Desafío de galaxias (capitulo 77)

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Desafío de galaxias (capitulo 77)

RESUMEN

Este relato no es erótico. Este es un relato de ciencia ficción, con aventuras, camaradería, amistad y algo de humor. En el capítulo de hoy: se ultiman los preparativos para el comienzo de las operaciones terrestres.

La nube de interceptores, entró por el hueco abierto por la flota aliada de Trens. Equipados con torpedos y misiles, atacaron las defensas de órbita desde la atmosfera al tiempo que las 3.ª y 5.ª flotas lo hacían desde el exterior. Mientras esto ocurría, por los sistemas de comunicación bulban, se sucedían los llamamientos a la rendición con la promesa de que se respetarían las vidas de los tripulantes e indicando unas coordenadas de agrupamiento. Al tercer día de batalla, una primera nave enemiga se separó de su formación y se dirigió a las coordenadas fijadas. Primero como un goteo, después, como una lluvia torrencial que desangraba las formaciones enemigas. Cuándo llegaban a la zona de encuentro, naves bulban aliadas les daban instrucciones y una ruta de navegación que les llevaba a Manixa, donde entregarían las naves a los triunviros de gobierno del Mundo Bulban.

Ante la deserción masiva de naves, el líder tuvo que trasladar unidades leales desde el perímetro exterior al dispositivo de la órbita. El núcleo principal de la flota de Trens, solidamente anclada en el hueco del hemisferio norte, presionaba sin pausa agrandando la zona, mientras la vicealmirante Aurré, lograba abrir otro hueco en la zona ecuatorial. La deserción se hizo más evidente, y ante la imposibilidad de defender la órbita, cientos de naves enemigas la abandonaron, unas para huir hacia la superficie, y otras para rendirse a las fuerzas de Trens.

Desde el centro de mando del Fénix, estacionado en las cercanías de Faralia, con la flota de reserva, Marisol asistía atenta a las operaciones navales sin intervenir para nada: confiaba plenamente en Opx.

—Ha llamado el presidente, —dijo Anahis entrando en su despacho, donde Marisol repasaba, por enésima vez, los pormenores de la operación terrestre con la ayuda de su inseparable Sarita. Las dos mujeres levantaron la vista de los mapas holográficos y la miraron interrogantes.

—¿Y?

—Pues acaba de llegar a Beta Pictoris, y textualmente, ha dicho que: «muevas el culo cagando hostias hasta allí».

—¡Venga ya!, ¡no me jodas!, —exclamó Marisol— ¿Qué cojones hace en Beta Pictoris? No debería estar allí.

—¡Mira!, eso se lo puedes preguntar a él personalmente, —respondió Anahis sonriendo— ya he dado la orden de dirigirnos allí, y he informado a Opx.

—Seguro que vuelve con sus tonterías sobre mi seguridad. ¡Pues va de puto culo si se cree que me voy a quedar aquí, tocándome la raja!

—Hace tiempo que te ha dejado por imposible, —dijo Sarita— yo creo que será para otra cosa.

—Saliste huyendo de Beta Pictoris para no estar tropezándote cada dos por tres, con todos esos políticos deseosos de hacerse una foto contigo, y al final, tienes que volver. Cuándo se enteren van a venir al asalto.

—¡Una leche! Nos quedamos en la órbita y que suba el presidente.

—¿Tú estás tonta?, ¿cómo va a subir?, es el presidente.

—¿Y tus tropas? Sabes que les gusta verte.

—¿Sabéis lo que os digo?, que os vayáis las dos a tomar por el culo… y de la manita. ¡Hala, corred!

Unas horas después, el Fénix llegaba a Beta Pictoris e iniciaba la operación de descenso a la superficie. Decenas de miles de soldados federales, la esperaban en la explanada de aterrizaje, cercana al Cuartel General. Cuándo el portón principal se abrió, los políticos, que se habían colocado los primeros haciendo valer sus privilegios, fueron arrollados por los soldados enaltecidos por la sola presencia de Marisol. Durante más tiempo de lo esperado, Marisol estuvo saludando a la tropa mientras en la nave presidencial, el presidente, acompañado por la priora del monasterio de Konark, Loewen y Marión, esperaba resignado armándose de paciencia.

—Bueno, no parece muy decidida a venir, —bromeó el presidente.

—Tal vez si la decimos que la reverenda madre está aquí… —insinúo Marión.

—No, no, no, dejémosla, —dijo la priora— está donde debe estar.

—No si yo la dejo, pero aun así, me agota: es cabezona y desesperante, —dijo el presidente riendo mientras veía como Anahis entraba en la sala—. ¿No te quedas con Marisol?

—No, que la última vez me tiraron de la cola, —dijo dando un beso a su padrino mientras los demás reían, y luego, mirando a la reverenda madre añadió mientras repartía besos y antes de abrazarse con ella—: ¿Y usted que hace aquí? No sabíamos que iba a venir.

—Es una sorpresa.

—Desde luego que lo es: sabe que a Marisol la gusta mucho estar con usted. Si lo hubiera sabido…

—No te preocupes hijita…

—¡Joder!, ¿y no le gusta verme a mí? —protestó el presidente.

—Padrino, eres un gruñón, y siempre que la llamas con tanto apremio es para regañarla.

—¿Será posible? Pero si hace lo que quiere.

—Sí, pero la regañas, —insistió Anahis, y mirando la pantalla, añadió—: ya viene.

Unos minutos después entró en la sala, y dando un gritito se abalanzó a abrazarse con la reverenda madre y llenarla de besos.

—¿Por qué no me ha dicho que venia? —la preguntó para a continuación girarse hacia el presidente y saludarle militarmente— Buenos días señor presidente.

—¿Y a mí no me das besos?

—Pues claro que le doy un beso, ¿no se habrá puesto celosón?

—¿Celosón?, ¡joder!

—Además, todavía no sé por qué me ha hecho venir.

—Hijita, sosiégate, —dijo la reverenda madre—. Yo le pedí al presidente que te llamara antes de que iniciaras las operaciones terrestres.

—¡Ah! ¿Ocurre algo?

—No, no, hijita, no pasa nada.

—Eres una mal pensada, deberías disculparte, —afirmó el presidente.

—Bueno, vale, lo siento…, pero es que siempre que me llama con esta urgencia es para darme la charla.

—¡Otra igual! Pero si haces lo que te da la gana.

—¿¡Yo!? —respondió Marisol poniendo cara de inocente.

—¡Vale ya los dos! —ordenó la reverenda madre— estamos aquí para otra cosa, no para tirarnos los trastos a la cabeza.

—Es que algunas veces, esta niña me ataca los nervios.

—No exageres Fiakro, —dijo la reverenda madre—. La adoras, y lo sabes.

—Sí, pero me ataca los nervios.

—Bueno, bueno, —zanjo la religiosa, y mirando a Marisol, añadió—: te hemos traído una cosa…

—¿Qué es eso? —la interrumpió Marisol al ver dos cofres, relativamente grandes y bellamente labrados, que dos monjas del Círculo traían en las manos.

—Como te estaba diciendo, —continuo la reverenda madre frunciendo el ceño— sabemos que es imposible que te estés quietecita y no empuñes la espada, por eso, he ordenado a los artesanos de Konark que te lo hagan.

La religiosa se acercó a uno de los cofres y levantó la tapa donde se apreciaban los emblemas de Marisol, con la doble M.

—¡Es una coraza! —exclamó Marisol con los ojos chispeantes mirando el peto que tenía los emblemas de jerarquía y los refuerzos en rojo.

—Es una armadura, —la corrigió la reverenda madre— de duranium, y esta ennegrecida a fuego.

—¡Y la vas a usar! —afirmó el presidente.

—También te hemos labrado tu espada, despues de reforjarla, —añadió Loewen extrayendo la espada de su vaina.

—«Honor, Justicia, Patria» —leyó Marisol por una cara, y dándola la vuelta—: «España, Almagro». Gracias, gracias, —dijo Marisol besando a la priora y a Loewen.

—¿Y para mí no hay besos? —protesto Marión.

—Claro que si, pero es que ellas me han traído… —y se calló cuándo Marión la enseño un paquete largo envuelto en una tela negra de raso. Rápidamente la abrazó y la lleno de besos.

—¡Ya esta la besucona! —bromeó Marión— ¿Lo vas a abrir o no?

Marisol desanudó el cordón dorado y retiró la tela de raso. Ante ella, un cuchillo corto, de algo más de cuarenta y cinco centímetros y con guarda de vela en la empuñadura con su escudo de armas. La empuñó y la extrajo de la vaina: la hoja estaba labrada con los nombres de los amigos caídos durante la guerra: Clinio, Ghalt, Hirell, y Paco.

—Es una daga española de vela…

—Sí, pero la llamaban: «Vizcaína», vizcaína de tercio.

—¿Y sabes cómo se usa?

—Nunca lo he hecho. Sé, que lleva en la espalda, en los riñones, y se maneja con la izquierda.

—No tendrás problema, —afirmó Loewen— manejas muy bien la espada con ambas manos. Esa… vizcaína es un complemento ideal, si pierdes el escudo.

—¡Ahí quería yo llegar! — exclamó el presidente sacando otro paquete. Por la forma, no hacia falta abrirlo para saber lo que era.

—¿Qué será? —bromeó Anahis y todos rieron. Marisol abrió el paquete y ante ella apareció un escudo, del mismo color que la coraza y con su escudo de armas labrado en el frontal. Se abrazó con el presidente después de besarle.

—Y por último, —dijo Anahis entregándola otro paquete— el mío.

Abrió el paquete y apareció un casco del mismo color que la armadura. Marisol la abrazó mientras la besaba en los labios.

—¿Y ese otro cofre? —preguntó finalmente Marisol señalándolo con el dedo.

—Eso no es para ti, —respondió la reverenda madre— es la armadura de Anahis. Esta sonrió, prueba de que estaba al tanto de todo.

—¿Y para Marión y Loewen?

—¡Anda, no seas boba! —exclamó Marión mientras los demás reían—. Por si lo has olvidado, nosotras, al igual que Opx, somos guerreros del Círculo y tenemos nuestra propia armadura…

—Aunque no es tan chula como la tuya, —bromeó Loewen.

—Y antes de que digas nada, Pulqueria y Bertil no necesitan como ya sabes, y a Hirell se la he regalado yo.

—¡Bueno, vale! Ahora solo falta que se presente la ocasión para utilizarla, —el comentario causó una carcajada general, incluso en la reverenda madre—. ¿¡Qué!?

—No creo que tengas problema en encontrar la ocasión, —dijo el presidente dándola unos golpecitos cariñosos en el hombro.

Dos días después, se convocó una reunión de trabajo del Estado Mayor y los principales jefes militares en el Fénix, situado a dos millones de kilómetros de Faralia y fuertemente protegido por parte de la flota federal y aliada.

—En primer lugar, quiero felicitar a Opx, y a los comandantes de flota: Aurré y Trens, por el fantástico trabajo llevado a cabo en la órbita de Faralia, —todos los asistentes empezaron a dar golpecitos en la mesa en señal de reconocimiento mientras los aludidos agradecían con inclinaciones de cabeza— gracias a ello, ahora controlamos totalmente el exterior del planeta. Las naves enemigas que no han sido destruidas, se han rendido al vicealmirante Trens o se han refugiado en la atmosfera.

»Bien. Ahora tenemos una idea clara de la situación de las fuerzas de superficie, y como ya suponíamos, el líder no nos lo va a poner fácil, —Marisol se aproximó al mapa holográfico—. De las antiguas poblaciones de Faralia, solo queda la capital, el resto ha desaparecido. En cambio, hay una docena de nuevos asentamientos civiles: ocho en el hemisferio sur y cuatro en el norte. Los asentamientos del sur, no tienen presencia militar significativa y no vamos a emplear fuerzas de combate en ellos. Vicealmirante Trens, quiero que con la mitad de sus naves apoyé a los agentes del Mundo Bulban y que visiten esas poblaciones. En cuanto a las cuatro del norte, están fuertemente defendidas. Tres están más o menos próximas y usted, general Hoz, se ocupara de ellas, —el aludido activo su tableta y enlazó el archivo con las ordenes—. La cuarta ciudad es para el general Torres, y el 9.º Ejército, —hizo lo mismo con su tableta—. Es primordial, cortar la comunicación entre estás poblaciones y la capital.

»Bien, en cuanto a la capital. Trens y Hoz ya me advirtieron de que el líder es un buen estratega, y tengo que confirmar que, efectivamente…

—Pero no tanto como tú, —las palabras de Opx provocaron que todos dieran golpecitos en la mesa.

—Bueno, bueno, no nos alborotemos… pero nunca os daré suficientemente las gracias por la confianza que depositáis en mí.

—Somos nosotros, los que te tenemos que dar las gracias a ti por permitirnos estar a tu lado, —dijo Cimuxtel. Marisol sintió que se le hacia un nudo en la garganta—. ¡Eh! A ver si te vas a poner ahora ñoña, —todos rieron.

—No, no, que no me pongo, —respondió intentando recomponerse—. Bueno, ¿dónde estábamos? A si.

»En cuanto a la zona de la capital, hay dos dispositivos distintos pero complementarios: uno dentro de la capital y otro en el exterior, en los llanos de Taragüm. Como sabéis, la capital ya no dispone de murallas, pero ha sido rodeada por trincheras, fortines acorazados, campos de minas y obstáculos antiblindados. Además, toda la ciudad bulban rodea a la antigua capital, por lo que no podremos utilizar medios acorazados en su interior: habrá que combatir calle por calle y casa por casa, hasta poder salir a las grandes avenidas de la ciudad antigua.

»Pero esto será al final, primero, tendremos que enfrentarnos a una fuerza militar de más de diez millones de soldados. El líder, ha situado sus fuerzas de tal manera que solo podemos atacar desde el norte, ofreciéndonos un frente de treinta y cinco kilómetros. Sus flancos los tiene protegidos por el Cerro de la Muerte, donde tiene emplazada gran parte de su artillería pesada, y por el otro lado, la zona contaminada durante la primera batalla de Faralia, hace ya casi diez años: recordad que lo atacamos con armamento nuclear. Además, la zona presenta gran cantidad de escombros y cráteres de impacto, fruto del ataque. Su retaguardia esta protegida por las defensas de la propia capital. En definitiva, nos ha encajonado y nos obliga a atacar en un frente demasiado pequeño para la cantidad de tropas que van a tomar parte en las operaciones.

»Bien. Toda la primera oleada de desembarco, salvo las fuerzas de Hoz y Torres, lo hará en la zona norte, tal y como quiere el líder porque además no tenemos otra posibilidad. Las alas serán para Pulqueria y Bertil, mientras que el centro es para Oriyan, —mientras hablaba, los comandantes iban descargando en sus tabletas las ordenes enlazándolas con los archivos del mapa—. La segunda oleada, parte se unirá a la fuerza principal, y parte, rodeara la capital por el sur: aunque, teóricamente, no podamos atacar por allí, tenemos que impedir que el enemigo tenga vías de comunicación con el exterior. Esta operación estará a las ordenes de Loewen.

»Por último: la comunicación con la prensa y los medios audiovisuales se hará a través de la oficina del portavoz, que dará dos ruedas de prensa diarias y facilitara toda la información que estos demanden. Todos los centros de mando comunicaran constantemente con esta oficina, al frente de la cual estará mi segundo al mando: la general Marión.

»Bien. ¿Preguntas?

Durante un par de horas, estuvieron debatiendo las operaciones, y Marisol aclaró dudas. Después, se fijó el inicio de las operaciones para tres días después, y se dio por finalizada la reunión.

Marisol y Anahis estaban a punto de empezar a retozar, cuándo llamaron a la puerta. Renegando en varios idiomas, Marisol se dirigió a la puerta poniéndose una camiseta grande, mientras Anahis se ponía su batín rosa.

—¡Joder Opx! —exclamó cuándo abrió la puerta.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Opx entrando en la habitación con dos estuches debajo del brazo.

—¡Pues claro que interrumpes algo!

—No la hagas caso y pasa, —intervino Anahis.

—Tan preciosa como siempre, —dijo Opx cogiendo a Anahis de la mano, haciéndola girar sobre sí misma y besándosela.

—¿Has venido para tirarle los tejos a mi chica? —protestó Marisol con el ceño fruncido y los brazos en jarra.

—No, pero es que, con diferencia, es bastante más agradable que tú.

—Bueno vale, a ver, ¿qué quieres? —dijo Marisol con resignación.

—¿No me ofreces nada de beber?

—¡Joder Opx!

—Pues claro que si, —intervino Anahis— ¿qué quieres, licor de Mandoria u orujo casero?

—No, no, el orujo de su padre es para hombres de pelo en pecho, mejor licor de Mandoria, —respondió Opx sentándose en el sofá— Bueno, contadme algo, ¿cómo estáis?

—Ahora mal, —dijo Marisol sentándose también.

—No la hagas caso, —dijo Anahis llenando tres vasitos.

—Supongo que os habréis dado cuenta, de que todos los que tenían que ver con los monasterios de Konark o Akhysar, os han hecho un regalo, junto contigo y el presidente, —dijo Opx mirando a Anahis— pero yo no.

—¿Esas cajitas son para nosotras? —pregunto Marisol cambiando su cara de sota por una amplia sonrisa.

—¡Joder!, ¿cómo decís en España: «por el interés, te quiero Andrés»?

—Déjate de rollos y dinos que es eso.

—¡Marisol! No le atosigues, —intervino Anahis.

—No os lo he dado antes porque han tardado en hacerlo tus amigos de Rulas 3.

—¿Los ingenieros? —preguntó Anahis.

—Si, — respondió Opx entregándolas a cada una la suya. Marisol abrió la suya y vio una pistola de partículas, de color negro y con la empuñadura de coral blanco con su emblema grabado. La de Anahis era igual, solo que la empuñadura era de coral rosa— en más potente que las pistolas estándar y puede disparar micro cohetes. Los ingenieros de Rulas 3 han puesto mucho empeño en este trabajo: son gente agradecida.

—Son preciosas.

—Ahora si estás preparada para cepillarte a ese hijo de la gran puta.

—Siempre lo he estado.

—Lo sé. Lo sé yo, lo saben los que te quieren, e incluso los que no te quieren, por eso te hemos… acorazado, —dijo Opx con una sonrisa mientras la acariciaba la mano—. No queremos que cuándo todo casi ha finalizado, te pueda ocurrir algo.

Marisol se levantó y rápidamente se sentó en sus rodillas abrazándole—. Te quiero mi amor, te quiero.

—No tanto como yo. Tu serias la única mujer con la que podría estar… si eso fuera posible.

—¡Vale! —bromeó Anahis— ¿sabes que ese culo que estás tocando me pertenece?

—¡Ahí va! Se me ha ido la mano: ha sido sin querer.

—Pues a ver si se me va a ir a mí también y te pongo un ojo morado.

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