últimos castigos infligidos a su esclava le habían costado trabajo. Ahora la miraba adormilada sobre su regazo: desnuda, marcada, herida y desfigurada, y no le gustaba lo que veía. Recordó cuando el día anterior salió de trabajar y la vio apoyada en el coche: espectacular, preciosa, insinuante. Así es como la quería tener. Tenía que encontrar el equilibrio perfecto entre el castigo extremo, vital para ella, y lo que él quería. Estaba dispuesto a encontrarlo.

Estiro la mano y cogió su móvil. Buscó el número de su jefe y le dio a llamar. Le dijo que había surgido un asunto familiar y que en las próximas dos semanas trabajaría desde su portátil. No tuvo ningún problema.

Al día siguiente, la dejo durmiendo. Se acercó a Arganda, a un centro comercial, y cargó para toda la semana. También fue a la farmacia y compró todo lo necesario para curar a Marta. Cuando regresó, la encontró sentada en el porche arropada con una manta y un poco asustada. Desde que estaba con él, todas las mañanas, sistemáticamente la follaba al despertarse. Al verlo intento levantarse pero claramente la flaqueaban las fuerzas. Desde el coche la hizo una señal para que no se moviera. La puso la mano en la frente y comprobó que tenía algo de fiebre: entre otras cosas había comprado un termómetro y ahora lo estrenaría. Siguió sentada envuelta en la manta mientras Paco descargaba el coche. Cuando término, la recostó sobre el duelo del porche con suavidad y la metió el termómetro en el culo como a los niños pequeños. Pasado un tiempo, lo extrajo y efectivamente tenía unas décimas de fiebre. La levanto del suelo cogiéndola en brazos y la llevó a la cama.

No lo pudo remediar. Cuando llegó a la cama con ella en brazos tenía la polla a reventar. La dio la vuelta, la puso a cuatro patas y sin más la penetro por el culo después de aplicarla un poco de lubricante. Agarrándola fuerte por las caderas la folló con mucha energía. Cuanto más chillaba Marta de placer más se enaltecía el hasta que finalmente se corrió llenándola el intestino de esperma. Marta quedó tumbada bocabajo y Paco aprovechó para empezar a aplicarla una pomada cicatrizante en las muchas heridas que se veían. Después, la dio la vuelta e hizo lo mismo por delante. Todas estas operaciones estuvieron acompañadas por las quejas de dolor de Marta. Cuando término la dio unos comprimidos de antiinflamatorios. La dejo en la cama arropada por la manta y decidió ponerla a dormir porque tenía que trabajar, ya era tarde y este primer día no quería distracciones. Sin decirla nada sobre sus intenciones, la dio dos comprimidos de un somnífero que le había dado un médico amigo suyo y a los pocos minutos estaba profundamente dormida.

La destapo y la dejo desnuda sobre la cama, bien expuesta. Movió una mesita auxiliar hasta la cama y se puso a trabajar con el ordenador con ella muy a mano. Cuando paraba a descansar, la contemplaba detenidamente y sentía una atracción especial, y eso que estaba extremadamente marcada. Imagino la imagen con su espléndido cuerpo en plenitud de condiciones y tuvo una erección: se le puso dura.

Lo mismo ocurrió todas las veces que levantaba la vista del ordenador y al final de la mañana no aguantó más y apartando la mesa se subió encima de ella y la empezó a follar como si no fuera a haber otro día. Notaba su cuerpo inerte, desmadejado, mientras el apretaba como nunca hasta que se corrió mientras gritaba de placer. Mientras se recuperaba la cubrió de besos, aún a sabiendas de que tanto los besos como el polvo eran ajenas a la consciencia de Marta.

Cuando llegó el siguiente fin de semana, Marta estaba prácticamente restablecida. Casi todas las marcas de cuerpo habían desaparecido, y el chocho ya no estaba inflamado y amoratado. Sólo en la cara quedaba algún resto de los cortes de los labios y los ojos, aunque ya no estaban inflamados, y el derecho cerrado, tenían un gracioso color violáceo, cómo un ligero antifaz: parecía un mapache.

Aunque los primeros días de convalecencia se reprimió un poco, su actividad sexual había vuelto a sus cauces habituales: la follaba a todas horas. Aunque indudablemente no se corría, sentía un placer especial al tenerla penetrada.

El lunes, después de follarla concienzudamente por la mañana temprano, y de estar un par de horas frente al ordenador, fueron a hacer la compra a Arganda. La vistió con un pantaloncito corto y ajustado, que ahora están de moda, y una camiseta amplia y corta que dejaba al descubierto su ombligo y que ante la ausencia de sujetador, marcaba un poco los pezones. Bajo el pantalón, la ausencia de tanga era suplida por un bonito plug decorado por un cristal morado. Estaba estudiado. Paco sabía que aunque no se iba a ver, lo ajustado del pantalón haría que al caminar el plug se moviera. En los pies, la puso unas sandalias con un vertiginoso tacón de doce centímetros que estilizaba la pierna y levantaba el trasero. Para ocultar sus amoratados ojos, la puso unas enormes gafas de sol de marca y de patilla ancha. Estaba para follarla ahí mismo, pero se contuvo porque había que ir a la compra. Cuando llegaron al centro comercial, Marta no pasó inadvertida. Paco la dejo sola con el carro y se situó unos metros por detrás. Casi todos los tíos, por no decir todos, volvieron la vista para mirarla el trasero y las piernas, y alguna tía también. De vez en cuando, se aproximaba y cogiéndola por la cintura la morreaba descaradamente y Marta le ofrecía siempre la lengua. También la acariciaba el culo apretando el plug. Marta estaba cardiaca perdida y si hubiera llevado falda, sin lugar a dudas sus jugos resbalarían por la entrepierna.

A pesar de no haber cumplido en su totalidad los martirios que tenía previsto, Paco estaba satisfecho. Había comprobado fehacientemente que Marta no tenía límites en cuanto al dolor físico. Podría matarla y mientras agonizaba seguiría feliz como una lombriz. Por supuesto, no entraba entre sus planes hacer tal cosa.

En cuanto al plano sexual, Marta era un pozo sin fondo, y el en estos pocos meses había follado mucho más que en toda su vida.

Le gustaba experimentar y cualquier chorrada que se le ocurría lo ponía en práctica con ella, que como ya saben, jamás decía no. Todos estos pensamientos fluían por su mente mientras Marta, de rodillas entre las piernas de su amo y con las manos atadas a la espalda, engullía incansable la polla de su dueño y señor.

En ese momento tomó una decisión y subiría un peldaño en su relación: la iba a convertir en su testaferro. Los empleados de su empresa tenían prohibido invertir en los fondos de la empresa, pero él sabía de casos en que algunos lo habían hecho con personas intermedias. Mientras maquinaba como hacerlo, cogió la cabeza de Marta, y apretó hasta el fondo deformando su garganta. No se quejó. Después dirigió la cabeza hacia abajo para que chupara el ano. Perfectamente entrenada, empezó a hurgar con la lengua en su interior.

Sí, un poco tiempo Marta sin saberlo sería millonaria.

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